— ¡¿Qué pasó?! — gritó la Dulce Princesa, acercándose a una de las enfermeras que estaba cerca de ella.

— Fue el Pan de Canela, su majestad — contestó adolorida por un golpe sufrido en su esponjosa cabeza —. Despertó y comenzó a destrozarlo todo.

Esto último resulto ser cierto, ya que en los alrededores estaban equipos médicos destrozados, al igual que otras enfermeras y un doctor, quienes tenían enormes mordidas en distintas partes del cuerpo. El culpable había abandonado la cama sumida en el suelo para ahora causar destrozos en los alrededores. Lo extraño era que después de dejar inconscientes a los del personal no se supo nada más de la bestia, se esperaban gruñidos de advertencia o más destrozos pero sólo hubo un silencio que era interrumpido por los gemidos de enfermos y heridos. Esto le preocupaba a la Dulce Princesa pero tenía que mantener la calma.

— Muy bien… asegura en unas camillas a los que hayan sido mordidos y lleva a los heridos arriba para que-

Un grito de detrás de la cortinilla la interrumpió, al correrla pudo ver como dos de los pacientes que habían sido asegurados rompieron sus correas y mordieron a una de las enfermeras hechas con forma de Pastelillo. Esta gritaba mientras la Dulce gente infectada trataba de devorarla, sólo para luego ser detenidos por el mayordomo Mentita, quien con solo un par de golpes logró dejarlos inconscientes.

— ¿Estás bien? — pregunto el dulce de menta mientras ayudaba a la enfermera a ponerse de pie.

— Creo que sí, sólo son unos pequeños mordiscos.

Las marcas de mordidas estaban por todo el cuerpo de la enfermera, Mentita vio esto y con un golpe en el equivalente de su nuca noqueó a la enfermera e hizo que esta reposara sobre una de las camas vacías.

— Lo siento — dijo mientras aseguraba las correas en pies y manos.

— Mentita, ¿Qué haces? — la princesa dio las órdenes a la enfermera antes de acercarse a ver lo sucedido.

— No podremos contenerlos a todos por más tiempo, su majestad — Bonnibel no quería admitirlo pero él tenía razón, después de que Marceline se había ido en busca de Finn, la Dulce gente comenzó a inquietarse cada vez más. En sí no sucedió nada grave en su ausencia, más allá de uno o dos pacientes tratando de escapar, la situación estaba bajo control. O al menos lo estaba hasta que el Pan de Canela escapó —. Déjeme llevarla a un lugar más seguro alteza — dijo Mentita con seriedad, tal vez era momento de abandonar el lugar y dejar a la Dulce gente a su suerte. Tal vez era así pero la Princesa no quería hacerlo.

— No puedo dejar a mis súbditos en un momento así — respondió frustrada y un tanto molesta por la sugerencia.

— Sé que es difícil hacerlo pero piénselo bien, no hará ningún bien quedándose aquí para ser infectada — esto dejo muda a la pelirrosada gobernante, era en verdad peligroso quedarse en esa mazmorra con el resto de los infectados. Su naturaleza amable y bondadosa le impedía irse aunque su mente racional llevaba horas diciéndole que debía retirarse.

Aunque después de que un gruñido se escuchara desde el techo del lugar no hubo más tiempo para analizar la situación y antes que cualquiera de los dos pudiera reaccionar, un Pan de Canela en un estado avanzado de la enfermedad aterrizó enfrente de ellos.

Ya no se trataba del amigable y tontorrón ciudadano del Dulce Reino sino de una demoniaca parodia de su antiguo ser, los ojos brillaban con un rojo sobrenatural al ver a dos presas tan de cerca y la saliva que chorreaba daba un aspecto terrorífico a los colmillos recién formados.

Sin titubear, el transformado dulce dio un zarpazo con una de las enormes garras, que ahora tenía, en la dirección del mayordomo e hizo que éste se estrellara contra una de las paredes, no sin antes chocar con las camillas que se le atravesaban. Cuando estaba a punto de acertar el otro golpe en la Princesa esta ya no estaba y ahora corría en dirección de una de las mesas adjuntas al lugar donde sometieron al Pan de Canela.

