My Lil' Bolty
Solo Una Confesión
¡Al demonio la niña y al demonio su perro! Sabía que esos pensamientos estaban mal (estaban más que mal, de hecho), pero no podía evitarlo. Habían pasado ya dos meses. Dos meses enteritos, y Bolty (mi Bolty) ya era parte de mi vida. De algún modo, cada día que pasaba me iba pareciendo más y más que Bolt había estado siempre en mi vida. Como si hubiera nacido el mismo día que yo y hubiera sido un cachorro toda la década y media que llevo en el mundo.
¿Por qué las cosas deben ser de este modo…?
Todo empezó hace unos días. Había ido a recoger a Daisy (la niña de los Greywood) de la escuela. Siempre íbamos por el camino más corto; recorríamos casi de memoria las cuatro calles que nos separaban de su escuela. Por eso me sorprendió cuando, al acercárseme desde la puerta de la escuela, me dijera:
–¿Podemos ir por la zona del parque?
Tardé un instante en reaccionar.
–¿Estás segura? Ir por allá nos tomaría mucho más tiempo.
–Es que… nunca he ido por ahí.
–Tus padres se preocuparán si tardamos tanto.
–Ellos no se darán cuenta. Ninguno de los dos estará en casa. Pero no tienes que llevarme. Si no tienes tiempo, no te preocupes…
Bajó la mirada y llevó la mano izquierda a su hombro derecho. Esa era su forma de mostrarse apocada, y cada vez que la veía mostrarse de ese modo sentía que la tristeza me invadía el corazón. Y también el coraje, hacia sus padres. "Ellos no se darán cuenta". Me hubiera gustado que alguno de ellos anduviera cerca y hubiera escuchado eso. ¿Es que no se daban cuenta lo que hacían de su niña…?
–Nada de eso. Vamos. –Sonreí–. Te llevaré al parque.
El camino al parque me pareció llevarme a otra realidad. Cuando había ido al parque con Bolt (aquel día en que se perdió, aunque volvimos a ir en un par de ocasiones), el camino desde mi casa hasta ahí lucía inhóspito, con casas de puertas condenadas con tablones, pavimento agrietado, jardines con más malahierba que césped. Claro que cuando salía con mi cachorro el camino no se veía tan malo, pero yo solía pasear muchas veces por ahí durante la época antes de encontrármelo (hace miles, miles de años). No obstante, ir al parque desde la escuela era como si fuéramos en sentido opuesto hacia un lugar completamente distinto. Las casas no eran acomodadas, de eso no había duda, pero lucían cómodas y acogedoras. Una que otra lucía bancas de madera en su jardín, o sillas en sus pórticos. Muchas de ellas llevaban balcones que de los dormitorios daban a la calle. Los colores eran suaves y a la luz del sol, refulgían hasta sobrecoger.
Todo este paisaje me hizo pensar en mi hermana.
Poco después de que mis padres murieran, ella se casó. Sin respetar luto ni nada, fue al altar de blanco y apenas pudo se fue de la casa. Nunca la perdoné. Era una cobarde, después de todo. Recordar a mis padres era muy doloroso para ella y se fue a vivir con su novio (un chico correcto y profesional) a una casa como esas que veía: cómodas y acogedoras.
Cuando aún vivían mis padres, solía oír a mi mamá hablando con ella. Yo era muy pequeña y no entendía muy bien lo que decían, pero recuerdo que mi madre hablaba sobre la zona en que vivíamos, sobre cómo se iba despoblando y nadie quería ir a vivir ahí. Ahora mi hermana, igual que muchos de la colonia japonesa, había abandonado la urbanización para irse lejos. Supongo que es natural, supongo que todos tenían sus motivos para irse. Yo era la única cuyo destino estaba clavado a este lugar como un papel pegado a la refrigeradora por un imán
Como sea, trataba de que estos pensamientos no me consumieran mientras caminaba con Daisy. Ella me hablaba (ya no recuerdo de qué) y yo le respondía. Aunque ella era muy tímida, luego de que hablásemos un rato ya solo parecía una chica de su edad que no acostumbra decir mucho. Hablando nos la pasábamos a gusto siempre, y no quería que los recuerdos hicieran de esa la excepción; mucho menos porque esta era una ocasión especial para ella.
