CAPÍTULO 10,primera parte
Licaón agradeció que fuera sábado y no tuviera que ir a trabajar. Estaba seguro que en esa noche, había compensado por lo menos dos meses en sus negativas a salir de bares. Minos le había invitado a cervezas «de verdad», y fue tan estúpido como para aceptarlo. Se había creído seguro, por más que Atenea y su mirada alarmada le dijera a las claras que se negara. Pero es que Licaón se había dado cuenta en su larga vida que, por más que tomaba licor, tenía que beberse todo un barril para sentirse un poco «alegre».
Jugó al pool mientras el mundo se movía a sus pies, y casi que ni podía hablar sin arrastrar las palabras que sí recordaba como decir. Perdió todo el dinero que le había dado Hermes y la chaqueta que Atenea le había puesto sobre sus hombros desnudos, después que los oniros le quitaran el dolor y dejaran a su cuerpo hacerse cargo de sanarse. Esperaba que no le tuviera que reponer el dinero a Hermes. Al menos, Atenea le ganó la chaqueta de vuelta la primera vez que jugó y algo de dinero en la revancha. Minos había silbado y pagado con el ceño fruncido, comentando.
—Ésta es como una hiena, ¿eh? ¿Tiene el pito más grande que el tuyo? —Licaón había dado un gruñido, pero Minos siguió poniéndole tiza a su taco, sin darle importancia— ¿Qué? Está bien que la hayas entrenado para el pool. A veces se resienten del coño y no pueden hacer dinero por un tiempo, como cuando están preñadas. Yo creo que eso te hace una nenaza, —otro gruñido de Licaón, mientras se interponía inconscientemente entre él y Atenea—, pero eso es algo común en los perros cuando les da por el apareamiento y esas mariconadas. En lo personal, creo que una hembra solo puede ser mejor que uno en tres cosas: follar, cocinar y hacerse cargo de los críos… ¿Cien extra si te gano en menos de diez minutos?
Licaón asintió, mientras tomaba el taco que le ofrecía Atenea. Por ese tipo de comentarios, no podía ser neutral con Minos. Al principio, se había dicho que era menos terrible de lo que el ambiente prometía y el mito que le precedía, del animal que comía gente en un laberinto. Luego de hablar con él, se dijo que tal vez pareciera más manso que la mayoría ahí y nada comparable al caníbal del laberinto; pero no había duda de que era un asco de persona y a veces se sentía realmente repulsivo estar junto a él. De esa misma repulsión que Licaón tenía cuando vislumbraba mentalmente el tipo de ser que fue él mismo. Sin embargo, gracias a las caricias de Atenea, ciertas miradas de advertencia y los susurros mimosos que ella le hacía para decirle palabras tranquilizadoras, no echó todo a la borda y, de hecho, la misión fue un éxito.
Minos y él hablaron de los «viejos y buenos tiempos», aunque Licaón le hizo creer que solo tenía alrededor de mil años. Minos gastó lo ganado en el pool con licor, terminó contando y riendo de sus chistes rojos y Licaón intentó que no hiciera más con Atenea que verla de reojo cada tanto... Hacia el final de la velada, mientras allá en el coliseum estaban en la última pelea de la noche y ellos tomaban a una mesa, Minos le habló sobre sus demás compañeros de equipo y la misión de «acoplamiento» (palabra que fue seguido de un comentario muy sexual que hizo cerrar los ojos a una Atenea totalmente sonrojada), que iban a hacer el martes siguiente. Si todo iba bien, le pagaría el treinta por ciento del trabajo al final del día y el viernes tendría que tener lista ropa abrigadora para ir a su misión real, después de la cual le pagaría lo demás.
—No me lo tomes a mal, pero no me gusta coger la palabra del intermediario como promesa de mi paga —dijo entonces Licaón, sin dejar de descansar la cabeza en la clavícula de Atenea.
—Tendrás que hacerlo —le había respondido Minos.
—¿Cómo sé que el que da la orden en verdad tiene con qué pagarme? —había insistido él.
Minos le miró de mal talante, y Licaón podía jurar que palideció en un segundo. Por un instante, pudo oler su miedo... Y luego furia, que salió hacia Licaón como unas palabras muy fuertemente escupidas.
—¡Si quieres conocer al amo, conocerás al amo! Pero ni se te ocurre pedirle tu paga, porque será lo último que digas, además de los gritos de dolor. No le puedes pedir nada a Ares, solo seguir sus órdenes. ¿Entendido?
