— Falta poco, Jake, resiste — Marceline le decía al inconsciente perro mágico que descansaba en sus brazos, hace unos minutos que habían salido de la cueva en la que vivía la vampira por una enorme abertura. El par volaba sobre un sendero de destrucción guiándolos al Dulce Reino y seguramente con el responsable.
En el fondo del camino había arboles aplastados y rocas pulverizadas. Cualquier cosa que lo haya hecho seguramente pesaba más de una tonelada porque todo parecía irreparable desde la distancia en la que estaban. Siguiendo por ese sendero la Reina vampiro notó algo extraño… el resto del bosque estaba intacto, es decir, el rastro se detenía por completo. Al ver esto, Marceline bajó a toda velocidad en el punto donde acababa, con la esperanza de encontrarse a su amigo, dejó a la mascota sobre una roca, aun inmóvil pero vivo, mientras ella buscaba en los alrededores alguna señal que le indicase dónde estaba el presunto culpable.
— ¡Finn! ¿¡Estás aquí!? — Marceline trató de ser discreta pero no pudo evitar repetir la oración por todo el bosque, por si acaso él podía escucharla. Buscó y buscó, pero tras varios minutos incluso con sus sentidos mejorados fue inútil seguir intentando. Un gruñido captó su atención, esperando que se tratase del monstruo de antes tomó su hacha lista para atacar, para su sorpresa se trataba del perro gimiendo a causa de las heridas y probablemente las que ya tenía ya habían sido reabiertas.
La búsqueda de Finn era la prioridad de Marceline pero no podía dejar a su hermano sin atención médica, así que resignada regresó su arma de vuelta a su lugar y volvió a cargar al perro para llevarlo cuanto antes a que recibiera el cuidado que necesitaba. La vampira, antes de partir, buscó con su vista en los alrededores por el paradero del humano, luego el gemido volvió, haciéndola reaccionar para que se fuera cuanto antes.
— Finn sé que estás por aquí, vendré pronto por ti — ella murmuró, y dicho esto, voló lejos en dirección al Dulce Reino.
— Dulce Princesa ¿Qué vamos a hacer? — preguntó el mayordomo Mentita, con una expresión de pánico en el rostro, la gobernante estaba en su laboratorio haciendo experimentos con algunas muestras que tomó de los habitantes del reino. Frotó sus sienes, tratando de hacer que su dolor de cabeza de desvaneciera.
— No lo sé… — dijo estresada — ¿ya reunieron a todos los afectados? — El mayordomo sólo asintió, dándole la respuesta que buscaba.
—. Muy bien… — suspiró la princesa y quitándose los lentes que llevaba puestos se levantó y tomó una llave del cajón de su derecha —. Por favor, asegúrate de que estén en cautiverio, al menos hasta que resolvamos esto.
Ella le entregó la llave a él, y aunque era una acción un tanto extrema, Mentita confiaba en el juicio de la Princesa.
— A sus órdenes, majestad — la menta hizo una reverencia y salió de la habitación.
Cuando su fiel amigo la dejó, la gobernante del Dulce Reino se permitió desplomarse sobre la silla más cercana, en verdad había sido una noche agotadora y el trabajo empezó de inmediato al ser llamada de emergencia de la conferencia donde estaba. Las labores de construcción y unos cuantos heridos eran problemas fáciles de resolver pero ahora las cosas se habían complicado desde que descubrieron ciertos patrones en las heridas de la Dulce gente.
— Esto es peor que zombis — murmuraba entre dientes. En sí eran la misma situación: una epidemia que amenazaba con acabar con todos y todo. Pero había una enorme diferencia entre ellas… el tiempo, la enfermedad zombi les dio un límite para actuar pero ahora el reloj corría demasiado rápido para su gusto. Dio un profundo respiro, intentando aclarar sus ideas, cuando de pronto la ventana del laboratorio se hizo añicos y un par de presencias pasaron a través del marco vacio, se trataba de una hiperventilada Reina de los vampiros y un rechoncho e inconsciente perro mágico..
