My Lil' Bolty

... encontré la Felicidad

¡Que gris ni que nada! Su pelo era blanco, ¡blanco y reluciente como luna llena!

Me desperté teniéndolo sobre el regazo, acomodado y acurrucado como un gato. Ni idea de cómo encontró el camino a mi habitación (aunque tampoco es que la casa sea tan grande) o de cómo se subió a la cama sin darme yo cuenta; debí haber dormido como un tronco, y seguramente eso era, puesto que cuando me levanté me sentía viva como nunca.

Cuando se bajó de la cama, noté las marcas de hollín en la cama.

–¡Oh, Dios mío! Tú sí que necesitas un baño –"Y ahora mi sábana necesita una buena limpiada, igual que mi ropa… igual que mi sillón…".

Me lo llevé al baño y lo coloqué en la tina. Nunca había bañado a un perro en mi vida, pero fue desastrosamente divertido. Le echaba agua del fregadero con una taza de plástico y lo restregaba. Se movía queriendo escaparse y lo acariciaba y le hablaba para apaciguarlo. Le apliqué el shampoo que yo uso y lo volví a remojar y a restregar. Y cuando finalmente terminé, ¿qué veo? ¡Es blanco, blanco como la cal! Tenía ante mí a un verdadero ejemplar de pastor blanco. Lo que son las cosas, ¿no es verdad?

En sus intentos de escapatoria, me había mojado toda la ropa y, una vez fuera, se sacudió con tanta violencia que tuve que cerrar los párpados para que el agua no me entrara por los ojos. Fue todo un espectáculo, y, pese a que no había sido precisamente el baño perfecto, no podía sentirme más contenta.

Lo sequé con una toalla extra que tenía y tuve que sacarlo del baño para ducharme.

El sonido de la ducha y las heladas gotas que caían sobre mí me daban una sensación refrescante. El sol entraba a través de una pequeña ventana alta y la luz se escurría por todo el pequeño baño. "Es un buen día para ser feliz…"

Pues sí, eso era. Me sentía feliz. Sentía una tranquilidad, una paz, una sensación que no tenía nombre… No, ¡claro que la tenía! Y se llamaba…

"Oh, es cierto, aún no le pongo nombre…"

Cerré la llave de la ducha y me estaba secando el cabello cuando me llegó un sonido al otro lado de la puerta. Era un aullido, un aullido lastimero. Me abalancé sobre la puerta y la abrí. El cachorro estaba sentado mirando hacia el baño, y apenas me vio dejó de aullar, se me acercó y apoyó las patas delanteras sobre mí. Sentir sus uñas (bastante largas, ese era otro asunto pendiente) contra mi pierna desnuda me causó escalofríos. Lo bajé de mí mientras me colocaba la toalla y fui a mi habitación donde tenía mi ropa. Él me seguía de cerca moviendo la cola. Intenté dejarlo fuera para poder vestirme en paz, pero apenas cerré la puerta de mi alcoba el cachorro volvió a aullar lastimeramente. Ni modo, tuve que cambiarme mientras él quería jugar con mis pantalones o con las mangas de la blusa. Casi me mordió en más de una ocasión. "Actúa como un recién nacido, pero este cachorro definitivamente tiene más de tres años… Qué extraño.", se me cruzó por la cabeza, pero dejé ese tema para más tarde.

–Muy bien, cachorro, antes de desayunar quiero asegurarme de darte un nombre.

Él me miraba con una curiosidad infantil. Ladeaba la cabeza de un lado u otro.

–Hummm…, veamos… ¿qué tal…? Uh… ¿Spike? No, creo que no… ¿Wolf? No, no pareces un lobo…

Lo miré detenidamente. Su apariencia, sus ojos, su pelo, su mandíbula. Me resultaban extrañamente familiares…

–¡Pero si te pareces muchísimo al perro de la televisión! Te pareces a Bolt. –Apenas pronuncié ese nombre, soltó un ladrido–. ¿Es así como quieres que te llame? ¿Bolt? –Otro ladrido– Muy bien. Bolt, entonces. A partir de ahora, eres mi Bolt.

Le acaricié la cabeza y me lamió la mano.

–Je, je, je. Ahora sí, ¡a comer!

Hablé demasiado pronto.

"¡Eh! ¿No hay nada?". Revisé en la despensa, en la panera, en la frutera. Solo había una manzana incomestible que debía arrojar al a basura antes que atrajera cucarachas, una hogaza del pan de ayer que ya se había enfriado, y un poco de agua caliente.