Licaón había asentido, dicho una broma para aligerar el ambiente e intercambiado una mirada con Atenea. Estaba hecho, era parte del equipo e iba a oír la orden desde el mismo Ares... Una victoria que lo puso más nervioso y, por lo cual, dejándose llevar por el instinto, enterró su boca y nariz en el cuello de ella.
Eso era, posiblemente, lo que tenía a Atenea tan indignada, exasperada y sin dejar de quejarse apenas salieron de ese antro. Aunque Licaón no entendía porqué ella se comportaba así. Desde que tomó esa cerveza de Dionisio, había sido como ella le pedía en esa misión. Perdió el temor a abrazarla, besarla y acariciarla; aunque nunca lo hizo de una manera agresiva, que tampoco era idiota. Además, la hizo no solo tomar una cerveza, sino jugar al pool, reírse de bromas y terminar sentándose en su regazo al final de la velada. Él se lo había pasado muy bien en ese aspecto de la velada, por más que ese cuerpo de mentira, olor de mentira y actitud de mentira de parte de ella; no le terminaban de agradar. Al menos, se había divertido... Y Atenea también, porque Licaón estaba seguro que su tolerancia al alcohol era aún menor que la de él y terminó dejándose llevar al menos por una hora. Como cuando ganó al pool dos veces, y en las dos brincó de la alegría, dando grititos.
Definitivamente, la «Atenea de mentira y algo borracha», era mucho más divertida que esa mujer que lo apareció en su apartamento. Simplemente, no dejaba de hablar en un solo momento. Parecía recordar a cada instante que algo que él hizo no le había gustado, y lo decía a pesar que se repitiera.
—... Debiste dejarlo en la primera —le recriminaba ella—. Te dejé bien explícito con mi expresión facial que NO debías tomar esa botella.
—¡Ya había tomado dos cervezas antes! ¿¡Cómo podía saber que esas eran tan fuertes!
—¿Por la etiqueta con la vid? —dijo, como si fuera lo más obvio y ya se lo hubiera tratado de explicar antes— ¡Era licor de Dionisios, nadie tolera una sustancia de su gente! ¡Y me hiciste tomar a mí también, aprovechando que yo no...!
Licaón puso los ojos en blanco y dio un resoplido que hizo callar a Atenea de la indignación.
—¡Y ya vuelves con lo mismo! Todo salió perfecto, estoy dentro de tu linda misión de espías. Deja de regañarme, y agradéceme por lo menos —pidió Licaón, con un gruñido impaciente.
Atenea le miró muy enojada e hizo que las luces de la sala y la cocina se prendieran con su telequinesis, por más que la luz del amanecer se empezaba a filtrar por la ventana y ellos dos tenían visión nocturna. También dio dos pasos más, lejos de él. Sabía que debía y quería darle las gracias, pero estaba atosigada de tanto Licaón en su cuerpo, rodeados de oscuridad. Ya entendía porqué él le había pedido, cuando estaban en la arena, que le diera espacio. No se trataba de que sus caricias o calor fueran repulsivos sino, y se dio cuenta progresivamente en la velada, aumentando su embarazo y libertades para con él; que cada vez se convertían en más deseables y disfrutables por ella, y que ya lo eran para Licaón. Tanto se había dejado llevar por sus caricias, un poco de alcohol y el ambiente que él intentó dispensarle; que realmente se divirtió un poco y hasta su mente dejó de pensar en cualquier aspecto de las situaciones del panteón para, solamente, concentrarse en la geometría y energía cinética necesaria para ganar en el pool.
Por eso estaba tan de mal humor con él y avergonzada consigo misma. Estaba realmente azorada por todas esas horas perdidas gracias a Licaón, y si le hablaba después de que él tomara ese tono con ella, probablemente terminarían discutiendo y atacando a su infiltrado. Para hacer tiempo de tranquilizar a su lado bélico, miró su teléfono celular y vio que había ocho recados de sus sacerdotisas. Ellas eran su «filtro», contestaban a quienes la llamaban y decidían cuáles temas si eran de incumbencia de ella. ¡Ocho mensajes! Una punzada de culpabilidad y alarma llenó todo su cuerpo de ansiedad. ¡Por Gea, esperaba que no hubiera pasado alguna emergencia!
