Mascarada

Capítulo 4

Atrás quedaban los días del desafortunado ciclo menstrual de España, esas jornadas en las que la sangre parecía estar por todas partes. Por un momento, el galo pensó que le iba a pillar hasta fobia a verla. Antonio decidió que volvería a dormir durante los días que durase en la habitación de invitados. Francis se quejó de aquella decisión al principio. Ahora que había logrado que se dejara de tonterías y se acostase en la cama más cómoda, como hacía siempre, volvía a dar un paso atrás. ¡Ya había visto que no le metía mano (al menos no demasiada y nunca mientras estaba despierta porque, siendo mujer, Antonio estaba menos en Babia)! A la mañana siguiente se había producido una catástrofe casi peor que un desastre nuclear. Los gritos de España rozaban la histeria pura y dura. El pijama, la cama, las bragas y sus muslos por la parte interior estaban manchados de sangre. Le costó muchísimo que se le pasara el berrinche, aunque también comprendía el horror que debía sentir. Si le hubiese pasado algo similar a él, quizás se hubiese puesto a gritar aún más.

El día que vio que no sangraba más, había vuelto a chillar. Francis, que se encontraba echado en la cama, pegó un brinco y corrió hacia el cuarto de baño como alma que lleva al diablo. Llegó medio sofocado y despeinado sólo para ver a España saltando de alegría con una compresa limpia en la mano.

A partir de ahí se instaló una rutina que era más típica de las personas normales que de las naciones. Francia recibía el trabajo en casa y así podía estar con la hispana, que si no se aburría. Comían juntos, hablando de temas poco relevantes, pasaban las horas echados en algún sitio haciendo absolutamente nada y luego dormían. Sí. Dormían. No porque Francia quisiera, porque él deseaba catar su cuerpo, pero España ya le había pegado golpes que lo habían dejado sin aliento.

Ahora se encontraban sentados en el sofá, España se había tumbado y tenía los pies y tobillos sobre el regazo de Francia. Estaba entretenida mirando la televisión, una película española que habían encontrado después de muchos minutos tratando de dar con algo que pudiese distraer a la mujer el tiempo suficiente para que no empezara a quejarse de que la televisión francesa daba asco y que quería regresar a su país. Francia usaba una de las manos para sujetar el libro que estaba leyendo desde hacía dos semanas ya (no podía pegarle un gran achuchón para terminarlo porque Antonio le distraía demasiado: ya fuese porque le pedía atención de una manera u otra o porque él se quedaba ido mirándola). La otra mano se encontraba acariciando el empeine y con disimulo fue ascendiendo para tocar su tobillo. A España aquel contacto no le molestaba porque Francia era así de pegajoso y estaba más que acostumbrada a aquello.

- ... Acabo de darme cuenta de algo... -dijo el rubio bajando el libro. Tiró un poco de la pernera y entonces acarició un trozo más de la piel- Te están saliendo pelos.

- ¿Y qué? -dijo Antonio desinteresada, sin dejar de mirar la televisión.

- Que las mujeres no pueden ir así por la vida.

- Las mujeres francesas tienen la fama en España de no estar muy aseadas en ese sentido, ¿lo sabes? -dijo Antonio ahora sí mirándole.

- ... ¿Qué? Eso quizás era hace tiempo, pero ahora no... -dijo él en un estado de shock por el cual no podía extraer algo mejor que replicar. Así pues, dejó esa declaración y siguió con lo que iba a decir- Pero tú no eres francesa, ¿verdad? Tengo cera en casa, podemos depilarte estas piernas y dejártelas bien lisas.

- Y también podemos no hacerlo y dejar que siga su curso natural ya que, en una semana aproximadamente volveré a ser hombre. -dijo la hispana devolviendo la mirada a la televisión.

- ¿Y si no vuelves a ser hombre porque la magia de Inglaterra es una porquería y en vez de un mes son dos? ¿Vas a estar dos meses asilvestrándote?

- Sí.

- No puedo permitirlo, España. Ya sabes que yo sigo los cánones de belleza y no puedo soportar que se salga de su sitio. Total, no va a ser para tanto. Tengo experiencia y acabaré rápido.

