CAPÍTULO 11, primera parte

Hurgando en los cajones del mueble en el sencillo apartamento que ocupaba, Milo se dio cuenta de que en realidad no tenía nada que necesitara llevarse. ¿Ropa, dinero, documentos, armas? No tenía casi nada y lo que tenía, no lo necesitaba. Él mismo era el arma. Se apartó de la cómoda, dejando todos los cajones abiertos y revueltos, y pateó a un lado el bolso de viaje que inútilmente había abierto.

Todo eso estaba mal. Muy mal. No había firmado para eso. Artemisa lo estaba usando.

Y él fue lo bastante impulsivo y tonto como para caer de rodillas frente a ella, ante su seductor olor de hembra, y reclamarla como suya. Se dio cuenta muy tarde de lo que estaba haciendo, muy tarde. Se llevó las manos a la cabeza, y dio una patada a la pared, destruyendo el revoque con la potencia del golpe. Rugió, no sólo por el dolor, sino por la desilusión. Estaba convertido a su forma humana, pero en el fondo seguía siendo un poderoso beta, un licántropo de fuerza y ferocidad incomparable. Y dolía saber que ella, la mujer que tan profundamente amaba, le estaba usando como si fuera su títere. La oyó hablar mil veces del «plan». ¡Mil veces! ¿Cómo no se había despertado antes? ¡El desengaño le hería en las entrañas como una brasa ardiendo, era terrible! ¡La ira, el dolor, la decepción!

Se obligó a parar, y pensar, pero los recuerdos le inundaron. Por ella había desechado las comunicaciones con la manada, por ella se había dejado arrastrar hasta un tugurio de Ares, y por ella...

Un escalofrío de terror le pasó por todo el cuerpo, erizándole la piel y obligándole a erguirse muy derecho, como si ese monstruo blanco de enormes colmillos estuviera justo delante de él… Artemisa no tenía nada que ver con su súbito regreso a la consciencia.

Era por él. POR ÉL estaba en control otra vez, por él había vuelto a ser sí mismo.

El alfa le dio la orden. No cualquier alfa, Licaón de Acadia mismo. Ese sujeto tenía más voz que su propio padre, y el rugido de su garganta era imposible de ignorar. De sólo recordar el miedo que le provocaba pensar en él, sentía que se orinaría encima. Uno no quería entablar relaciones con el alfa tan absoluto dentro de los híbridos licanos en tan malos términos. Milo lloriqueó y se apoyó contra la pared. ¿Qué hacer? Trató de comunicarse con los cuarteles, pero en esa área los teléfonos no permitían el contacto, seguramente por algún hechizo de Artemisa. Lo único que podía hacer era desaparecer de allí, volver a la manada e informar de lo que estaba pasando.

Había visto cosas que podrían meter en problemas a muchos Dioses, empezando por Ares.

Tal vez su alfa directo, Acontes, le perdonaría la desobediencia cuando le diera esa información.

Resuelto, se dispuso a salir de la habitación, pero supo que no iría a ninguna parte cuando olfateó la esencia de ella en el aire, y su presencia eléctrica y agresiva se hizo más violenta a su alrededor. Sin embargo, el olor de la mujer le suavizó de inmediato, dejándolo otra vez dócil y maleable ante ella. Artemisa, la Cazadora, abrió la puerta con un golpe rudo y lo enfrentó con una sonrisa furiosa:

—¿Ibas a alguna parte, Milo? —le dijo, al ver el desorden en el tocador y el armario.

Él retrocedió un paso, pero todo el cuerpo le instaba a ir hacia ella, a olerla, tocarla, acariciarla, abrazarla, besarla, lamerla, rogarle...

Menudo pedazo de perro faldero estaba hecho, esa mujer le destrozaba los nervios.

—Me voy —declaró Milo cuando logró reunir la suficiente fuerza como para hablar.

—No, no lo harás —retrucó ella, sin mudar la sonrisa de su rostro— ¿Crees que lo soportarás, estar lejos de mí? Vamos, Milo. Hasta a un cachorro como tú le deben haber explicado cómo funciona el emparejamiento entre los de tu clase. Me necesitas, casi tanto como respirar. Y en tanto así sea, tu trasero me pertenece.

—Mi trasero, como le dices, aún le pertenece a mi alfa antes que a ti.

—¿Ah sí? Entonces, ¿Quién era el lobo blanco que te intimidó en la jaula? Desde donde yo estaba, parecía que ÉL te estaba haciendo su perra mucho más fácilmente que Acontes —replicó la Diosa, con tono molesto—. Contesta, Milo. ¿Quién era él? Sé que lo sabes bien, todos ustedes se conocen, esas narices son muy efectivas. Y si me mientes, te dolerá...

