CAPÍTULO 8
Atenea logró que Licaón se pusiera una ropa que le apareció. Le dijo que el uniforme mojado de un repartidor de la Canadian Express, era el peor disfraz para ir a un lugar clandestino del panteón. Y se sorprendió no solo que él decidiera ponérsela sin rechistar mucho, sino que se sonriera con el comentario que había hecho, y replicara:
—Bien podría ir vestido de payaso con globos, que estaría mejor que tú y tu look de... Atenea casual, con el que jamás pasarías desapercibida.
Él la miraba muy socarrón, con una sonrisa de suficiencia que ella no pudo dejar de apreciar. Atenea pensó un instante en contestarle: «¿Es ese un halago? ¿Acaso se me está insinuando?», con una entonación lisonjera. Algo en esa voz mental, la hizo dejar de mirarle y recular, avergonzada consigo misma.
—No se preocupe por eso. Soy la diosa de la estrategia, lo tengo controlado.
Licaón le hizo un ademán burlón y entró al baño para secarse y cambiarse de ropa. Cuando salió, Atenea pudo ver la extrañeza en su rostro y la agresión contenida pero, por sobretodo, la confusión. Fue hacia ella y le preguntó:
—¿Qué es...? ¿Qué hiciste?
Atenea se dio cuenta de que la estaba oliendo detenidamente, aunque con disimulo, y ella dio dos pasos atrás, cohibida por su descarado proceder. Pero no estaba sorprendida. Eso era lo interesante de él, no se comportaba como debía para con una de sus diosas... Y sin embargo, hasta ahora, lo hacía en lo que era importante. Lograr que una persona como él le ayudara era mucho más satisfactorio de lo que habría pensando al conocerle porque sentía que, por alguna razón, en verdad lo hacía porque deseaba hacerlo. El por qué deseaba hacerlo era el gran secreto que no lograba entender, pero que desde que habló con Delfos, aún tenía más interés por desentrañar. Lo malo era que se trataba de algo que ni él podía responderle, sino que se daría a conocer al seguir el camino que el futuro les deparara... Al menos, si esta vez Delfos le había dicho la verdad.
—Me puse el disfraz —le explicó, sonriendo y jugueteando con el collar largo que llevaba al cuello, que al extremo tenía un dije.
Era mágico, pero no fue lo que la había hecho convertirse en una mujer alta, de cuerpo fuerte pero sensual. Sus facciones, muy parecidas a las de ella, pero más fuertes y morenas. Su vestido era un pantalón de licra negra especial, por arriba de unos protectores de muslos y espinillas; tenis cómodas y una armadura de torso delgada y dorada que acentuaba su cintura y caderas con el diseño. Tenía un escote algo pronunciado, y los pechos más grandes sobresaltaban por éste. En su mano una daga y, en la otra, un escudo. En vez de un casco, tenía puesta un red de metal ligero, y sus mechones negros salían peinados en trenzas por entre los huecos. Era el «uniforme» a la usanza de las amazonas. Siempre que ellas eran parte de entrenamientos o luchas arregladas, iban con ese tipo de armaduras.
—Sabía que podías jugar al camaleón, bruja, pero no de esa manera. No te sientes ni hueles igual... —y eso no le hacía ninguna gracia— Es como jazmín con sal... y cuando busco tu aroma y empiezo a olerlo...
No lo dijo, pero Atenea sabía que de seguro se desorientaba y sentía un mareo o vaguedad mental.
—Como tú mismo dijiste, soy Atenea y todos en el panteón me conocen al menos de vista. Aún puedo convertir mi cuerpo de esta manera y pasar desapercibida para algunos; pero otros reconocen mi aura o mi olor. Por eso —le enseñó el dije— tengo esto, que esconde mi aura y disfraza mi aroma. Magia de Hefesto; la más efectiva del panteón.
Licaón dio un carraspeo, y miró hacia la puerta.
—Cualquier cosa es mejor que usar la magia de la perra de Artemisa, ¿no? —comentó como por decir algo.
Atenea exhaló un suspiro, y dijo en un impulso:
—¿Que ella me deje usar su magia? Sí, claro —su tono era muy sarcástico.
Apenas terminó de decirlo la diosa le miró con sorpresa, como si fuera él el que acabara de decir algo personal con tanta soltura. Licaón le devolvió la mirada de reojo, analizándola. Luego frunció el rostro. Aún algo molesto por lo que veía, o lo que no veía ni sentía de ella; dio un resoplido. Hubo un par de segundos de silencio incómodo, y entonces Licaón decidió terminarlos.
—¿Y? ¿Nos vamos? —enfiló hacia la puerta dos pasos, y luego la miró— O su majestad no lo hará como la gente común o corriente.
—No somos gente común y corriente —le respondió yendo hacia él con los brazos cruzados.
Sin previo aviso, aparecieron en unos servicios sanitarios cuya luz era muy tenue y naranja. Afuera, se oía el sonido de una lluvia fuerte con viento y el poco tráfico nocturno.
—Glamoroso.
—Los lugares donde puedes aparecer sin ser visto no suelen serlo —le respondió ella mientras se aparecía una chaqueta gruesa, para cubrirse la armadura.
Salieron y, con ayuda de su visión nocturna, vieron que se trataba de una tienda de abarrotes cerrada. Licaón no supo cómo, pero Atenea pudo abrir la puerta y las rejas para salir. Afuera solo había una calle oscura y solitaria en la que estaba lloviendo agua nieve copiosamente. Licaón no lo podía oler, pero sí sintió el aura de Hermes en la calle del frente. Iba a ir hacia ahí, sin embargo esperó a que Atenea cerrara de nuevo la tienda, y tomó sin remilgos un paraguas grande que ella le dio para que los tapara a los dos. Cruzaron la calle y fueron hacia abajo de un toldo de una tienda cerrada. Aunque se sentía venir de ahí esa aura despierta y siempre móvil de Hermes, el licántropo no lo vio. Solo había un vagabundo tirado en la acera mojada.
Sin embargo, Atenea fue hacia éste y le dio una patadita con el empeine. El joven harapiento se puso en pie de una forma extraña, como si se moviera más por fuerzas externas que por el deseo propio. Licaón se sorprendió al ver el rostro de Hermes en el que antes había pensado que era un simple sin techo. Aunque, pensándolo bien, debió haberlo imaginado. Aún con el agua nieve, su nariz habría olido a un verdadero vagabundo.
—¡Eh, gente! —les decía el dios mensajero, con una voz pastosa y una gran sonrisa en el rostro.
—Estás bebido —le recriminó Atenea.
—Pero no borracho.
Hermes inició el camino por un lado de la acera. Su paso era seguro y rápido. Los dos lo siguieron de cerca. Licaón pensó que era extraño que Hermes no reparara en el mal tiempo que lo rodeaba, pues su caminar era tan relajado como si fuera el más soleado de los días. Aún cuando ellos tenían el paraguas, el viento los estaba mojando a los dos, y Licaón tenía la piel de gallina del frío. Cuando se dio cuenta de que había puesto el paraguas en una posición que protegía más a Atenea, dio un resoplido y lo cambió para cubrirse a él. Ella, después de todo, era una diosa; se tuvo que decir un par de veces cuando se sentía incómodo por alguna razón.