El parque a esas horas estaba menos concurrido que otras veces. Los niños que recién salían de la escuela aún debían almorzar y hacer tareas antes de sacar a los perros y muchos adultos aún estaban en el trabajo. Total, que teníamos un espacio de más de hectárea cuadrada casi para nosotras solas. Como el camino hasta allí era relativamente largo, Daisy quiso que nos sentáramos un momento. Nos adentramos en el parque y nos sentamos sobre una de las bancas a un lado del camino. Hacía un bonito atardecer. El sol pintaba de amarillo y naranja los tejados y se reflejaba en las ventanas de las casas. El gras parecía bañado en oro. El ramaje de los árboles parecía susurrarnos movidos por el viento.
Poco después, retomamos la caminata. Dimos vueltas alrededor del parque. Ella parecía absorta, maravillada, en toda la extensión de éste y yo, por mi parte, sonreía al verla. Pero algo llamó mi atención, de pronto. Un afiche estaba pegado a uno de los postes de luz. Las letras lucían algo despintadas, y el papel estaba rasgado. Había estado ahí por mucho tiempo, al parecer. Qué extraño, pensé. Nunca lo había visto antes, y seguro que si lo hubiera visto lo hubiera notado, pues por lo general no permiten que las personas peguen afiches en el parque. Me acerqué al afiche mientras dejaba a Daisy bajo la sombra de un árbol.
La sangre se me heló.
Podría decir que el corazón se me paró. No sería exagerar. Estaba de piedra, rígida como una gárgola. El mundo pareció deformarse, achicarse hasta que solo éramos yo y ese estúpido trozo de papel. El tiempo se detenía, todo perdía sentido. Solo quedaba el afiche.
Decía:
SE BUSCA
UN PERRO PERDIDO. PASTOR ALEMÁN DE PELAJE BLANCO. RESPONDE AL NOMBRE DE BOLT. LLEVABA UN COLLAR AZUL EL DÍA DE SU PÉRDIDA. POR FAVOR, CUALQUIER INFORMACIÓN LLAMAR A ESTE NÚMERO...
Debajo del número, aparecía la foto del perro perdido.
"Es Bolt. Es Bolt, el Súper Perro. Es mi Bolty…".
Me cayó como un baldazo de agua helada. En ese momento, estaba totalmente segura que el perro de la foto era el cachorro que había estado cuidando esos últimos meses. No me cabía la más mínima duda. Me sentí mareada. Como si hubiera estado bebiendo toda la tarde, me daba la sensación de no poder estar de pie sin tambalearme. En cualquier momento me desfallecería. Sí, caería sobre el camino y despertaría de aquel sueño, de aquella pesadilla. Y cuando volviera a casa…
… ¿qué encontraría cuando volviera a casa?
Me sentí observada. No era nada físico, pero capté la mirada como si alguien colocara una mano sobre mi hombro. Giré la cabeza a la izquierda y vi a una niña a la que tenía la sensación de haber visto antes. "¿No es Penny, la chica de la televisión?". Sí, sí era. La misma chica que había visto en el parque hace semanas, rodeada de un gato y un hámster. Me dio la extraña sensación de que todo tenía sentido de repente, de que todo era parte de algún sórdido juego que alguien le hacía a mi pobre mente. Pero esos solo eran delirios. La niña estaba ahí, con el gato, con el hámster. Esa era la única verdad.
Y me estaba mirando, esa también era la verdad.
El peso de su mirada iba en aumento, como si en vez de solo posar su mano sobre mi hombro ahora estuviera apretando queriendo quebrarme los huesos. Me invadió un temor inimaginable. Me sentía encerrada. Parecía que en cualquier momento vendrían hombres vestidos en traje negro que dirían "Terminó el juego, niñita. Despídete" y, así como así, despertaría. Así como así, todo habría terminado.
Tenía que huir de ahí. Disimulé que algo más llamaba mi atención fui caminando hasta quedar protegida de la mirada de la niña por la loma que se alzaba cerca al centro del parque. Acto seguido, llamé a Daisy. Ella parecía ensimismada viendo la copa de uno de los árboles donde seguramente se habría subido alguna criatura, pero acudió cuando la llamé casi enseguida.
