Cap. 3

Tras lo sucedido la primera noche del mes, Kagome pensó que tal vez su relación estaba empezando a evolucionar hacia alguna parte. Un beso era, al menos para ella una clara demostración de sentimientos. Sin embargo, cuando se despertó a la mañana siguiente, se encontró con que estaba sola en la cabaña. Inuyasha debió haberse marchado muy pronto, o durante la noche.

En cierto modo, el hecho de no tener que enfrentarse a él cara a cara después de lo sucedido por la noche, le aliviaba, pues no sabría muy bien cómo tratarle. Tal vez ese fue el motivo por el que Inuyasha se fue. Tal vez no quería afrontar lo que había ocurrido o se sentía demasiado violento.

El pensamiento entristeció a Kagome de nuevo. Aunque se hubieran besado, si ninguno de los dos decía o hacía nada al respecto, tal vez las cosas continuaran como siempre y ambos fingirían que nada había ocurrido, con lo que, de nuevo, estarían estancados. Pero ella tampoco sabía qué hacer muy bien al respecto. Sin estar segura de los sentimientos de él y sin valor a hacer un movimiento, lo único que podía hacer era continuar como si nada y esperar.

Cuando Kagome se vistió con su traje de sacerdotisa y se encaminó hacia el pueblo para su tarea diaria, no podía evitar buscar por todas partes la figura de Inuyasha, nerviosamente, aunque en el fondo no sabía si sería mejor encontrarle o no.

El día pasó tranquilo, y por suerte o por desgracia, no hubo rastro de Inuyasha hasta esa tarde, cuando volvió como todos los días, a buscar a Kagome tras terminar su trabajo con Miroku. No hizo ningún comentario al respecto, ni siquiera parecía haber pensado en el tema durante todo el día. Esto desilusionó un poco a Kagome. Pero a su vez, tampoco estaba serio ni distante, seguía siendo él mismo, con su humor corriente. Irritado, maleducado, pero amable al mismo tiempo.

Esa tarde fueron a cenar a casa de Miroku y Sango todos juntos. Hicieron una pequeña fiesta donde invitaron a la anciana Kaede, y comieron y bebieron hasta quedar saciados. Ni siquiera bajo el efecto del sake, Inuyasha pareció recordar nada en absoluto. Se dedicó toda la noche a discutir con Miroku y a pelearse con Shippou, lo cual a Kagome le tranquilizó bastante, pues significaba que se encontraba perfectamente bien.

Esto le alivió. Tal vez las cosas no hubieran cambiado, pero por lo menos no habían empeorado. Kagome decidió que era mejor no mencionar nada y simplemente dejar que las cosas transcurrieran su curso normal.

Pasaron varias semanas en total normalidad, Kagome e Inuyasha eran amigos, como siempre lo habían sido. Incluso parecía que ya Kagome había empezado a olvidarse del asunto del beso, aunque en su interior deseaba que no todo se viera reducido a una excepción, se había obligado a no pensar en ello, tras observar la indiferencia del hanyou.

Una mañana en la que Miroku no tenía ningún exorcismo pendiente, Kagome le pidió a Inuyasha que le acompañara al bosque a recoger las cortezas de unos árboles. Inuyasha aceptó obedientemente y la siguió en silencio, mientras ambos se alejaban poco a poco del pueblo. Comenzaron a aparecer árboles a su alrededor, pero Kagome ignoraba cada uno de ellos hasta que llegó a uno que parecía ser el que estaba buscando.

-Ah, aquí está.- Acarició la madera del tronco con la palma de la mano, y seguidamente sacó de su cesta, una pequeña hoz, con la que empezó a cortar finas capas de corteza. Despojaba al árbol de su piel, con el mismo cuidado de quien le corta el pelo a un recién nacido. Inuyasha observaba embelesado la delicadeza con la que se movían las manos de Kagome sobre el tronco, pero al cabo de un tiempo, comenzó a sentirse irritado por la lentitud con la que se movía.

-¡Kagome!, ¡por Dios!, ¡date prisa!. Inuyasha sintió que había esperado ya mucho y su impaciencia estalló con tan poca delicadeza como era costumbre en él.

-Espera, Inuyasha, necesito más cantidad, si cojo tan poca no podré llenar ni siquiera una olla de extracto. – Siguió recortando finas capas de madera con la hoz. Inuyasha le observaba mientras estaba cada vez más seguro de que estaba haciéndolo a propósito para desesperarle.

Finalmente, alcanzó el límite de su paciencia, y con un gesto iracundo, extrajo a tessaiga de su vaina.