—Voy a... Espera ahí, ya voy a hablar contigo —dijo, yendo cerca de la entrada y enseñándole la mano como si fuera un perro al que le mandara «sentado».
Licaón volvió a poner los ojos en blanco, exasperado. ¡Qué mujer más mandona, por los dioses! No se sentó en su muy cómodo sillón para no darle el gusto a ella, más bien reparó en que toda la velada había estado sin camisa ni ropa interior, y que estaba en una madrugada muy fría en Canadá. Primero fue a orinar y, luego, hacia su habitación para ponerse una muda, rezongando por lo bajo. ¡Es que para esa mujer él no podía hacer nada según sus expectativas! Primero, que no se despegara de ella más que para mandarla a insinuarse a otro lobo y, luego, cuando se quería ir ¡fue ella la que le pidió que se quedara un poco más! Según la mujer, que para hablar con Minos, aparentar y sacarle información en el proceso. Entonces, él logra comportarse como ella quería, saber cosas de la misión de parte del minotauro, y hasta pasárselo bien en el proceso… ¡Y Atenea va y despotrica porque han estado toda la noche fuera!
Cuando salió de su habitación, iba a decirle muchas palabras que cualquier mortal pensaría dos veces antes de decírselas a un dios, pero se detuvo. Había visto su piel blanca, su cabellera muy abundante y rizada, y el cuerpo que tal vez necesitaba más caderas y pechos pero que, por alguna razón, lo hizo perder mucho del mal humor. Sonrió, Atenea por fin se había destransformado.
Ella seguía muy enfrascada en su conversación telefónica («Lo siento tía, pero sabes que no se le podrá conseguir a Sissy más que inmortalizarla como humana. No la podemos volver a hacer diosa»), dándole la espalda a él. Licaón quería ver su bello rostro y, más que todo, olerla. En dos zancadas estuvo a su espalda y olfateó… El mal humor lo inundó de nuevo y gruñó. Aún tenía ese collar que le disfrazaba su verdadero olor y aura.
El rápido movimiento que hizo para ponerse frente a él lo sorprendió. Atenea le miró de cierta manera que le decía que debía alejarse de ella, que la ponía incómoda. Licaón dio dos o tres pasos atrás, enseñando las palmas de las manos con cierta ironía en su sonrisa. Ella le miró de arriba abajo y él podía jurar que se había sonrojado un poco. Atenea terminó viéndole los ojos casi retadoramente, y volvió a darle la espalda.
—... Sí, te oigo. Y no, no creo que quiera asimilar algo de tu energía... —oyó lo que le decía su interlocutora, y decidió terminar la conversación—: Astrea hace lo posible por verte lo más pronto que pueda, pero… —dio un suspiro, y pareció cambiar de opinión en el último segundo— Si es lo que las dos quieren, las apoyaré.
Se despidieron y Atenea colgó. Licaón hizo ademán de hablar, pero ella se adelantó:
—Tengo seis mensajes más qué contestar... No te importará esperar. —era entre una pregunta o afirmación.
Licaón frunció el ceño. La idea de que Atenea estuviera en su sala contestando a los mensajes de voz de su teléfono celular le pareció totalmente bizarro, pero íntimo y familiar de alguna manera. Hizo un ademán con la mano.
—Sí, claro... voy a comer algo, no me dejaste ni cenar para ir a esta locura.
Atenea se vio tan azorada, que le hizo reír... Y luego salivó, ¡Por los dioses, qué bien olía! Miró hacia su desayunador (pues no tenía mesa), y se encontró con un gran plato lleno de varias piezas de carne cocinadas con diferente preparación.
—¿Pero qué, cómo...?
—De los restaurantes de Hestia. Espero te gusten —dijo Atenea, sonriente. Explicar el como Hermes conseguía acumular de todo, nuevo y fresco, para que los dioses mayores pudieran aparecerlo a placer, era mucho más complicado... Licaón se sirvió de un refresco que tenía en la nevera, y comió con entusiasmo.