–¿Sí, Jennifer?
–Vámonos, Daisy.
Ella abrió los ojos y parecía querer replicar algo, pero al final se lo calló y asintió con la cabeza. Yo tampoco me sentía de ánimos para explicarle nada. La tomé de la mano y nos alejamos a paso rápido.
No me sentí tranquila hasta que estuvimos ya alejadas del parque. Hasta ese momento, tenía la sensación ineludible de que aquella niña tenía los ojos clavados en mí. Me parecía poder verlos en mis pensamientos. Ojos sin iris, cuencas vacías. Solo una palabra flotaba entre esos ojos que me escrutaban y penetraban hasta lo más profundo de mí: "Devuélvemelo".
Cuando estuvimos suficientemente lejos, solté a Daisy de la mano. Ella estuvo intentando hacer conversación durante todo el camino, pero yo apenas prestaba atención a lo que me decía. Apenas podía prestar atención a nada. Cuando finalmente llegamos a su casa, le pregunté distraídamente si tenía la llave y luego me despedí.
–Nos vemos, Jennifer… –pero antes que pronunciara esas palabras, yo ya le había dado la espalda y me alejaba a grandes zancadas.
Bolt…
Bolt…
Mi Bolty.
Una vez tras otra, como si se tratase de un disco rayado, su nombre me vino a la cabeza. Mis recuerdos transcurrían por mi cabeza, como si fueran un rollo de celuloide que mis ojos mismos proyectaran. Al entrar al barrio japonés, las casas de balcones y bellos colores sobrios que brillaban al sol terminaron. Las tablas se sujetaban a las ventanas y a las puertas; los cercos (si habían), astillados, polvorientos y rotos. No había una sola alma que se cruzara a mi paso. Cada vez que entraba al lugar, me entraba la sensación de que todos hubieran muerto de pronto por alguna extraña pandemia y yo fuera la única sobreviviente. Pero, claro, en este momento no me importaba lo más mínimo. No había una sola persona que se diera cuenta de mi pesar, ni un auto que, tal vez, si lo hubiera habido, pudo haberme librado de ella para siempre. Embriagada por la desidia, me sentía más vagabundear que caminar con un destino fijo. Iba en medio de la pista, y mi mirada se paseaba por un lugar y otro y al mismo tiempo no parecía ver nada. El mundo perdía color.
Bolt… Bolty… Mi Bolt…
Mis recuerdos se hacían irreales. Sentía estos últimos meses me los hubiera imaginado hasta en el más mínimo detalle. Aquello tal vez no tuviera sentido, pero en ese momento me parecía que esa así. ¿Qué, si no? ¿Realmente un perro me había caído del cielo dentro de una caja? ¿Realmente yo era feliz gracias a él? ¿Algo de esto ocurrió de verdad?
Bolt… Ven, Bolt… Tengo miedo…
"No debería afectarme", me dije. "Solo dos perros blancos. Hay muchos de esos en este mundo. Bolt, mi Bolt, es mío. El de ella no tiene nada que ver con el mío. ¡Si se quiso perder, no me interesa! Yo encontré a mi Bolty y no es de nadie sino mío. ¡Y que la niña esa y su perro se vayan al cuerno!"
No me di cuenta cuando empecé, pero cuando me fijé ya no caminaba, sino corría. Aceleré el paso incluso más y no me detuve hasta llegar a casa.
"Esto no me afectará. Bolt no tiene la culpa. Solo es una coincidencia, solo eso. No dejaré que me afecte. Existen muchos perros blancos en el mundo…"
Abrí la puerta y entré. Ya eran más de las cuatro y el lugar se veía oscuro y viejo, como abandonado. El miedo se volvió a apoderar de mí.
–Bolt… ¡Bolt! ¡Bolt! ¿Dónde estás?
No lo volvería a ver, de eso estaba segura. Todo había sido un sueño. Todo lo que viví, todo…
No obstante, él apareció. Moviendo la cola. Sacando la lengua.