-¡Inuyasha! ¿Se puede saber qué…?.- Pero no tuvo ocasión de quejarse, pues medio segundo después, un estallido de luz le cegó y lo siguiente que vio fue el cadáver del pobre árbol, derrotado sobre el suelo del bosque, con un corte transversal que lo atravesaba completamente.

Kagome observaba atónita mientras Inuyasha volvía a envainar su espada, se acercó tranquilamente al grueso tronco y lo cogió con un solo brazo, colocándoselo sobre el hombro.

-Con esto tendrás suficiente. Vámonos. – Y se encaminó de vuelta al sendero hacia el pueblo.

No pudo dar ni dos pasos, pues en apenas un instante, oyó el furioso grito de Kagome y sintió la fuerza de las perlas psíquicas alrededor de su cuello estamparle contra el suelo, dejándole inmóvil.

-¿Se puede saber qué estás haciendo, estúpida? ¡Estoy ayudándote!

-¡Inuyasha! ¡No puedes cortar un árbol entero para hacer extracto de corteza! ¡Es como matar una oveja para quitarle la lana!

-Keh, ¿qué clase de estupidez es esa?, ¡Un árbol no puede sentir dolor! ¡No le va a importar que lo cortemos!

-Inuyasha…- La voz de Kagome se estaba empezando a llenar de furia, cuanto más hablaba el hanyou, más ganas tenía de matarlo. Inuyasha tragó saliva al notar el cambio en el tono de su voz, y sus orejas se aplastaron totalmente hacia su cabeza, en muestra de miedo, mientras esperaba no recibir ningún otro osuwari.

- ¿Y qué pasaría si alguien cortara ese árbol?, ¿eh? ¿Cómo te sentirías entonces?. Gritó ella, sintiendo su paciencia agotándose.

Inuyasha miró el rostro dolido de Kagome, sin conseguir comprender por qué se enfadaba tanto. Su mirada se deslizó por todo su brazo, hasta llegar a la punta del dedo que ahora señalaba en dirección a un descomunal árbol en el centro de un claro en el bosque.

El Goshimboku. Inuyasha se quedó mudo. ¿Qué pasaría si alguien cortara el Goshimboku? Nunca se lo había planteado, pero la idea de que alguien destrozara el milenario árbol, al que la vida de Kagome, Kikyou y la suya habían estado tan ligadas, se le antojaba cuanto menos, desagradable.

-Desde que comencé mi entrenamiento como sacerdotisa, se me inculcó el respeto por la naturaleza y todos los seres vivos.- Comenzó a sermonearle ella, con los brazos colocados en jarras alrededor de su cintura, con aire ceremonial.

-Tal vez para ti este árbol no signifique nada, pero merece ser cuidado y respetado tanto como el Goshimboku lo merece.- Inuyasha la miraba con los ojos muy abiertos, y sintió un agudo dolor en su orgullo al darse cuenta de que Kagome había dado en el clavo.

- Mira…- Kagome trazó con sus dedos unas marcas casi borradas en el tronco del ya muerto árbol. Parecían grabados de letras, seguramente el nombre de alguien. Para alguien, ese árbol podía ser tan importante como el Goshimboku lo era para ellos dos.

-Keh, como si me importara lo que le pasara a ese árbol.- Su orgullo le impedía reconocer que podía sentir algún tipo de afecto hacia un ser inerte.

Kagome sintió algo romperse dentro de ella. Ella recordaba cómo el corazón se le encogía al pasar por delante del árbol sagrado, al levantarse cada día durante los tres años que estuvieron separados.

-¿Es posible…que durante todo el tiempo que estuvimos separados, ver el Goshimboku no te transmitía absolutamente nada?.- Inuyasha pudo notar en la voz de Kagome el temblor característico de la decepción.

Él la miró con dolor, arrepentido por su brusquedad. El enfado parecía haber desaparecido por completo de su rostro, ahora mismo le miraba con tristeza y esperando una respuesta.

-Kagome…- Él no sabía por donde empezar. Las disculpas no eran su punto fuerte.

-No hace falta que digas nada. – Contestó ella de forma cortante. Terminó de recoger algunas cortezas más, en silencio, dándole la espalda, arrodillada frente al árbol.

Inuyasha observaba su espalda, con su pelo negro cayendo sobre el kimono blanco, como tinta sobre papel. Intentaba pensar rápidamente en qué decir.

Kagome terminó su tarea y se giró hacia el camino, esperando a que el hanyou la siguiera o que por lo menos dijera algo. Pero no sería ella la que se girara. Ahora él tendría que tragarse su estúpido orgullo y pedir disculpas.

-Espera.

Inuyasha agarró su mano sin saber muy bien qué hacer, pero no quería que ella se fuera, habiéndole dejado con la sensación de ser una persona horrible. Kagome no se giró, solo se detuvo y se mantuvo en silencio esperando oír lo que tenía que decirle.

