Cap 7.

La sensación de la garganta seca la despertó. Una luz clara se filtró a través de sus párpados, cerrados y pesados a causa del sueño. El olor a hierba le inundó las fosas nasales y acertó a oír el sonido de algunos pájaros.

Pensó vagamente que era una forma muy agradable de despertar, a pesar de la sed.

Sentía un calor abrasante y terciopelado a su lado derecho que le había empapado la frente en sudor , y un objeto pesado se apoyaba sobre ella.

Tras dudar un momento, con los ojos aún cerrados y aturdida por el sueño, intentó incorporarse para ir a buscar agua que beber.

Entonces se dio cuenta. El peso sobre su pecho era el brazo de Inuyasha, que tumbado a su lado, dormía sin inmutarse.

Kagome se quedó inmóvil durante un instante hasta que logró recordar.

Agradeció que Inuyasha estuviera durmiendo, para que no pudiera verla ponerse roja.

Miró su rostro dormido durante unos segundos. Descansaba de forma totalmente despreocupada e indefensa, un estado en el que no recordaba haberle visto nunca. Mechones de pelo le cubrían la frente desordenadamente, y uno se aventuraba por la comisura de su boca entreabierta, por la que se oía su lenta respiración.

Tuvo que forzarse a dejar de mirarle e intentar huir. ¿huir? De repente, la imagen de Inuyasha despertándose a su lado estando en ese estado no le resultaba nada apetecible. No quería tener que enfrentarse a ese momento tenso, quería vestirse, cubrirse. Algo.

Con sumo cuidado, deslizó sus manos bajo el brazo suave y caliente de Inuyasha, notando que él a penas temblaba al contacto. Esto le extrañó, ya que al mínimo movimiento o sonido cerca de él, Inuyasha solía abrir los ojos inmediatamente como si se tratara de un resorte.

Separó su brazo, adherido a su piel y lo dejó apoyado a su lado con toda la lentitud de la que se vio capaz. Rodó por el suelo hasta encontrarse a lo que consideró una distancia de precaución para levantarse.

Rápidamente, buscó su ropa por la habitación, mirando de tanto en tanto el rostro de Inuyasha, intentando no encontrar ningún signo que pudiera indicar que se estaba despertando.

Recogió las vendas sucias de su sangre, y las utilizó para limpiar la que había seca sobre su herida, y salió de la casa, sin tiempo para ponerse vendajes.

Mientras bajaba apresuradamente por el sendero que comunicaba su casa con el resto, empezó a pensar en lo estúpidamente que se estaba comportando. Ella le recriminaba a Inuyasha por haber huido en las anteriores ocasiones, y ahora era ella la que estaba yéndose sin dar ninguna explicación. Intentando no afrontar lo que acababa de ocurrir entre ellos.

Mientras más pensaba en lo ocurrido esa noche, más avergonzada se sentía y más se acaloraba su rostro, así que decidió distraerse con trabajo, aunque no sirvió de mucho. No paraba de recriminarse por haber escapado cobardemente. Ella deseaba un arranque de sinceridad por parte de él, y ahora ella huía. Era egoísta, sobre todo si se tenía en cuenta que había sido ella la que prácticamente había provocado la situación.

Fue un tranquilo día para Kagome. En el momento en el que los niños del pueblo aparecieron ante ella mostrándole un pequeño pájaro que habían encontrado herido, el problema de Inuyasha casi desapareció de su mente.

Intentó curar la herida del pájaro, que había sido mordido por un perro. Sin embargo, los colmillos habían perforado algunos órganos del pequeño animal, que acabó muriendo al mediodía. Le dieron un entierro digno y rezaron por su alma. Kagome consoló las lágrimas del niño más pequeño que se había encariñado con el animal y cuando atardeció, todos habían recuperado las sonrisas y se marcharon a sus casas.

Kagome entonces dedicó el resto de la jornada preparando medicinas y estudiando con la anciana Kaede en el templo.

Estaba repasando unos escritos sobre antiguas tradiciones sacerdotales cuando una voz familiar le sacó de su estudio.

-¿Kagome? ¿Me estás escuchando?. –Sango se asomaba tímidamente por la puerta del templo, y saludaba con la mano intentando captar su atención.

-Oh, sí, Sango. Lo siento. No te había oído. –Kagome dejó rápidamente las hojas en su sitio y acudió a la llamada de su amiga.

-Estamos preparando una cena en mi casa, Inuyasha y Miroku han ido a cazar algo de carne, puedes venir, ¿verdad?. –Sango le miró con ojos brillantes, suplicando por una afirmación.

Inuyasha había ido a cazar algo de carne…Inuyasha iba a estar con ellos, obviamente, no podía evitarle todo el día. –Pues…todavía tenía que leer esos apuntes de ahí y…no sé si me dará tiempo a ir a cenar…pero puedo ir luego, claro. –Kagome sonrió forzosamente, intentando animar a Sango quien se mostraba visiblemente decepcionada.

-Kagome, deja esos viejos papeluchos para mañana y ve a divertirte un rato, haz el favor. –La anciana Kaede apareció en la habitación cargando una caja. Kagome la miró perpleja durante un instante, después se giró hacia su amiga Sango, y al verla sonreír enérgicamente, descubrió que no le hacía tanta ilusión como a ella ir a esa cena. Temía la mirada acusadora de Inuyasha. O fría, o distante, o silenciosa, o ninguna.

-Está bien, iré. –Sango sonrió y las dos se marcharon hacia su casa, donde les esperaban las pequeñas gemelas. –Una cosa, Sango. ¿Por qué ha ido Miroku con Inuyasha? ¿No podía cazar él solo? Sabes que no le cuesta nada…

-Kagome, ¿se te ha olvidado? Hoy es la noche sin luna. A esta hora Inuyasha tal vez sea ya humano.

