CAPÍTULO 17

Después de unos días lentos, en los que podía dormir sus ocho horas al día y comer sin retrasos, Broom Mustang estaba de buen humor y descansado para acometer situaciones por las que no pudiera dormir y comer como debería. Salió de la puerta "H" caminando con cierto entusiasmo, saludó a alguien en el pasillo y, al ver a la gente en la gran sala llena de cubículos les gritó buenos días, antes de enfilar hacia las oficinas donde tenían espacios para los grupos más especializados, y la suya propia. Entró en ella, y su entusiasmo se disipó.

Vio la pila de papeles con reportes y el monitor de la computadora a un lado, y no pudo evitar hacer una mueca de disgusto. Las emocionantes epopeyas que se podían leer o ver en el Mensajero Alado sobre los grandes Héroes actuales, nunca reseñaban esa parte del trabajo: La burocracia. Con mucho, el peor de todos los enemigos. Nadie realmente preparaba para ella y cuando te dabas cuenta, parecía comandar mucho del trabajo y tu vida.

Broom se pasó la mano por la cara y se culpó, por millonésima vez, de haber sido él el que organizara su D.S.I de esa manera. Claro, era más eficiente, pero también menos... Puro.

Se acercó a la mesa y vio, por encima, cada uno de los reportes para organizarlos según importancia. No le era difícil, solo los títulos le decían de qué "parte" del D.S.I venían, y Broom ya tenían un orden mental para decidir cuáles leer primero y cuáles podían esperar, según su procedencia.

Había siete departamentos en su DSI y, dentro de ellos, varios grupos especializados en diferentes misiones. Desde los que se hacían cargo del secreto para con los no-iniciados, pasando por los que controlaban las sustancias dionisiacas, a los que enfrentaban los seres problemáticos y la magia negra, terminando con los que se hacían cargo de simples quejas de acólitos porque el Dios tal o cual no le dio lo que quería.

El asentamiento de Canadá era uno de los más grandes del mundo y, sus acólitos, muy diversos. Por eso, su D.S.I también tenía esa característica. Unos cuatrocientos seres de toda ascendencia, haciéndose cargo de la seguridad de los suyos día y noche, fin de semana y días festivos incluidos. Prácticamente, lo único que hacían igual todos esos Departamentos eran informes y rondas de vigilancia, de los que nadie se salvaba, por lo menos una vez a la semana; pero, por lo demás, solían estar muy separados entre sí. Por eso, no eran pocas las veces que Broom decidía hacer un grupo con representantes de todos los Departamentos, para que llevaran una investigación especial.

Por supuesto, los informes de los grupos especiales era lo primero que leía. Abrió el expediente sobre la muerte de David Stiga mientras se sentaba en su sillón reclinable. Eran varias hojas, algunas imágenes y muchas palabras, pero todo se podía resumir en que había varias situaciones investigadas que no daban con nada de importancia. Al menos no, hasta que vio el reporte de Estele, una sacerdotisa de Delfos que trabajaba, normalmente, con ellos en el Departamento de Protección al Secreto. Decía que Minos, su persona de mayor interés y casi que único sospechoso, había ido dos veces en los últimos días a una pequeña isla en el Caribe, donde estaba la prisión Olímpica.

"¿Yendo a ver al hijo querido de tu amo?", pensó Broom. Terminó de leer el resumen del informe de Estele y luego prendió la computadora, para buscar el reporte completo en la red interna del D.S.I. Ahí, se dio cuenta de que Artemisa también estuvo por la prisión, y eso le hizo tener una corazonada.

Estaba seguro que había una forma muy "fácil" para encontrar esa información haciendo uso de su teclado y moviendo el mouse por él mismo, pero Broom nunca había terminado de entender mucho de esas cosas y, menos, del internet y sus trampas y triquiñuelas maneras de ser usada. Así que, aunque sabía que los de Logística hacían apuestas sobre los que más pedirían su ayuda al mes, tomó el teléfono de la oficina, digitó un par de extensiones y esperó a oír el:

—Logística tecnológica.

Broom puso los ojos en blanco. Era Jimmy. Un humano con mucho entusiasmo, pero que tenía una extraña manera de ser inocentemente condescendiente.

—Jimmy, Broom.

—¡Oh, hola señor! —el tono se animó, como él esperó.

—¿Me podrías hacer un favor?

—Para eso estamos, señor.

Broom sonrió. Jimmy no era como las tres cuartas partes del D.S.I, que habían pasado por el entrenamiento como Héroes, pero siempre lo trataba con un protocolo militar.

—Quiero la información de los últimos incidentes y noticias de nuestra cárcel.

—Claro, es muy fácil, en un momento lo tendrá. ¿Nada más, señor?

—Nada más.

—En un momento lo verá en su monitor.

—Gracias —y colgó.

Broom vio como la flechita en su computadora empezó a moverse, abrir ventanas y luego, las palabras fueron escritas con rapidez, para volver a ver la flechita moverse. Finalmente, un cartelito apareció en la pantalla, y le dijo: "Ahí está, señor", y Jimmy se "desconectó" de su computadora. O al menos, eso esperaba Broom. Siempre que alguno de los de Logística instrumental usaban remotamente su computadora, temía que siguieran conectados, viéndolo desde la cámara...

—Prefiero con mucho los hechizos y los poderes... —se dijo en voz alta Broom, mientras leía la información.

La cárcel había estado floja de actividad. Un par de altercados en mínima seguridad, los comunes arreglos de traslado para ir a cortes, la llegada de algunos prisioneros, salidas de otros y, en medio, la noticia de que Phobos iba a llevar a cabo varias sentencias de muerte en ese mismo día. Broom sonrió y sacó su teléfono celular del bolsillo.

Cuando Atenea le había puesto al corriente de que Licaón estaba trabajando para él, le había dicho que ese mismo día era cuando iba a tener su misión de infiltrado. Algo le decía que el que Minos hubiera estado viendo a Phobos y que las ejecuciones se dieran el mismo día de la misión, estaban conectadas. Tal vez su señora ya lo sabía, lo más seguro que sí, pero Broom quería que Atenea viera lo comprometido que él y su gente estaba para la investigación que a ella tanto le interesó.

Sacó su teléfono celular, llamó a la Diosa y le dejó el mensaje con una de las sacerdotisas que le filtraban las llamadas. Además de lo de Minos, le dijo que los de Control mágico habían conectado parte de los aparatos que el alquimista tenía en su laboratorio, con un robo de hace siete meses en una empresa japonesa no-iniciada; que la mantícora parecía cada vez menos consciente y más animal, y que los del I.M.I no habían encontrado más en su memoria; por lo que había sido remitida al Hospital Olímpico, donde se estaba haciendo lo posible por revertir su hibridación ilegal. Y, finalmente, le dijo lo que sabía que a su señora le iba a interesar más: El Hospital Olímpico también había dado de alta a la madre de David, aunque fue remitida a La Social; y que los restos del joven Héroe habían sido liberados por el Volcán.

—… Como debe ser, muchas cosas siguen siendo investigadas. Haremos lo posible para no dejar ningún cabo suelto. Sabe que estamos a su servicio y que sabemos que es un honor estarlo. Saludos, mi señora.

