My Lil' Bolty
N/A: Buenas tardes. Bueno, he llegado al capítulo final de mi fanfic. Agradezco a los que han seguido este raro fanfic hasta el final. No son muchos, pero ¿qué se le va a hacer? Muchas gracias a todos. Ahora, aquí, el último capítulo:
A la Hora de Decir Adiós
Me llamo Bolt. Tal vez no lo creas, pero yo estaba seguro que mi vida empezó hace solo dos meses y medio. Mi primer recuerdo fue un terrible dolor de cabeza. Era tanto el dolor que sentía que me la estaban exprimiendo. No sé cuánto tiempo estuve así, aunque probablemente solo hayan sido un par de horas. El dolor era muy intenso y me daba la sensación de que los segundos se hacían horas. Un poco de luz entraba bajo la rendija de la caja como una fina línea que se desplazaba conforme pasaban el tiempo. Cuando la cabeza me dejó de doler, el sol aún no se había ocultado.
Me olvidé decirlo, pero estaba en una caja. Cómo llegue ahí, no lo recuerdo, y no creo que lo llegue a saber. Simplemente desperté ahí; mis recuerdos parten desde que yo ya estaba en la caja, y punto.
Volviendo a la historia: cuando dejó de dolerme la cabeza, sentí una felicidad inmensa. Quería salir y ver qué había afuera. (Tenía recuerdos de cómo era el mundo, lo que debió indicarme que yo ya había vivido incluso antes de mis recuerdos, pero, en esos momentos, no le presté atención a esa idea). Di un brinco hacia arriba… y la caja me devolvió. Lo intenté una y otra vez, pero nada. La caja estaba sellada con alguna especie de cinta adhesiva, y lo único que conseguía con los brincos era ir moviendo la caja de un lado para el otro.
Cuando me di cuenta que era inútil, me vino una sensación horrorosa de claustrofobia. Quería salir a como diera lugar. Tenía unos pequeños agujeros para respirar, pero ¿qué haría cuando no hubiera más comida? Incluso pensaba en qué sería de mí cuando tuviera que ir al baño (lo de ir al baño es solo una expresión, aunque creo que ya lo sabes, ¿verdad?). Quise romper la caja con las garras, pero estaban tan cortas que apenas y pude raspar un poco el cartón. Traté de romper la cinta adhesiva llevando mi pata rápidamente hacia arriba, pero más era lo que la cinta se pegaba a mi pata que otra cosa.
Llegó la noche y yo seguía sin poder salir. Llevaba una cosa pesada al cuello y me la arranqué para que no me molestara (sí, creo que era eso en lo que estás pensando). Seguí intentando, pero pronto ya solo podía seguir dando los brinquitos. Tal vez alguien se diera cuenta y me liberaría. Eso pensaba yo, pero en el fondo sentía que no sería así. Tenía mucho miedo. Ahí quedaría yo y ahí moriría. Solo pensarlo me producía terror, pero aunque había intentado con todas mis fuerzas, la caja no me soltaba. Sentía sueño y hambre; ya no tenía fuerzas sino para seguir brincando. Era la única forma que tenía de pedir ayuda. ¿Sabes lo que es despertar un día y darte cuenta que estás condenado a morir?
Ese día llovió. Escuchaba las gotas de lluvia caer a lo largo del mundo desde adentro de la caja. A decir verdad, sonaba aterrador. Yo seguía dando los brincos. No sabía cuánto tiempo iba a durar, pero en definitiva no iba a ser mucho. Ahí iba a quedar.
No obstante, fue ella quien me salvó. La caja empezó a agitarse y vi cómo arrancaban la cinta adhesiva y finalmente pude ver más allá. Lo primero que vi fueron sus ojos. Sus ojos eran negros, pero me miraban con una preocupación de lo más sincera (somos perros, sabemos notar eso muy rápidamente). Estábamos en un callejón entre dos edificios con tejado, por lo que las gotas apenas caían cerca a nosotros. Ella se inclinó hacia mí. Sentía que en cualquier momento me desmayaría; las fuerzas me fallaban y por momentos me parecía verlo todo borroso. No quería irme sin agradecerle, así que le lamí la mejilla.
Ella dijo algo, pero no entendí qué era. Mis oídos también estaban muy cansados. Ladeé la cabeza y ella esbozó una sonrisa que, más que alegría, me parecía triste. Luego murmuró algo que sí entendí:
–Estás solo, como yo…
Yo estaba solo. ¿Ella también se sentía así? Apoyé mis patas delanteras sobre ella y acerqué mi nariz a la suya. No sé por qué lo hice; sucedió de la forma más espontánea.
