Cap 6
Cuando Kagome terminó de arreglarse el kimono lo más decentemente posible que pudo, se dirigió hacia donde provenía la voz de su amiga Sango, pero entonces comenzó a notar un calor húmedo en su hombro. La herida seguía sangrando, y bastante. No le dolía en absoluto, lo cual era de extrañar. Pero podía sentir como la sangre brotaba sin parar, y corría el riesgo de manchar el blanco inmaculado de la tela.
Apresurada, cogió las vendas que había traído para Inuyasha (que finalmente se había salido con su objetivo de no ponérselas) y se cubrió la herida, enrollando la tela alrededor del hombro, pasándola por debajo de su axila, la cortó rápidamente y le hizo un nudo. No era un buen vendaje, en absoluto, per esperaba que detuviera el flujo de sangre al menos hasta que pudiera llegar a casa y colocarse uno mejor.
Salió en busca de Sango, la cual estaba justo en la puerta por la que ella había salido hacía unos minutos. Pareció sobresaltada al verla aparecer de repente.
-¡Kagome! Qué susto me has dado…¿Qué hacías aquí? ¿Dónde está Inuyasha? –La taiyija le observó de pies a cabeza, curvando una ceja ante su apariencia alterada.
-Pues…yo…-Kagome no se había dado cuenta de que estaba fatigada. Entre los sucesos ocurridos hacía unos instantes tan solo y lo rápido que había tenido que moverse para poder ocultarlos, se le había alterado la respiración y casi no podía hablar.
-¿Estás bien?. –Sango se inclinó hacia ella, colocando una mano en su hombro herido. Kagome esperó sentir dolor, pero nunca llegó.
-Sí, sí. Esque vine aquí con Inuyasha para cambiar sus vendajes, pero se puso terco y se fue corriendo sin querer curarse. Intenté correr detrás de él para convencerle, sin éxito. Por eso estoy fatigada. –No sabía si la excusa que acababa de inventarse sonaba creíble.
-Ah, comprendo. –Para su sorpresa, Sango asintió y luego se rió al imaginar la escena. –Supongo que no tiene remedio, ¿no? Da igual cuanto tiempo pase, Inuyasha seguirá siendo Inuyasha. –Volvió a colocar la mano en el hombro de Kagome, transmitiéndole su comprensión.
-Sí, bueno, estoy acostumbrada. –Kagome se rió sin mucho afán, tratando de parecer relajada. –¿Cómo está Miroku?. –preguntó de repente, intentando sacar otro tema de conversación.
-Bueno, está más descansado y fuerte que ayer. Los sirvientes nos aconsejan que nos quedemos otra noche pero él está deseando volver a casa con los niños. –Kagome sonrió enternecida. –Eso te quería decir, Kagome. ¿Te parece bien si nos vamos hoy mismo? ¿Dentro de unas horas?
A Kagome se le iluminó el rostro. Ni por un segundo se había planteado quedarse más en este lugar. Necesitaba volver a casa y cambiar el vendaje de su herida, antes de que nadie se diera cuenta de que estaba sangrando y comenzara a hacer preguntas incómodas.
-Claro, claro. Por mí genial. Estoy segura de que Inuyasha también está deseando irse. –Asentía energéticamente.
-Genial, entonces, búscalo para la comida y después podemos irnos, ¿de acuerdo?. –Sango se fue con un ligero gesto con la mano.
¿Y ahora qué? Inuyasha había huído tras ver la herida que le había hecho en el hombro. No tenía ni idea de dónde había ido.
Kagome se llevó inconscientemente la mano al hombro herido. Por su mente comenzaron a circular las imágenes de lo que había ocurrido con Inuyasha esa misma mañana.
Sintió como el calor invadía su cuerpo y casi sin querer, deslizó su mano bajo la tela del kimono, rozando la venda que envolvía la marca de la mordedura. Sintió un cosquilleo creciendo bajo su piel y un suspiró escapó de su boca. ¿De verdad podía volver a irse sin más después de esto?
Inuyasha se encontraba lo bastante lejos de allí como para asegurarse de que Kagome no iba a intentar perseguirle. Había recolocado su hakama y se había parado junto a un riachuelo para intentar calmarse y refrescarse la mente. Se limpió la boca, eliminando los restos de la sangre de Kagome que todavía manchaba sus colmillos. Pero el sabor estaba demasiado impregnado en su lengua y sabía que no iba a poder quitárselo. Probablemente nunca.