-Oh…-Le había tomado totalmente por sorpresa. No se había dado cuenta. Inuyasha había pasado otra noche humana más desde la primera vez, pero no había seguido la cuenta de las noches hasta ahora.-¡Es verdad! Ya no me acordaba…-Se mostró inquieta. –Sé que ya no hay ningún peligro, pero cuando es luna nueva me preocupo por él…

-Tranquila, lo más grande que se van a encontrar en ese bosque es un jabalí.

El olor a jabalí asado invadía el jardín. Si se hubieran quedado en el interior de la casa, con ese humo habrían acabado todos asfixiados. Además, a pesar de la oscuridad del cielo sin luna, la noche era magnífica, aunque algo fría.

Comían lonchas de carne asada, verduras al vapor y onigiri. Shippo dormía con las gemelas y Kirara en el interior, ya que era tarde; y ellos cuatro estaban fuera, charlando animadamente.

-Lo más gracioso fue cuando Inuyasha intentó usar Sankon Tessou contra el jabalí, sin acordarse de que ya no tenía sus garras de hanyou. –Miroku se reía, sosteniendo el plato de sake ya vacío en su mano. Su rostro estaba colorado y se apoyaba en el hombro de Sango para no desequilibrarse mientras hablaba y reía.

Las carcajadas del monje irritaron a Inuyasha, que en su forma humana, también había comenzado a ser víctima de los efectos del alcohol. –Maldito monje, ¡Deja de reírte! . –El enfado de Inuyasha solo hacía que Miroku se riera más, y ya le saltaban las lágrimas.

–Es que tendrías que haber visto qué cara se te ha quedado cuando has gritado y todo, totalmente convencido y luego te has dado cuenta de que no había funcionado.–

Siguió riéndose, contagiándoselo a Kagome y Sango que comenzaron a reír también.

-¡Malditos! ¡dejadme en paz! . –Arrancó la botella de sake de las manos de Kagome y bebió directamente. -¡Eh! . –Ella protestó un momento pero después se dio cuenta de que sería inútil intentar quitársela.

Inuyasha no parecía molesto por lo de esta mañana, se había comportado de forma totalmente normal con ella, habían hablado, habían discutido, él había sido amable y luego maleducado. Todo parecía absolutamente normal. Pero no habían tocado el tema, por supuesto.

Ahora estaban sentados el uno junto al otro, mientras un Inuyasha moreno y sin sus orejas perrunas, daba grandes tragos de la botella de sake, mareado y colorado; frente al fuego que los iluminaba. De vez en cuando la miraba con ojos intensos, balanceándose hacia ella y apoyándose ligeramente en su hombro.

Kagome estaba ligeramente mareada pero podía decir claramente que él estaba notablemente borracho. Pensó que uno de los dos tenía que mantenerse sobrio para llegar hasta casa, así que decidió dejar de beber.

-Inuyasha…¿no crees que has bebido bastante?. –Se acercó a él con suavidad, y le miró mientras él se secaba los labios con el dorso de la mano. Dejó la botella en el suelo junto a él y se giró a mirarla. Sus rostros se quedaron a pocos centímetros mientras Inuyasha se balanceaba ligeramente. Pareció pensarse lo que iba a hacer durante unos instantes hasta que se movió.

-Kagome… -Prácticamente se abalanzó sobre ella. Kagome solo pudo girar el rostro a tiempo, e intentar sujetarle con ambos brazos para evitar que se cayeran. Podía notar el calor que irradiaba su cara y su respiración le acariciaba el cuello.

-¡Inuyasha! .-le susurró. Se giró a mirar a Miroku y a Sango, que hablaban entre ellos, claramente intentando fingir que no les prestaban atención, disimulando.

-Inuyasha, por favor, para.

-¿Qué? ¿Ahora me pides que me aleje?. –Su tono ahora era malhumorado. Seguía forcejeando por intentar abrazarla. –Kagome, anoche no me soltabas y ahora…

No pudo terminar la frase porque Kagome le había estirado del kosode, y le había obligado a levantarse.

Inuyasha pesaba bastante pero la rabia le había dado fuerzas para llevárselo corriendo de allí. Estaba muerta de vergüenza.

-¿A dónde vamos?. –Inuyasha, desorientado no lograba articular dos palabras sin que se le trabara la lengua.

-¡Inuyasha, eres un idiota! ¡Vamos a casa y vas a dormirte hasta que se te pase esa borrachera que llevas!

Inuyasha se dejaba guíar por Kagome, con su sentido del equilibrio casi totalmente inutilizado, se tropezaba constantemente con todas las rocas y ramas que había en el camino.

Subiendo el empinado camino que llevaba a casa, pasaron junto a un árbol. Inuyasha, que caminaba arrastrando los pies, se tropezó con una raíz y se precipitó hacia el suelo de bruces. Kagome le oyó tropezarse y se apresuró a recogerle antes de que que cayera, pero esta vez no pudo con su peso y ambos cayeron sobre el suelo húmedo.

-Ay… -Kagome se quejaba, metiendo las manos tras su espalda. Tenía a Inuyasha tumbado a su lado, con medio cuerpo apoyado encima de ella y la cara encima de su hombro. –Vamos, Inuyasha, levántate.

-Kagome…-Inuyasha se incorporó rápidamente y se puso sobre ella agarrándola de los hombros. Kagome tenía el rostro enfadado, pero para él, eso no suponía nada malo. Su pelo negro se extendía sobre la hierba y su cuello blanco se exponía a su mirada. Su cuello…

Kagome vio a Inuyasha mirándole con sus ojos oscuros, y con su pelo negro cayendo a su alrededor como una cortina. Por un instante olvidó el enfado y se sonrojó. Pero solo por un instante.