–Pero ya no más…
Me llevó a su casa. La lluvia corría a nuestro alrededor pero no nos caía encima. Ella llevaba algo que nos cubría de la lluvia (para-aguas, creo que se llama). Abrazado a ella, me sentía bastante seguro. Ella me había salvado la vida, y me protegía de la lluvia. Me sentía tranquilo, así que simplemente me dejé cargar y me dormí.
Los días que pasé con ella fueron maravillosos. Desde el primer día ella cuidó de mí. Me bañó, me dio de comer y me sacó a pasear. Todo eso que hacen las dueñas de los perros caseros. No obstante, yo lo sentía diferente. Ella era más que mi persona, era… era como mi madre. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Las semanas sucedían sin problemas. Ella comenzó a ausentarse, porque consiguió un trabajo. A mí no me gustaba verla marchar; cada vez que lo hacía, me entraba el temor que no regresara. Con el tiempo, por supuesto, ella siempre acababa volviendo y yo me acostumbré a ello. Ella pasaba mucho tiempo conmigo. Hacíamos de todo. Incluso ella me leía un libro. Nunca llegué a entender de qué trataba (el que lo escribió debe haber tenido un problema, porque lo que decía era muy confuso), pero me gustaba cómo se oían las palabras en su voz. Por su entonación me hacía una idea del libro y, además, me tranquilizaba mucho escucharla.
Todo era tan bonito…, pero si las cosas se hubieran mantenido así de bonito, yo no estaría aquí ahora, ¿no?
Bueno, ya llego a esa parte de la historia.
El final empezó un día que salimos de paseo. Nunca antes había estado en un parque, así que me sorprendió mucho cuando lo vi. Era enorme y todo cubierto de plantas y arbustos y uno que otro árbol. Sentía ganas de ir corriendo hacia allá lo más rápido posible y recorrer cada uno de los extremos del lugar, pero, desde luego, me quedé siguiendo el paso de mi persona.
Cuando llegamos, ella se recostó sobre un árbol y me dijo que podía ir por ahí. Yo decidí quedarme con ella, pero cuando finalmente se quedó dormida, me entraron ganas de ir a explorar el lugar y… y bueno, pues fui.
Había varios perros, pero todos parecían muy concentrados con sus propias personas. Saludé a uno que a otro, pero se iban casi inmediatamente después. Seguí andando por el parque hasta notar al otro lado de la pista un callejón. Como no tenía nada que hacer, me dispuse a ir hacia allí.
Tenía todo el tiempo del mundo, así que observé cada cosa que había ahí. Llegué a tropezar con una envoltura que habían dejado tirada por ahí y terminé cubierto del polvo del lugar. Aquí comienza lo extraño de la historia. De pronto, escuché una voz femenina detrás de mí:
–¡Bolt! ¡Estás aquí!
Y otra voz más:
–¡Te encontré…! –Dijo– Okay, ¡te encontramos!
Yo me giré y lo primero que vi era como una gata se abalanzaba hacia mí. No, no hice nada detenerlo, estaba en shock. Ella tampoco hizo nada para atacarme, de todas formas. Más bien… me abrazó. El hámster lucía muy emocionado también.
–¡Finalmente te encontramos! –seguía repitiendo el roedor.
–Te estuvimos buscando por todas partes, Bolt. –Dijo la gata negra. Yo no entendía cómo sabía mi nombre–. Penny nos trajo aquí de paso que colgaba algunos anuncios en esta parte de la ciudad. Se va a poner muy contenta cuando te vea.
–Sí, Bolt –dijo el hámster–, te estuvimos buscando por todas partes. Fuimos a todos lados menos aquí. Ahora que finalmente te encontramos, podrás venir con nosotros.
¡Ir con ellos! ¿Te imaginas?
–¡Hey! Esperen, esperen. Oigan, entiendo que busquen a un perro que se llame como yo, pero… ¡pero yo no tengo idea de quiénes son ustedes!
El silencio se hizo y nadie dijo nada por un buen rato. Me sentía bastante incómodo en esa situación, pero ellos lo parecían aún más. Finalmente, el hámster dijo, riendo como si se forzara a hacerlo:
–¡V-vamos, Bolt! Amigo, ¿cómo puedes decir eso? Soy yo, Rhino. Ella es Mittens.
–Bolt, ¿qué sucede? –preguntó la gata. Lucía preocupada.
–No sé quiénes son ustedes ni esa tal "Penny" de la que hablan.
