Cap 2.

El sol terminó de ocultarse tras las montañas anunciando el final del día. Inuyasha se había comportado de forma irritable y enfurruñada durante todo el día. Más de lo habitual. Kagome no podía imaginarse por qué hasta que recordó que esa era la primera noche del mes. La noche sin luna.

El pensamiento irrumpió en la mente de Kagome como quien recibía la invitación a una fiesta. Era la primera vez desde hacía tres años que iba a poder ver a Inuyasha en su forma humana. La idea le emocionaba.

Se quitó su ropa de sacerdotisa y pasó a ponerse un kimono normal. No es que la diferencia fuera muy importante pero era algo más cómodo. Mientras se acomodaba todas las capas de ropa una sobre otra, de forma costosa debido a su falta de práctica, se descubrió a sí misma intentando ponerse "guapa". Se sintió ridícula. Se preguntaba qué aspecto tendría para Inuyasha ahora que llevaba las ropas que él consideraba normales.

Cuando abrió la puerta de la cabaña, que estaba colocada en lo alto de una ladera sobre que la que habían unas bonitas vistas del pueblo, pudo ver una figura sentada en el borde, dándole la espalda, mirando el cielo estrellado pensativamente. Era Inuyasha. Su pelo, ahora negro, bajaba por su espalda hasta tocar la hierba sobre la que estaba sentado. Su kosode de color rojo permitía distinguirlo en la negrura de la noche, que a pesar del brillo de las estrellas, era oscura sin una luna ni un fuego que la iluminara.

Kagome se sintió emocionada y nerviosa mientras avanzaba hacia él. Sabía perfectamente que él le estaba oyendo acercarse, incluso sin sus poderes demoníacos. Tenía miedo de no poder frenar los nerviosos pensamientos que llenaban su mente, porque estaba segura de que estaban armando tanto escándalo que hasta Inuyasha iba a ser capaz de oírlos.

-Hola. – Dijo él cuando Kagome estaba aún a medio metro detrás de él.

-Hola. – Contestó ella, sintiéndose ligeramente molesta por su sequedad.

–¿Has cenado? He hecho onigiri…por si tenías hambre. – Le ofreció la pequeña bandeja con las bolas de arroz, temblorosa.

–Gracias… - Inuyasha las cogió sin levantar la vista y se llevó una a la boca. Kagome le miró durante unos instantes, expectante de algún elogio por su habilidad culinaria, pero viendo que prácticamente ya estaba terminando de devorar el primero, soltó un suspiro resignado y se sentó a su lado, con dificultad.

- ¿Qué tal te ha ido el día?. – Comenzó ella.

–Keh, ese embustero de Miroku engañó a los habitantes de una mansión asegurando que había tres demonios poseyendo la casa y que necesitaba una exorcización urgente, y encima les cobró un paquete entero de arroz por cada exorcismo.- Inuyasha hablaba con la boca llena, con tono enfurruñado y mirando al frente con desdén.

- ¡No puede ser! ¿No había demonio alguno?. – Kagome se inclinaba hacia él en el intento constante de interponerse en su ángulo de visión y captar así su atención. Sin embargo, el ahora humano hanyou no parecía percatarse, demasiado concentrado en el oscuro paisaje del horizonte.

- Habían solo dos.- Tras la aclaración, continuó comiendo. Kagome le observó perpleja durante un momento y luego rió aliviada. Le parecía extraño que su amigo Miroku estafara tan descaradamente a una pobre gente. Aunque siempre intentaba sacar todo el beneficio posible…

- ¿y tú?.- preguntó de repente él sin mirarle. De repente, Inuyasha se vio a sí mismo intentando llevar una conversación normal con ella. No sabía cómo intentar introducirle el tema que llevaba dándole vueltas a la cabeza todo el día. Se sintió ligeramente estúpido en su banal intento por socializar de forma normal y poco sospechosa.

Sin embargo, Kagome no pareció notar nada raro, sino que se sintió encantada de que Inuyasha le preguntara y se dedicó a comenzar un monólogo de casi quince minutos donde le relataba con todo detalle lo que había hecho ese día. Estaba claro que intentaba no dejar de hablar por miedo a un silencio incómodo.