–Esto… –me volví hacia él, que estaba sentado bajo el umbral de la cocina–. Creo que vas a tener que esperar un poco. Mientras, puedes comer esto. –Partí la hogaza de pan en dos y le tendí una mitad. La olfateó dudoso un momento y luego retiró la cara– ¿Eh? Vamos, no seas quisquilloso. –Le acerqué la media hogaza y retrocedió un paso– Vaya, es cierto lo que dicen: los perros de raza son refinados. ¿Seguro que no quieres probar un poco? –"porque de cualquier forma lo tocaste con la nariz y ya no lo puedo comer…". Le sonreí– ¿Por mí…?

Nuestras miradas se encontraron y se fue acercando lentamente hasta tomar el pan y llevárselo a la sala.

Fui a mi habitación y abrí un cofrecillo donde guardaba el dinero. Tomé unas monedas y unos cuantos billetes de a dólar.

Ya de regreso en la sala, lo vi luchando aún con el pan. Lo mordía y remordía; parecía comerlo a migajas, una a una.

–En verdad que eres quisquilloso. Ya, Bolty, no te mates con eso. Ahorita te traigo algo que sí puedas comer. –Me le acerqué y le acaricié la frente–. Me esperas aquí y sé un buen chico, ¿okey? No tardo.

Me dirigí a la puerta y salí. No acababa de bajar del pórtico de apenas tres escalones cuando oí el mismo llanto lastimero de antes.

–Bolt –dije, luego de abrir la puerta y verlo aullando al otro lado de esta–, no puedo llevarte conmigo, ¿entiendes? No tengo correa, y cualquier cosa podría pasar. Podrías escaparte y… y… –"y podría perder mi felicidad". Agité la cabeza–… ¡y luego ni cómo te encuentre!

El pastor me miraba con la cabeza ladeada. Sus ojos marrones parecían escrutar más allá de mí, y al mismo tiempo se veían tiernamente inocentes. Como si fuera el mejor de los argumentos, pronto no pude más que suspirar y aceptar mi derrota.

–Está bien… ¡pero te tendré vigilado, eh! Ahora vamos, o encontraremos solo pan frío.

No hizo falta vigilarlo. Se mantenía a no más de dos metros de distancia de mí, salvo cuando veía algo que llamaba su atención, pero no pasaba mucho para que ya volviera a cruzarse entre mis pies y casi hacerme tropezar. No obstante, siempre giraba de vez en cuando para mirarlo. Lo veía moverse de aquí para allá, a veces describiendo círculos a mi alrededor. Sentía miedo; en cualquier momento, cualquier minuto, cualquier segundo podría desaparecer, irse lejos y no regresar jamás, y a ratos me parecía que eso sería lo más probable. Todo esto era demasiado bueno, ¿no? Demasiado bueno para ser verdad. En cualquier momento, tal vez los rayos del sol de la mañana apuntando contra mi cara y ¡bam!, a despertar y aquí no ha pasado nada.

Pero lo veía mirarme con esos ojos y pensaba que era verdad. Me sentía viva de nuevo, me sentía tranquila y me sentía con ánimos para que este día fuera distinto a los anteriores.

–T-tranquilo, Bolty, tranquilo. ¡Tran-tranquilo! Ahh…Ahh… ¡Aaah! –di un paso hacia adelante para no caer.

Al llegar a la panadería vi a cinco personas en la cola. Esperé mi turno y cuando finalmente me tocó, el panadero me sonrió:

–Naoko. ¿Cómo estás? –Preguntó en japonés.

–Estoy muy bien, señor Ryosuke –respondí en inglés–, ¿y usted?

–Amanecido, como siempre –dijo, también en inglés–. ¿Cómo estuvo la leche que compraste ayer? ¿Bebiste mucha?

–Sí… –mentí. Apenas y había podido beber un sorbo de lo que Bolty me había dejado. Como si el cachorro supiera que estaba pensando en él, soltó un ladrido.

–¿Y quién es él?

–Oh. Es mi perro, se llama… Bolt.

–¿Bolt? ¿Cómo el programa ese que ven mis hijos? Vaya, qué cosas… –se lo quedó mirando un momento–… Óyeme, pero si son idénticos… –Ahora posó su mirada en mí, inquisitivo.

–L-lo encontré perdido ayer. No tenía collar, ni nada, así que lo traje a casa y… –lo señalé, como indicándole que el resto ya era historia obvia.

–Bueno, está bien. ¿Qué compras hoy? ¿Lo de siempre?

