Mascarada
Capítulo 03
Cuando se despertó, su habitación le resultó extraña. No pudo reconocerla durante unos segundos y su mente no estaba por la labor. Después de un poquito, Francis recordó que estaba en casa y se relajó. Estaba echado bocarriba, se frotó con una mano el rostro y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que había algo ocupando parte de su espacio. Ladeó la mirada y, echada de lado y con el rostro encarado hacia él, vio a España durmiendo pacíficamente a su lado. Entonces identificó que lo que estaba ocupando su espacio personal eran los pies de la hispana que se encontraban entre los suyos. Se quedó pensando por un momento, tratando de recordar el momento en que acabaron en esa posición. Como un destello, le vino a la mente el recuerdo de despertarse repentinamente cuando ponía los pies entre los suyos, congelados, y cómo él los cubrió mejor, para calentarlos. Se giró para poder mirar a la mujer de frente y se quedó un rato, atontado, observando sus rasgos relajados mientras dormía. En ningún momento sus manos se movieron para tratar de palpar el nuevo cuerpo de Antonio. Era bastante curioso que aunque habitualmente buscaba cualquier momento para toquetear a la nación hispana, en ese instante no lo aprovechaba. El primer motivo era esa expresión pacífica e inocente que le despertaba un instinto paternal (o algo por el estilo) muy fuerte que le hacía desear por encima de todas las cosas cuidar de ella. El segundo motivo era que, a pesar de que le parecía muy atractiva, le fascinaba demasiado. No era normal que digamos que, de la noche a la mañana, tu vecino de toda la vida fuese una chica y ese hecho le daba ganas de observarla para encontrar los rasgos que se mantenían entre ambas apariencias.
Le llamó la atención la mueca que la hispana hizo, molesta por el cosquilleo que un mechón de pelo le provocaba sobre una mejilla. Antonio fue ladeando el rostro, apoyándolo más contra la almohada, en un intento de huir de aquel roce que le molestaba, pero el cabello se movía de igual modo y no estaba logrando nada. Francia reprimió una risa ante aquel espectáculo. Es que estaba bien adorable... Daban ganas de grabarla y subir el video a internet, a la página esa tan famosa. Seguro que obtendría un montón de favoritos. Estiró un brazo, con cuidado apartó el molesto mechón de pelo y, de repente, España le miraba muy despierta, fijamente. El galo pegó un respingo y retrocedió en la cama. Es que le observaba de un modo... Casi como si fuese la Santa Inquisición. Eso le producía un poco de miedo y todo.
- Yo no he hecho nada. ¡Lo juro! -suplicó Francia con las manos suspendidas en el aire, mostrando las palmas vacías a España- Sólo te estaba apartando un mechón de pelo porque te molestaba. ¡Soy inocente!
Los ojos de Antonio se entrecerraron y, de repente, bostezó sonoramente. Se acurrucó sobre la cama tras girarse y darle la espalda a Francis y prosiguió durmiendo. Se quedó estupefacto. Por algún motivo, esperaba que le lloviese un tortazo. Suspiró silenciosamente, con alivio, y salió de la cama. Cuando regresó, Antonio bostezaba y se estiraba, por fin despierta.
- Buenos días... Para no querer dormir en mi cama, eres quien más tiempo ha pasado en ella...
- Es más cómoda que la otra, no lo negaré. -dijo somnolienta.
- Mientras desayunas -empezó tras ponerle la bandeja sobre el regazo- te voy a escoger la ropa. Quiero que lleves esos zapatos que te compré ayer y sería un buen momento para llevar la falda.
- No quiero llevar falda... -murmuró la hispana a disgusto con un trocito de tostada apoyada sobre sus labios- No estoy acostumbrado y seguro que me queda mal.
- ¿Con ese cuerpo? Déjame dudarlo... -dijo Francia tras poner los ojos en blanco.
- Además, esos otros zapatos tienen demasiado tacón. Seguro que no me van a quedar bien. Me van a doler los pies. ¿No puedo ir con ropa ancha y bambas?
- Mientras estés bajo mi techo, comiendo mi comida, no. Y no te puedes ir a casa porque podría pasarte algo y entonces tu jefe tendría que acabar recurriendo a mí. Además, si te ve en ese estado le dará un ataque de histeria y empezara a hiperventilar. ¿Eso es lo que quieres?
- No... Aunque preferiría no tener que llevar tacones.
