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Nyon-ba contemplaba con aire escéptico y sometida paciencia los arranques temperamentales de la protectora de Amazon Lily, acostumbrada su anciana amabilidad a los berrinches berrinchudos que se apretujaban en una innumerable lista de invectivas imaginarias. El humor caprichoso de la emperatriz inflaba sus pechos erguidos y estos rimaban una cadencia que se acoplaba al compás estrepitoso de una respiración aireada, irritada, desilusionada a veces.

La piel, caliente y fría, enrojecía sujeta a las ideas más apasionadas y helaba al recordar el tiempo, la espera sin fin, el amor, hasta que lágrimas como mares diminutos humedecían las pestañas sensuales; lejos de oscurecer su belleza, la realzaban de una rutilante vitalidad, hallada en el patetismo que se respiraba en cada gesto de la muñeca imprimiendo su huella desesperada en la frente, o en el registro enamorado de los suspiros que la mujer exhalaba desde el corazón.

-¡Sama!-Salomé contemplaba con aprensión, enroscada de forma tal que una alterada Hancock pudiera dramatizar sus delirios cómodamente asentada- ¡Hebihime-sama!-corrigió la emperatriz a los gritos. Llevó a su hermoso- e irritado- entrecejo unos dedos de pinza, como si el enojo concentrara hiel en un solo punto fisonomía de curvas laberínticas, laberinto de esquinas sinuosas. El codo en alto, la cabeza echada hacia atrás, las rodillas muy juntas y flexionadas. La tensión se respiraba.

-¡Pero Hebihime-sama!, ¡todas la están esperando con entusiasmo!

Enishida, en un intento de conquistar la diplomacia se expresó con el ánimo conquistado por la devoción que sentía hacia la mismísima Gorgona.

Todas, ella como las demás, querían sentir la voz de la emperatriz vibrar en sus corazones, pasión semejante suponía una entrega al discurso, a las palabras, de la mujer que enlazaba los destinos de las Kujas con el pasado, con la historia de mujeres antes que ella, deslumbrantes de fiereza; era la Emperatriz el símbolo de un pueblo, eran las mujeres un pueblo; era el gong en sus pechos sentimiento de pertenencia, identidad. Y es el pasado, ya sea colectivo o individual, una entidad viva en el recuerdo, en la tradición; es el recuerdo el esfuerzo de nuestro pasado por hacerse porvenir (*).

La secretaria buscaba apoyar las sabias palabras de Nyon-ba quien, sosegada en su impulso de repartir chirlos a diestra y siniestra a una niña demasiado caprichosa, se contentaba con elevar una ceja anciana. Clavada en su sitio, bastón en mano, el aura severo de su presencia contrastaba con el abnegado afecto en el rostro plácido de las hermanas Boa.

Esbeltas, fuertes, hermosas, Marigold y Sandersonia, una a cada lado de la hermana mayor, observaban con anchas sonrisas, unidas en el recuerdo nostálgico de la primera vez, la monarca, el obsequio. Como si el pensamiento de una remitiera al actuar de la otra, Marigold enterró una de sus manos en el apretado escote y ante la mirada del resto expuso un collar que siempre llevaba consigo. Era uno de sus valiosos tesoros, una lágrima de resina con un fulgor rubescente en el centro, fulgor que era sangre seca.

-Hace tanto tiempo, Onee-sama-habló Marigold, la voz profunda, sentimientos encontrados. Una sonrisa tenue, como rayo húmedo de sol, floreció en sus labios de serpiente.

Sandersonia, los ojos matizados por una fuerza etérea, dejó oír una risa breve que escondía ternura y melancolía. Mantenía un brazo en jarra mientras el otro le colgaba a un lado; su cabeza ladeada parecía inclinada por el peso de un ensueño. De sus hombros robustos nacía la capa de las Piratas Kuja, las temibles amazonas del mar; y en su espalda llevaba la marca de los Tenryuubitos, secreto de las hermanas Gorgona.

El brillo en los ojos de Enishida era de embelesada idolatría, pero en las miradas sapientes había algo más. El rostro de Hancock cobró una expresión serena; su pensamiento ancló miras en el recuerdo, el dolor y la esperanza.

Había sido bajo las garras de los Tenryuubitos que la Emperatriz tuvo su primera menstruación. La penuria, el maltrato, el hombre, no pudieron borrar la dicha que tal suceso imponía, como cascada de primavera, en el espíritu de las pequeñas Kujas. Ellas, entre barrotes de kairousekei, supieron en ese momento más que nunca que no podían caer, resultar vencidas. Ellas, que pertenecían a un pueblo, un origen, que eran libres de ser ellas, mujeres, entre barrotes de esclavitud.

Porque eran mujeres, eran libres.

Sucias, nauseabundas, podredumbre. Sí, y eran mujeres. Golpes, risas, blasfemias. Sí, y eran mujeres. La voluntad de las Guerreras Kuja era su voluntad, heredada de una cultura de rasgos definidos y normas inquebrantables.

Así, cada nuevo mes renovaba su determinación de sobrevivir, les recordaba el porqué habían de perseverar en su orgullo femenino, no derrumbarse contra el suelo de piedra, no sucumbir ante la humillación de ser expuestas y disfrutadas por crueldades egoístas.

Nyon-ba exhaló un suspiro, consciente del peso de los recuerdos. Enishida, por su parte, estrechó el sujetapapeles contra su pecho, como si el cronograma del día fuera a serle arrebatado. Sus ojos refulgían fervor apasionado.

-¡Hebihime-sama!, ¡por…-Calló, en un hipido alarmado. Estiró el cuello hacia atrás.

La alcoba se agazapó, reducida de pronto. Era el tacón de Boa Hancock lo que pisaba el estupor, firmemente apostada en una actitud erguida, el espacio y la sensación morían a sus pies de mujer como la música desvanecida de una cuerda que vibra, ausente y auténticamente ella en el cuerpo del alma, ése demacrado de notas.

No importa si pateo un gatito, si te arranco los ojos, incluso si hiero a gente inocente... ¡El mundo siempre perdonará mis pecados! ¿Por qué, preguntas? Pues porque yo soy... ¡Hermosa!

Dura la mirada, hizo a un lado sus mechones negros, los que rasgaron el aire en un arco despampanante y torció la hermosa boca.

-¿¡Qué estás esperando!?-Acusó violentamente, las pupilas perdidas en la inmensidad y el fuego azul en ellos-¡Que se congreguen en la arenga!, ¡porque es mi voz la que oirán!

Otro tacón chispeante y la capa de la emperatriz ondeó sacudida por el ademán autoritario de su brazo estirado, un brazo que hendía el aire y cualquier "pero" existente. Nyon-ba sonrió con la cabeza gacha y meciéndola con simpatía, orgullosa. Tremenda cabezota, pensó, es lo que quisimos durante todo el día. El resto se hacía pipí de la emoción.


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(*) Lo admito, Unamuno.