CAPÍTULO 9
El cíclope lo estaba llamando, y Licaón sintió como los nervios y miedos se ahogaban en una ola de adrenalina animal. Estaba listo para el encuentro.
Miró por última vez a Atenea y con un gesto quizá demasiado suyo, le rozó los labios con el pulgar. Ella le sonrió a su vez, interpretando su papel. Él hizo una mueca. Ser consciente de que todo era una actuación le hizo revolver el estómago en una muestra de descontento. ¿Pero por qué le importaba? Se sacó la chaqueta, se la entregó a ella y se dirigió a la jaula donde pelearía.
La diosa, por su lado, recogió la prenda y se quedó de pie viéndolo irse, inquieta. Le ardía el labio donde él la había tocado tan suavemente, casi con cariño, y... apartó la mano de un ofídico demasiado mimoso antes de que llegara a tocarle la pierna, con un manotazo juguetón que ocultaba irritación.
Esperaba que la pelea fuera lo de menos, para poder avanzar a la siguiente fase de la misión.
El «ring» del pequeño coliseum tenía una forma extraña, circular en la plataforma para pelear, pero con unos largos pasillos en espiral alrededor de la jaula principal, recubiertos con mallas metálicas de acero para impedir el escape. Visto desde el aire, se podía decir que vagamente parecía el símbolo del ying-yang, o un remolino. Esos túneles protegidos llevaban en semicírculo alrededor de la pista hasta entrar al ring manchado de sangre, restos de pelo y piel de otras criaturas, y otros fluidos cuyo olor ya era lo bastante vomitivo. Licaón se acomodó las mangas de la camiseta negra arremangándose hasta los codos, y caminó por su pasillo. Los silbidos y las quejas de los espectadores eran realmente grotescas: le lanzaban con todo tipo de cosas, pero gracias a la malla metálica nada de eso llegaba a tocarlo, aunque sí le salpicaban gotas de... todo tipo de sustancias.
Licaón intentó mentalizarse para lo que vendría. El cíclope lo recibió cuando atravesó la puerta de la jaula y entró a la plataforma. Los vítores y abucheos aumentaron.
—¡Ya basta, ya basta! Un poco de respeto para el nuevo. —se carcajeó el presentador, y le dio unas palmadas bastante fuertes en la espalda a Licaón—. A ver Johnny, bonito, ¿Qué te parece si conocemos a tu rival? —se volvió a la multitud que de repente enardeció al escuchar del contrincante, y continuó—: ¡Ustedes ya lo conocen, cállense! Es el novato sensación. ¡La bola peluda más hija de puta que haya conocido esta arena! ¡Ahí lo tienen, al lobo feroz! ¡Milo!
Licaón frunció el ceño y por el otro hueco de la pista vio entrar a un licántropo de pelo gris, espeso y vigoroso, y ojos azules, con el rostro cruzado por heridas todavía sin cicatrizar del todo. Su pelo estaba ensangrentado y sus peligrosos colmillos, expuestos. En una rápida lectura pudo decidir que no era más que un muchacho, quizá un joven desterrado de su manada por no poder controlarse, o algo así. Joven, pero no por ello menos violento o peligroso. Olió en él sus hormonas alteradas (tanto de su deseo irrefrenable de aparearse con cuanta hembra le pusieran delante, como la testosterona que exigía batalla, sangre y huesos rotos) y eso fue todo un logro entre tantos olores que había en el aire viciado del coliseum.
Algo que sí tenía que concederle al chico, es que era GRANDE. Apenas más pequeño de lo que él sería en su forma lobuna, pero sí más grande que él en su forma humana.
Y Licaón se dio cuenta de que si el bien de su tapadera significaba que nadie supiera quién era él en realidad, eso implicaba que no podía transformarse.
—Oh, joder... —suspiró, ante la súbita consciencia.
«Esa bruja olvidó mencionar esta parte del plan.»pensó, con un gruñido, y maldijo secretamente a Atenea con palabras BASTANTE duras. «Cuando me baje de este cuadrilátero, me va a escuchar.» Pero el sabor de ella se le había quedado en la lengua, e inevitablemente mitigó un poco su furia.