Las piernas me fallaron y me arrodillé. Él pareció sorprendido y luego se me acercó. Mis manos se acercaron como tanteando y luego, cuando sentí el tacto de su pelaje (cuando sentí que era real), lo abracé.
Le besé la frente.
Y lloré.
Los días después de aquello transcurrieron con normalidad. Creo que esa fue la primera vez que lloré a lágrima viva desde que él había llegado. Aunque me sentía feliz de verlo luego de toda aquella experiencia, una tristeza inexplicable me sometía sin tregua. Pero la tristeza se fue con el nuevo día, y la vida la seguimos como antes.
Yo y mi perro.
Me disculpé con Daisy por lo que ocurrió el día anterior. Ella decía que no tenía porqué, que no tenía idea de lo que estaba hablando, pero estaba segura que ella sí lo sabía. Como ya dije, los días siguientes transcurrieron en paz, como si no hubiera ocurrido nada…, salvo pequeñas diferencias. Evitaba aquel parque con todas mis fuerzas. Me excusaba con cosas que tenía pendientes cuando Daisy quería que la acompañase ahí. A Bolt me lo empecé a llevar a un parque que estaba en una dirección casi opuesta. "Es para cambiar de aires", le dije, aunque, desde luego, él no me había preguntado nada.
Las cosas siguieron en paz. Ahora me pregunto si hubieran seguido para siempre así si no fuera… bueno, si no fuera por lo que voy a relatar a continuación. Me pregunto si hubiera sido mejor. Pero, ¿mejor para quién? ¿Mejor para alguien en absoluto? No puedo contestar eso, no que pueda. Además, después de todo, las cosas se dieron de esta forma, y, tal vez, no existe otro modo por el que pudieron haber ido.
Le duela a quien le duela. Así sea a la autora de estas palabras…
Un día como cualquier otro. Yo llegando a casa, como de costumbre, luego de haber llevado a Daisy a casa. Bolt estaba a mi lado. Aquel día quise llevarlo. Como sentía que aún tenía algo pendiente con Daisy ("No tienes porqué."), no encontré mejor forma de arreglar las cosas que llevándole a Bolt. Amarré la correa de Bolt en un poste cercano y me dediqué a esperar. Cuando ella salió, parecía de buen humor.
–Hoy en clase de arte, en vez de ver historia del arte, nos dejaron dibujar lo que quisiéramos. ¿Puedes creerlo? Y todas las de la clase dijeron que mi dibujo era hermoso. No puedo esperar a que nos lo devuelvan con la calificación.
Sonreí. Cuando ella estaba alegre, parecía casi otra persona. Extrovertida, alegre, sin disculparse por todo. Así, ella me contagiaba su buen humor.
–¡Ah, por cierto! Tengo una sorpresa para ti, Daisy.
–¿Una sorpresa? ¿De verdad?
La llevé a donde estaba Bolt. Su reacción no fue la que esperaba.
–¡Un… un… pe-pe-perro!
Al parecer, según me contó, sentía pavor hacia los canes desde que uno la había intentado atacar hace algunos años. Tardé un buen rato en quitarle esa mirada aterrada con la que veía a mi cachorro. Que no todos los perros eran malos, que mi cachorro (seguía sin poder decir "Bolt" en público) era muy tranquilo, solo que a veces se emocionaba bastante. Bolt, que en todo el rato había estado intentando zafarse de su atadura para ir hacia mí, empezó a proferir un llanto lastimero, como durante los primeros días. Creo que fue eso lo que acabó por convencer a Daisy; el llanto de un perro realmente conmovía los corazones.
Lo desaté y se me aventó casi en un salto. Lo acaricié y le rasque el lomo, haciendo que él moviera una pata traseras como describiendo círculos. Luego, como si recién se hubiera percatado de su presencia, se acercó a Daisy. Ella estaba nerviosa, y parecía rígida como un bloque de mármol mientras Bolt la inspeccionaba con el olfato.
–Ella es una amiga mía, B…, cachorro.
Incité a Daisy a que lo acariciara. Su mano se acercó tímidamente a él y la retiró cuando él acercó su nariz a esta.