Ella lo interrumpió con esa pregunta a bocajarro, y avanzó hacia él. El joven licántropo beta se quedó quieto en su lugar, llenándose los sentidos con el embriagador aroma de la Diosa. Las manos le temblaban. Ella era suya, ¿Qué se creía, que podía tratarlo como a un perro cualquiera? ¡ELLA era la que le pertenecía a él! Diosa o no, divina, inmortal, lo que fuera, ¡Era su hembra! No podía hablarle así. El instinto le gritaba que la dominara y la hiciera callar, pero...

Artemisa dio una vuelta alrededor de él, mientras con su magia hacía cambiar su ropa, para verse más suelta y sensual. Sabía que eso lo volvía dócil, que su olor lo calmaba y lo convertía en un simple y dulce cachorrito.

—Es Licaón, ¿Cierto? —le dijo, esa vez con dulzura.

—No sé quién rayos sea, pero tenía mucho más cargo que yo.

Milo se tensó, cuando ella le tocó suavemente el brazo, dando vueltas a su alrededor.

—¿Sabías que acabo de tener otra de esas insoportables reuniones con ese loco insufrible de Ares? —le preguntó, aún más mimosa. Lo abrazó por detrás, apoyando el peso de su cuerpo, de sus pechos, contra la tensa espalda de él. Le rodeó la cintura con los brazos, sus manos subiendo sobre el firme estómago del joven licántropo, tasando la dureza de sus músculos nerviosos— ¿Sabes que Atenea está trabajando con ese licántropo que tanto temes? Dímelo, Milo, mi dulce cachorro... ¿Es Licaón de Acadia? ¿Es él quien te intimidó de esa forma tan feroz en la jaula?

El joven gimoteó en su canino lenguaje, impotente y débil frente a ella.

—No lo sé.

Recordaba la voz del Primer Licántropo en su cabeza, como un trueno ensordecedor: «Si le dices A CUALQUIERA que me has visto aquí, hoy, te encontraré y te daré la tunda de tu vida. ¿Me oyes?». Milo cerró los ojos fuertemente, y sintió el irrefrenable temblor del miedo vibrándole en la piel, aún por debajo de las relajantes caricias de la Diosa. «Vete a esconder bajo las faldas de tu madre, ¡Y si te veo de nuevo en problemas, te arrancaré las orejas! No creas que no podría hallarte, ¡Soy tu Alfa Supremo, y me debes obediencia a mí antes que a nadie! Así que largo de aquí.»

¿Cómo no obedecerlo? Eso había sido una orden directa. Licaón lo mandó a volver a casa, con su madre, a la seguridad de la manada y él...

—Milo, puedo hacerte mucho daño si sigues mintiéndome —repuso la Diosa, ahora sí con tono molesto— ¡Si no me dices lo que quiero saber en este mismo instante, lo vas a lamentar como nada en tu vida!

El poder de Artemisa lo empujó brutalmente hacia el fondo del dormitorio desordenado, y Milo cayó de espaldas sobre el colchón, los resortes crujieron bajo su peso descomunal. La Diosa saltó sobre él y se sentó a horcajadas sobre su cadera, le agarró por las muñecas y le llevó los brazos hacia el barral de la cama, rabiosa. Milo corcoveó bajo su peso, ella era provocación pura cuando se ponía así, y sus sentidos ya estaban intoxicados con la esencia salvaje y sensual de su piel. Quería besarla, lamerla, morderla, tenerla. Todo eso, no necesariamente en ese orden. Y Artemisa se aprovechaba de esa ansia, de ese dolor, jugaba con él.

Qué estúpido había sido. Una Diosa jamás sería pareja de un licántropo, jamás.

Milo volvió a gimotear, y luego, empezó a gruñir.

—¡Suéltame, Artemisa! —le ladró, mostrándole los colmillos con fiereza— ¡SUÉLTAME! ¡Ya no te pertenezco! ¡Volveré a la manada! No vine hasta aquí para que me entregaras a Ares, no seré un perro faldero como los otros, ¡No soy tan estúpido!

—Oh, ¡Pero lo eres! —se rió ella, ladeando la cabeza— Aún me quieres, ¿No es así?

Sus labios estaban cerca, peligrosamente cerca. El cabello rubio y exuberante cayó sobre él y el aroma de su piel, tan intenso, tentador, lo envolvió sin piedad. Milo movió la cabeza, quiso besarla, pero la Diosa se apartó, mezquina. Se movió a propósito sobre su cadera, sabiendo lo que el licántropo quería, hasta que lo oyó gimotear con temor, otra vez.

—... basta, Artemisa. ¡Basta!

—¡Sólo dilo! ¡Dime que era él, dime que era Licaón de Acadia! ¡Y seré tuya otra vez!

Ella se lo prometió entre risas. Era cruel, manipuladora... No se jugaba así con el corazón de uno de los suyos, tan honestos y sacrificados, entregados a su hembra, ansiosos de complacerla en cada capricho y cada alegría. Milo apretó los dientes, enseñando los colmillos.

—¡NO PUEDO! —le gritó, entonces, retorciéndose bajo ella. La Diosa tenía fuerza titánica— ¡NO PUEDO DECIRLO! ¡NO PUEDO DECIRLE A NADIE!