—Le remitiremos el mensaje —le afirmó la sacerdotisa.

—Gracias, Hellen. —y Broom colgó.

El Héroe no pudo evitar ver por la ventana lateral, más allá de los escritorios de su gente estando frente a la computadora, hablando por teléfono, viendo papeles, hablando entre sí. Desde que había estado seguro que se iba a retirar, esos momentos en que miraba a la sala contigua, a la pared donde estaban los retratos de los Héroes caídos y la vida de su D.S.I, se hacían cada vez más recurrentes. Podía recordar cómo era desde el inicio, cuando solo eran un puñado de gente tratando de construir una vida recta en un nuevo lugar, hasta convertirse en el D.S.I de Canadá. Podía recordar al menos una anécdota de cada uno de los Héroes caídos, y también muchos de los que vivieron para retirarse, como él. En esos momentos, casi ponía en duda que debía irse. El pensar que el D.S.I ya no sería su D.S.I, y que podrían sobrevivir sin él, era la mayor razón por la que lo había aplazado tanto. Eran su familia y sabía que, aunque sobrevivirían, también iba a ser un gran cambio como para él mismo…

—¿Un café, jefe? —lo sacó de sus pensamientos María, su secretaria desde hacía treinta años.

—Claro que sí.

La mujer sonrió.

—Y un pastel de manzana con azúcar molida.

Broom asintió.

—Necesito toda la energía posible para poder hacer frente a esto. —extendió los brazos, aludiendo a los expedientes.

María entró y le dejó dos vasos con café, y cuatro pedazos de pastel. Ella sabía que su jefe necesitaba el azúcar para sobrevivir a las mañanas de informes, y María también porque sin éste, el humor de su jefe se agriaba mucho.

-o-

Licaón estaba nervioso. Desde que despertó y no la encontró a ella en la cama, sentía esa horrible sensación, parecida a estar a punto de recordar algo y no dar con ello, pero más molesto. Más íntimo y triste, a la vez.

Era una estupidez, pero sentía que el irse a dormir junto a ella, y despertarse con Atenea a la par era su costumbre, lo que había estado haciendo desde hacía años. Era como si siempre hubiera estado esperando por tenerla a ella a la par, en la cama, sintiendo cierta paz, felicidad y acompañamiento que nunca creyó posible. O al menos, eso parecía, por la manera en que había reaccionado al solo tener una nota de ella al despertarse.

Simplemente habían hablado, o mejor dicho, ella le había hablado y él escuchó. Sobre Ares y su gente, sobre la armadura que iba a llevar a la misión y, más que todo, escuchó la preocupación que ella sentía por él, y que encubría con ese excesiva necesidad de controlar las cosas. Pero luego hablaron de otros temas y no tonterías como antes, sino de cosas que le hizo sentir que la estaba conociendo un poco más. Licaón le había preguntado de nuevo qué le había pasado para que hubiera llegado a él de la manera en que lo hizo. Y había creído que Atenea iba a eludir la cuestión, pero no lo hizo. Se había arrebujado en la cama, con su mano enlazada con la de ella debajo de su cabeza y entre sus cabellos, y le había hablado sobre su devoción para con los acólitos, su cariño y la responsabilidad que sentía hacia ellos. Una emoción que, le dijo, le había hecho sufrir varias veces, y tener problemas para concentrarse en su función, pero que ella simplemente no quería ni podía cambiar.

Licaón sintió tristeza en el aroma de ella mientras le contaba eso, y pensó que detrás de esa tristeza y lo que le decía había algo más, algo que Atenea no le iba a contar en ese momento. Pero se dijo que no era momento de presionarla más. La abrazó y, pronto, cuando sintió que ella estaba bien y mientras Atenea le hablaba de sus ideas sobre el sueño, se durmió.

Después de eso, despertar en su cama y sin ella le parecía totalmente equivocado. Y no dejaba de sentirlo por más que pasaran las horas.

Estaba sentado en su biblioteca, viendo hacia la alfombra donde él y Atenea habían estado y con la nota en la mano, en la que ella le informaba que algo había pasado en Rusia y que no podría desayunar con él. También le decía que iba a intentar llegar para el almuerzo; cosa que no pudo hacer, según la breve llamada que sostuvieron, porque su tía Démeter la necesitaba para una reunión con Astrea. Y Licaón volvió a sentir un pico de desasosiego, pero se mandó a aguantarlo, no llamarla como un poseso, y se calentó algo de comida y comió.

Todo eso del emparejamiento licántropo era tan real como intrusivo. Pero al menos ya estaba seguro de que era algo bueno. Sí, seguía desorientándolo, confundiéndolo y haciéndole sentir temor, pero era una buena situación porque la estaba viviendo con Atenea. Podía y ya confiaba en ella como para embarcarse en esa relación, lo de la misión con la gente de Ares se convertía en algo mucho menos amenazante que eso, más teniendo a Atenea cubriéndole sus espaldas.

Lo que lo tenía nervioso era, sin duda, que hacía mucho que no la veía. Y era justo esa necesidad casi física de sentirla a ella constantemente, lo único negativo de toda la situación. No le gustaba necesitar. Eso lo ponía en una posición vulnerable y desventajada que hacía mucho que no experimentaba y que, aún cuando humano, odiaba sentir.

Sin embargo, cuando Atenea apareció en la sala, su mente se despejó totalmente y solo pudo sentir alegría. Fue rápidamente a su encuentro.

—Lo siento. La reunión con Démeter y Astrea se alargó más de lo creí, y luego tuve que llevarla a… —Atenea pareció decidir cambiar de tema— ¿Ya comiste? Puedo…

Licaón simplemente la abrazó y le dio un beso en el cuello, respirándola y sintiendo como la felicidad recorría todo su cuerpo. Atenea, sorprendida, lo abrazó de vuelta, movió la cabeza para mirarlo y en medio de una gran sonrisa, le dio un beso en la boca, no largo ni profundo, pero sí suficiente.

—Es bueno verte también.

—¿No te digo yo que eres una bruja? Mira lo que me tienes hecho, ¡Un perro faldero!

—¡Oh, vamos! El tipo que le dijo "perra" a la Diosa Atenea al minuto de verla, jamás puede ser un perro faldero. —Licaón sonrió más y la dejó de abrazar tan de cerca, poniendo sus manos en su cintura—. ¿Almuerzas antes de irnos?

—Ya almorcé, tengo sobras de comida de Hestia como para tres días. Y sobre lo de llamarte "perra" y mi comportamiento cuando te conocí, lo siento. No sé cómo no me pateaste el trasero en ese mismo momento…

—¿Sabes? Esa fue una de mis grandes pistas para darme cuenta que me gustabas. Y disculpas aceptadas. —Atenea le dio una suave palmada en el hombro, y dijo enfáticamente, mientras daba un paso atrás—. Tengo información que puede ser de ayuda.

—De acuerdo —asintió Licaón, mientras se cruzaba de brazos, tal vez para evitar abrazarla de nuevo, aunque su cuerpo le decía que la apretara y besara hasta más no poder. ¡Dioses en el Olimpo! Si eso no era ser un perro faldero, nada lo era.

—No está asegurado, pero me parece muy posible que la misión sea ejecutar a unos condenados a muerte.

