CAPÍTULO 16
No del todo contento, pero un poco más tranquilo por el trato que había hecho con Atenea, Acontes decidió despedirse con una reverencia de la Diosa, y le pidió a Mithra que también lo hiciera. Como el menor de los licántropos le hizo otra reverencia a Licaón, Acontes también lo hizo, pero no había convicción en sus maneras ni en el corto «Adiós» que le dirigió antes de que los dos salieran del servicio sanitario.
Atenea apretó un poquito más la mano de Licaón y le miró con cierta preocupación. Por la expresión vacía de su rostro, la Diosa imaginó que estaba pasando por un shock. No le extrañó, hasta a ella le sorprendió demasiado la llegada de Acontes, para Licaón debía ser mucho como para poder procesarlo. Le acarició levemente la mejilla con el dorso de la mano, y éste volteó a verla. Algo en su rostro y mirada se suavizó, y Atenea le devolvió el comienzo de una triste sonrisa.
—¿Qué tal estás?
Licaón no lo sabía, pero tampoco quería buscar una respuesta. Fuera cual fuera, no sería nada bueno y, tal vez, esa sensación de sedada confusión era la mejor manera de reaccionar al ver a su hijo de tan extraña manera. Además, vio en Atenea un azoramiento y preocupación por él que no quería sentir en ella.
—Ha sido... Inesperado. —Carraspeó y, aunque sabía que Atenea quería más respuesta que eso, él no estaba listo para darlo, así que cambió de tema—. Salgamos de aquí, ¿sí?
Atenea asintió y caminó hacia la salida. Como vio que Licaón la veía con cierta confusión, se explicó:
—No podíamos desaparecer. Los de la heladería están muy pendientes de nosotros. Obviamente, no sabrán la verdad, pero no queremos no-iniciados con pruebas para tener la mente más abierta —le susurró.
Frente a las miradas de los dependientes de la heladería, salieron de ahí. Caminaron en silencio por las calles. Estaba fresco y había una brisa de resabio salobre, ya casi no quedaba gente en la calle.
No hablaron en todo el camino, y dado que ella no los apareció en su apartamento como Licaón hubiera preferido, creyó que Atenea necesitaba un poco de aire fresco y espacio. A los pocos minutos, pudo oler que estaba más tranquila, pues ninguna emoción importante impregnaba su dulce aroma. Pero aún así no le habló, porque pudo ver, por la expresión ida en el rostro de ella, que Atenea aún necesitaba silencio. Imaginaba que estaba pensando, y dado que era la Diosa de la sabiduría, no podía ni intentar entender en qué tanto pensaba, así que la dejó hacer. Simplemente le tomó la mano con cariño, en un gesto protector, y le sonrió cuando ella le miró. En ese momento, todo resabio de incomodidad por el silencio se fue de ellos, y Atenea le sonrió un poco de vuelta.
Caminaron juntos al lado del otro, cada uno pensando en lo suyo y conectados por las manos, en un gesto simple pero a la vez, fortalecedor. Al cabo de unos minutos, Licaón sintió que su mente se despejaba y que empezaba a disfrutar del pequeño paseo. Ella parecía más tranquila también. No iba a preguntarle qué estaba pasando, o qué de todo lo que había estado pensando tenía que ver con la historia de las Niké y el por qué la alteraban tanto, o qué rayos había pasado con Acontes, con su esposa, con Prometeo, con ella, Ares y Minos, sus acólitos, él... Con todo lo que debía preocuparle.
Por más que tenía curiosidad, le importaba y le era realmente molesto no saber todo ni poder ayudarle; aún no era momento de presionarla, como Atenea no le había presionado en cuanto Acontes. No quería seguir arruinando su salida, y simplemente se dejó llevar por esa sensación tan placentera de estar con ella. Nunca la había experimentado antes, y ya creía que no podría existir sin sentirla de nuevo.
Cuando Atenea se acercó más a él, Licaón se permitió pasarle el brazo sobre los hombros al tiempo que ella le rodeaba la cintura, de lado. La sensación de tranquilidad se hizo más intensa. Tanto que, por más que su mente pensaba en la situación en que estaba, no dejó de sentirla.
Sabía que estaban en jaque. No sólo en jaque, sino en peligro. Si más gente de la deseada seguía descubriendo cosas acerca de él y de ella, y de los dos juntos, podrían meterse en un problema. Licaón no podría ser parte de la misión de espionaje a Ares, y Atenea estaría, de nuevo, sin una manera de lograr inculpar al maldito por lo que le estaba haciendo. Pero había más que eso. Si al Panteón parecía importarle tanto que ella le diera la atención requerida a esclarecer los asesinatos de sus Héroes, algo justo y necesario, ¿Qué pasaría cuando se supiera lo de ellos dos?
A Licaón realmente no le importaba los problemas en los que él mismo pudiera meterse, le preocupaba más lo que pudiera sucederle a Atenea. Ella no tenía la culpa de ser tan perfecta para él, y de que empezara a sentir que no podía pasar un solo día sin su presencia.
Era incómodo y molesto el ser consciente de que no sobreviviría una semana sin un beso o una caricia, o un día sin verla, escuchar su voz y sentir su esencia.
Eso le destrozaba anímicamente y le exaltaba a partes iguales. Era como un viaje sin fin en una maldita montaña rusa de emociones que de pronto le asustaba, porque todo apuntaba hacia la misma dirección: la quería, la deseaba. Se estaba enamorando de esa Diosa. ¡Estúpido, estúpido! Atenea respondía, pero, ¿Luego qué? Ella era una Diosa. UNA DIOSA. Los mortales no podían aspirar a más que retozar un poco con los Dioses.
Él no era un «mortal» precisamente, pero se sentía aún más indigno que nadie. Haber matado y cocinado a un niño sólo para probarle un punto a Zeus no le daba muy buena fama, y era de esas famas de las que uno nunca se podía librar del todo. Al menos él no podía olvidarse de eso. Jamás podría. Ni de eso, ni de su propio reflejo de monstruo sediento de sangre y hambriento de guerra... ¿Cómo podía Atenea estar con él, sabiendo su pasado, quién era realmente?
