Cap 5
Los días transcurrieron tranquilos durante un par de semanas. Inuyasha y Kagome pasaban mucho tiempo juntos ahora. Él volvía corriendo de su tarea con Miroku a buscar a Kagome como siempre, pero en ocasiones iban juntos a pasar el resto del día en algún sitio.
Inuyasha creyó que debería intentar mostrar sus recientemente admitidos sentimientos a Kagome. Sin embargo, descubrió una faceta de sí mismo que no conocía (aunque para todos los demás había sido más que evidente desde el principio). Una faceta que le impedía transmitirle sus emociones directamente.
Una vez la llevó con él a dar un paseo, con la esperanza de poder hacer o decir algo, pero en lugar de eso, acabaron dando vueltas en silencio alrededor de un lago. Inuyasha se sentía furioso consigo mismo por no poder parecerse a su amigo Miroku en ese aspecto. El pervertido monje no tenía ningún reparo en acercársele a cualquier chica, tomarle de las manos y expresarle su deseo de tener hijos con ella. O al menos así solía ser antes de casarse con Sango.
Él sin embargo, había tardado años en admitir sus sentimientos hacia Kagome, y aunque ya se habían besado en dos ocasiones, ahora se sentía incapaz de hacer nada más.
Sólo podía intentar ser amable con ella. Muchas veces volvía con regalos para ella, como fruta, hojas de té, o en una ocasión incluso trajo un puñado de flores arrugadas y en el bolsillo de su hakama.
Kagome no sabía muy bien cómo interpretar estas "ofrendas". Si ciertamente, eran un detalle muy bonito por parte de él, Inuyasha no había vuelto a mostrar intenciones románticas de ningún tipo con ella.
Cuando recibió las flores arrugadas no pudo evitar reírse, causando que Inuyasha se enfadara con ella, avergonzado, gritando que no debería haberse molestado en traer nada. Kagome fue hacia él y le dio un abrazo, calmando de inmediato al furioso hanyou.
Así habían sido las cosas. En ocasiones Inuyasha se había quedado dormido en el regazo de ella, o le había tomado la mano en silencio mientras estaban sentados en torno al fuego de noche.
Sango, Miroku y los demás se habían ido percatando de cómo Inuyasha parecía no seguir escondiendo sus sentimientos hacia ella y sonreían enternecidos. Sin embargo, aunque estas muestras de afecto eran cada vez más frecuentes, ni Inuyasha ni Kagome parecían decir una palabra al respecto.
Kagome sentía que Inuyasha estaba comenzando a tratarla como a una pareja, y eso le hacía muy feliz. Ella sentía que simplemente con eso debería ser suficiente, y pensó que si tenía un poco más de paciencia, todo seguiría su curso de forma natural, sin que ella tuviera que presionarle ni decirle nada. Creyó que dejarle actuar a su manera era lo mejor.
Sin embargo, Inuyasha se sentía ansioso. Furioso consigo mismo cada día que pasaba sin haberle dicho a Kagome lo que sentía. Le parecía que sus señales eran lentas o no estaban siendo bien recibidas por ella, ya que Kagome no parecía hacer nada al respecto.
A los ojos de sus amigos, era un malentendido de lo más encantador.
Una tarde, Kagome terminó su trabajo en el templo, como todos los días. Pero para su sorpresa, no había por ninguna parte rastro de Inuyasha. No había ido a buscarla.
Pensó que tal vez se había retrasado en su trabajo con Miroku y se sentó a esperarle cerca del huerto donde ella solía estar con Jinenji, recolectando plantas medicinales.
El sol se ocultaba cada vez más detrás de las montañas. El cielo pasó de azul a anaranjado y finalmente empezó a tornarse rojo. Kagome no podía explicarse a qué se debía el retraso de Inuyasha y comenzó a notar la preocupación creciendo dentro de ella.
Cuando por fin se quedó convencida de que no iba a aparecer, se dirigió a casa de Sango, esperando que ella se encontrara en la misma situación que ella, esperando y sin saber nada.
Cuando llegó a la puerta de la casa donde vivían, las pequeñas gemelas salieron a recibirle.
-Kaa-san no está. -La pequeña le miraba con el rostro preocupado.
-¿Os ha dicho dónde iba?. –Kagome se agachó hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura.
Su gemela empujó a su hermana y colocándos en el centro, respondió orgullosamente.
-¡Yo lo sé!, Kaa-san dijo que iba a hablar con Kaede-baba para buscar a Otou-san. –Las sospechas de Kagome eran ciertas, Miroku tampoco había vuelto. Eso le hacía preocuparse todavía más. Si Inuyasha se hubiera ido en solitario, ella podría pensar que había ido a buscar algo, o a cazar algo de comida para la cena o cualquier cosa. Si Miroku tampoco había vuelto, sólo podía significar que algo había ido mal en el trabajo. No es que después de haber derrotado a cientos de demonios y haber vencido a Naraku, Kagome pudiera pensar que algo les podía ocurrir. Pero si no regresaban a casa por la noche, lo único que podía hacer era preocuparse.