Licaón frunció un poco el ceño, y sintió un subidón de adrenalina en el cuerpo, parte nervios, expectación pero, sobre todo, alivio.

—Matar a condenados a muerte —repitió él.

—Nada de inocentes en peligro —le corroboró Atenea—. Pero eso nos trae otros problemas. Como imaginarás, entrar a la cárcel con magia no es tan… Espera un momento —La Diosa dijo eso último mientras sacaba su teléfono celular del bolsillo apenas, y lo contestó—: Atenea —asintió mientras escuchaba—. Más bien estamos sobre tiempo así que sí, de una vez. Llevaré su armadura y cuchillos, puede que… —frunció el ceño, mientras daba un poco de tiempo, luego sonrió negando levemente y poniendo un poco los ojos en blanco.

Licaón vio como Atenea se sonrojaba, y algo en su olor le hizo tener curiosidad, dar un paso a ella y poner atención. Una voz de mujer le estaba hablando en griego antiguo y tan rápido, que Licaón no pudo entenderla pero por el tono supo que, quien fuera, estaba muy entusiasmada.

Atenea evitó la mirada de él, le respondió a ella rápidamente, y luego colgó.

—¿Quién era?

—La esposa de quien quiero que conozcas.

Licaón asintió, aunque sabía que había más que eso. Sin embargo, no dijo nada porque en ese momento Atenea le abrazó de lado y… Nunca podría explicarlo, nunca entendía cómo se daba el cambio, pero ya no estaba en su casa y sí en un lugar mucho más caliente, grande y atestado.

Algo parecía retumbar detrás de una de las paredes de piedra lisa, con líneas que resaltaban. Era bajo, muy bajo, y rítmico, casi sentido más que oído. Lo que hizo primeramente fue oler el lugar. A piedra, salitre, fuego, metal y a químico. El calor era húmedo, y tuvo muchas ganas de quitarse por lo menos la camisa.

—¡Bienvenido al Volcán! —exclamaba Atenea, mientras lo soltaba y le enseñaba el lugar con los brazos a los lados.

Licaón hizo un movimiento entre sí y no con la cabeza, sin estar del todo enterado de qué significaba eso, hasta que sintió un aura y un olor llegar. Miró hacia un lado, y sintió como si una oleada ardiente le calentara el centro del cuerpo. Presencia de Dios, y uno poderoso. Pero, aun así, el tipo no le impresionó al verle. Era un hombre como de cincuenta, algo encorvado y aparentemente humano, sin perfección divina aunque se sentía u olía como tal. Además, y lo que Licaón más valoraba para determinar si alguien le gustaba o no, algo en su olor le decía que estaba alegre y que era de fiar.

Atenea caminaba hacia él, y el hombre le sonrió un poco de lado.

—Dita viene pronto —dijo cuando la Diosa llegó a su altura. Algo en su mirada se encendió de entusiasmo, y le enseñó una máquina para tatuar. Licaón, que se acercaba, pudo ver que era de oro y que tenía unos hermosos acabados—. Tinta recién hecha, una mezcla nunca antes vista. Y —se tocó la sien con el dedo índice— el hechizo está aquí. Vas a ver, nadie ni nada podrá rastrear o si quiera presentir esta magia.

—Bien, ¿y para qué es? —preguntó Licaón, llegando a su altura.

Aunque no le caía mal, tampoco le gustaba del todo la manera en que parecía haber una relación entre él y Atenea. Sí, sabía que estaba reaccionando como un perro rabioso, pero eso no quitaba que lo sintiera.

El hombre le miró entonces, de arriba a abajo con los ojos y luego vio a Atenea, como esperando algo. Ella le acarició un instante el antebrazo a Licaón y luego, con ciertos nervios que al licántropo le parecieron adorables, los presentó:

—Hefesto, te presento a Licaón de Acadia —miró al susodicho—. Hefesto es mi más antiguo y uno de mis más queridos amigos. Y el Dios más inteligente que conozco, también.

Desprevenidamente, Hefesto le tomó la mano al recién llegado, y se la apretó tal vez más de la cuenta, pero lo que sorprendió a Licaón es que se sintiera como si estuviera afiebrado, caliente. Luego Hefesto lo soltó, lo miró un poco más como si decidiera qué decir o hacer, y finalmente dijo:

—Un gusto. Dita me ha hablado mucho de ti. —algo en su tono, le hizo recordar a Licaón a los niños que están aprendiendo a ser educados, pero eso no fue lo que más le sorprendió.

—No conozco ninguna Dita que pueda hablar mucho de mí.

—Bueno, no así como realmente conocerla, pero sé que sabes de ella. Ella sí te conoce. Oh bueno, realmente no te conoce a ti, si no a la pareja de Atenea, que vendrías a ser tú. Ha hablado de ti desde hace unos, ¿mil doscientos años? Algo así.

Licaón frunció el ceño, porque el tono confuso en Hefesto y lo que le decía le hacía sentir incómodo. Miró hacia Atenea, como esperando que ella le explicara, pero la Diosa no pareció encontrar las palabras, mientras sus mejillas se sonrojaban mucho. Licaón se volvió a ver de nuevo a Hefesto.

—¿Ella...? Realmente no sé de quién hablas, ¿alguien me ha estado espiando o...?

—Afrodita no espía —la defendió Hefesto, aunque luego pareció recordar algo y esquivar un poco la mirada de Licaón mientras replicaba—: Bueno, al menos no a ti. Ella solo… —mientras hablaba, atrapó una rapadora que iba volando en el aire hacia él. Luego, se acercó a Licaón— sintió a la pareja de Atenea, y habló de la misma. No tenía idea de que fueras tú, y… —le decía, mientras acercaba el aparato al lado derecho de la cabeza del licántropo y lo encendió.

—¡Ey! ¡Ey! ¡Aleja eso de mí! —exclamó Licaón, reaccionando al sonido.

Hefesto lo hizo, aunque no entendía porqué lo pedía. Miró hacia Atenea, y ella le tomó la mano a Licaón.

—No te preocupes. Necesita raparte el cabello para tatuarte el hechizo, nada más.

Eso no lo tranquilizó del todo.

—¿De qué se trata el hechizo? ¿Por qué tiene que ser en la cabeza? —Se volvió a Hefesto—. ¿No podías decirme lo que ibas a hacer, antes de casi sacarme un ojo con esa cosa?

—¿Sacarte un ojo? —el Dios parecía más confundido aún—. Si me vas a culpar de algo, podría haber sido de herirte la oreja o…

Atenea le hizo un movimiento de mano a Hefesto para decirle que tomara silencio y que se iba a encargar. El vulcánico le hizo caso sin rechistar. Ella se puso frente a frente a Licaón y le habló con un poco más de severidad, por más que siguiera con su mano enlazada y acariciándole la de él con el pulgar.

—Es un hechizo comunicador. Gracias al cual, podré ver lo que ves y oír lo que oyes. Como…

—Pero no puedes comunicarte con ella mentalmente —la interrumpió Hefesto, con el fin de solo clarificarlo—. Con tan poca antelación, no puedo hacer un hechizo completo, al menos no uno que siga sin ser captado por las protecciones. En verdad que tratar de vencer a mi propio trabajo es una tarea difícil —sonrió— y todo un reto.