— ¡¿Marceline, pero qué-?! — la Dulce Princesa se levanto rápidamente eliminando su cansancio a causa de la sorpresa y comenzó a reclamarle hasta que la vampira extendió sus manos mostrándole a un lastimado Jake. Ella entendió lo que aún no le habían dicho. Además, sus quejas podían esperar un momento
— ¡Mentita! — gritó la Princesa y de inmediato se apareció el dulce de menta que hacía de mayordomo.
— A sus órdenes — respondió cual soldado saludando a su general, la gobernante tomó a la mascota de su lugar de reposo y se lo entregó a su fiel sirviente.
— Llévalo con la Dra. Princesa, deprisa — dijo tranquilamente en un tono semi-amargo. El mayordomo sostuvo al perro sobre su cabeza y se excuso a sí mismo, no sin antes decir
— A la orden —fue todo lo que contestó.
Ambas vieron como la menta gigante cargaba al perro por el pasillo hasta perderse en una de las esquinas, viendo que estaban solas la Princesa dio la vuelta para encarar a la vampira lista para reclamarle lo de la ventana, pero debía mantener la compostura.
— ¿Gustas una cereza? — preguntó, señalando el enorme bol repleto de aquellos frutos rojos de los cuales Marceline disfruta robarles la sombra color rojo.
— Claro, Bonnie — la vampiresa pensó en decirle que no, que tenía cosas más importantes por hacer, pero la noche había sido una locura así que accedió a su invitación. Ese nombre fue dicho en un involuntario intento de molestarla, la vampira también reposó la pesada hacha sobre la pared y se dispuso a devorar el sombreado de cada cereza.
La futura reina no pudo evitar dejar a salir un suspiro, mas esta vez causado por la vampira quien dejaba las cerezas, ahora de color gris ceniza, distribuidas por toda la mesa. Cuando sólo quedaron los restos insípidos de las frutas, la Dulce Princesa decidió tomar una silla y ocupar un lugar en la mesa.
— Marceline… — le llamo por su nombre completo para que le pusiera la debida atención, al voltear en su dirección, la vampira notó como la seriedad, la concentración, y el cansancio se mezclaron en su joven y azucarado ser, por algún motivo que ella aun desconocía —. ¿Dónde está Finn?
La pregunta fue como una lluvia de rocas recordándole una situación que trataba de evadir con su merienda.
— Lo busque por todas partes, pero… — antes de terminar su respuesta, una persona hecha de dulce les interrumpió, era la enfermera Pastelillo quien entró agitando los brazos y gritando como si el mundo fuera a terminarse otra vez.
— ¡PRINCESA! ¡PRINCESA! — corrió con su cuerpo de forma rectangular, cargando una tablilla de registros médicos para la princesa. Al recibirla, la gobernante de todos los dulces comenzó a leerla atentamente, olvidando la conversación previa con su inmortal amiga. Al llegar al final del escrito su expresión cambio a una de horror.
— ¿E-e-están seguros de esto? — preguntó, y aunque tenía una de las mentes más privilegiadas en todo Ooo ella no estaba preparada para procesar la respuesta que se le fue dada con un temeroso movimiento de cabeza por parte del pastelillo.
Sus movimientos asemejaban a los de un reflejo, ya que al serle otorgada la respuesta a su interrogante, se levantó y atravesó por la misma puerta que la enfermera y el mayordomo habían usado, Marceline consideró en dejar el lugar e ir a buscar al humano pero una mano se lo impidió
— Creo que deberías ver esto — le dijo la enfermera Pastelillo, quien la guiaba hacia la puerta.
La vampira tuvo que dejarla hacerlo si es quería saber qué sucedió en el Dulce Reino. Caminaron a través de uno de los múltiples pasadizos que tenía el castillo, al cruzar por un túnel que terminaba en una enorme mazmorra allí podía observarse muy bien la situación, causante del estrés de la Princesa: el lugar era bastante grande, afectado por años de humedad acumulada y un lugar helado, en el sentido figurativo de la palabra. Había camillas utilizadas por la Dulce gente, quienes tenían una especie de salpullido brotándoles de partes al azar de sus acaramelados cuerpos además, de estar atados con correas de regaliz para evitar su escape.