Artemisa le soltó las muñecas entonces, y se sentó bien erguida sobre la cadera del muchacho.

Milo se quedó mirando al techo, todo su ser temblaba de necesidad por ella, y la tenía ahí, podría haberla tomado en ese instante, pero...

—... así que estaba en lo cierto. Es Licaón de Acadia, y está trabajando con Atenea —comentó ella, con molestia—. ¿Qué significa eso, Milo? ¿Por qué el padre de toda tu raza está asociándose con ÉSA? ¿Por qué justo ahora?

Él no le contestó. ¿Qué iba a decir? Ya le había fallado al Alfa Supremo. Miró hacia la pared. Intentó alejar sus sentidos del tacto y el olfato de ella, y se sumió en esa vergüenza enorme por no haber podido cumplir una orden. Últimamente, y gracias a Artemisa, lo sentía mucho. Tal vez eso era lo que le mantenía siendo él mismo, aunque fuera por un instante.

—… Voy a matar a esa desgraciada, como siga metiéndose en mi camino —susurró la Diosa, fúrica.

… Y ese instante se iba tan fácil como llegaba. Todo porque sentía esa vulnerabilidad en ella, por más que fuera la mujer más fuerte y dura que conocía. No podía ser indiferente a Artemisa cuando sentía esa necesidad inclasificable dentro de su hembra.

Milo se incorporó finalmente sobre su codo, y se acercó tímidamente a la mujer divina sentada en su regazo. Como pidiendo permiso, se aproximó a su cuello y la olfateó, le besó debajo de la quijada con ternura, pidiendo su perdón.

… Sabía que esa zorra lo llevaría a la ruina. La orden de Licaón pulsaba dentro de su cerebro, «vuelve a casa, vuelve a casa, vuelve a casa...» pero su deseo por ella era más fuerte cuando estaba tan cerca de él y la sentía de esa manera. Olió los cabellos de la Diosa, su rostro fino como porcelana, deseando que ella sintiera cuán profunda era la marea de sentimientos e instintos que lo ataba a su persona, deseando que Artemisa lo entendiera y le correspondiese, pero...

Le tomó las manos, suavemente, y le besó en los labios.

Ella seguía ausente, pensando, mirando por la ventana sucia del departamento.

—Artemisa, me voy —le dijo Milo, tajante—. Y no vas a hacer que cambie de opinión. Si yo no vuelvo a casa, él me encontrará. Y me lo hará pagar. El dolor que me provoque tu falta no será nada, comparado con el que él podría causarme.

Y quizá Licaón jamás se atrevería a hacerle daño, pero la orden había sido clara. Debía irse.

La Diosa se volvió a mirarlo entonces y le tomó el rostro con las manos. Lindos ojos azules.

—Milo, mi cachorro... —ella le sonrió, venenosamente— No irás a ninguna parte.

Y cuando lo besó, el hechizo que llevaba un buen rato rumiando en la mente entró directo en el licántropo y le borró el miedo y también la razón, dejándolo nada más que como un simple animal manso a sus órdenes, y solamente a las de ella. Él no había visto a su Alfa Supremo. No había recibido ninguna orden de él. Artemisa lo necesitaba. Milo no podía irse de su lado, todavía.

-o-

Era una oficina confortable, iluminada por luz natural. Tenía libreros hasta el techo y sillones de piel, quizá un poco pasados de moda, pero de buena calidad. Un lugar apacible, quizás lo que uno menos esperaría cuando le dicen que es donde trabaja uno de los más incisivos abogados del Panteón.

En un día normal, en esa oficina se respiraba un clima tenso; eran los gajes del oficio. Su ocupación conllevaba una gran responsabilidad que no muchos podían afrontar. Pero ese día, el clima era diez veces más tenso de lo usual.

—Entonces, Milo ha vuelto a desaparecer —lo resumió el hombre que estaba de pie frente a la ventana, viendo hacia el campo nevado.

—... básicamente. —carraspeó el otro, con nerviosismo.

—¡Tártaro, Mithra, te mandé a que lo ubicaras! ¡Debiste avisarnos dónde estaba apenas lo viste, no tratar de hablar con él! ¿Qué te hizo pensar que lograrías algo? Sólo me oirá a mí, y el muy estúpido no atiende a nuestros pedidos de contacto. Seguramente, fue Artemisa quien se lo impidió. Está embelesado con ella... —el hombre de la ventana alzó la voz, y se volvió sobre su hombro a mirar a su interlocutor.

Sus ojos eran azules y algo fríos, enclavados en un rostro severo, demandante.

Mithra se encogió ligeramente en su lugar, el asiento de cuero no era lo suficientemente profundo como para que se hundiera en su vergüenza. La voz de su alfa era conminatoria hasta el tuétano, le dio escalofríos. Lo mismo que sintió cuando ese tipo, en el bar de Ares, le dio un puñetazo en la nariz y luego le ofreció a su chica para que se divirtiera.