Inuyasha la miraba asintiendo de vez en cuando mientras seguía comiendo los onigiris, aunque en realidad había desconectado de su discurso hacía rato. En lugar de eso no paraba de fijarse en sus gestos. Cómo parpadeaba exageradamente cuando quería dar más dramatismo, con sus negras pestañas aleteando sin parar. Cómo sus ojos azules miraban en todas direcciones menos a él. Como sus manos se movían de aquí para allá, arrancando briznas de hierba entre sus dedos, ahora colocándose el pelo detrás de la oreja, ahora retorciéndose nerviosamente en su regazo. Era todo un pasatiempo.

-¿No crees?. – Preguntó de repente ella. La pregunta desconcertó totalmente a Inuyasha, haciéndole perder la concentración en su escrutinio. –Eh, esto, sí, claro.

Kagome pareció complacida con la respuesta y siguió hablando. Los pensamientos de Inuyasha se desviaron de nuevo. Esta vez pensando en el esfuerzo que Kagome parecía estar haciendo para aparentar estar bien. Seguro que le estaba costando adaptarse y que echaba de menos su vida normal. Se sintió mal por un momento al pensar todas las veces que él había deseado que se cerrara el pozo y que ella se quedara siempre aquí. Ahora que eso se había cumplido, se sentía feliz de saber que ella no iba a volver a irse, pero le parecía terrible la idea de separar a una chica de su familia y su vida. Y mucho más si era por estar con él.

-¿Te arrepientes?.

-¿Eh?. – Kagome frenó en seco su atropellado parloteo ante la inesperada pregunta, y miró a Inuyasha con cara de no entender nada. -¿Qué?.

-¿ Te arrepientes…de haberte quedado aquí?. – La pregunta cayó sobre Kagome como un jarro de agua fría. Los rostros de su madre, su hermano, su abuelo y sus amigas aparecieron en su memoria como fantasmas de otro mundo. Se quedó muda. Agachó la cabeza y miró sus pies. Inuyasha sintió pánico durante un momento. Si en algún momento Kagome se arrepentía de haber escogido quedarse allí con él, no sabría qué hacer.

-Les echo de menos. – Comenzó ella. Su voz se estaba quebrando. Sus ojos empezaron a brillar. Inuyasha se sintió horriblemente mal por haber causado esa reacción.

-Kagome…

Kagome respiró hondo, se secó los ojos con las puntas de los dedos y miró a Inuyasha.

–Pero sé que no me he equivocado, yo no habría podido ser feliz de otra forma.

No había terminado la frase cuando sintió la mano de Inuyasha empujarle hacia él. Le rodeó con su brazo alrededor de los hombros a modo de abrazo. Ella se quedó muy quieta al principio y después se relajó, apoyando su cabeza en el hombro de él.

Se quedaron en silencio durante un rato, mirando las estrellas de aquel cielo sin luna, tumbados sobre la húmeda y oscura hierba, mientras Kagome luchaba por contener los latidos de su corazón. Él apretaba su mano alrededor del hombro de ella, intentando transmitirle todo su afecto a falta de sentirse capaz de demostrárselo de ninguna otra forma. Se sentía terriblemente aliviado y agradecido por su respuesta. Fueron unos instantes agradables pero a la vez tensos. Inuyasha y Kagome ya habían estado así antes, pero parecía que ahora, algo fuera diferente, y era algo importante.

Kagome empezó a sentir como le vencía el sueño. Sus párpados pesados luchaban por cerrarse pero su consciencia luchaba por mantenerse despierta, a expectativas de qué ocurriría a continuación. Finalmente se quedó dormida sobre el hombro de Inuyasha.

Este, pudo sentir el cambio en el ritmo de su respiración y en como ahora su cuerpo se apoyaba como un peso muerto sobre su hombro, la observó durante unos instantes, dudando entre si despertarla o no, hasta que finalmente decidió llamarle.

-Vamos, Kagome… - dijo él. –te vas a quedar helada. Tocó suavemente la coronilla de la chica echada sobre él. Bajo su mano, el pelo de Kagome se le antojó resbaladizo, casi líquido, como hilos de alguna seda.

-sí…- Asintió Kagome a penas consciente, separó la cara del hombro de Inuyasha y se incorporó, frotándose los ojos con gesto cansado, entonces, intentó levantarse.

Sería por la combinación entre el sueño, la falta de práctica al llevar kimonos y la poca visibilidad del lugar, que se pisó el borde de la falda y perdió el equilibrio, precipitándose hacia delante. Nada por lo que preocuparse, por supuesto, ya que Inuyasha la había cogido antes de que pudiera ni si quiera abrir la boca para gritar.

