Capítulo 12

La Sala de los Doce Tronos en el Olimpo era una estancia finamente suntuosa. Existía desde que los primeros hijos de Gea reinaron, y no había cambiado en su esencia en esos miles de años. Era evidente que estaba hecha para que millares de personas dieran pleitesía a sus dioses de buen grado. Antes era el lugar de las más grandiosas celebraciones, pero en ese momento la usaban, más que todo, para una reunión mensual.

Era enorme, con forma circular y hecha completamente de oro. Por decoración tenía grabados en algunos lugares; dibujos sin forma definida, hilvanados con pequeñas piedras preciosas de varios colores. Comúnmente estaba totalmente vacía, a excepción de los doce tronos. Éstos estaban hechos de metales puros y cada uno era muy diferente al otro; tallados con dibujos propios de quién se sentaba en él, sus objetos, animales o historias insignes. Eran tan grandes que dos personas podían sentarse cómodamente en cada uno, y el respaldar era más o menos un metro más alto de quien se sentara en él. Para la ocasión, estaban equidistantes entre ellos, ordenados en un medio círculo a cada lado de los reyes del panteón: Poseidón, Hera, Zeus y Hades.

Pero, al entrar en la Sala de los Doce Tronos, lo que llamaba más la atención era la enorme vidriera en el centro de la cúpula que tenían por techo. Se trataba de una imagen de los Doce Grande actuales, en un cielo hermoso y semidespejado, vestidos con togas y coronados por laureles. Cada uno estaba en una pose o era decorado con objetos que simbolizaban sus funciones. Hacia ahí veía Atenea cuando se aparecía en la Sala de los Doce Tronos. No era que le gustara el dibujo, más bien todo lo contrario. No podía dejar de pensar que esa imagen correspondía a una realidad de dos mil años antes, en vez de en la vida del Panteón actual. Recordaba fugazmente todo, y a todos, los que habían perdido cuando los monoteístas los hicieron temer su propia mortalidad... Sin embargo, el juego de colores de la luz filtrándose por la vidriera, era algo hermoso y digno de contemplar. Como una aurora boreal que hacía sentir una sutil maravilla.

Aunque no era parte de la sala, para esa reunión siempre aparecían un graderío en forma de auditorium, alrededor de los tronos. Ahí se sentaban los Dioses mayores que no eran Doce Grande, además de parte de los séquitos y corresponsales del Mensajero alado.

Algunas veces, usaban esa misma reunión mensual para otorgar investiduras, que comúnmente se trataba de conceder la inmortalidad a un acólito que había probado su valía para el Panteón. Pero otras veces, pedían reuniones a solas o fuera de agenda; cuando los Dioses bélicos debían dar sus reportes, o estaban en algún tipo de crisis importante. Hacía unos sesenta años que no pedían reuniones extraoficiales, y uno y medio desde que no investían.

Esa vez, la reunión había terminado sin mayores sorpresas. Todos los Doce Grande se habían levantado de sus tronos y reunido al centro, donde estaban los demás Dioses mayores y parte exclusiva de todos los séquitos. Comían los más deliciosos platillos de Hestia, hechos con los vegetales crecidos por los poderes de Démeter en persona, y las mejores carnes que proporcionaba Pam. Además, bebían las más exquisitas bebidas de Dionisios, y Apolo solía llevarles a las musas y su descendencia para hacer un improvisado entretenimiento ameno y familiar.

Los Dioses iban vestidos como en los tiempos antiguos, tomaban ambrosía con sus comidas, bailaban al son de la música, cantaban con ésta y hablaban, los más unidos, con complicidad, familiaridad y confianza de conocerse por tanto tiempo. Era como si nunca hubieran pasado los últimos mil setecientos años... Zeus solía terminar la celebración en una orgía a puertas privadas mientras, los que no deseaban acompañarlo, seguían la diversión por su cuenta y a su manera. Solo por esa celebración es que todos los Dioses mayores y sus séquitos, aguantaban amenamente la burocrática reunión de informes que solía durar varias horas.

Sin embargo, no todos estaban alegres. Atenea se encontraba aún en su trono, tan concentrada en el teléfono celular, que no parecía que existiera para ella más que lo que éste le presentara en su pantalla.

No se había separado del aparato desde que llegó. Aún cuando Zeus le había pedido que lo dejara apagado, ella se rehusó. Todos en la sala habían sentido como el manto del aura de Atenea, que normalmente daba la sensación de estar ferozmente protegido; se convertía en un aire tremendamente oscuro, amenazante y deseoso de sangre... Zeus decidió que ella podía tener el celular prendido, aunque eso no la apaciguó del todo.

Atenea casi no habló, ni siquiera en las discusiones que habían después que cada uno de los Dioses mayores que debían hablar, terminaba su exposición. Un comportamiento muy extraño, porque normalmente era de las más activas; pero esa vez, no estaba interesada en poner atención o alargar la reunión... Ares estaba allí y de tan buen humor, que casi no lo soportaba. Atenea tenía que evitar saltarle al cuello y borrarle esa expresión de su rostro a punta de puñetazos. Mantener su autocontrol era mucho más importante que cualquier otra cosa. Cuando tuviera las pruebas contra él, podría celebrar su victoria y golpearle todo lo que deseaba.

Estaba diciéndose que debió haberse ido apenas terminó la reunión, cuando una copa con vino blanco apareció entre su teléfono celular y ella. Atenea tomó fuerza para subir la mirada y darle cara.

