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-¡Enel!

Aisa retrocedió asustada. La voz del descendiente del legendario guerrero Calgara arrastraba una rabia ronca, severa, atávica; los puños apretados, el rostro vuelto hacia la tierra, hacia Shandora. Su expresión era impenetrable para ella, oculta tras los pliegues estirados de una carpa.

Se hallaban en el margen periférico de la comarca, alejado de los toldos humeantes-hogar de las familias-, dispuestos en el centro, adentro, en el corazón de la tribu. Allí, carpas vacías u olvidadas con sus armas o cachivaches se desperdigaban distanciadas unas de otras, amontonándose a medida que se adentraban en la vida cotidiana de los pobladores.

A esa hora, su madre pasearía por las tiendas del mercado, seguramente extrañada de no haberla encontrado y llevado consigo; comerían pescado ese día: la pesca había sido buena. Lo oyó de un pescador en la mañana, antes de escurrirse entre los rincones detrás de la sombra robusta del guerrero más temible en toda la aldea.

Laki le había dicho que tenía una fijación extraña al perseguirlo cuando su sola presencia la hacía temblar de pies a cabeza y de la cabeza a los pies. Pero se había vuelto costumbre en ella y en un eventual fastidio para el shandian en cuestión.

La cercanía de ese hombre imponía en su interior la voz estentórea de una existencia furibunda, salvaje en su cólera y en su tristeza. Sufría, ella lo sabía.

Desde que tuviera conciencia ella era capaz de percibir el maná, la sustancia viva e intangible que fluía en la naturaleza de todas las cosas y todas las personas. La misma tierra de Shandora era como un profundo latido que la arrullaba cuando las voces dentro de ella se agitaban en una turbia confusión, maraña de emociones demasiado intensas para su cuerpecito.

Aisa lo comprendía; era una niña pero lo comprendía muy bien: Wiper era el orgullo de los Shandian; un pueblo arrancado de sus raíces, rechazado por la conquista, mutilado por la avaricia de otros. Algunas veces se reconoció en el dolor del pasado y lo hizo propio; la historia de su pueblo, de su origen, era una herida abierta que cargaba con la cabeza en alto, como guerrera de Shandia. Pero el dolor que penetraba su corazón infantil cuando se escurría entre los vendedores de pescado persiguiendo una espalda solitaria no podía pertenecerle a las voces de la historia, era alma y carne de un solo hombre, de Wiper.

Había oído una vez al viejo chaman hablar sobre los espíritus que anidaban en el alma de los hombres mientras se escabullía temiendo que ella y su tesoro fueran descubiertos; buenos o malos, los espíritus fermentaban sus esperanzas y promesas en los que habrían de perpetuar su linaje; era una llama siempre viva la proyección de la voluntad del hombre, que trascendería el tiempo mientras un niño gateara sobre la tierra. Ese niño era orgullo, promesa, futuro. Nada moría, todo trascendía.

Para la comunidad de la tribu, Wiper era ese niño.

Era como si el fuego de Shandia crepitara en su corazón; la voluntad de Wiper, la voluntad heredada, era de una fortaleza contra la que los miedos más triviales de los hombres chocaban y se amedrentaban. Él no dudaba, él no temía, él no se daba por vencido. Los demás lo respetaban, lo admiraban, y temblaban imperceptiblemente ante su tesón de brasa, avasallados por una convicción incólume.

Temible era su presencia, pero era un niño al fin y al cabo, y por ello Aisa no podía evitar no querer quitarle el ojo de encima. Después de todo, con los demás niños de la tribu, ella demostraba tener un carácter maternal cuando alguno acababa lastimándose o era reprendido por los mayores. Sus compañeros de juego recurrían a la caricia de su amabilidad cada vez que buscaban consejo, y encontraban en ella alguien en quien confiar y guarecerse.

-Aisa, ¿qué haces aquí?-La aludida sintió un estremecimiento que trepaba rápidamente con patas de araña por su columna-, ¿no irás a buscar tesoros, verdad?- Laki ladeó una sonrisa condescendiente que se contradecía con el tono de advertencia que quería imprimir en la suavidad de su voz- Tu madre te ha estado buscando para comer.

No podía ser peor. Devolvió una mueca descompuesta a la mirada ladeada del guerrero, extrañado y serio; al contemplarse, las palabras ya estaban dichas. Silencio. Le siguió un berrido indiferente, y el hombre pasó de ella.

Laki encontró a su sobrina con un brillo de desafío en la mirada, los femeninos puños apretados, y temblorosa como un gato arisco. Cuando divisó a Wiper, comprendió.

-No deberías andar por aquí-recalcó. Recortó su esbelta silueta hincando una rodilla en el suelo, enfrentada al rostro enfadado de su prima. Apoyó el brazo derecho en la pierna flexionada y se encorvó a medias, apartando las distancias con el brillo indulgente de su mirada.

-Lo que haga es asunto mío- soltó, cruzada de brazos, sin mirarla. Un punto en la nada purísima de las nubes parecía el único merecedor de la violencia en sus ojos, y de la llama ardiente de vida en ellos.

-¿No tienes hambre?

La expresión aquejada y los párpados bajos la sorprendieron. Ante esa inesperada reacción, las pestañas de mujer oscilaron ensombreciendo de preocupado interés la nota oscura de sus pupilas.

-Me duele el estómago-comentó, frotándose la zona adolorida.

Laki sonrió.

-¿No habrás abusado de los dulces que repartió el chaman entre los niños?-dijo, apreciando entonces el gesto culpable en los labios de la muchachita.

La sangre se apresuró a captar sorpresa y alarma de la mujer comandante, como roja serpiente que se proyecta errática en el aire antes de acertar la mordedura, pequeña y limpia y largamente dolorosa.


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