Cuando volvió a asegurarle a Zeus que no tenía de qué preocuparse, anunciando que habían hecho un gran progreso horas antes en cuanto a las muertes de sus héroes y robos de objetos mágicos, Atenea terminó de revisar sus mensajes. Gracias a Gea no había pasado algo fuera de lo común. Estuvo lista para hacerse cargo de lo siguiente en la agenda: Licaón. Con rapidez elaboró un discurso mental e iba a implementarlo, pero no pudo. Cuando se volvió para verlo, él ya había terminado su comida, hasta lavado la vajilla y estaba a unos pasos, al parecer esperando por ese momento. Tenía los brazos cruzados y toda su atención en ella, con una expresión tranquila. La boca y cuerpo de Atenea rememoraron cómo era no verlo, sino tocarlo… ¡Maldita fuera su piel clara y las reacciones biológicas! De nuevo se había sonrosado un poco.
Carraspeó y ya había abierto la boca para hablar, cuando él escogió ese momento para hacerlo también, con un tono acusador y como si nunca hubieran tenido una pausa en la discusión:
—No te voy a aceptar —Atenea cerró los ojos un instante y miró a otro lado, para darse paciencia— ninguna otra palabra de recriminación por haberte hecho un favor que salió a pedir de boca. Además, no fui el único que tomó y se divirtió más de lo debido. ¿Qué? ¿Es eso? ¿La gran Atenea no puede darse ni una noche de juerga?
—¡No fue una noche de juerga! ¡Estábamos en una misión de suma… —pero a más hablaba Atenea, casi que alarmada, él se reía más. Se mordió el labio inferior, muy indignada.
Licaón se tiró en el sillón y la miró desde ahí, negando divertido y muy sonriente.
—¿Eres la única de tu familia que no sabe cómo divertirse o qué? En serio, es que ¿de qué sirve ser dios, si no se lo pueden pasar bien? O no te diviertes así, ¿qué haces para divertirte, jugar al ajedrez, ver jeopardy, hacer sudoku?
Atenea entrecerró los ojos y se atragantó un poco, sin saber qué decir. Si preguntarle qué era jeopardy, decirle que cada tanto se daba por lo menos una tarde para ella o en celebración con sus amistades, o decirle que se estaba alejando del punto. Se decidió por lo último.
—Lo que haga y como haga con mi tiempo es de mi incumbencia, no de la tuya.
—¡Oh, lo siento, gran diosa de la adicción al trabajo…!
Atenea abrió la boca para negar el cargo o la poca importancia que le daba a su función, si se guiaba por el tono que él usó. Pero volvió a morderse el labio, lo miró fijamente y respiró un par de veces. Ya estaba tranquila y enfocada en el tema que tenían que hablar... Y luego decidió finiquitar otro antes que ese.
—Sobre la misión del martes —empezó ella, sentándose al otro extremo del sillón, pues solo tenía uno de tres puestos en la sala—. Tendrás que ir solo, pero voy a hacer algo para podernos comunicarnos mentalmente.
Licaón había dejado su expresión juguetona, erguido y movido el cuerpo para tenerla al frente, con una pierna sobre el sillón.
—No quiero tener que matar ni dejar que maten a inocentes.
Atenea sonrió un poquito y asintió. No le extrañaba oírlo decir eso, sin embargo, estaban en una situación delicada. Aunque Ares diera la orden en la misión de acoplamiento del equipo, si no se trataba sobre matar a alguno de sus héroes, no tendrían pruebas de los cargos. Y si la detenían, no había duda de que Licaón perdería su tapadera. Sin embargo, aún había muy poca información para saber cuál era la mejor forma de actuar.
—Intentaremos que no sea así —trató de tranquilizarlo ella.
Licaón la miró muy tenso, el músculo de su mandíbula le palpitaba.
—Mientras lo intentas, puede haber ya gente muerta —le recriminó él, más serio y contenido que nunca.
Atenea trató de que su expresión dejara ver lo contrita que estaba por tener que decir lo siguiente:
—Primero tenemos que saber de qué se trata la misión. Tal vez sea un robo, tal vez sea contra seres no inocentes o enemigos de otro panteón... —bajó la voz, algo avergonzada— Pero si no fuera así y paramos la acción antes o durante, serías la primera persona en ser indicado como infiltrado porque nadie te conoce.
Licaón se tiró de nuevo al respaldar y la miró con el ceño muy fruncido, cruzándose de brazos.
—Eres la diosa de la inteligencia, la estratega. Idea algo si en la misión van a salir perjudicados inocentes. Porque, te digo de una vez, si veo que voy a ensuciarme las manos por...
Atenea asintió con fuerza y se acercó un poco a él, tratando de tranquilizarle, hacerle ver que podía seguir confiando en ella.