Aún después de doblar una esquina, Hermes seguía con su incansable cháchara:
—... Pero estuve a punto de ganarle a Dioni en un juego de chupitos. Por alguna razón, siempre termino... ¿cómo lo dicen ahora? ¿Mordiendo el polvo? —se rió de la expresión. Llegó a la esquina de la calle, y la atravesó sin importarle el auto que venía muy cerca—. Pero les conseguí la información de como entrar en ese mismo bar... —Los tres caminaron muy rápido, mientras el auto paraba de emergencia para no golpearles y el conductor les gritaba algunas palabras malsonantes. Hermes saludó al tipo con la mano y una sonrisa en el rostro—. No tienen idea de lo que se puede conseguir con un poco de desvergüenza propia y un juego de retos. ¡Me lo pasé genial! ¡Pero por el bien de la misión, claro! Si estoy en un bar y no bebo ni me divierto, es tan obvio que busco información que... —había vuelto a mirarlos, y paró en seco al ver mejor a Atenea— ¡Dime que no vas a entrar así, por favor!
—¿Qué? Pero si es un auténtico uniforme...
—No, no, no y no; hermanita —le interrumpió él, y la abrazó de lado, divertido—. Eso es ropa de mujer que devuelve golpes y ese lugar, —indicó hacia un edificio de dos plantas. Abajo había una fachada sin importancia y arriba, un gimnasio en donde dos mujeres estaban haciendo spinning—, es el lugar donde se encuentra la mayor degradación de los seres vivientes. Donde los hombres se vuelven salvajes y ríen cuando les sacan sangre a golpes, y donde las mujeres no son más que carne complaciente... Eso, es un lugar donde a Ares se le pone dura, y ya sabes que eso solo quiere decir que es pura depravación.
Atenea quiso decir algo, un poco desesperada, pero no dio con las palabras correctas. Licaón, que miraba hacia el edificio, se decía que no parecía para nada el lugar de la perdición que Hermes describía...
—Entonces, ¿no puede ni entrar amazonas de Artemisa? —trató de entender Atenea, o de buscar otra opción mejor.
—No, es un lugar... Purista. Ya sabes lo cuánto que le gustan a Ares las ideas feministas. Las amazonas están tan prohibidas como las vírgenes de Hestia.
Como por varios segundos los dos dioses no dijeron algo, mientras Atenea pensaba, Licaón dijo lo que le parecía lo más obvio.
—Voy solo y listo —decidió, y la miró—. Creo que no poder ser «carne complaciente» está por arriba del uniforme de Canadian Express...
Hermes dijo un comentario pícaro sobre «bromas internas», mientras Atenea le devolvía la mirada al licántropo, pensativa. Pero en su rostro apareció de repente la resolución, mientras su atuendo y peinado cambiaba... Cuando terminó de hacerlo, el rostro que le mostró no era el mismo de antes. Iba maquillada y él tuvo la impresión de que sus labios eran mucho más llenos, carnosos y apetecibles; que sus ojos eran más grandes y ahora azules en vez de dorados, delineados en negro y con una ligera sombra color plata. O era la mala iluminación, o ella efectivamente se había embellecido a propósito.
—No, no vas a ir solo cuando no sabes casi nada de espionaje. Voy a ir como tu hembra, y te comportarás como todos ellos lo hacen con sus hembras. —Licaón abrió mucho la boca sorprendido y frunció el ceño a la vez, disgustado, aunque Atenea lo tomó como si dudara de ella y sus capacidades para mantener la cubierta. Eso la enfureció, y la hizo estar mucho más decidida en su decisión—. Yo sé como se comportan sus hembras y tengo experiencia, mucha, en espionaje. Si no salimos airosos de la misión, será porque tú no has sabido cómo actuar. Debes ser como ellos, y dejar ver tu gran capacidad de mando por sobre los licántropos. Tienes que impresionar a Minos para que te haga una oferta, y no temer llegar a extremos para conseguir eso. —lo abrazó de lado y le puso una mano dentro el bolsillo trasero de los vaqueros—. Estamos listos, Hermes, llévanos allá.
El dios mensajero les dijo lo que debían hacer al entrar por la puerta trasera del pequeño edificio, aunque pensaba en que el rostro pálido y expresión nerviosa de Licaón decía que, al menos él, no estaba listo.
-o-
Les abrieron las puertas y se encontraron con una muy larga escalera que bajaba a un lugar subterráneo. Estaban alumbradas por pocas antorchas en las paredes graffiteadas con dibujos grotescos y realistas de luchas. Estaban solos, y el sonido del lugar a donde iban (coros de gritos, vítores gruesos y etílicos que iban y venían) les daban tranquilidad para que Atenea le hablara del comportamiento de los guerreros de Ares, y de los lugares de apuestas y peleas ilegales.
Licaón la escuchó y asentía, haciendo como si fuera algo obvio y que él ya lo sabía. Atenea esperaba que fuera así, y se refrenó de preguntarle «¿pero me estás escuchando?» un par de veces, más cuando él decidió que iba a pelear. Tenía que actuar su papel, ¿no? Sentirse dueño del lugar, ser bravo, fiero y letal, para que el plan de Atenea funcionara, y ambos sabían que esa era su mejor opción. Solo llamaría la atención de Minos si peleaba y dejaba ver su lado alfa mientras lo hacía.
Por fin, los vítores se hicieron más fuertes, y la luz del final estuvo cerca. Al salir, se encontraron con un bar atestado de alcohol, conversaciones y unas pocas prostitutas. El ruido de los vítores se oía de más abajo, hacia donde la gran mayoría de concurrentes estaba mirando.
Licaón vio a los otros y se miró la ropa que ella le había aparecido. No tenía nada que envidiar a ninguno de los que estaba dentro de ese lugar. Tal vez él tenía más higiene y menos cicatrices, pero nada más lo diferenciaba. Estaba seguro de que no se le vería lo «novato»en la cara.
Como bien sabían, el bar era sólo la antesala a otro complejo donde se daban los eventos principales, el motivo de su visita estaba ahí abajo y tenían que lograr entrar a la arena. Si lo conseguían, y Licaón hacía un buen papel, podrían tener acceso al tipo que hacía el trabajo sucio de Ares. Repasó las órdenes de la diosa mentalmente, con la cabeza puesta en el objetivo. No se dejó ni pensar en porqué se metía en eso. Su cuerpo, su sangre le pedía acción y lealtad... a la misión.