–¡Oh! Tus semanas fuera te deben haber afectado –dijo el hámster–. ¡No te preocupes! Te llevaremos a casa y te pondrás mejor.
–Yo ya tengo casa…
Los dos me miraron sorprendidos.
–¿Casa? ¿Cómo que ya tienes casa? No me digas que vives aquí. Bolt, ven con nosotros, con Penny. Allí estarás mucho mejor que aquí.
–No vivo aquí, y sí tengo una casa. Escuchen, yo ya tengo una persona. Y no me importa ni quienes sean ustedes o Penny, ¡no pienso dejarla por nada!
Ninguno dijo nada por largo rato. Ellos se veían bastante tristes y llegué a sentir pena por ellos. Escuché a lo lejos:
–¡Ven! Cachorro, ¡ven!
Era mi persona.
–Permiso. Me llama mi persona. Espero que encuentren al perro que buscan… pero ese no soy yo.
Y me fui.
Suena increíble. A mí me parecía ridículo todo ese asunto. Cuando pensaba en ello, yo mismo pensaba "¡Qué tontería! Nunca los he visto en toda mi vida.", pero, muy en el fondo, me preocupaba.
Sí, me preocupaba. Cuando mencionaron por primera vez a Penny, sentí que algo dentro de mí se movió. No sé cómo explicarlo. Luego de eso, ya en casa, de vez en cuando me parecía notar que mi mente intentaba recordar algo, pero justo antes de hacerlo me llegaba una sensación de que en realidad no era nada. Como cuando te quedas diciendo "Lo tengo en la punta de la lengua". Yo lo tenía en la punta de la mente, pero nada más.
Un día, mi persona (Naoko), llegó llorando a casa. En realidad, no lloraba cuando llegó; entró y al verme, puso una cara como si viera un fantasma o algo así. Se acercó lentamente y luego me abrazó. Fue ahí cuando se puso a llorar. La oía murmurar "Cachorro, mi cachorro". Yo no entendía el porqué de todo eso, pero no me moví. Nunca la había visto llorar de ese modo; había soltado algunas lágrimas de vez en cuando, especialmente cuando me quedaba mirando unas fotografías que estaban en una esquina de la sala, pero nunca la vi llorar realmente. Me asusté. Me preguntaba qué le había pasado. Se calmó luego de unos minutos, y de pronto pareció ser la misma. Sonreía, y eso me hizo sentir muy aliviado. Las cosas siguieron como antes. Todo parecía estar bien otra vez.
Dejé correr el problema; pensé que solo había sido un susto, que tal vez ella tuvo un pequeño problema durante el camino de regreso. Pero ahora sé que no era así. Ahora me pongo a pensar en la forma en que me abrazaba, en la forma en que decía que yo era su cachorro. Ella tenía miedo. Tenía miedo de perderme. Me pregunto si hice lo correcto…
Sí, está bien. Primero debo terminar la historia. Como te decía: los días iban con normalidad. Íbamos a un parque que estaba algo lejos, pero disfrutaba mucho el camino. No obstante, todo cambió un día… sí, el día de hoy. Me parece que sucedió hace varios días, pero todo empezó esta tarde.
Mi persona decidió llevarme con ella a su trabajo: recoger a una niña de la escuela. La pasamos muy bien. La niña al principio me miraba con miedo (¿puedes creerlo? No sabía que las niñas pequeñas temían a los perros), pero luego Naoko la convenció de no tenerlo y terminamos llevándonos muy bien. Acompañarla a casa fue algo muy agradable. En un momento, la niña mencionó mi nombre. Dijo que me parecía a Bolt, el perro de la tele, o algo así, pero decidí no tomarle mucha importancia.
Cuando la dejamos en su casa, mi persona y yo nos fuimos a la nuestra. Parecía que iba a ser un buen día, pero aquí estoy, y esto demuestra todo lo contrario. Cuando llegamos, una mujer estaba en la casa. Era la hermana de mi persona, al parecer. Naoko parecía muy distinta cuando estaba frente a ella. Su voz era áspera. La mujer también hablaba con frialdad. Desde que la vi, no me dio nada de confianza. Apenas me puse al lado de mi persona, la mujer se horrorizó.
–¿Qué has hecho? –Decía–. Él es Bolt, el perro de la tele. El perro que está perdido y ahora su dueña lo anda buscando.