Aunque la mujer de cabellos castaños largos le decía que comprendía que estaba obsesionado con esas cosas y que, aún así, se negaba, Francis con facilidad la cargó como un saco de patatas, al hombro, y la llevó hacia la habitación. Le pegaba golpes en la espalda mientras le exigía que la bajara de una vez y que aquello era un secuestro. Por suerte las piernas no alcanzaban a golpearle, porque podría suponer un desastre de proporciones épicas. La dejó sobre la cama y vio que le miraba de una manera asustada. Por eso mismo se acercó a darle un beso en la sien, tratando de que se calmara y se le pasara ese estado de nervios y tensión que hacía que estuviese como un gato al que quieren meter en el agua. El beso en la sien le costó un manotazo en la mejilla para apartarlo sin delicadez alguna.

- ¿¡Por qué siempre tienes que salirte con la tuya, maldito gabacho estúpido!? -dijo ella indignada- Te he dicho que no quiero y no quiero. ¿Por qué tienes siempre que arrastrarme a cosas que no deseo hacer?

- Anda... No seas así... Yo también hago cosas que no quiero, arrastrado por ti y tu deslumbrante sonrisa, ¿lo sabes? -le preguntó apoyando el codo sobre la cama y el mentón sobre la mano- Te prometo que sólo serán las piernas, ¿de acuerdo?

No estaba contenta, eso estaba claro. Le miraba con el ceño fruncido y una expresión que decía: 'aún siendo sólo las piernas es demasiado'. Francia tampoco es que se depilase habitualmente. El bello estaba ahí y le daba un aspecto más masculino. Que, no había que engañarse, si le apeteciese quitárselos, aunque la gente le dijera que parecía una chica tan pelón, le daría igual. A Francia eso de parecer una mujer nunca le había importado demasiado. ¿Es que nadie entendía que para la mayor parte de la humanidad, durante siglos, la mujer había sido la máxima expresión de belleza? Por eso mismo en las pinturas los ángeles, asexuados, parecían mujeres. Nada había fascinado más al hombre que la misma mujer. Que le dijeran que parecía una sólo le inflaba el ego porque eso significaba que su belleza era apabullante.

- Sé que últimamente parece que no dejo de comprarte con cosas, pero me parece lo único que puedo hacer. Como recompensa, te llevaré a ese bar de tapas que encontramos el otro día mientras paseábamos. ¿Te parece? Te invitaré a lo que quieras. Y también prometo que no voy a insistirte más con estas cosas. No intentaré que te maquilles, ni que te pongas tacones, ni nada por el estilo. ¿Vale?

- ¿Ni me obligarás a llevar falda?

- Ni te obligaré a llevar falda. Te lo juro por la memoria de la única humana que ha marcado mi existencia.

España le miró fijamente. Eran palabras bastante serias las que había dicho en ese momento. Sabía por quién lo estaba jurando y eso significaba que, dijese lo que dijese, iba muy en serio. Nunca juraría por ella y después faltaría a su palabra. Sabía lo importante que había sido esa mujer en la vida de Francia y como, después de tanto tiempo, aún seguía recordándola. Suspiró pesadamente, aceptando la derrota. Sabía que se arrepentiría de eso muchísimo pero era más débil cuando era mujer. No sabía por qué, pero sentía algo que le impedía ser demasiado inflexible con Francia, al menos con temas que no eran tan importantes o serios.

- Está bien, pero sólo las piernas... -dijo Antonio con carilla de pena.

Se sentía tonta por no poder decir que no con la misma facilidad que lo hacía cuando era un hombre. Estúpidas hormonas femeninas...

- Vale, quítate los pantalones, voy a buscar la cera. -dijo Francis con ilusión. Acto seguido, se marchó corriendo a buscar lo que iba a necesitar.

Miró con curiosidad la manera en que se iba, como una estampida, claramente feliz. ¿Cómo podía estar contento por tan poco? Y eso hacía que una voz en su interior dijese: ¿Ves? ¿Para qué negarle una tontería así cuando le haces tan feliz? Odiaba a esa voz. Se quitó los pantalones, los dobló por una manía que le había dado últimamente de dejar la ropa decentemente puesta para que no se arrugara y se sentó en la cama. Al rato, Francia regresó cargado de cosas. Le movió a un lado y puso una grande toalla blanca para que se echara encima. Colocó un cojín bajo su nuca tras haberse tumbado y miró al techo como si fuesen a operarle a corazón abierto mientras Francis preparaba los instrumentos de tortura.