La ira comenzó a invadir su cuerpo, apartando de su mente lo que había sucedido con Kagome hacía unos minutos. Su rostro se torció en una mueca al recordar lo que había hecho. Le había mordido, y él sabía muy bien que no era una mordedura corriente, como podría habérsela hecho a un youkai al pelear con él. Él nunca atacaría a Kagome así, ni siquiera cuando perdió el control y adoptó su forma de youkai completo le habría hecho ningún daño.
Esa mordedura era distinta. Y cuando observó la reacción de Kagome al recibirla, sus teorías se confirmaron. Sin embargo…había tanto que Inuyasha no sabía respecto a ese tema…
El hecho de haberse criado sin un padre que le enseñara lo necesario respecto al apareamiento y las costumbres de emparejamiento de su especie le había dejado casi huérfano en ese aspecto. Su madre le enseñó lo muy poco que ella misma podía llegar a saber a causa de sus propias experiencias vividas con su padre. Pero ahora mismo eso no era suficiente, él necesitaba el consejo directo de alguien que estuviera en la misma situación que él. De repente se sintió estúpido y con tan poca experiencia como podría tenerla un cachorro de demonio como Shippou.
Había marcado a Kagome como su pareja. Como su compañera. Ni siquiera sabía cuál era el término adecuado. Notó un zumbido en su cabeza, su vista se nubló y su mente dejó de definir qué era correcto y qué no. Sólo podía notar a Kagome, a ella y su olor, llamándole. Y su instinto se había encargado de contestar a la llamada sin tan siquiera pedirle permiso.
Era una decisión tan sumamente importante que no sabía cómo podía haberlo hecho de esa forma tan impulsiva y poco reflexiva. Ahora ya no había vuelta atrás.
Lo que sabía por su madre, era que los demonios de la familia Inu, escogen una pareja para toda la vida, marcándola. Pero sólo puede haber una, no hay vuelta atrás. El hecho de que Kagome sea humana, igual que su madre, le da la libertad de aceptar o no esta unión. Pero él no podrá volver a emparejarse con otra mujer o demonio.
Incluso si Kagome escogiera no estar con él para siempre, o surgiera alguna dificultad en su relación y acabaran por separarse, ella podría estar con todas las parejas que quisiera. Pero él no. Podría elegir tener crías con todas las mujeres o demonio que quisiera, pero solo tendría una compañera. Para él no había más opciones.
El pánico se apoderó de él. Nunca podría librarse de esa unión. No es que le aterrorizara la idea de estar unido con Kagome para siempre, de hecho, el ligero pensamiento le inundaba de una sensación cálida que no sabría describir con exactitud. Pero estaba preocupado por la relación de ella. Él sabe por lo que Kagome le había contado, que es lo más común en su época, tener varias parejas a lo largo de tu vida. ¿Y si ella se sentía obligada a estar con él y no le gustaba la idea? ¿Y si ella quería tener la oportunidad de poder estar con más personas?
Estaba claro que Kagome no tenía ni idea de lo que acababa de ocurrir. Tenía que decírselo, aunque eso supusiera que ella se enfadara con él. Tenía derecho a saberlo.
Se lavó la cara una vez más y se encaminó hacia la enorme mansión donde estaban alojándose.
Tras unos pocos minutos corriendo, intentó entrar al jardín donde había estado con ella esta mañana. Pero Kagome ya no estaba allí. Las vendas seguían en el suelo, esperando a ser usadas.
Con cuidado, entró en la casa y le llamó.
-¿Kagome?. –No hubo respuesta. Siguió avanzando hasta que escuchó sonidos de voces unas habitaciones más allá. Entonces fue cuando, al descorrer la puerta, encontró a sus amigos comiendo en pequeñas mesas, y una vacía estaba perfectamente servida, al lado de Kagome, la cual al mirarle, se sonrojó de inmediato.