Sintió asco de sí mismo y un escozor le erizó la piel. Atenea se dio cuenta y le miró.
—¿Sucede algo? —le preguntó, preocupada.
Él se dio una cachetada mental, y cuando se enfocó en su aroma, no le fue tan difícil sonreírle.
—No, no pasa nada. Sólo estaba pensando, ¿Aún quieres quedarte un rato? Quiero decir, si no tienes a dónde más ir...
—Tengo a dónde ir —respondió Atenea, evocando en su mente los templos y los aposentos de sus amistades. Cualquiera de ellos podía darle asilo si no quería volver al Olimpo o estar sola. Sin embargo, aunque sabía que tenía mucho qué hacer, aún no quería dejar a Licaón. No había conseguido tener la paz, alegría y tranquilidad que necesitaba y quería. Sonrojándose un poco, completó su idea—. Pero quiero quedarme un poco más contigo. ¿Quieres que me quede?
¿Que si quería? Le hubiera rogado. Maldita dependencia.
—... debo tener café y una manta extra en alguna parte, para que duermas —comentó él, sonriendo también.
—Un té me gustaría mucho más, pero no tengo intenciones de dormir.
Licaón hubiera querido preguntarle entonces qué intenciones tenía, pero se quedó en blanco. La nariz le decía que ella estaba de mejor ánimo, y fue suficiente para apaciguarlo del todo.
Un rato más tarde, se metieron al ascensor del edificio y cuando él iba a presionar el botón, la Diosa le detuvo la mano y le sonrió con diversión. Las puertas se cerraron, y ella los hizo aparecer en el oscuro departamento, sin más.
Lo primero que hizo fue deshacerse de ese disfraz de rostro falso, y los rizos color cobre cayeron sobre su espalda en una cascada suave y espesa. La ropa que se apareció era más cómoda, y el aroma parecido a vainilla inundó libremente los sentidos del licántropo, que se acercó más a ella enseguida, cerca de su rostro y cuello.
Las luces del departamento se encendieron. Las armas, escudos y armaduras desparramados en todo el living habían desaparecido. Pero en ese momento, todo lo que quería en su nariz era la fragancia de vainilla de la Diosa, y un poco de paz. ¿Era mucho pedir pasar una noche tranquilo, después de todo lo que había estado viviendo en los últimos días?
—Así está mucho mejor. —observó él, felicitándola por volver a su «persona normal».
Atenea le miró, tan cerca uno del otro que su vista se desvió a sus labios, y Licaón sintió un poco de nervios por el calor que recorrió a su cuerpo. Se alejó un poquito de ella, y fue cuando Atenea pudo contestarle.
—Me apretaban un poco esos pantalones, me gusta más esta ropa. —la Diosa se rió, sus mejillas algo sonrojadas.
Él se quitó la chaqueta y le señaló la casa con los brazos abiertos.
—Ponte cómoda, te prepararé ese té enseguida —le dijo, con una sonrisa invitadora.
—Gracias.
Ella le devolvió la sonrisa, y desapareció sus botas y medias, le apetecía estar descalza. Él dijo «ponte cómoda», supuso que no le molestaría. Licaón se fue hacia la cocina y ella se tomó un momento para apreciar el lugar, con el suave murmullo de la ciudad como fondo. En realidad, nunca lo había hecho a consciencia, y no se había fijado en los magros detalles de decoración. Parecía amueblado por alguien que no tenía que ver con él. Se veía que era un departamento amplio para un soltero, muy grande y espacioso a pesar de tener sólo un dormitorio y que no parecía propio de un cartero.
En la antesala había una biblioteca con unos cuantos libros y lo más dominante era un rack de CDs bastante poblado; pero los colores, los muebles, los adornos... Nada de eso pegaba con Licaón. Era su casa, pero no se sentía como su hogar.
En el día y la noche que cuidó de Licaón, había conocido todo su departamento, menos lo que había detrás de una puerta en específico, a la cual no había entrado por estar cerrada. Pero en ese momento, la curiosidad fue mucha y se decidió a darse el gusto. Empujó despacio la puerta plegadiza que estaba a un lado de la espaciosa sala, y entró con cautela. Otro juego de sillones, junto a una mesa de noche con una lámpara y una biblioteca más amplia le saludaron. No tenía fotografías, ni cuadros, pero sí una ventana que tenía una vista al cielo entre dos pequeños edificios. Eso era mejor que las pinturas, unos abstractos que según su criterio del arte, eran horribles. Pero parecía el lugar más íntimo del departamento, incluso por sobre su habitación. Se adentró y caminó sobre algo mullido y suave. Se detuvo en seco. El cambio con el piso de mosaico frío en la planta de sus pies, respecto de la calidez que le provocó esa alfombra de piel blanca le hizo sonreír y estrujar los dedos, con diversión.
Atenea se agachó y pasó la mano lentamente sobre la alfombra. No, no era piel, era lana. Lana de cordero. Y por la forma irregular, era un cuero natural y no una alfombra tejida. Se dejó caer de rodillas sobre ese mullido colchón, contenta.
Licaón apareció en la puerta plegadiza con una taza de té humeante en la mano, y ella se volvió a mirarlo, con una sonrisa.
—Esto es tuyo, ¿Verdad? Quiero decir, es casi que lo único de esta casa que es tuyo en realidad. Todo lo demás no va contigo en absoluto, pero esta alfombra...
—No es una alfombra, exactamente. Lo traje conmigo desde Argentina, cuando vine a vivir al norte. Es un cuero de oveja patagónica. Es lo más abrigador que puede haber. Tenía un poncho de lana de vicuña, pero se deshizo con el tiempo —comentó él, y se acercó para ofrecerle la taza—. También tienes razón en lo otro. Esa alfombra, los CDs y los libros son lo único que tengo, todos los demás muebles venían con el alquiler. ¿Te gusta?
Atenea se estiró para recibir el té y asintió con la cabeza.
—Me encanta, ¡Es tan suave! Me recuerda al tacto del Vellocino de Oro. ¿Te sientas aquí conmigo?