—Gracias.

—Si la bebida no va a Ati...

Ella tomó la copa y dio un sorbo. Había escogido bien, era su bebida alcohólica favorita. Zeus relajó su expresión un poco, e hizo a sentarse junto a ella en su trono. Atenea se movió a un lado para hacerle espacio.

—Solo una copa padre, que...

—Sí, lo sé —la interrumpió él, con tono comprensivo—. Lo de los robos de objetos mágicos te tiene absorta. No se habla de otra cosa. Todos están preocupados por ese tema... Y por ti.

Atenea tomó otro sorbo del vino, para evitar que salieran las palabras por su boca. No se trataban de robos, la muerte de Teresa y su familia se lo había confirmado. Eran asesinatos a sangre fría, de personas a las que ella había amado en cierta medida. Pero Atenea no iba a discutir. Su padre siempre tenía buenas intenciones para con ella, y nunca admitía que las pequeñas diferencias a sus ojos, eran grandes diferencias desde el punto de vista de Atenea.

—Me estoy haciendo cargo —replicó, con el tono más duro de lo que quiso.

Zeus le puso una mano en su espalda y la movió suavemente. Atenea sintió cómo los músculos de su cuerpo se relajaban gracias a las habilidades electroquímicas de su padre.

—Lo sé, mi niña. Pero no estás teniendo resultados en esos empeños, y no me gusta verte así.

—Estoy teniendo avances que...

—Sólo con ayuda de Hermes. —Zeus dio una carcajada muda como toda opinión—. Si tu séquito no es suficiente, puedo prestarte a mis héroes, o hacer que espías de Hera y hechiceros de Artemisa estén bajo tus órdenes.

Atenea lo miró, mordiéndose la lengua. Por ese tipo de cosas, los demás le resentían el claro favoritismo que Zeus sentía por ella.

—Gracias por el ofrecimiento, pero no. Yo me estoy haciendo cargo, lo único que necesito es tiempo y libertad.

Zeus endureció un poco su tono.

—Ya han pasado varias semanas desde lo del cinturón, y no has encontrada nada. No es solo tu responsabilidad, son dos de nuestros objetos mágicos más recono...

—¡Me importan poco el Cinturón de Hipólita y el Vellocino de Oro! —Explotó ella. Atenea se había movido para adelante, alejando su espalda de la mano de Zeus. Titubeó, pero finalmente se puso en pie y lo enfrentó desde esa altura—. ¡Se trata del asesinato de siete personas bajo mi protección!

Zeus frunció el ceño indignado, pero también preocupado.

—¿Siete? ¿Pero no eran tres héroes?

—No, son siete víctimas. Ayer asesinaron a otros cuatro.

Su padre frunció más el ceño, perplejo. Atenea se llevó la mano al puente de la nariz, sintiendo como la frustración la embargaba rápidamente. ¡Por supuesto que no lo sabía! Fuera como fuera que su padre lograba estar tan al tanto de lo que sucedía en el Panteón, la muerte de cuatro humanos jamás sería algo que la mente de Zeus filtraría como de importancia.

Segundos de silencio después, Atenea decidió que era hora de irse.

—Tengo mucho...

—La forma en que llevas tu acolitaje te está haciendo tener problemas. —Interrumpió Zeus, con tono acusador. Se puso en pie y le tomó la quijada con cierta ternura, endulzó sus palabras—. Tu apego a ellos no te deja ser objetiva con lo que está sucediendo. —Atenea miraba a un lado, sin aguantar verle a los ojos. Solo frente a su padre sentía esa extraña vergüenza de saberse en falta, de no estar a la altura—. Estás tan unida a los acólitos, que de seguro oyes todas sus oraciones hacia ti, y sientes sus dolores y penas... ¡Eso vuelve loco a cualquiera!

—He mejorado en filtrar mi empatía.

—¡No lo suficiente! —Zeus se dio un segundo para calmarse, y bajó la mano al cuello de ella, con suavidad. Volvió a hablar, casi suplicante—. Mira las evidencias, Ati. No hay otra cosa que una a las muertes de esos héroes, más que el robo de los objetos mágicos en su posesión. Y sea lo que sea que pasó ayer, debe ser un asesinato en masa que no tiene nada que ver con ésto. —Volvió en endurecer el tono—. Supe que crees que son ataques directos en tu contra... —La miró de una manera que a Atenea la hizo sentir pequeña— Por no controlar tu acolitaje, te duele mucho sus muertes y no piensas claramente. Nos empiezas a preocupar en verdad, y no quiero...

A ella se le habían llenado los ojos de lágrimas, de indignación y rabia contenida. ¿¡Así que eso era lo que creían!? ¡Que Atenea, la ama acólitos, por fin se había vuelto medio loca! Solo porque no le daba la gana mantener una distancia emocional y mental que, según ellos, era lo más prudente en cuanto a la gente que ponía su fe en ella... No pudo mantener las palabras dentro de su pecho:

—¡Cuando deje su adicción al sexo, podrá venirme a decir lo que le venga en gana sobre mi acolitaje! —Atenea gritaba enrojecida y dolorida—. ¡Yo era la patrona de esas personas, son mi responsabilidad! ¡Y yo voy a llevar la investigación como sienta que es mejor!