-¡Inuyasha!. –Miroku le llamó. Parecía que su pierna tenía mejor aspecto, ahora que le habían cambiado las vendas. Sango le invitó a que se sentara a comer y así lo hizo. Kagome estaba muy callada, mirando fijamente su comida. ¿Podía ser que se hubiera enfadado con él por haberse ido dejándola en aquella situación?. Pero no parecía enfadada cuando se fue…
Terminaron de comer, hablando animadamente y cuando hubieron terminado, todos fueron a recoger sus cosas. Se despidieron del Tono de la mansión y de los criados, agradeciéndoles su servicial trato. Ellos les recompensaron por su tarea con varias cajas cargadas de arroz, telas, y abalorios. Inuyasha y Kirara lo cargaron todo y se encaminaron hacia el pueblo de nuevo, a primera hora de la tarde.
Kagome viajó en el lomo de Kirara. Inuyasha comprendió que lo hiciera, ya que él estaba cargando con las cajas, pero si Kagome se lo hubiera pedido, él habría dejado que otro llevara las cajas, para poder llevarla a ella sobre su espalda.
Llegaron finalmente al pueblo, yendo a casa de la anciana Kaede. Después de abrazos y reuniones familiares. Se repartieron el botín entre Inuyasha y Kagome; y Sango y Miroku. Inuyasha decidió que era mejor que Miroku y Sango se llevaran la mayor parte, ya que ellos tenían tres bocas que alimentar a parte de las suyas. Miroku insistió en que Inuyasha se llevara más parte de recompensa, por haber sido el que más duramente había luchado. Pero no hubo forma de convencer al hanyou, quien se fue de la casa de la anciana, malhumorado, como siempre.
Sango y Miroku le sonrieron enternecidos a Kagome, apreciando la buena voluntad de su amigo, que como siempre, no quería admitir que solo estaba siendo amable.
Kagome se dio cuenta de que Inuyasha se había ido y la había dejado a ella cargar con tres paquetes de arroz y una caja de madera que pesaba bastante. Sabía que no podía cargar todo eso a la vez, así que primero cogió un solo paquete de arroz y lo llevó rodándolo por el camino. La idea de cargarlo en la espalda o levantarlo del suelo era impensable.
Inuyasha estaba en casa de Kagome, sentado en el marco de la puerta. Se preguntaba por qué tardaba tanto y estaba comenzando a plantearse el ir a buscarla, cuando sintió olor a sangre. Y era el olor a sangre que mejor podría recordar de todos. La sangre de Kagome.
Como un resorte, saltó del borde de la puerta y se precipitó como una exhalación hacia el camino. Pero apenas hubo puesto un pie fuera, pudo ver la silueta de Kagome a lo lejos, rodando un paquete de arroz cuesta arriba, hacia la casa.
Una punzada de culpabilidad le recorrió el cuerpo, al recordar que la había dejado cargar con eso ella sola, teniendo un hombro herido. En menos de un segundo, estaba a su lado, quitándole el paquete de arroz y cargándolo sobre su hombro como si fuera un trapo.
-¡¿Pero qué estás haciendo?. –Comenzó a gritarle. –¡Con la herida que tienes en el hombro no deberías ni levantar el brazo para saludar!, ¡mucho menos para cargar un paquete de arroz de por lo menos veinte kilos!. –Estaba realmente enfadado. Su rostro estaba rojo y parecía muy alterado.
Kagome le miró perpleja y ligeramente asustada. Pocas veces Inuyasha le había gritado de esa forma. Entonces se miró el hombro. Soltó un grito y se llevó la mano a la boca. Ahora entendía por qué Inuyasha estaba tan enfadado con ella. La sangre de la herida había comenzado a brotar más y más al haber hecho fuerza, y ahora casi toda la manga derecha de su kimono etaba teñida de rojo.
-Oh, vaya…-Se tocó la herida bajo el kimono y al sacar la mano, estaba totalmente llena de sangre.
-Sí, "vaya". –repitió él. –Vamos a casa para que puedas cambiarte eso. Maldita sea… -Sin mencionar palabra, cogió a Kagome con el otro brazo, y se dirigió a la casa a toda prisa.
A Kagome no le dio tiempo a quejarse. En apenas unos segundos estaban en la puerta. Inuyasha la dejó en el borde, asegurándose de que se sentara, agarrándole de los dos brazos. Luego se agachó a su altura para mirarla.