Inuyasha alargó una mano y la puso en su cuello. Kagome dio un respingo.

-¡Eh! Inuyasha, ¿Qué haces?. –No le gustaba que se comportara de esa forma. Sabiendo que ella estaba enfadada, ignorándola. -¡Para!

Inuyasha bajó la parte izquierda del kimono y observó su piel. La marca de los dientes había desaparecido casi por completo, dejando una línea blanca formando un círculo. –Ya casi se ha curado…

-¿Qué? ¿Qué dices? Es imposib- Kagome enmudeció al ver la cicatriz del hombro. Era la misma cicatriz que ayer mismo por la mañana le hizo manchar todo un kimono de sangre. Ahora estaba casi totalmente curada. ¿Cómo era eso posible?

-Pero, ¿Cómo?. –Kagome se tocó la herida con la mano derecha. Inuyasha la vio tocando con sus pequeños dedos la marca que indicaba que era suya, llenándole de deseo. –Te sienta muy bien. –Y sin más, estampó sus labios contra los de ella, besándole torpemente a causa de la embriaguez.

La besó de forma apresurada y forzosa durante un rato, entre los quejidos de Kagome que apartaba la cara intentando zafarse de él. Inuyasha le agarraba la cara constantemente, haciendo que sus labios volvieran a encontrarse uno y ota vez.

-¡Inuyasha! ¡No!. –Ni si quiera estando en su forma humana, Kagome podía contra él. De repente sin venir a cuento, Inuyasha rompió a reir, se separó de ella, encarando de frente la marca de su cuello. –Esto es genial, Kagome. No te lo puedes imaginar.

Kagome estaba totalmente perpleja. -¿Qué? ¿Qué es genial?

-Esto, esto. –Inuyasha acariciaba con la yema de sus dedos la línea blanca en el hombro de Kagome. –¿Qué va a hacer el estúpido Kouga cuando vea esto? Se va a quedar de piedra. –Se reía entre dientes mientras no paraba de acariciar la marca.

-Inuyasha, ¿de qué hablas? –Kagome estaba enfadada y se sentía frustrada porque no comprendía nada mientras Inuyasha estaba ahí, encima de ella, riéndose.

-¡De esto, Kagome! ¡De esta marca! ¡Ahora eres mía y ni ese lobo apestoso ni ese chaval de tu mundo podrá volver a ponerte un dedo encima sin mi consentimiento!. –Se golpeaba el pecho con la palma de la mano, reafirmándose.

-Aunque bueno, ese chaval ya no supone una amenaza porque ya no le vas a ver, ¡pero ya entiendes a qué me refiero! –Inuyasha la miraba con los ojos entornados y una sonrisa bobalicona le pintaba el rostro.

Kagome le miraba con la boca abierta sin poder creerse lo que acababa de decir.

-¿Puedes explicarme eso mejor?. –Luchaba por calmarse.

-Yo…-Se tomó un instante para pensar qué decir. –Yo te he marcado como mi compañera. Ahora somos una familia, para siempre. No, no, más aún que eso. Estamos conectados. No puedo explicártelo bien, pero seguro que entiendes la idea.

Ahora Kagome en lugar de enfadarse, enrojeció. Ignorando esa posesividad con la que lo había dicho, no pudo evitar alegrarse. ¿Su pareja? ¿Su compañera? ¿Inuyasha le había marcado porque quería que estuvieran juntos para siempre?

De repente se sintió flotar, pero su rostro seguía inmóvil. Inuyasha le miraba fijamente hasta que soltó un suspiro.

–Yo..Kagome, lo hice en un momento en el que no podía controlarme. No sé…No sé si fue buena idea, lo siento…

-¿Qué?.

-Es que…. –Inuyasha se estaba poniendo nervioso. Sentía que tenía que disculparse por haber hecho lo que había hecho sin pedir permiso. –Es una decisión tan importante...imagínate, se hace solo una vez en la vida y…yo lo he hecho así sin más. Sin pensar. Lo siento…

Se dejó caer encima de ella, abrazándola. Hundió su cara en el hombro de la cicatriz.

Kagome estaba paralizada. Muchas emociones distintas iban y venían por su mente y no sabía a cuál de ellas hacer caso primero.

-Kagome, hueles tan bien…- Inuyasha, ebrio, empezó a deslizarse hacia su boca para volver a besarla, esta vez de forma más lenta. Cuando su mano izquierda se deslizó por debajo de su kimono, Kagome finalmente reaccionó.

-¡Para!. –Sin saber de dónde sacó las fuerzas, empujó a Inuyasha de encima de ella, tirándole al suelo, a su lado. -¿Kagome?. –Inuyasha la miraba perplejo.

Kagome se llevó las manos a los ojos y respiró profundamente para no llorar. La había besado, se había acostado con ella y vivía en su casa, y no era capaz de admitir nada de lo que sentía, solo se le escapó por accidente el otro día de noche. Y ahora le había marcado como compañera permanente sin estar seguro de si eso era lo que deseaba o no. Ya era bastante.

-¡Osuwari!. –Kagome sabía de sobra que cuando Inuyasha estaba en su estado humano, las perlas psíquicas podían infligirle mucho daño. Pero no le importó en absoluto. -¿Crees que no sufro por nada?

Inuyasha se recuperaba del impacto. Pero eso no le dolía en absoluto en comparación con las palabras que salieron de la boca de Kagome, acompañadas de su rostro dolorido.

-¿Por qué incluso ahora sigues haciéndome daño?

-Kagome…-en un hilo de voz, Inuyasha intentó detenerla. Kagome comenzó a caminar enfurecida hacia la casa. Mientras, Inuyasha consiguió despegarse del suelo y como pudo, corrió torpemente tras ella. Kagome se giró a mirarle y al ver que la seguía, aceleró el paso hasta llegar a la cabaña.