-Muchas gracias, cielo. –Kagome besó la cabeza de las niñas y se giró en camino al templo, a buscar a la anciana Kaede y a su amiga. No pasó mucho rato hasta que se topó de frente con Sango, quien llevaba puesto su traje de taiyija y portaba el enorme hiraikotsu en su espalda. Kirara iba con ella, en su forma de youkai león. Parecía inquieta y caminaba apresurada.
-¡Sango!. –Kagome la llamó. La cazadora de demonios estaba tan preocupada en darse prisa que no se dio cuenta de que su amiga estaba ahí hasta que la oyó llamarla.
-¡Kagome! Iba a ir a buscarte. Escucha ni Inuyasha ni Miroku han vuelto y…-comenzó ella nerviosa, le temblaban las manos.
-Ya me he dado cuenta, fui a tu casa a buscarte pero las niñas me dijeron que habías ido a hablar con la anciana Kaede. Sango, ¿qué ocurre?. –Kagome preguntó temerosa de la respuesta.
-No lo sé, no tengo ni idea. Ese es el problema. Se fueron esta mañana cuando aún era de noche y no han vuelto. Kaede no sabe nada, solo nos ha dicho que se fueron a un pueblo que está hacia el norte, pero ni siquiera sabe exactamente cuál. –Sango empezó a irritarse más y más según hablaba.
-Voy a ir a buscarles. –Dijo al fin. –Tú puedes quedarte con las niñas aquí y-
-¿Cómo? De ninguna manera. No es solo Miroku el que ha desaparecido, Inuyasha tampoco ha vuelto, ¿recuerdas?. Además, no voy a dejar que te vayas sola. La anciana Kaede cuidará de las niñas, no hay ningún problema.
Sango pensó en decir algo para persuadirla de que se quedara. Pero viendo el gesto decidido en el rostro de Kagome, supo que cualquier cosa que dijera sería un intento en vano. Además, pensó que su presencia podría ser útil en caso de que tuvieran que pelear.
Kagome recogió un carcaj con flechas y un arco que tenía siempre en su casa y sin más tardanza, subió a lomos de Kirara y se fue con Sango, en dirección al norte.
No debieron pasar más de quince minutos hasta que Kirara percibió en el aire el olor de Miroku, y aumentó la velocidad en esa dirección.
El viaje duró unas dos horas. Pero ellos contaban con la velocidad de Kirara. Miroku e Inuyasha debieron tardar unas cuatro en llegar al pueblo donde finalmente aterrizaron.
Era de noche cuando llegaron. Las calles estaban desiertas y tan solo algunas luces provenientes del interior de las casas iluminaban los caminos. El silencio era sepulcral, lo que hizo a Kagome y a Sango ponerse aún más tensas.
Entonces pudieron ver a un niño correr por la calle, hacia ellas. Cuando vio a Kirara, que todavía mantenía su forma de león de dos colas, su cara se transformó en un gesto de terror. Probablemente creyera que se trataba de un youkai que venía a atacar la aldea.
-No te asustes. –Comenzó Kagome, al ver que el niño se estaba asustando y parecía dispuesto a ponerse a gritar socorro en cualquier momento. –Kirara no te hará ningún daño, está domesticada, ¿ves?. –Para demostrarlo, acarició el lomo del animal, el cual comenzó a ronronear como si de un gato se tratara.
El rostro del niño se relajó, pero aún así parecía a la defensiva.
-¿Q-Qué hacéis aquí? ¿Qué buscáis? ¡En este pueblo no hay sitio para extranjeros como vosotros!
-¿Han venido esta mañana al pueblo un monje y un hanyou con él?. –Sango preguntó con tono serio, ignorando la falta de cortesía del niño.
El pequeño pareció dudar por un instante de si contestar o no, Kagome intervino.
-Por favor, estamos buscándolos. No han vuelto a casa. –Intentó mostrarse razonable con él.
-¿Y qué pasa si han venido, eh? ¡Ya se fueron! ¡Así que dejad de molestar y…!. –No pudo terminar la frase. Un anciano de aspecto amable apareció detrás de él y le golpeó en la cabeza con un bastón.
-¿Se puede saber qué estás haciendo?. –exclamó furioso el muchacho, a la vez que rojo por la humillación.
-Tarô, haz el favor de no ser un mentiroso y tratar con amabilidad a estas personas.
¿Un mentiroso?¿A qué se refería? ¿A que Inyuasha y Miroku no habían estado allí? ¿o a que sí habían ido pero no se habían marchado? Sango y Kagome tenían el corazón en un puño.