Licaón no pudo ni quiso decirle que no. Se quitó los zapatos y las medias para no ensuciar la alfombra y se hizo un lugar junto a ella, en la comodidad de la piel. El living estaba casi a oscuras, pero él podía verla más que bien y le gustaba el tenue brillo dorado de sus ojos, la forma etérea en que su piel blanca y sedosa parecía resplandecer. Era tan bella. No pudo controlar el deseo de tocarla, y le rozó la mejilla con los nudillos en una caricia un tanto mezquina. La vio cerrar un poco los ojos mientras ella bebía un sorbo de té, y luego lo miró con curiosidad:
—¿Quieres hablar de… Eso? —le preguntó, con tiento.
Licaón se dijo que no quería, pero no podía ser desagradecido con su preocupación, así que lo pensó un poco, y de la confusión solo pudo sacar en que…
—Puede sonar estúpido, pero estoy algo preocupado por Acontes. Volver a verlo fue algo que realmente no esperaba. Tampoco esperaba que fuera así. De todos los posibles escenarios que alguna vez me he planteado, esto fue… En fin, es loco. Y estoy cansado de mis dos mil quinientos años de vida tranquila, como para preocuparme por ellos cuando… Y, además, ¿Después de tanto tiempo, y cuando él no quiere nada de mí? Es, complicado. Es como si, como si tuviera que ver con él y su vida y a la vez no pinto nada ahí. No sé cómo explicarlo, pero ¡En fin! —miró a Atenea e intentó relajar su expresión—. Sé que está en las mejores manos, aunque la situación parece ser muy difícil.
Atenea bebió otro poco de té y luego hizo a un lado la taza, la llevó con su poder hasta la mesita y la depositó allí. Oh, sí. Lo sucedido con Acontes pesaría, y pesaría mucho si no lograba darle al licántropo una solución que le dejara satisfecho. Tampoco podía hacer mucho, pero en honor al profundo lazo que lo unía con su pareja, quería hacer todo lo que estuviera a su alcance. Le pasó la mano por los hombros, acercándose un poco más, y le masajeó la espalda con cariño:
—Gracias por decirme cómo te sientes. —Licaón subió los hombros, quitándole importancia, pero ella insistió—: Haré lo posible por ayudarle, como se lo prometí. Y haré lo posible por ayudarte con lo que quieras al respecto de tu… Progenie.
—Gracias —Licaón no supo qué más acotar.
Hubo un silencio cargado entre ellos, que Atenea decidió romper.
—Y no estás cansado por tu edad, te lo dice alguien mucho mayor que tú, solo estás cansado porque aún no te has recuperado del todo —le dijo, y con cierta diversión, acotó—: Tal vez sí debería irme.
—¡No! —casi gritó él, y lanzó rápidamente el brazo hacia ella y la rodeó por la cintura, para detenerla—. No te vayas. Dijiste que querías quedarte conmigo y eso harás. Quédate.
—... está bien, está bien. No me voy. —convino la Diosa, apoyándole las manos sobre el pecho para poder mirarlo a la cara, y le sonrió para tranquilizarlo.
Él estaba pasando por los primeros síntomas del emparejamiento de los licántropos, la necesidad constante del otro. Ella también empezaba a sentirlo, junto a otras necesidades. Un nudo se le hizo en el estómago, y recordó la conversación que habían tenido en la heladería antes de que llegara Acontes, acerca del sexo. Él no quería. ¿O sí? No parecía que no fuera capaz de responder. Pero necesitaba darle su tiempo. Espacio. Comodidad. Tranquilidad. Acostumbrarse, aprender a soltarse.
A Licaón se le salió la pregunta que le rondaba la cabeza en un impulso:
—¿El emparejamiento es lo que lo hacía sentir tan dolorido?
Atenea se sorprendió un poco de que se lo preguntara, pero le contestó con tranquilidad y tacto, como si no se hubiera dado cuenta de que el temor no solo era por Acontes, sino por él mismo.
—Cualquiera estaría dolorido en la posición de Acontes. Su esposa va a morir pronto, y ella es su pareja desde hace mucho tiempo. Él simplemente está decidido a no dejar que eso suceda, la ama demasiado.
—¿Es así? —murmuró él— ¿Es tan terrible como Acontes lo describió?
Atenea le pasó despacio la mano por la mejilla, con una expresión acongojada:
—El emparejamiento hace el amor más… Fuerte, más corporal y sí, es muy doloroso para ellos. —Era una verdad que debía conocer, y se la dijo con el mayor tacto que pudo en su voz—. En tiempos antiguos, antes de que La Social empezara a trabajar con los licántropos, varios de los machos que perdían a sus hembras se alejaban de todo y de todos y morían de tristeza. Ahora están trabajando con ellos, para ayudarlos a sobrellevar el dolor —le explicó, eligiendo muy bien las palabras—. Y eso sucede porque son parejas muy especiales. El emparejamiento sólo se da entre un macho y una hembra compatibles entre sí, el flechazo es instantáneo y muchas veces, basta con que uno de los dos capte el olor del otro. Es algo que le ocurre sólo a los licántropos; ya sea macho o hembra, son capaces de sentir esa conexión con su pareja compatible y resulta que esta pareja puede ser de cualquiera, no necesariamente otro licántropo.
»En el caso de los machos, no solo se trata del amor de una compañera con la cual tener una familia, sino de encontrar un balance entre sus instintos animales y la conciencia humana. La pareja femenina parece ser necesaria para que estos instintos se tranquilicen y canalicen.
»Los que más sufren son los que se emparejan con humanos ordinarios, claro. Sus diferencias eventualmente terminan separándolos, en muchos casos. La Social trabaja para hacerles ver a los licántropos que la vida no se termina tras la pérdida del compañero, que pueden seguir adelante y encontrar otra pareja compatible. Prometeo me ha dicho que lograron reducir bastante el índice de muertes en los últimos quinientos años.
—Vaya. No tenía idea de que fuéramos tan complejos.
—¿Nunca has experimentado nada parecido?