Aunque pudieran destrozar sus ataduras, el lugar estaba protegido por barras hechas de metal de acero, por lo que las únicas salidas eran por donde ellas entraron, o si tenían la llave del lugar. Al ver más de cerca a los afligidos dulces, Marceline pudo ver la conexión entre ellos y lo que le sucedía a Finn, aunque estos no se habían convertido en monstruos todavía.
— ¡Resiste! ¡Resiste! — esa era la voz de la Dulce Princesa la cual provenía de detrás de una cortina al final de la mazmorra. Al escucharla, Marceline flotó a toda velocidad para ayudarle en lo que sucediera.
Después de abrir la cortina, se encontró con un Pan de Canela en un estado avanzado de la enfermedad, tratando de romper sus correas. Estaba rodeado por todo el personal que estaba disponible y este los mandaba a volar con la poca fuerza que le era permitida. La Princesa estaba a un lado del endemoniado panqué, tratando de inyectarle un sedante pero sus bruscos movimientos le impedían lograrlo. La vampira voló por encima de la bestia y al llegar a tocar el techo se impulsó hacia la dulce e infectada persona, propinándole un golpe lo suficientemente fuerte como para romper los soportes de la camilla y hundirla un par de centímetros en el suelo. Este acto hizo que el pan se perdiera el conocimiento, y ella no tardo en alardearlo.
— ¿Crees que tu agujita hubiera hecho lo mismo, Princesa? — Bonnibel hizo un puchero en respuesta, no estaba contenta con las acciones de su amiga, además de estar demasiado agotada tanto física como mentalmente como para hacer algo más.
— Guarda esto, puede que lo necesitemos después — le dijo a la enfermera más cercana dándole la inyección. Luego dio una orden más para que las dejaran solas y fueran a ayudar a los pacientes.
— Un día agitado, ¿no Bonnie?
— Y que lo digas…— la princesa se arrodilló a un lado del inconsciente paciente y comenzó a acariciar al hinchado panqué —. No sé qué está pasando... ¿dónde estabas cuando esto sucedió, Marcie? — Dijo con un deje de tristeza, después de todo, se enfrentaba a algo desconocido y que parecía no tener explicación, era de suponerse que se sintiera desesperada al no poder ayudar a sus súbditos.
— Bonnibel... — Marceline no sabía qué decirle a su amiga sobre cómo ayudarlos pero al menos podría explicarle que sucedía, y así fue cómo empezó a hablarle sobre la enfermedad causada por el virus Eureka, así como sus efectos en los humanos.
— Pero, cómo pudo afectar eso a la dulce, aún no lo entiendo — Marceline admitió, ya que la dulce gente no eran humanos y por lo tanto no podían afectarles al igual que a Finn.
La Princesa pensó en esto y llegó a una conclusión.
— Mmm... sabes, hay una teoría después de la guerra, que dice que algunos humanos sobrevivieron y mutaron en lo que hoy en día es la Dulce gente... o al menos eso nos daría una explicación de por qué reaccionó así el pobre Pan de Canela.
Era una teoría aceptable, la Dulce gente tenía un origen misterioso, como cada creatura en Ooo, así que era de suponerse que los humanos no se hayan extinguido del todo y que tuvieron que adaptarse al nuevo mundo. Aunque convertirse en dulces parlantes era una extraña manera de hacerlo.
— Esto era lo que quería mostrarte desde un principio Marcie…— la Princesa todavía seguía al lado de su paciente, observándolo y diferenciando las facciones normales de las demoniacas —. Supongo que mi mensaje no te llego — rió de forma pensativa, pues no tenía mucha gracia el momento y menos aún la situación.
— Lo lamento Bonnie… de haber sabido algo yo-
— No es necesario culparse de algo que ya sucedió —le interrumpió —. Además, estás aquí y eso es lo que importa — un ser sobrenatural como la reina de los vampiros seguro seria un considerable punto a su favor, pero había un inconveniente…
— Bonnibel… — el tono de remordimiento que indicaba algo pronto a suceder era emanado por cada una de sus palabras —. Tengo que ir a buscar a Finn…
La Princesa apenas pudo mantenerse calmada tras escuchar estas palabras, agradézcanle a la privación del descanso.
— ¡¿Qué?! ¡Pero necesitamos tu ayuda AQUÍ! — exclamó la princesa débilmente, la vampira sólo pudo alzar los brazos en su defensa.
