Hace cerca de treinta minutos que Marceline flotó lejos de su casa, dejando atrás a un perezoso perro mágico y al último humano en la tierra, el cual tenía una enfermedad desconocida afectándole, a su suerte mientras iba a buscar información sobre cómo ayudarlo.

En estos momentos ambos se encontraban profundamente dormidos en habitaciones separadas, aunque para ser más específicos, eran pisos diferentes. El perro no pudo evitar recostarse sobre las tablas de madera que formaban el piso de la sala y acurrucarse en su propio pelaje tan pronto se despidiera de la vampira, aunque claro, no había podido dormir lo suficiente y pese a que sentía que transcurrió un tiempo considerable desde que empezó este escándalo afuera de la cueva aún era de noche.

Se escuchaban sus ronquidos rebotando en las paredes del hogar y afuera del mismo, el perro soñaba con su novia Arcoíris y él atravesando algún campo de rosas seguidos de cerca por sus cachorros, una camada que constaba de no más de cinco híbridos Perro-lluviacornio. Era una adorable escena de observar: el padre mostrándoles cómo estirarse usando los poderes que heredaron de él, mientras otra parte de ellos escuchaban atentos la explicación en coreano de su madre sobre cómo volar.

El mundo soñado se desvaneció y fue reemplazado por un zumbido incesante, el perro despertó de inmediato y al darse cuenta de que todavía podía escuchar aquel ruido buscó en la habitación el origen de este, encontrándose con el teléfono al lado del sillón incomodo, lo tomó y decidió contestar.

— Hola, hogar de Marceline ¿para qué soy bueno? — dijo tratando de sonar carismático, pero el sueño interrumpido le hizo bostezar contra la bocina.

— ¿Jake, eres tú? ¿Dónde está Marceline? — era la Dulce Princesa al otro lado del teléfono.

— Oh, Dulce Princesa, erm… ella no se encuentra por el momento ¿quiere dejarle un mensaje?

En el fondo, al otro lado del teléfono, podían escucharse cientos de voces de los habitantes del Dulce Reino, algunos gritando, otros conversando, y algunos gimiendo.

— Dile que necesito hablar con ella, que es urgente… es sobre Finn… — esto le extrañó a Jake puesto que él es su hermano, entonces…

— ¿Por qué le diría algo sobre Finn a Marceline, y no a él? ¿Por qué no me lo dices a mi?

Hubo un silencio corto de parte de la princesa.

— Confía en mí, esto tiene que escucharlo ella primero… ¿no sabes donde esta?

— Llevo un capítulo preguntándome eso — respondió el perro distraído.

— ¿Uh? — contestó ella.

— Dije que no sé adónde fue, sólo mencionó algo de un amigo suyo que podía ayudar a Finn.

— Bueno sólo dile que es urgente que venga al Dulce Reino tan pronto como pueda — se escuchaban algunos gruñidos el fondo —, tengo que irme, adiós…

La última oración sonó particularmente preocupante, el perro pensó por un momento en ir a investigar lo qué ocurría en el reino pero no podía dejar a su hermano solo, especialmente en la condición que está.

Preocupado, se estiró desde la sala hasta la habitación de la vampira, que era donde su hermanito estaba dormido, abrió poco a poco la puerta para evitar despertarlo. La luz del pasillo dejó que viera con mayor exactitud su figura durmiendo tranquilamente sin su sombrero, el cual estaba sobre la cómoda de su izquierda, esperando ser reparado, dejando a la vista su corto cabello rubio.

— Y pensar que hace poco nos diste un gran susto — Jake dijo lo más bajo posible, era imposible para él estar asustado de su hermano pese a lo ocurrido, lo conocía de toda la vida y sabia que las cosas que hizo jamás las haría si estuviera en su sano juicio.

No sabía que le ocurría pero confiaba ciegamente en la Reina vampiro y que ella sería capaz de curarlo de cualquier enfermedad que tenia, aunque ésta era una forma muy optimista de verlo, ya que ninguno de ellos era capaz de distinguir lo que le ocurría, y de saberlo, ¿podrían curarlo?

Pero estos pensamientos eran sobrepuestos por la perspectiva optimista y el deseo de mejorar o para simplificar todo, no quería perder la esperanza. Cerró la puerta con mucho cuidado dejando al héroe de Ooo descansar por lo que quedaba de la noche.

Mientras tanto, Marceline se encontraba en las verdes planicies no muy lejos del hogar de Finn y Jake, supuso que este sería el mejor lugar para entrar a la Nocheosfera porque no había nadie merodeando en la noche, exceptuando a uno o dos caballos regordetes.