Licaón negó con la cabeza, y aunque quiso decir que «nunca había experimentado nada como eso hasta que la conoció a ella», pero la pregunta que más deseaba hacer estaba impresa en el rostro de él, y Atenea podía leerla claramente: «¿Me va a pasar lo mismo a mí?» parecía decir, «¿Esto es lo que me estás haciendo?». O más bien, era: «Si sigo pensando en ti de este modo, ¿Terminaré como Acontes algún día, me dejarás?».
La Diosa trató de no angustiarse mucho en su presencia, sabía que el olor de sus emociones la delataría y lo que menos deseaba era hacerle daño a Licaón. Había acudido a él para pasar un buen rato en su compañía y hasta la llegada de Acontes, lo habían disfrutado mucho. Se percató de que en algún momento en lo que ella le explicaba lo que sabía del emparejamiento de los licántropos, Licaón le había tomado la mano y le hacía unas caricias inconscientes con el pulgar, en la palma. Atenea tragó saliva, le peinó ligeramente hacia atrás unos cabellos rebeldes y se acercó para dejar un beso sobre su mejilla, muy cerca de sus labios.
—El otro día dijiste que parecía que me estoy emparejando contigo —comentó Licaón, con un suspiro cauteloso—. ¿Qué tan serio crees que sea eso? ¿De verdad crees que es así?
—Bueno, te sientes atraído por mí y a mí también me atraes. Tendríamos que hacer algunas pruebas para estar más seguros de otras cosas, pero tranquilo. Tú eres el Primer Licántropo, Licaón. Has vivido de este modo por cientos de años sin convertirte totalmente en el animal, ni perder la cordura. Tal vez la mecánica del emparejamiento sea diferente para ti. Cuéntame, ¿Tuviste alguna pareja, desde que te separaste de tus hijos?
Él frunció el ceño y la miró de mal talante:
—Por supuesto que no. No puedo —declaró, en negación rotunda—. ¿Qué mujer en su sano juicio aceptaría a una criatura como yo en su vida?
—¿Por eso en el templo de Delfos rechazaste a la musa, cuando se te ofreció?
Él puso los ojos en blanco y se apartó un poco, pero no dejó de abrazar la cintura de Atenea ni de acariciarle la mano, y ella agradeció que no rechazara su contacto. La miró con una seriedad más que mortal a continuación y escupió, con un gruñido hueco:
—¿Volvemos al tema del sexo?
—No se trata sólo de sexo, también de intimidad —explicó Atenea, con una sonrisa, y le masajeó de nuevo el hombro herido—. La confianza, la confidencia y la compañía de una pareja. ¿Tuviste algo parecido a la intimidad?
—No.
La Diosa parpadeó, asombrada:
—¿Quieres decir que has estado los últimos dos milenios y medio sin amistades, parejas ni sexo?
—¿Por qué es tan difícil de creer? —resopló Licaón, un poco irritado.
—Porque los instintos de tu gente son muy fuertes, y... y... —ella se sonrojó y carraspeó.
Y se decía a sí misma célibe. Sí, hacía alrededor de más de dos mil años que no tenía una pareja estable, pero ella también tenía sus necesidades y de vez en cuando se daba un gusto. Claro, Atenea no tenía sexo con cualquiera, ella buscaba hacer el amor. Por eso, en el «limbo» entre vidas de Prometeo, a veces lo hacía.
No quiso decir que le parecía increíble que el celibato de Licaón fuera tan literal, sino que, conociendo los impulsos y las ansiedades de una raza tan instintiva (y a veces primitiva) como los licántropos, se le hacía imposible creer que no hubiera «explotado» en alguna oportunidad.
—Quiero decir, ¿Cómo has podido soportarlo?
—Con miedo, ¿Vale? ¿Podemos hablar de otra cosa?
Licaón cerró los ojos y trató de controlar su respiración. Sabía el monstruo que había sido, que no solo había comido a personas, que también había mancillado mujeres siendo esa terrible bestia. No, no podía arriesgarse, y nunca lo hizo. Había llegado al punto de no sentirse «tentado» desde hacía centurias. Hasta que llegó Atenea y, con ella, el miedo a sí mismo, ese asco aterrador.
Atenea apretó los puños. No era exactamente la forma en que hubiera querido hacer aquello, pero Licaón no se mostraba muy cooperativo y aunque ella sabía que necesitaba entenderlo y aceptarlo antes que acosarlo, de verdad... De verdad quería ayudarlo, y ayudarse a sí misma.
Decidió pensar en ello como un caso más. Tal vez, darle un enfoque profesional haría que fuera menos vergonzoso para los dos. Entendía que Licaón no quería dejarse llevar, porque temía que sus instintos y parte «animal» se descontrolaran. Pero no debía temer, Atenea estaba casi completamente segura de que un licántropo que logró el autocontrol que tenía Licaón sin pareja y sin manada, no debía temer de él mismo. Solo, tenía que hacérselo ver. En seguida, se le ocurrió una idea que le hizo sonrojar. ¡Qué ridículo! ¡Ella era una Diosa griega! Su padre prácticamente había inventado las orgías y ella sabía muy bien cómo disfrutar de sus parejas, ¡No podía ser que estuviera temblando y sonrojándose como una niña, en presencia de un hombre que en su vida humana había tenido más de cien hijos biológicos! Y diciéndose eso, se convenció de seguir su estrategia.
Así que Atenea carraspeó e insistió, con más aplomo:
—A ver, Licaón. Está bien, no somos unos niños precisamente. Imagino que has estado con... Expertas en el sexo, entonces.
Él dio un respingo, como si ya no estuviera lo suficientemente tenso.
—¡No! ¿Cómo...? —Licaón la miró, con un gruñido en el pecho y enseñándole los dientes inconscientemente—. No quería tener... ¿Por qué pagaría por hacerlo?
—¡Lo siento, lo siento! —Atenea se regañó mentalmente, y acercó su rostro a él, para que la pudiera oler mejor mientras acariciaba una de sus mejillas—. Entonces, hiciste una clase de promesa personal...
El cambio en su aroma alertó a Licaón. Ahí estaba pasando algo, y no sabía si...