Naoko también se puso a gritar. Luego de eso, la mujer se sentó en el sillón y se puso a llorar. Hablaron un buen rato, y luego la mujer se fue. Al parecer, se habían reconciliado, porque se dieron un abrazo. Sea como sea, el ambiente no se veía alegre ni nada. Yo estaba muy afectado por lo que ella había dicho, y estoy seguro que mi persona también lo estaba. "El perro que está perdido y ahora su dueña lo anda buscando". Algo parecido me habían dicho Mittens y Rhino. Otra vez el nombre de Penny vino a mi mente. Me sentía incómodo, como si me faltara el aire. Los recuerdos me llegaban y se esfumaban para luego venir de nuevo. Naoko también parecía afectada; la expresión de su rostro era de pesar. Como estaba lloviendo (sí, la misma lluvia que ahora nos impide salir), encendió la televisión. Yo me eché a su lado. Ver la televisión me podría ayudar a olvidar lo que estaba pasando; seguramente ella tuvo la misma idea. Ella cambiaba de canal muy seguido, como buscando uno en específico. Fue ahí donde ocurrió:
De pronto aparecí yo en la televisión. No era otro perro parecido a mí, era yo. Lo sabía, y por si no hubiera estado suficientemente seguro, una niña apareció un instante después, diciendo: "¡Bolt, ayúdame!"
Era Penny. Lo supe de inmediato. En ese mismo instante sentí como si algo muy afilado se clavara en mi cabeza. Un dolor muy agudo. Parecía que mis recuerdos quisieran salir y me estuvieran rompiendo el cráneo desde adentro. Me bajé del sillón y me fui. Mi persona apagó la televisión y quiso ir hacia mí, pero mi dolor era muy grande, y en ese momento, cuando la vi, me pareció ver a una completa desconocida. Eso me produjo un terror inimaginable. Estaba recordando, ¿y si al recordar la olvidaba a ella? No quería averiguarlo, no quería verla. Subí las escaleras y fui hacia la habitación. El dolor aumentaba a cada instante y me puse a aullar, sin poder controlarme. La oí subir las escaleras, y escuché sus pasos al entrar en la habitación. Yo no podía parar de aullar, y ni siquiera podía girarme para verla. Tenía demasiado miedo, mi cabeza me dolía horrores. Ella tomó algo de la habitación y se alejó rápidamente. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta había sonado ya. Ella se había ido. Me quedé solo yo con mis recuerdos.
El dolor de cabeza fue disminuyendo. Era otro el dolor que sentí después. Ella se fue, ella me había abandonado. Así lo sentí, al menos. Fui a la cocina y abrí la ventana. Mis recuerdos aún se agolpaban unos contra otros y no tenía ninguna imagen con certeza. Yo era (yo soy) Bolt, el perro que antes protagonizaba un programa de televisión. Yo era (soy) Bolt, el perro de una niña llamada Penny, el amigo de una gata llamada Mittens, y de un hámster llamado Rhino. Yo era Bolt, y esa era mi vida. Pero también era Bolt, el perro de Naoko. Había vivido en su casa por dos meses, y no conocía otra vida que no fuera con ella. Todo me abrumó, pero en ese momento solo pensé en una cosa: huir. Huía de Naoko, huía de la casa, huía de mis recuerdos. Con dificultad, abrí la ventana de la cocina y salté hacia afuera. Lo demás, creo que ya te lo puedes imaginar. Vagué sin rumbo por todo el lugar hasta llegar aquí, a este callejón, y para protegerme de la lluvia llegué a esta caja donde te acabo de conocer.
Me has preguntado por mi historia, y esta es. Pero, ¿sabes?, me sienta mal todo esto. Penny debe estar en algún lado, buscándome, debe ser doloroso para ella. Pero mi persona… Naoko… ella ha cuidado de mí todo este tiempo. Ella sintió tanto dolor como yo, seguro que ella también sentía miedo, seguro que ella también se sintió abrumada, seguro que ella, al igual que yo, solo quería escapar. No la culpo. Pero ella es mi persona. No sé si cuando vea a Penny las cosas cambien, pero mi persona ahora es ella: Naoko. Solo quiero volver a verla. Venir aquí fue un error, pero ahora que te cuento todo esto, estoy seguro de que debo volver. Espero que ella esté allí, espero que no se esté preocupando demasiado (aunque sé que sí lo hace).
Debo volver.
No importa la lluvia. Igual, ya estoy todo mojado. Nos veremos algún día. Muchas gracias.
Allá voy, Naoko.
Se había ido. No sé cuánto tiempo habré estado afuera, con la lluvia deslizándose por mi paraguas, contemplando el collar, pero cuando finalmente reaccioné, cuando lo recogí y fui a casa, él ya no estaba. Dejé el collar sobre la mesa de la cocina y lo busqué por toda la casa. Al convencerme de que no estaba, olvidándome de todo, tomé el paraguas y me aventé otra vez hacia la oscuridad de la lluvia.