Sintió algo caliente y pegajoso sobre su pierna, luego una presión con algo que le hizo pensar que el galo se había arrepentido y estaba quitándole eso pegajoso. Entonces, de repente, sintió un tirón bien fuerte y un montón de pinchazos pequeños sobre su piel, al mismo tiempo. Se quejó entre dientes repetidamente a causa del dolor.

- ¿A que no ha sido casi nada? -dijo con felicidad el galo tratando de animarla. No era sordo, había escuchado sus quejas. Tenía que encontrar una manera para que no huyese y se negase a someterse a ese tratamiento de belleza.

- ¿Que no ha sido nada? -dijo España con incredulidad y mirándole con los ojos algo acuosos- No comparto tu idea, Francia. Para nada.

- Si te molesta más es porque empezabas a tener ya suficiente pelo como para que el tirón sea más fuerte.

- Debería haber seguido con los pelos ahí... -se lamentó a disgusto Antonio.

- No me hubieses gustado con los pelos ahí creciendo, como una salvaje.

Otro tirón que casi le dolió más que el anterior. Le miró de una manera que casi le produjo escalofríos. Es que tenía un aire de psicópata que daba mal rollo. Sonrió intentando que se relajase y que no le pegase ningún golpe o inspirarle la suficiente pena para que dicho impacto no fuese demasiado fuerte. Por suerte, al parecer estaba demasiado abrumada por el tirón y no podía decir o hacer nada durante los segundos que siguieron. Por fin se recompuso y entreabrió los labios.

- Sinceramente, ahora mismo que te guste o te deje de gustar, me importa un maldito pimiento. Prefiero acabar con esto aunque sea parando ahora y dejando las piernas en este degradante estado.

España maldijo internamente cuando notó que volvía a ponerle más cera y apretó dientes ante el nuevo tirón. La pierna izquierda, que estaba más adolorida, ya apenas sentía las punzadas de los pelos siendo arrancados de raíz. Aunque temía que cuando empezara con la otra pierna aquello iba a volver a ser un maldito infierno. Se había cubierto la cara con las dos manos y maldecía al listo que había decidido que las mujeres debían depilarse y al otro listo o lista que se lo dijo a Francia. El galo era una persona bastante pasiva en diferentes temas pero, para la moda y belleza, se volvía demasiado intransigente, sobre todo si eras un amigo o alguien importante. Francia se pasaba demasiado tiempo adecentando su imagen hasta estar impoluto y perfecto y, ya fuese como acompañante o por ser alguien que le importaba, Francia exigía o deseaba que esa persona fuera igual de perfecta que él. Y ya podías ir tú, con toda tu inocencia, a tratar de disuadirle para que te dejara vestir o llevar la apariencia que te diese la gana... Eso no serviría de nada ya que Francia creía que estaba en lo correcto y que aquello era por su bien. La única manera sería pegarle pero, ahora que ya llevaba media de la segunda pierna, las sentía demasiado flojas y palpitantes como para emplear la fuerza suficiente para patearle. El galo no dejaba de decir que iba a estar muy bonita y España le replicaba siempre que eso le daba igual y cuando ya hacía la otra media pierna empezó a reprocharle que le estaba haciendo daño.

Aunque aquello se le pudiese echar en cara, Francia tuvo que esforzarse por no pensar demasiado en la situación, para no encontrarla excitante. De acuerdo, podrían llamarle pervertido, no importaba. Pero es que la imagen no era tampoco moco de pavo: con sólo la braga de cintura para abajo, echada en la cama, con las manos sobre el rostro, que se descubría a ratos para mirar cuánto quedaba, entonces el quejido y le decía que le estaba haciendo daño con un tonito de voz suplicante. Si alguien que no se sintiera mínimamente atraído por la española no tuviese ningún pensamiento subido de tono es que no tenía alma alguna. Era lo más normal. Le hizo levantar una pierna y tras acariciar la ingle, sin necesidad alguna, sólo por el simple placer de hacerlo, puso cera sobre la piel. Cuando dio el tirón, esta vez Francia sintió dolor también. Antonio había exclamado una maldición al sentir ese tirón en una zona tan sensible y al seguir el impulso de llevarse la mano a esa zona para frotar y calmar el dolor, le había pegado a Francis.