—No quiero que te ensucies las manos, te lo estoy diciendo por tu protección. Si se trata de inocentes y tengo que parar la misión, tienes que ser consciente que, muy posiblemente, serías atacado por el equipo al completo. Ares y su séquito no aguanta traiciones —Atenea había esperado que el conocimiento de esa nueva situación de riesgo lo pusiera aún más tenso, sin embargo, se sorprendió al verlo subir las cejas y hasta sonreír un poco. Dio un suspiro, y se rió de él mismo.
—¡Oh, era eso! Dioses, por un momento creí que te importaba poco lo de los inocentes con tal que pudiera acceder a la siguiente misión y dar con Ares.
Atenea no se extrañó que pensara eso. Estratégicamente, era una mejor opción. Con detener al grupo en ese primer momento, estaría dando final a la única pista buena que tenía sobre los atentados y Ares. Sin embargo, hacía mucho que había aprendido que el irse por la mejor opción estratégica nunca era la más apropiada, no al menos para su alma.
Sabía que algunos en varios momentos, hasta ella en perspectiva, podían atacarla correctamente de haber sido suave, de anteponer sus emociones y apegos a la misión. Sin embargo, así como no hacía algo para mejorar la forma tan enfermizamente cercana de su acolitaje, estaba segura que de haber tomado las decisiones más duras y perdido lo que quiso proteger, no podría haber vivido consigo misma. Si se ponía a recordar, siempre encontraría momentos o situaciones en que ella era culpable por algo injusto, la más reciente era la vida que iba a tener la madre de David de ahora en adelante. Las más destructivas eran algunas en que su lado bélico se había liberado mucho más allá de lo ético y moral, y lo había hasta disfrutado... Pero, en el fondo, solo se arrepentía realmente de las veces en que dudó en seguir un camino más «suave», pero se decidió por el otro. Y ella era una de los dioses más protectores y comprometidos en el panteón. En verdad que a veces no entendía por qué sus acólitos seguían creyendo en ellos.
—Mi función es proteger al panteón de sí mismo... —sonrió un poco, había sentido la gran ironía en sus palabras— Eso empieza por mí.
Licaón se le había quedado mirando a los ojos y su expresión seguía tranquila.
—Entiendo —dijo, y como pocas veces le pasaba, ella estuvo segura de que sí entendía.
Atenea tuvo el impulso, sintió que su mano iniciaba el camino a acariciarle la quijada. Eso la hizo decidirse por dejar de retrasar el tema que debían hablar.
—Licaón, sobre lo que pasó después de la batalla.
—¡Y dale con eso! Sí, te hice tomar una cervecita de na...
Atenea le interrumpió con tono más serio:
—No, lo que pasó inmediatamente después de la pelea. De hecho, la manera en que te has comportado la gran mayoría de la noche. Minos tenía razón y eres muy transparente para haberlo actuado. En otra oportunidad, lo dejaría pasar pero... —Ahí iba otra vez, el corazón bombeando más aceleradamente y la adrenalina haciendo estragos en su cuerpo. Debía estar defectuosa en algo para que después de vivir miles de años y haber hecho y presenciado hasta lo impensable, no pudiera ver de frente al tipo que… la hacía reaccionar así, sin convertirse en una mojigata tímida— Esta misión prácticamente recae sobre los hombros de nosotros dos, tenemos que trabajar juntos y muy de cerca —más rubor a sus mejillas, ¡Genial!—, por eso no quiero que nada enturbie la relación profesional.
Licaón solo había subido una ceja, confundido. Al no ver alguna reacción de burla o agresión contra ella, Atenea se sintió más tranquila y segura para seguir:
—Te has comportado como si te hubieras emparejado para conmigo —fue el turno de Licaón de sentirse tímido. Se movió para sentarse en la posición común, con los antebrazos en sus piernas y la mirada baja, de lado a ella—. De hecho, me has reclamado frente a todos cuando...
—¿¡Y qué quería! ¿Que esos sátiros te llevaran y te violaran como si...?
Pero dejó de hablar apenas la vio. Atenea había movido un poco la cabeza hacia un lado, analizándolo, y él solo pudo pensar en que se veía adorable.
—El hecho de que olvides que soy más fuerte y más entrenada que tú, y que bien puedo hacerme cargo fácilmente de tres sátiros si las cosas llegaran a extremos, habla de que tu instinto de protección, parte del emparejamiento...