-Voy a traer los otros paquetes. Ni se te ocurra hacer nada. No te muevas de aquí. –Kagome asintió obedientemente, sin comprender muy bien por qué estaba haciendo esto. Es posible que Inuyasha se sintiera culpable por su herida y ahora quisiera cuidar de ella para compensarle. No pudo evitar sonreir. Recordó como había dicho "vamos a casa" como si fuera la suya propia.
En un momento, Inuyasha apareció corriendo, con los otros dos paquetes de arroz y la caja. Metió todos los paquetes dentro de la casa y salió a buscarla de nuevo.
La cogió en brazos.
-Inuyasha, está bien. Puedo caminar. –Kagome se sintió avergonzada de que la tratara como si estuviera gravemente herida. Ni siquiera le dolía. De todas formas él hizo caso omiso y la llevó a la sala donde Kagome tenía su dormitorio, la apoyó en el futón.
Kagome solo podía mirarle moverse de un lado para otro. Le parecía divertido y adorable a la vez verle caminar de aquí para allá, haciéndolo todo por ella e intentando buscar algo.
-Está en el jardín. –Dijo al fin ella. Él le miró sin comprender. –El botiquín está en el jardín. Junto al cubo que utilizo para sacar agua. –Acompañó estas palabras con una sonrisa. Inuyasha enrojeció y solo giró el rostro, dirigiéndose silenciosamente al jardín. Allí encontró el cubo y al lado, una pequeña caja con algunas vendas, pinzas, y el mismo ungüento que ella había utilizado con él.
Volvió a la habitación, y se encontró a Kagome sentada de espaldas a él, con la parte superior de su kimono bajada, mostrando toda su espalda. Su pelo estaba apartado, sobre su hombro sano. Una ola de calor invadió su cuerpo y sintió un vuelco en el estómago.
Kagome sabía que estaba detrás de ella, le podía oír respirar en silencio, pensando qué hacer. Estaba tremendamente avergonzada pero deseaba poder estar así, a solas con él. Se cubría los pechos con los brazos en cruz, aunque esperaba que Inuyasha no intentara mirar.
-Kagome…- Es lo único que fue capaz de articular.
-Creía que querías curarme… -Kagome intentó parecer casual, pero no podía ocultar los nervios que se apoderaban de ella. Podría curarse ella solita sin ningún problema. Pero tener a Inuyasha cuidando así de ella era un placer al que no solía poder optar.
-Sí. –Por fin Inuyasha salió de sus pensamientos y se sentó detrás de ella. La observó mejor. Su piel blanca irradiaba calor, temblaba ligeramente y podía notar como se elevaba con cada respiración. Tuvo que contenerse y concentrarse en la herida de su hombro. Para su sorpresa, estaba bastante más cerrada que esta mañana, pero había mucha sangre. Era bastante grande. No solo podía ver los agujeros perfectamente circulares creados por sus colmillos, también se podían ver las marcas de todos los demás dientes, profundamente clavados en su piel.
Cogió una venda y la mojó con el ungüento que Kagome había usado con él. Cuidadosamente, empezó a limpiar la sangre que caía por la parte de atrás del hombro. Cuando su mano tocó su piel, todos los vellos de la espalda de Kagome se erizaron, se tensó. Inuyasha pudo sentirlo, pero siguió, tratando de prestarle la menor atención posible. Cuando terminó de limpiar la parte de atrás del hombro, siguió por el brazo de Kagome, sosteniéndolo en su mano.
Cogiéndole de la muñeca con cuidado, podía sentir las pulsaciones de su sangre tras la piel. Cada vez iban más rápidas según él se movía. No tardó mucho hasta que finalmente tuvo que comenzar a limpiar la parte delantera, donde se encontraba la herida.
-Kagome…voy a necesitar que…esto…que te des la vuelta. –No sabía cómo pedírselo sin que fuera vergonzoso, porque de hecho no había forma de que no lo fuera.
Kagome se giró lentamente, tapándose con las dos manos, intentando mirar a otra parte. Inuyasha soltó un suspiro al verla así, después de lo que había ocurrido esta mañana. Las imágenes no paraban de acudir a su mente mientras limpiaba la herida de Kagome. Los besos, las caricias y cómo él había terminado de perder el control y había acabado haciéndole esa marca.
Terminó de limpiar la sangre a tiempo de recuperar el control. Dejó la venda y esta vez tomó el ungüento solo con sus dedos. Se lo pensó un momento. Miró a Kagome, quien seguía con la cabeza agachada y respiraba con dificultad, temblando.