—... eso es asunto mío. —le contestó, con un gruñido parco y rabioso.
—Pues, ahora es asunto de los dos, ¿No crees? —ella le sonrió, con ternura.
Después de todo, ¿No iban a intentar tener «algo» juntos? Licaón gruñó de nuevo, y esa vez sí que intentó apartarse. La Diosa, sin embargo, le sostuvo por la barbilla y lo obligó a mirarla. Ella trató de mantenerse lo más firme y relajada posible, para hacerlo sentir cómodo. Licaón se quedó quieto, pero no tranquilo.
—¡Claro que no! Es mi vida privada. —rebatió él, con una carcajada nerviosa.
Bien, al menos no estaba tan enfadado. Atenea sonrió más, y empezó a desprenderse con una serie de movimientos lentos y cómodos la camisa que llevaba, hasta dejarla abierta sobre su cuerpo. Había tenido la precaución de desaparecer primero la camiseta que llevaba debajo, de manera que cuando todos los botones estuvieron sueltos, su piel quedó al descubierto y la faja blanca del sostén. Logró el efecto deseado.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, casi sin voz, con la mirada perdida en el blanco de la faja y la suave (apetitosa, saboreable, increíble) piel divina que podía ver— ¿Por qué te has abierto la ropa?
—Sígueme la corriente, Licaón. Mi última vez fue hace unos cien años y... —Pero Licaón la miró, con los ojos muy abiertos, entre la sorpresa y el espanto.
—¿¡Pero, cómo... Tú no eras...!?
—¿Virgen? —Terminó la pregunta por él, dado que no parecía poder decir la palabra. Ella se sonrió, entre divertida y avergonzada—. No lo soy.
—Pero, ¿quién...?
Atenea frunció un poco sus ojos amarillentos.
—Dos personas en más de cuatro mil años de vida, ¿y tú?
Licaón bajó la mirada. En su vida humana había tenido muchas esposas y amantes. Y, aún cuando no tenía la potestad moral para preguntarlo, un impulso en todo su cuerpo le hizo hacerlo:
—¿Quiénes?
—Eso no importa, porque ahora mismo estoy contigo y no con ninguno de ellos dos.
—Entonces, ¿siguen vivos? Pero, es que ¿cómo no sabía? ¿Quiénes son? —Licaón la miró con una expresión tal de preocupación, que Atenea terminó aguantando una carcajada—. ¿Qué? ¿No es gracioso?
—Un poco como que lo es.
—¡No te rías de mí! —Pero lo dijo con un tono mucho más relajado, contagiado por ella.
—Insisto, eso está en el pasado.
—No tanto si hace cien años tuviste... relaciones con uno de ellos.
—Es asunto mío en ese entonces —le dijo, con un poco más de firmeza—. Pero como ahora es nuestro, te prometo que no volverá a pasar.
Licaón la miró a los ojos, y no pudo más que creerle. ¡Dioses, no tenía idea de lo tanto que ya confiaba en ella! Pero, también vio algo más, una exigencia, que igualara las condiciones. Tragó saliva y dijo:
—Intentaré, con el tiempo y la costumbre, podré...
—¡Bien! —dijo ella, entendiendo lo que quería decir.
Atenea rió y se acercó a Licaón para desprenderle la camisa. Éste dio otro salto cuando lo tocó, pero ya era tarde: el dulcísimo aroma de la Diosa lo había cautivado, y se dejó hacer hasta que ella terminó con todos sus botones, arrodillada delante de él. No sabía qué hacer con las manos. El corazón empezó a latirle a toda velocidad, y ella no podía ser más bella y accesible en ese momento. Se fijó por un momento en sus senos, pequeños pero notorios, y...
Trató de no respirar, pero era inútil. Ella lo seducía sin querer, y directamente por ósmosis.
—Vamos, ya te he visto sin camisa, ¿recuerdas? —dijo Atenea, con voz relajante, y acariciándolo en el pecho con una mano.
—Pero no me la quistaste... Así.
La Diosa acercó su rostro al de él, y mirándolo a los ojos se desvió para besarle en la comisura de lo labios. Licaón cerró los párpados, y ella pudo sentir como respiró su piel, pues se le erizó y calentó en seguida.
—Cuando los Dioses hacemos las cosas a la humana —comentó, mientras acaricia sus manos por los hombros, quitándole la camisa—, es porque nos queremos recrear en ellas. Así, todo tiene más valor, se disfruta mejor.
Licaón movió un brazo y luego el otro, para que las mangas salieran y así pudiera quitarle la camisa del todo. Atenea la dejó en el suelo, y por un ínfimo instante pensó en doblarla, pero no lo hizo. Podía ver la mano grande y varonil de Licaón, y no tuvo otra que sentirla con su palma, subiendo el brazo con una caricia tenue que llegó hasta el pecho y el corazón que, Atenea sintió, iba más rápido de lo común. La Diosa se congratuló por dentro, tal vez con cierta vanidad, aunque se dijo que debían hablar un poco más antes de seguir con su estrategia.
—Debe ser difícil para ti, con tu olfato y tu instinto. Cuando hay hembras en celo cerca, me imagino que debes volverte loco. He observado un poco a otros licántropos, y sus instintos sexuales son muy intensos, no son muy buenos controlándose en su forma humana. Los que no tienen pareja la pasan peor. ¿Qué haces tú? ¿Te masturbas muy seguido cuando llega la primavera?
Esa última pregunta rompió el hechizo, y Licaón parpadeó rápidamente, furioso:
—¡Atenea! ¿De qué estás hablando? ¡Jamás haría algo así!
—Todo el mundo dice que no lo hace, pero...
—¡Por todos los Dioses, claro que no! —él se enojó aún más y se levantó sobre sus rodillas también, agarrándola por los hombros para que se quedara quieta— ¿No lo entiendes? ¡No puedo! ¡No puedo ni pensarlo! ¡No sé qué pasará! ¿¡Y si lo intento, y si trato de tener sexo contigo y me transformo a la mitad!? ¿¡Qué pasaría entonces!? ¡No podría controlarlo! ¡No puedo! ¡Aún no! Necesito... necesito estar seguro de que no irás a la cama con una bestia, ¿Lo entiendes? Yo...