Y la misión se trataba de ser un hijo de puta. Además, actuar como ella le había pedido implicaba tocarla, y no estaba seguro de poder... Se dijo que debía dejar las inseguridades en otro lado, y sacar un poco del rey que fue. Apretó a Atenea y la puso detrás de sí en una maniobra meramente protectora. Alguien iba hacia ellos. Era enorme, de casi tres metros de altura, y solo tenía un ojo en el centro de la frente. Licaón se sintió más impresionado por el gran cuerpo que el único ojo. Tuvo un poco de vértigo cuando estuvo a menos de un metro de él. Eso hirió su orgullo y, para compensarlo, le miró directo a la cara aunque tuviera que subir la cabeza.
—El señor que ríe ante el llanto... —dijo con una voz baja y cavernosa, poniéndose entre ellos dos y el bar. Ese era el segundo portero del cual Hermes les había hablado.
—... es el que lleva la muerte en donde esté —respondió Licaón, con un tono de voz muy seguro.
El tipo puso la gran manaza frente a él. Licaón sacó un fajón de billetes de su chaqueta, (otro regalo de su patrono) y se lo entregó. Al cíclope no le importó que estuviera mojado por un lado sino la cantidad, que lo hizo sonreír.
—¿A quién le vas?
—A mí.
Sonrió un poco más, enseñando sus muy desiguales dientes.
—Tendrías que ser madrugador para eso, ese lobo de allá —señaló con la cabeza a un tipo que tomaba un trago solo en una mesa— es el último en anotarse, y llegó desde el atardecer. Escoge otro por el que apostar o sino, vete.
Licaón miró hacia Atenea como esperando instrucciones y, para su sorpresa, ella hizo como si hubiera recibido una de él. Le asintió con sumisión y se quitó el abrigo que había llevado todo ese tiempo. A Licaón le costó respirar. Su pelo negro, suelto, parecía una melena sensual y enrolada, larga, voluptuosa; caía en torno a su rostro y a unos hombros muy finos, desnudos, deslizándose por su espalda también bastante descubierta. Pero lo peor, era que no podía dejar de fijarse en que sus senos eran más notorios y prominentes, y que asomaban mucho por encima de ese top strapless de cuero negro, lustroso... y era aún peor, porque la lluvia y el frío habían endurecido sus pezones. Buscando donde dejar de mirar, dio con las líneas de su cadera descubierta que resultaban inquietantemente sensuales, y conducían sin paradas hasta la curva de un trasero respingado enfundado en un pantalón de cuero también negro que él vio ir, contoneándose, hacia la mesa del último luchador.
Muchos la vieron, algunos silbaron y ella les miraba, se dejaba ver por cada uno, y les sonreía. Por un momento, se preguntó si no había agarrado por error a otra mujer, porque esa tan desvergonzada no era Atenea... Y luego, Licaón gruñó para sus adentros. Echó un vistazo rápido alrededor, en lo que la diosa ponía su mejor cara de hembra tonta y sin voluntad, acercándose hacia el peleador que ya la esperaba. Licaón no supo lo que Atenea le dijo, solo que ella se acercó al tipo, dejándole ver mejor sus pechos, y el trasero a Licaón y muchos más. Él volvió a gruñir, le acababa de arruinar la concentración hermosamente. Aunque, se dio cuenta, muchos otros dejaron de mirarla cuando el sonido retumbó por el lugar. Respetaron al amo de la mercancía.
—Justo lo que necesitaba —dijo, en voz baja, un ápice menos intranquilo. ¿¡Qué rayos estaba haciendo esa bruja loca!
No lo pudo soportar más. Vio como el tipo le acariciaba la espalda casi desnuda, y tuvo que ir hacia ellos. Atenea no se quejó cuando Licaón le rodeó la cintura con un brazo, posesivamente, alejándola del licántropo. Se apropió de la cerveza del otro, y bebió todo el contenido. Ella lo observó con una atención casi irreal, la forma en que echaba ligeramente la cabeza hacia atrás, en que se movía su nuez de Adán al tragar, y su calor y torso en su espalda...
En un instante de desconcentración, levantó la mano y le rozó la mejilla afeitada, delicadamente. Ese gesto fue suyo, no de la mujer sensual y sumisa que interpretaba. Licaón dejó la botella y la miró con una expresión bastante interrogativa. Ella enrojeció, se dio una cachetada mental, y volvió al papel.
—Mi señor, él no me desea.
—Buena oferta, hombre, pero necesito más el dinero que el polvo —dijo el otro, amable.
—Lo siento, mi señor, habrá que encontrar otra manera para...
Por fin, Licaón entendió el plan. Algo aliviado, golpeó la mesa con la botella, y le gruñó al licántropo:
—¿¡Tienes los cojones para despreciar un regalo mío! Quise ser amable contigo, pero se ve que tendremos que hacer esto por las malas.
Soltó a Atenea y alargó los brazos a los lados. Incitando a una pelea, se alejó unos pasos de la mesa. El licántropo se puso en pie, alto y corpulento, y fue hacia él. Cuando estuvo a su altura, sin mediar ninguna palabra, Licaón le estrelló el puño derecho en el rostro con una fuerza tal, que mandó a su congénere a caer de espaldas sobre una mesa que sólo tenía vasos vacíos encima.
El chico rodó sobre la mesa y cayó al suelo, pero no demoró en ponerse otra vez en pie. Para cuando Licaón volvió a verlo a los ojos, Atenea estaba extática a su lado, aferrándose a su antebrazo izquierdo con los puños crispados en pequeñas garras. Toda la concurrencia del bar los miraba con ojos azorados, interesados o hasta divertidos. Licaón inspiró profundamente, con el pulso tan acelerado que le golpeaba en las sienes con una fuerza demoledora, y puso de inmediato a Atenea detrás de sí... ¡Inconsciente, como se queda ahí cuando estaba peleando!
—¡Quítate, mujer! —le gruñó, y Atenea le hizo caso; recordándose que ella, esa vez, no era la que debía proteger a su compañero de misión. Decididamente, eso era lo que más le iba a costar no actuar.
El otro licántropo se había llevado una mano al rostro. Le sangraba la nariz como un torrente.
—... ¿¡QUÉ TE PASA, HIJO DE PUTA! —ladró el joven, mostrando los dientes.
—Dispara primero y pregunta después. ¿No te la sabes? —respondió Licaón, con los dientes también expuestos— ¡No voy a tolerar que un pequeñajo como tú le ponga los dedos encima!
El licántropo se acercó, con un puño bien apretado. Era alto. Un poco más alto que Licaón.
—¡PUTO LOCO, SI TÚ ME LA ENVIASTE!
La concurrencia se empezó a levantar de sus asientos o moverse de sus sitios para ir hacia ellos. Atenea, por otro lado, se llevó una mano a la frente, fastidiada. ¿Es que Licaón no había prestado atención? ¡Se suponía que él la había enviado como señuelo! Claro que ella había previsto unas vías más que noquear al lobo en el privado, si conseguía cambiar el puesto en el torneo por «sus servicios sexuales»; y la que estaba pasando ahora mismo era una de ellas: Si Licaón demostraba ser temible y le ganaba al tipo ahí, tal vez lo eligieran para bajar. Si se hacía respetar, si se mostraba poderoso... Y si no olvidaba lo que se suponía que estaba pasando...