-Puede que esto te duela…- Kagome lo dudaba mucho. Inuyasha colocó sus dedos sobre la marca y ella soltó un jadeo. Sintió que su piel ardía y el contacto de su mano sobre ella provocaba un efecto que no había hecho nunca antes. Una sensación febril la invadía mientras Inuyasha pasaba sus dedos con toda la delicadeza que podía sobre las marcas de sus colmillos en relieve.
Inuyasha la miraba, observando sus reacciones bajo su mano. Kagome se negaba a mirarle, respiraba por la boca y giraba el rostro. Se acercó más a ella, acercando su cara cada vez más a la herida. Apartó su mano y Kagome se quejó. Entonces Inuyasha soltó su aliento cálido sobre su piel. Kagome gritó y tuvo que sostenerse con sus manos para no caer hacia delante.
Los dos se quedaron inmóviles. Inuyasha se sentía mareado. Borracho de una sensación de necesidad que no había experimentado nunca antes. Toda su piel latía y ya no parecía dueño de sus actos. Una llamarada de calor parecía estar quemándole las entrañas.
-¿Por qué…me hace sentir así?. –Kagome preguntó con un hilo de voz. Inuyasha apoyó su mejilla contra la de ella y volvió a colocar sus dedos sobre la herida.
-¿Cómo te hace sentir? . –Su voz sonaba grave. Miró a Kagome. Estaba roja, con el cuello estirado hacia él, exponiendo más su herida. Él pensó que así estaba preciosa, pidiéndole que siguiera. –Kagome. –La llamó, pero no obtuvo respuesta. Kagome no podía hablar.
-Inuyasha… -Soltó en un quejido. Se giró para mirarle a la cara. Se tomó su tiempo para observarle. Alzó la mano hasta apoyarla sobre su mejilla. Sus ojos dorados llameaban, su piel bronceada le parecía más cálida y suave de lo que lo había sido nunca. Se imaginó durmiendo todas las noches de su vida abrazada a él y a su piel. Para ella era el premio por esos años de sacrificio. Allí estaban de nuevo, mirándose en silencio, con sus labios casi rozándose.
Se acercó a él y le besó. Era la primera vez que ella había llevado la iniciativa. En un primer momento, Inuyasha se sintió sorprendido y se quedó quieto. A penas un segundo después una sensación de calidez y ternura que sólo ella le hacía sentir le invadió por completo. Cerró los ojos recibiendo el beso totalmente. Acarició su brazo derecho hasta ponerlo en su nuca. La apretó más contra él.
Comenzó a trepar sobre ella, acostándola en el suelo de madera. Kagome abrió los ojos al percatarse del rumbo que estaban tomando.
-Inuyasha… -Le llamó. Pero no hubo respuesta. Inuyasha estaba demasiado ocupado limpiando con la lengua el ungüento que acaba de aplicarle. Tenía los ojos cerrados y parecía totalmente concentrado, su respiración era cada vez más profunda y acelerada. Kagome cerró los ojos y sintió como se movía la lengua de Inuyasha. De su hombro a su cuello, dibujando su clavícula, subiendo hasta su mandíbula, besándola profundamente, otra vez hacia el cuello, chupando en su garganta, más abajo… Más abajo. Kagome recordó que no llevaba la parte de arriba del kimono y se tapó rápidamente con las manos, de forma casi automática.
Inuyasha se apartó de ella y comenzó a separarle las manos del pecho.
-I-Inuyasha…espera. –Esa misma mañana le había visto ya así. Pero eso no hacía que le diera menos vergüenza.
-Kagome, por favor, déjame verte…- Suplicó con la voz rota. Si se lo pedía de esa forma, Kagome no podía más que enrojecer y tratar de soportar la vergüenza. Apartó las manos, aunque se mantuvo los ojos cerrados mientras Inuyasha colocó sus garras sobre sus pechos, apretándolos.
Kagome gimió sin poder remediarlo. El sonido fue música a los oídos de Inuyasha, el cual volvió a colocar sus labios sobre la marca del hombro. Separó ligeramente los labios y rozó los colmillos por la superficie de la piel.
La sensación de los afilados colmillos de Inuyasha acariciándole de nuevo, le causaba una frustración atroz. Era como si, por algún motivo, deseara que volviera a morderle igual que antes. No conseguía comprender las sensaciones que le habían invadido desde que Inuyasha le había marcado esa mañana.