Licaón se le quedó viendo por encima de Atenea, sin estar del todo seguro de qué era lo que lo hacía sentir tan extrañado del recién conocido Dios. Sin embargo, la caricia en su mejilla le hizo mirar hacia Atenea, mientras ella le decía:

—No te preocupes, no se verá por el cabello que Hefesto te hará crecer de nuevo, y el hechizo se puede quitar.

Licaón asintió, recordándose que irse a ver con Ares, el Dios de la guerra en persona, y su gente; no era nada en comparación a hacerse un tatuaje. Algo avergonzado por su anterior reacción, miró a Hefesto.

—Bien, vamos a ellos.

Atenea le dio espacio a su amigo, y este empezó a raparle en silencio. Para intentar mejorar el ambiente, la Diosa iba a hablar sobre cualquier cosa que se le ocurriera que a los tres le pudieran interesar, pero sintió llegar a Afrodita… Licaón, que también sintió esa sensación placentera e invitadora, alegre; miró hacia donde Atenea lo hacía, y solo vio mesas y más mesas llenas de todo tipo de cosas, y no a la Diosa. Hefesto empezó a decir algo, pero el sonido de la máquina rapándole un lado de la cabeza, apagaron sus palabras.

Aunque sabía que era una preocupación casi adolescente, Atenea se dijo que Licaón no estaba del todo preparado, y ni ella misma, para que conociera a Afrodita; por lo que se disculpó y se apareció frente a la Diosa del amor.

—¿A dónde fue? —preguntó Licaón. Su propia nariz le respondió, casi al instante, que Atenea estaba a unos metros, cerca de la persona que daba una sensación muy agradable.

Se movió para para intentar ver mejor, pero Hefesto le tomó la cara al otro lado de la cabeza, y lo movió para ponerlo en una posición conveniente para él. Licaón dio un gruñido.

—No te muevas. Necesito que el tatuaje sea perfecto y solo tengo una oportunidad para ello. —y después de unos instantes de silencio, añadió—: Supongo que nos podemos saltar la parte de las amenazas —le dijo de repente, mientras dibujaba líneas, puntos y más líneas en la cabeza de Licaón.

—¿Amenazas?

—Sí, se supone que tengo que amenazarte. Ya sabes, "si le haces algo a Atenea, te la verás conmigo". Tengo entendido que eso es lo que se hace en este caso, pero me parece que mencionarlo es más que efectivo.

Licaón no pudo evitar sonreírse, divertido.

—No eres muy efectivo si dices que te vas a saltar esa parte.

—Bueno, sabes quién soy y de lo que soy capaz; pero, sobre todo, sabes quién es Ati y de lo que ella es capaz. —Licaón no estaba muy seguro de saber de lo que eran capaces. Desde que conociera a Hermes hacía una semana, ya no estaba seguro de nada en cuanto a los Dioses que tanto creyó conocer—. Además, si ella te ama, como ama Ati… No querrás hacerle daño. Y eres un licántropo, eso ayuda mucho en no tener que amenazarte realmente.

Licaón se tragó una carcajada.

—Esa es una manera muy amenazante de no amenazar.

—Esa era la idea. Me parece que Ati no querría que te amenazara, pero las reglas sociales sí, así que… Creo que así esa es la mejor forma de hacerlo.

Licaón se tuvo que decir que, dentro de una manera muy lógica de verlo, sí lo era. Y, mientras el Dios iniciaba con el tatuaje, se dijo que ese Hefesto no resultó ser como él se lo esperaba.

Mientras su cabeza era suavemente tatuada, Licaón se estaba preguntando qué tanto podrían estar hablando Atenea y Afrodita. Imaginaba que él mismo sería el tema de conversación, y por eso más quería saber lo que decían. Aunque también se preguntó si era mejor hablar con Hefesto, a razón de saber más de la Diosa con la que se estaba emparejando; sobre su vida, historia y situación o, por ejemplo, de lo que era ella capaz y, más, de la manera en que Atenea amaba y por qué él parecía saberlo tan bien. Estaba pensando en cómo era mejor seguir con la conversación, cuando el otro tomó la palabra:

—No sé si está bien del todo decirlo ahora mismo, pero dado que Atenea te ha presentado conmigo y va a presentarte con Dita, después de pasar la noche contigo y solo con conocerte de unos pocos días; me parece que esto va tan rápido como para que lo sepas: También te ofrezco consejo.

Eso descolocó a Licaón.

—¿Consejo con qué?

—Con Atenea. Para cuando… Necesites consejo, yo puedo aconsejarte.

Licaón se sintió aún más confundido e interesado. Por la manera en que Hefesto había hablado, algo le decía que había más que no le decía. Movió la cabeza, con la intensión de verlo a la cara, pero el Dios lo hizo moverse a su posición, mientras movía la máquina de tatuaje lejos de la piel.

—¡No te muevas!

Licaón volvió a la posición en que estaba, aunque a regañadientes. Luego de unos segundos de silencio, le contestó con sinceridad:

—Tal vez algún día lo haga. —Era orgullo, pero sabía que todo eso del emparejamiento y Atenea, le sobrepasaba.

—Eso sí, puedes intentar ir con Prometeo antes. Él es mejor en eso de aconsejar que yo.

Licaón se mordió un labio. ¿Prometeo también sabría de la forma de amar de Atenea? Abrió mucho los ojos. ¿Eso quería decir que Hefesto y Prometeo…? No, no lo creía, aunque su pecho pugnaba por dar un rugido y su nariz, por fruncirse. No, no podía ser; se dijo de nuevo. Parecían muy amigos de Atenea como para haber sido sus parejas y estaba seguro que, de ser así, lo hubiera sentido de alguna forma. Aunque luego recordó lo que olió que Prometeo sentía cuando los vio juntos… Para mandarse a calmar, Licaón se insistió en que solo era su lado animal siendo paranoico y exagerando, de nuevo. No podía imaginar a Atenea con ninguno de los dos. Podían ser Dioses, inteligentes y conocerse de años pero… Licaón no los sentía como machos de verdad, como amenazas reales.

—¿Oíste lo que te dije, o estás pensando la respuesta? —preguntó Hefesto, mientras le limpiaba la piel con un trapo.

—Gracias por la información —dijo Licaón, por decir algo.

—De nada. Y hablo en serio. Lo que sea para que Ati sea feliz… —dijo, con tono de que hasta darle la bienvenida a un humano hibridizado era parte de las cosas que haría con ese fin.

Pero, lejos de enojarse, fue justo en ese momento en que Licaón decidió que Hefesto le caía bien.

-o-

—… Pero le llamé para decirle que no podía llegar. Luego de apoyar a Démeter todo lo que pude frente a Astrea, la llevé a casa y me quedé a hablar con ella y Perséfone y…

Afrodita le puso la mano en el antebrazo a Atenea, acercó su rostro risueño y comentó:

—Luego me cuentas los pormenores de la reunión entre Démeter y Astrea, y cómo se lo tomó todo Sissy pero, por ahora centrémonos, ¿sí? —Le dio una palmadita y volvió a unir sus manos, apoyándolas a un lado de su rostro.