- ¡Nada, nada! Suficientes quejas por hoy. Ahora te preparo un baño, te pones esa ropa y te llevaré a una pastelería. Prometo invitarte a algo para que se te pase el mosqueo de llevar tacones, ¿de acuerdo?
- ¿Me comprarás algo? -dijo claramente sorprendida e ilusionada. Era extraño verle de ese modo. Le gustaban los regalos pero normalmente siempre le decía que mejor que no se gastara el dinero en esas cosas, etc.
- Sí, es una promesa.
Antonio pegó un salto de la cama, tras dejar los restos del desayuno que casi vuelcan con el bote que dio, y se fue hacia el baño proclamando a los cuatro vientos que iba a comer pastel. Francia se quedó anonadado... ¡Menudo ímpetu! Si tenía que convencerla de algo más, usaría sin dudarlo el pastel. Le dejó la ropa sobre el bidet e intentó, de nuevo en vano, ver a través de la mampara. ¡Estaba claro! ¡Tenía que hacer reformas de una maldita vez! De este mes no pasaba. Le iría bien para futuras visitas a su casa. O quizás nadie más se ducharía nunca allí, lo cual tampoco era tan negativo puesto que así ahorraría agua. Esperó pacientemente a que terminase. Aunque intentara al máximo comportarse como normalmente, Francia no podía evitar tener la conducta que tenía con otras damas. Es que no hubiese sido elegante asaltarla en la ducha.
Cuando se abrió la puerta del salón, entornó el rostro para ver a España. Llevaba unos pantalones tejanos de pitillo de color azul, un jersey entallado de color negro con el cuello de camisa, simulando que la llevaba bajo la prenda, y después los zapatos de tacón negros. El pelo lo tenía medio mojado aunque parecía que sí se lo había peinado y le caía grácilmente sobre los hombros. Francia se quedó embobado mirándola, casi la veía a cámara lenta, como una de esas bellezas que salían en las películas de Hollywood. De repente su pie derecho hizo un mal gesto y cayó con todo su peso sobre el suelo. Francis sólo escuchó el ruido ya que su caída había quedado oculta tras el sofá. Se quedó unos segundos atónito, sin creer lo que sus ojos acababan de presenciar. Si reaccionó fue porque escuchaba la voz de España quejándose por el dolor. Se levantó, ahora con rapidez, y se fue hasta su lado. Se agachó y la observó a ver si veía que algo estaba fuera de sitio.
- ¿Te encuentras bien? -le preguntó.
- Menuda hostia... ¡Por eso no quería ponerme tacones!
- Pero si son pequeñitos... -murmuró el galo. Es que lo ponía como si fuesen andamios y era un taconcito de nada.
- Que tú tengas experiencia porque no tienes reparo alguno en probarte toda prenda de vestir que caiga en tus manos no significa que yo lo haya hecho. En mi vida me había puesto unos...
- Esa ha sido una puñalada gratuita... Qué cruel eres cuando quieres.
Tomó sus manos y ayudó a España a levantarse. Como no pesaba tanto se le hizo bastante sencillo. Antonio de repente notó sus mejillas un poco más tibias e internamente se quedó atónito. Al parecer su parte femenina, recientemente desarrollada al igual que sus tetas, encontraba agradable la manera en que Francia se comportaba con ella. A ver, que no es que normalmente no le resultase agradable su actitud. El galo, quitando sus perversiones a las cuales ya estaba acostumbrado, era una persona que tenía conductas muy agradables y trataba de ser complaciente con la gente. Sin embargo, cuando era un hombre no le afectaba y ahora un ligero rubor teñía sus mejillas mientras Francia, sin soltar las manos, le enseñaba cómo pisar para poder andar con tacones.
Después de unos minutos de aprendizaje y de casi tres caídas más que fueron evitadas gracias a los buenos reflejos del francés, España había aprendido, más o menos, a caminar con aquellos zapatos. Francia decidió que ya le había enseñado todo lo que sabía y que era el momento de practicarlo. En el camino hasta la pastelería, que se encontraba relativamente cerca de la casa de la nación gala, no se tuvo que lamentar ningún daño. Aunque fuese de manera tensa y obviamente forzada, España caminó por su propio pie hasta allí. La tienda tenía las paredes revestidas de madera y espejos por doquier. La iluminación era copiosa y el lugar parecía brillar con luz propia. Al fondo del local había sillas rodeando unas pequeñas mesas encima de las cuales se encontraban unas cartas de plástico con la lista de precios y cosas que servían. Perdió de vista durante un segundo a la hispana y cuando volvió a mirar ésta se encontraba pegada al cristal, observando unos pastelitos pequeños de crema con azúcar espolvoreado por encima. Se acercó y miró también.
