Sexo vainilla, che.

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Mujer que siente existir su cuerpo como una herida. Arados surcan su blandura fértil, es hendida vigorosamente por punzadas como ataduras. Es lo que se posee, terruño; es el que posee, hombre.

Sudor, manos que son charcos de primavera. Tantea la hembra el suelo de tierra, de pieles; dibuja rastros arabescos, con manos jóvenes.

Recortada a medida que crece hacia el techo del cielo, su cielo, roto, descocido, carcomido por la estela vaporosa de una tarde impedida, la oscuridad estrecha su densidad plomiza entre los límites del entoldado. Era la carpa vieja, agujereada, apartada del centro del pueblo, olvidada.

Ejercía su yugo, la hombría indubitable; se le estremecía el alma. Tensó sus muslos de amapola, invadida su noche ciega por polillas con espinas.

Ella era el junco a la vera del río y su desembocadura; feroz la inclinación del torrente, como si el arroyo fuera la savia pétrea de las montañas con cumbres que tocan a los dioses, Laki quebró en un suspiro desbocado. El rostro absorto en la serenidad paciente del dolor. Pensamientos delicuescentes filtrándose por ese aguijón del día que le permitía escapar al exterior—la carpa agujereada, el cielo roto—, fuera de ese momento, del abismo en que podía tocarse el latido crispado de los corazones, corazones de piel, manos, aliento.

Él busca hacerla profundamente suya, ansía en el goce una conciencia que lo reconozca como el descendiente del honorable guerrero Calgara, como la trascendencia inmutable de firmes promesas, heredero de una identidad. Ella no tenía historia, ni porvenir, sino a través de él; sola, era una masa de sexo transida.

Sentía. Rápidos meandros en su cintura. Sentía. Algas húmedas entre sus piernas. Sentía. La respiración profunda y tosca de la carne aspirando las distancias, plegándose al silencio como si éste fuera sangre húmeda, espesa.

Pechos de mar, turbia dulzura, prisa. Espuma.


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Fanfic sujeto a futuras modificaciones, lamento las molestias.