El niño, se marchó corriendo de allí, frotándose la cabeza con las manos.
-Perdonadle. Es así con todo el mundo porque este pueblo ha sido atacado recientemente por muchos youkai, ¿sabeis?. En uno de los ataques murió su hermana pequeña. No ha vuelto a ser el mismo desde entonces, además, ahora no se fia de nadie que se acerque al pueblo. –El anciano continuó hablando. –Después de meses de ataques casi todos los días, descubrimos que se trataba de un poderoso oni, que estaba poseyendo la casa del tono de esta aldea, y que atraía a los demás youkais hacia aquí, para que nos atacaran.
-Eso es terrible. –Añadió Kagome.
El anciano le sonrió con benevolencia. –Sí, sí que lo es…
-Pero eso fue hasta que esta mañana un joven monje acompañado de lo que parecía ser un youkai llegaron aquí. –El rostro de Kagome y el de Sango se iluminaron de repente. –El joven monje tuvo algunos problemas para exorcizar la casa, ya que se trataba de un Oni muy poderoso, y cuando finalmente logró hacerle salir de su escondite, resultó tener una fuerza descomunal. El hanyou y el joven monje lucharon muy duramente durante horas…ambos recibieron heridas terribles…-Toda la alegría de sus rostros se esfumaron en un instante, si sus heridas eran demasiado graves podría ser fatal.
-¿Son conocidos vuestros?. –preguntó el anciano con curiosidad.
-Sí.-dijo Sango, visiblemente emocionada. –Son nuestros maridos. –Kagome se giró a mirarle con cara de no poder creer lo que su amiga acababa de decir, increíblemente ruborizada.
El anciano no pareció darse cuenta de esto, así que simplemente dijo con naturalidad.
-Oh, ya veo. Que par de hombres tan afortunados…acompáñenme, les guiaré hasta casa del tono, ahora mismo se encuentran recuperándose de sus heridas allí.
Kagome y Sango asintieron y siguieron al hombre entre las estrechas callejuelas del pueblo. Llegaron hasta la ladera de una montaña donde comenzaban unas escaleras que parecían no tener fin. Subieron las escaleras, hasta que llegaron a las puertas del castillo, que era de un tamaño totalmente desproporcionado en comparación con el pueblo que regía.
Pasaron varios patios y jardines hasta por fin llegar a la primera puerta, al entrar unos sirvientes les recibieron, tomándoles los zapatos. Les ofrecieron algo de comer, pero Kagome y Sango rechazaron la oferta cortésmente, y expresaron su impaciencia por poder ver a las dos personas que se encontraban descansando en esa casa.
Los sirvientes les guiaron a través de las habitaciones y pasillos que parecían alargarse cada vez más.
Finalmente llegaron a una habitación donde se podía ver una cama y un biombo tras ella.
En la cama se encontraba postrado Miroku, intentando levantarse y discutiendo con una de las criadas, que intentaba mantenerle en la cama.
-Houshi-sama, por favor. Su pierna se encuentra en un estado grave, no puede levantarse todavía ni mucho menos embarcarse en un viaje. ¡podría perder la pierna!
-¡Déjeme en paz! Le digo que me encuentro perfectamente. ¡Tengo que volver a avisar a mi mujer y a mis hijos! ¡Están muy preocupados sin tener noticias mías!. –Miroku llevaba un kimono blanco de algodón en lugar de sus ropas de monje.
Tenía varios arañazos y cortes en los brazos y cara, y su pierna estaba totalmente entablillada y vendada desde la rodilla hasta casi llegar a la ingle. Las vendas estaban llenas de sangre y habían muchas más vendas manchadas en una cubeta, junto a la cama.
-¡Miroku!. –Sango gritó su nombre en una mezcla de felicidad y alivio cuando por fin vio al joven monje a salvo, y relativamente sano.
-¡Sango!. –El rostro de Miroku cambió de un gesto de enfado a uno de felicidad plena. Cuando Sango se arrojó sobre él, él le rodeó, apretándola fuertemente contra él con sus brazos. Permanecieron un rato en silencio hasta que comenzaron las preguntas.
Kagome escudriñaba la habitación con la mirada en busca de Inuyasha. Esperaba que se encontrara apoyado en una pared como siempre era costumbre en él. Observando a Miroku y diciéndole que no se quejara tanto. Pero no veía nada. La ansiedad comenzó a crecer dentro de ella, y miró a Sango y a Miroku, que estaban abrazándose y besándose mientras Sango le decía lo mucho que le había preocupado. Kagome se acercó a ellos dos, y sin el menor remordimiento por romper una escena tan entrañable, preguntó con voz rota.