—Como una cortesía, porque que tú me darás tu campo —dijo Licaón, después de unos segundos que usó para poner sus ideas en orden.
—A mí se me hace que esa perra no está siendo saciada y vino a mí sin consultártelo primero —devolvió el otro, con tono furioso—. Apuesto a que ella prefiere que yo me la sacuda, en vez que tú, y gratis. Me está mirando la bragueta con unas ganas...
Entre los parroquianos hubo silbidos y susurros. Licaón escuchó todo tipo de cosas, y eso lo hizo tirar otro golpe que el tipo esquivó. Los dos licántropos se enzarzaron en una pelea tipo boxeo, en la que les era más difícil conectar buenos golpes, por su rapidez… Algunos de los testigos perdieron el interés y se devolvieron hacia el balcón, pues la otra lucha estaba más emocionante.
Los swing, puñetazos, algunas patadas, bufidos y pérdidas de aliento iban entre ellos, mientras tumbaban sillas, movían mesas y tiraban bebidas. Estaban muy igualados, pero en un momento en que Licaón tiró un puñetazo y perdió pie, la refriega terminó con su cuello apresado entre los dos brazos del otro licántropo.
—¿Crees que puedes venir aquí y que las cosas se hagan como se te da la gana? ¿Quién te crees que eres? —se rió el que se ya veía vencedor.
—Soy más viejo que tú, y más fuerte. Eso lo sé —respondió, con la voz algo desmayada.
«Nadie es más viejo que yo, tenlo por seguro.» pensó Licaón, con una media sonrisa feroz, e intentando quitarse del agarre con sus dos manos, o dando puñetazos o golpes en el pie. El tipo casi que ni se inmutaba, ¿es que acaso estaba drogado o qué?
—Pues, estás tan enano, que no te lo creo. —el joven estiró un poco el cuello, y le habló a Atenea que se asomaba entre el gentío—. ¡Eh, nena! ¿Qué dices? Si a este no se le levanta, te puedes venir conmigo.
Esa vez, las burlas generalizadas sonaron más alto, y Licaón volvió a aspirar con fuerza. En serio que no quería ganar así, lástima que una regla de ese lugar era «no transformarse hasta estar en la jaula», porque así hubiera ganado sin trampas. Vio como Atenea le miraba a él con genuina preocupación. Eso lo hizo decidirse a actuar.
—Escucha, zoquete... no te metas donde no puedes ni acercarte a mear. ¿Entiendes? Esta es mi zona.
—Tu perra parece de acuerdo con la propuesta.
—... la perra no tiene voz ni voto. —escupió Licaón. Sentía la sangre agolpándose en su rostro, y la cabeza le dolía—. No tienes permiso de tocarla.
Y empezó a usarlo, según como recordaba que lo hacía cientos, miles de años antes. La fuerza de su ira empezaba a reflejársele en los ojos y en el pálpito de la yugular. Los gruñidos que surgían por su garganta tampoco eran amables. Hasta los parroquianos empezaron a mirarlos con verdadero interés, extrañados por lo que estaba pasando entre esos dos luchadores. Licaón parecía envuelto en un aura oscura, poderosa... Atenea se percató de que en él algo acababa de cambiar.
Los ojos del muchacho se abrieron mucho, y la Diosa pudo ver miedo en su mirada. El agarre de los brazos del tipo se aflojó y Licaón pudo respirar mejor. Tosió un poco, se alejó un par de pasos y lo miró, muy divertido y seguro:
—¿Qué pasa? ¿Ya no eres tan gallito? —vociferó Licaón, mostrando los colmillos.
El otro retrocedió.
—No, yo... —balbuceó sin dejar de mirarlo directamente, muy asombrado— Lo siento, no sabía que fuera usted, yo... lo lamento tanto.
—No te oigo, ¿qué dices perrita?
La gente rió. Licaón dio un paso, y el muchacho que tenía en frente se encogió en su lugar, gimoteando caninamente sin poder hacer algo por evitarlo.
—¡Lo siento! ¡Perdóneme, por favor! ¡Yo no quería...! ¡No sabía! ¡No hemos vuelto a saber de usted en cientos de años, no...! ¡No era mi intención, se lo juro! ¡Se lo suplico, no me haga nada!
Atenea se sonrió y mucho. Era el comportamiento más sumiso que había visto jamás. En serio que Licaón era muy alfa. Se sentía esa fuerza en todo el lugar. Un algo que hacía querer bajar cabezas, tranquilizarse, recular y explicarse frente a él, no solo para no ser agredido, sino para ser cuidado... Corrió hasta Licaón y lo abrazó por la espalda, rodeándole la cintura con los brazos. Intentó mantener una actitud algo mimosa y sexual, como ese tipo de mujeres hacían.
—... bebé, ¿Está todo bien ya? —le dijo, con cierto temor, y asomó la cabeza por debajo del brazo de Licaón. Vio su cuello enrojecido, pero era una lesión sin importancia. Se sintió más tranquila.
Licaón, algo mareado y con dolor de cabeza por la falta de oxígeno, se recargó en ella, pero por sus posturas, nadie lo hubiera adivinado.
—Sí, el tipo me dará su espacio en el torneo, ¿verdad que sí?
Licaón intensificó su furia hacia el joven, y éste gimió de nuevo. Eso era un sí. Un par de tipos se rieron, otros miraron a Licaón, como esperando saber del todo qué pasaba.
Hacía tiempo que no se sentía así, tan... Poderoso. Él, como el primer licántropo, ejercía instintivamente dominio sobre todos los demás, porque eran sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Todos, en última instancia, le debían obediencia y respeto. Aunque no lo conocieran y no se hubiera vuelto a oír de él en miles de años, los lobos sabían bien que cuando el instinto los subyugaba, debían obedecer. Él era su Alfa Supremo, su líder absoluto.
Cualquiera que lo reconociera como su superior, sucumbiría ante él.
—¿Debo ir con él como agradecimiento?
Licaón abrió mucho los ojos y se le atoró un «¡No!» rugido en la garganta. Ella le sonrió con esa mueca lasciva más para los que veían que para él, y acercó su boca a su oreja. Con algo de vergüenza, pero sabiendo que no tenía otra, le susurró entre besos, suaves lamidas y pequeñas mordidas:
—... ¡No lo arruines! Ya sabes quién eres y si dice tu nombre aquí, estaremos perdidos. Tienes que mantener tu identidad en secreto, algunos ya saben que tú y yo hemos coincidido en estos días —para su sorpresa, sintió en su cintura las manos de él cerrarse como garras, cuando la apartó unos pocos centímetros. Sintió como Licaón temblaba ligeramente, y la miró... de una manera que la hizo sentir un pulso en el bajo vientre. Se recuperó rápido, acudiendo a su cubierta—: Yo me voy a hacer cargo, te lo prometo, bebé. —Y alejó un poco su cuerpo del de él, pero no de su agarre.