—¿Cómo sientas? ¿No es mejor decir «como sepas»? —Le retrucó él, mientras su aura eléctrica se propagaba, haciéndole erizar la piel a Atenea.

Ella no reculó, pero sí bajó el volumen de su voz y endureció el tono.

—Ya le dije, padre. Necesito tiempo y libertad. No tiene de qué preocuparse, yo me estoy haciendo cargo, como siempre. —Y desapareció.

Zeus se dio cuenta de que varios en la sala estaban poniendo atención a lo que había pasado y a él, esperando su reacción. No hizo caso a ellos, y en vez de hacer algo con respecto a Atenea, se encaminó hacia donde estaba sentado Dionisios rodeado de ménades, oniros y sátiros. El Dios de apariencia andrógina le tendió muy sonriente y como bienvenida, una copa en donde aparecía vino tinto.

La celebración volvió a seguir prácticamente como se venía dando, aunque algunas deidades que hablaban entre sí, cambiaron su conversación a centrarse en Atenea. Artemisa no fue la excepción y, de espaldas a Astrea y con su copa de oro frente a su boca, susurró:

—Una nueva prueba por la cual tenemos que actuar en seguida. —y tomó un sorbo del vino con ambrosía.

Astrea dio un leve bufido y decidió caminar hacia la gran mesa de comida, en donde Hetia, Afrodita y Hefesto hablaban entre sí, enfrascados y con tono preocupado.

Artemisa estuvo pronto a la par de Astrea y tomó un plato para coger de la carne, aunque lo que quería era seguir los movimientos de la Gran Juez. Como vio que nadie le prestaba atención a ellas, Astrea no temió en contestarle:

—Deja de presionarme. —era un susurro entre dientes, pero la otra le oyó claramente—. No puedo actuar si ustedes no hacen su parte.

La Cazadora cortó la carne en su plato con innecesaria fuerza. Retrucó con palabras dichas entre una quijada tan cerrada, que fueron difíciles de entender.

—¡Yo no tengo que hacer nada! Tú eres la que tiene que dejar de ser una pusilánime.

Astrea la miró de tal manera, que cualquiera hubiera reculado y pedido disculpas. Pero Artemisa no se iba a retractar. Ella ya no temía de la Gran Juez.

Astrea era una Diosa hermosa, por supuesto, aunque baja para los estándares divinos. Tenía una contextura delgada y etérea, cabello sedoso de color miel, ojos grandes y pardos, brillantes... Sin embargo, todos estaban tan al tanto de su historia y función, que nadie parecía reparar en que era una mujer menuda, sino en la forma fría en que miraba y su manera firme e impositiva de hablar y conducirse.

Durante varias centurias, Astrea fue la ejecutora preferida de Zeus y, en los tiempos de reconstrucción del Panteón se alzó contra Temis, su propia madre, y le arrebató el puesto de Gran Juez, relegándola a ser una diosa mediana. Artemisa y todo el Panteón sabía la clase de mujer que era Astrea, y por eso había ido en su busca... Para decepcionarte terriblemente con ella.

—Estás a punto de cometer desacatado.

La cazadora puso los ojos en blanco.

—Y tú a punto de ser una cobarde... —Artemisa hizo un ademán con la cabeza hacia la zona donde estaban los Tronos de los reyes—. Le tienes miedo, y por eso no has levantado un dedo para asestar el golpe de gracia a su bebé.

Astrea puso el plato en la mesa y le plantó cara. Su tono fue claro y neutral, y su aura como infinitos ojos juzgadores alrededor de la Cazadora.

—¡No, no he movido un dedo porque no confío en ti, Artemisa! Lo único que te importa es obtener más poder, y todo y todos los que compitan o se atraviesan en tu camino, terminan sacrificados... No puedo dejar de pensar que tienes pensado sacrificarme.

Artemisa abrió la boca para responderle de vuelta, pero la cerró con fuerza. Bufó y cogió su comida. Se alejó y topó con Ares y Enio que iban hacia ella. El Dios de la guerra ya estaba bebido y su hermana menor, la «destructora de ciudades», fungía como su copera con esa silente sumisión que siempre le profesaba.

—¿La viste? Es cosa mía o tenía lágrimas en los ojos —le dijo Artemisa, alegre.

Ares tomó un mechón del largo cabello rojo de Enio. Por alguna razón, su pelo siempre olía a sangre... Enterró la nariz en él y luego dijo, sonriendo.

—Y van a haber muchas más, Arti.

—El espectáculo ha sido muy satisfactorio pero... Hasta ahora he estado haciendo lo que me has pedido lo mejor que he podido, pero no he visto verdaderos resultados —comentó Artemisa, como de pasada—. Aún no me has dicho tu plan, y cómo termino siendo yo la nueva Diosa de la guerra con éste.

Esperó atentamente su contestación, pero Ares estaba tomando del vino de Dionisios y, cuando miró de nuevo a Artemisa, solo le sonrió con un brillo etílico y sádico en su mirada.

—Espera y verás. Sigue haciendo todo lo que te mando, no me molestes con tus quejas y posiblemente cumpla mi palabra.

Le tiró la copa a Enio, le mandó que se fuera como si hablara con un perro y ella, fielmente, le hizo caso. Luego, Ares fue hacia Dionisios; los que iban a participar en la orgía se estaban reuniendo. La celebración inicial estaba terminada... Artemisa titubeó un instante, pero decidió caminar rápido para volver a estar a la altura de Ares.