Solo le vio una vez más caminando hacia ella antes de cerrar la puerta de un golpe.

Frustrada. Se sentía frustrada. La rabia invadía sus ojos en forma de lágrimas y se sentó en el suelo apoyándose en la puerta, conteniendo las ganas de gritar o romper algo.

Había aguantado casi dos años de sufrimiento, más los tres de espera. Dos años de celos, angustia, dolor, frustración, inseguridad. Había aguantado hasta un límite hasta el que se sorprendió de ser capaz de aguantar.

Más de una vez había estado a punto de romperse, pero siempre había conseguido mantenerse fuerte. Se había tragado todas sus emociones por el bien de todos, por Inuyasha. Creyendo que cuando todo acabara, obtendría su recompensa. La de estar con él.

Creyó que ya había llegado ese momento.

Creyó que ahora todo debía ir bien. Qué tonta fue. La tonta era ella por haber permitido que llegaran a ese punto.

Inuyasha siempre había demostrado sus sentimientos con acciones en lugar de palabras. Pero en algunas ocasiones había sido capaz de formular algunas frases amables. ¿Por qué era tan terco respecto a sus auténticos sentimientos?.

¿Cómo podía llegar a ser tan…?

-Idiota. –La voz de Inuyasha sonaba al otro lado de la puerta. Sonaba fatigado.

-¡¿Cómo que idiota?. –¿Encima la insultaba?. –Inuyasha ¡vete! ¡déjame sola un rato por favor!

-¡Eres idiota! ¡No has entendido nada de nada!

-¡Eres tú el que no entiende nada!

-¡Déjame pasar!

-¡No!

-¡Kagome!

-¡Osuwari!. –Un grito y un golpe, seguido de silencio. Kagome permaneció en el suelo, en silencio, pero cuando pasaron los minutos y seguía sin oírse ni una mosca se sintió culpable.

Abrió la puerta de la cabaña poco a poco, esperando que Inuyasha no la oyera y poder mantener así su orgullo.

Estaba tumbado boca arriba con los ojos cerrados. ¿Inconsciente?

La preocupación y la culpabilidad la asaltaron. Abrió la puerta de golpe y se dirigió hacia él.

Se agachó a su lado, y cuando acercó una mano a su cara, Inuyasha abrió los ojos de repente y la agarró.

-Vas a escucharme. –Quedó más que claro que no tenía otra opción. Kagome se mordió la lengua. Era ella quien sentía que tenía que gritarle miles de cosas. Pero se aguantó.

Sin embargo, en lugar de darle una charla, lo que Inuyasha hizo fue levantarse del suelo y llevarla arrastrando prácticamente, hacia el bosque.

-¿A dónde vamos?

Inuyasha no respondió. Cuando se adentraron en el bosque, la única iluminación de la que disponían eran las luciérnagas que solían habitarlo de noche.

Se adentraron en la oscuridad de los árboles durante un rato más, hasta que se detuvieron frente a uno bien conocido para ambos. El Dios árbol. El Goshimboku.

Ahora que lo pensaba, nunca había estado en ese lugar de noche. Siempre recordaba el Goshimboku radiante con un halo de luz dorada en mitad del claro del bosque de Inuyasha.

Ahora les rodeaba un negro absoluto, y un manto de luciérnagas con su brillo hipnotizante, recubría el tronco del milenario árbol. Haciéndole parecer un pilar de luz en la noche.

Kagome miró a Inuyasha, que le daba la espalda, encarando el árbol. ¿No se atrevía a mirarla?

-No me arrepiento. –dijo sin mirarla.

-¿Eh?. –de repente Kagome salió de sus pensamientos al oír sus palabras.

Inuyasha se giró a mirarla. Seguía rojo, pero no podía decir si era por el efecto del alcohol en su rostro o por otro motivo.

-No me arrepiento en absoluto de haberte marcado –. Todos los pensamientos negativos que había en su cabeza se borraron en un soplo.

-Sé que piensas que me arrepiento. Pero no es así. La verdad…deseaba mucho hacerlo.

-Inuyasha…Ahora ella estaba roja, temblorosa, como una tonta.

-La marca se puede hacer solo una vez. En toda la vida de un youkai o un hanyou, solo puede haber una pareja. Puedes tener hijos con otras mujeres o enamorarte varias veces, pero solo tendrás una compañera. Y será para toda la vida, hasta que mueras. Nunca pude hablar con mi padre de esto, así que todo lo que sé es por el viejo Miyouga –. Inuyasha bajaba el rostro de vez en cuando.

Kagome le miraba hablar, embelesada. Pocas veces había tenido la oportunidad de hablar de forma profunda con él.

-Cuando…Kikyou aún estaba viva me sentía muy confundido –. La miró buscando comprensión. Kagome se acercó a él y le tomó de la mano. –Lo sé. Tranquilo-.

-Quería estar contigo, pero no podía dejarla. No podía –. Inuyasha miró la mano de Kagome en la suya, una vez más. Ahora que estaba desprovisto de garras, parecía que encajaran mejor. Pero aún se sentía extraño. Como si en un simple movimiento, pudiera romperla.

–Le pregunté a Miyouga sobre todo el asunto del emparejamiento y la marca…pensé que en algún momento, tendría que elegir a una de las dos, por muy cruel que sonara. Él me explicó que cuando un demonio escoge a su compañera. Siente que debe hacerlo. Y no se equivoca nunca. Me dijo que tarde o temprano yo notaría la necesidad impetuosa de elegir una compañera, y en ese momento sabría con quién debía estar –. Kagome le escuchaba cuidadosamente, intentando comprender.