Atenea sonrió, como dándose por vencida. No entendía cómo Afrodita lo hacía, pero esa mujer lograba sonsacarla solo usando alegría, sonrisas y cariño; por más que Atenea casi nunca estaba dispuesta a hablar con ella sobre su vida privada, único tema que a la Diosa del amor realmente le importaba.

Afrodita podía tener muchas cualidades, pero la prudencia al hablar no era una de ellas. Por más que tuviera mucho tiempo siendo la confidente de acólitos y hasta Dioses sobre sus problemas en las relaciones, a Afrodita le costaba guardar la "confidencialidad". Era, como su esposo, muy transparente en sus ideas y reacciones para su propio bien, y hasta ingenua con ellos. Para Afrodita, el amor lo ganaba y era parte esencial en todo. Era tan antigua como la misma Gea, había visto y vivido hasta lo innombrable y aun así, seguía realmente creyéndolo y diciéndolo de todas las maneras posibles, aunque hicieran a los demás sonrojarse.

Tal vez, simplemente era que Afrodita no entendía el concepto de bochorno. Para ella, nada en cuanto al amor o las situaciones que lo rodea, debía ser tomado como algo vergonzoso, así que lo hablaba (aunque fuera sobre la vida amorosa de otros) con la mayor soltura. Pero a Atenea, que aún tenía una vida como Diosa virgen y bélica en el Panteón, esos temas le parecían muy privados.

Y sin embargo, esa vez hasta le estaba gustando tener una conversación de chicas con Afrodita. Tal vez, así como Licaón decía que ella lo tenía hecho un perro faldero, ella se convertía en la chiquilla que nunca fue a su lado.

—Sé que quieres que te diga que lo hemos consumado y redundar en los detalles…

—¿No lo han hecho? —dijo ella, casi que en broma.

—No.

Afrodita abrió mucho los ojos, realmente sorprendida.

—Pues, los siento como si lo hubieran hecho…

—Hablar y estar juntos, conectar, es mejor que el sexo, y lo sabes.

Afrodita puso los ojos en blanco.

—Lo que sé es que hacer el amor con esa clase de intimidad, es la mejor sensación. —Afrodita le sonrió de una manera soñadora, angelical y levemente seductora al mismo tiempo.

Atenea sintió que la Diosa casi le pedía que se explicara o le pidiera perdón por no haber tenido sexo con Licaón. Negó con la cabeza.

—Apenas nos conocemos de pocos días. Licaón está luchando por entenderlo, asimilarlo y, por su historia de vida, todo esto es más complicado para él de lo que crees, así que no puede ir tan rápido como desearíamos que fuera.

—No hay que entender nada, solo sentir.

—Que es, por una vez, lo que estoy haciendo —Afrodita sonrió tanto, que Atenea no pudo no contagiarse con su alegría. Era fácil, mucho de ella era propia—. Pero él tiene demasiado qué procesar. Además, esto ya ha ido mucho más rápido para mí que… Lo que nunca nadie, incluida tú, pudo haber imaginado.

—No le pongas límites a mi imaginación, querida.

Atenea se llevó la mano al entrecejo, y sonrió a su pesar.

—¡No me digas qué has imaginado, por favor!

Afrodita se rió, de esa manera alegre y, a la vez, voluptuosa que tanto había encantado a muchos. Abrazó de lado a Atenea y le comentó al oído, cariñosamente.

—Solo mucho amor, Ati. Mucho amor, algunos problemas, claro, que la vida es así, pero mucho amor. —Afrodita dio un suspiro hondamente dulce—. He estado sintiendo este momento durante mucho tiempo, deseándolo. Siento venir grandes cosas para ustedes dos, de esas que ni sé realmente qué serán, pero grandes.

Atenea sintió tanta alegría, que rió junto a ella mientras exclamaba:

—¡Tendré que creerte! Eres mucho más exacta que la propia Delfos en estas cuestiones.

Entre sus habilidades de Diosa, Afrodita tenía esa cualidad de saber cómo estaban las relaciones entre las personas. Algunas veces era tal su precisión, que lograba sentir las conexiones entre las mismas aún antes de que éstas se conocieran, pero no fue hasta después de los monoteístas en que el Panteón se dio cuenta de ello.

Como todas las funciones de los Dioses, esa habilidad fue valorada, retomada y diversificada con el fin de ayudar a la sobrevivencia. Y en ese momento, hasta Afrodita se sorprendió de su gran habilidad para presentir el "entramado social" como lo llamaba Prometeo. La Diosa del amor y sus hijos podían presentir para cuáles personas era significativo el conocerse. Y no solo para ellos mismos, sino para otras vidas a su alrededor y a futuro, y para el Panteón en última instancia. Y no impulsaban solo relaciones románticas, aunque ciertamente eran sus favoritas; sino de amistad, patronato y hasta de compañeros de trabajo.

Atenea casi podía asegurar que alguna que otra vez Afrodita y sus hijos, los cupidos, estuvieron detrás de "casualidades" de sus vidas que los encausaron para que llegaran a ser las personas que Licaón y ella eran en ese momento. Para que esa "chispa" que en seguida los atrajo y los unió con fuerza, se diera como se dio. Casi quiso agradecerle, pero se refrenó, porque si lo pensaba mejor, Afrodita nada tenía que ver en ellos. Licaón y su relación eran exclusivos para Atenea y, aunque los había unido la muerte de David y los dos seguían haciéndose cargo de la situación de Ares, ella podía sentir que, en el fondo y realmente, solo eran ellos dos por fin encontrándose, siendo lo que eran cuando estaban juntos, algo que nadie podía vivir y desarrollar más que ellos. Estaba segura de que más allá de lo que pasara con los acólitos, con Ares, y con el Panteón, estarían juntos.

Atenea nunca había sentido eso: ser parte de algo más allá que su familia y su función, algo realmente personal y propio.

La Diosa sintió llegar el llanto sin saber a cuenta de qué, pero apenas pudo acallarlo mientras se limpiaba las lágrimas con las manos y trataba que Afrodita no la viera. Pero la Diosa del amor le levantó el rostro y Atenea vio, entre las lágrimas, como ella volvía a tener el rostro de Metis, su madre…

—¡Oh, cariño! —le decía Afrodita, mientras le acariciaba el antebrazo y la abrazaba más cerca de sí.

—Lo siento, no sé…

—Solo es tu corazón. Tan grande y suave como es, siempre lo tienes detrás de un escudo; pero cuando lo sientes, es con toda esa fuerza que ni tú puede controlar… —Mientras Atenea se tranquilizaba, Afrodita le acariciaba el cabello. El espejismo de Metis aún no se iba de su rostro— Estoy muy orgullosa de ti, Ati. Te has lanzado a ello sin pensarlo dos veces, instintivamente. Disfrútalo, ¿sí? Lo mereces.

Entre un parpadeo y otro, Atenea volvió a ver el verdadero rostro de Afrodita y solo eso, la tranquilizó mucho más. Tuvo un instante algo histérico en que quiso reír por la situación y luego, comentó:

—Ahora viene el momento en que intento detenerte, pero siempre irás a conocerlo y hacerme sonrojar mucho con la conversación que tendrán.