-Miroku…¿Dónde está Inuyasha?. –El monje cambió totalmente la expresión de su rostro y pasó a mirarle con una mucho más seria. –Kagome…yo…lo siento. –Kagome no temía por la vida de Inuyasha, después de las terribles batallas que habían librado, no importaba lo fuerte que fuera el Oni que había poseído aquel castillo, no habría podido acabar con la vida de Inuyasha.
Sin embargo, el tono en la voz de Miroku y su expresión, hizo que la confianza que ella tenía en la fuerza del hanyou se quebrara.
-Él quiso protegerme y se llevó la peor parte. –Kagome notó su corazón dar un vuelco. –Está detrás del biombo. –De repente el puño que parecía estar apretándola se soltó, dejándola respirar de nuevo. Seguía con vida.
Sin embargo, la visión que obtuvo cuando miró al otro lado del biombo no fue nada agradable. Inuyasha se encontraba inconsciente, tumbado en una cama cuyas blancas sábanas se habían ensuciado con su sangre. Todo su torso estaba totalmente vendado, pero parecía que no cumplían bien su función, pues estaban totalmente rojas. Sus brazos también estaban vendados, incluídos algunos dedos de la mano derecha. Tenía una venda en la frente, y le cubría el ojo izquierdo. Tenía un aspecto realmente descorazonador. Quien no supiera de su naturaleza semi-demoníaca podía pensar que estaba muerto.
Kagome sintió como se le partía el corazón al verle en aquel estado. Corrió a sentarse junto a él y comenzó a llamarle, apoyando la cabeza de él en su regazo y apartándole el cabello de la cara suavemente con la mano.
No se podía explicar qué clase de criatura podría haberle hecho eso.
Al cabo de unos instantes, Kagome pudo percibir que sus pestañas comenzaban a temblar, y poco después abrió lentamente el ojo que le quedaba descubierto.
-Kagome... –fue todo lo que alcanzó a decir con un hilo de voz.
-Sí. Sí, Inuyasha, soy yo. He venido a buscarte. Tranquilo… -un mechón de cabello se había quedado enganchado en la comisura de los labios del hanyou, y Kagome, cuidadosamente, lo apartó con sus dedos, intentando no tocar demasiado las quemaduras y arañazos que cubrían su mejilla.
El brazo izquierdo de Inuyasha se levantó tembloroso del colchón y agarró la mano de Kagome. Manteniéndola pegada a su mejilla.
-Kagome…. –repitió sin apenas fuerzas. Apretó la mano de ella contra su cara, giró la cabeza y tocó con sus labios la palma, besándola. Kagome se ruborizó furiosamente ante el contacto, pero no apartó la mano en absoluto, en lugar de eso, le acarició ligeramente con el pulgar, intentando tranquilizarle.
El olor y el tacto de Kagome llegó a él como una anestesia contra el dolor de su cuerpo. Separó su mano de él y la observó, al igual que aquel día en el bosque. Atrapada dentro de su mano sucia y llena de sangre seca, la mano de Kagome parecía totalmente fuera de lugar.
Kagome pudo notar como temblaba la mano de Inuyasha al envolver la suya.
-Está bien, Inuyasha, solo duérmete y descansa.
Inuyasha seguía sin soltar su mano y seguía observándola, pero parecía que ya no la veía. En lugar de eso, parecía estar concentrado en sus pensamientos.
-Voy a ensuciarte. –dijo repentinamente. La forma en que lo dijo sonó ambigua. Podía estar refiriéndose a sus ropas. Pero el dolor en su voz parecía que estuviera refiriéndose a algo mucho más profundo. Para Inuyasha, Kagome había aparecido como una visión, salvándole tantas veces…en todos los sentidos. Cuanto más se miraba a sí mismo comparado con ella, más le costaba aceptar que ella le hubiera escogido a él. Las manos era algo que solía comparar a menudo.
Pero egoístamente, pensaba, que no importaba el qué. Él no podía permitirse separarse de ella. No lo haría.
Solo cuando Kagome pudo sentir un líquido caliente resbalarse por su muslo, pudo saber a qué se estaba refiriendo Inuyasha. –Con gesto de preocupación observó sus piernas, manchadas de la sangre del hanyou apoyado sobre ella. –Dios mío Inuyasha, estás sangrando mucho. Vamos a cambiarte las vendas.
-No… –dijo él de repente cuando Kagome apartó la mano e hizo ademán de levantarse.
Kagome se arrepintió inmediatamente de su acción, cuando observó la reacción en Inuyasha.
Decidió quedarse donde estaba, y apoyó la mano sobre el pecho de él. Donde él mismo colocó la suya encima. Y así se quedaron durante toda la noche, Kagome dormida sentada y él apoyado sobre sus piernas.
Inuyasha pensó que nunca había dormido tan cómodo como cuando dormía así con ella.
