Cap 4
Estaba yendo cada vez a peor.
Inuyasha siempre se había sentido atraído hacia Kagome, pero nunca supo hasta qué punto hasta sus dos últimos encuentros, donde él había dado rienda suelta a sus deseos. Especialmente la última vez. Aquella vez…él se comportó como un salvaje. No mostró ni un poco de delicadeza o reparo. Simplemente había tomado lo que sentía que le apetecía tomar.
Si Kagome no le hubiera besado de esa forma tan dulce, haciéndole recuperar la compostura, tal vez la cosa hubiera acabado mal. Kagome no se había resistido cuando Inuyasha la besó de esa forma. Sin embargo, cuando apartó su cara de la de ella y le vió…con los ojos entrecerrados, las mejillas totalmente rojas, los labios hinchados y resoplando como si le costara respirar…Inuyasha sintió que la había forzado demasiado, pero ella, para no hacerle sentir rechazado, se había dejado hacer. Si la primera vez consiguió alejar de su mente los pensamientos de ese tipo, desde su último encuentro eso era imposible.
Cada vez que la miraba recordaba todo con tanto realismo que le parecía estar viviendo la misma situación dos veces…se estaba convirtiendo en una obsesión. Su necesidad de ella sólo aumentaba indiscriminadamente. Sus instintos le golpeaban con más fuerza que nunca cada vez que ella se retiraba el pelo, mostrando la blanca piel de su cuello, o cuando le azotaba con una de esas caídas de pestañas, cuando pasaba delante de él, dejando tras de sí el rastro de su olor, o simplemente, oírle decir su nombre le provocaba mayor satisfacción de lo que lo había hecho nunca.
A veces se sorprendía a sí mismo estudiándola con la mirada mientras ella estaba distraída haciendo alguna otra cosa. Algo en su interior reclamaba a Kagome para sí, y pedía que fuera lo más rápido posible. No se explicaba cómo podía haber vivido tanto tiempo a su lado sin sentir la necesidad tan brutal que sentía ahora. Cuando sus manos se rozaban por algún motivo, los vellos de todo su cuerpo se erizaban y de su garganta tenía que contener un gemido frustrado.
Sin embargo, sentía que no podía pensar con claridad en qué eran ellos dos.
Kagome podía sentir que aquella vez, algo sí había cambiado. El beso de aquella vez no había sido como el primero. Inuyasha había mostrado un entusiasmo sorprendente, e incluso ella hubo un momento que sintió ligero miedo al notar como su instinto demoníaco se desataba y ella estaba indefensa ante él. Por suerte o por desgracia, Inuyasha se había tranquilizado. Y desde el primer instante en el que pareció que había recuperado la fuerza de voluntad, parecía avergonzado de lo que había hecho. Ella intentó hablarle para mostrarle que se encontraba bien. Pero él parecía reuírle. Esto le rompió el corazón.
Ahora se sentía ansiosa porque Inuyasha le estaba esquivando, sin embargo ella estaba casi segura de que no le esquivaba porque se arrepintiera de lo que hizo. Esta vez él estaba siendo consciente de sus actos y reaccionando en consecuencia. Eso ya era un progreso. Kagome se sentía en la obligación de intentar ayudar a Inuyasha a no sentirse violento cerca de ella.
Una tarde roja, Kagome había tenido el día libre y paseaba por el pueblo dirigiéndose hacia un prado de margaritas que había en las afueras. El cielo era del color de la sangre, y las nubes blancas, parecían oscurecer en contraste con el intenso brillo del crepúsculo. No había ningún niño, anciano o labrador cerca, la gente solía retirarse temprano a sus casas, así que el ambiente estaba silencioso y solitario. Caminó hacia el centro del prado y se sentó, intentando aplastar cuantas menos margaritas fuera posible. Después de la bronca que le echó a Inuyasha aquella vez por derribar un árbol, quería predicar con el ejemplo.