—Tal vez deje de cumplir mi palabra si no me dices lo que estás planeando.

—Tal vez te corte el cuello cuando menos lo esperes, si dejas de serme útil... —Y repentinamente, cambió el tema— ¿Nos acompañas a la verdadera fiesta?

Artemisa decidió que era hora de irse.

-o-

Al desaparecer de la Sala de Tronos, Atenea de repente se encontró en la vacía recepción central de La Social, sin saber siquiera que había querido ir ahí; pero la aparición nunca mentía. Sonrió con sorna hacia sí misma, se dijo valientemente que esa era una batalla que ya debía dejar de evitar, y fue a recepción. Una acólita humana la veía con los ojos muy abiertos.

—Buenas —vio el carné de la joven— Rossett, ¿está Prometeo disponible?

La pobre muchachilla no podía ni responderle, muy impresionada aún. Atenea no se extrañaba, ningún Doce Grande solía pasearse por ahí. Aunque La Social era de las instituciones más influyentes e importantes del Panteón, una de sus funciones parecía ser el disentir sobre diferentes aspectos, en cualquier campo que los Dioses desempeñaran. Por eso, para la mayoría de los Dioses mayores, La Social era un lío del cual se debía huir o atacar, y a Prometeo lo tenían por algo así como un loco excéntrico del que se puede esperar cualquier cosa.

Atenea estaba de acuerdo con eso último, pero lo hacía con una sonrisa de indulgente cariño. Ella valoraba mucho a La Social, y le daba a Prometeo el crédito que merecía por haber sido fundamental en cosas como normativizar las Nuevas Leyes, analizar las subculturas del Panteón y en el actual modelo de religión-estado. Ésto último había no solo afianzado su sobrevivencia sino que, poco a poco, les estaba haciendo recuperar algo de su antiguo poder.

Por eso y más, Prometeo estaba en la lista de los Dioses que Atenea pensaba que debían ser Doce Grande, aunque ni siquiera habían querido darle el epíteto justo de Dios mayor. Una de las razones por la cual Atenea era una leal aliada y protectora de Prometeo, era que las ideas que se le ocurrían y parecían una locura para cualquiera; muchos años después eran prácticas comunes, gracias al empeño del titán en hacerlas una realidad. La otra razón, es que habían sido consortes por varios decenios.

La relación terminó por varias razones, pero fue Prometeo el que decidió divorciarse. Y días después de su divorcio, el titán hizo un trato con Hebe para tener un ciclo vital prácticamente igual al humano. Un Dios que se separaba de la esposa que amaba y que decidió envejecer y sentir como los humanos... Una vez, se lo explicó diciéndole que «Mi destino es ser lo que soy, y tu destino no es estar a mi lado».

Definitivamente, en el fondo Prometeo era un excéntrico y loco impulsivo, que confiaba mucho más en sus instintos de lo que recomendaba el sentido común y la sobrevivencia. Pero Atenea había aprendido a confiar en el titán, y no temió ser un poco loca e impulsiva estando junto a él... No dejaba de ser irónico que Prometeo también fuera el que la hacía darse cuenta de las crudas verdades, cuando era necesario. Porque Atenea supo que esa era la razón por la cual había buscado a Prometeo. Estaba lista para que fuera su guía hacia esa verdad que no aceptaba frente a sí misma...

Cuando el sonidito de entrada de mensaje desgarró el silencio, la muchacha en recepción dio un respingo desproporcionado. Atenea le pidió disculpas con la mano y vio su teléfono celular. Tenía catorce mensajes sin leer. Típico, ya era un milagro que tuviera un poco de señal en el Olimpo. Atenea revisó por encima los mensajes, y leyó algunos. «Broom Mustang, Canadá. Mantícora intenta atacar a personera del IMI. Tienen que dormir a la bestia para tranquilizarla. Resultados de la indagatoria muy pobres». Llamaría a Mnemosine dentro de unas horas para ver si ella podría hacerlo mejor...

Aunque uno de los mensajes notificaba un posible accidente letal y, otro, un asesinato por pandillas; Atenea no sintió un vuelco en el corazón más que cuando leyó el nimio «Lance Hewlett, Canadá. Ha llamado varias veces». Licaón, pensó, y su boca se curvó en una cariñosa sonrisa; en serio que debió llamar demasiadas veces, para que las recepcionistas le filtraran el mensaje de quién creían que era un acólito común.

Atenea se dijo que no debería sentirlo como el más importante de todos los recados, pero no pudo evitarlo. Recordó con afecto la insistencia de Licaón en volver con ella a la casa de Teresa, y la manera en que había tomado con fuerza su mano cuando le dio su tarjeta; como si quisiera evitar que desapareciera dejándolo en su apartamento. Rememorar el abrazo reconfortante que le dio y en el que no temió llorar por Teresa, le mejoró mucho el humor... Y fue lo que hizo mandarse a no distraerse.

—Señorita, ¿Prometeo?

La muchacha salió de su estupefacción, cogió el teléfono y se quedó mirando los botones como si no recordara cuál era extensión a marcar... El de Atenea sonó otra vez. Cuando la Diosa vio de quién se trataba, sonrió mucho. Se alejó de la azorada muchacha y pulsó el ícono de regreso de llamada. Él contestó al instante.

—Imagino que el destino te dijo que te andaba buscando.