—¡No vengas a hablarme a mí como la muy racional diosa de la inteligencia! Yo no era el que estaba encima de mi cuerpo como si no hubiera mañana.
Atenea abrió mucho los ojos.
—La misión...
—¡La misión fue tu excusa! —Licaón se movió unos centímetros más cerca de ella. La miraba directamente a los ojos, concentrado, deseando que sus palabras fueran ciertas—. Porque en verdad querías toquetearme, ¿eh, diosa virgen? Desde que me viste por primera vez. Desearías que me hubiera emparejado contigo, para que...
—No tienes que ir al ataque de esa manera —lo cortó ella, pero sin recular un ápice—. Las diosas olemos muy bien, y una parte fundamental de su emparejamiento es el aroma que...
—¡No hables de mí como si fuera un animal! Puede que tu papaíto intentara quitarme mi humanidad, pero no lo logró. Por tres mil años he olido todo tipo de exquisitos aromas de mujer, y no ha pasado nada. No te creas tan especial porque actué con el sentido común que debiste haber tenido para protegerte a ti misma y...
Atenea había fruncido un poco los ojos y decidió ser esa vez, la que fuera «al ataque». Se quitó el collar que tenía el hechizo para enmascarar su aura y, más importante en ese momento, su aroma.
Licaón cerró los ojos al instante e hizo la cabeza hacia atrás, extasiado. El aroma de ella, esa vainilla que en verdad no lo era, había impactado en su nariz y pasado a su cuerpo como si se tratara de una inmensa ola en el mar. ¡Por los dioses! Olía tan bien y ella estaba tan bien. Podía sentir no solo su esencia, sino que había deseo en ella y por una vez, no huyó de eso, sino que lo celebró. Su corazón pulsó más fuerte y la piel se calentó recordando como era tenerla pegada a él, la forma en que sus labios besaban o su lengua o manos acariciaban... Atenea había acercado su rostro al suyo y Licaón pudo sentir el aire ligeramente más caliente de su aliento. ¡Por los dioses, cuánto la necesitaba!
—Voy a besarte; y si no quieres, puedes alejarse.
Sintiéndose victoriosa y alegre con la reacción de él, no había podido negarse esa última estrategia para que Licaón dejara de negar lo que pasaba... y volver a sentir su tacto.
Le dio un beso corto en la boca, movió su cabeza e iba a darle otro cuando Licaón reaccionó, sorprendiéndola con su intensidad. Respiraba como si se hubiera estado ahogando y ella fuera su aire. Subió ambas rodillas al sillón, y la abrazó de tal forma que Atenea también se tuvo que erguir. Las bocas hacían su danza, la lengua saboreaba al otro sin temores, sus respiraciones encendían la piel cercana y aunque les costaba respirar, era más importante seguir unidos. Los brazos de ambos sin saber qué hacer, si acariciarse, agarrarse para evitar que un ápice de su cuerpo no estuviera tocando el propio, o conocerse; iban de arriba a abajo febrilmente, topando entre sí, sin encontrar todavía la manera de unirse armoniosamente.
La emoción era enorme, todo les palpitaba, todo les decía que fueran a más y agradecían, deleitados, lo que estaba pasando ya. Licaón bajó un poco el ritmo del beso y mientras bajaba sus manos para buscar meterlas dentro de la blusa de ella, empezó a besarle y larmele con cariño la quijada, respirándola a la vez. Iba hacia su oreja, como varias veces Atenea había hecho en esa noche...
—Bruja, mi princesa bruja —susurraba más para sí, enviando aire caliente al rostro de la diosa, haciéndola sentir deliciosas cosquillas y abrazándola más a él con las callosas manos apretando la espalda de Atenea por debajo de la blusa.
A ella, cerrando los ojos, con el corazón desbocado y su vientre bajo palpitando, le importó poco que la cosa se hubiera salido de su control y pugnaba por quitarle la camisa a la vez que seguía abrazando su espalda. Licaón estaba bajando hacia su cuello y Atenea sabía que ese punto cuando éste terminaba e iniciaba el hombro era uno de sus puntos débiles.
Y entonces, el hecho más inesperado ocurrió.