Licaón dudaba, pero ella le dijo con un brillo feroz en la mirada «Obedéceme, sé lo que estoy haciendo». Él cerró los ojos cuando la piel de su lóbulo palpitante recordaba una caliente y cariñosa lamida. La soltó y la empujó levemente hacia el otro; no tanto porque seguía su orden, sino porque sentía que no se podría controlar por mucho con ella cerca. No se veía, sentía ni olía igual, pero algo en saber que era Atenea... ¡Control, maldita sea, contrólate!
Al final, miró al muchacho que había terminado acurrucado contra una mesa, temblando. Cuando lo señaló con un dedo en largo, el licántropo volvió a temblar y soltó unos gañidos animales por la garganta, como un perro apaleado.
—¡Tienes quince minutos con ella! ¿Me escuchaste?
—... s-sí, ¡Sí, entendido! —aceptó el chico, y Atenea fue con él.
Unos tipos, divertidos, les hicieron saber dónde estaban los reservados, y todos volvieron a lo que estaban haciendo. Fue como si el volumen de los vítores, los sonidos de pelea, el olor de sudor y licor y las conversaciones volvieran a existir para Licaón. Él regresó a la barra y se desplomó sobre la banqueta con el cuerpo endurecido de tensión y empapado de sudor. Apenas entonces se daba cuenta de que hizo tanto esfuerzo para mantenerse bajo control, que estaba sudando como un caballo. Se quedó allí un momento, en lo que intentaba no pensar en qué estaría haciendo Atenea con el joven licántropo, y apretó los dientes.
El cíclope lo llamó con un silbido. Licaón se volvió, furioso, y le clavó la mirada. El sujeto le dedicó una sonrisa de admiración y le hizo correr por la barra una cerveza, de la mejor calidad, en lo que se le acercaba.
—Me gusta tu actitud, chico. ¿Te sientes con tanta suerte como para llevarte los tres millones?
—Claro.
—Entonces, estás en el torneo. ¿Tu nombre?
—John Smith.
—Está bien, el nombre en verdad nos da igual —el tipo se encogió de hombros y lo apuntó en una libreta en donde había tachado algunas cosas—. Aunque te tengo que advertir, los novatos no suelen salir vivos en eventos tan importantes. No importa mucho la vida, con tal de que haya un ganador. Si te sigue interesando, sígueme.
—Cuando vuelva mi chica.
—... perfecto. —sonrió el cíclope—. Iré a hacer todos los arreglos. —y fue hacia una mesa donde estaban los apostadores.
Licaón vio como algunas personas fueron hacia ahí y empezaron a cambiar apuestas. Había dado buena impresión, ¡Bien! Pero eso no lo hacía perder el enojo por Atenea y ese otro tipo; como la ansiedad por la sensación caliente con sus caricias... Y el temor de que en verdad no sintiera miedo de ingresar a un torneo donde moría gente; más bien bestial expectativa.
-o-
Apenas Atenea salió del reservado, Licaón levantó la cabeza e irguió el cuerpo. Ella hacía como que se acomodaba la ropa y el cabello. Se veía sonrojada, algo sudorosa y con una expresión relajada en el rostro. Licaón pudo sentir un poco de su esencia real por la intensificación del olor, aunque también vaguedad mental por el hechizo que lo encubría. Se puso en pie y fue hacia la diosa rápidamente, con el abrigo que ella había dejado en el brazo. Por todo lado se oían las habladurías sobre ella, donde estaba el otro licántropo que no salió y lo que debió pasar en la media hora (y no quince minutos) que estuvieron juntos. Eso le ponía los nervios de punta y una bullente ira y violencia se apoderaba cada vez más de su cuerpo. Le puso el abrigo mojado sobre los hombros, la abrazó con fuerza con un brazo, miró a los demás y dio un rugido con el pecho y la garganta, enseñando los dientes. Todos entendieron el mensaje y lo dejaron ser. Luego, se agachó un poco para estar a la altura de sus ojos.
—¿Qué rayos fue todo eso? —le preguntó muy cerca del rostro y en un susurro.
Atenea le miró con impaciencia. ¿Quién se creía? ¡Como si fuera en verdad su «amo» para hablarle así! Sin embargo, mantuvo el control y mientras respondía, empezó a besarle con mimo y sumisión. Aunque era parte del papel, o inició siéndolo, Atenea se dio cuenta de que besarle los labios, el cuello o el pecho le estaba poniendo, extrañamente, más tranquila y relajada...
—Fue para tener el campo en el torneo. Al final lo noqueé y... —¿le estaba dando explicaciones?— Tenía información interesante sobre un tal Milo, por el cual estaba aquí. No éramos los únicos que veníamos con segundas intenciones. Luego hablamos de eso, por ahora no nos distraigamos del objetivo.
Ella se separó un poco y vio como Licaón tenía los ojos cerrados, con una expresión extraña en su rostro, relajada. Ya había sentido que su cuerpo estaba muy tenso, como anclado en su abrazo para evitar hacer un movimiento brusco; por eso le extrañó la expresión. Estaba tan interesada en verle la cara, que dio un pequeño respingo cuando él abrió los ojos de ese vivo color azul y la miró directamente. Licaón frunció el ceño, como si algo en ella le gustara muy poco. Atenea, instintivamente, dio un paso hacia atrás mientras él la olía...
—¡Vamos allá! —decidió de repente, y la hizo caminar hacia el lado del bar donde había más gente y llegaba más fuerte el sonido de la pelea y los gritos.
Se trataba de una vista panorámica por un gran balcón hacia una parodia de coliseum muy pequeño. Tenía unas graderías totalmente llenas detrás de unas rejas, y abajo, una jaula ensangrentada en donde un híbrido león y un vulcánico de cuatro brazos peleaban salvajemente entre sí. El león estaba en una esquina, dando zarpazos al cuello pero el vulcánico, con sus cuatro puños al rojo vivo, golpeaba sin parar y sin control. Los rugidos y gruñidos de los dos contendientes eran ahogados por el griterío de los que estaban alrededor. Estaban en el momento álgido, el clímax de la pelea... Pronto alguno de los dos iba a perder, tal vez la vida.
En silencio, y aún muy juntos, Licaón y Atenea vieron la pelea desde la parte más atrás del balcón. Ella pensaba en la engañosa ventaja del vulcánico, y en que le gustaba más a la estrategia del león; Licaón, en que necesitaba estar pronto peleando. Sentía todo su cuerpo revolucionado, trabajando mucho más que nunca. La energía era enorme y no solo por el ambiente, sino y sobre todo, por Atenea... Necesitaba estar lejos de ella y sacar esa energía sobrante, embargadora. La idea de poder hacerlo peleando, era mucho mejor que esa cosa que sentía cuando la bruja de Atenea ponía alguna parte de su cuerpo cerca del suyo.
—¡Jonh Smith! —el cíclope se hizo fácilmente espacio entre las personas— Ahora que tu perra está aquí, creo que es momento de bajar... Ya casi termina este combate, y te voy a encerrar para el siguiente.