Inuyasha abrió los ojos a la mañana siguiente, sintiéndose mucho más fuerte y descansado que el día anterior. Sus poderes demoníacos se habían encargado de cicatrizar gran parte de las heridas. Lo primero que vio justo delante de su cara, fue el rostro de Kagome. Tenía la cabeza agachada, ya que estaba durmiendo sentada. Inuyasha automáticamente se sintió mal, al pensar en lo que le dolería la espalda y el cuello cuando despertara.
Intentó quitarse de encima de ella, y sintió un ligero dolor en su espalda cuando sintió que sus vendas se habían adherido a Kagome, estirando de su propia piel al intentar levantarse.
Cuando se apartó, apoyándose en el futón de nuevo, pudo ver que los blancos muslos de Kagome estaban totalmente manchados con su sangre, pero ella no parecía inmutarse, y seguía durmiendo en la misma postura.
No fue hasta pasada alrededor de una hora que Kagome se despertó y lo primero que notó fue el pinchazo de dolor en el cuello por haber dormido en aquella postura. Lo siguiente que notó fue la ausencia de Inuyasha.
Se levantó y fue en su búsqueda, intentando no despertar a Miroku y a Sango, que dormían abrazados al otro lado del biombo. No conocía aquella casa, por eso tardó bastante en encontrar un pequeño jardín interior, donde Inuyasha estaba sentado en el borde, al parecer quitándose las vendas.
-¡Inuyasha! ¿Qué haces? ¿No pretenderás irte así, verdad?. –rodeó al hanyou hasta quedar frente a él, intentando que le mirara.
-Keh, estoy bien, no necesito perder más el tiempo aquí. –Seguía quitándose las vendas, pegadas a su cuerpo, sin escuchar las quejas de Kagome.
-¿Acaso tienes prisa por irte a alguna parte?. –Inuyasha no sabía qué responder. La verdad es que no tenía ninguna obligación esperándole. Pero de alguna forma, su orgullo demoníaco no le permitía quedarse en una casa siendo cuidado por humanos para curar sus heridas.
Simplemente se mantuvo en silencio mientras intentó incorporarse, con notable esfuerzo, por lo que Kagome pudo ver.
-¡Inuyasha, por favor!, ¡hazme caso!. –Entonces Inuyasha se levantó, mostrando la enorme herida de su pecho. Kagome no pudo si no llevarse las manos a la boca. Si fuera humano, estaría muerto, sin duda alguna. Y a juzgar por las dimensiones de aquella herida, pocó le faltó a él para estarlo. -¡Se acabó! ¡No vas a irte a ninguna parte así! ¡tendrás que pasar por encima de mi cadáver!. –Se colocó con los brazos en cruz frente a él, mostrándole su decisión.
-Kagome, ¡maldita sea!. –Inuyasha comenzó. Pero no pudo continuar, pues un pinchazo en el centro de su pecho, se extendió hacia su garganta, impidiéndole hablar. Su pierna derecha falló y perdió el equilibrio hacia delante. Kagome se movió lo más rápido que pudo, intentado soportar el peso de su cuerpo con sus brazos.
-¡Inuyasha!, ¿Estás bien?. –Inuyasha se mantuvo en silencio mientras sentía el cálido cuerpo de Kagome salvarle de su orgullo…una vez más.
Kagome ayudó a Inuyasha a sentarse, y fue a coger algunos objetos que había traído con ella junto con su carcaj y el arco. Volvió con vendas, toallas, agua y un pequeño frasco.
Se sentó detrás de él y comenzó a curar las heridas de su espalda. Inuyasha permanecía en silencio, dejándose hacer. Kagome limpió la sangre seca de la espalda de Inuyasha con una toalla húmeda, con extremo cuidado. Aún así Inuyasha sintió escozor al rozar algunas heridas que todavía estaban abiertas. Sin embargo no movió ni un músculo.
En su cabeza comenzaron a aparecer imágenes de la batalla de ayer. Aquel engendro les había dado más problemas de los que creían. No sabe qué fue lo que falló en él, por qué le costó tanto derrotarle.
Tal vez después de haber librado cientos de batallas y haber derrotado a Naraku, pensó que nada podía sorprenderle. Tal vez fue el exceso de confianza lo que hizo que estuviera a punto de morir. Aún le quedaba mucho por aprender.
Kagome entonces dejó la toalla y comenzó a aplicar una sustancia fría y viscosa sobre sus heridas. No escocía, más bien parecía calmar el ardor de las heridas.
-¿Qué es eso?. –preguntó el desconfiado.
-Tranquilo, Inuyasha, es solo un ungüento, para que cicatrices antes.
-Keh, vaya gilipollez, no necesito nada de eso, puedo cicatrizar yo solo.
-Eso ya lo sé. –Kagome siguió aplicando el ungüento en su espalda con paciencia. Inuyasha no supo que decir y dejó que ella siguiera haciendo su trabajo.