Aquella vez…la memoria del intenso beso que ellos dos compartieron aquella tarde apareció en su memoria, haciéndole sentir melancólica. Inuyasha había seguido comportándose de forma extraña con ella después de aquel día. Muchas veces, al enfadarse con él, no conseguía comprender por qué le quería como lo hacía. Pero cuando comenzaban a acudir a su mente los recuerdos. Los viajes que habían hecho juntos. Cómo él la había protegido y tratado. Cómo se conocieron…
Saliendo del pozo traga-huesos aterrorizada tras haber sido engullida por un demonio ciempiés enorme, cayó de bruces contra el suelo y algunos hierbajos arañaron sus rodillas. Cuando levantó la vista, esperaba encontrarse de nuevo en el pequeño santuario junto a su casa, pero en lugar de eso, lo único que pudo ver era la cegadora luz del sol y verde.
Todo a su alrededor era vasto prado y árboles. Miró dentro del pozo y solo vio oscuridad. Su cabeza estaba dando vueltas, no sabía dónde se encontraba, a dónde había ido a parar su casa, por qué se había cambiado de lugar el pozo mientras ella caía dentro. Caminaba desorientada sin darse cuenta de que los árboles iban apareciendo uno tras otro, y se iba internando en el bosque.
Sus ojos se fueron acostumbrando a la luz tenue, por lo que tuvo que protegerse con la mano del rayo de luz solar que le golpeó de pleno en la cara. Los árboles habían desaparecido y en su lugar había un claro, y en el centro del claro, una enorme columna reluciente. Imponente como un templo, el aura sagrada que lo envolvía le decía que estaba en un lugar especial.
Sintió como si entrara en otra dimensión mientras sentía que algo en aquel árbol acababa de despertar algo en su interior, como si al verlo, hubiera quedado marcada para siempre, era el mismo árbol que había en su casa, pero a la vez, no era el mismo en absoluto.
No fue hasta que pudo despertar de su embelesamiento, que percibió la figura de un chico joven, vestido de rojo, sujeto al árbol con una flecha clavada en el pecho.
La corteza del árbol y las raíces se habían envuelto a su alrededor, haciéndole parecer una figura decorando el tronco. Le rodeaba un aura de leyenda. Su extraño traje de color rojo como la sangre le aportaba un aspecto de guerrero, su piel bronceada brillaba con el sol y su cabello de color plateado le llegaba hasta pasada la cintura.
¿Cabello plaetado? ¿Se trataba de un anciano? Entonces Kagome fijó sus ojos en su rostro por primera vez. Tenía la frescura de un hombre joven, de aspecto intrépido, con cejas pobladas, pómulos angulosos y mandíbula fuerte. Entre sus labios entreabiertos se podía observar unos caninos de un tamaño no humano.
Kagome trepó por las raíces del imponente árbol para acercarse mejor a su rostro, supo que era más alto que ella cuando notó que a penas le llegaba a la clavícula. Mechones de pelo plateado cubrían su frente, y en lo alto de su cabeza habían dos orejas similares a las de un perro o un gato, estaba claro que no era humano. Tardó unos instantes en aceptar que le parecía hermoso. Kagome pensó que era un chico con una belleza fuerte, no era como esos chicos de las revistas de su época, pero no le hacía falta.
Y en el momento en el que sus párpados se abrieron y ese par de orbes de oro se clavaron en ella, supo que no iba a poder librarse del hechizo de sus ojos jamás.
Después de su primer encuentro, Kagome descubrió que era más fácil tratar con él mientras estaba clavado en el árbol. Su carácter rudo y maleducado hacía tan difícil la convivencia que se le empezó a olvidar la fascinación que había sentido por él en un primer momento.
Pero cuando con el paso del tiempo, Inuyasha empezó a abrir su corazón y a comportarse de una forma más cuidadosa con ella, Kagome empezó a apreciar la auténtica naturaleza de su espíritu. Generoso, sacrificado y protector, aunque también reservado y orgulloso. Cuanto más tiempo pasaban juntos, mayor era la atracción que ella sentía por él. Le encantaba que él la llevara en su espalda cuando peleaban o viajaban, le encantaba que él la protegiera y a ella le encantaba protegerle a él. Empezó a sentirse atraída hacia su naturaleza animal, salvaje e indómita mezclada con su faceta humana, cuidadosa y amable.