- Q-qué tortazo... -dijo descolocado el galo mientras se frotaba la mejilla y parte de la sien que la hispana había golpeado. Ella seguía encogida con la mano sobre esa zona, que casi sentía palpitar, y con unas pequeñas lágrimas asomando por la comisura de sus ojos.

- ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me has hecho eso?! ¡Qué daño! Me duele... Ayyyy... -siguió quejándose España.

- ¡Porque las ingles también se depilan! -exclamó Francis ligeramente indignado. Es que notaba su mejilla arder un poco y eso seguramente sería señal de que le había quedado alguna marca por el golpe.

- ¡Pues depílate tú los huevos, hostia puta! ¡Duele muchísimo aquí! -espetó Antonio.

- Vamos... Ya sólo te queda el otro lado...

- ¡Que no! -exclamó España mirándole con una expresión que le hizo sentirse hasta casi culpable.

Entendía bastante bien el sufrimiento. Una vez él se había hecho las ingles por probar y decidió que, salvo situaciones excepcionales, no pensaba depilárselas nunca más. Posó la mano sobre la de Antonio, que seguía sobre aquel pedazo de piel, cubriéndolo como si se jugara la vida en ello, con suavidad e intentando que se tranquilizara.

- Has aguantado bastante bien todo esto y ahora no puedo dejarlo así... Ya sabes. No puedo. Sólo de pensarlo me da cosa. Así que deja que te haga el otro lad-

Se quedó sin aliento al recibir un rodillazo en todo el estómago. Le costó volver a respirar con normalidad y de repente vio que Antonio, desnuda de cintura para abajo, corría fuera de la habitación. Durante un segundo se le quedó cara de tonto al ver que había huido. Al siguiente, Francia corría tras de la hispana con el palo con el que le untaba la cera en la otra mano.

- ¡Ven! ¡Sólo es un lado y ya está! ¡Prometo que esta vez lo haré con más cuidado y que no te dolerá!

- ¡Y una mierda! ¡Esta vez ya no me engañas, gabacho! -gritó España sin dejar de correr por su vida.

A partir de ese mismo instante, en casa de Francia empezó una batalla campal en la que el galo perseguía a la española sin cesar, esquivando los obstáculos que ella iba dejando por el camino e intentaba al mismo tiempo atinar con el palo de cera, cosa que había hecho que dejara alguna marca en la tapicería y cortinas. No quería ni pensarlo. Se ponía malo al imaginar que tendría que tirarlos. Lo que sí que fue digno de mención fue que, de repente, España tenía más resistencia física. Francia quería creer que era porque ahora pesaba menos y por lo tanto hacía menos esfuerzo para correr. El caso es que él empezó a cansarse antes ya que su aguante tampoco es que fuera muy bueno a excepción de para las cosas de la cama, ahí tenía una fuerza y resistencia demoníaca, como si le diese energía. Al final tuvo que pararse para respirar a bocanadas mientras notaba el martilleo de su corazón contra su pecho, fuerte y que casi se extendía hasta sus oídos. De repente se vio placado y no pudo evitar caer contra el suelo. Jadeó ahogadamente cuando chocó con todo su peso contra la superficie sólida. Alguien estaba sentado sobre él, abrió los ojos justo cuando le agarraban el brazo derecho y de repente notó algo pegajoso adherirse al dorso del mismo. Gritó horrorizado e iba a moverse para agarrar a España, que sonreía triunfalmente, pero se escurrió y reemprendió la huida.

Maldijo por todo lo alto cuando tuvo que arrancarse la cera y se llevó con ella parte de los pelos que allí había, dejando una curiosa marca.