Se movió hacia un lado de la concurrencia y Licaón le siguió, dejando de abrazar a Atenea pero llevándola del brazo. La diosa se mordió la lengua y tomó con más fuerza de lo usual la mano del licántropo. Estaba teniendo problemas para controlar su enojo, por los toqueteos y las miradas de los tipos que estaban cerca de ella. Bajó la cabeza, esperando que creyeran que era sumisión ante su «amo», y no que intentaba no darles golpes muy dolorosos a ellos. Al menos, se dijo, en verdad había hecho bien su papel. Si sospecharan siquiera que no era lo que aparentaba, o quién era en verdad, no hubieran tenido esas libertades con ella y su cuerpo.
Estaban bajando por una oscura escalera de escalones grandes, y dieron abajo con un lugar que se parecía un gimnasio, pero a todas luces no lo estaban usando para eso en ese momento. Estaba lleno de gente drogándose y, detrás de unas mantas que enseñaban igual que lo que ocultaban, haciendo uso de las atenciones de las ménades. Los sonidos del estupor por la droga y los propios de las relaciones sexuales, junto a un olor ocre de las sustancias inhaladas y ese calor bochornoso propio del hacinamiento, marearon a Licaón.
—Dorothy, ya no estamos en Kansas —dijo muy bajito Atenea, y eso hizo a Licaón poner atención a lo que el cíclope decía:
—... podrías hacer buen dinero. Las ménades son lo mejor, pero algunos prefieren no comprar a hembras tan caras y adictivas. Con esa carita y cuerpo, creo que tengo un par que te darían el precio de ella.
—Bebé, quiero ir contigo —le dijo Atenea, y se refugió melosamente entre los brazos de Licaón—. A menos de que no sea suficiente con lo que he hecho ya.
Comprendiendo de qué hablaba el cíclope, instintivamente, Licaón rodeó la cintura de Atenea con el brazo y una de sus manos descansó sobre la piel descubierta de su espalda baja. Un escalofrío eléctrico le tensó la espalda y la mandíbula. Y ni hablar de lo que sintió recorriéndole el cuerpo cuando ella aplastó los senos contra su pecho...
—Hoy la quiero para mí.
—Como quieras. —el cíclope sonrió y levantó los hombros, como si se estuviera burlando de Licaón por ser «tan débil» con su hembra y aún así le importara poco.
Licaón prefirió dejarlo ser. Ya tenía unas pocas heridas que le dolían, por más que fueran pequeñas y estuvieran sanando rápido por ello; pelearse con uno de los organizadores del evento no era algo que deseara.
El cíclope se adentró hacia el gimnasio. Licaón iba a ir hacia el lado opuesto, donde estaba la arena, pero Atenea no se movió y eso le hizo mirar hacia donde ella lo hacía. El cíclope estaba hablando con un hombre adormilado sentado en el suelo, que tenía una botella en cada mano. Una ménade estaba cerca de él, desnuda y voluptuosa, hablándole y acariciándole, pero el tipo parecía pasar de ella. Era alto, muy fornido, con una cabeza rapada cuyo cráneo parecía algo extraño, más grande de lo común y un poco deforme. Estaba curtido por el sol y llevaba una argolla en la parte frontal de su prominente nariz. Tenía tatuajes muy antiguos y desfigurados en su cabeza, y varias cicatrices en los lugares visibles por su ropa de motero; no sobresalían mucho pero dada su cantidad, impresionaron a Licaón. «Este tipo ha vivido en los campos de batalla durante mucho tiempo», pensó.
El cíclope le dijo algo, él le contestó y miró hacia Licaón por un movimiento de invitación del otro. El licántropo le miró de vuelta, casi retador. El tipo tatuado sonrió, comentó otra cosa al cíclope, tomó de una botella y luego de la otra antes de decir algo más. Finalmente, cerró los ojos y descansó la cabeza en la pared, con una expresión beatífica por la sensación del efecto de la droga. La ménade se sentó sobre sus piernas y el cíclope se levantó para salir.
Atenea, por fin, dio la vuelta hacia la arena.
—Él es Minos —le susurró. A Licaón le costaba concentrarse en oírla entre los sonidos y olores de ese lugar, pero lo logró—. Leí sus labios. El cíclope le comentó tu pelea, para ver si apostaba y porque Minos le había dicho que buscara a licántropos prometedores. Él te va a ver pelear.
—Pudimos haber ido de una vez a...
—Deja ver tu lado alfa, y él vendrá a nosotros —finiquitó la conversación Atenea.
Después de pasar por un oscuro pasadizo, por fin entraron a la arena. El calor se intensificó tanto como los sonidos. Alrededor de la jaula estaban unos pocos de los demás peleadores y su gente. Algunos estaban tirados en el suelo, entre todo tipo de frutas podridas y partes de carne que Atenea no quiso analizar; y siendo burdamente tratados por oniros, tipos divinos de diferentes rasgos pero con gran belleza física, parecían frágiles y tenían miradas sin vida. Aunque eran eficientes, algo en sus movimientos pausados parecían hechos más por inercia que porque quisieran. Atenea sabía que su exterior atontado era muy engañoso. Los descendientes de Hipnos, los seres especialistas en ensoñaciones y sensaciones, solían tener un gran mundo mental que, muchas veces, los apartaba inexorablemente del físico. Muchos de ellos terminaban yendo a las filas de Dionisios en vez del IMI, pues sus habilidades y preferencias los hacían no solo excelentes «traficantes» sino, también, consumidores.
Atenea siguió corroborando el terreno y quienes los rodeaban. Otros de los luchadores que esperaban o habían salido mejor parados de las peleas, gritaban hacia alguno de los contendientes o hablaban entre sí. Pocos estaban con sus hembras, pero varios de esos no tenían reparos en llevar la estimulación por la violencia a algo más sexual, como algunos de los tipos en las gradas. De hecho, también había ménades por ahí y en las graderías, dando de sus sustancias que llevaban en collares especiales sobre sus cuerpos desnudos. Algunas veces salían con un cliente a rastras, hacia lo que parecía ser la planta baja del bar donde estuvieron, el «gimnasio».
Había cosas impresionantes a donde se viera, pero lo primero y que más golpeó a Licaón fue la peste. Porque ya no se podía llamar a aquello «olor». Peste a alcohol, a sudor, sangre, fluidos; y a mucha excitación de todo tipo, pero el sudor y la sangre de esos seres era lo más fuerte. Arrugó la nariz por instinto, cuando todos los demás olores comenzaron a surgir uno tras otro, y ninguno era lindo. En ese antro, disfrazados con pieles humanas, había montones de otras criaturas. Un escalofrío le recorrió la espalda… Estaba rodeado de verdaderos monstruos.
Era la primera vez en años que estaba tan cerca de tantos otros seres extraños, como él. Su instinto se sintió amenazado y agresivo al instante. Todos eran posibles enemigos, seres que podían morderle el cuello y matarle. Sin darse cuenta, trató de acercar a Atenea más a él.