Pero Afrodita cerró los ojos con fuerza, como tomando energía para finalmente decir:

—No, creo que es muy pronto.

—¿En serio? —esa vez, la gran sorprendida era Atenea.

—Acabas de decir que el pobre apenas puede con… Bueno, conocerte a ti. Y ya sabes lo que es conocerme a mí. —Temió se pudiera malinterpretar lo que dijo—. ¡No que pueda ser como el impacto de conocerte a ti! Solo que… Ya sabes, la imagen que la gente recibe de mí al conocerme y los primeros momentos en después de verme, es un poco… —hizo una expresión con su rostro que no le dijo a Atenea qué era, pero ella sabía de qué estaba hablando.

Afrodita siempre era percibida como el ser más deseado o amado por cualquiera. Solo Hefesto, y luego su progenie, había sido siempre inmune a esa extraña e inconsciente habilidad de ella; pero nadie más podía verla como realmente era hasta que la conocieran lo suficiente, y después de varios segundos o minutos en su presencia.

Atenea estaba convencida de que esa "habilidad" y el cómo se sentía su aura, era gran parte de la razón por la cual Afrodita había sido usada por centurias como mercancía satisfactoria de deseos, más que como persona; hasta que Hefesto la protegió y reclamó para sí. Con justa razón, Afrodita siempre decía que él fue el que le enseñó el amor. Habían estado juntos por más de tres mil años y, aunque tenían marcadas diferencias en sus caracteres y algunas dificultades en su relación, el amor que se profesaban era tan inquebrantable como hermoso.

Hablaron un poco más, de todo y de nada, pero envueltas en ese ambiente plácido, alegre y feliz que acompañaba siempre a Afrodita. Hasta que Atenea vio la hora, volvió a recordar quién era y lo que hacía, y sacó su teléfono celular.

Afrodita puso los ojos en blanco.

—Ya te habías tardado. En serio, esos aparatitos han hecho la vida más rápida, ocupada y menos íntima. —Atenea le miró, lista para decirle que tenía nueve mensajes qué revisar, pero Afrodita solo le dio un gran abrazo y comentó—: Voy a ver a mis chicos. Cuando Heffy termine, ¿me lo puedes mandar a la cocina para hacerlo tomar algo y que me cuente los pormenores?

—Es lo menos que puedo hacer por ti.

-o-

Licaón estaba incómodo. Hefesto le había puesto una crema para hacerle crecer el cabello, y ese proceso picaba como el Tártaro. Pero el Dios le había dicho "No te rasques", así que Licaón tenía los ojos cerrados, mordiéndose la boca, ambas manos tomadas entre ellas con fuerza y movía los pies incesantemente… ¡Aguantar no rascarse era mucho más difícil que hasta el dolor de un disparo!

—¿Ya? —preguntó, con desespero.

—Hasta que deje de picar —respondió Hefesto, con un tono de regaño paternal, como si lo hubiera dicho ya varias veces.

Licaón miró con mucho fastidio hacia el vulcánico. Éste estaba haciéndole el tatuaje mágico en el hombro a Atenea, frente a un repisa llena de frascos con fetos que ella había estado mirando distraídamente, mientras hablaron de la misión. Licaón iba a decir algo con muchas malas pulgas en cuanto que era una tortura no poder rascarse, pero justo en ese momento la piel empezó a calmarse. ¡Qué alivio!

—Has la prueba visual —dijo Hefesto a Atenea, mientras limpiaba la tinta restante del hombro de ella.

Atenea miró hacia Licaón y luego, cerró los ojos.

—Sí, puedo verme —dijo, a nadie en particular. Luego suavizó su expresión, y hasta sonrió un poco, comentando a Licaón—: Es extraño verme desde tus ojos. Me veo… Diferente —había pensando "más hermosa" pero no lo quiso decir.

Licaón se concentró en mirar la sonrisa de ella y Atenea, al verla en su mente, sonrió aún más. Hefesto, a la vez que seguía tatuando, les explicó:

—Eso es porque ves no a través de los ojos de Licaón, sino de su mente o cerebro, como prefieras decirle. Lo explicaré en un lenguaje común y corriente para que él lo pueda entender.

—Qué considerado —dijo el aludido, con ironía. Sabía cuando le decían ignorante.

Atenea le hizo un ademán, como compartiendo con él una pequeña diversión a costa de Hefesto.

—Gracias, es lo que intento ser. Como iba diciendo: cuando ves a Atenea, no solo está involucrado el sentido de la vista, sino todo tu cerebro, las emociones, los sentimientos, los pensamientos. Pero el tatuaje no puede hacer sentir a Atenea toda tu mente y cuerpo, por lo que reduce y traduce todo eso, solo en esa imagen simbólica pero verídica, que contiene una pequeña parte de lo que el estímulo visual produce en Licaón… ¡Ya está! —Hefesto limpió por última vez la piel de Atenea, y miró el tatuaje recién terminado con orgullo—. Desaparece de aquí.

Ella lo hizo al instante. Licaón, como impulsado por un resorte, se puso en pie y la buscó con la mirada. En su pecho, sentía un cierto desespero instintivo por no saber dónde estaba.

Hefesto fue hacia una mesa y se puso a ver una nebulosa de colores en una pantalla antigua. Él sonrió, murmuró algo sobre la energía y su señal táctil y entonces, tan instantáneamente como se fue, Atenea regresó, se apalancó en el hombro de Licaón y le dio un beso en la mejilla, luego se la acarició mientras se miraban con dicha y finalmente, le comentó a Hefesto.

—Señal fuerte y clara.

—¿Distancia?

—Justo al lado opuesto del planeta.

Hefesto sonrió.

—Los sensores no detectaron algo fuera de lo usual. —Se encaminó hacia alguna de las mesas cercanas a la forja—. En unos veinte minutos tendré la armadura como un colgante mágico, y estarán listos para la misión.

Atenea miró hacia Licaón, y le preguntó:

—¿Listo?

Él se puso lo más recto posible y asintió con fuerza.

—Mucho.

Atenea le pasó los dedos por el cabello, suavemente para no hacerle daño por el tatuaje recién hecho y no del todo cicatrizado.

—Primero te cortaré un poco el pelo recién nacido, te pondrás la armadura y luego, sí lo estarás.

-o-

—Jonny Smith, ¿vienes a pelear? —fue el saludo pendenciero que le hizo el cíclope cuando le vio, sin siquiera pedirle que le dijera el epíteto secreto para entrar en el bar-arena-"templo" de Ares—. Hoy es noche de amateurs.

—¿Tengo cara de amateur? —fue la contestación muy brusca de Licaón, como si estuviera buscando cualquier excusa para morder el cuello al tipo, por más que tuviera tres metros de altura y una musculatura envidiable.

El cíclope se sonrió, con divertimento. Pero Licaón no le miraba a él, sino que revisaba olfativa y disimuladamente el lugar. Lo primero que le sorprendió, fue sentir algunos resabios de desinfectante y menos olor a podredumbre, drogas, sudor, sangre… Al parecer, hacía poco habían hecho limpieza y, aunque no fue una muy buena, era más de lo que Licaón hubiera esperado de ese lugar. Imaginarse al cíclope barriendo le pareció irrisoria, pero tuvo que admitir que tenía ganas de agradecerle por la menor saturación sensorial.