–D-disculpa. E-es que realmente me da miedo… –Me dijo.
–Vamos, Daisy. Tú puedes. Ya has visto como es. No te hará daño, ¿verdad, cachorrito? –Luego de un par de intentos fallidos más, finalmente consiguió posar la mano sobre su cabeza.
Seguimos el camino a casa hablando entre nosotras y de vez en cuando nos deteníamos porque Bolt casi nos hacía caer o porque, de dar tantas vueltas, estaba a punto de convertirme en un trompo humano. Lo tuve que hacer parar y sacarme todas las vueltas de la correa que ya me estaban apretando en distintas partes del cuerpo.
–Tu perro es muy bonito –dijo Daisy en algún punto, como si se acordara de repente–, ¿desde hace cuánto que lo tienes?
–Desde… hace algunas semanas –respondí vagamente, restándole importancia con un gesto de la mano.
–¿Cómo se llama?
–Realmente no le he puesto un nombre –mentí–. Siempre que lo llamo le digo "cachorro".
–Ya veo…
–Pero se lo he dicho tantas veces que ya debe de creer que se llama Puppy, o Pup, ¿no crees?
–Sí…, pero… no me suena mucho a un nombre.
Seguimos caminando. Me sabía mal mentirle, pero no podía evitarlo. No podía pronunciar las palabras "Mi perro se llama Bolt". Cada vez que lo intentaba sentía que mi estómago se retraía, como si intentara tragarse las palabras y deshacerlas hasta que desaparezcan por completo.
–¡Ya sé! –dijo un momento después–. ¿Sabes a quién se parece? A Bolt, el perro de la televisión.
Arrugué una parte de mi pantalón con la mano. Mis gestos no cambiaron (me cuidé mucho de eso), pero todas mis emociones se vertieron sobre esa mano que se asían con fuerza de mi ropa.
–¿Ah, sí?
–Sí, se parecen mucho. Ese era el único programa con perros que veía. Todos los perros me parecían malos, pero Bolt siempre me pareció leal y muy cariñoso con su dueña…
–Ya veo…
Solo me tomaron unos segundos regresar a la normalidad. Había decidido que esas coincidencias que se conjugaban en mi contra ya no me afectarían (o, al menos, me afectarían lo menos posible). Solos yo y mi perro. Yo y Bolt. Mi Bolty.
Llegamos a su casa en un par de minutos luego de eso. Nos despedimos (ella se despidió también de Bolt), y la perdí de vista cuando cerró la puerta.
–Vamos… Pup… –bromeé.
La tarde se veía diferente. No sabría cómo expresarlo de otro modo, simplemente… se veía azul. Grandes concentraciones de nubes se acercaban. Iba a llover otra vez. No llovía desde el día en que encontré a mi cachorro.
Cuando llegamos a casa, introduje la llave en la puerta. Ésta se abrió al primer giro. Alguien había entrado y no le había puesto el seguro. Había alguien adentro…, y yo sabía quién era.
Apreté los puños y entramos.
No tardó mucho en aparecer. Se plantó bajo el umbral de la cocina. De solo verla la irritación se me fue subiendo a la cabeza.
–¿Qué haces aquí?
–Yo también tengo una llave. Recuerda que también debería vivir aquí.
–Pero no vives aquí. –Repliqué. Cada vez me resultaba más trabajoso hablar sin gritar. Las palabras me salían como si rechinaran.
–No, y tú tampoco deberías, Jennifer. ¿No ha pasado ya suficiente tiempo? Incluso el luto ya debió terminar hace mucho tiempo.
–¿Luto? ¿Qué sabes tú de luto? Nunca hiciste nada por nuestros padres luego que murieran. Solo te fuiste, sin más. Pues bien, ahora vete.
–Yo de aquí no me voy, Jennifer. No hasta que entres en razón. Y sobretodo… ¿Uh? ¿Y él…?
Bolt, sin que lo notara, se había puesto a mi lado y miraba a mi hermana con recelo.
–Pero… ¿qué no es…? –ella abrió los ojos. No hacía falta más. Ya sabía lo que estaba pensando–. Pero… ¡Qué has hecho, Jennifer!