-No me malinterpretes. No se trataba de un juego de azar. Simplemente, en algún momento mi instinto me diría qué tenía que hacer. Me daría la respuesta a la duda que me consumía. Pero ese momento no podía llegar hasta que termináramos nuestro deber con Naraku y con la Shikon no Tama. Sólo cuando mi mente estuviera libre de preocupaciones, sabría qué hacer–. Kagome le estrechaba la mano con ternura, transmitiéndole la fuerza que sentía que necesitaba.

Inuyasha se estaba abriendo a ella. Se estaba mostrando vulnerable. Sabía que podía sentirse muy honrada pues no lo hacía con nadie.

En el bosque negro, un pilar de luz legendario iluminaba el escenario en el que Kagome pudo vislumbrar los rasgos delicados del espíritu dolido de Inuyasha. Sus heridas secretas que nadie más veía.

Ella le estrechaba la mano, otorgándole el calor del hogar que tanto había necesitado siempre. Él se esforzaba por seguir hablando. Miraba de tanto en tanto a Kagome, rodeada de cientos de pequeñas luces flotantes, iluminando su pelo negro, dibujando su figura ante él.

-Dentro de mí, sabía que serías tú. Kikyou ya no tenía lugar entre los vivos.–. Dijo aquello como una confesión terrible, un pinchazo de dolor le recorrió. Sus ojos negros centelleaban al mirarla. Tanto la ansiaba. Y ahora era suya.

-Inuyasha…-. La intensidad de su mirada le hizo fallar en la fuerza sobre su mano. Aflojó el agarre un instante, pero Inuyasha la sujetó con fuerza, no queriendo soltarla.

-Pero es una decisión tan importante…para mí no hay más opción que estar contigo para siempre. No necesito otras opciones. Pero tú eres humana y contigo las normas no son las mismas. Eres libre. –Paraba de vez en cuando, como si le costara continuar. –Además, sé que en tu época la gente suele tener varias relaciones antes de emparejarse para siempre. A veces ni siquiera lo hacen. Por eso, te pedía perdón antes. –Apretaba su mano.

–Siento haber tomado esta decisión por los dos. Pero no me arrepiento de haberlo hecho.-

Así que era eso. Estaba frente a ella, mirando su mano en silencio. Con la cabeza agachada, esperando a ser rechazado. Como si estuviera despidiéndose de ella.

Una luciérnaga se apoyó en su cabeza. Pero no se inmutó. Entonces levantó la cara y la miró a los ojos. Ver el reflejo blanquecino del insecto en sus ojos oscuros le hizo reaccionar de repente.

-Sigues sin comprender nada. – Dijo muy simplemente. Inuyasha parecía confuso.

-¿Qué?

-Nunca…-Kagome comenzó, aunque los latidos en su garganta le impedían hablar con normalidad. –Nunca hubo otra opción para mí.

Le sonrió. Movió la mano que sujetaba Inuyasha, entrelazando los dedos y apretándolos. Temblaba. Como si fuera a decir algo que marcaría su vida para siempre.

–Solo estás tú. –Ahora Inuyasha le devolvió el apretón.

–Todo el tiempo. Todo lo llenas tú. Es todo por ti. Todo lo que hago. – Las palabras salían una tras otra de su garganta entumecida, temblorosa. Se le agolpaban en el pecho y no acertaban a formar una frase que expresara lo que se formaba en ella al mirarle.

Inuyasha no parpadeaba, ahora miraba fijamente la mano de Kagome entrelazando sus dedos con los de él. Le estaba animando. Le estaba protegiendo.

-Mi lugar en el mundo, está contigo. Siempre. –Dijo al fin.

Kagome soltó el agarre de su mano. Inuyasha no se movió, entonces sintió el cuerpo de Kagome envolverle en un abrazo estrecho. Ella se puso de puntillas y le rodeó con sus brazos finos. De nuevo el olor de Kagome le intoxicó, sintió cómo se le dormía la nariz y se le hacía la boca agua.

Cuando pudo reaccionar, le devolvió el abrazo. Apretándola. Aferrándose a ella, como a su vida.

-Kagome…

Cada vez que en momentos como aquel, Inuyasha mostraba su fragilidad. Ella olvidaba todos sus problemas. Todo su dolor desaparecía, para brindarle a él el protagonismo. Nada importaba, mas que él. Necesitaba protegerle. Todas sus preocupaciones no eran nada, en comparación con la felicidad de Inuyasha.

Se daba cuenta de que ella nunca podría llegar a sufrir en varias vidas lo que él había sufrido durante la suya. Su enorme fragilidad…nadie más era capaz de verla.

El espíritu de Inuyasha era tan delicado y tan fuerte…de una complejidad que la embriagaba. Su propio dolor era su mayor fortaleza, y la empleaba para proteger a todos excepto a sí mismo. A ella en primer lugar. Por eso Kagome sentía la impetuosa necesidad de calmar las cicatrices de su alma.

Cuando le abrazaba así…parecía haber encontrado su tarea en la vida. Reconfortarle.

Pasados unos instantes, Inuyasha comenzó a temblar.

-Son esas…esas son las palabras que parece que no sea capaz de decir… -Kagome supo por el tono de su voz que lloraba. Decidió no darle importancia para no incomodarle.

-No importa. –De repente, todo el problema que suponía para ella el que Inuyasha no fuera capaz de expresar sus sentimientos de forma directa no le importaba.

-No. –Le cortó él. –Escucha. –Inuyasha respiró profundamente, intentando calmar el temblor en su voz.

-Kagome tú...tú me has salvado. Y me has curado. De todas las formas posibles.

Inuyasha no apartó los ojos de ella ni un instante. Apretaba sus manos todavía más fuerte, buscando apoyo. Kagome le respondía.