No convenía hacer enfadar a un alfa, ni aunque éste fuera tan comprensivo y normalmente tranquilo como Acontes de Acadia, el primogénito de Licaón. Aunque su vida y la de su manada en tres mil años, fue una seguidilla de fuertes luchas por la subsistencia; de todos los hijos directos del Primer Licántropo, Acontes era el más sociable y dispuesto a entablar relaciones con otros seres. Sin embargo, como todo líder, él era de los que querían que las cosas se hicieran cuando las decía y que se hicieran bien. Era un estupendo alfa. ¿Por qué hacerlo enojar, desobedeciendo órdenes adrede? Uff. Todo porque esa mujer lo embriagó con su aroma y la promesa de aliviar sus tensiones con un rato de sexo. Y cuando le dijera que la propia Atenea lo había dejado en ridículo...

Había alguien más en el cuarto. Una anciana, de cabello cano muy largo, tejiendo con una canasta a su lado, de dónde sacaba los hilos. La mujer no estaba ajena a la conversación, pero tampoco se había metido en ella, de momento.

—Cuéntame exactamente qué pasó en ese tugurio de Ares —exigió el alfa.

Acontes se volvió, dándole la espalda a la ventana. Era un hombre muy alto, fornido y con porte de guerrero, como casi cualquier otro licántropo que se respete. Su cabello era castaño claro, ni muy largo ni muy corto, y su piel caucásica estaba matizada por el color del sol y los largos veranos expuesto al aire libre. En su mirada siempre solía haber amabilidad y compasión, un gesto que desde su más tierna infancia lo había distinguido de su autoritario y despótico padre; mas no era el caso ese día. Mithra pudo oler la decepción de su líder. Probablemente, Acontes le castigaría mandándole a patrullar una zona bastante recóndita de los territorios de la manada, hasta que decidiera que había pagado bastante por su desobediencia.

Aunque, tampoco es que hubiera pasado del todo por alto sus órdenes.

Mithra tomó aire, y empezó:

—La versión corta: seguí a Milo hasta ese lugar, después de que estuviera dando rodeos durante dos semanas. Ares mantiene ahí uno de sus centros de reclutamiento, parece que saca más de un provecho de esas actividades. Dinero, más que todo, de las peleas, de las drogas, de las mujeres. Ahí se compra y vende lo que sea. Y me refiero a lo que sea. Las peleas son la forma en que filtra a los nuevos reclutas, si sobrevive más de cinco rounds o da un buen espectáculo, está dentro —explicó, tratando de ser breve y conciso. Pero estaba dando vueltas, porque no tenía forma de encarar lo que había descubierto sin quedar como un completo cachorro inútil—. Milo ya debe estar dentro, esa iba a ser su sexta pelea; yo estaba en el bar, me cruzo con este tipo que me mandó a su mujer. Intenté rechazarla pero, no sé porqué, el tipo me rompió la nariz de un puñetazo y quiso pelear. Creí que me iba a matar. Era un lobo, pero no pude identificar su procedencia... Su mirada me atravesó el alma, de una forma que no puedo explicar. No era un alfa común.

Acontes entrecerró los ojos y se cruzó de brazos, desconforme.

—... continúa —lo instó, con neutralidad.

—Le mostré respeto, y pareció calmarse. Me ofreció a la mujer que tenía con él, y nos fuimos a un apartado...

Mithra levantó la mirada, sabiendo que encontraría los ojos reprobadores de Acontes. Era muy conocido que al rastreador le gustaban bastante las mujeres, y más desde que estaba tan cerca del límite de edad para conseguir una pareja propia sin colapsar en ataques de ira. En su desesperación por hallar a la mujer que compartiera sus días con él, iba con cualquiera que le daba un poco de atención. Era como una lata de gaseosa agitada: el día que alguien le abriera el pico, estallaría y podía ocasionar un desastre o terminar muerto. Era casi tan aterrador como la idea de que la hembra que el instinto pidiera, no correspondiera sus sentimientos… Mithra se mandó a dejar de pensar en otro de sus problemas, y concentrarse en el que lo tenía ahí.

—… Era la Diosa Atenea —concluyó Mithra, con un quejido, antes de que viniera el regaño.

La anciana dejó de tejer, y miró directamente al joven lobo sentado cerca de ella. Luego, puso su atención en Acontes. Éste le devolvió el gesto, y el olor de su instinto picado por la curiosidad llenó la oficina, por un momento.

—¿Estás seguro que era ella? —insistió el alfa, con cautela— Porque es una acusación seria.

—Recuerdo poco. Me hizo algo para que no pudiera olerla, pero se identificó como ella. No recuerdo qué me preguntó. Sólo recuerdo que sus ojos eran dorados y brillaban, y dijo que era Atenea y me iba a interrogar por asuntos oficiales del Panteón. Me durmió con algo. Cuando me desperté, ya estaba dándose la pelea de Milo y ella estaba en la gradería, cerca de la jaula. —suspiró, como si liberase la tensión de sus hombros con eso—. Mire, señor, sabemos que Milo andaba con Artemisa, ¿Cuántas posibilidades hay de que sea una casualidad? La señora Atenea también sabe que algo raro está sucediendo, ella debe estar tras la pista de Ares nuevamente. Sabíamos que esos dos iban a intentar arrancarse el cuello nuevamente en algún momento. ¿No cree que deberíamos retirarnos y dejar que ellos lo resuelvan? Meterse en los asuntos de los Dioses nunca le ha deparado nada bueno a nadie.