Antes de llegar, compró una leche de insecto en una tienda cercana, como el ritual lo requiere, tomó un gis que guardaba en su bolsillo y comenzó a dibujar una cara feliz, se alejó del enorme dibujo y suspirando tomó la leche entre sus manos repasando en su cabeza lo que diría al abrirse el portal a la tierra de los demonios

—…Al mal tiempo darle prisa — y dicho eso, dejó caer el cartón de leche sobre la cara feliz —. ¡Maloso vobiscum et cum spiritum!

Las palabras en latín hicieron que las marcas que conformaban el rostro dibujado absorbieran la leche, haciéndola brillar, y pasados unos segundos crearon una puerta de la que escaparon algunas llamas, una señal clara de que se dirigía al lugar correcto.

Revisó si su hacha seguía en su espalda antes de entrar y tras otro largo suspiro saltó dentro del portal hacia la Nocheosfera, y descendió varios metros aterrizando sobre una barca.

— ¿Uh?, hola, Marceline, tiempo sin verte — dijo una alegre doncella vestida en una armadura que cubría a una larga toga, ella estaba sobre uno de los dos asientos leyendo un libro de poesía, una tarea un poco difícil ya sea por los enormes lentes que usaba o por la venda ensangrentada que llevaba sobre los ojos.

— ¿Andrea, que haces aquí? —preguntó una sorprendida vampira.

La chica de piel grisácea y cabellos blancos como la nieve cerró su libro y tomó el remo de su izquierda mientras se ponía de pie.

— Tu padre puso de nuevo en servicio el sistema de barcas, luego de darse cuenta de que cualquiera podía entrar a la Nocheosfera cuando quisiera, así que puso a mi padre de vuelta a trabajar y por lo tanto a mi también.

La reina vampiro había olvidado por completo que antes era necesario entrar en bote al reino de su padre, pero en esos días era usado para transportar las almas que pronto habitarían dicho lugar. Era de suponerse que una vez extintos los humanos las barcas no servirían como atracción turística.

— Estoy algo apurada, Andrea ¿crees que pueda flotar hasta donde mi padre? — ella empezó a empujar la barcaza lejos del puerto con el remo y mientras lo hacía le respondió.

— Por supuesto, si no te importa ser devorada por algún monstruo filosófico marino — claro, otra de las defensas de esta dimensión, un monstruo que se detendrá entre cada mordisco a explicarte el por qué hace lo que hace.

— Puedo con él.

— No dudo de tu fuerza, Marceline, pero no creo que puedas con un "ellos".

Desde la barcaza la vampira observó cómo las sombras de dichos monstruos rondaban en las aguas.

— Uh… Andrea, ¿crees que puedas darte prisa en llevarme?

— Claro, serán tres óbolos — Andrea extendió la mano en busca del pago habitual, esto tomó por sorpresa a Marceline, quien no esperaba tener que pagar por un viaje a casa de su padre.

— Estoy algo corta en efectivo, puedo ofrecerte… — la vampiresa buscó en su bolsillo por algo de valor, pero no parecía que tendría éxito —… una plumilla de bajo, una pelusa, un tornillo o un hada disecada.

De entre todos los objetos la aparentemente ciega veladora del rio tomó los restos del fantástico ser y los introdujo al bolsillo de su toga.

— Eso contará como dos óbolos, aún me debes uno — la doncella levantó el dedo índice indicando la cantidad que faltaba para ayudarle a cruzar, la vampira revisó entre sus pertenecías, o al menos las que tenía a la mano, algo más de valor para darle —. O… podrías darme pases para tu próximo concierto.

Esta petición no le agradaba mucho, claro, ella dejaba que sus amigos entraran gratis de vez en cuando pero al resto de su banda no les parecía tan grata la idea, aun así no tenia opción más que acceder.

— Trato hecho — se dieron un apretón de manos y tan pronto como Andrea guardó su libro dentro de las ropas que llevaba puestas comenzó a remar con la enorme paleta.

A pesar de que el lugar estaba habitado por monstruos el trayecto fue bastante calmado, había una posibilidad de que los monstruos discutieran en el fondo del lago sobre sus autores de antaño favoritos, dejando al par tranquilas.

— Dime Marceline, ¿Qué haces visitando el reino de Hunson Abadeer? — la barquera preguntó amablemente, tras varios minutos de silencio.

La vampira pensó un momento su respuesta y le respondió.

— Tengo un amigo que está en apuros y me dijeron que solamente mi padre podría ayudarlo.

— Oh ya veo — fue lo último que Andrea dijo antes de que el silencio las envolviera a ambas.

Luego de varios minutos sin decir algo más, se escuchó en la dulce voz de la hija de Caronte, una poesía, un pasatiempo que practicaba a diario en su inmortal vida.