–¿De qué hablas…? –me hice la desentendida. Ahora era yo quien estaba a la defensiva.
–¡Este es Bolt! ¿No es verdad? El perro ese que aparecía en la tele y que ahora su dueña lo busca. ¿Me vas a decir que no tienes nada que ver en eso?
–C-claro que no. No tengo nada que ver.
–¿Cómo que no? Ay, ¡Jennifer! ¿Qué has hecho, por el amor de Dios? ¡Te has robado un perro! ¿Cómo has…?
–¡CÁLLATE YA! –me adelanté un paso y ella retrocedió. La ira se desbocó como el agua de una represa mal construida y se apoderó de mí– ¡Esta no es tu casa, ¿entiendes?! ¡No la es desde que te mudaste con el imbécil de tu marido! ¡No la es desde que te largaste como una llorona cobarde, abandonándonos a mis padres y a mí! ¡Y no tienes ningún derecho (NINGÚN DERECHO) a venir a MI casa a decir que me he robado un perro! ¿ENTIENDES?
El silencio reinó durante un rato. Ni siquiera Bolt se atrevió a mover un músculo. De pronto, mi hermana fue hacia el sillón y se dejó caer en él.
Murmuró algo.
–¿Qué…?
–Disculpa… –Dijo–. Todo este tiempo… Todo este tiempo… –se echó a llorar.
Estuvo así un par de minutos. Tal vez más, tal vez menos; el tiempo es tan subjetivo en estas situaciones. Se llevó una mano a la frente y las lágrimas discurrían en absoluto silencio, solo interrumpido a veces por un repentino sollozo. Decidí sentarme a su lado.
–Oye, yo… D-disculpa por lo que dije… –murmuré. Mis palabras sonaron carentes de sentido a mis oídos, pero no sabía qué más decir.
Cuando exhaló el último sollozo, levantó la mirada. Miraba hacia adelante, como si hablase con el televisor.
–No… Yo… Tienes razón. Todo este tiempo he huido de esta casa. Le tenía pavor. ¿Sabes? Cuando yo era pequeña y tú no habías nacido, nuestros padres se llevaban mal. Los escuchaba discutir y siempre sentía que era por mí. No sé porqué, pero sentía que era yo quien los hacía discutir. Intenté cambiar muchos aspectos de mi persona, pero parecía que eso empeoraba aún más las cosas.
«Luego, un día, empezaron a llevarse bien otra vez. Era como un milagro, ¿sabes? Me sentía muy feliz por eso, y cuando mamá quedó encinta de ti, las cosas se pusieron mejor. Por eso cuando naciste me alegré mucho. Eras mi hermanita…, y tú sí habías podido hacerlos felices.
Se llevó la mano a un bolsillo y extrajo un pequeño pañuelo. Se sopló la nariz.
–Cuando… cuando murieron…, los recuerdos de sus discusiones volvieron a mí. Sentía que sus fantasmas venían de noche y me recriminaban. Los había hecho infelices. De algún modo, estaba segura de ello. Por eso no había nada que detestara más que venir a esta casa. ¿Recuerdas cómo era? Yo salía de aquí para allá, pocas veces ponía un pie aquí.
«Fui yo quien le propuso matrimonio a mi novio. Es un buen chico, pero… si lo hice, fue solo para escapar de aquí. No podía poner un pie en esta casa sin que esos fantasmas regresaran a mí. Tú querías quedarte, eso me tomó mucho por sorpresa, pero no querías irte por nada. Yo quería que vinieras conmigo, pero… supuse que vivir un tiempo sola aquí te ayudaría a aceptar la muerte de nuestros padres, así que te fui mandando parte del dinero que ganaba para que vivieras aquí.
«Los meses fueron pasando y… bueno, a mí me preocupaba mucho que siguieras sin querer irte de aquí. Pensé que no aceptarías nunca que hubieran muerto. Así que vine… Te quería llevar conmigo, quería que te alejaras de esta casa, como yo lo hice. Cuando venía siempre estaba de malhumor. Es por lo mismo por lo que nunca venía a visitarte, era muy doloroso estar aquí…
Su última frase quedó suspendida en el aire, como si ahora existiera atemporalmente y se mantuviera eternamente dentro de nosotras. "Era muy doloroso estar aquí".