Atenea intentó rebatírselo varias veces, pero Licaón ni la oía. Así que ella lo abrazó, aún a pesar de que él se resistió al principio. Lo abrazó y le besó la mejilla, le acarició la nuca y la espalda con los dedos. Licaón dejó de hablar, cerró los ojos, la olió, acercando su rostro al cuello de ella. La apretó entre sus brazos, sintiendo la presión de su pecho al respirar y los latidos acelerados de su corazón.
Atenea esperó hasta que su respiración se normalizara y la fuerza en que la apretaba fuera menor. Iba a ser difícil, pero quería intentarlo. Nadie decía que debían ir a la cama todavía, necesitaban establecer otras cosas primero.
—No eres capaz de hacerme daño. Tienes el mayor autocontrol de todos los licántropos que conozco. No te vas a convertir. Además, no podrías hacerme daño aunque quisieras. —la Diosa alzó la voz, y su tono dominante hizo que Licaón se serenase, su influencia de hembra funcionó: otro síntoma del emparejamiento. Un licántropo emparejado casi siempre ponía a su pareja por sobre todas las cosas, y eso algunas veces implicaba obedecerla a ella antes que a su alfa. Cerró los ojos con fuerza y lo abrazó mejor, el calor de sus pieles en contacto le resultó reconfortante y crudo a la vez, le dejó la mente en blanco—. No quiero hacerte daño ni incomodarte, quiero que probemos algo. ¿Confías en mí, Licaón? Quiero que estés cómodo conmigo, que podamos estar juntos, ¿Entiendes eso?
Él gruñó su respuesta, y Atenea esperó un momento más antes de soltarlo.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó él, en un gruñido ronco.
—No quiero acostarme contigo ahora, no así; pero me gustaría experimentar con la intimidad. No será nada sexual, te lo prometo. —ella volvió a sonreír, más relajada, y le puso la mano sobre el centro del pecho, el calor de su piel desnuda le abrasó la mano—. Tranquilo. Sólo es... tú y yo, aquí, juntos. Hablando, disfrutando de la compañía del otro, sin pensar en nada más. ¿Confías en mí?
Licaón la miró un momento, con desconfianza. Pero el roce de esa mano en su pecho era...
—Licaón, ¿Confías en mí?
—Sí, princesa. —le respondió, vencido, y dejó caer los hombros y se sentó, embriagado por su esencia de vainilla y mujer— Confío en ti. ¿Qué tienes en mente?
—Sígueme la corriente, nada más.
Él asintió con la cabeza, con un suspiro, y la sonrisa de Atenea le hizo sentir mejor. No estaba muy seguro de hacer nada, pero sí de que ella no lo iba a dejar en paz hasta que lo hiciera. Prefería con mucho estar con ella así, que discutiendo.
La Diosa quiso recompensar su buena conducta y se acercó para besarlo, con alegría. El licántropo respondió de buena gana, extasiado por el sabor y la suavidad de su boca, con los sentidos completamente dominados por la presencia de ella. Atenea se desapareció la camisa mientras acariciaba su quijada, y también el sostén cuando acariciaba su lengua con la de ella, los pantalones, la ropa interior...
Cuando Licaón se dio cuenta de eso, llevaba un buen tiempo besándola y recorriéndole la espalda y la cintura desnudas con las manos. En su mente obnubilada, se había dado cuenta de que sus manos no se topaban con la blusa y, luego, tampoco con el sujetador, sino con la piel caliente y tersa de ella. Pero fue solo cuando se separó de sus labios para tomar un poco de aire, que vio su piel y hasta sus pechos. Gruñó fieramente, mostrando los dientes a la belleza desnuda que tenía arrodillada frente a él, y vociferó:
—¡Pensé que dijiste que nada sexual!
Atenea se sonrió y le acarició la mejilla con el dorso de la mano, el cabello le cubría uno de los pechos, pero Licaón no pudo evitar mirar hacia el pezón rosado y más abajo de su vientre, las caderas femeninas pero estrechas y los pequeños rizos cobrizos que...
Algo palpitaba, y no era justamente su corazón. Pero, ¿Qué ideas demenciales tenía esa bruja?
—¡Tranquilo! —volvió a insistir la Diosa, con buen humor— ¿Puedo pedirte que pasemos un rato así, desnudos? ¿No es la mejor manera para que te vayas acostumbrando? Sólo en compañía del otro, relajémonos, descansemos, hablemos. ¡Anda! No quiero nada más. Intentemos esto, es el primer paso.
Él tampoco notó cuándo ella le desapareció la ropa que le quedaba, hasta que la piel se le puso de gallina por el aire fresco y se vio desnudo también. Sin embargo, no sintió deseos de cubrir su cuerpo, sino ira. Una ira que ella le apaciguó fácilmente con su sonrisa comprensiva y adorable, como su mirada. Atenea le tomó las manos y lo llevó despacio a recostarse de lado en la alfombra de piel de cordero, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Pudo sentirlo, algo había cambiado. Era completamente vulnerable y estaba más expuesto que nunca en toda su vida, pero en ese momento le parecía que Atenea tenía completo control de su cuerpo y su mente. Aquella sensación de entrega tan absoluta le era ajena. Ella lo miraba con ternura, y Licaón podía verla a la cara sin pensar en otra cosa excepto en el privilegio de su presencia.
Todo su cuerpo temblaba, con los músculos atenazados por la tensión, pero no dolía. Esa vez, el deseo no dolía, aunque seguía ahí dentro, pero no como una exigencia.
Licaón apoyó un codo en la alfombra para sostenerse la cabeza erguida, y observó cómo ella se echaba de lado como una gata apenas a un palmo de distancia, e imitaba su postura. Cruzó las piernas con delicadeza, las rodillas de ambos se tocaban. Él aspiró el aire sin esfuerzo, complacido. El olor de la hembra era tan dulce, tan suave, tan tranquilizador...
Y pudo verla, a ella y a su desnudez, sin sentir más que dicha. ¿Cómo lo hizo?