Cuando hubo terminado con la espalda, rodeó a Inuyasha colocándose delante de él. De repente, sus rostros estaban muy cerca, pero Kagome no parecía darse cuenta, estaba demasiado procupada limpiando la sangre en la parte frontal del torso de Inuyasha.
-Dios, esto es horrible…-con la toalla, rodeó cuidadosamente una herida de forma irregular que le agujeraba el pecho en el centro, estaba bastante seca, pero algunas partes aún mostraban la carne rosada bajo la piel, y un poco de sangre brotaba de los bordes. Inuyasha siseó cuando Kagome accidentalmente rozó un borde hinchado.
-Oh, lo siento, perdona. –Kagome apartó la mano inmediatamente, no queriendo hacerle más daño.
-Sigue. –contestó simplemente él. Kagome no supo como tomarse eso, pero observó que el rostro de Inuyasha estaba ligeramente ruborizado.
Siguió limpiando la sangre que cubría prácticamente todo su abdomen, rodeando las heridas para no hacerle daño. El pulso de Kagome comenzó a temblar y su corazón empezó a acelerarse según iba acariciando ligeramente los músculos del tórax del hanyou, mientras untaba el frío ungüento en sus heridas. El momento se estaba tornando ciertamente íntimo. Inuyasha la miraba acariciar sus heridas nerviosamente y notó como su cuerpo vibraba, reaccionando ante su tacto, de repente olvidando el dolor.
Las manos de Kagome le masajearon los brazos, untando el ungüento, como si de un masaje se tratara, comenzando desde los hombros, bajando por las doloridas extremidades hasta llegar a las manos, donde ella la abrió y colocó una pequeña cantidad en los cortes de la palma y en los dedos.
Volvió entonces a encarase a la monstruosa herida de su pecho, colocó bastante cantidad en la palma de su mano y le advirtió.
-Puede que esto te duela… -acto seguido, colocó su mano contra el pecho de Inuyasha y comenzó a restregar el producto de la forma más cuidadosa que pudo. En lugar de un quejido de dolor, lo que salió de la boca de él fue un suspiro. Kagome alzó la cara y se encontró de frente con su mirada dorada, que la miraba intensamente.
-Kagome…- Inuyasha entonces se inclinó hacia delante, intentando abrazar a Kagome, quien le detuvo colocando sus manos en sus hombros. –Inuyasha, espera, no deberías-
-Lo siento…no puedo controlarme. –Sus palabras sonaron tan guturales que Kagome perdió la concentración en lo que iba a decir.
Inuyasha apartó las manos de Kagome con las suyas, y sin darle tiempo a volver a abrir la boca, estampó sus labios con los de ella.
Era un beso extraño, Inuyasha sentado en el borde de madera del jardín, Kagome de rodillas frente a él, él sujetándole las muñecas y moviéndose insistentemente contra su boca, con gesto concentrado y Kagome intentaba de vez en cuando separarse de él diciéndole que no debía inclinarse hacia delante de aquella forma, forzando los músculos de su estómago. Pero Inuyasha la acallaba constantemente, cubriendo sus labios con los suyos.
No pasó mucho hasta que Kagome se rindió ante la insistencia de Inuyasha. Él colocó sus manos alrededor de su cara, apretándola contra él. Kagome sintió que se dejaba arrastrar y pronto comenzó a corresponder a Inuyasha con más intensidad. Éste, al sentir que empezaba a perder el control sobre sus acciones, separó sus labios al fin, jadeando con dificultad.
Kagome permaneció con los ojos cerrados, tratando de recuperar el aliento. Sintió a Inuyasha abrazándola y no comprendió qué podía haber ocurrido.
-¿Inuyasha…?.
-No estoy acostumbrado a pelear si tú no estás conmigo. –dijo de repente.
-¿Eh?. –Kagome no comprendía el cambio de tema. ¿No pretendía volver a ignorar lo que había ocurrido, verdad?. Ella creía que habían logrado progresar por fin.
-Durante los tres años que he estado sin ti, me he enfrentado a youkais al trabajar con Miroku, pero…este era mucho más fuerte… -Kagome quedó sorprendida ante esa muestra de humildad.
-Cuando estaba ahí peleando con él, con el cuerpo lleno de heridas, sentía como la vida se me iba del cuerpo…creía que iba a morir. Y en ese momento me sentí muy débil, porque sé que si tú hubieras estado ahí apoyándome, probablemente ya le habría derrotado.
-Inuyasha…-Kagome quería mirarle a la cara, pero Inuyasha la mantenía presionada contra él.
-Cuando creía que iba a morir…lo único en lo que podía pensar era en ti, Kagome. –Esas palabras llenaron a Kagome de un sentimiento indescriptible. Sus rodillas estaban pegadas al suelo, y aún así habría jurado que estaba flotando.