–Discúlpame… –musitó. En su forma de decirlo y en su expresión misma me recordó mucho a Daisy. "Tal vez no sean tan distintas", pensé. "Tal vez su vida se ha parecido bastante, en cierto modo".
Se levantó y me miró.
–No creo que vuelva a pisar esta casa, pero siempre serás bienvenida en la nuestra… ¿entiendes? –Me sonrió y luego miró a Bolt– Y… haz lo correcto, ¿sí, Naoko? Lamento estos dos años de ausencia. Lo lamento mucho. Puedes contar conmigo para lo que quieras, ¿está bien?
Yo también me levanté y nos dimos un corto abrazo. La situación me parecía irreal, como sacada de alguna de esas novelas rosas o de esos programas donde una conductora X solucionaba los problemas de familias disfuncionales (no sin antes hacer que se peleen entre ellos, para ganar rating).
Ella se fue unos cinco minutos después. Pareció haberse olvidado de la existencia de Bolt. Nos despedimos y le prometí que la visitaría pronto. Pero en ese momento pude haber prometido cualquier cosa. Como ya dije, la situación se sentía irreal.
Me abandoné sobre la vieja mecedora y los recuerdos de lo que acababa de pasar me vinieron una y otra vez, como si en un DVD hubieran grabado la misma película varias veces. Seguro estoy abrumada, pensé. Aquel día mis problemas con mi hermana, al menos en teoría, habían terminado. Un gran cambio, luego de dos años de no soportarla. Aquel día debería ser uno de los mejores de mi vida. Pero no importaba lo que pensase. En aquellos momentos no podía sentir nada. Me parecía notar mi propia felicidad e infelicidad como entidades lejanas, como dos hombres muy gordos que quieren pasar por la misma puerta al mismo tiempo.
Me sentía vacía.
Aquella tarde llovió a cántaros. El sol murió por poniente y el cielo lloró su partida.
Bolt y yo estábamos echados sobre el sillón, haciendo algo que hasta entonces no habíamos hecho: ver televisión. Ni él ni yo estábamos particularmente interesados en la programación, pero no estaba de ánimos para hacer otra cosa. Hacía zapping mientras rememoraba, por enésima vez, los eventos de aquella tarde. Intenté, sin éxito, forzarme a sentir alegría. Pero no podía sentirla. Y tenía un motivo muy fuerte para no sentirla: Bolt. Así es; luego de haberme traído tantas alegrías a lo largo de esos dos meses, ahora unas vocecitas no dejaban de molestarme susurrándome que no era mío, que me lo había robado. "Niña mala, niña mala. Una pobre niña llora por su perro perdido mientras tú te atreves a echarte cómodamente sobre el sillón con él sobre tu regazo".
No conseguía alejar esos pensamientos. Eran como metal ardiente ejerciendo presión sobre mi corazón.
Un programa de cocina. Las noticias sobre el tiempo. Noticias de espectáculos.
Bolt se acomodó sobre mí. Lo sentí retorcerse e intentar hacerse un ovillo. Yo adoraba a mi cachorro, aunque en definitiva ya hacía tiempo que había dejado de ser un cachorro. Era mi cachorro, a fin de cuentas. Yo había cuidado de él todo este tiempo. Intenté recordar mis días anteriores a su llegada, pero en mi memoria lucían borrosos, cubiertos de estática como las imágenes de la televisión. Era como si hubiera siempre estado aquí. Mis padres lo habían mandado para mí, desde alguna parte, me dije, pero pensar en ello solo me causó más tristeza.
Una película romántica. Un show familiar. Two and a Half Men.
Solía ver esa comedia de niña, cuando mis padres no estaban cerca. A mi madre le ponía los nervios de punta que viera esa clase de cosas, pero la verdad es que yo ya entendía perfectamente de qué iba. Tal vez si lo hubiera dejado ahí, las cosas pudieron ser diferentes. Tal vez, con el tiempo, todo volvería a la normalidad. Pero, ya lo dije, las cosas son como son, y nada en aquel momento me incitó a dejar la TV en aquel programa. Cambié de canal.