No hizo falta ni preguntar. Los señaló y Antonio asintió con entusiasmo. Tras salir de la pastelería se fueron hacia un par de tiendas más ya que Francis tenía que comprar cosas para la casa. Cuando ya iban hacia la casa, España ya no podía más con su alma. Los pies le dolían un montón y notaba que el zapato se le clavaba en el talón de Aquiles como si estuviese hecho de acero fino. ¡Dios, cómo odiaba esos malditos zapatos...! Además le dolía un tobillo porque yendo por la calle se le había quedado el tacón entre dos baldosas y su pie se había torcido por un momento. Tuvo que finalmente detenerse porque no podía más. Miraba al suelo con una sonrisa torcida y amargada. Francia se dio cuenta de que no le seguía tras unos pasos, cuando dejó de oír los tacones. Se dio la vuelta y la encontró de esa manera. Arqueó una ceja. Entonces vio que se apoyaba en una farola que le quedaba cerca y se quitaba los zapatos.
- ¿Qué haces?
- Me están matando. He aguantado suficiente tortura. Me duelen los pies demasiado.
- Pero no puedes andar sin zapatos por la calle. Puedes pincharte y entonces sí que te van a doler. -dijo mientras la observaba caminar hasta el banco más cercano.
Fue entonces cuando vio que su rostro adoptaba una expresión cansada y adolorida. Quizás había pedido demasiado para la primera vez. Se fue hasta allí y se agachó. Clavó una rodilla en el suelo y apartó las manos de la española para poder sujetar el pie y examinarlo. Tenía unas pequeñas marcas rojizas en los laterales del derecho e izquierdo y, en este último, el zapato le había ido rozando el talón hasta desollárselo.
- Veo que vas a tener que volver a las bambas por una temporadita. Tienes los talones bien delicados...
- Son esos zapatos, que los cosen con maldad para que tus pies mueran tras usarlos. -se quejó Antonio.
El rubio se rió al escuchar ese comentario. Mira que podía ser exagerado si se lo proponía... Se incorporó y sacudió la pernera del pantalón que había apoyado en el suelo. Entonces, se dio la vuelta para darle la espalda a España, que seguía centrada en frotar su pie dolorido.
- Vamos, sube. Te llevaré el trozo que falta hasta casa. Sigo pensando que no es buena idea que vayas por ahí sin zapatos. -se fijó en que España no parecía muy segura- Venga... He cargado otras veces contigo. Ahora pesas menos, no va a ser más suplicio que entonces.
Antonio acabó por suspirar y de un saltito se colgó a su espalda. Francis le instó a que agarrase bien los zapatos y que no los perdiese. Lo mejor sería que fuese a descambiarlos al día siguiente... Unos botines con un tacón más ancho quizás serían más apropiados para la española. No quería que se hiciera daño cada dos por tres.
Aunque España se encontraba leyendo un periódico deportivo, sentada en una postura muy poco femenina, Francia siguió mirándola con el ceño fruncido y expresión frustrada. Después de una nueva petición, estaba esperando una respuesta. Entonces los ojos verdes volvieron a mirarle, despegando la vista de las letras.
- No.
- ¡Eres una persona sin sentimientos en ese pecho tan abultado que tienes! ¡Te pido esto como el mayor favor que te he pedido nunca! Llevo pidiéndotelo días... Sólo un poquito... Te prometo que cuando pasen dos minutos pararé.
- Tienes una obsesión enfermiza con que te deje tocarme las tetas, joder... -dijo con una expresión hastiada. Es que llevaba como cuatro días que no dejaba de pedírselo una y otra vez. Parecía que se le olvidaba y de nuevo empezaba. Se asimilaba a un niño pequeño teniendo un berrinche porque quería que su padre o madre le comprara un juguete nuevo.
- ¡Como si tú no te las hubieses tocado! Precisamente estás tan tranquilo, porque has abusado de ti un montón. Que por un momento pensé que te las ibas a desgastar y te ibas a quedar sin pezones.
- Haz que te crezcan unas y entonces manoséate. No voy a dejar que tú abuses de mí.
- ... Pero no es abuso... Es simplemente que me dejes tocar un poco para ver si están firmes, la forma que tienen y si son blanditas. ¡Es como un examen! Tengo que ponerte nota.
- No lo estás arreglando, Francia. -dijo España y, tras esa declaración, entornó el rostro y continuó leyendo.