- ¡Maldita sea! ¡Cuando te pille te vas a enterar! -exclamó molesto el galo sintiendo que el brazo le palpitaba del tirón. ¡Ahora tendría que arrancarse los pelos que le sobraban o se iba a ver horrendo!

Volvió a correr, persiguiendo a España, hasta que de nuevo sentía que el corazón se le iba a salir por la boca y que apenas podía respirar. ¿¡Cómo demonios podía tener tanta resistencia!? ¿Es que nunca se iba a cansar? Le frustraba demasiado. Pero, de sopetón, sintió que alguien se le pegaba a la espalda. Pudo notar dos pechos apretados contra su cuerpo y cómo una mano fina tiraba de su mentón y le hacía mirar hacia arriba. También una respiración contra su oído y un olor a colonia que reconocía ya que se la había prestado él mismo.

- Quieto, quieto, quieto~ -dijo la femenina voz de su vecina justo sobre su oreja.

Francia arqueó una ceja y sonrió. Bueno, si quería meterle mano, no le importaba. Es más, él se dejaba. No le había molestado nunca que España fuera cariñoso con él, aunque esos momentos se solían dar o cuando estaba triste o borracho. O ambas. Todo eso era muy peligroso ya que también eran habituales los cambios de humor del español. Sintió un beso sobre el lóbulo de la oreja y se tensó un poco. ¡Madre mía! ¡Es que le producía tantísima emoción...! Sintió que la otra mano rozaba su estómago y se metía bajo la ropa. Se iba a dejar. Totalmente. Que le hiciera lo que quisiera, no importaba. Y entonces pudo notar una sustancia pegajosa contra su torso. Sus ojos se abrieron demasiado y la mano que le había sujetado el mentón se apartó.

- ¡La madre que te trajo...! -exclamó Francia mientras de fondo se escuchaba una carcajada de España- ¡No te rías! ¡Ahora no te voy a dejar escapar!

No lo hizo. Le agarró la cintura antes de que pudiese alejarse mucho y la empujó contra el suelo. Por suerte, gran parte de su peso cayó contra la superficie sólida así que no la chafó demasiado. De cualquier manera, España no se estaba quieta y empezó a moverse tratando de zafarse de aquella prisión que eran los brazos de Francia, que ahora le miraba con una expresión tenebrosa y una sonrisa en el rostro. Los tirones que se pegaron en la ropa para poder controlarse habían sido excesivos y mientras que Francia había perdido todos los botones de la camisa, España perdió uno y casi enseñaba el sujetador. En un intento de ganar, Antonio pegó un tirón de la banda de cera que el rubio tenía sobre su pecho. Gruñó, con dolor, cuando la tira se llevó parte de los pelos de su torso.

- Ahora sí que te enteras. -dijo.

Entonces agarró una de las piernas de la hispana y le hizo separarla, le arrebató la tira que le acababa de quitar y se la pegó en la ingle que aún tenía pelos. Se sucedieron los manotazos que tuvo que parar soltando la pierna y agarrando las muñecas. Encima, en estas semanas le habían crecido las uñas y ya le había pegado algún arañazo sin querer.

- ¡Y como no te estés quieta te besaré y te empezaré a meter mano, así que más vale que te resignes y te comportes! ¡Cómo no dejes de pegarme lo haré y sabes que no te amenazo en vano! ¡Siempre estoy buscando una excusa para meter mano a la gente que me llama la atención! ¡Y no hay mejor pretexto que este!

Entonces España paró de resistirse. No había tampoco mucho que hacer. Tenía la tira enganchada y la única manera era sufrir otro tirón infernal. Además, sabía que aquel ultimátum iba muy en serio. Al ver que ya no pataleaba, Francia le soltó las manos y se incorporó. Suspiró pesadamente mientras farfullaba cosas en su propio idioma y se miraba el torso, cuyo centro estaba limpio de pelos. Suerte que no era temporada de playa, se hubiese tenido que depilar entero entonces... Eso sí, se le había acabado lo de desnudarse delante de gente. Tendría que dejarles tiempo para que crecieran de nuevo.

- ¿Me dejas que te quite ya la cera o no? -le dijo mirándole alzando una ceja. Lo preguntaba porque no se iba a arriesgar a que intentara golpearle de nuevo. Suficientes consecuencias había traído aquello: su brazo, su torso y la tapicería eran la prueba viviente de aquello.