—¿Qué te pasa, Johnny? ¿Te asusta tanto el chico? —le dijo el cíclope, con sorna— Deberías transformarte ya, cuando suene la campana no vas a tener tiempo a nada. Créeme, lo he visto pelear.
Licaón retrocedió un paso y se limitó a quitarse los zapatos, las medias y el cinturón, lanzando todo al túnel por donde había llegado. Sin embargo, no se desvistió. Iba a tener que pelear así, al menos la ropa le ofrecería una mínima protección.
—No necesito pelar colmillos para derribar a ese pichón. —decidió con arrogancia.
—¿Qué? ¿Vas a pelear así, en tu forma humana?
—¿Algún problema? —gruñó él, con una sonrisa sarcástica.
—Es tu funeral. —el cíclope se encogió de hombros.
El licántropo del otro lado del ring mostró mucho más los dientes, crispando los dedos de sus pesadas manos con humillación. Los espectadores se carcajearon a medias, y a medias vitorearon a Licaón un poco más. Eso puso de peor humor al joven Milo.
Licaón estaba tan concentrado mirando a los ojos de su contrincante, que prácticamente no se dio cuenta de cuando el presentador salió corriendo hacia uno de los túneles protegidos por mallas metálicas, de cuando las rejas cayeron abruptamente cerrando cualquier acceso al ring, y el licántropo gris se lanzó sobre él con un rugido bulléndole en el pecho y la garganta.
¿Cuándo sonó la maldita campana?
Presa de un impulso irrefrenable, Atenea se lanzó de improviso contra la malla metálica que mantenía a los peleadores adentro, y enterró los dedos en los agujeros del tejido de alambre. Llevaba la chaqueta de Licaón en su hombro, y los ojos llenos de una pizca de esperanza, aunque había más miedo en su mente... Pensaba en que era muy posible que hubiera cometido el mismo error que tuvo con David. Podría haber sobreestimado a Licaón, y haberlo llevado a una misión suicida con base en eso. Racionalmente sabía que no era así, pero por alguna razón, cuando la campana sonó, tuvo una punzada de pánico en el pecho que la hizo pensar y temer en los peores escenarios. Por lo menos, la lucha era lobo contra lobo pero, después de lo que le dijera aquel hijo de Acontes en el reservado sobre Milo, estaba nerviosa…
Sin embargo, era un licántropo y Licaón, la cabeza de la especie. Eso quería decir que él tenía alguna oportunidad, ¿No? Sobre todo si dejaba de esperar para convertirse. ¿Por qué Tártaro había decidido pelear con las manos desnudas? Había muchos licántropos blancos, nadie sospecharía de él justamente. Pero lo juzgó sensato al no desear que se levantara ni la menor sospecha. «De todos modos, posiblemente no podría ocultar quién es ni aunque quisiera. El otro lobo lo reconocerá en cualquier momento si tiene suficiente instinto...» pensó, con cierta tensión y expectativa. «Eso, si no logra noquearlo antes de que lo note.»
Licaón evadió el primer ataque de Milo rodando por el suelo, y al levantarse se chocó de espaldas contra la malla metálica. El olor de una mujer le inundó los sentidos, y se volvió distraídamente sobre su hombro a mirar hacia atrás: en efecto, había una muchacha rubia y escultural pegada a la reja, en el túnel, y sus ojos negros lo miraban con furia. ¿Sería la compañera de Milo? ¿Su hembra? No olía como una loba, y una loba jamás se hubiera metido en un antro como ése, estuviera o no acompañada de su macho. Lo descartó en fracciones de segundo. Sin embargo, había una electricidad muy violenta en esa mirada, llena de rabia y de incredulidad. Era una chica preciosa, pero...
Lo miraba con tanto enojo y tanta sorpresa a la vez.
Casi como si le conociera; pero nadie le conocía ahí, ¿Verdad?
¿Quién era ella? ¿Por qué cuando intentaba olerla, se sentía casi como Atenea con disfraz?