— Lo sé y de verdad lo lamento pero… tengo que encontrarlo antes de que haga algo de lo que se arrepienta…
Esas palabras hicieron que ambas recordaran a Jake, quien se encontraba en una de las camas de los pisos superiores, siendo atendido por la Dr. Princesa al igual que los demás pacientes que no mostraron heridas o síntomas lo suficientemente graves como para ser llevados a esta celda/hospital.
Desde ahí no hubo más reclamos por parte de la pelirrosa pero dijo unas últimas palabras antes de dejar ir a su amiga a buscar al humano.
— Regresa pronto, por favor… y lleva una chaqueta, hace mucho sol.
Los tragaluces de la mazmorra dejaban pasar algunos rayos ultravioletas peligrosamente cerca de la vampira, sin que ella lo notara. Evadió cada uno de ellos, flotando a los lados para llegar a donde estaban la Princesa hecha de goma de mascar y el panque monstruoso.
— No tardare… — la vampira mostró una acolmillada sonrisa antes de flotar a toda velocidad hacia la habitación en que se encontraba hace unos momentos. Por lo general había toneladas de ropa y vestidos lujosos esparcidos por todo el castillo, así que no sería problema tomar algo que le ayudase a sobrevivir bajo el intenso sol, ya que el conjunto que llevaba puesto se lo impediría. Descarto el suéter tejido con patrones de rayas negras y rojas y lo colocó sobre un sillón de algodón de azúcar, cambiándolo momentáneamente por una sudadera con capucha coloreada por un magenta suave.
— Esto servirá… — dijo analizando una cuarta vez su elección. Prefería colores un poco mas fríos que los que cualquier sastrería del Reino pudiera ofrecer pero tendría que bastar si quería aguantar los rayos del sol.
Abrió las ventanas de caramelo recibiendo algunos rayos en su rostro, ella siseó de inmediato, ocultándose mientras que los pequeños abscesos provocados por la interacción entre su vampirismo y la luz se desvanecían, tomó un par de guantes de cocina para protegerse las manos antes de salir por completo para en busca de su amigo.
Pasó cada minuto, desde el alba hasta que casi se perdieron los rayos de sol en el horizonte durante la tarde, buscando al evasivo rastro que había dejado el humano, pero era una tarea imposible, incluso para sus sentidos mejorados. Así que ella se sentó sobre una roca que de alguna forma señalaba el último paso en el que la bestia que había destruido una parte del bosque. La vampira comenzó a succionar el color rojo de algunas bayas que recogió para el almuerzo mientras reflexionaba sobre la situación actual.
Era imposible que muchas cosas escaparan de ella y en verdad le sorprendía que algo así pasara, esto se sumó con su preocupación haciendo que el bocadillo le supiera amargo al salpicarle su paladar mientras hacia el viaje por los colmillos.
— Finn…— dijo rendida por los esfuerzos que hizo, ahora su mente le obligaba a imaginarse terribles escenarios sobre el porqué de su desaparición. Ella había formado su reputación de temeraria y demonio chupasangre — aunque no fuera técnicamente cierto— en toda tierra que habitaba, y el hecho de que una triste lágrima recorriera el trayecto desde su origen hasta perderse en algún lugar de la sudadera no le ayudaba a mantenerla, pero incluso un inmortal merecía expresar sus sentimientos de vez en cuando.
— Estás pesada… sabes…
La voz juvenil pero rasposa logró que ella se detuviera antes de que llorara, Marceline desvió la mirada hacia el origen de la voz, encontrándose con una dorada cabellera entre la mezclilla de la que estaban hechos sus jeans. Flotó y bajó lo suficiente como para encontrarse cara a cara con un rostro que conocía desde que este tenía doce años. Una gruesa capa de roca cubría todo su cuerpo, excepto por la cara, aunque seguía teniendo algunos guijarros protuberando sobre la mejilla. La vampira inmediatamente sostuvo su rostro, reduciendo las posibilidades de que se tratara de alguna ilusión.
— Deberías dejar las cosas… rojas por un tiempo… estás ganando peso — la sonrisa de oreja a oreja identificó al humano inmediatamente, haciendo que la vampira llorara pero esta vez de alegría.