- Puedo hacerlo yo...

- ¿En serio? No tienes experiencia alguna y tienes que dar un tirón fuerte y sin dudas. Si no lo haces así, porque seguro que te va a dar pánico al saber que te dolerá, puedes hacerte más daño. Te pueden salir hasta moretones. ¿Seguro que lo quieres hacer tú?

- ¿Lo dices de verdad? -le preguntó mirándole con horror- ¿Moretones?

- Sí, ¿no ves que es una zona muy delicada? Sería como si te hubiesen pegado y dolerá más que un simple tirón y durante más días.

Escuchó un gemido lastimero de España al imaginarlo. No quería que le tirara él, pero se lo había pintado tan mal que hacerlo ella misma le parecía casi como desactivar una bomba. Nunca había sido artificiera. Se cubrió el rostro con las manos y se resignó.

- Está bien... Hazlo rápido...

Aunque volvió a quejarse con el mismo dramatismo que antes, al menos no se revolvió como si fuese a asesinarla. A Francia aún le dolía la cara, así que ni tan siquiera intentó meterle mano. Antonio acabó por sentarse y con gesto de perro apaleado se quedó mirando el suelo. No si... Aún le iba a dar pena y todo... No entendía cómo se las apañaba para despertar su compasión de ese modo. Se incorporó y luego tiró de ella para levantarla del mismo modo.

- Te voy a preparar un baño para que se te pase un poco y te rejales... -dijo Francia mientras por dentro pensaba que era gilipollas, ya que su brazo y su torso le gritaban que no se lo merecía- Tú ve a buscar la ropa que te vayas a poner luego.

- ¡Gracias, Francia! -exclamó Antonio. De manera progresiva, se le había instalado una sonrisa deslumbrante en el rostro. Aquello le sonaba demasiado bien. Desde que era una chica, le había pillado afición a esos baños relajantes que el galo preparaba.

- Está bien, está bien... No me las tienes que dar. Después de todo, soy yo el que te he arrastrado a todo esto... -definitivamente, era gilipollas. Pero sus labios se movían solos. No sabía quién hablaba por él, pero su cerebro seguro que no era.

- ¡No! ¡Te lo digo en serio! -exclamó contentísima ella- ¡Muchas gracias!

Y pasó algo que no se esperaba para nada. Antonio estaba tremendamente contento con lo del baño, tanto que el dolor de las piernas apenas lo notaba. No le importaba que estuviesen un poco rojizas, ni que se hubiese golpeado en el codo al caer. Lo que sí sabía era que, a pesar de sus ideas locas, Francia se preocupaba muchísimo (o esa impresión le daba) por ella. Se esforzaba tanto porque se sintiera bien que estaba abrumada y, todas aquellas emociones la impulsaron a acercarse, rodear su cuello con sus brazos, ponerse de puntillas y darle un beso efusivo en los labios. Fue breve y apenas había pasado un segundo cuando los brazos se aflojaron y ella retrocedió.

- Voy a por la ropa. -dijo antes de darse la vuelta y correr hacia el lugar donde la guardaba las prendas, más feliz que unas pascuas.

Francia, que antes de que aquello sucediese había arqueado una ceja ligeramente, seguía con la misma expresión en el rostro. No había variado ni un poquito. Miraba hacia el infinito perdidamente, como si fuese una reproducción de las últimas vacaciones y le hubiesen dado al botón de pausa porque alguien necesitaba ir al baño oportunamente. Y entonces, repentinamente, se sonrojó bastante. ¿Qué demonios había sido eso? ¿Por qué sentía sus mejillas tibias y tanta vergüenza?

- ... El baño. -dijo en voz alta para intentar reaccionar y empezar a moverse.

Después de todo, no tenía que buscarle lógica al comportamiento de Antonio: él lo hacía porque sí, sin más. Siempre espontáneo, igual que lo había sido desde que era un enano. Quizás podía preguntarse a sí mismo por qué había tenido una reacción tan tonta pero, como otras veces, Francia enterró ese recuerdo e hizo ver que nada había pasado. Él no había reaccionado exageradamente.