Y hablando de ésta última, de alguna forma, Licaón escuchó la voz de Atenea en medio del griterío de las gradas:
—¡CUIDADO, BEBÉ!
Se apartó del camino de las zarpas de Milo en una fracción de segundo, rodando por el suelo otra vez, pero el truco no engañó dos veces al lobo gris: lo atrapó por el cuello de la camiseta, después de que sus poderosas uñas le rasgaran la tela y la piel de la espalda como si fueran cuchillas. Un dolor crudo pero soportable le atravesó los músculos, y se vio levantado en vilo por la poderosa bestia, casi acogotado por la presión de la tela contra su garganta. En un acto increíblemente poco coordinado pero lo suficientemente consciente, Licaón azotó la pierna y clavó el talón sin esfuerzo en el hocico del lobo, golpeándolo con fuerza suficiente como para sacarle uno o dos dientes.
El licántropo aulló, una mezcla de dolor y furia, y lo soltó. Licaón se puso de pie de inmediato, arrancándose los jirones de la camiseta a manotazos. La gente de las gradas silbó y las ménades chillaron, admiradas con la magnífica «vista» que representaban esos músculos inflamados de adrenalina y cubiertos de sudor, brillantes, poderosamente torneados.
Hasta Atenea alzó las cejas, con cierta sorpresa. No se había transformado, pero estaba segura de que había incrementado su masa corporal... Y le escoció de nuevo el labio que él le había tocado con su pulgar.
«Ok, suficiente. Es hora de contraatacar.»Se dijo Licaón, sopesando la fortaleza del joven licántropo en un vistazo concienzudo: era macizo, pero no había sanado totalmente de peleas anteriores y además, siendo él más pequeño, podía escurrirse con más facilidad entre sus zarpas y sus piernas, y darle justo donde más le doliera. «A ver, hasta un niño grande como tú puede ser derribado, sólo hay que saber muy bien cómo y dónde golpear.»
Se sonrió, bajo la atenta y furiosa mirada del otro. Milo se limpió la sangre que le brotaba de la nariz con el antebrazo peludo, y le mostró los dientes evidenciando que le faltaba un colmillo ahora, en la mandíbula inferior. Entretanto, Licaón ya tenía tres objetivos potenciales fijados: costillas, hígado y testículos. Si le atinaba a los tres, con golpes rápidos y certeros, el licántropo caería derrotado por el dolor y se sometería como un tierno cachorrito cuando le cayera encima para declararse vencedor.
Pero, claro, llegar a golpearlo no iba a ser tan fácil.
Si no se lanzaba, no lo conseguiría. Apoyó las manos en el suelo y rugió, mostrando los colmillos. El otro le devolvió el gesto, medio agachado en una actitud rabiosa, con la cola y los pelos del lomo erizados como púas; y se lanzaron sin medida uno contra el otro. Atenea dio un respingo en su lugar y el gentío empezó a gritar de nuevo y a lanzar cosas al ring, que se estrellaban y salpicaban contra el alambre tejido. Licaón se escurrió como quería por debajo de las zarpas del licántropo gris y preparó el puño: le asestó tres golpes cortos, secos y rápidos en las costillas, del lado derecho, y rodó por el suelo antes de que la bestia pudiera atraparlo.
Milo gimió y rugió a la vez, llevándose una manaza a las costillas, y se volteó rápidamente, con la mano libre le dio un zarpazo a Licaón que lo atrapó con la guardia baja y lo lanzó de bruces sobre la plataforma sucia de toda clase de cosas. Los olores penetrantes y el dolor del impacto en las heridas que ya había recibido, lo marearon por un segundo; pero logró rodar a un costado y ponerse en pie de un salto, arrojándose a su vez contra la malla metálica y usando el mismo impulso para saltar sobre Milo.
El lobo gris lo estaba esperando: lo capturó en el aire y lo lanzó de espaldas al suelo, brutalmente.
