Yuri, che.
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Margaret entreabrió sus labios, sintió antes de saber, que la mujer adusta que era Kykyo la abrazaba con el corazón. Tendía su brazo moreno hacia ella, el obsequio en mano. Para ello la había apartado del resto, la había mirado con la ternura precisa de la calidez.
Cubrió la boca sorprendida, las manos abiertas. El brillo en sus ojos rezumaba una fragancia avergonzada y frágil que descompuso el rostro severo de Kykyo, preocupándola. Cuando las pupilas se tocaron, supo que no tenía nada que temer.
El amor, rabiosa mariposa.
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Seda y caracoles dentro de una botella, tirada. La tarde crecía en las esquinas de la estancia; imponía la selva su fragancia de trópico y mirra y espesura.
Las amazonas tenían en sus ancas enredado al sol, embebido por una humedad de tundra y aceites. Cobijada en cuna de mimbre Margaret oprimía al busto regio y moreno contra su espalda, sintiéndolo dulce, así como el mirto retuerce notas y arpegios en su trino desgarrado de hondo amanecer; recibida por el pecho tibio, condescendiente, se estremecía su ardor desnudo, las piernas abiertas, los muslos de amapola encimados a los muslos de tesón. Toda ella era ortiga de primavera mecida por el viento, brizna que era calentura.
Ojos que no veían, sentían, y su corazón era su cuerpo; reventaban los colores del día contra su piel de mujer, el rededor era un vientre tibio.
Buscaba el placer expandiendo sus piernas, adelantando la pelvis. Los dedos de Kykyo contorneaban la cara interna de los labios con una suavidad exigida, de forma que al rozar el centro de su locura una pluma cosquilleaba en sus entrañas, una tenaza hincaba sus asas en la tentación; de forma que al deslizarse un dedo pequeñito, furtivo, recto, entre los pliegues de ese abismo que se hunde hacia adentro de su boca escapaba un gemido de decepción y urgencia. Luego fue la palma entera, la que conquistó el aroma caliente de la carne roja y resbaló con sus fluidos. Margaret se agitó. Una mano desordenaba la temperatura en su entrepierna y la otra infringía posesión de sus senos blandos, turgentes. Sentía quemar sus pezones, la presión de las caricias ejercían un poder de fricción, de quemadura.
El éxtasis rubescente de sus mejillas, la boca tierna, ojos aguanosos y profundamente azules, enturbiaban el rostro bello sometiéndolo a los hondos encantos de la femineidad tersa y blanca.
Femineidad de Gorgona, Kuja, pirata, íntimamente ella, libre y hermosa.
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