Este último no tardó en perseguirla y aunque la gobernante tenia extremo cuidado en evitar golpear o herir a los enfermos en su camino a la bestia no le importó apartarlos a la fuerza o incluso aplastar a aquellos que no vio a tiempo. El pan estuvo a punto de alcanzarla pero para fortuna de la pelirrosa él tropezó unos instantes antes de que su mano lograra tocarle un solo pelo.

Ella aprovechó esto para llegar a la mesa donde estaban un par de armas de su invención: una pistola de rayos, y el inestable Ball Blam Burglar Blurber o 4B para abreviar.

— No quiero hacerte daño, Pan de Canela, por favor no me obligues a disparar — dijo mientras le apuntaba a lo que quedaba de su amigo con la segunda opción.

La bestia parecía no entender una palabra de lo que ella dijo pero logró deducir que estaba en peligro una vez que vio el arma lista para disparar. La princesa daba respiros fuertes, una clara señal de lo nerviosa que se encontraba al tener que decidir si disparaba o no en contra del monstruo quien tan solo en un día se había convertido en una pesadilla andante.

Él se acercó paso a paso a la Princesa con una aparente docilidad ocultando los afilados dientes. Debido a este acto la Princesa bajó el arma, ya que se parecía al bobo bocadillo de pastelería que ella y todos en el reino conocían. Ahora él se encontraba lo suficientemente cerca de ella como para ver los estragos causados por el virus que no tenia nombre todavía y lo lastimero que lucía a causa del mismo.

Lo primero que pensó fue en hacerle un sándwich puesto que era la comida favorita del Pan y ver si se sentiría mejor con una palmadita en la cabeza. Así que extendió su mano para tratar de darle una.

— Todo estará bien — murmuró mientras acercaba sus temblorosos dedos para hacer contacto.

La máscara que la bestia uso se perdió al ver este acto de amabilidad, probablemente al ver los dedos acercándose su instinto lo obligo a recordar que debía alimentarse. Antes de que lograra robar una mordida al manjar enfrente de él un fuerte hormigueo en su cuerpo lo detuvo seguido de un potente shock, era la pistola de rayos que estaba en la mesa la que le causo dicho efecto.

La princesa cambió el arma y haló del gatillo mientras el Pan era distraído por su hambre, una jugada audaz por parte de la princesa que de igual manera se sentía terrible por tener que inmovilizarlo, y para poder soportar la decisión se recordaba a sí misma que dispararle un rayo era mejor que pulverizarlo con el 4B.

Mientras ella observaba cómo yacía el Pan de Canela, o lo que fuera ahora, Mentita se acercó sosteniendo su hombro izquierdo sin mostrar dolor por la posible fractura y exclamó:

— ¿Lo ve, princesa? Tuvo suerte ahora pero la próxima tal vez no lo logre. Es por eso que debo llevarla a un lugar seguro.

Bonnibel registró cada palabra pero sólo se quedó ahí, inmóvil y aún apuntando con la extravagante arma al calcinado recipiente de la enfermedad. Era necesario retirarse e investigar desde el exterior el origen de la enfermedad o al menos amurallarse en un lugar seguro para buscar una cura al igual que con los zombis.

— De acuerdo, pero antes de irnos reúne a todos los que no estén infectados y llévalos arriba —las palabras no eran fáciles de pronunciar pero de alguna manera logró pronunciarlas exactamente como las había pensado. Cuando la menta comenzó a correr otro grito pudo ser escuchado, se trataba de una enfermera siendo sometida por cinco pacientes libres a causa del exabrupto anterior.

A partir de ahí más y más infectados rompían sus esposas, si es que algunos ya estaban libres, y atacaban a quien tuvieran cerca. Al ver esto el mayordomo se colocó enfrente de la princesa para así defenderla.

— Mentita te dije que… — ella comenzó pero dejó la frase sin terminar una vez que el mayordomo dio una patada acrobática que hizo retroceder a una rosquilla demente.

— ¡Tenemos que irnos de aquí Princesa!

La sugerencia tardó unos segundos en atravesar la gruesa pared que la culpa había creado por decidir dejar a sus súbditos a su suerte en esa horrible mazmorra, pero no podía ayudarlos a escapar en este momento, sólo podía orar por su seguridad y ayudarlos desde el exterior.