La nación gala resopló con frustración. ¿Es que no había manera alguna de convencerla? Sólo quería tocar un poquito. No iba a ser, ni mucho menos, como ese tremendo manoseo que ella les había estado dando durante cosa de tres días. No por falta de ganas, eso estaba claro. Hacía ya una semana y media que se había convertido en mujer, era bastante obvio que se acabaría acostumbrando y perdería el interés. Aunque, sinceramente, no comprendía cómo podía haberse cansado de tocar sus pechos.
- Por favor... Y te prometo que en la próxima reunión, cuando se metan contigo por la crisis y el déficit, te saldré a defender a capa y espada con todo mi esfuerzo. Como si fuese una ofensa dirigida hacia mí.
- ¿Y después me invitarás a comer? -preguntó dejando de lado el periódico por otro momento. Aquella propuesta parecía bastante interesante y no podía ir rechazando cosas así como así.
- Y a cenar también. Con un buen vino de acompañamiento, por supuesto. -dijo Francis subiendo su apuesta. Podía ver en la mirada de la hispana aquella emoción que otras veces, cuando habían estado regateando, tenía. Era obvio que le estaba interesando y, tal y como estaba, tenía que ir aún más fuerte para hacer que cayese en el bote.
Ella se llevó el pulgar de la mano derecha a los labios y se quedó pensativa. Que le defendiese de ese modo daría una buena imagen al resto de países, que quizás aumentarían la confianza que tenían en él. Además, estaban hablando de comida y cena gratis más vino de calidad. Era demasiado complicado rechazar una propuesta de esas dimensiones cuando el único precio a pagar era un poco de manoseo. Devolvió la vista al periódico.
- Está bien, pero como tampoco me quiero aprovechar de ti, la cena y la comida la preparas tú. No quiero que pienses que lo hago para que te gastes todo el dinero en mí. Y estamos hablando de dos minutos a lo sumo. No me molestes mientras acabo de leer esto y entonces no habrá problema. Como me fastidies se cancela el trato por mi parte y tú tendrás aún que cumplir todas las cláusulas que has establecido. ¿Está claro?
Si Francia hubiese sido un perro, en ese momento sus orejas estarían estiradas y su cola se movería frenéticamente de un lado para otro. Asintió con la cabeza con tanta fuerza que Antonio hubiese jurado que le había crujido el cuello. El rubio corrió hasta sentarse a su lado, quedándose a su espalda y le miró como el que estaba a nada de descubrir las maravillas más grandes del mundo. Se llevó un golpe fuerte en las manos cuando intentó colar las manos por el bajo del jersey que llevaba. Se quejó abiertamente de esa violencia gratuita que no venía a cuento de nada aunque fue ignorado por completo, como siempre que ocurría cuando Antonio le pegaba porque se lo merecía. Lentamente, casi con miedo, fue posando las manos sobre cada pecho y, al mismo tiempo, su expresión se tornaba una de sorpresa, descubrimiento y concentración. Mientras, España observaba con indiferencia su periódico, como si aquello no le afectase ni un mínimo. Francia apoyó el mentón en su hombro y bajó la mirada al escote. Se le dibujó una sonrisa de degenerado: aquello era genial. No era habitual que pudiera dar una buena manoseada a unos pechos de ese calibre, bastante grandes, redondeados, turgentes... En resumen: unos tan bien puestos. Por tanto, no era tan extraordinario que las neuronas se le estuviesen fundiendo un poquito. Miró ahora de reojo el rostro de la nación española y sonrió sutilmente. Rozando con la nariz, hizo descender la cabeza por su espalda. Antonio arqueó una ceja, levantando por un segundo la vista del periódico.
- No te pases un pelo... Como apartes las manos de las tetas, te vas a llevar una hostia. -avisó la hispana devolviendo la vista al trozo de papel.
- Tranquilidad~... Mis manos no van a moverse de ahí.
Y no se movieron en ese momento. Enterró su cara, con fuerza, contra la espalda y sus dientes encontraron con una habilidad digna de estudio el broche del sostén. De un tirón, lo había abierto. España observó el periódico con los ojos más abiertos cuando notó que la zona de su pecho no estaba tan sujeta de repente. Bajó el papel y antes de poderse girar tenía a Francia pegado a su cuerpo, con el rostro al lado del suyo.
- ¿Se puede saber qué haces?