—Mi princesa bruja —murmuró, y estiró la mano libre para mover los cabellos de Atenea, pasándoselos detrás de la oreja. Le dibujó el contorno de la mandíbula, el cuello y la clavícula hasta detenerse en su hombro, la piel bajo sus dedos era increíblemente tersa, piel de Diosa—. ¿Qué te dije antes sobre aparecerte en las casas de la gente y quitarles la ropa con tu poder?
Atenea se rió, más feliz aún, y le acarició el brazo, desde el hombro hasta el codo.
—¿Es tan terrible pasar un rato desnudo conmigo?
—No es tan terrible, te lo reconozco. Puedo disfrutar de la vista hasta que se me quemen los ojos, tu belleza encandila.
La Diosa se sonrojó un poco, y el aire olió aún mejor. Excitación. Licaón apretó la mandíbula.«No lo arruines ahora», se dijo. «No pienses en sexo».
—Realmente no soy considerada una Diosa bella como las otras —se explicó ella, con una sonrisa tímida pero halagada—. Pero me alegro que hayas aceptado. La vista de este lado tampoco está nada mal. Me gusta.
Se sentía tan cómoda, ¡Por los Dioses! ¡Pudo decir eso sin enredarse ni ponerse nerviosa! Y de hecho que la vista no estaba nada mal, pero ella ya sabía eso. Él era un licántropo y ellos solían ser altos, musculosos y bien proporcionados, de cuerpos sólidos, desarrollados naturalmente para ser pesados y fuertes, impresionantes. Atenea supuso que dentro de los estándares de belleza de los Dioses, Licaón podría haber rivalizado tranquilamente con el mismo Apolo. Tenía una belleza pródiga y clásica que resultaba ser su mayor maldición; no fraternizar y amar eran castigos autoimpuestos. Suspiró despacio, mientras lo recorría con la mirada. ¡Oh, por supuesto que se le antojaba mucho besar cada centímetro de esa piel y chequear con sus propios dedos la dureza de cada músculo!
Pero eso tendría que esperar. Los ojos azules y vivaces del licántropo estaban sobre ella, observando cada uno de sus movimientos, y Atenea volvió a sonrojarse; el silencio resultaba asfixiante cuando había tanta tensión por liberar en el aire. Se acomodó mejor el pelo para que la viera totalmente. Lástima que sus senos fueran tan pequeños. Se preguntó si a él le gustaban las mujeres con mucho busto.
—Me gusta cómo hueles. Parece que ahora lo entiendes, ¿Verdad? —siseó él, y se inclinó un poco hacia ella, apenas un escaso centímetro de aire caliente separando sus bocas— ¿No lo ves? Es imposible que estemos así, tan cerca uno del otro, y no pensemos en besar, lamer, morder y poseer. Es inútil, Atenea. No puedes confiar en la nobleza de un monstruo.
—... ¿Estás molesto conmigo? —preguntó ella, indecisa.
Quería besarlo. Pero si hacía eso, temía romper la serenidad instalada y echarlo todo por la borda, Licaón por fin estaba aceptando esa intimidad y adaptándose a ella.
—No estoy molesto contigo. Tengo encima una frustración sexual de tres mil años de edad, pero no puedo enojarme contigo. —suspiró, y cerró los ojos cuando su frente hizo contacto con la de ella, y todo su cuerpo tembló en la ansiedad de su cercanía— Te deseo, y me tientas. Princesa, esto es muy cruel. Me ofreces la miel cuando sabes que no puedo probarla. Y realmente te quiero, pero ahora mismo me cuesta mucho seguir tu plan.
Y de hecho, así era. Ella sólo tuvo que desviar los ojos un poco más abajo, y se dio cuenta de lo que él estaba insinuando. Bien, era capaz de traducir el deseo sexual en una forma física en su cuerpo, Atenea se sonrió para sus adentros inmensamente complacida, ¡No era incapaz de desearla, y su cuerpo no la rechazaba! Su olor debió delatarla, porque él se rió y movió el codo que lo sostenía ligeramente erguido para dejarse caer de espaldas en la alfombra de piel. Flexionó una pierna para que la intensidad de su urgencia no resultara tan evidente para ella, y cruzó un brazo detrás de su cabeza.
—Todo el cuerpo me tira hacia ti, princesa bruja, pero no puedo. No insistas, no voy a ceder. Hoy no.
Lo dijo casi con dolor. Debía ser desgarrador para él, estar tan aterrado que la negación era la única salida que le encontraba a su dilema. Sin embargo, Atenea se había quedado con una idea anterior a ésa:
—¿Qué fue lo que dijiste? —le preguntó Atenea, repentinamente con un nudo atravesado en la garganta— ¿Dijiste que me quieres?
Licaón miró a su alrededor y se encogió de hombros, sarcástico.
—No veo a nadie más aquí, supongo que yo lo dije y tú lo escuchaste. He dicho que te quiero, no que te amo. No te hagas muchas ilusiones.
—Licaón, Licaón... —gimió Atenea, contenta— También te quiero.
Ella no cabía en sí de la alegría. El dulce olor a vainilla se hizo aún más potente, y la Diosa se lanzó sobre él para besarlo, entre risas y lágrimas. No estaba preparado para recibirla, pero tampoco la rechazó: Licaón la envolvió en sus brazos, la subió sin prisas sobre su pecho y se permitió besarla en retorno, besar su barbilla, su mandíbula, su garganta, su clavícula, el estrecho valle entre sus senos e incluso, uno de ellos. Sabía tan bien como olía, y sentir como su pezón se endurecía ante su lengua, o la manera en que su corazón palpitaba, la piel se le erizaba y la respiración se le hacía más rápida... Usó los labios, la lengua, los dientes, los cinco sentidos y todos aquellos sentidos ocultos, sólo dedicándose a ella y a complacerla aunque fuera en algo tan nimio como unos besos. Y no fue como antes, no sintió una devoradora urgencia por poseerla, el fuego quemante de un deseo animal y rabioso que hacía latir su corazón con la potencia de un tren, sino que... Eso fue nuevo. Otra vez, eso fue nuevo. Pudo besarla, tocarla y acariciarla sin temer por él mismo, sin sentir que dejaba de ser él. Sin pretender nada más. No podía decir un milagro, pero era algo asombroso.