Estuve buscándolo un buen rato, pero la noche se hacía más oscura a cada segundo. Quise prender la linterna, pero me di cuenta que por el apuro la había dejado junto al collar. Recorrí varias calles medio a ciegas, lo busqué en algunos callejones y también revisé en los jardines de las casas. No había rastro de él. Cuando la oscuridad se hizo muy pronunciada, ya no pude seguir. Me resigné y tuve que regresar a casa. Muchos postes de luz estaban averiados o simplemente estaban apagados. Tuve que avanzar a tanteos para poder llegar a casa.
El camino me pareció larguísimo. El paraguas solo me protegía en parte, y, si durante mi viaje para buscar el collar ya me había mojado un lado del cuerpo, en el camino de regreso me mojé la otra mitad. Las gotas me golpeaban la mejilla y me parecían pequeños aguijones clavándose en mi piel. Mi ropa se hacía pesada por absorber tanta agua. Temblaba de frío cuando llegué a casa. Mis dientes tiritaban y un par de lágrimas rebeldes se confundían con las gotas de lluvia. Fui a mi habitación a cambiarme sin ninguna clase de prisa. Me enfermaré, pensé, pero no me importó en lo más mínimo. Una bomba pudo explotar frente a mí y tampoco me hubiera importado. Como aquel día en que se perdió, como aquel día en que vi el anuncio, todo me parecía irreal. Me sentía tan fuera de mí que ni siquiera podía sentir verdadera tristeza.
Me eché en cama y estuve mirando la luna, que parecía ser un espectro blancuzco detrás de los nubarrones. El aguacero seguía incesantemente. El frio que me había dominado momentos atrás fue dando paso a un calor febril. Era acuciante; ver la luna cubierta tras las nubes era desolador. Me quité el pijama y apreté las sábanas contra mi cuerpo. Me giré y me quedé viendo la pared vacía. Estaba muy agotada. Atrás, el sonido de las gotas golpeando contra la ventana se hacía distante, adormecedor…
Tan distante como yo de mí misma. Tan distante como estaba de mi Bolt.
Un ruido como de impacto me sobresaltó. Me había quedado dormida. Me quedé en cama mientras escuchaba. Otro impacto. Viene de la cocina, me dije. Me lamenté por no llevar nada encima. Me levanté sigilosamente y coloqué los pies dentro de las pantuflas antes de dirigirme hacia el guardarropa, que por suerte siempre dejaba medio abierto. Me puse un chándal que me quedaba algo grande pero me lo podía poner rápido. Saqué de una esquina un pequeño listón de madera que guardaba para ocasiones como esa. La respiración se me aceleraba. Temblaba, aunque no sabía si de miedo o de frío (esperaba que fuera lo segundo). Bajé sigilosamente y me apoyé contra la pared para asomar la cabeza. El lugar estaba iluminado, ya que no me había molestado en apagar las luces. Cuando vi la figura del intruso, solté el listón y este cayó estruendosamente sobre el suelo. Él también me miró. Entré en la cocina. Me acercaba lenta pero inevitablemente. Él se quedó donde estaba. Estaba totalmente mojado. Apenas conseguí pronunciar:
–Bolt…
Hinqué la rodilla al suelo y él cubrió la distancia que aún nos separaba. Se acercó y pegó su nariz contra la mía. Sentía que las lágrimas me iban a fluir en cualquier momento, pero ni una salió. Solo lo tomé entre mis brazos y lo estreché, suspirando. No sabía lo que sentía. No entendía qué tan alegre, qué tan triste, qué tan aliviada y qué tan desolada me sentía en ese momento.
Lo único que sabía era que, mientras lo tenía entre mis brazos, mi corazón latía tranquilo.
Esa madrugada soñé con mis padres.
Una lluvia, no tan torrencial como la de aquella noche, se derramaba sobre el pavimento y sobre la hierba del parque. Mis padres delante, conversando entre ellos, mi papá alzando su viejo paraguas. Yo iba detrás, jugando con mi cachorro. (Bolty). La lluvia caía sobre nosotros dos, pero no nos mojaba en lo más mínimo, como si nos atravesase. Pero era un sueño, y tampoco le prestaba mucha atención a la lluvia. En un momento arrojé una vara que llevaba en la mano lejos y mi cachorro se lanzó a traerlo.
Desapareció entre la niebla.
Lo estuve esperando un buen rato. Mis padres siguieron delante hasta perderse también, y me quedé sola sobre la acera, rodeada por la espesura de la niebla, esperándolo.