-Nunca sentí pertenecer a ningún sitio. Nunca sentí estar anclado a ningún lugar, ni tener un objetivo o un motivo para nada, hasta que apareciste. –Kagome permaneció inmóvil, aferrada a su cuello.

-Cerré los ojos mirando el rostro de Kikyou, que murió por mí, dormí cincuenta años con esa culpabilidad, y los abrí después de la noche más larga de mi historia, para encontrarme contigo, que me diste el perdón y la aceptación que nunca creí merecer. –Respiró hondo durante un instante.

-Estoy seguro de que antes de nacer, yo te buscaba. Antes de saber que existías, te buscaba. Nací para encontrarte. Para vivir a tu lado. –Kagome sentía sus pies dormirse y sus ojos humedecerse.

-Mi seguridad…Mi hogar.

En sus ojos había un torbellino oscuro que se tornaba dorado por momentos. Sus ojos indefinidos brillaban húmedos. Kagome supo que nada más seguiría a esas palabras, y se acercó a él para besarle. Se mantuvo a unos centímetros de su boca durante un instante, donde Inuyasha cerró los ojos de forma sumisa, y abrió los labios, dejando escapar un suspiro frustrado.

Kagome apretaba los ojos para contener sus propias lágrimas. Sostenía la cara de Inuyasha entre sus manos, como el tesoro más preciado. Presionó sus labios contra los de él con delicadeza, pero con firmeza.

Inuyasha se separó de ella durante un instante, manteniendo sus labios a unos pocos milímetros, colocó su mano en la nuca de Kagome y desperdigó besos ligeros en sus labios, separándose de ella una y otra vez.

Sin abrir los ojos, se separó de ella una vez más para hablar.

-Cuanto tiempo he esperado para tenerte…

Kagome soltó un quejido e Inuyasha la calló con su boca. La besaba de la forma más tierna que de la que se sentía capaz. Sus labios abrazaban los de ella, muy despacio. Intentaba mostrarle todo lo que sentía en un beso, ya que era incapaz de expresarlo con su voz.

De verdad conseguía decepcionarse a veces. Su Kagome viviría con él hasta que ambos fueran viejos, sin oír un te quiero de sus labios…

Siguió besándola. Poco a poco sus movimientos se volvieron más demandantes y un deseo familiar apareció en su vientre.

Sus labios se fueron humedeciendo e introdujo su lengua en la boca de Kagome, quien soltó un gemido y respondió enérgicamente con la suya. Bebían de las bocas del otro como quien ha pasado toda una vida sin beber, desconociendo el placer del agua.

Inuyasha la apretó contra su cuerpo, rodeando su cintura. Tal vez no pudiera decir te quiero, pero había algo que sí podía decir.

-Déjame abrazarte esta noche. –Dijo con sus labios pegados al cuello de Kagome.

-Abrázame para siempre. –Fue lo más correcto que su aturdida boca fue capaz de pronunciar.

El cuerpo dolorido de Inuyasha por el golpe de antes se anestesió con el placer de las palabras de Kagome. La llevó hasta el tronco del Goshimboku y apoyando su espalda en él, bajó hasta sentarse en el suelo. Alargó el brazo hacia ella, invitándola a sentarse con él. Kagome le dio su mano, y él tiró de ella.

Estaba a horcajadas sobre él, con los labios inflamados y la cara roja. Enredaba sus dedos entre los mechones de pelo temporalmente negro del hanyou. Resultaba extraño que teniendo a su lado todos los días a un semi demonio con cabello plateado, ojos dorados y orejas de perro, así, simple y llanamente humano, le resultara exótico.

Inuyasha estaba abrumado. Como cada vez que la besaba. Estaba sobrepasado por las sensaciones de su piel, su boca y su olor. Incluso sin sus sentidos demoníacos, Kagome seguía siendo una experiencia sensorial que le dejaba casi sin sentido. Esa niña.

Necesitaba tenerla. Ya era suya todo lo que se podía poseer a una persona y aún no era bastante. Quería unirse a ella todo lo posible, fusionarse con su cuerpo. Absorberla dentro de él. Que fueran uno solo, y asegurarse de tener su compañía para siempre.

Kagome introdujo sus manos frías bajo el kosode de la rata de fuego, la piel de Inuyasha ardía como el infierno bajo sus palmas. Acarició la piel de su pecho y brazos, enredando sus dedos con los suyos, volviendo a su pecho y bajando por su abdomen.

A Inuyasha se le escapaban gemidos ahogados. Se mordía los labios para contenerlos. Decidió mantener su boca ocupada. Abrió el kimono de Kagome. Esta soltó un gemido alarmado cuando sintió las manos abrasadoras de Inuyasha acariciarle.

Todo su cuerpo se electrificaba y se tensaba bajo su mano.

Nunca acariciaba la transparente piel de Kagome lo suficiente, para su gusto. Siempre había una nueva suavidad que no había descubierto aún en ella.

Kagome observó tapándose la boca con las manos, cómo los dedos de Inuyasha jugaban con las cumbres de sus pechos. Se encorvó hacia él, sintiéndose demasiado expuesta.

Verla temblar y sonrojarse bajo el tacto de su mano era demasiado para él. Hundió su cara en el valle entre sus pechos, besándole justo sobre el latido de su corazón.

Kagome perdió el equilibrio hacia atrás y cayó sobre el suave musgo del suelo, Inuyasha no se permitió separarse de ella ni un segundo e instantes después estaba sobre ella, besando la piel de su vientre y desabrochando el nudo de su hakama de sacerdotisa.

Kagome le vio pelear con su ropa, casi perdiendo los nervios en el proceso. Por suerte, cuando lo consiguió, no se dedicó a observarla detenidamente, sino que se echó sobre ella y desabrochó su propia hakama con un movimiento rápido.