Bolt: Un Perro Fuera de Serie.
Cuando caí en el canal, justo una niña, que se supone que era el reemplazo de Penny, la primera protagonista, gritaba: "¡Bolt, ayúdame!". El control remoto se me cayó de las manos por el sobresalto.
Mi cachorro soltó un quejido. Se levantó y se alejó rápidamente. Tomé rápidamente el control y apagué la TV antes de ir tras él.
–Bolt… ¡Bolt! ¿Dónde estás, cachorro?
Estaba en un rincón de la sala.
–Oh, Bolt… ¿Qué sucede? –pregunté, pero dentro de mí sabía perfectamente lo que sucedía.
–Ven, ¿okey? Ven, Bolty.
Me quise acercar, pero él se alejó de mí subiendo las escaleras. Lo seguí detrás unos segundos después y antes de entrar a mi habitación, un sonido me vino desde adentro: un aullido.
Entré despacio y lo vi sobre mi cama, mirando por la ventana…, aullándole a la luna.
Nunca había oído aullar a un perro (de hecho, no sabía que lo hacían), pero lo que mi cachorro emitía no era su llanto lastimero de siempre. Era mucho más profundo, más prolongado, más penetrante. Era dolorosamente hermoso. Pero en esos momentos no me importó. Solo quise acercarme a él. Cuando estuve lo suficientemente cerca, él me miró con las orejas caídas. Sus ojos parecían intimidados, abrumados…, desconocidos.
¿Había recobrado la memoria? ¿Cuál memoria? Una pesadilla que llegaba a su fin solo para mostrar que era realidad. Sentí un peso terrible sobre mí. Él retrocedió un paso. Me desconocía. Tal vez en otras circunstancias me hubiera parecido algo diferente, pero en ese momento era lo que yo sentía.
Y dolía. Dolía mucho.
No pude contenerme. Sin mediar palabra, tomé el paraguas de mis padres que siempre dejaba a un lado del armario y una linterna. Cuando me di cuenta, ya me había arrojado a la inclemencia del tiempo.
Las gotas caían a multitudes y con una ferocidad inusitada. Sostenía el paraguas firmemente y tenía la otra mano sujeta a mi pantalón. Avancé sin detenerme una sola vez.
Aspiré el gélido aire de la lluvia. Por la dirección del viento, muchas gotas me salpicaron igual. Pisé un charco. No importaba. No pensaba en nada, pero avanzaba a paso firme a lo largo del camino.
Bolt… Mi cachorro… Bolt…
Pronto llegué al lugar. Aquel sitio que había visitado por accidente tantas semanas atrás. Me invadió un miedo terrible. Era como un juego, todo parecía como un juego. Y era el último turno. Pase lo que pase, alguien ganaba, alguien perdía, pero el juego terminaría. Y mi suerte estaba echada.
Ven, Bolty… ¿Por qué no vienes…?
Entré en el lugar. Las gotas ya salpicaban algunas cajas y también los contenedores de basura. Me acerqué a paso lento. Ahí seguía. Aquella nota ilegible ahora estaba empapada y podía deshacerse al contacto de cualquier cosa. La caja también se deformaba conforme el agua iba cayendo en ella. Apunté la linterna hacia el lugar.
Porque no eres mi cachorro, Bolt… Y esa es la verdad.
El tiempo se congeló. Yo misma estuve incapaz de moverme. Pero, ¿qué importancia tenía ahora? Ahí estaba. Final del juego, y yo había perdido.
Algo cubierto de barro, un collar azul. Limpio por la lluvia, relucía un medallón. Decía:
"BOLT, mi Súper Perro"
.
.
.
Buenas. Quiero agradecer a todos los que siguen este fanfic. No son muchos los que lo leen, y yo mismo tampoco dispongo de todo el tiempo que quisiera para poder seguirlo a un ritmo más acelerado, pero ¿qué se le va a hacer?
Cualquier duda, crítica (constructiva) o sugerencia, pueden escribirme un review o enviar un MP. Haré lo posible por contestarles lo antes posible.
Sin más que agregar, me despido de momento. ¡Hasta la próxima! ^^