… Fue como si un rayo hubiera aparecido en su corazón, quemándole y carcomiéndole con un dolor en el pecho que jamás podría explicar. Atenea dio un grito angustiado, de esos que salen del cuerpo cuando el alma se desgarra. Licaón olió en ella que algo había pasado, algo muy malo. Atenea estaba muy fría, temblando y con los ojos cerrados, tenía su rostro escondido en el hombro de Licaón, y los brazos parecían haber perdido su fuerza colgando a los lados de la diosa. El dolor se intensificaba, y aún cuando intentaba respirar más tranquila y aguantar el llanto, al siguiente ataque no pudo no empezar a llorar.
—Princesa, princesa... ¿Qué pasa?
… El maldito estaba matando a la familia de Teresa, y ella era tan patética y débil, impotente, para solo desear que se terminara el dolor y que Licaón no la dejara de abrazar.
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No supo por cuánto tiempo estuvo abrazándola y esperando calentar su cuerpo tan frío, que ella dejara de temblar, no tuviera más de esos repentinos escalofríos y cesara de llorar en silencio. Estaba aterrorizado, no tenía idea de lo que pasaba y jamás se le hubiera ocurrido estar en esa posición precisamente con Atenea. Por más que le susurraba, preguntándole qué pasa o que todo iba a estar bien, ella no respondía ni le explicaba nada. Solo una vez se movió, cuando él intentó dejar de abrazarla para buscar el teléfono celular de ella, para llamar a alguien que pudiera ayudarla. Atenea había susurrado «No» y tomado uno de sus antebrazos con su mano perlada en sudor frío. Licaón se quedó ahí, se sentó y la llevó a ella a su regazo, sin saber que más hacer que estar abrazándola y sintiéndose miserable por no poder hacer algo más.
Por un momento, preso de la confusión y sintiendo que el manto del aura de Atenea parecía tener «bajas de energía»; a Licaón se le ocurrió la idea de que tal vez por eso era una diosa «virgen». ¿Y si él, lo que estaban haciendo, fue lo que la hizo reaccionar así? Sabía que era una estupidez, se lo decía mentalmente casi tanto como besaba la piel de ella con ternura; pero no se podía quitar de la cabeza esa irracional idea.
Atenea por fin reaccionó cuando había pasado un instante o una eternidad. Se había levantado, mirado a todo lado, aún muy pálida y algo sudorosa. Se susurraba a sí misma en griego antiguo. Parecía tener mucha urgencia por hacer algo, pero no la suficiente claridad mental para saber su camino de acción. Aunque Licaón no había oído su idioma materno en cientos años, pudo entender la mayoría de lo que se murmuraba. Decía que debía hacer algo en otro lugar, que tenía que irse...
—Voy contigo —dijo enseguida, poniendo sus manos en el rostro aún frío de ella para que dejara de mirar a todos lados, perdida, y se concentrara en él—. Solo dime qué pasa, y voy contigo.
Atenea frunció el ceño. Su mente le decía que tenía que alejarse, que ya había sido muy débil con él. No era más que una niñata vulnerable a su lado, y eso no estaba nada bien para Atenea, la diosa… Y sin embargo, no pudo más que dar un suspiro y agradecérselo de corazón. No quería estar sola en esos momentos. Ser acompañada por alguien que no hacía algo a menos de que en verdad lo deseara, era una gran aliciente. La tranquilidad que la embargó fue tan grande, que no pudo ni ser analizada por su mente pero, extrañamente, la ayudó a dejar de sentirse embargada por el dolor y a pensar con claridad.
Dejó el regazo de Licaón para ponerse en pie, y él le dio un poco de espacio aunque la siguió en el movimiento. Luego, buscó su teléfono celular, marcó un número en que los símbolos asterisco y número eran parte de él, y habló en español con su interlocutora:
—Maira, habla Atenea —esperó a que la persona terminara de saludarla, mientras miraba sin mirar al rostro de Licaón frente a ella—. Gracias por tus palabras. Lamento decir que llamo para dar malas noticias... —en otras circunstancias, hubiera tenido que usar su máscara pétrea de señora de la guerra, pero con Licaón acariciándole el hombro, lo pudo decir sin dificultad— Hace unos siete minutos, la familia de Teresa Acosta y ella fueron asesinados. Voy a ir enseguida y me haré cargo de la investigación del IMI. Necesito que pongas el perímetro mágico y trates de mantener el secreto con las autoridades. Gracias.
Atenea colgó y miró a Licaón. Su expresión se suavizó, casi hasta las lágrimas no sabía si por la tristeza o el agradecimiento. Hizo una última llamada al IMI antes de teletransportarse.