-Inuyasha…¿Qué está pasando?. –Inuyasha se giró a mirarla. Es cierto, ¿Qué estaba haciendo? Lo sabía muy bien, estaba tomando a Kagome como su compañera. Su parte instintiva sabía perfectamente qué iba a ocurrir, pero su parte consciente dudaba.
-No lo sé…- La presión en su hakama se hizo cada vez mayor. No era suficiente. Besar a Kagome, lamer a Kagome, acariciar a Kagome no era suficiente. Necesitaba más y no sabía si era correcto ni si ella querría dárselo. –No lo sé… -repitió –Dime que pare…
-¿Qué?. –De repente Kagome se sintió confusa ¿Quería parar?
-Pídeme que pare, Kagome. –A pesar de decir eso, Inuyasha siguió dejando un reguero de besos por el rostro y el cuello de Kagome. Ella sólo podía cerrar los ojos y soltar algunos gemidos frustrados. Sus manos todavía se encontraban en sus pechos, y sus pulgares le acariciaban. No quería que Inuyasha parara. En absoluto. Lo único que podía sentir era la necesidad de él creciendo más y más dentro de ella, y un calor aumentando en el interior de sus muslos y en su bajo vientre.
-No…-dijo ella de repente. Inuyasha se congeló. Aunque estuviera pidiéndole que le dijera que parase, no se creía realmente capaz de apartarse de ella llegado este punto. –Por favor, Inuyasha, sigue…- Inuyasha no pudo contestar, ya que la boca de Kagome había conquistado la suya, y se dedicaba a abusar de ella con su lengua.
Inuyasha soltó un gemido grave y levantó a Kagome del suelo, sentándola a horcajadas sobre él.
-Kagome…- Entre besos logró pronunciar su nombre. Ella le rodeó el cuello con sus brazos y comenzó a jugar con sus pequeñas orejas de perro. Inuyasha gimió y comenzó a deshacer lo que quedaba del nudo del obi de Kagome. Ella soltó un jadeo y hundió la cara en el cuello de Inuyasha, demasiado avergonzada para mirar lo que el hanyou estaba a punto de hacer.
Inuyasha apoyó sus manos en sus muslos, acariciándola. Kagome podía sentir sus garras deslizándose sobre su piel con cuidado. Inuyasha se dejó llevar por su olfato. Siguió deslizando sus manos por la piel caliente, hasta llegar al centro del calor. Kagome dio un respingo y volvió a apretar a Inuyasha con fuerza.
Inuyasha le acarició con cuidado. Impregnó sus dedos de su humedad, explorándola.
Ahora Kagome sí iba a morir. Estaba tocándole ahí. Donde ni siquiera ella se permitía tocarse demasiado al bañarse. Temblaba, la cabeza le daba vueltas, pero no quería que parara. Su piel parecía volverse cada vez más y más sensible. Cuando de repente Inuyasha introdujo un dedo en ella, soltó un grito.
-¿Estás bien?. –preguntó preocupado. Estaba haciendo lo que sentía que tenía que hacer pero realmente no sabía si estaba haciendo lo correcto. Kagome no se movió, siguió abrazándole. Cuando Inuyasha comenzó a moverse en su interior, Kagome le respondió con gemidos. Involuntariamente, movía sus caderas en círculos. Inuyasha podía sentir la excitación apoderándose de él, la dolorosa erección de su hakama palpitaba cada vez más, reclamando ser atendida.
Siseó entre dientes al sacar sus dedos de Kagome y notar el olor que repentinamente le golpeó los sentidos. Nunca había olido algo así, le llamaba. Volvió a colocar a Kagome en el suelo y comenzó a mordisquear y lamer la suave piel de sus muslos.
Kagome no podía imaginarse qué iba a hacer, le observaba perpleja, mientras intentaba cerrar las piernas, muerta de vergüenza. Inuyasha se posicionó frente a ella y le separó las piernas. No le dio tiempo a protestar por sentirse expuesta, Inuyasha la tomó en su boca y un grito ahogado surgió de su garganta.