—Te da miedo, todo esto —retrucó Acontes, con seriedad.

—Mucho, señor.

Que un licántropo admitiera que algo le causaba temor era bastante importante y no para tomárselo a la ligera. Sin embargo, Acontes negó con la cabeza y dio una vuelta sobre la alfombra, delante de Mithra y de la anciana.

—Por eso necesito a Milo de vuelta —recalcó—. Él es un beta, y no temería a nada. No tiene nada qué hacer ahí, no lo cedí para esto. Si es cierto que está emparejado con Artemisa, entonces será una auténtica causa perdida, ¿Quién sabe qué Tártaro le obligará a hacer esa mujer? Maldito sea, ¿Por qué fue a emparejarse con esa Diosa? Artemisa lo usará como un pañuelo y terminará muerto, todo por hacerle caso a sus instintos más básicos...

—Es el Destino —dijo la anciana, hablando por primera vez desde que saludó a Mithra al entrar.

Los dos se volvieron a mirarla, con cierta ansiedad. Parecía una criatura etérea, bella para ellos aún en su ancianidad pero decrépita, marchita. La enfermedad la consumía y cada día estaba más cerca de morir. No era como Acontes. Un día, esa anciana partiría definitivamente del mundo; y pensarlo le dolía a los dos. Ella seguía siendo muy importante para Acontes, para todos los lobos de su manada. Sin esa vieja mujer, de hecho, muchos de ellos no estarían allí.

El alfa se paró cerca de ella y le puso una mano sobre el hombro.

—Que un rayo de Zeus parta al Destino —maldijo Acontes, molesto—. Milo perderá la cabeza en ese lugar. Y no hablo solamente de no pensar en lo que hace, perderá la cabeza porque se la cortarán cuando ya no les sea útil.

—¿Y de qué manera piensa sacarlo de ahí, señor? Está pegado a la Diosa, ahora es el beta de ella, no el suyo. Sus instintos lo atan a esa mujer, ¿Cómo...?

—Un paso a la vez —lo interrumpió Acontes, con voz de trueno—. Mi hijo volverá a mí. Aún soy su alfa, si yo hablo directamente con él, si no es demasiado tarde, obedecerá. Un paso a la vez, no quiero cometer errores.

—... ¿Y qué pasa con Atenea?

—¿Qué pasa con ella?

—Bueno, no... no es tanto lo que pase con Atenea, señor, es que... me preocupa un poco el lobo que estaba con ella. No le vi cara familiar, ya le dije. Su olor no me dijo nada, era como una mezcla de todo. No sé explicarlo. ¿Quién es, de dónde lo sacó Atenea? No es uno de los nuestros, no es de nadie que yo conozca. Si hubiera visto usted lo que le hizo a Milo sin siquiera tocarlo, entendería por qué yo tengo tanto miedo de todo esto. Ese tipo, estoy seguro de que pasó directamente a las filas de Ares.

Acontes frunció el ceño, y se paró más derecho. Aquello no le gustaba.

—Espera, vuelve a eso... ¿Qué le hizo a Milo ese lobo que estaba con Atenea?

—Pues, nada. Casi no pudo ponerle un dedo encima. Milo lo golpeó la mayoría de las veces, y luego se convirtió a su forma animal y era el licántropo más grande que he visto en mucho tiempo; su pelo era totalmente blanco, como el de usted. Sólo tuvo que rugirle un par de veces y... caray, hasta yo lo sentí. Quise salir corriendo de ese lugar, se lo juro. Milo se lanzó al suelo como un cachorro y casi se meó encima. Yo casi me meo encima también, y eso que lo estaba viendo de lejos. Era... magnífico. Tanto poder, ¡Tanta fuerza! Sólo en la mirada y en la voz...

El líder apretó los dedos sobre el hombro de la anciana, y ésta le dio unas palmaditas en la pierna que lo hizo soltar el agarre.

—Licaón —dijo Acontes, sombrío. Era loco y estúpido, pero podía ser—. Tiene que ser él.

Mithra sonrió ligeramente y negó con la cabeza.

—Lo he pensado alguna que otra vez pero, vamos, ¿De veras? Hace dos mil quinientos años que no se sabe nada de él, ¿Está vivo, siquiera? ¿Y por qué volvería a aparecer después de tantos años, sólo para pelear en una lucha clandestina de Ares?

—Mi padre es inmortal y todos saben eso, Mithra.

—Pero...