–Sí. Que sean tres panes franceses esta vez…, ah, y otra caja de leche.

–¿Otra? –señalé a Bolt otra vez.

–Ah, claro, claro. ¿Algo más?

–Mantequilla, y…

–Y…

–Comida para perro.

–¿De cuál marca?

–Ehm, no lo sé. La que sea más barata.

–Tengo la más barata que puedas encontrar, pero no creo que quieras darle eso a… a tu perro. –Parecía estar a punto de decir "Bolt" –. Muchos lo compran como veneno, más que como comida.

Eso no sonaba nada bien.

–¿Cuál, entonces?

–Espera…

Fue hacia uno de los estantes y trajo una bolsa de comida de marca.

–Esta es la más barata que es comestible. Y si tu perro no es quisquilloso, le gustará.

–Esto… ¿Y no tendrá algo para un perro quisquilloso?

–Sí, claro. Pero está diez dólares la bolsa pequeña.

–¡DIEZ DÓLARES!

–Ya sabes cómo están las cosas… Con la economía y eso.

–¿Seguro que no hay nada más barato?

–Puedes darle pan…

–¡Que sean seis panes franceses!

En el regreso, Bolt estuvo más calmado. Caminaba, a veces a mi derecha y a veces a mi izquierda, pero siempre delante de mí. Yo, por mi parte, estaba tarareando una canción que se me vino a la mente por no sé qué motivo.

Ya en casa, le di al cachorro uno de los panes con el plato lleno de leche. Esta vez se los dejé en la cocina y los dos comimos ahí. De vez en cuando debía levantarme para volverle a llenar el plato.

–Ya no más, Bolt; debemos guardar para la noche. Aunque es muy bueno que tengas tanto apetito. Ya estás recuperando tu contextura normal, ¿eh?

Ladró en respuesta, sacando la lengua.


Luz de la tarde que desciende por mi ventana. Bolt, apoyado sobre el filo de la cama con las patas delanteras. Yo, sentada a su lado con un libro sujeto en las manos. Si me preguntas: No, no sé cómo llegamos a esa situación, ya no recuerdo, pero sí sé que había prometido leerle un cuento y, pues, soy una chica de palabra.

En casa no tenía muchos libros. Empecé a leer (es decir, además de los libros que me mandaban en la escuela, a la cual tampoco asistía ya) luego de la muerte de mis padres. Fue como un hobbie, un pasatiempo o una distracción; no sabría cómo decirlo. Probablemente se hubiera vuelto una obsesión, con el tiempo, si es que mis recursos me hubiesen permitido adquirir muchos más libros, pero eso estaba fuera de mi alcance. Ahora mismo, dos años después, apenas y tengo un par de docenas de ejemplares, todos leídos, releídos, rerreleídos y lo que venga después. Así, pues, no sabía qué libro leerle a mi cachorrito. Luego de destrozarme la cabeza sin poder decidir, decidí cerrar los ojos y tomar uno al azar. Abrí los ojos y él ladró.

Lo miré.

–¿Seguro que quieres que te lea esto? –pregunté escéptica.

Ladró de nuevo.

–Okey, okey.

Y fue así más o menos como el ocaso nos atrapó. Él se movía y cambiaba de posición y yo me acomodaba para no adormecerme.

–"… Cuando llegan delante de la ruina, allí los gritos, el llanto, el lamento; allí blasfeman del poder divino. Comprendí que a tal clase de martirio los lujuriosos eran condenados, que la razón someten al deseo…". Oh, vaya, se ha hecho tarde. –Dije cuando las sombras comenzaron a cubrir el libro.

Bolt soltó un ladrido.

–¿Quieres que siga?

Sacó la lengua en un gesto que parecía una sonrisa. Le acaricié la frente.

–Muy bien. Pero, primero, ¡a cenar! ¡Ven, vamos!

Me levanté dejando el libro sobre la cama. Salí corriendo y él me persiguió, ladrando, mientras yo reía.


Habían pasado ya varios días desde que encontré a Bolt en aquella caja. Los días transcurrían muy animosamente, e inclusive había un pequeño trabajo (llevar y recoger de la escuela a la niña de los Greywood, antiguos amigos de mis padres, como muchos dentro del barrio japonés) para poder comprar algunas cosas para él y para mí. Parecía vivir una vida completamente diferente a la de tan solo hacía un par de semanas (que más que semanas, parecían meses). Todas las mañanas me daba un baño y salía hacia la casa de los Greywood y me lleva a la niña a la escuela –que estaba solo a cuatro calles de su casa, pero aún así los señores se hallaban demasiado trajinados como para llevarla–, luego regresaba a casa y salía con Bolt hacia la panadería. Las tardes eran pacíficas, y por lo general salíamos al jardín y le enseñaba algunos trucos (que nunca haya conseguido aprender ninguno, es otra cosa), y en las noches nos divertíamos corriendo de aquí para allá por la casa. ¡Me sentía como una niña en esos momentos!, corriendo, saltando y riendo como una histérica.