Alguien me asió de la mano. Me giré y vi a mi hermana. Ella lucía radiante: parecía una adolescente. Me sonreía. Me tomó de los costados y me cargó sobre sus hombros, como cuando era una niña. Pero yo era una niña. De pequeña usaba unos zapatitos blancos que a mí me encantaban, como los que usaba en ese momento.
Mi hermana y yo desaparecimos de la escena. Quedó aquella zona visible en medio de la inconmensurabilidad de la niebla. Apareció mi cachorro, de pronto… No, no era mi cachorro, era Bolt. Se plantó en ese lugar mirando hacia todas las direcciones. Parecía buscarme… o buscar a alguien. Por la misma dirección por donde mis padres y luego mi hermana y yo desaparecimos, una sombra comenzó a cobrar forma y tamaño. Se acercaba. Era…
Era…
Desperté.
Con el nuevo día, regresaron las preocupaciones de la noche anterior. El sueño no había hecho más que acrecentar mis temores. Aún era muy de mañana, y el sol apenas empezaba a alzarse por el oriente. Bolt dormía a mi lado, así que me levanté con mucho cuidado. Fui a la cocina a recoger el listón de madera y comprobé que se nos había acabado otra vez la leche. Dejé el listón apoyado contra la pared de la sala y tomé algunas monedas de mi mesa de noche.
Estornudé. Bueno, era normal estornudar luego de pasarte largo rato a la inclemencia del tiempo durante una lluvia torrencial. Me pregunté si Bolt también se habría enfermado. Seguramente que sí. Pero ese tema ya lo vería luego de traer el desayuno. Mi estómago rugía y quería apurarme. Bajé rápidamente las escaleras y abrí la puerta.
Me topé con una figura que, por cómo tenía la mano, parecía que estaba a punto de tocar.
–Hermana…
–N-Naoko…
–¿Qué haces aquí? –Estaba perpleja. Ella sonrió como disculpándose.
–Pues vine a visitarte, supuse que sería un lindo detalle traerte esto. –Alzó la otra mano, donde llevaba una bolsa con pan bagel–. ¿Puedo pasar? Hace frío aquí afuera…
–Eh… Claro, claro. Pasa…
Me hice a un lado y la dejé entrar. La situación me había tomado completamente por sorpresa y todavía no acababa de creerlo. "Y pensar que hasta ayer no podíamos ni vernos", pensé. Además, ¿qué hacía por mi casa (bueno, nuestra casa) a esas horas?
Cerró la puerta y llevó el pan a la cocina. Le seguí y exterioricé mi curiosidad. Ella respondió:
–Pensé que sería una bonita sorpresa. Me pasé por la panadería del señor Ryosuke para traerte esto. ¿Sabes? Esta casa ya no me aterra como antes.
Raspamos del paquete de mantequilla y la untamos en el pan. No era la leche lo único que hacía falta. Comimos en silencio, pero luego nos pusimos a hablar animadamente. Hablamos acerca del obtuso de su marido (que era buena persona, pero carecía de ingenio) y sobre mi pequeño trabajo con los Greywood y su hija Daisy. En eso, Bolt apareció por la entrada de la cocina.
–Oh. Hola, pequeño… ¿Cómo has estado? –Bolt se le acercó con suspicacia, pero al final se dejó acariciar. Yo, por mi parte, sentía el peso de las preocupaciones sobre mi corazón.
–Hermana…
–¿Sí? Dime. –Ella aún acariciaba el lomo del perro. Él se dejaba ya con más confianza.
–Hay algo que debo decirte.
–¿Qué es?
–Verás… Yo… Tú… Tenías razón.
El silencio se hizo un momento. Ella parecía pensarlo un poco, pero yo no podía pensar en nada, sino solo esperar su respuesta. Ella sabría lo que le intentaba decir sin necesidad de explicárselo.
–¿Cuándo te enteraste? –preguntó pausadamente.
–Ayer. Salí al lugar donde lo encontré y hallé su collar.
El collar lo había guardado en mi mesa de noche.
–¿Ayer? Pero si ayer llovió muy fuerte.
Estornudé a modo de respuesta.
–Ay, Naoko… Pero qué cosas haces; pudiste esperar a que el tiempo mejorara.
Decirle que no pude, y contarle todas las emociones que me embargaron en ese momento sería demasiado largo y demasiado extenso. Lo dejé pasar. Tal vez habría tiempo para contárselo en otro momento. Hubo otro momento de silencio, y luego ella empezó a decir:
–¿Sabes? Tal vez antes me hubiera parecido lo correcto lo mismo que a los demás, pero… soy tu hermana. Antes no lo entendía, pero ahora que pienso en ello, pienso en lo sola que debiste haberte sentido. No podría culparte por quedarte con él. Tú lo necesitabas más que nadie.