Inuyasha tembló bajo el tacto de la mano nívea de Kagome. La miró fijamente.

Entre sus grandes manos con garras, la mano de Kagome parecía más la de una víctima que la de alguien que pudiera llegar a ser una compañera. Sin embargo ella nunca se había alejado de él. De repente, el recuerdo de lo que sucedió entre los dos la primera noche del mes volvió a su mente. Tras aquello, había intentado por todos los medios no volver a pensar en ello.

Aquella vez se dejó llevar por los deseos de su lado humano y besó a Kagome sin pensar realmente en qué significaría o en las consecuencias que eso traería. Cuando recuperó su sangre demoníaca, empezó a sentirse mal por no saber de qué forma tratar a Kagome ahora, así que simplemente decidió ignorar el tema como si nada hubiera ocurrido. Ahora que estaban los dos solos en el claro del bosque y él sujetaba su mano, comenzaba a nacer en él de nuevo una sensación de necesidad que había intentado acallar durante mucho tiempo.

Kagome pudo sentir el cambio que se produjo en el ambiente. En otra ocasión, ella se habría ido furiosa, y al cabo del día habrían vuelto a reconciliarse, pero aquella vez era distinto. De una pelea, habían pasado a estar simplemente cogidos de la mano en silencio.

Ella se había relajado, dejando su brazo inerte y dejando de oponer resistencia a la petición del hanyou de que se quedara, pero seguía manteniendo su cara apartada de él, tal vez por miedo a que el momento se rompiera. Estaba claro que Inuyasha y ella no estaban acostumbrados a tratarse así el uno al otro, pero la necesidad que crecía en ambos no podía seguir siendo ignorada mucho más.

Inuyasha entonces hizo un movimiento tentativo con el pulgar, acariciando la palma de su mano. Simplemente se rindió a su deseo. Eso fue todo lo que Kagome necesitó para confirmar que, efectivamente, estaban de nuevo en una situación "de esas".

Notó cómo la sangre comenzaba a subirle a la cara, pero aún así se giró a mirarle. Inuyasha le miraba con el semblante serio, pero no enfadado, en lugar de eso, se podía leer el arrepentimiento en sus ojos. Estaba diciendo "lo siento" y "no te vayas"…y también algo más que no podía definir con certeza.

Su fuerte mano agarraba la suya con cuidado, mientras su pulgar, que antes le acariciaba, ahora estaba quieto. Estaban allí, en silencio mirándose incómodamente, pero ninguno de los dos quería soltarse. Kagome ya había aceptado las disculpas silenciosas que Inuyasha le profería con su lenguaje corporal y sin embargo allí estaba, cogiéndole la mano y mirándola fijamente.

Inuyasha observó a Kagome mirándole. No se apartaba, no hablaba, no soltaba su mano. Ella parecía estar esperando a que él se moviera. En su interior se debatía como siempre entre lo que deseaba y lo que él creía que debía hacer. Cuanto más tiempo sostenía la mano de Kagome en la suya más necesidad sentía de acercarse más a ella. Algo le decía que ella no se apartaría.

De repente, como la noche sin luna de hacía dos semanas, Inuyasha sintió cómo sus deseos humanos vencían la batalla al autocontrol. Estiró de la mano que sujetaba, empujando a Kagome hacia ella, en cuanto notó su cuerpo chocar contra el suyo, le rodeó con ambos brazos, aprisionándola contra él. Kagome casi soltó un grito de sorpresa cuando notó el duro pecho del hanyou contra su mejilla, podía oír su corazón.

Se quedó quieta un instante, como cada vez que él le sorprendía con algo como aquello. Acto seguido le devolvió el abrazo, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.

Inuyasha apoyó su cara contra la mejilla de Kagome, y se quedó así un momento antes de girar la cara y hundir su nariz detrás de su oreja, inhalando profundamente. Kagome pudo sentir que Inuyasha le estaba oliendo, y se sintió extrañada, ya que no era una costumbre entre las parejas humanas andar oliéndose la una a la otra, pero respetó que Inuyasha tenía otras costumbres y otros instintos, y simplemente le dejó hacer.

Inuyasha se conocía de memoria el olor de Kagome. En una batalla con un millón de soldados, él podría distinguir el suyo entre todos los demás. Y podría decir a qué distancia se encontraba en más de un kilómetro a la redonda. Su olor le intoxicaba, inundaba todo su ser desde la punta de sus orejas hasta el último centímetro de sus pies. En el olor de ella estaba fuertemente marcado también el de sus amigos, Sango, Miroku y Shippou, pero el suyo, el de él, era el que más mezclado estaba con el olor natural de Kagome, y eso era algo que le llenaba de orgullo.