Había ocasiones en que él se paraba y contemplaba por largo rato los retratos de mis padres; en esos momentos sentía que los ojos se me llenaban de lágrimas. Bolt tal vez los hallaba familiares, tal vez los hubiera visto alguna vez. Es un perro, después de todo, tal vez los estaba viendo en ese mismo instante…

Pero no dejaba que eso me deprimiera mucho. Estaban ahí, de todas formas. Estaban siempre conmigo, al igual que Bolt. Sentía que, de cierta forma, mi cachorrito me conectaba con mis padres, y eso me hacía sentirlos más cerca y pensar en ellos dejaba de ser algo desolador poco a poco.

Todo estaba muy bien. Parecía que a la Señora Suerte se le había prendido el foco y finalmente se había acordado de mí. Un cuento de hadas, ¡así era mi vida! No pedía más que a mi cachorrito y un baño para iniciar cada mañana llena de optimismo.

No obstante, de vez en vez me llegaba a la mente que todo esto era demasiado bueno. Tan bueno que parecía hacerse irreal, parecía hacerse efímero y sentía que en cualquier momento desaparecería. Luz purpúrea del ocaso, viejas heridas que se abren. Temores, temores y más temores. Así me sentía, y en esos momentos no tenía ánimos de nada salvo de echarme en cama y cubrirme con la almohada hasta que se hiciera la noche. Premoniciones. Inminente final, solo eso. Lloraba en silencio y me enjuagaba las lágrimas para que Bolty no las viera. La luna me traía nuevos bríos, y con ella mi optimismo regresaba. Leerle cuentos a Bolt y luego dormir y tenerlo siempre cerca de mí, en el espacio que dejaban mis piernas al doblarse ligeramente formando una uve echada. Sonreía. Era feliz, y eso era lo que importaba. Cada noche dormía con el mismo deseo en la cabeza, un anhelo que repetía, pidiendo no otra cosa sino que esto durase para siempre…

… y si no para siempre, por lo menos todo lo posible.


¡Día de paseo! Debido a no-sé-qué festividad, la niña Greywood no tenía escuela ese día. Dormí mucho más de lo habitual y no fue Bolt sino los rayos del sol que me caían directo a los ojos los que me despertaron. Hacía una mañana preciosa y aproveché el día libre para sacar a Bolt. No seguimos el camino de la panadería, sino que me lo llevé adentrándonos un poco más a la ciudad. Llegamos a un parque de lo más hermoso, con amplios espacios, árboles desperdigados por el lugar, bancas de limpia madera, incluso una bella pileta en el centro del lugar. Muchas personas iban ahí con sus mascotas, así que pasamos desapercibidos; corrimos un buen rato por la extensión del parque y luego me eché contra un tronco a descansar un momento.

–Puedes ir por ahí, pero ándate con cuidado, no te alejes mucho.

Con un ladrido como réplica, se echó a mi lado.

–Vamos…, cachorrito –por algún motivo, no me sentía como para llamarlo por su nombre en público–, sé que no estás cansado. Ve, ve, pero no muy lejos, ¿okey? –No obstante, se mantuvo bajo la sombra de la copa del árbol. Suspiré y pensé: "¿Qué se le va a hacer?".

Había llevado una botella de agua y la bebía a sorbos mientras veía a las demás personas con sus mascotas. Perros de todas las razas (o sin raza), de todo tamaño, todo color. Recordé haber visto a lo lejos a una niña que paseaba con su gato y su hámster. (Los párpados se me hacían pesados). ¿Qué haría una niña con dos animales tan disparejos? Es decir, no es el gato se fuera a comer al hámster… ¿o sí? Sí, eso es. La niña debería cuidar a su hámster, o el gato podría comérselo durante la cena. Y hablando de cenas, ¿qué haría para cenar...? ¿Un poco de hámster, tal vez…?

Me dormí.