Licaón dio con la espalda contra la dura superficie y soltó todo el aire de sus pulmones, en un quejido que sonó más como el gemido de dolor que era. En ese momento, con un deje de desesperación, se dio cuenta de que su plan del triple golpe no iba a funcionar. Tenía las mandíbulas ensangrentadas de Milo a pocos centímetros del rostro, sintió el filo de sus uñas en el pecho y el abdomen, y los gritos de la gente en torno a ellos, que se volvían locos con la sangre y la rabia de Milo.
¿Qué había salido mal? Era más fuerte que el mocoso, ¿Por qué...?
El licántropo aulló en su cara y lo agarró por el cuello, levantándolo a una altura en que sus pies no tocaron más el piso. Su primer acto reflejo fue agarrarse con tenacidad a la tensa muñeca y antebrazo de la bestia, y tratar de patearlo, pero no lo logró. Se estaba quedando sin aire. La fuerza de los dedos del otro le destruía los tendones del cuello, el pulso le latía a mil por hora en las sienes. Él no se iba a morir, no podía morir, ¿Cierto? Zeus lo había convertido en ese monstruo horrible, lo había vuelto un ser inhumano y le había maldecido con una larga, larga, larguísima vida...
¿Acaso se iba a morir? ¿De verdad?
¿Y todo por seguir el llamado de Atenea, y su delicioso olor tan dulce?
Apretó los colmillos, intentando resistir. Sus ojos azules encontraron los de Milo, igualmente azules e inyectados de ira. ¿Qué edad tendría? ¿Menos de veinticinco? Era de una generación ya indefinida, de los que vivían muy pocas centurias. Nieto del nieto del nieto de alguno de sus hijos, maldecidos como él...
¿De quién descendería Milo?
Todas esas preguntas se apiñaron en su mente al mismo tiempo, mientras escuchaba las voces del público coreando algo. ¿Qué decían? ¿Estaban contando, acaso? Sí, así parecía. Iban por el cuatro. ¿Qué pasaba si llegaban al diez? Oh, claro. Aquello era una farsa, porque las peleas eran hasta que uno ya no pudiera seguir. Casi hasta el borde de la muerte. O hasta la muerte, daba igual.
Sin importarle nada más, Atenea se había movido alrededor de la jaula para tener una mejor visión de lo que sucedía. Pero, con ese peligroso movimiento, necesitó moverse hacia las espaldas de Milo para encontrarse con el rostro de Licaón... y fue cuando vio no solo que el primer licántropo parecía haber perdido de su fuerza para luchar, sino también una mancha del pelaje de Milo. Abrió mucho la boca, sorprendida. Pocos entenderían que esa gran mancha parecida a un triángulo más oscuro entre los omóplatos del licántropos, era muy significativa. Se trataba de una marca de Delfos, que se inventó para que pudieran saber de vista cuáles eran los lobos más peligrosos, violentos, resistentes y difíciles de matar. En la historia, habían habido muy pocos betas biológicos. Además de Milo, en esa generación solo habían dos más vivos... Y Atenea sonrió, muy aliviada.
Licaón sentía que no podía moverse, respirar, pensar ¡Ya no había nada por hacer! Por todos los Dioses y las Diosas, estaba tan cansado y le faltaba tanto el aire, que... Y de nuevo, la voz de Atenea lo «activó»:
—¡VAMOS, GOLPÉALO! ¡TÚ PUEDES, BEBÉ, GOLPÉALO!
Ella se lo estaba ordenando. La miró, antes que volver a mirar a Milo, y la vio casi encaramada a la malla, sus pechos prominentes (y falsos) aplastados contra el tejido metálico, sus ojos brillantes de ansiedad y sus labios abiertos, gritándole cosas. Joder, aunque fuese una apariencia de mentira, olía tan bien y su sabor en la lengua era...
Y le estaba dando órdenes, con esa boca que le hubiera encantado devorar otra vez... Y en sus ojos, miedo, desesperación y desilusión. No podía aguantar esa mirada.
«Golpéalo»le había dicho ella. «Golpéalo».