Inuyasha le acariciaba con su lengua de forma insistente. Kagome no podía moverse, no podía hablar, solo se retorcía mientras intentaba acallar inútilmente los gemidos que se escapaban uno tras otro. Sentir a Kagome así, con él, era algo a lo que sentía que no podría acostumbrarse. Ella le hacía arder de una forma que no había experimentado nunca antes, la necesitaba como no había necesitado nunca a nadie.
Se separó de ella y volvió a subir hasta su boca. Kagome deslizó sus manos bajo el kosode de Inuyasha, exigiendo que se lo quitara. Él se levantó por un momento, haciendo caso de su petición. Volvió a ella, besándola con ferocidad. Estaban sumergidos en un amasijo de gemidos, jadeos y suspiros. Kagome intentaba deshacer el nudo del hakama de Inuyasha, sin saber cómo. Él apresuradamente, sin tiempo ni ganas de pensar en el pudor, lo deshizo por completo y lo apartó.
Ella no pudo mirar. Siguió besando a Inuyasha, rodeándole el cuello con sus brazos. Inuyasha cogió entonces una de sus manos y la puso en su pecho. Kagome sintió su corazón latiendo desbocado. Le miró fijamente a los ojos.
-Kagome, no te escondas de mí. –Deslizó su mano por su torso, hacia abajo. Kagome enrojeció de una forma que no creía haber hecho nunca. Tentativamente, rozó su miembro con la punta de los dedos. Con ese simple roce, Inuyasha soltó un gruñido. Todo su cuerpo tembló y sintió como le flaqueaban las fuerzas de los brazos. Al ver su reacción, Kagome extendió totalmente la mano, cogiéndolo con cuidado, aunque su mano no bastó para rodearlo.
Mientras lo hacía, observaba cuidadosamente el rostro de Inuyasha. Tenía los ojos fuertemente cerrados, en un gesto de placer, estaba rojo y jadeaba. Ella le hacía eso.
Siguió acariciándole lentamente. Inuyasha le apartó la mano y apretó su erección contra ella. Ese contacto entre los dos hizo que ambos gritaran, e Inuyasha comenzó a moverse contra ella.
-Kagome, Dios mío… -A Kagome le encantaba oírle decir su nombre así, era una sensación de orgullo que no podía describir.
Se incorporó ligeramente para besarle, su lengua entró profundamente en la boca de Inuyasha, el cual comenzaba a moverse cada vez más deprisa y ejerciendo más presión.
Sabía que no podría aguantar mucho más así, pero no quería perder el control.
-Inuyasha, por favor. –El tiempo se detuvo. –Por favor, quiero sentirte dentro.
Y esas fueron las palabras que rompieron el autocontrol de Inuyasha. Kagome juraría haber visto un destello rojo en sus ojos, antes de que, en silencio y rápidamente, le diera la vuelta, encarando el suelo.
-Kagome…-Su voz era distinta. Como si los más oscuros instintos del hanyou hubiesen tomado poder de su cuerpo.
Kagome pudo sentir como la erección de Inuyasha se frotaba contra ella, buscando la entrada a su cuerpo. Todo su cuerpo ardía con latigazos de frustración y placer.
Inuyasha pasó un brazo bajo el cuerpo de Kagome, abrazándola. La levantó ligaramente, dejándola apoyada sobre sus brazos, y él se encorvó sobre ella. Apoyó su barbilla en el hombro derecho de Kagome. Ella podía oír su respiración.
-Kagome…- Eso sonó como un gemido, pero también como una advertencia.
Entonces Kagome sintió como empujaba dentro de ella. Abrió la boca en un gemido que no salió. Era muy grande. Sentía como sus paredes se abrían a su paso, llenándola por dentro, aliviando la frustración y el ardor en la parte baja de su vientre.
Entonces pudo oír a su hanyou gritar. –¡Kagome!. –pudo sentir en su voz un tono que no había oído antes . Inuyasha se acercó aún más a su oreja, y junto a ella susurró. –Kagome, te quiero…
Por fin su silencio se rompió, Kagome soltó un gemido tan agudo que estaba segura de que todos sus vecinos la oirían. Se desplomó sobre el suelo, rindiéndose ante el placer. Inuyasha seguía abrazándola, embistiéndola con sus caderas una y otra vez, cada vez más deprisa.
La sensación era tan abrumadora que creía que perdería el sentido.