—Quizá no estaba «sólo peleando en una lucha clandestina de Ares» —lo interrumpió Acontes, con impaciencia—. ¿No lo ves? Si Atenea era la que estaba con él, y si de verdad era el Padre de toda nuestra raza y no alguno de mis hermanos, entonces algo muy importante está pasando... —se detuvo un instante, a pensar. Miró a Mithra como decidiendo si era digno de confianza, y resolvió que sí—: Estoy informado de sus movimientos desde que empezamos a funcionar como apoyo legal para Astrea. Fue una de las tres cosas que pedí a cambio de ofrecer mis servicios. Y, según lo que he visto, no ha sido encontrado por alguien del Panteón hasta ahora porque mi padre en verdad no quiere saber nada de nosotros... Por eso es muy extraño que esté trabajando para Atenea.

—Pero... Si sabe dónde está, ¿Por qué no...? —sin embargo, Mithra prefirió cerrar la boca y no terminar la pregunta. No quería insinuar que estaba poniendo en entredicho las decisiones de su alfa.

Acontes, miraba hacia la anciana y ella lo hacía de vuelta. Se entendieron gracias a esa fuerte complicidad desarrollada entre los dos a lo largo de los años. Solo esa mujer sabía todo sobre el asunto. Solo con ella podía ser lo suficientemente vulnerable para hablar de las decisiones para con su padre, y lo poco que se explicaba por qué necesitaba tanto buscarlo y, cuando logró descubrirle, decidir no encararse con él.

Desde aquella noche terrible en que Licaón finalmente abandonó a la manada y se ocultó de todos ellos, Acontes siempre había querido saber qué fue de él. Nunca creyó que estuviera muerto, aunque bien sabía que había formas de matarlo. No pudo encontrarlo por sí solo, ni tampoco ninguno de sus hermanos. Hélix, Teleboas, Tytanas, Phallas y Lycius lo habían intentado, también sin resultados. Desde que los seis hermanos sobrevivientes decidieron dejar de luchar entre ellos (al menos, de la boca para afuera), estaba claro que aquella manada que lograse encontrar a Licaón y volver a tenerlo como su rey, sería la más poderosa de todas. Varios, incluido él, tenían el anhelo de que Licaón sería el que terminase con sus guerras. Sólo el Primer Licántropo podría controlarlos a todos y unir de nuevo a la manada, terminar las rencillas entre ellos y ser más fuertes frente a otros enemigos.

Acontes se insistía que quería encontrar a su padre para terminar con la enemistad entre los clanes, no porque lo necesitara para su paz personal. Alguien como Phallas, probablemente, querría capturarlo como a un vil animal para convertirlo en un arma con la qué dominar a sus hermanos. Hélix, para matarlos a todos. Tytanas, Teleboas y Lycius quizá podrían ser convencidos de que, en los tiempos que corrían, la paz y la unidad eran la mejor opción; pero tomaría trabajo que ellos entendieran o quisieran los beneficios que eso podía otorgar.

Estar bajo patronato de Astrea le había hecho entender, más que nunca, que nada se daba gratuitamente, toda relación trataba de un toma y dame. Cuando Acontes de Acadia convino ponerse a sí mismo y a toda su manada bajo patronato de Astrea, lo hizo a cambio de tres favores. La Gran Juez no dudó en aceptarlo, dada la magnífica fuerza licana que iba a poner casi que a disposición del Panteón. El primero y principal pedido fue ayuda para detener la muerte en alguien que era muy querido para él; alguien que, si le faltara, sería como si él mismo hubiera muerto. Segundo, pidió protección para los suyos, y ella le dio un campo de energía que protege de los otros licántropos. Y tercero, pidió una audiencia secreta con el Oráculo de Delfos.

Como era natural, Astrea negó esa última petición, por eso se sorprendió tanto cuando el Oráculo lo llamó por su cuenta.

Delfos afirmó dos veces no saber algo sobre Licaón. Pero el licántropo no era ningún simplón, a él no podían engañarlo. No era posible que al Panteón se le perdiera un recurso tan importante como Licaón de Acadia, el monstruo que Zeus había creado. El Oráculo de Delfos se rió de su astucia, y premió su tesón concediéndole una pista muy vaga, a partir de la cual él debería hacer el resto cuando el tiempo hubiera llegado. Acontes no se dejó abrumar por la dificultad de la tarea.

Si bien había conseguido los dos primeros favores, lograr la concreción del tercero le llevó tiempo. Mucho tiempo, muchos años, pero con su astucia y perseverancia descifró la pista de Delfos y por fin dio con Licaón. Así que, desde hacía poco tenía gente vigilando a su padre, de manera muy discreta.

Del clan, sólo Acontes y la anciana sabían quién era el sujeto que mandaba a vigilar cada tanto. A todo subordinado que preguntase, se le decía que era un licántropo de alguna manada mestiza, las que tenían nombres de fases de la luna; con conocimientos muy peligrosos.