También se dio cuenta de que había pocas personas en las graderías alrededor de la arena y el bar, mucho menos ruido, el aire se sentía más ligero y casi ni se olía viciado. Era muy patente que estaban entre semana y apenas iniciando la noche. Pero lo más importante del "barrido olfativo", fue darse cuenta de que Minos estaba en el servicio sanitario, y el joven al que él le había ganado hacía unos días, sentado a una mesa junto a dos lobos que le eran desconocidos.

—Puede que esta vez sí quieras ensangrentarte los colmillos. Lo del rugido estuvo genial por un momento, pero… —sin importarle la poca atención que Licaón le ponía, el cíclope le siguió hablando hasta que tomó silencio, porque vio que su interlocutor arrugaba la nariz y enseñaba un poco los dientes.

Sin decir nada, Licaón simplemente pasó por un lado del cíclope y fue, muy enojado, hacia las dos mesas juntas en donde estaba Milo. ¿Qué se creía que hacía? ¡Él le había comandado que se alejara de esos lugares y volviera a su casa!

"Tranquilo, Licaón",la voz de Atenea, que parecía llegar como una brisa a la oreja sobre la cual tenía el tatuaje, lo hizo parar un instante entre un paso y otro. "Recuerda: "No hacer algo que John Smith no haría". Está bien preocuparse por Milo, pero sería más peligroso para él si te sacan de la misión." Licaón quiso decirle algo, pero se mordió el labio para no hacerlo y siguió su camino.

Los tres lobos lo miraban con muy parecidas expresiones entre sorpresa y espanto, totalmente alertas. Cuando Licaón los vio de refilón a cada uno de ellos, los tres no pudieron evitar mover la cabeza y enseñarles el cuello. Milo gimió por lo bajo, era el más incómodo de todos.

—Alguien tiene huevos —no pudo evitar decir al llegar a la mesa, mirando al más joven, grande y robusto de los tres.

Cogió una de las sillas de la cabecera, la movió con rudeza y se sentó. Se dio cuenta que Milo hasta temblaba un poco, y que parecía no poder replicarle nada, mientras agachaba la cabeza. Aunque seguía ofuscado con él, le dio algo de pena y prefirió centrar su atención en los otros dos. Eran hombres altos, fuertes, morenos y, el mayor de los dos, tenía una cicatriz grande de mordisco en el cuello. Había en ellos un parecido de facciones y diferencia de edades aparentes, que le hizo pensar a Licaón que eran padre e hijo. El que aparentaba la edad humana de unos cincuenta cinco años, fue el primero que pudo sobreponerse a su influencia de alfa dominante y le miró a la cara.

—Y tú eres… —su inglés tenía un fuerte acento, que Licaón no pudo identificar del todo, más que su lengua de origen era el español.

—Jonh Smith, pero para ustedes soy "Amo". Como ya sintieron, soy el dueño de sus traseros desde este momento. —El tipo no bajó la mirada, pero Licaón podía ver que estaba forcejeando contra su cuerpo para no hacerlo—. Creí que la jauría era más grande. —cuando lo dijo, lo hizo sin dejar de mirar al único que intentaba hacerle frente. Se reconocía impresionado de que aguantara tanto, pero era así porque realmente no intentaba imponerse. Bien que mal, iban a hacer su equipo, no quería enemistarse innecesariamente con ellos.

—Faltan dos. — Minos pasó por detrás de Licaón y fue hacia la otra cabecera, donde había un plato sucio y dos botellas de cerveza vacías. Licaón ya lo había olido venir. A vaca, licor y antigüedad—. Y todos nuestros traseros pertenecen a Ares y, particularmente hoy, a Phobos. —Lo dijo con tono de que se daba a la idea, por más que no le hacía mucha gracia. Cogió la botella vacía e hizo un movimiento con ella al bartender, pidiendo otra.

El lobo de mayor edad por fin quitó la mirada, tomando de excusa que iba a hablar con Minos.

—Nadie dijo nada de tratar con ese bastardo.

—Nadie te dice nada porque nadie tiene que pedirte permiso para nada. Si quieres irte con el rabo entre las piernas, adelante. —Minos no fue amenazante, más bien parecía estar extremadamente cansado o aburrido para poner atención o esfuerzo a algo.

Licaón entendía que pusieran resquemores a trabajar con Phobos. No lo había conocido, ni a él ni a su hermano gemelo Deimos, pero las leyendas e historias sobre los dos eran casi tan terribles como las dedicadas a Ares. Licaón sabía que, cuando Atenea asesinó a Deimos en una de tantas guerras entre ella y Ares, prácticamente todo el Panteón lo había celebrado.

Sin embargo Milo no dijo nada, estando como estaba, tan ocupado en enseñarle el cuello a Licaón y mantener la cabeza baja; y tampoco los otros dos lobos, aunque se habían visto con sendas miradas de temor entre ellos. Licaón también entendía eso. Según lo que Atenea le había enseñado sobre el "Honor guerrero" de la gente de Ares, el retractarse de una misión aseguraba represalias, casi siempre y, si tenían suerte, golpizas.

Minos sacó su teléfono celular para revisar la hora, y luego vio a un licántropo inusualmente bajo y delgado que iba hacia ellos.

—Ya que estamos la mayoría puntual, los presento —dijo el minotauro, después de palmear el trasero de una desnuda ménade que le había traído su cerveza y que el recién llegado, con facciones en una mezcla entre asiático y africano, se sentara—. Jonny aquí, por más que tenga esa carita de marica y ninguna cicatriz de varón, tiene la influencia alfa más grande que haya conocido así que sí, está aquí para ponerlos exprimirles los huevos si es necesario.

Licaón no necesitó el "Tranquilo" que le dispensó Atenea para no decir algo. Simplemente se sentó más cómodo y vio de refilón a los demás. No tenía que aparentar seguridad. Sabía su valía, desde humano era consciente de ella.

—Ya conocen a Milo. Beta, hijo de Acontes, pagado a Artemisa por sus favores. —Milo empezó a gruñir, pero no se movió ni dejó de tener la cabeza gacha—. Por más que quiera destrozar nuestras nucas, no hará nada en contra de sus órdenes, es del que menos te tienes que preocupar, Lassie.

—Un cachorro asustadizo, hasta prefiero dejarlo aquí —replicó Licaón.

Minos simplemente pasó por alto su comentario, mientras lo demás le miraban sorprendidos. Nadie, nunca, bromeaba acerca de un beta.

—Estos dos son Luna Nueva —decía Minos, refiriéndose a la manada de referencia de los lobos emparentados. Indicó al más viejo y al otro de seguido—. Pedro es un rastreador de miedo, y Hugo… El hermano menor de Pedro, que vamos a ver si sirve de algo más que de chofer. —Tomó la mitad de la botella en un trago, se limpió la boca con el antebrazo y le hizo un ademán con la cabeza al recién llegado—. Brian, Luna Llena, casi siempre sirve de avanzadilla.

—Milo podría usarlo de mondadientes —comentó Hugo, divertido.