El Mensajero Alado me dijo lo que pasó ayer y quise llamarte, pero ya debías estar en la reunión... —contestó Prometeo— Así que aquí me tienes, un día más tarde de cuándo me necesitabas. ¿Vienes a casa y hablamos?

—Hecho. —Atenea colgó. Se volvió hacia Rossett—. Ya tengo mi respuesta, gracias.

Y desapareció. La joven abrió y cerró la boca, aún sin poder decir algo y sin dar con el número de extensión...

-o-

Prometeo vivía en una elegante y moderna casa de clase media alta, construida sobre juncos en los linderos de una playa, y pintada con colores cálidos. Él la recibió con los brazos abiertos. Se abrazaron y, cuando Prometeo fue a darle un beso suave en la boca como solía hacer, algo lo hizo cambiar de dirección y terminar dándoselo en la mejilla. Luego, al verle mejor el rostro, negó con cierta desaprobación.

—Necesitas vino y un masaje con urgencia.

—No puedo creer que hayas pensado igual que mi padre.

Prometeo realmente se sorprendió.

—Entonces, necesitas una sesión de entrenamiento urgente.

—¡Eso estaría mucho mejor!

—Pero es algo en lo que no te puedo acompañar.

Atenea dio un suspiro resignado.

—Solo dame el sofá más cómodo y hazme hablar...

Prometeo suavizó un poco la expresión y la abrazó de lado, mientras caminaban hacia la sala.

—Ya que quieres ir al punto: Teresa... —sugirió.

—Los asesinatos —corrigió Atenea, con firmeza—. Tienen solo una pauta en común: me han herido mucho por medio de mi acolitaje. Pero mi padre insiste, y creo que es lo que muchos piensan, que el factor común es que en los primeros robaron objetos mágicos.

Prometeo asintió, como si archivara el dato.

—¿Tú qué crees?

—Que él no tiene empatía para con los mortales pero que, objetivamente, tiene razón. Por más que yo piense que me están atacando, mi dolor emocional no debería ser una variable que valore demás... Las pruebas en su teoría son mucho más fuertes que en la mía. Tal vez debería verlo como robos y, el asesinato de Teresa y su familia, como una situación aislada a los tres primeros casos.

—Veo que lo tienes todo arreglado... —dijo él, aunque con un tono que ella bien le conocía. Atenea sintió relajarse al instante. Prometeo no estaba de acuerdo con su padre y tenía otra perspectiva en mente. Dos cosas que siempre podía esperar de él. Se sentaron en un sillón de mimbre.

—Y yo veo que esa idea no te cuadra del todo. ¿Por qué?

Él se encogió de hombros con cierto descaro.

—No lo sé, ya sabes cómo soy. Todo instinto y nada de pruebas. Pero por ti, intentaré buscar una razón.

—Te lo agradecería.

Prometeo bajó la mirada y Atenea se mantuvo en silencio, dejándolo «analizar el instinto» con tranquilidad.

Para darle su espacio, la diosa buscó con la mirada una entretención. De un lado de la sala había una pared y entrada hecha de vidrio; daba a una terraza de madera y, más allá, al océano embravecido de Australia, donde Prometeo había aprendido a surfear poco después de haber «renacido» a esa vida medio siglo antes.

Del otro lado, toda la pared y parte del techo y suelo estaba graffiteado con, por lo menos, seis estilos diferentes y sin ningún tema en específico para un ojo poco conocedor... Atenea, con una sonrisa, vio varias luchas que Prometeo y La Social estaban librando en ese momento.

Sin embargo, lo que logró que sus ojos se mantuvieran entretenidos, fueron las fotos desperdigadas sobre los muebles de mimbre o madera. En la mayoría de esas imágenes estaba Otto, la pareja que tuvo Prometeo por casi veinte años en «esa vida».

Frunció el ceño y dejó de sonreír. Atenea no entendía cómo Prometeo era capaz de alejarse de su familia sin muchas dificultades, cuando «moría» al final de un ciclo en que «jugaba a ser humano». Esa vez, el viudo desde hacía tres años era Prometeo; y Otto murió sin saber quién era realmente el hombre que conoció como Matthew Fromm. Atenea estaba segura que la vida personal de Prometeo, nunca llegaba a ser íntima cuando la vivía de esa manera...

—No te enojes conmigo Ati —pidió él de repente y aún pensativo—. En cierta forma, soy humano. Me gusta rodearme de la vida humana.

Atenea no se sorprendió de que él atajara su comentario antes de haberlo hecho. Prometeo entendía a los seres conscientes con increíble facilidad. Más allá que leerles la mente, sabía qué había dentro de ellos. A Atenea le impresionaba que alguien con tan profunda habilidad de comprensión, fuera tan cerrado cuando se trataba de sí mismo.

—O te escondes en esa vida —retrucó.

Prometeo la miró a los ojos y sonrió de medio lado, pero sin alegría.

—Lo de tu sufrimiento no es lo único que une a todas las situaciones. —Cambió el tema—. No has logrado dar con los perpetradores. ¿Cuáles son las posibilidades?

Atenea dejó que él eludiera la cuestión, porque sabía que Prometeo no hablaría de sí mismo más que cuando deseara hacerlo… Se acomodó en el respaldar y pensó detenidamente lo que le había comentado.