Inuyasha le hacía cosquillas en el cuello olfateándole, pero era una sensación que le agradaba. Notar su nariz acariciándole suavemente tras la oreja, mientras sus manos subían por su espalda. Que Inuyasha la tratara de una forma tan íntima era algo que le parecía casi irreal, pero creía que podía llegar a acostumbrarse.

Su respiración empezó a acelerarse, Inuyasha notó esto y lo interpretó como una petición. Estaba volviendo a hacerlo. Exactamente lo que le apetecía, lo que sentía que deseaba.

Fue girando la cabeza, acariciando con su nariz la mejilla de Kagome, hasta que sus labios estaban enfrentados.

A estas alturas Kagome sentía que le iban a fallar las piernas en cualquier momento, tenía los ojos cerrados fuertemente y respiraba aceleradamente por la nariz y boca, sin atreverse a mover un músculo.

Inuyasha entonces, hizo que sus bocas se encontraran. El encuentro fue mucho menos delicado que aquella otra vez, posiblemente a causa de que la sangre demoníaca había vuelto a su cuerpo. Presionó sus labios contra los de ella, sin ser demasiado brusco, pero dejándose llevar por su necesidad lo suficiente para que Kagome se sintiera abrumada y le flaqueran las rodillas.

El problema de que te den algo que llevas esperando y deseando lo que te parece una eternidad, es que cuando por fin lo consigues, las sensaciones te abruman tanto que entras en un estado en el que no distingues si lo que está ocurriendo es real o no.

Inuyasha la rodeó con un brazo por la espalda, sujetándola para evitar que se cayera, mientras su otra mano trepaba por su brazo, acarició su cuello y finalmente se colocó en su nuca, para seguir besándola. Kagome intentaba responderle tímidamente pero era él el que llevaba la voz cantante. Inuyasha siguió moviendo sus labios sobre los de ella cada vez más insistentemente, reclamando más. Cogió a Kagome y la apoyó contra el árbol que había tras ella, ahora sus dos manos rodeaban su cara. Kagome entonces, sintiéndose mal porque solo él se movía, hizo algo que hizo que Inuyasha perdiera la compostura: rozó sus labios con su lengua.

En cuanto Inuyasha sintió la caliente lengua de Kagome tocar su piel, un gruñido gutural salió de su garganta y sintió como sus instintos animales se hacían poder de su cuerpo. Agarró las manos de Kagome y continuó reclamando su boca de una forma egoísta y posesiva, invadiéndola con su lengua. Kagome estaba aplastada contra el árbol por el peso y la presión que Inuyasha ejercía contra ella. Pero la sensación de ser besada por él, aunque fuera de una forma tan abusiva, era algo que no quería que parara por nada en absoluto.

No pasó mucho hasta que Inuyasha se separó de ella, jadeando pesadamente, apoyando su frente en la de ella. Inuyasha estaba sintiendo cosas en su interior que llamaban a que continuase, pero sin saber cómo, pudo parar. Kagome le observó. Con la boca entreabierta, los labios hinchados, la cara roja y con los ojos entrecerrados, mirándola fijamente. Era la primera vez que le veía así, y pensar que era ella la causante le llenaba de una sensación que no sabría definir. Kagome entonces le besó ligeramente en el labio inferior.

Inuyasha pudo sentir la ternura que transmitía aquel pequeño contacto, y fue como si sus salvajes instintos se tranquilizaran, su respiración recuperó la normalidad y miró a Kagome fijamente. Tras unos segundos en los que Kagome se agarraba al árbol para no caerse mientras mantenía una expresión perpleja en su rostro, él se separó de ella.

Se alejó caminando junto al árbol derribado y recogió la cesta de Kagome, devolviéndole su contenido, que estaba esparcido por el suelo. Con toda la tranquilidad que pudo aparentar, extendió la cesta hacia ella, ofreciéndosela.

-Lo siento por lo de ese estúpido árbol. – Dijo finalmente mirando a otra parte.

Kagome se quedó perpleja por la forma en la que Inuyasha había retomado la conversación anterior como si nada. Tras unos instantes vacilando qué decir o qué hacer, sonrió.

–Tranquilo…podemos aprovecharlo haciendo leña o algo. Cógelo. –

Inuyasha asintió y sin apenas esfuerzo, cortó la copa del árbol con tessaiga, y transportó el tronco sobre su hombro, todo el camino hacia el pueblo, acompañado de Kagome, quien seguía sin comprender el significado de esos paréntesis amorosos que ahora parecían estar convirtiéndose en una costumbre.