Al mover las manos para subir el sostén sin sacarlo, el jersey se subió un trozo. De repente sintió las manos mejor, aún con la tela de la prenda superior cubriendo su busto. Francia sonrió al apreciar ese ligero sonrojo en sus mejillas. Estaba seguro de que ahora lo notaba más. Le hacía perder el norte por momentos verla así. Le sorprendió a España aún más sentir que el pulgar y el índice de cada mano rodeaba sus pezones y hacían una leve presión que le hacían sentir algo que no era desagradable precisamente. Se sonrojó y bruscamente le apartó. Ella puso distancia hasta llegar al brazo del sofá.
- ¡Se acabó el tiempo! Además, has incumplido las reglas. -dijo indignada.
Miró a Francia y éste le devolvía una mirada que conocía demasiado bien. Era esa de depredador que ponía cuando sus neuronas estaban muy fritas y ya no razonaba. Dios santo... Le iba a saltar encima. Lo iba a hacer. No es que estuviese aterrorizada porque no era la primera vez que le ocurría en toda la vida, pero sí era la primera vez siendo mujer. Lo más inteligente sería huir antes de que se abalanzara. Probó de hacerlo pero, antes de siquiera poner un pie fuera, Francia agarró los tobillos y tiró de ella hasta hacerla resbalar y quedar tumbada. El galo estaba de repente encima e iba a acercarse a besarla.
- ¡No, no, no, no! ¡Estate quieto! -gritó pegando algún manotazo para evitar que se aproximase más.
Desafortunadamente, ninguno de los golpes le dio y tuvo la oportunidad de agarrar sus manos y presionarlas contra el mueble, impidiendo que diese más manotazos. Le miró con unas pequeñas lágrimas asomando por la comisura de los ojos y una sonrisa nerviosa. Estaba muy jodida como no hiciera nada. Se movió bruscamente mientras seguía gritándole a ver si dejaba de pensar con la maldita entrepierna de una vez.
- ¡Joder! ¡Francia! ¡Que pares! ¡No quiero! -exclamó con frustración- ¡Te aviso!
Pero la advertencia era en vano y lo supo porque sus labios besaron su cuello de manera cálida y pegajosa. Así pues, como no le sirvió de nada avisarle, aprovechó la poca libertad que le quedaba y levantó la pierna con contundencia, estrellándola contra las regiones vitales del galo que se dobló hacia delante y recibió un codazo del brazo izquierdo recién liberado de España. Ella se escurrió de debajo de su cuerpo y farfullando en español se apartó y se llevó las manos, como podía, a la espalda, tratando de abrocharse el sujetador. Si ya algunos eran difíciles de desabrochar a otra persona, lo contrario y a una misma era casi imposible. Por suerte logró que uno de los pequeños broches se enganchara y más o menos se quedara sujeto. Pegó un tirón para bajarlo y hacer que cada pecho estuviera en su correspondiente copa y miró a Francia, encorvado en el sillón y murmurando expresiones de dolor con las manos sobre su entrepierna.
- ¡Quien avisa no es traidor! -exclamó España con un sonrojo que no se le iba ni queriendo. Le había ido de muy poco.
- ¡Eres muy bestia! ¡Puedes dejarme impotente si me das esas patadas! ¡Como sufra de disfunción eréctil en un futuro te juro que te culparé a ti por esta coz! Pareces un burro.
- Cállate, pene andante que está unido a un cuerpo sin cerebro. Piensas demasiado con la minga a veces y cuando te pones así eres lo peor y mereces que te encierren por degenerado.
- ¡Pero si otras veces lo hemos hecho y ha sido siendo tú un hombre! ¡Ahora lo tenemos más fácil! ¿Por qué desaprovecharlo? -dijo lloriqueando el francés tras tamaño ataque verbal.
- Porque no quiero y cuando una mujer no quiere, no quiere. Cuando España no quiere, no intentes obligarle porque te pateará las pelotas hasta que tengas voz de castrati.
Como una tormenta, la hispana salió de esa habitación dejándole con un palmo de narices. Sus amenazas, aún con esa apariencia tan dulce, seguían siendo igual de contundentes... Los tenía de corbata.
Antonio había cambiado con el paso de las semanas. De manera sutil y sin ser consciente él mismo de que había ocurrido, empezó a hablar de sí misma en femenino. Francia no había podido, en esos siete días, dejar de intentar acostarse con ella y cada día le salía con un nuevo motivo a cada cual más inverosímil que el anterior. Lo más surrealista del asunto era que Antonio le había salido con las excusas más típicas de las mujeres para no hacerlo, entre las cuales se encontraba el:
- Me duele la cabeza. Otro día si eso...