—No tan bajas como puedes crees —dijo finalmente—. La investigación de Seamus la llevó a cabo el D.S.I de Gran Bretaña. Creen que fue un golpe interno por parte de acólitos humanos, dado que el I.M.I no sintió rastros de auras y usaron un arma de fuego. No hay más pistas de importancia. Se sabía que Seamus iba a llegar de su misión con un objeto mágico monoteísta. Eso, en el mercado negro divino, representa mucho dinero y alguien pudo verlo como su oportunidad. Tener la información en tan corto tiempo y usarla para atacar sin testigos, no era fácil. La planificación tuvo que ser excelente... Pero el dinero no es el móvil, ninguno de los tres objetos ha aparecido en el mercado negro divino. Con Lita es diferente... Todas las situaciones lo son, y mucho. Ya hemos repasado esto antes...

Atenea había empezado a hablar con cierta desesperación. Prometeo entrelazó su mano con la de ella y se recostó en el sillón, acercando su rostro al hombro de la Diosa.

—El D.S.I Australiano sigue creyendo que la muerte de Lita fue cosa de los centauros —siguió él, alentadoramente—, pero porque las rencillas entre los centauros y amazonas nublan su punto de vista. Forte fue vista por última vez veinticuatro días antes de que se encontrara su cuerpo en la playa...

—Fue torturada —continuó Atenea, recompuesta—. Murió más o menos cuatro días antes de ser encontrada, pero el Cinturón de Hipólita fue robado al doceavo de haber desaparecido. El robo no puede ser el móvil. Sí, Lita debió darles la información para poder robarlo, pero la mantuvieron varios días más antes de ser asesinada. El I.M.I y sus adivinos no tuvieron visiones sobre ella, decían que era casi como si su aura ya no estuviera... Se hipotetizó de un campo de fuerza mágico contra los poderes del I.M.I, pero no se encontró el lugar en donde fue torturada todo ese tiempo. —Antes de seguir, Atenea tomó un poco de aire, sorprendida, y habló más rápido—: Con David, los del I.M.I sintieron solo dos auras en la escena, pero Licaón dice que hubieron tres seres... —Se permitió sonreír—. ¡Por los Dioses, Prometeo! ¡Ha estado escondiendo sus auras!

—¿Cuántas probabilidades...?

—¡Ínfimas! —se adelantó Atenea— Y con Teresa es igual, Licaón habló de un olor a hombre, pero los del I.M.I no encontraron auras. Creíamos que era un humano, ya que las suyas son las más irrastreables, pero... ¡Ese maldito está escondiendo las auras! Eso es algo que solo las más altas esferas del Panteón pueden permitirse, son hechizos complicados y muy específicos... —Atenea miró a Prometeo con una gran alegría— ¡No solo mi dolor une a todos los casos!

—¡Bien! —Prometeo le sonrió de vuelta, pero había seriedad en su mirada— Ahora, háblame de lo que realmente te tiene aquí.

Atenea dejó de sonreír al instante y, con una punzada de ansiedad, supo de quién hablaba; pero no quiso decirlo... Aunque Prometeo se lo imaginó apenas ella empezó a enrojecer y tener una mirada huidiza. Le dio unos segundos para tranquilizarse o hablar, pero cuando vio que Atenea no quería responderle, él rompió el silencio:

—Se trata de ese tal Licaón. Algo en tu mirada se dulcifica cuando piensas él. Por el nombre, asumo que es un licántropo... —la invitaba a hablar con su tono.

—Prometeo... —amenazó ella, nerviosa.

Pero él insistió.

—Aunque ayer murió Teresa no estás devastada, y eso que ella era una sustituta de madre e hija para ti. ¿Él te consoló?

¿¡Cómo Tártaro daba siempre en el clavo!? Atenea hizo un movimiento para ponerse en pie, sintiéndose acorralada, pero la presión que Prometeo puso en su mano hizo a la Diosa volverse a sentar.

—No estoy lista para hablar de... Eso. —maldijo su voz hecha un susurro.

—¿Por qué no?

Ella le miró, exasperada.

—¡Porque Ares está atacándome por medio de mis acólitos!

De la sorpresa, Prometeo se mantuvo en silencio por varios segundos; pero se recompuso con facilidad.

—Realmente sabes cómo cambiar el tema, luego hablaremos de ello... Pero debes aceptar que siempre hay algo urgente en lo que te tienes que enfocar. Si fuera por eso, nunca sería el momento justo. Cuéntame, ¿qué pasa con Licaón?

Atenea frunció los ojos y estuvo a punto de desaparecer, pero dio un suspiro derrotado y valeroso. Recordó que, cuando apareció en La Social, se había prometido no huir de ese enfrentamiento. Lo dijo con voz muy baja.

—Hay una buena razón por la que soy una Diosa virgen, y tú lo sabes muy bien.

—Lo que sé es que no eres una Diosa virgen, y que no tienes por qué serlo. —retrucó, severo.

Atenea sintió como una frustración nacía en su pecho y la hacía cerrar con fuerza sus puños, enojada... Mejor el enojo que ese hueco horroroso en el pecho, y el dolor de las lágrimas queriendo salir.

—¡No estoy hecha para estar en pareja! ¡Lo intenté con Hefesto y contigo, y pude ser feliz ambas veces, pero lo eché todo a perder! ¡La situación me sobrepasa y... No veo más salida que estar sola!