Fue un instante que duró una eternidad, en el que Kagome levantó la vista hacia Inuyasha, agarrándose a las mangas de su kosode para recuperar el equilibrio e Inuyasha la miraba fijamente mientras la levantaba. Observó el rostro de Kagome, con los ojos entrecerrados por el cansancio y su cara roja por el sobresalto y la vergüenza. Escuchó la voz de su interior. Sabía que quería besarla.

Cuando se quiso dar cuenta se vio a sí mismo agachando su rostro al suyo, buscando su boca.

Y la encontró. Al principio ambos se quedaron muy quietos. La cabeza de Kagome iba a reventar con tantos pensamientos acelerados, parecía que iba a sufrir un infarto en cualquier momento y la sangre de todo su cuerpo se le arremolinó en la cabeza, haciendo que perdiera la sensibilidad en el resto del cuerpo.

Al cabo de unos momentos, los labios de Inuyasha comenzaron a acariciar los suyos con cuidado. No sabía muy bien qué debía hacer. Colocó ambas manos a los lados de la cara de kagome, sujetándola con cuidado mientras comenzó a ejercer más presión con su boca.

Kagome era un manojo de emociones, no paraba de temblar bajo su tacto, podía sentir la piel caliente de los labios de Inuyasha contra los suyos helados por el viento de la noche, sus manos grandes y fuertes le acaraciaban el rostro. Eran demasiadas sensaciones y emociones a la vez, estaba petrificada, ni siquiera sabía qué hacer con sus manos.

Inuyasha sintió esto y apartó la cara de ella por un momento. Le miró a los ojos intensamente, intentando tranquilizarla

-Kagome… - Ella le sostuvo la mirada durante un momento, pero se sintió abrumada por la intensidad de sus ojos y giró el rostro rápidamente, avergonzada.

Inuyasha giró el rostro de Kagome hacia él de nuevo, y apoyó su frente contra la de ella. Kagome cerró los ojos para evitar mirar a Inuyasha directamente. Él le abrazó.

–No sé qué habría hecho si no hubieras vuelto nunca…

Kagome de repente olvidó lo que acababa de ocurrir.

–Inuyasha…- sus manos se colocaron alrededor de él, acariciando su espalda, intentando consolarle ante el súbito cambio en su estado de ánimo. Tuvo la sensación de que envolvía con sus brazos a un Inuyasha cálido y vulnerable, eran contadas las veces que podía ver a Inuyasha de aquella manera. Se sentía halagada por su muestra de humildad. Cuando de nuevo fue consciente de lo que había ocurrido, un estallido de felicidad inundó su mente. Allí estaba la manifestación que ella estuvo esperando tanto tiempo y que temía que nunca llegaría.

– Kagome, yo…-

Inuyasha se sentía en la obligación de decir algo. Acababa de besarla, no podía fingir que no había ocurrido. Se sentía en la obligación de decir algo sin embargo, no sabía el qué.

Kagome se mantuvo unos instantes en silencio, esperando a que continuara hablando. Sin embargo pasaron los segundos y la tensión no hacía más que aumentar. Ella decidió ayudarle. –Tranquilo…De ahora en adelante estaré siempre contigo.

Él asintió y se separaron despacio. De todas formas no sabía qué decir, se había quedado en blanco, así que dejó a Kagome que decidiera qué hacer.

Kagome recogió la bandeja de onigiris ahora ya vacía y sonriéndole, le instó a que le siguiera hacia la casa.

Inuyasha se quedó quieto durante un momento, observándola marcharse. Llevaba puesto un kimono azul oscuro con dibujos blancos. Era un kimono simple pero él pensó que no podría estar más guapa si llevara un lujoso kimono de doce capas como las princesas.

Sin embargo, en la oscuridad de la noche, era difícil de distinguir, y más aún ahora, con sus poderes demoníacos debilitados. Cuanto más se alejaba Kagome por el camino, más se perdía el oscuro Kimono en las sombras.

Llegó un momento en el que su silueta desapareció totalmente ante sus ojos. De repente, se sintió ansioso por no poder verla. Tres años sin su presencia le habían vuelto ligeramente paranoico.

Salió de sus pensamientos y la siguió por el sendero hacia la casa. Una vez dentro, Kagome intentó dormir, tumbada en su futon. Mientras, Inuyasha se sentó como normalmente apoyado en la pared, debatiéndose internamente entre si debía decir algo o no.

Finalmente, el sueño le venció, manteniendo intacta la silenciosa atmósfera que se había generado entre ellos, como si ninguno de los dos quisiera mencionar lo ocurrido.