No estoy segura de en qué momento me quedé dormida. La realidad y el sueño parecían fundirse poco a poco hasta que no podía diferenciar una de la otra. Es verdad, de pronto ya no estaba en el parque, de pronto parecía estar levitando, haber dejado de existir y ver el mundo tan solo como espectadora, pero en el sueño eso me parecía de lo más normal. Suspiré (o sentí que lo hacía) viendo a mi Bolty divirtiéndose. Una niña pequeña corría con una cometa y el cachorro la seguía de cerca. El campo se extendía a tal punto que sus confines no estaban a la vista. Un pequeño lago se posaba al lado de una loma y en él había piedras preciosas que emitían destellos al reflejo del sol. La niña corría y la cometa subía y subía y la pita con que era sujeta se extendía cada vez más hasta que chocó con la luna. En este momento la niña soltó la pita y la cometa siguió elevándose como si emergiera a la superficie del mar, llevándose a la luna con ella. El sol (pues en el sueño sol y luna estaban uno al lado del otro) se mantuvo en su sitio, y su luz refulgente fue variando de color, de rojo a púrpura, como una bola de discoteca. La niña sonreía mientras el sol descendía y sus tonalidades se hacían grisáceas. La niña se metió al lago hasta desaparecer y mi Bolty se mantuvo a la orilla, contemplando el ocaso hasta que el sol chocó contra el horizonte y desde el punto de choque me llegó una luz segadora. Lo último que pude ver fue a mi cachorro alejándose de la laguna.

Desperté.

Ya eran más de las dos de la tarde, y yo lo supe de inmediato porque el sol brillaba desde un ángulo de modo que el árbol ya no me cubría de la luz. Me desperté sin recordar haberme dormido, solo con esas imágenes estampadas en la cabeza como si, de algún modo, acabaran de ocurrir en realidad. Pero eso era ilógico, me dije, y me desperecé antes de levantarme.

"Bueno, creo que ya va siendo hora de que volvamos."

–Bolt. Ya vamos.

Le di la vuelta al tronco del árbol sin hallarlo. "Seguro se fue por ahí", pensé. Barrí con la mirada la zona del parque donde estaba, otra vez sin suerte. Ya estaba empezando a preocuparme. Subí a la pequeña elevación que estaba cerca a la pileta y nuevamente lo busqué. Nada.

–Cachorro, ¿dónde estás…?

Estuve media hora dándole vueltas a todo el parque sin encontrarlo. La preocupación subía a cada minuto que pasaba. ¿Qué podía hacer? No podía llamarlo (gritar "¡Bolt!" me parecía impensable), y ya había preguntado sin que nadie me respondiera algo más útil que "Ah, sí. Creo que lo he visto. Bonito perro. ¿Se perdió? Oh, qué pena, niña. Me gustaría poder ayudarte…". Estaba desesperada.

–¡Cachorro! Ven, cachorro, ven.

Me sentí mareada. Parecía que el mundo de pronto perdiera forma, como si se hiciera irreal y perdiera todo sentido. Una profunda soledad se apoderó de mí, junto con el miedo. Ahí estaba ahora, sola, como la niña que desapareció en la laguna mientras mi Bolty se alejaba, se alejaba, se iba de mi vida para siempre…

"¡Cómo pude ser tan estúpida! Todo estaba bien, todo estaba tan bien, y ahora…"

Un ladrido me sacó de mi mente. Giré la cabeza y me levanté como impulsada por electricidad al ver a mi cachorro saliendo, sucio, lleno de polvo, de un callejón y acercándoseme.

"¡Bolt!", quise gritar. "¡Bolty, mi Bolty! ¡Estás aquí!", pero las palabras no me salían de la boca. Corrí hacia él y lo tomé en mis brazos y lo icé.

–Volviste… –conseguí decir.

Regresamos a casa.


–Necesitas un baño, Bolt. Urgentemente. ¿Dónde te has metido, cachorro? Tu pelo está gris otra vez. Tienes suerte que aún me quede ropa limpia, porque esta la cubriste de polvo. Estoy molesta contigo, Bolt, ¿cómo te has ido así, sin más? Cualquier cosa pudo haberte pasado. Qué bueno que estás bien…

Mentía. No estaba molesta. Suspiré de alivio. Me inclinaba de vez en cuando y le acariciaba la frente. Mi mano se cubría de polvo, pero no me interesaba. Me sentía feliz y al mismo tiempo sentía unas curiosas ganas de llorar. Otra vez estaba aquí. El sol volvía a brillar, la niña emergía del lago y se reencontraba con su cachorro. Bolt no se había ido.

Y, por un instante, fui eternamente feliz.