Ella le abrazó rodeando su cuello con sus brazos. Inuyasha entonces hundió la nariz entre su cuello y su hombro, inhalando profundamente. Los efectos que su olor producían en él eran demasiado peligrosos.
Con aquellas palabras, Kagome se había quedado sin fuerzas para seguir luchando contra él, así que simplemente cerró los ojos y dejó que hiciera lo que quisiera. Inuyasha comenzó a besar la piel de Kagome, primero muy ligeramente, como un roce, después de forma más intensa. Primero solo con los labios, después también con su lengua. Ya no tenía fuerzas ni ganas para seguir conteniéndose, así que apartó a la parte sensata de su mente en un rincón.
Subió por su cuello, sintiendo las pulsaciones de la sangre bajo la piel, siguió rodeando por su mandíbula, hasta su oreja, donde atrapó el suave lóbulo entre sus dientes.
Kagome temblaba. Solo podía hacer eso, temblaba con los ojos cerrados, dejando perezosamente que él hiciera todo el trabajo, y no podía gustarle más. Se ruborizó furiosamente ante el pensamiento.
Inuyasha estaba bebiendo de su piel, de la que siempre había tenido tanta sed, como un niño al que se le da su golosina favorita. Dejaba huellas rojizas por donde pasaba.
Volvió a subir a su boca y se dedicó en cuerpo y alma a memorizarla con su lengua. A estas alturas, Kagome no podía controlar casi sus gemidos, que se le escapaban entre beso y beso.
Inuyasha atrapó su labio inferior entre los dientes. Kagome pudo sentir sus afilados caninos arañar ligeramente su piel. Se deslizó, bajando por su barbilla, acompañándose en todo momento por sus manos. Bajo por su garganta, donde sintió cómo Kagome tragaba saliva, se posó en sus clavículas no demasiado tiempo hasta que el kimono de Kagome se interpuso en su camino.
Kagome estaba extasiada, ya no era dueña de su cuerpo, ahora Inuyasha lo era y ella no podía hacer nada al respecto, ni le importaba. Inuyasha se alejó un instante, la miró a los ojos y agarrando las solapas del kimono, las separó lo suficiente para que se apreciara la forma de sus pechos tras el suave tejido. Ella suspiró, sin poder creerse que Inuyasha fuera el que estaba tratándola así. Inuyasha deslizó su nariz bajando hacia el valle de su escote, y apoyó sus labios en el centro, sintiendo los el corazón de Kagome latir justo debajo.
Sin apartar su rostro de ahí, se quedó inmóvil. De repente recuperando la consciencia de lo que estaba haciendo.
Kagome entonces, sintió un latigazo de frustración, y con toda el valor que pudo reunir, ignoró la vergüenza que la inundaba. Cogió la mano derecha de Inuyasha y sin parar a pensar, por si acaso se arrepentía, la aplastó contra su pecho izquierdo.
-Sigue acariciándome… -dijo en un hilo de voz, susurrando en la oreja de Inuyasha.
Inuyasha soltó un gruñido y repentinamente, abrió el kimono completamente. Kagome gimió al sentir el frío aire tocar su piel, ahora ardiendo. Inuyasha separó la cabeza del pecho de Kagome y se quedó observándola. Kagome a penas podía soportar la vergüenza que suponía tener a Inuyasha observándole de aquella forma, era una situación que creía que nunca llegaría a darse.
Inuyasha estudiaba atentamente la anatomía de Kagome. Su pecho desnudo se elevaba rítmicamente, de forma cada vez más intensa. Podía oír como ella resoplaba sobre su cabeza, y su piel desprendía un calor que le invitaba a tocarla. Kagome no podía soportar la tensión de tener a Inuyasha mirándole silenciosamente así. ¿Qué significaba eso? ¿Le gustaba? ¿No?.
Inuyasha entonces se movió lentamente, tomando el pecho derecho de Kagome en su mano. Sintió la piel caliente, el tacto suave y blando, y sintió a Kagome temblar.
-¡Inuyasha!. –Kagome tuvo que cubrirse la cara, todo le daba tantas vueltas que sentía que se iba a desmayar. Cuando creyó que su corazón ya no podía ir más deprisa, sintió el aliento caliente de Inuyasha acercarse a ella. Y lo siguiente que notó fue una sensación caliente y húmeda rozándola, y el peso del cuerpo de Inuyasha encima suyo, mientras ella quedaba contra el suelo.
Inuyasha le estaba lamiendo. Cogía sus pechos entre sus garras, apretándolos, estampaba su boca contra las rosadas cumbres, mordiéndolas con delicadeza, acariciándolas con la lengua y succionándolas.
Sintió que no podía tener bastante. Se aplastaba contra el cuerpo de Kagome, lo acariciaba con sus manos y con su lengua y aún así no era bastante. No tardó mucho hasta que instintivamente, restregó sus caderas contra las de ella en un movimiento espasmódico.