Brian le gruñó a Hugo, poniéndose en pie. Los hermanos hicieron lo mismo al instante y Minos, cansado, solo miró a Licaón significativamente. Éste rugió con fiereza, mirándoles muy fijamente, concentrando enojo contra los tres. Milo dio un pequeño gemido, mientras los demás miraban a Licaón sin poder evitarlo.

—Siéntense y dejen las mordidas para los enemigos —Licaón les enseñó los dientes en una sonrisa peligrosa— o para cuando no me importe que se maten entre sí.

En pocos segundos, y muy contrariados aunque sin poder evitarlo, los tres le hicieron caso. Minos rio.

—Sino supiera que el mítico Licaón jamás tendría tal cara de niñita, te confundiría con él.

—Jódete.

El minotauro sonrió, divertido, y se acabó la botella en otro sorbo.

—Y entonces, ¿de qué va el entrenamiento? —preguntó Brian, aun viendo de reojo a Hugo. Su voz era sorprendentemente gruesa.

—Mataremos a tres tipos en la cárcel, nada del otro mundo —respondió Minos, mientras sacaba su billetera. Algo en ella no le hizo gracia, y volvió a guardarla—. Y si todo va bien, volveremos ahí para entrenar cada día en, por lo menos, una semana.

—Tengo un trabajo en cuatro días —dijo Brian, mientras Hugo y Pedro se miraban entre sí con aprensión.

"Está bien, ya lo habíamos contemplado", le dijo en su oreja Atenea. Licaón se sintió más tranquilo. Sí, lo había contemplado y el oírla a ella le hizo recordar, también, que Atenea terminaría todo si se le iba de las manos.

—Pues ya no lo tienes —le respondía Minos a Brian, arrellanándose en la silla. Dio un bufido, y siguió explicando—: El lugar fue encantado por la señora Artemisa. Es un pequeño Tártaro esa cosa, y lo será más porque Ares está en los controles. Tiembla, se derrumban cosas… Ahí viene Lars —se interrumpió a sí mismo, sonriendo y poniéndose en pie.

Todos vieron a un tipo albino de ojos celestes, casi tan alto y robusto como Milo, y con una cicatriz en la mutilada mano derecha donde debió haber tenido el dedo índice y el pulgar.

—Hijo de Phallas, un bastardo al que solo le gusta matar.

—Y más a la par de otros bastardos sedientos de sangre. —su acento, notó Licaón, era ruso.

Minos y Lars se dieron las manos y luego, un gran abrazo con sendas palmadas en la espalda. Al parecer, eran muy buenos camaradas.

Por casi media hora, todos se sentaron a la mesa, y algunos hasta tomaron cervezas o boquitas. Hablaron de la misión, de su experiencia y expectativas al respecto. Licaón, con ayuda de Atenea que los conocía a todos y su "carrera profesional", le ayudó a inventarse una biografía plausible para poder aportar a la conversación sin que nadie le descubriera mintiendo.

Atenea también le habló de cada uno de ellos. Milo era el que tenía mucho menos experiencia en lo criminal, pero como Beta tenía una gran ventaja. Brian, era taimado, pero fiel a su amo de turno y sorprendentemente ingenioso. Lars, junto a Minos, eran los que tenían más carrera en las guerras contra otros Panteones y en las no-iniciadas. Los hermanos eran coyotes, que habían escapado a una redada del D.S.I de Los Ángeles hacía unas semanas. Les habían "clausurado" gran parte de su comercio negro divino. No eran guerreros en sí, pero al haber caído en desgracia, estaban desesperados por ganarse la vida y el patronato de Ares.

"Linda progenie". Pensó irónica y doloridamente Licaón, mientras tomaba un sorbo de una cerveza humana lentamente, mirando a los otros que se reían de un chiste de Minos. "Debería dejarlos a todos en la cárcel apenas lleguemos… Solo Milo no merecería estar ahí". No le pasó inadvertido que él se contaba a sí mismo como parte de los culpables.

… Hasta Licaón se puso en pie, siguiendo el ejemplo de Minos, después de que todos tomaran silencio y miraran hacia la entrada. Ahí estaba Artemisa, intimidante, seria y regia. Vestía armadura por sobre su toga, y llevaba el cabello orgullosamente libre y desarreglado. Hizo un movimiento de mano y todos en el lugar hicieron reverencias hasta el suelo. "Estirada perra" pensaba Licaón, mientras se agachaba también.

"No te preocupes". Le decía Atenea, adelantándose a él mismo en sus consideraciones. "Aunque te haya cazado un par de veces". Tres, pensó Licaón, y eso sin contar los años en que era más un animal que un humano. "No te conoce con esas facciones, nada va a pasar".

—Gracias mi señora.

Licaón se sorprendió de la manera en que Minos dijo esas palabras. Subió un poco la mirada, y se dio cuenta que Artemisa le había dado un frasquito con algún líquido al minotauro. Por el embeleso con que Minos miraba la botella, Licaón imaginó que era alguna sustancia dionisiaca.

Se dio cuenta que Artemisa había centrado la atención en él. Esa sensación de ser cazado, ese hueco en el estómago y presentir su presencia en sus puntos ciegos, eran inconfundibles.

Artemisa dio unos pasos para llegar a su altura, y el camino acarició apenas el rostro de Milo. Justo cuando llegó frente a Licaón y él tuvo sus piernas a centímetros de su rostro, ella hizo un movimiento de mano que daba permiso a todos de volver a sus quehaceres.

—Dado que se necesita gran magia para poder entrar, yo los llevaré a la cárcel —les explicó, aunque no dejó de mirar a Licaón y algo en la media sonrisa que le envió, le hizo tener un pequeño escalofrío—. Pero primero, vamos a corregir lo que está mal aquí.

Artemisa le acercó su mano al rostro. Licaón apenas se contuvo de enseñarle los dientes y atacarla… "Tranquilo" le dijo Atenea, aunque algo en la voz de ella parecía tensa. Artemisa le acarició el cuello con un dedo, y Licaón se tensó totalmente cuando ella le acercó el rostro por el lado en donde tenía el tatuaje.

—Así que eres un pequeño tramposo, ¿eh? —le dijo, perversa y juguetona.

Licaón sangró un poco cuando le arrancó el collar del cuello. Artemisa dio un paso atrás y le enseñó el dije que Hefesto le había dado hacía poco, el que se transformaba en la armadura que tanto quería Atenea que llevara. La Diosa le vio el cinturón, que a cada lado tenía una funda con los cuchillos. Licaón se dio cuenta de que la mirada de Artemisa se detuvo un poco en su entrepierna, y oyó un gruñido de Milo como respuesta. La Diosa miró hacia el Beta, y éste bajó la cabeza, aún furioso y dolorido. Pero Artemisa ignoró eso y, se centró en Licaón.

—Los cuchillos están bien, pero una armadura tan mágica, haría sonar las alarmas de la prisión hasta el Inframundo.

"Bien, bien", le dijo Atenea. Licaón estaba seguro que ella acababa de sentir tanto alivio como él.

Artemisa pareció muy satisfecha de la manera en que Licaón se había tensado y, en ese momento, la miraba retadoramente. Luego, y sin dejar de mirarlo, alzó un poco la voz.

—Transformense ahora mismo. Para cuando empiece todo, no tendrán tiempo de ello.