Tenía razón, pensé. Yo estaba sola, yo necesitaba alguien que me hiciera compañía. Yo lo necesitaba más que nadie.
Me levanté.
–¿Me podrías esperar un momento?
–¿Qué? Naoko, ¿a dónde…?
–No te preocupes. Regreso enseguida.
Subí las escaleras; tomé el collar azul con el medallón y la correa. Guardé el collar en el bolsillo y até a Bolt con la correa.
–Ahora regreso… –Repetí, y cerré la puerta tras de mí.
–Bolt, no sé si entenderás lo que te digo, pero escucha –le decía–: hay una niña que te quiere mucho. Te extraña mucho. Su nombre es Penny. Ella… ella te está esperando, Bolt. Ella te ha buscado por todos lados. No puedo permitir que ella siga sufriendo por no verte, Bolt… Mi cachorro.
«Es irónico, ¿sabes? –Por momento debía hacer pausas y apretarme los dientes para no emitir ningún sollozo–. Hemos vivido juntos por dos meses, hemos compartido de todo. Habían momentos en que yo realmente creí que duraría para siempre, pero era demasiado bueno para ser verdad. ¿No lo crees? En el fondo de mi corazón, yo sabía que esto terminaría, de un modo u otro. Pero no te preocupes, mi cachorro; tú hallarás una nueva vida al final de todo esto. Te lo prometo. Estoy segura que Penny te podrá dar la comida que a ti te gustaría, perrito quisquilloso.
Comencé mi perorata en algún momento del recorrido. El silencio me resultaba apabullante y prefería exteriorizar mis pensamientos. Así ya no sonaban tan tristes. Hubiera seguido indefinidamente, tal vez, pero de pronto encontré la casa.
No era como yo me la esperaba. A una estrella de televisión retirada me la imaginaba viviendo en una casa de tres pisos, con una gran piscina y con adornos florales exquisitos. En cambio, la casa se veía más bien modesta (no modesta como la mía, sino una modestia que expresaba que sí tenían dinero, pero que no lo gastaban en vanidades). El pórtico era de madera pintada de blanco y el tejado lucía un color rojo reluciente a causa de la lluvia. La casa era de color crema, y no contaba con ningún adorno que llamase demasiado la atención. Verifiqué el número en el collar y luego el de la casa. Era la correcta.
Suspiré.
Conforme cada paso me acercaba al porche, sentí miedo como una corriente eléctrica que me subía por la espina dorsal. Bolt soltó un quejido y me di cuenta que aferraba la correa y tiraba de ella con tanta fuerza que lo ahorcaba. Aflojé la mano y solté otro suspiro.
–Te quiero mucho, Bolty… –"Mi cachorro", quise decir, pero decidí no hacerlo. Ya no.
Era demasiado tarde.
Presioné el timbre y al poco rato una mujer vino a abrir. Era pelirroja, y algo gorda. Lucía con prisa, pero se mostró amable.
–¿Sí? ¿Puedo ayudarte con algo?
–Buenos días. Uh… ¿Aquí vive Penny?
–Disculpe, pero no da autógrafos ni nada.
–¡No, no! No es eso. Verá… verá… –Alcé la mano que sostenía la correa y la agité levemente. Ella siguió la longitud de esta hasta que sus ojos se abrieron desmesuradamente al dar con el can.
–D-discúlpame un momento, jovencita. N-no te vayas. –Entornó la puerta, pero no sirvió de nada: escuché claramente como llamaba a su hija. "¡Penny! ¡Penny, ven rápido!". Cuando la puerta volvió a abrirse, una puberta, igual de pelirroja que su madre, de ojos marrones. Aún lucía el pijama, y parecía que no se había despertado hace mucho (probablemente lo que la despertó hayan sido los gritos de su madre), pero cuando vio a Bolt todo su cansancio quedó atrás.
–¡Bolt!
Ella se lanzó hacia el cachorro y yo solo me hice a un lado, soltando la correa. Lo abrazó y pegó su nariz a la de él. Ver eso me dolió en el alma, pero desde luego que no dije nada, solo miré a otro sitio. Penny dijo:
–Pero, ¿cómo…?
–Esta chica lo trajo, Penny –dijo la madre. La chica se levantó y se acercó a mí.
–Muchas, muchas, muchas gracias. No sabes lo mucho que él significa para mí.