La diosa le miró, y relajada con lo que iba a hacer, como si el papel le saliera tan fluido que tomara posesión de su cuerpo; se acercó a su oído y con una sonrisa y movimiento de cabeza que haría a cualquiera pensar que le estaba diciendo lo que fuera para excitarlo sexualmente, comentó:
—No tienes que hablar con ellos, solo sentémonos y ya. Esperemos que te toque pelear con un licántropo, pero sino... —prefirió no seguir la idea. Aunque Licaón le había contado que sabía pelear con presas más peligrosas que venados, ella estaba segura que había pasado mucho desde la última vez que lo hiciera. Sus cálculos no iban ni remotamente a favor de Licaón si le tocaba pelear con un ser que no fuera híbrido. Aún con las osas, leones y demás, por instinto, su habilidad alfa le podía servir de ayuda; con los demás, era muy poco probable— Cuando sepamos contra quien vas, haremos la estrategia.
Licaón dijo algo como «mjá», sin ponerle mucha atención. Sentía que ese lugar tan caliente por el hacinamiento sin airear, subía tanto la temperatura que le secaba el agua nieve y lo perlaba en sudor a la vez. Quiso alejarse del contacto de Atenea que era, sabía, la que lo hacía tener más calor, pero no pudo. La miró mientras caminaban hacia una zona libre entre la jaula y la alambrada que los dividía del público... Hundiéndose más en ese mundo sórdido y que a Licaón le hacía tener reminiscencias de las guerras del pasado, al menos cuando no la observaba a ella y sus ojos que seguían siendo iguales, solo diferentes en el color. Miraba, analizaba detenidamente el lugar. Como si supiera que él se preguntaba qué tanto estaba viendo o buscando, susurró:
—Es extraño que no esté aquí.
—¿Eh? ¿Quién? —la voz le salió estrangulada. Ella le miró, y por la manera que Licaón quitó la vista y vio hacia la jaula, la hizo sentir algo que hacía mucho no experimentaba. Esa sensación de victoria, una capacidad para producir una reacción, picardía. La feminidad, el poder de la seducción...
—Ares. —Esa sola palabra le hizo recordar porqué estaban ahí, y darse un gran regaño por la manera en que se estaba alejando mentalmente de su meta.
—¿Por qué...
—¡Ah! —profirió Atenea, de la impresión.
Licaón sintió el tirón en su mano y en cada fibra de su ser, un temblor de anticipación. Se volvió sobre su hombro y vio que un sujeto enorme, barbudo, de pelos largos y con cara de bulldog tenía a Atenea aferrada por la otra muñeca, y pretendía llevársela con él. Aunque estaba notablemente bebido, también parecía tener mucha fuerza. Oh, hubiera querido cerrar el puño libre y borrarle la cara de un puñetazo, por tocarla así...
—¿Nena? —la llamó, con un carraspeo— ¿Te está molestando?
Atenea no le respondió. Realmente no la estaba molestando, no mucho más que los tipos del bar de arriba... Luego le tomó el cuello con la otra mano, acercándole la cabeza a su rostro. Casi, casi le reviente su chata nariz de un puñetazo, pero Atenea se refrenó a tiempo.
—¿¡Qué te pasa! —le preguntaba Licaón, y le vino bien dejar salir aquel gruñido feroz mientras le arañaba la mano al otro, quitándosela del cuello de Atenea.
—Nada, no sabía que esa perra era tuya —dijo, mientras retrocedía alzando las manos.
—Que si es mía... ¡Claro que es mía, imbécil! —ladró Licaón, y en un gesto impensado, la mano que tenía sobre la cintura de Atenea se deslizó hacia el estupendo trasero y enterró los dedos en su carne firme— ¿Ves esto? ¡Tiene mi nombre escrito! ¡No vuelvas siquiera a mirarla si no tienes con qué pagar! ¡Es cara! ¿Entendiste?
Atenea tenía cerrado los ojos. Pensar en que la reacción que tuvo con que le tocaran el brazo y el cuello, eran tan diferente a cuando Licaón le tocó el trasero, no le hacía ninguna gracia... Pero soltó una risita seductora y se animó a estirarse en puntas de pies para rozar la mandíbula de Licaón con los labios, en un camino que finalmente terminó en su oído.
Licaón aspiró muy rápido, y la tensión alcanzó límites que jamás había experimentado antes. Cerró los ojos, momentáneamente subyugado por ese gesto suyo que lo desequilibró, y mostró un poco los dientes.
—Tranquilo —le susurró la diosa en el oído. Le dejó besos en el cuello y volvió al oído—. Estás muy tenso...
El tipo ya había ido hacia el «gimnasio», y los demás que pudieron haberse dado cuenta de los recién llegados, habían vuelto su mirada hacia la pelea del vulcánico y el león. Todo estaba aburrido, más silencioso. El gran tipo de cuatro brazos seguía golpeando al león, pero este ya no respondía... El cíclope entró para alejar al contendiente, y dos oniros, para llevarse al león malherido.
… Pero eso le tenía sin cuidado a Licaón. Aunque había intentado dejar pasar el arranque no pudo, y le salieron las palabras por la boca en un impulso.
—Si vas a tocarme, sé menos agresiva —le gruñó—. No estoy entrenado para esto, no soy actor. Soy un perro de ataque, solamente.
Atenea volvió a su quijada, a su oído... Y el aliento caliente de ella en su piel fue una estela caliente, relajante y excitante a la vez. ¡Maldita fuera!
—Ya lo hablamos, según los parámetros de la misión, tienes que...
Él la apartó con un empujón algo brusco que no dejó de combinar con su actitud pendenciera, y la miró a los ojos. No tuvo que hacer nada más, sólo mirarla. Atenea estaba lo suficiente en su papel como para bajar la cabeza y actuar con sumisión. Licaón tomó aire un par, tres, cuatro veces y pudo mantener a ralla su instinto. La atrajo más cerca de sí y sin pensar muy bien en lo que hacía, tal vez para dejarse en claro que él podía hacer de espía, se animó a besarle los labios con una sonrisa ganadora.
Lo que no esperaba, sin embargo, fue que ese contacto (que quiso ser nimio, un sinsentido y para nada profundo, ni elaborado) resultara tan... destructivo. Le destruyó los nervios, la concentración, el temple entero. Había podido dar con la vainilla en ella, esa que lo persiguió desde que la conoció, y que estuvo buscando toda esa velada. Y el hechizo que lo hacía alejarse de ese olor, perder el hilo mental, fue su perdición. Ya no podía razonar sobre el aroma, sino actuar lo que su lado «animal» quería... Se encontró el borde de un abismo y no pudo retroceder. Con las manos en las costillas de ella la levantó a su altura y luego la abrazó con fuerza, totalmente pegada a él. Sus labios solo sabían que querían saborear su boca, y así lo hizo.