-¡Qui-quiero verte!. –Logró decir al fin. Inuyasha pareció tardar un poco en analizar la frase. Con todo el control que pudo reunir, salió de ella, causando que ambos soltaran un gemido frustrado. Le dio la vuelta con cuidado y le besó. Después, mirándola a los ojos y lentamente, volvió a introducirse en ella. Ver el rostro de Kagome torcerse en una mueca de placer le causaba una sensación sublime.
De repente, una sensación de posesividad le inundó. Ella era su compañera, su pareja. Sólo de él. A partir de ese momento ni el estúpido Kouga ni ningún otro demonio o ser vivo podría poner sus manos en ella. Para eso tendrían que matarle antes.
-Inuyasha…puedo sentirlo… puedo sentirte muy adentro de mí, Inuyasha…
Esas palabras hicieron que Inuyasha agachara el rostro, siseando entre dientes. Cerró los ojos y volvió a embestirla con sus caderas. Kagome gritó en respuesta. Salió totalmente de ella para volver a introducirse totalmente en su interior. Kagome no podía parar de gritar y agarrarse a él para sentir que seguía en el suelo y no flotando o dando vueltas.
-Dime más, Kagome. –Colocó las rodillas de Kagome sobre sus hombros y aumentó la velocidad de sus embestidas.
-Está tan…¡ah! ¡Está tan firme! Estás tan dentro de mí... –Cada palabra que salía de su boca hacía que oleadas de placer le inundaran. Su cabeza daba vueltas y no podía parar de acelerar el ritmo, sólo quería estar más y más cerca de ella, unirse a ella lo máximo que pudiera.
-Kagome, Dios mío… - Tuvo que dejar de hablar, mientras sus gemidos seguían escapando de su garganta. Bajó las manos por las piernas de Kagome hasta sus muslos, separándolos firmemente. Se agachó hacia ella, besándola. –Inuyasha…- Kagome tenía sus ojos fuertemente cerrados.
Entonces Inuyasha sintió a Kagome estrecharse a su alrededor. Se puso rígido ante el placer, estirando el cuello y echando la cabeza hacia atrás. –Ah…¡Kagome! . –Si seguía así, no iba a aguantar mucho más.
-Inuyasha, algo…algo ocurre. – Kagome sintió que un aborágine de placer le llenaba por dentro, sentía que iba a explotar. –Kagome…está bien, relájate…deja que venga. – Él mismo sentía su clímax aproximarse, pero intentaba contenerlo todo lo que pudiera. Inuyasha comenzó a apretar cada vez más sus garras en los muslos de Kagome.
Sus embestidas eran desenfrenadas en este punto. Se mordió el labio intentando no gritar, cuando sintió a Kagome convulsionar alrededor de su miembro. -¡Inuyasha! . –Kagome sintió latidos y calor inundándola. Toda la tensión acumulada dentro de ella se liberó y el nudo de su estómago se relajó mientras intentaba recuperar la respiración.
Sin embargo, Inuyasha no podía separarse de ella aún. Seguía temblando, sus caderas se sacudían de forma errática, mientras no paraba de derramarse dentro de ella. Agarró a Kagome por los hombros y sin saber por qué, reabrió la herida de la mordedura que le había hecho esta misma mañana. Mordió profundamente, sintiendo el sabor de su sangre y su piel.
Tal y como ya esperaba, Kagome no sintió ningún dolor, sino que al contrario, un segundo éxtasis la invadió. Al cabo de unos instantes, Inuyasha se desplomó sobre ella.
Quiso moverse, quiso decir algo, pero de repente, se dio cuenta de lo cansada que estaba y lo tarde que era.
Los párpados le pesaban cada vez más.
-Inuyasha… -Intentó llamar al hanyou, pero este no contestó. Un ronquido le respondió en lugar de eso.
Se había dormido así, sobre ella. Debía estar realmente agotado. Entonces Kagome, como pudo, cogió el kosode de Inuyasha y lo usó para tapar a ambos. Apartó a Inuyasha a un lado sin despertarle, y se tumbó a su lado, durmiendo.
No pasó mucho rato hasta que Kagome sintió calor y una presión en su rostro. Inuyasha la había rodeado con sus brazos sin despertarse, y seguía durmiendo.
Lo había dicho. ¿verdad? No había sido su imaginación.
Inuyasha lo había dicho.