No dije nada. Su madre agregó:
–¿Por qué no nos acompañas a desayunar, y nos cuentas cómo lo encontraste y eso?
–No, gracias. No quiero incomodar…
La verdad, no tenía hambre. Por si toda la situación no era suficiente para quitarle el apetito a cualquiera, yo ya había desayunado.
–Vamos. Insistimos; ¿verdad, Penny?
–Sí, claro que sí.
Por dentro la casa se veía muy íntima. En la sala había un sillón rojo frente al televisor, flanqueado por dos lámparas altas. Pasamos a la cocina y me preguntaron qué quería comer.
–Lo que gusten…
–Vamos, te debemos una muy grande. Pide lo que quieras.
Terminamos comiendo pan bagel. Penny parecía muy emocionada, y la sonrisa parecía tan profunda que pensé que no podría devolver su rostro a su forma original.
Les conté vagamente sobre cómo encontré a Bolt. Evité a toda costa mencionar el tiempo que él había vivido conmigo. Lo había encontrado en un callejón, sin su collar y dentro de una caja.
–¿Una caja? –preguntó Penny.
–Sí, una caja. ¿Sabes qué hacía allí?
–No. No lo sé. El día en que se perdió, habíamos ido al parque hasta que me quedé dormida y cuando desperté ya no estaba. Pensé que lo habían secuestrado, pero nadie llamó pidiendo rescate.
Al poco rato bajaron un gato y un hámster a los que me pareció ya haber visto antes.
–Ella es Mittens, mi gata. Él es Rhino.
Ellos fueron con Bolt, sin tocar su comida. Me los imaginé hablando animadamente. La gata a veces alzaba la vista y me miraba con recelo. Esa mirada me incomodó, porque me hacía sentir culpable, pero ¿qué gato no mira con recelo?
Quería salir de ahí lo antes posible. Era un lugar agradable, pero las circunstancias me hacían ver en aquella casa la personificación de la tristeza. Mis emociones parecían ir inestables como las olas del mar. Unas veces me sentía tranquila y otras debía quedarme en silencio apretándome los labios. Tener poco apetito no me ayudaba para nada, porque debía mascar lentamente para no atragantarme con la comida. Cuando finalmente terminé, me puse de pie.
–Ha sido un gusto estar aquí, pero ya debo irme.
–Es una pena, querida. –Dijo la madre– Penny, acompáñala a la puerta.
Ella abrió la puerta y yo me planté del otro lado.
Bolt se acercó, y me miró con sus grandes ojos marrones.
–Nos vemos…, cachorro. –Le acaricié la cabeza y él de un salto apoyó sus patas delanteras contra mi pierna, moviéndome la cola.
–Parece que te tomó cariño –dijo la mamá de Penny, que también nos había seguido hasta ahí.
–Sí, así parece… –susurré. Tuve que hacer grandes esfuerzos para no soltar ninguna lágrima.
–¿Por qué no vienes a visitarnos? –Sugirió Penny–. Seguro que a Bolt le gustaría.
–Sí, es buena idea –secundó la señora.
–Sí… Claro. Vendré un día de estos –les sonreí.
Me di la vuelta y me fui. Esperé a escuchar el sonido de la puerta para cogerme con fuerza de la blusa y echarme a caminar con rapidez.
Cuando llegué a casa, ya no tenía ganas de llorar. Como las palabras en la punta de la lengua, yo tenía las lágrimas en la punta del lacrimal, sin asomar, sin mostrarse. Mi hermana notó que tenía los ojos rojos y, por si esa no era suficiente confirmación, la falta de Bolt a mi regreso ya era suficiente prueba de lo que había sucedido. Ella me abrazó.
–Hiciste lo correcto… –me susurraba.
Me sentía ansiosa, pero a la vez tranquila. Me sentía triste, pero segura a la vez. Mis emociones danzaban una con otra como en un juego de carros chocones. No sabía nada, no sentía nada. Pero estaba bien, ¿verdad? Hice lo correcto.
¿No es cierto?
Solo de una cosa estaba segura: había mentido, no volvería a pisar un pie en esa casa.
Y esa es una promesa que cumplo hasta el día de hoy.
N/A: El Epílogo lo publicaré en unos dos o tres días. Espero terminarlo en el transcurso de esta semana, porque ya se viene lo más aterrorizante que jamás hayas podido imaginar: exámenes finales.
–Reitero en agradecer a todos los que han leído este fanfic. Agradezco de especial forma a quienes dejan sus opiniones, me sirven mucho como support.
–Sin más que decir, me despido.
Mucha suerte, amigos ^^