Llevándosela no sabía hacia dónde, se vio contra la malla que protegía las graderías, con ella apresada entre sus brazos, devorándole la boca como si fuera la fruta más deliciosa de todas. ¿Qué estaba haciendo? ¿¡Qué estaba haciendo! ¡No habían ido ahí para eso! Pero, ¿Qué le pasaba? ¡La estaba BESANDO! ¡A Atenea, la «Diosa Virgen»! ¡La guerrera y estratega! Le palpitaba la ingle de una forma feroz, y tuvo que apartarse de Atenea cuando se dio cuenta de que los labios y la lengua de ella (pétreos hasta ese momento) empezaban a responder; mientras sus manos llegaban a sus hombros, y las piernas desnudas querían rodearle la cintura. La soltó totalmente y se alejó unos pasos, no sabía si impulsado por miedo a ella o a él mismo y sus impulsos. Definitivamente, se trataba de lo segundo...
No supo cómo, pero recordó que Atenea leía los labios, así que solo silabeó:
—... dame un espacio, princesa. —con los ojos severos.
Princesa. Sonaba bien. Ella era una princesa... decidió que le gustaba esa palabra, la usaría más…
Atenea no vio lo que le dijo, porque tenía los ojos cerrados y la cabeza un poco baja, intentando controlar su corazón y el rubor en sus mejillas. Para haber sido un beso con falta de técnica, había logrado que su cuerpo y deseo se despertara de una manera que hacía mucho no hacía. Pero no era ni el momento, ni el lugar para que su cuerpo reaccionara así... Tomó dos respiraciones, tragó saliva y volvió a estar en control. Subió el rostro y aunque al mirar el cuerpo de Licaón, ese que antes estuvo sintiendo en su piel, se sonrojó; pudo volver a lo que estaba haciendo ahí.
Fue hacia él, con una sonrisa y le acarició un poco en el vientre en ademán tranquilizador, mientras encontraba las mejores palabras para decir.
—¡Basta! ¡Deja de hacer eso! —le susurró él.
Ella alejó su mano.
—Vamos a sentarnos —mandó, con un tono razonador.
Licaón quiso decirle que no, pero al final le hizo caso. Los dos se sentaron en el suelo después de patear una cáscara de aguacate y carne seca. Era cerca de donde los oniros estaban tratando al león. Olía a sangre y pelo quemado, y la respiración del híbrido era muy difícil, sin embargo nadie le ponía atención a él. El cíclope que les había dado la bienvenida y el vulcánico, de alguna manera, se habían subido sobre la jaula. Las ovaciones por su victoria fueron los más fuertes que habían oído hasta ahora... Y aún así, Licaón no podía alejar de ella su concentración. Deseaba no querer mirarla y, a la vez, alejar de él su proximidad.
Ella le tomó la mano y aunque intentó que fuera tranquilizador, solo consiguió que se pusiera más crispado. Atenea lo soltó, pero siempre se acercó más a él para hablarle.
—Tranquilo, no fue nada. Recuerda que eres el dueño del lugar. —Licaón la miró con el ceño muy fruncido, pero a ella le gustó que tuviera esa expresión combativa. Iba más que la vergüenza y confusión en un luchador de un torneo de Ares—. Déjame a mí hacer el trabajo de espionaje, tú sólo concéntrate en permanecer duro, eso les agrada.
—... como si ya no estuviera lo bastante duro —susurró Licaón, muy bajito.
—¿Qué? —preguntó ella, que no había entendido.
—¡Nada! Que no me dijiste que este juego sería así.
—¿Y cómo esperabas que fuera? —dijo la diosa, con una sonrisa boba para la gente, pero una mirada analítica para Licaón—. Cuando te hablé de esto, creo que no dejé nada de importancia fuera.
Esperó que Licaón dijera algo, pero él se mantuvo obstinadamente en su silencio y Atenea decidió que le daría espacio. Empezó a aplaudir al vulcánico como estaban haciendo muchos de los espectadores. También dio un par de gritos agudos, mientras Licaón cerraba los ojos, tratando de encontrar la poca concentración perdida.
«¿En serio me dijo totalmente cómo sería?», pensó él con sorna, tal vez para dejar de saborear a Atenea en la lengua y recordar el tacto de sus labios. «¿Y la parte donde no dejas de toquetearme, o donde el olor de la sangre y todos estos seres me ponen nervioso, y donde los heridos son pasados por alto de esta manera...? O donde tengo que espantar a esos monstruos de tu cuerpo, como si a ti no te importara lo más mínimo que te quieran follar...»Pero lo que dijo fue:
—¿Qué te echaste encima, esencia de perra en celo?
—¿Pero qué...? No me he echado nada.
—Pues desde que llegaste, todo el mundo te está viendo y tratan infructuosamente de comerte con los ojos...
Licaón intentó pensar que él NO ESTABA sintiendo nada al empezar a soltar la lengua con la diosa de esa manera, pero era difícil. Muy difícil. Dos mil quinientos años de celibato, ¡Por el amor de Gea! Eso era verdaderamente un récord para cualquiera. ¿Por qué carajo había aceptado esa misión ridícula? Si hubiera sabido antes de qué se iba a tratar, se habría negado. ¡Y la tenía al lado tan accesible que podría haber vuelto a besarla, a apretarle la carne, a lamerle la piel con suavidad y hubiera sido perfectamente parte de un acto!
En cambio, lo que hizo fue cerrar los ojos con fuerza, de nuevo.
—Tengo senos, con eso es más que suficiente para estos tipos... —le decía Atenea, contrariada. Iba a preguntarle a qué venía ese comportamiento cuando debería concentrarse en la misión; cuando un muy fuerte silbido produjo el silencio en el lugar.
Todos miraron hacia el cíclope, que hablaba mientras dos oniros ayudaban en bajar al vulcánico. Algo había en la voz y en la cadencia del «maestro de ceremonias», que recordaba a un general arengando a su ejército antes de ir a la guerra. Resumió los tres enfrentamientos que se habían dado en esa la noche; expuso de tal forma los momentos clave en ellos, que muchos empezaron a aplaudir, vitorear, vociferar, como si estuvieran presenciando de nuevo lo que él contaba…
—… Pero éstos, mis amigos, no son más que movimientos conocidos en caras conocidas. ¿¡Quieren una nueva cara y unos nuevos movimientos! —el griterío fue igual que otros, pero para Licaón era diferente. Levantó la cabeza y sintió una energía en su cuerpo que lo hizo levantarse y enseñar los dientes. Atenea le tomó la mano por un impulso y esa vez, cuando él la miró, solo había determinación en su rostro—. ¡Claro que sí! Les digo, mi gente, no se dejen engañar, porque ¡qué cara de marica se tiene este nuevo contendiente! —Muchos rieron de la broma, pero Licaón rugió de tal manera que varios licántropos no tuvieron más que verlo en silencio. El cíclope hizo un ademán con la mano hacia él, y todos miraron a Licaón—. Pero esta misma noche, se ganó este derecho haciendo mearse encima a un peleador. —Algunos rieron, otros hicieron sonidos de sorpresa y admiración—. ¡Entra a la jaula, John Smith, y que sea lo que Ares quiera!