Licaón parecía no haberlo notado, y Acontes sólo lo hacía por si un día tenía que tomar la iniciativa por encima de sus hermanos, y atreverse a enfrentarlo. Su padre probablemente no querría aceptar ninguna propuesta. Había notado que tenía hábitos muy ordinarios y se mezclaba sin sospecha alguna con los no iniciados, pero Acontes no perdía las esperanzas de que, si llegara la situación, sería de ayuda.

Después de todo, Licaón de Acadia había nacido para ser una bestia. Podía disfrazarse de repartidor, pero no dudaba que seguía llevando al lobo alfa dentro de él.

Mithra seguía azorado con la revelación, y no pudo mantenerse en silencio por más tiempo.

—¿Quiere decir que usted siempre supo dónde encontrarlo, señor?

Acontes suspiró y volvió a la ventana, a mirar al campo tapizado de nieve. Un grupo de quince lobos jóvenes, todavía en su forma humana, pasaron por el camino. Se dirigían al bosque para hacer sus ejercicios de entrenamiento de cada tarde.

—... sólo lo hice por precaución —respondió el alfa, con paciencia—. Creo que de más está decir que, si le revelas a alguien ALGO de lo que acabo de decirte, te degradaré tanto de cargo que terminarás lamiendo las cloacas del Inframundo, posiblemente sin memoria. ¿Está claro?

El subordinado asintió con la cabeza muy rápido, temeroso. Carraspeó, y preguntó:

—Entonces, ¿Qué tengo que hacer ahora?

—... Yo mismo me ocuparé de Licaón. —lo que Acontes no dijo era que quería cerciorarse de que el licántropo que impresionó tanto a Mithra, efectivamente fuese Licaón y no uno de sus hermanos o sus subordinados de mayor importancia—. Tú vuelve a tus tareas y trata de encontrar a Milo de una vez por todas. Y contáctate apenas tengas alguna información fidedigna, ¡No podemos seguir perdiendo el tiempo!

Mithra asintió con la cabeza rápidamente, y se levantó del sillón. Supo por su tono de voz que el alfa había dado la reunión por terminada, y por lo menos no lo había castigado por su desobediencia. Tal vez, Acontes se estaba conteniendo porque la situación era bastante crítica. Un licántropo beta, de los más poderosos y fuertes, agresivos; en manos de una Diosa con aptitudes bélicas, estaba metiéndolo en territorio de otros dioses bélicos. Aquello no pintaba bien, y no solo para la vida de Milo. La situación podía dañar la reputación de toda la manada, o la de Acontes como líder de ella. Si Astrea decidía que ya no eran confiables, podría quitarles los pocos beneficios que ya tenían, incluyendo la protección y el patronazgo.

Y con ello, también a su Mima.

La anciana dejó el tejido a un lado, y tendió la mano en dirección a Acontes. Éste se apartó de la ventana de inmediato y prácticamente corrió a ayudarla, para que se pusiera en pie. Era una señora muy mayor, fácilmente parecía de más de ochenta años, aunque rebasara los cien.

Mithra le hizo una pequeña reverencia y recibió la mano que la mujer le ofreció a él, para que la sostuviera.

—Ten mucho cuidado en tu misión, tesoro —dijo la anciana, a modo de despedida.

—Lo tendré, Mima, muchas gracias. —sonrió el joven lobo, con entusiasmo.

No se atrevió a abrazarla porque Acontes estaba allí, pero la sonrisa de la mujer bastó para hacer que el miedo se evaporase de su cuerpo. La Mima siempre les curaba todas sus dolencias, tanto físicas como espirituales.

Ella prácticamente era el alma de esa manada.

-o-

Broom entró un poco más en la espesura y vio la carcasa del venado que le habían traído. Tenía tan poca carne en ella, que la sangre casi ni manchaba la nieve. Miró hacia el bosque, más blanco que otra cosa, ribeteado por aquí y allá del café de los árboles. El vaho de su aliento subía en el aire cada vez que respiraba y, aunque ya tenía frío a pesar de su ropa de civil, no tuvo otra que empezar a desnudarse.

Todos los híbridos entendieron que era hora de transformarse. Los que podían sin ayuda extra fueron los más rápidos, mientras otros desactivaban el hechizo que les confería una forma totalmente humana. Los más jóvenes solo tenían que quitarse un collar o brazalete pero otros, como Broom, tenían intrincados tatuajes alrededor de la zona a transformar. En el caso del centauro, se trataba de un ancho «cordón tribal» alrededor de la cadera, los tobillos y en la parte superior de los muslos además de una línea sobre la columna vertebral.

Los tatuajes y símbolos parecieron crecer solos con gran rapidez, mientras Broom se hacía más alto, la parte trasera de su cuerpo crecía y el corto pelo café aparecía en toda su mitad de caballo. La crin de varios centímetros salió de la piel que cubría su columna, el cuello y subiendo por su cabeza hasta el nacimiento de la frente. Se sintió poderoso, completo y libre; como si su cuerpo hubiera necesitado todo ese tiempo una estirada y lo supiera hasta que se la dio al transformarse. Se sentía hasta más joven, muy capaz de cualquier cosa. Siempre era así cuando tomaba la forma natural de su ser.