Si creyó que esa excusa se había pasado de moda, no para España. En otras ocasiones "estaba muy cansada" o ya, en un momento en el que se le pasaba el arrebato femenino, lo mandaba a la mierda y le decía que si tenía ganas de perder los huevos, se atreviese a meterle mano. En esos instantes Francia sabía que sería un suicidio intentar un acercamiento. Ese día iban a salir a dar una vuelta para que España se despejase ya que llevaba dos días un poco irritable a ratos. No sabía cuál era el motivo que le impulsaba a comportarse de ese modo pero mejor que se despejase y que pasara un buen rato para olvidarse de lo que fuese que la tuviese de mal humor. Se estaba poniendo un chaleco sobre la camisa cuando de repente escuchó un grito femenino.
- ¿Antonio?
- Oh dios mío... Oh dios mío... Oh dios mío... -escuchó a la voz de España decir, aunque claramente no hablaba con él.
Aquello ya le puso nervioso. ¿Qué estaba pasando? Anduvo con rapidez hasta el baño y golpeó la puerta.
- España, ¿estás bien? -silencio. Volvió a golpear en la puerta- Eh, España.
- Franciaaa... -escuchó la voz llorosa de la mujer- Entra. Entra rápido.
No hizo falta que lo dijera una tercera vez. ¿Cómo no hacerle caso cuando era obvio que algo le estaba pasando? Giró el pomo y abrió la puerta. España estaba sentada sobre el lavabo, con los pantalones por las rodillas y los ojos llorosos. Se acercó hacia ella, no parecía herida y eso le aliviaba ligeramente.
- ¿Por qué has gritado? ¿Qué te pasa? Me has pegado un buen susto... -dijo preocupado.
- Me pasa algo... Hay sangre... Hay sangre por todas partes...
Entonces se fijó en que había una mancha en sus pantalones de color rojo. Se acercó un poco más y vio que la ropa interior estaba igual. Se le quedó una cara de repelús al ver aquello.
- ¿Te has hecho algún corte o algo? ¿Qué te ha ocurrido? ¿Estás bien? Hay mucha sangre... -estaba empezando a asustarse un poco porque no sabía qué ocurría.
- Francia... Creo que acaba de venirme la regla... -dijo mirándole con horror.
El rubio le miró con espanto. ¿Lo estaba diciendo en serio? Esas eran palabras muy serias. Nunca había presenciado un ciclo menstrual en directo y, por supuesto, no estaba preparado para ello. Abrió los pequeños armarios que había en el baño y no encontró nada.
- Tengo muchas cosas pero no tengo compresas... Necesito que aguantes diez minutos hasta llegar a la primera tienda que encuentre y comprar un paquete. Te traeré ropa limpia y te lavas un poco.
- ... E-estoy sintiendo como cae sangre. Es asqueroso. Francia, ayúdame... -dijo con horror.
- N-no me cuentes eso, no quiero ni imaginarlo... No tardo. -se fijó en que España estaba más atónita, incluso parecía tener miedo- Eh, no pongas esa cara... -le dio un beso en la frente- Voy a venir pronto, ¿vale? No pienso dejarte sola.
Vio que asentía y eso fue una señal para marcharse. Corrió a toda prisa hasta la tienda más cercana y, a falta de conocimientos, compró cuatro paquetes de compresa de casi todos los tipos: con alas, con alas de noche, sin alas, ultra plus con no se qué cosa del olor... Cuando llegó a la casa, casi estaba echando los higadillos por la boca por la carrera. Gritó para hacerle saber que había llegado pero que antes le cogería ropa. Una vez tuvo todo a su alcance, fue hasta el baño y allí la vio, donde la había dejado.
- Toma, te he traído un montón. No sé cuál es mejor pero ya iremos investigando. Bueno, tú investigas, me temo que esto me puede. No creo que pueda verte sangrar de este modo. Lo que debes hacer ahora es ducharte un poco. Te prepararé algo para desayunar y que se te olvide todo esto. ¿Aún quieres ir por ahí?
- ¡Estoy desangrándome! ¡No voy a ir a ninguna parte en este estado! -espetó.
- ... Está bien, está bien... Era una pregunta sin intención alguna de mosquearte.