Si supieras que afuera de la casa,
atado a la orilla del puerto quebrado,
hay un río quemante
como las aceras.

Que cuando toca la tierra
es como un desierto al derrumbarse
y trae hierba encendida
para que ascienda por las paredes,
aunque te des a creer
que el muro perturbado por las enredaderas
es milagro de la humedad
y no de la ceniza del agua.

Si supieras
que el río no es de agua
y no trae barcos
ni maderos,
sólo pequeñas algas
crecidas en el pecho
de hombres dormidos.

Si supieras que ese río corre
y que es como nosotros
o como todo lo que tarde o temprano
tiene que hundirse en la tierra.

Tú no sabes,
pero yo alguna vez lo he visto
hace parte de las cosas
que cuando se están yendo
parece que se quedan.

No era difícil imaginar que en otra vida pudo haber llegado a ser una gran poetisa, pero ahora su único público eran los filosóficos monstruos que se deleitaban con su talento y sus ocasionales pasajeros.

La reina vampiro estaba asombrada por lo que acababa de escuchar, desde hace tiempo que la conoce de la panadería que tenía junto a su padre, debido al entonces fallido negocio de trasladar gente por el río Dusa, solían jugar juntas cuando niñas pero desde que Marceline decidió vivir lejos de la Nocheosfera era muy raro que ella la viera, aunque seguían en contacto ya fuese por una ocasional visita o un concierto.

— Has practicado, ¿verdad? — pregunto Marceline a su capitana, con una sonrisa.

— ¿T-te gustó? — Andrea preguntó temerosa y con un rubor en su rostro.

— Me encantó — esto hizo sonrojar a la barquera aún más.

— Oh, mira, ya llegamos — Andrea le indicó el puerto que se acercaba lentamente hacia ellas. Al llegar a él, ambas bajaron de la barcaza en un clásico muelle de madera que guiaba, con la ayuda de algunas antorchas, el camino hacia la principal ciudad de la Nocheosfera.

— Gracias, Andrea — Marceline procedió a darle un fuerte abrazo que tomó por sorpresa a la veladora.

— P-por nada — tartamudeó, mientras la abrazaba de vuelta —. Suerte con tu padre — le dijo luego de separarse.

— ¿Adónde vas? — preguntó la vampira al verla descender por los escalones del muelle que daban directamente a un banco de arena —. Solo iré a hacer algo, nos vemos.

Andrea se despidió con un gesto de la mano mientras se dirigía a la playa, Marceline, sin embargo, decidió quedarse a observar lo que su amiga hacia. Ella al llegar a un punto lejano de donde estaban comenzó a cavar con sus pequeñas manos en la arena un diminuto hoyo donde colocó los restos del hada que aceptó como pago para cruzar.

Hecho esto, tomó el libro de poesía que estaba leyendo, se puso de rodillas frente a la tumba improvisada, y comenzó a leerle algunos poemas que la vampira no podía escuchar.

— Ahora me siento culpable por el hada — dijo la reina vampiro antes de comenzar a flotar por la boca de la cueva hacia su destino.

Sólo fue necesario flotar en línea recta unos cuantos metros para que el paisaje oscuro y húmedo de la cueva fuera bruscamente cambiado por un ambiente de fuego y cenizas que ofrecía un mundo de locura habitado únicamente por demonios.

La Reina vampiro ignoro cada detalle de ese mundo y se enfocó únicamente en llegar a la casa en la que alguna vez habitó junto a sus padres, decidió evitar la fila de incontables bestias que visitaban a su padre, que de igual manera no serian atendidos; a no ser que un letrero de "Fui a almorzar, vuelvo en 20 minutos" les cumpliera lo que necesitaban. Así que ella se dirigió por el camino de detrás del escenario, donde estaba una nube negra que servía de trono, hacia la cocina de la casa de su padre.

Una vez ahí, se encontró con su padre, quien estaba en ropa interior comiendo un enorme sándwich que estaba sobre la mesa, ella de inmediato se cubrió los ojos, avergonzada.

— ¡Papa! ¡Ponte algo de ropa!

Él puso su bocadillo en su plato y respondió.

— Pero, cariño, no son horas de trabajo. No puedes decirme que usar.

— Uhh… papá... — Marceline balbuceó, aún avergonzada como para mirarlo.

— De todas formas, ¿Qué te trae a la Nocheosfera? No creo que sean regaños.

La pregunta eliminó la vergüenza de la vampira, lo suficiente como para tomar asiento junto a él y hablarle de frente sin la necesidad de cubrir su vista.

— Papa… necesito tu ayuda…