Prometeo meneó la cabeza; parecía enojado, pero eso nunca le quitaba sus maneras tranquilas.

—Olvidas estratégicamente que Hefesto amaba a Afrodita, y que ellos han sido la pareja más estable del Panteón en todo este tiempo. Por nuestra parte, yo fui el que arruinó el matrimonio. Lo nuestro no fue porque no debía ser.

«¡Otra vez él y su Destino!» gritó mentalmente, enojada... Pero, justo después, Atenea recordó las palabras que le dijo Delfos sobre Licaón. Se llevó las manos al rostro, como para hacerse un masaje. ¡Siempre supo que esa era la verdad que no quería enfrentar! ¿¡Por qué tenía tanto miedo!?

Prometeo le hizo compañía sin más, y no habló hasta que Atenea dejó de temblar y su respiración se serenó.

—Los licántropos son los seres más fieles que hay. Sí, tienen un instinto de pertenencia que tiene que ser puesto a raya, y su codependencia llega a ser enfermiza; pero si hay alguien que prefiera mil veces sufrir contigo que tener que vivir sin ti, ese es un licántropo. Jamás te dejará mientras viva.

Enojada consigo misma por sentirse más tranquila con esas palabras, Atenea dio una carcajada cínica.

—El emparejamiento licántropo es prácticamente una adicción.

—¿No lo es siempre el amor?

Ella negó con terquedad.

—Él y yo no nos conocemos, ¡Mi padre lo hibridizó y con justa razón! Y es el ser más impertinente e irrespetuoso que...

—¡Mucho mejor, los descarados te encantamos! Te somos refrescantes y muy interesantes —Ante la sonrisa juguetona de Prometeo, Atenea se indignó. Él suavizó su expresión, lleno de confianza—. Eres instintivamente sabia, Ati. Ya has dejado que llegue a tu corazón y si no fuera digno de él, no habría pasado.

—¡Dioses! ¿Es que te crees un Cupido o qué?

Prometeo sonrió entonces, destilando su gran encanto al saberse vencedor.

—Si lo tengo que ser para hacerte buscar tu balance, plenitud y felicidad, que así sea.

Ella se dejó suavizar por esa sonrisa y sinceridad. Luego, más seria y sonrosada, preguntó.

—¿Tu instinto dice que vaya a por todo, en verdad?

—Sin reservas. —asintió él, totalmente serio.

Atenea sintió que su cuerpo se relajaba, como si Prometeo le estuviera dando «permiso» de hacer algo, corroborándole que no había aspecto negativo en ello. Ella le miró con verdadera alegría, y bromeó.

—¿Ares me está haciendo la guerra, y tú me dices que vaya y me acueste con un licántropo?

Prometeo soltó su mano y le palmeó la pierna antes de ponerse en pie. Mientras hablaba, le había dado la espalda para ir a preparar unas bebidas. Habló unos segundos después.

—¡Eres una Diosa! Tienes la mente más espaciosa y ordenada que conozco, no tienes que dormir ocho horas al día, ni pensar en los tiempos de viaje de un lado al otro. Puedes hacer lo que desees sin problemas —estaba agachado frente al minibar, al parecer no podía decidirse por qué servirse—. Además, tú no vas y te acuestas, tú haces el amor.

Atenea se sonrojó... Ya lo sabría él.

—Casi no nos conocemos, no creo que lo que sintamos por el otro sea amor. Más bien... Mi celibato me ha afectado, y su nariz a él.

—¡Cómo alguien puede ser tan cínica e idealista a la vez!

Atenea dio una carcajada ahogada. Era una frase que ella le decía a Prometeo cada tanto, una broma interna. El titán cogió dos vasos y fue hacia la cocina, al parecer para lavarlos.

—Después de miles de años, creo que hago mucho con tener aún idealismo. —había alzado la voz, para que él oyera desde la cocina.

Prometeo habló un minuto después.

—Aunque no lo creas, las personas no tienen que conocerse centurias antes de iniciar una relación.

—Dado que tu relación de pareja más larga ha sido conmigo y después de centurias de amistad, tu experiencia debería decirte todo lo contrario. Eso del amor a primera vista, no deja más que un poco de cama y muchos quebraderos de cabeza... ¿Te ayudo con...? —Atenea ya se estaba levantando, cuando él contestó.

—¡No, no! ¡Hestia me libre de que tomes posesión de mi cocina!

Atenea puso los ojos en blanco y se sentó de nuevo en el sillón. Prometeo reapareció con los vasos y hielo. Fue al minibar y se decidió por un whisky.

—Eso lo dices porque tomas de ejemplo la vida sexual de Zeus, pero han habido buenas relaciones que iniciaron como algo pasional. Además, eres como yo. No te excita alguien a menos que te despierte verdaderos sentimientos, así que... —Estaba sirviendo las bebidas, aún de espaldas a ella—. Entre eso, lo apegada que eres a tus amores, el emparejamiento licántropo y mi instinto, pronostico un matrimonio de varias centurias. —Prometeo se tomó su trago de un sorbo, y se sirvió de nuevo.

Atenea estaba muy sonrojada como para responder nada. Eso le molestaba mucho de su cuerpo que, cuando se trataba de cosas íntimas en su vida, reaccionara como si fuera una quinceañera tímida; al menos hasta que se acostumbrara a ello.

Prometeo se había vuelto con una expresión neutral que Atenea asociaba con la calma antes de la tormenta. Le dio su whisky y brindó.