Comenzó a disfrutar demasiado cada vez que tenía que curarle alguna herida, a pesar de que Inuyasha insistía en que no necesitaba tratamientos para débiles humanos. Comenzó a disfrutar demasiado de apoyarse en su espalda y comenzó a acostumbrarse demasiado a que sus garras le arañaran de vez en cuando, al tocarla. Ella disfrutaba de su compañía y al observar que día tras día, estaba consiguiendo que Inuyasha se abriera a ella.
Todavía recuerda el día que por fin se dio cuenta de lo que sentía. Ahora mismo no quería volver a pensarlo por miedo a los fantasmas del pasado.
Tan absorta se quedó Kagome en sus pensamientos que no se dio cuenta de que estaba siendo observada en silencio por Inuyasha, quien había ido tras ella, al oler su aroma sin que pudiera percibir ninguno más a su alrededor. Le preocupaba que se quedara sola al atardecer.
A los ojos de Inuyasha, el paisaje se mostraba idílico.
El cielo rojo de la tarde al fondo, teñía el prado frente a él con pinceladas de luz. El prado de margaritas, blancas y delicadas eran mecidas cuidadosamente por la brisa que soplaba entre las colinas, un océano de pétalos blancos y hojas verdes se extendía ante sus ojos.
Y en el centro, Kagome.
El blanco de los pétalos palidecía contra su piel. Tenía el rostro ligeramente agachado, observando las flores frente a ella con gesto sereno, aunque Inuyasha no lograba comprender qué podría estar buscando en ellas que no pudiera ver ya en su reflejo.
Su cabello negro, flotaba a su alrededor, acariciando su rostro y envolviéndola de tanto en tanto.
Inuyasha sintió miedo de abrir la boca y estropear la imagen que tenía ante él.
Esta chica…¿Qué le había hecho?
La pregunta que siempre se había hecho resonaba una y otra vez en su cabeza. Tras Kikyou, él se obligó a acallar tal pensamiento. Pero ahora Kikyou no estaba. En su lugar, Kagome estaba frente a él. Y él seguía sin querer escuchar la voz de su cabeza.
Tenía miedo de la respuesta.
La pregunta resonaba cada vez más y más fuerte, hasta que creyó que la propia Kagome podría oírla. Llegó un momento en el que le resultó imposible seguir ignorándola.
"Inuyasha, tú…"
Inuyasha esperaba tembloroso a que la voz formulara la pregunta que él mismo no se atrevía a formular. Una pregunta que resonaba siempre en el fondo de su mente, pero se había dedicado a ignorar todo este tiempo. Ahora era ridículo seguir haciéndolo.
"¿La amas?"sentenció por fin.
En ese mismo instante, Kagome se percató de la presencia del hanyou y se giró a mirarle. La fuerza con la que la mirada de Kagome golpeó a Inuyasha fue devastadora.
El viento se giró hacia él, atrayendo consigo su olor, tan penetrante que creyó que iba a perder el sentido.
Los ojos azules de Kagome se clavaron en él, e Inuyasha estuvo totalmente seguro de haber visto esos ojos en sus sueños.
Lo primero que vio al despertar de los cincuenta años de letargo, fueron los ojos de Kagome. Ella le liberó de su prisión en el árbol, le liberó de la carga de su corazón, y estaba frente a él sentada, observándole, aceptándole y amándole, y él no había sido capaz de responder a esa pregunta hasta ahora.
"Siempre lo hice".
Fue la respuesta más humilde que Inuyasha pudo darle a la voz de su interior.
Sintió que algo dentro de él se liberaba por fin. La autoconfesión llegó como un destello de luz que iluminaba una habitación oscura, o un soplo de aire que levantaba el polvo acumulado durante años dentro de él.
No dedicó más tiempo a sus pensamientos y se acercó a sentarse junto a ella.
Estar con Kagome era su hogar, y así debía ser siempre.