Y por su hocico peludo y lleno de dientes, que lo iba a golpear. Mucho. Lo sometería, como el cachorro desobediente que Milo era. Lo haría lloriquear, mearse encima si era necesario, ¡Lo obligaría a respetar a sus mayores, como tenía que ser! Un brote de adrenalina incontrolable le llenó el cuerpo, y en un parpadeo tensó todos los músculos del cuerpo. En su garganta bulló un rugido, y sus dedos crispados horadaron la carne en el brazo peludo del licántropo gris. Con las piernas le rodeó el brazo, y ahora que lo tenía a su alcance, descargó una patada feroz sobre la cabeza de Milo, aturdiéndolo. Esa vez los dos cayeron al suelo, y Licaón se irguió de inmediato, tosiendo y rugiendo al mismo tiempo, con los ojos inyectados de furia.
Furia animal, primitiva, la furia del Alfa de toda la especie. La ira del Primer Licántropo.
La transformación actuó por puro instinto, el pelo le brotó sobre la columna vertebral; y las formas de su cuerpo, comenzaron a violentarse bajo los cambios inminentes. Se rasgó los pantalones con las garras que le habían crecido en las manos, y en pocos segundos fue libre de echar la cabeza atrás y aullarle al techo de la jaula, con una intensidad que hizo callar súbitamente el griterío eufórico de los espectadores. Hasta la propia Atenea se alejó un paso de la malla metálica; ese sonido bestial, intenso y estremecedor le había tocado muy dentro del alma, lo podía reconocer fácilmente como el llamado de un líder poderoso y fuerte, reclamando lo que era suyo: su dominio, su rango... Y no pudo dejar de sonreír muy grande.
Milo quedó estático en su posición al escuchar semejante sonido, le taladró los oídos y lo hizo gemir. El licántropo gris se cubrió las orejas con las zarpas, y aulló con dolor, cayendo de rodillas.
Cuando pudo volver a mirar, los ojos se le abrieron como platos.
Estaba ante un licántropo prístino como la nieve, pero su pelaje se empapaba poco a poco con la sangre que fluía de las heridas que él mismo le había abierto. Los ojos, rabiosos y azules, eran como dos magnetos que atraían su mirada inevitablemente, y vio mucha rabia dentro de esas pupilas. Algo muy intenso recorrió de arriba abajo a Milo, y le obligó a quedarse muy quieto en presencia de quien era su líder natural, su señor indiscutido.
Estaba frente a un Alfa de muchísimo rango, probablemente...
Quizá fuese el Primero, Licaón de Acadia. Pero eso no podía ser, ¿No? Porque Licaón...
¿Qué? ¿Estaba muerto? ¡Claro que no estaba muerto! Eso todo el mundo lo sabía. Milo sintió que las entrañas se le retorcían de miedo. Con un solo vistazo a ese hocico blanco y fruncido, a esos dientes monstruosamente grandes y esas orejas echadas hacia atrás, cualquiera se meaba encima. Cualquiera de su raza, porque algo le decía (muy adentro), que ese gigante blanco que tenía en frente no era otro que su señor, y su instinto no hacía más que confirmárselo: no podía mover un músculo.
El miedo empezó a expandirse debajo de su piel gris y manchada de rojo propio y ajeno.
La pelea terminó en ese instante, fue corta y brutal, y con poca sangre, sorprendentemente.
Licaón se irguió frente a su contrincante arrodillado en la plataforma sucia, y le gruñó con una fiereza que hizo a Milo gemir como si estuviera herido. Empezó a retroceder hasta que ya no tuvo a dónde correr, y se hizo un ovillo tembloroso contra la malla metálica de la jaula. El público aún estaba en silencio, expectantes. Nunca habían visto nada así, y Atenea tampoco.
Ni siquiera la anterior demostración de mando de Licaón, en el bar, había sido tan absoluta. Se dio cuenta de que tenía entre manos a un prospecto de Héroe con extraordinario potencial... ¡Nunca debió dudar de él!
Licaón se agachó delante de Milo y le agarró la muñeca con un gesto brusco. Éste aulló y gimió y se escondió más.