-Kagome, lo siento, no puedo esperar. –Le besó con urgencia, mientras sus manos humanas se deslizaron hacia el centro de su calor. Ella gritó.

Rápidamente, Inuyasha se acercó a ella hasta que sus rostros estuvieron enfrentados. Cerró los ojos y con toda la ternura del mundo, la besó lentamente, mientras se introducía en su interior.

Kagome era un amasijo de emociones bajo el peso de su cuerpo. Inuyasha se mostraba tranquilo de momento, pero ella temblaba y gemidos agudos se escapaban uno tras otro de sus labios mientras le notaba entrar lentamente en ella.

-¡Inuyasha!. –Le agarró por los hombros con fuerza. Él siseaba y apoyaba su frente en el pecho de ella, mientras se movía lentamente saliendo y entrando en ella.

-Kagome…Dios mío…la abrazó fuertemente bajo él, besándola, invadiendo su boca con su lengua. –Kagome está tan…

No sabía qué decir. Las sensaciones eran tan increíbles que le aturdían.

Kagome agarró las caderas de Inuyasha, obligándole a moverse más deprisa.

-¿Kagome?. –Inuyasha se extrañó por ese movimiento.

-Más. Por favor. –Se escondía tras su mano, tenía la mirada nublada por las lágrimas. Sudor perlaba su piel. –Inuyasha, más deprisa, por favor.

No sabía cómo pedirlo.

-¡Kagome! ¡Ah!. –Sus deseos eran órdenes. Embestía sus caderas contra las suyas a un ritmo desenfrenado. Ambos se sumergieron en un pozo de placer y el mundo alrededor de ellos dos pareció palidecer.

Solo sentía el cuerpo de Kagome estremecerse bajo él, sus miembros níveos abrazándole y su aliento resonando en su interior.

Ella solo sentía a Inuyasha moverse dentro de ella, su peso protegiéndola y su pelo negro acariciándola. Solo sentía su boca en su cuello y su mejilla, y su respiración cálida impregnándola.

-¡Inuyasha!. –Inuyasha no reaccionó. Estaba demasiado absorto en su balanceo rítmico. Kagome le miró, apretaba los ojos fuertemente, se mordía el labio inferior y una película de sudor le cubría la frente. Podía distinguir el relieve de su vena cava, latente en su cuello con la tensión. Su cabello se movía acompañándole.

Kagome ascendió con sus manos por sus brazos y le rodeó el rostro.

-Inuyasha…-Gimió su nombre de forma gutural. Inuyasha abrió sus ojos se agachó para encontrarse con sus labios. Recorrió todos sus dientes y el paladar con su lengua, asegurándose de no dejarse ni un pequeño espacio sin explorar. Mordió el labio inferior de Kagome y estiró de él con cuidado.

-Kagome…- Recorrió con sus manos sus muslos y colocó sus rodillas encima de sus hombros. Soltó un gruñido al salir totalmente de ella para volver a llenarla de un golpe seco.

Kagome tenía las uñas sucias del musgo que arrancaba del suelo, podría agarrar la espalda de Inuyasha pero tenía miedo de hacerle daño, entonces, sintió las manos de Inuyasha agarrarle y colocarle las manos tras él.

-Abrázame. –lo dijo con un tono demandante pero también de necesidad. Kagome no solo le abrazó sino que separó la cabeza del suelo para besarle con intensidad.

-Inuyasha…yo…- Kagome apretaba sus manos contra la piel de la espalda de Inuyasha, dejando marcas rojas. –Creo que…-Un grito escapó de su boca al notar que su cabeza comenzaba a dar vueltas y perdía el control sobre sí misma.

-¡Ah! Kagome, si haces eso yo…-Inuyasha alargó su mano hacia los pechos de Kagome, apretándolos entre sus dedos. Entonces Kagome curvó su espalda y se tensó, convulsionando alrededor de él. Apretaba fuertemente los ojos y abrió la boca en un gemido silencioso. Inuyasha le observó mientras sus pestañas negras húmedas por el sudor temblaban, y su rostro blanco ardía.

-¡Inuyasha, te amo!

-¡Kagome!. –Se echó sobre ella. Apoyó su mano izquierda en su mejilla y con los dedos de la mano derecha acarició sus labios húmedos, que Kagome besó, antes de besarla profundamente. Le miró a los ojos y Kagome le devolvió la mirada. Inuyasha entonces cerró los ojos y soltó un grito.

Agachó la cabeza, curvando su espalda mientras agarraba los muslos de Kagome, con movimientos espasmódicos, derramándose en su interior. Abrió la boca en un suspiro y echó el cuello hacia atrás, incapaz de separarse de ella, mientras seguía temblando.

-Kagome…Dios mío…-Se dejo caer con cuidado sobre ella.

-Inuyasha…-Kagome dijo su nombre sin mirarle. Tenía los ojos cerrados, cansada. No se habían percatado de la hora que era pero ya debía quedar más bien poco para el amanecer. Kagome había tenido una tarde llena de emociones que le había dejado exhausta.

-¿Kagome?. –La llamó. No hubo respuesta. Su respiración era cada vez más serena y su rostro permanecía sonrojado pero inalterable.

Inuyasha se separó de ella. Se sentó a su lado y la observó. Lo primero en lo que pensó al ver su cuerpo fue en una pradera cubierta de nieve en invierno. Se había quedado dormida así, totalmente expuesta y frágil.

Intentó taparla con su propia ropa sin moverla demasiado. En realidad, tenía la sensación de que podía cogerla en brazos y llevarla a casa y ella no se enteraría.

Inuyasha tuvo que entrecerrar los ojos cuando un rayo de sol rosáceo apareció entre las hojas del Goshimboku, iluminando el cielo. El alba.

Kagome abrió los ojos cuando el sonido de una rama partirse la despertó.