Madre mía, menuda reacción. Le dejó intimidad y cerró la puerta. Se fue a la cocina y preparó un desayuno copioso que dejara satisfecha a España. Esperaba que, de esta manera, su humor mejorara y se sintiese mejor a pesar de que estuviese expulsando sangre por sus partes íntimas. Ese era el trozo que le parecía bastante grotesco de ser mujer. Bien, era lo normal, pero no dejaba de ser algo que parecía ser incómodo y desagradable. España apareció en el umbral de la puerta con aspecto abatido. La miró, de reojo, y le trajo parte del desayuno para que empezase a comer.
- ¿Ya estás mejor? -le preguntó con preocupación.
- Parecía la película Psicosis... Sangre por todas partes... -dijo España cogiendo la tostada y dándole un bocado tímido.
- Suena horrible... -dijo Francia imaginando la situación de manera mucho más exagerada. En su mente la escena tenía tal cantidad de sangre que le llegaba a la hispana a la altura del tobillo y llenaba la bañera.
- Me está empezando a doler la zona de los riñones... -dijo Antonio con cara de sufrimiento.
- Eso dicen... Entre otros síntomas, algunas mujeres presentan dolores en las lumbares y en los ovarios. No tienes que preocuparte.
- Es fácil de decir cuando no te duele a ti, guapito de cara.
- Perdona, perdona...
Al rato, España pareció olvidarse por completo de todo. Charlaba de manera jovial y animada de un tema bastante absurdo que él no se atrevió a contradecir. A decir verdad, hablaba de manera muy animada, demasiado, rozando la hiperactividad. Intentó aportar algo pero enseguida pisó lo que decía y expuso algo nuevo. Por eso mismo decidió callarse y dejar que fuese ella la que dijese lo que fuese que le rondara por la cabeza. Después fue el momento en el que el dolor le volvió hasta que la dejó hecha polvo, medio echada sobre la mesa con cara de asco.
- Te voy a dar algo para el dolor, ¿vale? Tendrás que esperar un rato a que te haga efecto, pero al menos no será tan fuerte como ahora.
- Francia, no le deseo esto a nadie... Bueno, a Inglaterra sí, pero a nadie más... De vez en cuando, y sobre todo si estoy de pie, noto cómo va cayendo la sangre y todo eso... Hay pegotes de sangre, Francia. Pegotes.
- ¡No me cuentes esas cosas tan asquerosas! -lloriqueó el francés llevándose las manos a los oídos y negándose a escuchar más.
El resto del día fue como estar jugando constantemente a la ruleta rusa. Hubo un momento que, por algo que ni siquiera quiso insinuar, Antonio se enfadó muchísimo con él y tuvo que levantar la voz para hacerse oír y disuadirla de sus pensamientos. Por un momento, la parte creyente de Francis, bastante oculta con regularidad, le rogó a Dios que el comportamiento tan descontrolado de España se aposentara un poco. Había pasado una hora desde eso y cuando regresó de darse una ducha, la encontró echada bocabajo sobre el sofá sin energía alguna.
- ¿Te encuentras bien? -le preguntó tras arquear una ceja.
- No... Me quiero morir... Esto es lo peor que me ha pasado nunca. -dijo con tono lloroso. Entonces le miró con carita de pena- ¿Por qué estás tan lejos?
- "Porque me da miedo que me pegues de nuevo por algo que no he dicho" -pensó. Pero lo que acabó por hacer fue sonreír de manera conciliadora- No estoy tan lejos.
- Sí lo estás. Me estás tratando como si fuese una infectada... Ahora que tengo la regla no te gusto... -dijo mientras ocultaba su rostro y empezaba a llorar.
- "¿En serio me está pasando esto? Las hormonas son algo terrorífico..." -pensaba Francis mientras miraba atónito a la hispana, que seguía echada en el sofá. Al final suspiró inaudiblemente y se aproximó hasta plantarse delante del sofá- Oye... Vamos, España, mírame~
La mujer, aunque al principio parecía que no iba a hacerlo, acabó por mirarle con los ojos llorosos y la comisura brillante. Francia suspiró resignado. Estaba llorando en serio... A saber qué gran desajuste hormonal y emocional estaba sufriendo. Aquello no era, claramente, un comportamiento típico de él. Volvió a suspirar. Hizo que se incorporara un poco para poder sentarse sobre el sofá.
- No es verdad que ahora no me gustes~ Sabes que soy una nación que, dado el caso, sabe ver más allá de los pequeños defectos. Además, no es que vayas a estar así para siempre, sangrando. Sería un idiota si no me gustaras porque durante tres días vas a sangrar.