No. Aunque ese sonrojo se negara a irse, no lo había hecho.


¡Siento la tardanza...! -llora-

Es que esta semana ha sido el Salón del Manga de Barcelona y he ido. He tenido unos días ocupados y a pesar de que esperaba actualizar el jueves, ese día me llegó el Assassin's Creed 3 y ya os podéis imaginar qué me ha pasado xD Lo siento muchísimo ;v;

Bueno, pues otro capítulo más. El penúltimo ya owo Esto ya fue un arrebato random. Cosas de mujeres que no se suelen poner en los fics en que se transforman... Bueno, también soy sincera y no he leído demasiados xDDD Perdón ouo...

Paso a comentar los reviews~

Misao Kurosaki, xDDD Resistir la tentación es difícil... Esta semana he tardado más u.u Lo siento. Bueno muchas mujeres nos ponemos hormonadas cuando nos viene la regla xD. ¿Qué no podía no escribir eso? Me gusta XD Parece que me conoces ya un poco xDDD Seeh, el tiempo pasa volando o_o Gracias por leer~

Veritas Temporis Filia, uoh, hacía tiempo que no te veía el pelo por los reviews XD Heys ouo/ Francis ha quedado ya traumatizado de por vida y no insinuará a ninguna mujer que eso no es desagradable. Casi puedo imaginarle llorando por la pobre chica XDDD Bueno, Antonio da penita, pero también hace gracia XD... No, no habrá lemon, lo siento xD Me parecía que se cargaba el toque de humor y me apetecía mantenerlo así. Quizás un día me da venazo y hago un spin off y tal, pero de momento lamento decir que no óuo Espero que lo comprendas. Gracias por leer y dejar review –abrazo-

Nanda18, xDDD lo siento por dejarte shockeada con lo escrito... -oknomearrepiento- Tenía que hacer esto de la regla. Que en los animes las chicas no la tienen xDDD A mí también me gusta más eso, no sé por qué XDDDD Supongo que porque inicialmente son dos chicos owo Y porque me gusta el yaoi y punto xDDD

Hethetli, nono xD Antonio tiene que volver a ser hombre ouo Sufriría yo si no fuese de este modo xD Francis en el fondo es muy amable así que Antonio está bien cuidado mientras sea una chica XD Encima le tiene bastante debilidad. Si hubiera sido chico, con lo de este capítulo, se hubiesen acabado zurrando ambos xD Más que las naciones es que le ha convertido en chica, no le ha hecho cambiar el sexo, así que ale owo como una chica normal y corriente XDDD...

Izumiwi, Francis se las ha arreglado llorando por las noches y rezándole a Dios para que se acabe pronto *XDDDD* Y con paciencia, mucha. En el fondo es un santo y todo xDDD Hay sentimientos disimulados :D Como en este capítulo.

Yuyies, En mi mente, España adora los dulces así que es una buena manera de conseguir cosas XD Además, también creo que encuentra placer en las cosas simples, así que es fácil contentarlo xD. La menstruación tenía que hacerla para enseñar a dos tíos acojonándose al encontrarse con eso xD Fransuá es puro amor –hearts- Estoy totalmente de acuerdo.

Chic, Por favor... ¡Claro que le supo a poco xDDD! Francis aceptaría sin dudar un momento a acostarse con España en mujer xD Y manosear bien esos pechos. Está clarísimo xD

Tomato-no-musume, xD un hombre gay en el cuerpo de una mujer... interesante XDDD Si le pusiera maquillaje creo que le gritaría que se está pasando poniéndole pintura y que va a parecer una puerta o algo así. ¡Tengo más pintura encima que el Guernika! xDDDDD Ese me parece un buen comentario xD. Yo con los tacones voy fatal xD y me suelen lastimar. Francis es un hombre y tiene momentos de perversión. Hay que aceptarle y amarle de este modo xDDD Es el maestro desnudando a la gente de cualquier manera. La regla es horrible y odiosa y los anuncios de compresa mienten xDDDD Son bonitos sea como sea –hearts-

Y eso es todo por esta vez.

Nos leemos la semana que viene :3

Un saludo~

Miruru.