Kagome agarraba la hierba bajo sus manos, arrancándola en el proceso. Otras veces se dedicaba a acariciar la espalda de Inuyasha, no sabía qué hacer, así que se limitaba a intentar contener sus gemidos todo lo posible. Entonces notó la pelvis de Inuyasha friccionar contra la suya. Pudo sentir en su muslo las pulsaciones de un bulto que antes no estaba ahí.
Bajó la mirada y pudo ver a Inuyasha, que seguía jugando con sus pechos, con el rostro encendido y una expresión que no había visto en él hasta ahora. Entonces vio sus orejas. Los dos pequeños apéndices estaban tiesos, mirando hacia ella. Y ella no se pudo contener. Las cogió entre sus manos y comenzó a acariciarlas. Inuyasha paró de golpe, soltando un gemido.
-Kagome…ah. –Su respiración era entrecortada. Kagome le observaba, sin parar nunca de acariciar sus orejas. Se agachó un poco, y comenzó a lamer una suavemente, con miedo de no saber exactamente cómo reaccionaría él.
Inuyasha dejó lo que estaba haciendo y comenzó a balancearse encima de ella, hacia delante y hacia atrás, sin poder evitar frotarse contra su pierna. Kagome se sentía con el poder ahora. Siguió acariciando las orejas de Inuyasha, hasta que él le agarró de las manos finalmente.
Levantó a Kagome del suelo y la colocó a horcajadas sobre él. Comenzaron a besarse, esta vez Kagome le respondía totalmente, agarrando la cara de Inuyasha con sus manos. En la posición en la que estaban, era imposible que Kagome no notara el latente bulto en la hakama de Inuyasha presionándose contra ella. Él se movía en un ligero vaivén con sus caderas. Entonces se separaron, y se miraron fijamente a los ojos.
Pareció como si en una mirada se dijeron todo lo que tenían que comprender. Kagome deslizó su mano por el borde del traje de la rata de fuego, apartándolo lentamente. Inuyasha, que parecía estar esperando esa señal, se abrió la parte superior del traje, dejándolo abierto, pero sin quitárselo.
Inuyasha sintió como Kagome apoyaba sus dos manos blancas en su pecho y con cuidado, comenzó a besarle en la mandíbula. Inuyasha soltó un gemido grave y levantó la cabeza, dejándole espacio. Bajó por su cuello hasta la clavícula, subió por su garganta y dejando un reguero de besos se detuvo en su barbilla.
-te amo. –Esas palabras golpearon a Inuyasha en el centro de su corazón humano, pero su parte demoníaca también se vio afectada, y cuando se quiso dar cuenta, con un rugido de placer, había hundido sus colmillos profundamente en el hueco entre el cuello y el hombro de Kagome.
Lo que Kagome sintió cuando los colmillos de Inuyasha atravesaron su piel no se puede describir con palabras. Abrió la boca en un gemido silencioso y cerró los ojos en éxtasis. Cuando Inuyasha saboreó la sangre de Kagome en su boca, sintió un cambio en su interior.
Kagome no se dio cuenta de qué estaba ocurriendo hasta que notó una cálida gota bajar entre sus pechos. Aun así no se movió, y siguió abrazando a Inuyasha, el cual estaba rígido, con su boca fusionada a su cuello, sin moverse.
-¿Kagome?. –La voz de Sango resonó en los pasillos del interior de la casa.
En cuanto oyó la voz de su amiga, Inuyasha recobró el sentido. Se separó de Kagome inmediatamente, y cuando la miró, vio el reguero de sangre que caía desde su hombro. Se tocó la boca y pudo ver que sus manos estaban cubiertas de sangre. Él le había hecho eso. Le había mordido. Kagome no parecía sentir dolor en absoluto, pero aún así sangraba.
-Inuyasha…-Kagome extendió la mano hacia él, adivinando lo que estaba pasando por su mente. –No me duele, tranquilo. No importa, puedo curarlo, sé que no lo has hecho a propósito.
Inuyasha se alejó de un salto. Sabía que no le había dolido. Pero al fin y al cabo, lo había hecho. Y es cierto, no lo había hecho a propósito, pero una parte de él deseaba mucho lo que acababa de hacer, porque esa mordedura tenía un significado diferente que Kagome no se podía imaginar.
Totalmente abatido, Inuyasha se limpió la boca y se alejó corriendo de allí.
Kagome quería ir tras él, pero la voz de Sango sonaba cada vez más cerca, y ella estaba prácticamente desnuda. Así que se apresuró a limpiarse la herida con las manos como pudo, y a recolocarse el kimono lo más decentemente que pudo. Cuando estaba con Inuyasha, incluso había perdido la noción del tiempo y del lugar donde se encontraban, esperaba que nadie les hubiera oído o mucho menos, que les hubieran visto.