España le miró emocionada y después de eso se le echó encima y le abrazó con efusividad. Es que lo que había dicho era bonito y ya que ella sentía repulsión hacia sí misma, era agradable que alguien se quedara a su lado a pesar de la situación.
- Eres el mejor, Francia~ -dijo con ese tono conmovido.
- Lo sé, España~ Lo sé. Me alegra que por fin te hayas podido dar cuenta de ello. -dijo sonriendo con suficiencia y dándole pequeñas palmaditas en la espalda- No tienes que estar tan triste. Estás experimentando unos cambios de humor alucinante, tu hermanito Francia está hasta preocupado.
- Tú no me dejes sola... -dijo con una mirada de corderito y volvió a abrazarse a él.
- He estado leyendo antes en el móvil -mientras Antonio había estado despotricando sobre la crisis, los bancos y los especuladores como si los tuviese delante a todos y estuviese por condenarlos a muerte- que para el dolor va bien el calor. Tengo una manta eléctrica que puedes usar ahora. Ya verás que te sienta bien. Te tumbas y si eso duerme un rato. Yo me quedaré aquí contigo, leyendo. ¿Te parece bien?
- ... Me parece bien... -dijo la hispana asintiendo con la cabeza y aflojando el abrazo para que pudiese levantarse a buscar lo que le había prometido.
Minutos después, Francia seguía leyendo el libro mientras España, con la cintura medio enrollada con la manta eléctrica, intentaba descansar un poco. Su cabeza reposaba sobre el regazo del rubio, que no se había ni esforzado en evitarlo. ¿Para qué? En primer lugar, a Francia no le molestaba la cercanía de España. Y, en segundo lugar, la mujer estaba emperrada en estar cerca de él, que a ver quién era el guapo que se lo negaba. Podía patear bien fuerte, lo tenía comprobado.
Nuevo capítulo~
Cosas que pueda comentar... Lo que más claro tuve desde un principio era que quería hacer que tuviera la regla y que los dos fuesen un maldito desastre, quería verles histéricos xDDDDD Así que esto del final era algo que tenía pensado desde que empecé a gestar el fic. Luego, la parte del manoseo... Lo siento, hasta siendo chico y chica me gusta que se metan mano xD No puse lemon porque no me parece bien xD, me rompería la dinámica del fic. Y ya no sé qué más decir, así que comento los reviews ouo
BrujitaCandy, Bueno, España no puede estar para siempre normal xD Se nota porque aquí ya le afectan las hormonas xD El pobrecico está todo liado xD Es eso, Francia ya por lo general se preocupa por España, pero al ser mujer le da como más cosa y entonces se esfuerza por colmarla aún más de atenciones. Le sale solo, no lo puede evitar, es su romanticismo innato xD
Izumiwi, xDDD... Vale, quizás mucho amor en este capítulo no ha habido xDDDD Lo siento xD No hay amor, o quizás por ratos, pero en general es su manera de quererse xDDDD Espero que te guste igualmente XD
Misao Kurosaki, omg... xD dejas de comer para leerlo? Que no te dé nada, mujer ;v; Mejor come antes...Creo que era ligeramente más corto. Si todos tuviesen el mismo tamaño se quedarían cortados en momentos muy raros y también sería más corto publicar el fic xD Cómo no va a quedarse con cara de idiota mirando a España xDDD? Es imposible para Francia xD
Tomato-no-musume, por favor... Francis es más que un pervertido que metería mano a cualquier cosa D: ... En este capítulo lo ha hecho pero es porque ya había aguantado mucho D: Y tiene el pelo bastante más largo que en pirata XD que tiene que darle para hacerse el moño. ouo Lo siento la nube de azúcar ha desaparecido xDDDD
Chic, holas, bueno como dice la definición "Fraude, farsa, engaño" que toma sentido en el hecho de que parece una mujer normal y corriente pero en el fondo es un hombre hecho y derecho xDDD Esa es toda la explicación que puede tener el título.
Yuyies, Es que Francis es un amor u3u Lo que pasa es que mucha gente no lo sabe ver. :'D A ver, también tiene sus defectos, como todos, pero en general es muy agradable. Me da penita ver a veces qué roles le dan, sin realmente ninguna motivación ni sentimientos detrás ni nada.
Y esto es todo por esta vez,
Nos leemos la siguiente semana, que quizás actualice el jueves ya que el viernes estaré fuera y sábado tengo Salón del Manga, así que no quiero tardar mucho más en actualizar.
Un saludo,
Miruru.