—Creo que ya sabes lo que pasa ahora, chico —le dijo, y los ojos azules de Milo lo encontraron.
Se quedaron mirándose en relativo silencio un instante, quietos los dos.
—Si le dices A CUALQUIERA que me has visto aquí, hoy, te encontraré y te daré la tunda de tu vida. ¿Me oyes? —le amenazó Licaón, chasqueando las mandíbulas junto a la oreja del joven Milo— Dije: ¿Me oyes? Parpadea si está claro.
Milo, acurrucado contra la malla metálica, parpadeó como le indicaron y al final cerró los ojos, estremecido de miedo, sin parar de gimotear.
Licaón sintió pena por el chico. Se veía que nunca había estado frente a un Alfa de tanta altura, y una parte de él quiso perdonarlo y dejarlo ir. Pero si alguien veía la menor muestra de debilidad en él, Minos no lo consideraría y no podría estar nunca ante Ares, y la misión se iría al carajo. Así que sujetó a su congénere por la oreja y lo escuchó chillar en gemidos agudos, caninos y llenos de angustia, lo vio protegerse la cabeza con los brazos, temblando.
Era un ovillo de nervios y miedo, tenía la cola enredada entre las piernas y parecía a punto de orinarse encima.
El lobo blanco decidió terminar con su sufrimiento:
—Vete a esconder bajo las faldas de tu madre, ¡Y si te veo de nuevo en problemas, te arrancaré las orejas! No creas que no podría hallarte, ¡Soy tu Alfa Supremo, y me debes obediencia a mí antes que a nadie! Así que largo de aquí. —le ladró, en un susurro furioso que sólo ellos dos pudieron escuchar— Mocoso malcriado, ¿Qué te has creído?
Lo soltó, y Milo se aplastó de nuevo contra la malla, retrocediendo hacia una de las salidas que acababan de abrirse. La multitud rompió a gritar cuando el lobo gris huyó despavorido, y se pusieron todos de pie para vitorear al nuevo campeón novato. Pero Licaón no les estaba prestando atención, siguió a Milo con la mirada y vio que la mujer rubia de hacía un rato se reunía con él en el túnel enrejado de salida; y en vez de dispensarle el trato cariñoso que cualquier hembra le daría a su macho lobo, ella le dio un golpe en la cabeza con la mano abierta y lo empujó, para que caminara. Eso confirmó que no había ningún tipo de unión entre ellos. Licaón los observó un momento más, mientras no sólo recuperaba el aliento, sino también el sentido. Necesitaba estar en sus cabales cuando lo anunciaran vencedor.
La mujer rubia que se iba con Milo se volvió a mirarlo varias veces. Parecía más enojada aún. La pregunta, de nuevo, fue imperiosa: ¿La conocía? Y más, ¿Ella le conocía? Y si era así, ¿Eso los pondría en algún peligro? Enseñó los dientes y se erizó un poco, apenas se pudo refrenar de no ir detrás de la rubia. Le costaba pensar como él, y no como lobo...
Los siguientes cinco minutos transcurrieron en una especie de borrón sin sentido para él. Licaón apenas fue consciente de que el cíclope había vuelto a entrar y le agarraba la mano derecha para alzarla sobre su cabeza, de que la gente aullaba imitando su llamado de mando, que había un jolgorio tremendo y acababa de enterrarse en una hipotética fosa oscura de la que le costaría salir... no. Él seguía aún en su mundo primitivo, intentando recuperar la suficiente energía (le faltaba entrenamiento para poder hacer esa clase de cosas con más regularidad) como para no salir de ese ring tambaleándose y hacer un papelón que echara por tierra los esfuerzos de Atenea.
Salió por el túnel en espiral, sus manos peludas agarrándose del tejido metálico, y llegó a la desembocadura ya casi del todo consciente de sí mismo. Demasiado poder. Demasiado instinto a la vez. Casi había perdido de vista el objetivo.