Atenea volvió a buscar sus labios, y de nuevo entre risas lo besó y le mordisqueó la boca, él hizo lo propio con sus colmillos. ¡Qué bien se sentía el calor de su piel, la fuerza de sus brazos alrededor del cuerpo! Sus piernas enredadas, sus alientos mezclándose, ¡Eso era felicidad pura, sin dobles intenciones! Intimidad, algo tan puro y simple que ella llevaba mucho tiempo sin tener, y que él había tenido miedo de experimentar desde que era un licántropo.
—Apuesto a que tus sentidos te dicen muchas cosas, ¿No es así? Te son muy útiles en momentos como estos —comentó la Diosa, con una sonrisa.
No se atrevió a apartarse de él. Le gustaba estar estirada sobre su cuerpo, con sus brazos rodeándole la cintura y sus pechos rozándole los pectorales. Estaban hechos para encajar en el otro sin más, ¿Eran tan compatibles como para que él tuviera los síntomas del emparejamiento? Eso sólo significaba una cosa: fidelidad. Un licántropo emparejado era lo más fiel del universo. La sonrisa de Atenea se hizo aún más grande.
—Mis sentidos me dicen que alguien está muy feliz —respondió él, y le dibujó la longitud del cuello y la garganta con la punta de la nariz primero, y luego con la lengua, en una caricia que la hizo estremecer de delicia—. Y ansiosa...
—¿Me puedes culpar? —le respondió ella, pensando en que cualquier contacto con él y sus atenciones la «despertaban» de esa manera, por más que sabía que podía mejorar en su «metodología».
—No, me culpo a mí por no poder negarme a ti.
—Y ambos estamos contentos con eso, ¿no?
—Pequeña bruja, que veo que con eso... —sonrió él, pero no pudo terminar la idea, porque el conocido ringtone de un celular comenzó a sonar cerca de ellos, llevándose la concentración de Licaón a la basura. El licántropo gruñó fieramente y empezó a tantear el suelo, buscando la ropa donde Atenea la había hecho aparecer. Ella le hizo aparecer el aparato en la mano, y Licaón se levantó sobre un codo para hablar, llevándose a la Diosa consigo.
—¿No te vas a mover de ahí? —le increpó, mientras bregaba por desbloquear la pantalla táctil del aparato con una sola mano.
Atenea se estiró como una gata sobre su pecho, con las palmas apoyadas debajo de su propia barbilla y una sonrisa juguetona y satisfecha en los labios. Negó con la cabeza. Él volvió a gruñir y le mordió la nariz, en un gesto cariñoso y sorprendentemente natural. Acercó el teléfono a su rostro y reconoció el número de la llamada entrante:
—... es Minos —susurró.
La Diosa se irguió un poco sobre él, nerviosa. Licaón carraspeó y atendió:
—¿Quién demonios llama a esta hora? —bramó, jugando el papel de John Smith, el bravo luchador de la arena clandestina— ¡Espero que sea algo verdaderamente importante, porque acabas de interrumpir un polvo épico, hijo de puta!
Atenea se cubrió la boca con la mano para no hablar y asumió de inmediato su papel de «acompañante»: regaló para los oídos de Minos un par de ardorosos gemidos que le pusieron los pelos de punta a Licaón.
Él le cubrió rápidamente la boca con la mano, callándola, y frunció el ceño:
—¡No se te ocurra terminar sin mí, cariño! —siseó, molesto, y regresó al teléfono— ¿Y bien? ¿Quién carajo habla?
—¿Estás seguro que estás follando, perra? Ni siquiera te oigo resollar. —gruñó la voz ronca del minotauro, del otro lado de la línea.
—Ah, eres tú. Es que apenas estoy empezando. ¿Qué quieres?
—Bien, semental. —Minos rió, complacido, y continuó—. Diviértete, sólo cuida de no quedar muy agotado para mañana porque recibirás una asignación. Te quiero a las seis de la tarde, en punto, en frente del bar. Supongo que recuerdas CUÁL bar, ¿Verdad?
—Sólo puede ser el antro mugriento donde nos conocimos. No hay otro que huela peor.
—Veo que estás de buen humor. Disfruta tu noche. Y no te atrevas a llegar tarde, al amo no le gustan los retrasos.
Minos cortó inmediatamente después, no le dio tiempo a Licaón a replicar nada.
Él alejó el teléfono de su oído y miró a Atenea. Ella lo había escuchado todo, no tenía nada qué repetir. La Diosa se levantó, sentándose a horcajadas sobre el estómago del licántropo, y en un parpadeo se había vuelto a colocar la ropa, y a él también.
—... fue muy divertido, pero creo que Minos acaba de arruinar el ambiente, ¿No? —dijo ella, con una sonrisa algo avergonzada.
Licaón trató de no verse muy herido ni muy abochornado, y asintió.
—Esa vaca superdesarrollada acaba de recordarme que tengo que levantarme temprano para practicar un poco antes de ir a la misión. Y... Necesito dormir.
—Está bien. Tendremos oportunidad.
Atenea sonrió más y le acarició el rostro con los dedos, se inclinó para besarlo de nuevo, un beso corto y rápido, pero dulce, reconfortante. Él se lo devolvió y la abrazó un poco más, le gustaba sentir su peso ligero como una pluma sobre el vientre, el roce delicado de sus manos y sus labios. Esa mujer era una bruja de verdad, el hechizo de su olor y su tacto eran una perdición a la que se entregaba con gusto.
—¿Quieres ir a dormir, entonces?
—Sólo si te acuestas a mi lado.
—Hecho. —Atenea parecía tranquila y satisfecha—. Me quedaré contigo hasta que te duermas y volveré temprano a despertarte. Te traeré algunos obsequios para la misión, y además hay alguien a quien quiero que conozcas antes de ir con Minos.
El licántropo sonrió, con cierta ironía. Ya empezaba a adorar también a la Diosa de la guerra en ella.