Estuvo seguro: esa cacería iba a terminar aquí y ahora, se juró Broom.

Habían perdido mucho tiempo al creer, como el rastro terminaba en el río, que la mantícora había ido hacia abajo con la corriente. No fue así, y por eso perdieron horas buscando en otro lugar mientras ese monstruo mató y comió a un sin hogar no-iniciado que estaba bajo un puente río arriba. Broom lo supo gracias al «favor» que un personero de Delfos le hizo, en vez que por medio de sus centinelas. Tuvieron que pedir al I.M.I que vieran a cuántos de los sin hogar debían cambiarle la memoria, y llevar dos más al Hospital Olímpico por serias heridas propinadas por la bestia. Uno de ellos murió en la ambulancia.

Desde ese momento no perdieron el rastro de la mantícora. Después de ese ataque, no había lastimado más que a animales; aunque asustó de muerte a un par de dríades a las que quiso atacar pero, al ver que eran presas más difíciles de lo que había pensando, las dejó en paz y fue tras un venado y su cría. Ese venado hembra era la carcasa que los centinelas le habían traído.

Broom se movió aquí y allá, subió sus patas delanteras y dio un relincho. Se sentía lleno de vida y energía pero, a la vez, nervioso. Algo había en el aire, algo que significaba que iban a pasar cosas pronto y cerca. No estaba seguro de si se trataba solo de la cacería de la mantícora. No, se sentía más oscuro y lejano en el tiempo...

Un joven semi-dríade le dio la ropa, parecida a un gran faldón sin mangas, que él usaba cuando estaba en su verdadera forma y era invierno. Eso lo hizo volver al aquí y el ahora. Broom se lo puso, como todos los demás terminaban de ponerse su ropa para cazar. Ayudado por el mismo muchacho, se cubrió hasta la cola que metió por un hueco en la tela. Era blanca y lisa, como prefería usar cuando estaba en invierno. Sabía que el color muy bronceado de su piel y el café de sus cabellos, aunque algo encanecidos, no ayudaba mucho en mantenerse oculto, pero al menos lo intentaba.

El muchacho le dio su carcaj lleno de flechas con diferentes hechizos, y el arco bruñido y con símbolos mágicos. Al tomarlos en sus manos sonrió un poco. La misma Atenea había mandado a hacer y dado ese carcaj y arco pensando especialmente en él, como parte de la ceremonia de Héroe local.

Eso lo hizo recordar más que nunca a David Stiga y la verdadera razón por la que estaban cazando a la mantícora. Estaban atacando a sus hermanos Héroes, y con eso minaban a su señora en una lucha sin honor. Ese ser había comido a uno de ellos, y podía ser la clave de saber bajo órdenes de quién lo hizo.

Broom miró hacia sus centinelas y ellos se pusieron firmes y en espera de instrucciones. Él lo hizo con la seguridad de quién está acostumbrado a mandar:

—Maya, Ícaro y Jerry se vienen conmigo a seguir el río. Los Equipos rojos al este, los amarillos al oeste y los azules en la retaguardia. Dispérsense de a dos en dos. Mientras nosotros buscábamos en el lugar equivocado, ese monstruo mató dos sin casa, comido uno y herido a un tercero... —Dio un relincho de impaciencia, y prefirió cambiar de tema— No olviden que estamos cerca del territorio de la manada Acontes. Si pasan su límite, deben informar su llegada y la razón por la que estamos aquí. Los licántropos serán tratados como aliados. —Luego miró de uno a otro muy concentrado, como si viera a través de ellos sus habilidades y debilidades. Luego suavizó la expresión, orgulloso de lo que vio en su gente—. No queremos más víctimas conscientes. Las dríades dicen que atacó al venado hace unas seis horas. La bestia pronto tendrá hambre de nuevo. Recuerden que en este bosque hay varios de los nuestros. No bajen la guardia. Nuestra señora la quiere viva y consciente, así que usen fuerza no letal. ¡Vamos allá!

Los equipos estuvieron anuentes con las órdenes, aún en la de colaborar con agentes externos, cuando solían ser muy celosos de sus funciones. Sabían que los licántropos eran buenos cazadores, fuertes, ágiles, conocedores de su territorio; algunos de los centinelas ahí eran de esa misma manada. Decididamente, no iban a ser un estorbo o posible víctima si la presa se encontraba con alguno de los lobos, solo debían cuidar que no la mataran.

Sin más, todos se dispersaron en perfecta sincronización.

Broom se puso el comunicador en la oreja, recordando los tiempos en que Atenea les prestaba sus aves para comunicarse entre sí... En verdad que estaba envejeciendo. Jerry y una náyade, Maya, ya se habían metido en el agua semi-congelada. Broom estaba de un lado del río mientras Ícaro, un hijo de Hermes, dio un gran salto en el aire y planeó sin más hacia el otro lado.

Iniciaron la marcha.