«Ya estás viejo para estas cosas.» se dijo, con ironía. «La falta de práctica casi te lleva a cometer un error. Necesitas una manada, otra vez. Algo en qué gastar tu poder. Esto no pasaría si siguieras ejerciendo como líder, como debe ser. Sabes que lo quieres...»
Sacudió ligeramente la cabeza para sacarse esa idea de la mente, y vio que había mucha gente en torno a Atenea, esperándolo en la salida del ring.
Algunas ménades se lanzaron sobre él aún en su forma de animal, y le rindieron toda clase de elogios mientras le toqueteaban. Otros, por supuesto, estaban alrededor de Atenea. Él la localizó con la mirada y arrugó el hocico al ver que unos sátiros de aspecto pendenciero la estaban molestando, con las manos preparadas para atraparla y llevársela.
Y ESO LO SACÓ DE QUICIO. En dos zancadas estuvo ahí, gruñó con fiereza y apartó a uno de los sátiros con un empujón, lanzándolo al suelo. Le rugió a otro, y el tercero simplemente se fue por su propio pie, casi huyendo tan despavorido como Milo. También le mostró sus portentosos dientes a todos los que le seguían, haciéndoles retroceder de inmediato, y estrelló una mano en la sucia malla tejida de la jaula, sus dedos se enterraron en los cuadros metálicos y las uñas brotaron hacia fuera, en una muestra de su ferocidad.
—¡Es mía! —les informó, su sombra poderosa casi cubriendo a la mujer, ocultándola de la vista de los ojos hambrientos— ¡ES MÍA, SOLAMENTE!
La atrajo hacia su cuerpo con un brazo, y el pelo se le empezó a caer. Las formas de su cuerpo se suavizaron poco a poco y volvió progresivamente a su forma humana, sin dejar de sujetar la cintura de la diosa disfrazada contra su cadera. La presencia de ella ocultaba su desnudez de los ojos indiscretos y hambrientos de las ménades, pero no le importó. Que lo mirasen. Que vieran lo poderoso que era, lo que Zeus había hecho de él y lo que, en parte, le enorgullecía de ese castigo.
Porque se sentía más poderoso que nunca.
Atenea lo estaba mirando con azoro, se dio cuenta, y trató de suavizar la expresión sudorosa y agitada de su rostro para ella. Por un momento, al mirarse, fueron ELLOS, y no las personas que pretendían ser. Y la vio sonrojarse, o eso le pareció.
Pero, luego, brotó de nuevo la chica-tapadera, y sintió los dedos de la Diosa enterrándose en la carne sana de su espalda, vio la sonrisa fingidamente lasciva en los labios de ella y el brillo falso de lujuria en sus ojos. Eso le hizo terciar el gesto, y le mostró los dientes a esa mujer de mentira que fingía desearlo con la potencia de un camión.
—De acuerdo, Lindsay Lohan. ¡Ya gané! ¡Nos largamos de aquí! —le dijo, en un susurro.
—Me parece bien —repuso ella, con un ligero carraspeo, pero sin mudar su expresión falsa.
Licaón se apartó de la jaula y al volverse, se encontró con que toda la gente que los había estado mirando se había hecho a un lado, y que el sujeto rapado con la argolla en la nariz estaba a pocos centímetros de distancia, ofreciéndole unos vaqueros sucios pero en buenas condiciones. Ahora, el «público» los observaba con un interés ominoso. Un ser con tanta historia como el minotauro no pasaba desapercibido en esos ambientes.
—Minos. —se presentó el otro, por su propia voluntad, y su voz rasposa con aliento a alcohol hizo gruñir brevemente a Licaón antes de aceptar los pantalones, para vestirse— Estás en buena forma, Firulais. ¿Qué te parece ganar un buen botín y romper todos los huesos que quieras? Nos hace falta gente como tú. Tengo una perrera que necesita mano dura.
El licántropo miró por un instante a Atenea, y ella simplemente le dedicó una sonrisa tonta.
Por detrás, le estaba pellizcando la nalga con impaciencia, para obligarlo a hablar:
—Seguro —aceptó, con tono indolente—. ¿Dónde firmo?