—Por tu nuevo amor y el fin de nuestra vida entre mis vidas.

Ella no brindó, más bien le dio un leve manotazo en el estómago. ¡Por los Dioses que era un pícaro socarrón!

—Sabes que lo que pasa en el limbo, se queda en el limbo...

—Entonces, porque siempre tendremos el Limbo.

Atenea sí brindó esa vez.

Así le llamaban al tiempo entre el final de una vida de Prometeo y el inicio de la otra. Con ciertos resquemores, Atenea se había dado a la idea que, por diferentes razones, su amistad a veces solía mezclarse con su relación de casados cuando Prometeo debía dar con su nueva vida. Parecía un caos en cuanto límites en su relación, pero en el momento parecía lo más natural del mundo, lo disfrutaban y habían aprendido a dejarlo ir... Todo lo que tuviera que ver con Prometeo en su vida era raro en retrospectiva, pero se sentía totalmente correcto en su momento.

Al igual que con Hefesto, y cuando Atenea se dio a la idea de su separación, siempre estuvieron cerca uno del otro, preocupados con sus preocupaciones y felices con su felicidad. Había logrado que sus dos maridos en el pasado, fueran dos de sus mejores amigos en toda su vida.

Prometeo había tomado su segundo trago, se sentó y empezó a servir el tercero para él. Atenea no había ni terminado el suyo.

—¡Ey, ey! Tranquilo, amigo, que si tomas mucho sí te puedes emborrachar.

Prometeo le miró con una de sus sonrisas enigmáticas, apuró el trago y se recostó en el sillón.

—Ahora a lo importante, ¿cuándo conoceré al afortunado?

Atenea puso los ojos en blanco mientras se sonrojaba.

—¿Qué tal si primero hacemos lo posible para que Ares no me destruya, y luego piensas en dar mi mano?

Prometeo ahogó una carcajada, y se irguió. Dudó un momento, pero terminó dejando el vaso en la mesa del té y a mirarla a ella, muy serio.

—Ares es un caso triste, pero sin remedio. Es un sádico legitimado y con gran poder. Hace mucho debió haber sido llevado a la justicia, o asesinado... ¿Por qué, simplemente, no lo matas?

Atenea le miró, extrañada. Prometeo no solía dar salidas violentas a los conflictos.

—¿Pero qué te pasa hoy? ¡No puedo matarlo, tengo un acuerdo de paz que me evita hacerlo! ¡Me quitaría parte de mi acolitaje y función con tan solo tocarle de pasada con mi puño!

—Otra razón por la cual Ares te está atacando por medio de los acólitos: no puede hacerlo directamente... Habla con Astrea.

—¿Con qué pruebas? Además, por lo que me dijo mi padre, parece que el Panteón no cree que estoy siendo atacada, y está cuestionando mi objetividad. Si voy con Astrea diciéndole que es Ares el que me ataca sin pruebas de peso... —Atenea negó—. No conseguiría nada de ella, y Ares estaría sobre aviso.

Prometeo lo pensó un instante, apesadumbrado.

—Si no lo dices, ataca porque se cree a salvo; si lo dices, ataca a otro acólito para provocarte… Entonces, ¿cuál es tu plan?

Atenea no tuvo reparos en contarle lo que había estado haciendo al respecto, en la importancia de Licaón como infiltrado y en la mantícora, como posible fuente de información. Prometeo la veía, muy sorprendido.

—¿Le estás dando una misión de esta envergadura a alguien que conociste hace menos de una semana, y que no está preparado de nada para esto?

—Sé que parece una idiotez, pero...

Prometeo rió, con grandes carcajadas, convulso. Tanto que Atenea pasó de la indignación a ser contagiada por él.

—¡Dioses, por fin sé cómo se siente la gente cuando yo les propongo mis ideas! Ati, se oye como una locura, pero tu instinto te dice que puedes confiar en él, claro.

Atenea lo pensó un poco. Recordó de nuevo a Delfos, y el carácter altanero pero seguro de Licaón. Sonrió con dulzura.

—Sí.

—Bien, ¿porque sabes quién podría ayudar con tu mantícora?

—Prometeo...

Pero él no hizo caso a su tono de negativa rotunda.

—... Un alfa como él. Sabes que los alfas no solo hacen sentir el mando y el miedo, también la protección. Tu mantícora reaccionó mal a todo lo que la hacía perder control: no bajó por el río, huyó despavorida por los tranquilizantes, intentó atacar a la personera del I.M.I cuando quiso introducirse en su mente. Tal vez solo necesitas hacerla sentir protegida en vez de drogada y manipulada, para que la humana en ella vuelva a la superficie.

Atenea asintió con la idea, pero algo había en Prometeo que la hizo fruncir los ojos.

—Tienes esa mirada de estoy planeando algo que...

El titán reaccionó con cierta indignación.

—Planeo ayudar a que derrotes a Ares de una vez por todas, y a una pobre mujer inocente que fue ilegalmente hibridizada.

Atenea sintió un leve golpe bajo, y llamó a Broom para saber cómo estaba la situación. Si no habían mejoras, y con los cuidados necesarios para mantener la tapadera de Licaón... Con probar, no perdían nada. Además, y no le costaba decírselo a sí misma, quería ver a Licaón y la tranquilizaba tener una buena excusa para hacerlo.