Sintió frío y enseguida se percató de que donde estaba corría el viento. Se incorporó ligeramente sobresaltada y se encontró con el rostro de Inuyasha, que todavía tenía apariencia humana. El cielo era rosáceo aunque todavía era oscuro, y algunas de las luciérnagas de anoche les rodeaban.

-Inuyasha…¿Dónde…? –Kagome miró a su alrededor. Veía hojas y ramas, y el cielo.

-Al final te he despertado…lo siento. -Inuyasha llevaba una fruta amarilla en la mano y se la ofrecía. Kagome la cogió, todavía sorprendida.

-Estamos arriba. Arriba del Goshimboku. –Kagome asintió, y dio un mordisco a la fruta. Su sabor dulce le estalló en la boca.

Él le miró masticar la fruta con gesto complacido y tras unos segundos se sentó en una rama gruesa junto a ella. No habían huído. Ni ella ni él. Aunque después de la abierta y clara declaración de intenciones del uno para con el otro, no habría tenido sentido seguir escapando. Por fin.

Ambos estaban juntos al amanecer, ella desayunaba a su lado, no sentía la tensión de tener que seguir esquivando ese encuentro. Era una sensación terriblemente cómoda. Tan cómoda que se les hacía extraño, pero una sensación de placer y alivio les recorría el cuerpo.

Inuyasha alzó la mirada hacia el horizonte rosado que se extendía sobre el mar de copas arbóreas ante ellos. Escrutó el paisaje en silencio, pero su mente estaba en otro lugar, repasando mentalmente las palabras correctas.

–Kagome…-. La llamó. Ella, que comía en silencio ligeramente avergonzada, contestó con un sonido interrogante, al tener la boca llena, siendo extraída de sus pensamientos.

-Ya sabes, ahora que somos…una familia… -Inuyasha prosiguió. Muy serio junto a ella, mirando hacia el cielo que parecía resistirse a amanecer.

-Yo me voy a ocupar de ti, en todo. Bueno, si te parece bien. Quiero decir que voy a cuidarte y a protegerte…y a ocuparme de todas tus necesidades. –Kagome dejó de masticar. Creía que todo eso ya había quedado más que claro.

-A partir de ahora, prometo cuidarte y hacerte feliz. –Estaba rojo. Ahí estaba de nuevo. Su parte frágil. ¿Realmente, nadie podía verla? Ella podía leerla con facilidad, transparentándose a través de su capa de mal humor y falta de sensibilidad.

Kagome soltó la fruta, que rodó entre las ramas de los árboles precipitándose hacia el suelo. No vio a dónde fue, pero no le importaba en absoluto.

Inuyasha la observó dudoso durante un instante mientras su pelo negro se aclaraba pasando por grisáceo y se extendía plateado hacia sus raíces. La transformación había comenzado, pero no le prestaba atención.

-Kagome, se te ha caído eso. –Hizo ademán de ir a recogerlo, pero Kagome le frenó, abrazándole.

-Tonto. – dijo ella en lo que sonó a una sonrisa sincerísima. –Creo que ya deberías saberlo de sobras.

-Kagome… -Inuyasha agachó la cabeza y la rodeó con sus brazos. La enredó contra él con sus brazos y piernas. En las ramas del Goshimboku. Las ramas del árbol que había sido testigo de su historia.

Era difícil comprender la forma en que ellos se habían buscado y atraído el uno al otro a través de las barreras de los años, las edades y los siglos. Resultaba aterrador pensar en la cantidad de pequeñas posibilidades y variantes que se habían alineado y puesto de acuerdo, para que ellos dos pudieran haberse conocido.

Su historia había sido una de dolor, de muertes, de almas que migran a otro cuerpo cientos de años para volver a encontrar al amor en el pasado. Angustia, espíritus quebrantados por la traición y corazones hambrientos de venganza.

¿Cómo era posible que dentro de todo eso, ellos dos hubieran conseguido salvarse?

-Nunca, jamás soy tan feliz como cuando estás conmigo. –Kagome le tocó el rostro con la mano derecha, cerró los ojos y se acercó a su boca.

Inuyasha dejó que la felicidad tomara posesión de él. No se había permitido ser feliz de aquella manera nunca. En toda su vida no recordaba haber tenido un momento como aquel. ¿Era posible que se hubiera olvidado de cómo ser feliz?. Sí, era muy posible.

Desconocía esa sensación, el hermoso miedo de amar y ser amado, el temblor en su espíritu y la calidez en su pecho. Se sintió furioso consigo mismo. Tenía entre sus brazos a la persona más importante del mundo y no podía decírselo.

Ella se apartó para mirarle, su cabello plateado había vuelto a su estado normal, sus orejas también estaban allí. Inuyasha tenía los ojos cerrados, relajado. Ella le cogió de la mano como aquella vez en el bosque y le pareció verlo.

El hilo rojo que unía sus dedos meñiques estaba allí, era corto, estaba liso y brillante y refulgía. Inuyasha entreabrió los ojos mirando sus manos y él también pudo verlo. Por dentro supo que había llegado al último puerto de su vida, en el que por fin había llegado a su destino y tan solo le quedaba disfrutar. Como si el viaje de toda su vida solo hubiera sido para llegar allí en ese momento y lugar.

Pudo sentir la plenitud, la perfección de ese instante invadiéndole. Su mente se iluminó y su interior se libró del rastro de cualquier penuria anterior. Se perdonó a sí mismo y a todos los que le habían hecho daño en algún momento y supo que aquello era la paz que siempre había ansiado.

-Kagome… -La llamó simplemente, sin parar de mirar sus manos, perfectamente unidas hasta que ella se giró a verle.

Cuando le miró, dos ojos de sol le quemaron en el centro del corazón.

-Te amo. –