Ella no pudo evitar mirar una última vez hacia atrás esperando ver a alguno de los doctores o enfermeras en busca de una sensación de alivio por su momentáneo bienestar, en lugar de eso vio cómo los infectados se reunían en pequeños grupos dispersos por todo el lugar. Era algo cruel, algo salvaje, incluso parecía que lo hacían a propósito, que algún retorcido sentido del humor fue despertado con la enfermedad. Pero no había tiempo que perder, ella tenía que seguir corriendo con Mentita guiando el camino y golpeando a quien estuviera en su camino.

La carrera hacia la salida pareció más larga de lo que en verdad era, aunque llegaron en tiempo record. La princesa llevó consigo las dos armas que estaban en la mesa, lista para paralizar nuevamente a algún atacante, aunque tendría problemas para pulverizar a alguien con la otra arma.

Una vez en la puerta la princesa le entregó el arma de rayos a Mentita mientras ella buscaba entre un manojo de llaves la que abriría la cerradura, mientras hacía esto el mayordomo disparó el arma de largo alcance varias veces, dispersando a los atacantes que se acercaban cada vez más.

— Creo que ésta es… — dijo la princesa probando con la última de las llaves.

Pronto se escuchó un clic confirmando lo que dijo la gobernante, quien abrió la pesada puerta de dulce de acero y esperó a su compañero del otro lado, sin molestarse en tomar las llaves de vuelta. Éste aún disparaba frenéticamente el arma a la multitud que se estaba acumulando.

— ¡Rápido, Mentita! — gritó la princesa desde el otro lado de la reja que aún seguía abierta esperando a que pasara la última persona.

El grito pareció dar resultado y la menta tiró el arma al suelo, la princesa pensó que el mayordomo la seguiría pero en lugar de eso tomó el juego de llaves del suelo y volvió a cerrar la puerta.

— ¡Mentita, ¿Qué estás haciendo?! — grito la princesa, tratando de abrir la pesada puerta sólo con sus manos pero fallando en cada intento.

— Estoy deteniéndolos, su majestad, usted salga de aquí, yo encontraré otra forma de seguirla — Mentita dijo tranquilamente mientras arrojaba las llaves en dirección a la horda de infectados. La princesa no supo que decirle a su fiel amigo, sólo podía hacer dos cosas quedarse a observar o respetar sus deseos e irse a algún lugar seguro a planear su siguiente movimiento.

— Ten cuidado — ella advirtió antes de retirarse con el 4B en mano y dejando a Mentita atrás para que el detuviera a los monstruos que se deformaban exponencialmente. Al frente de ellos se encontraba un recuperado Pan de Canela que actuaba como el macho alfa de la manada.

— ¿No necesitas eso? — preguntó con una voz monstruosa, apenas entendible, refiriéndose claramente al arma de rayos que estaba a los pies del mayordomo.

Él ladeo la cabeza para observar el arma, la cual luego pisó e hizo añicos sin pensarlo dos veces. Una luz sobrenatural, casi igual que la de los infectados, excepto que más brillante, iluminó los ojos de Mentita y mientras sonreía dijo casi en el mismo tono de su enemigo.

— Ustedes son los que la necesitaban — y dicho esto se abalanzó hacia ellos con una sorprendente velocidad.

En la planta alta del castillo la princesa revisaba sus notas de manera frenética en busca de algún indicio que le ayudara a descifrar el misterioso virus y así una cura. Antes de subir dio órdenes a la Dra. Princesa y al personal en el pabellón de heridos de clausurar el lugar y atrincherarse ahí hasta nuevo aviso, además de garantizar la seguridad de Jake, quien aún se encontraba malherido.

Desde horas tempranas del día, la princesa había hecho varios sueros para contrarrestar la enfermedad, sólo faltaba que fueran probados. Se sentó en una de las sillas de su habitación junto con dos inyecciones frente a ella: una tenía un líquido claro y cristalino; la mejor opción del antídoto, y el otro era espeso y de un color gris; el virus.

— Tranquila, recuerda que esto puede salvar al Dulce Reino — se dijo así misma, tratando de aligerar su nerviosismo justo antes de tomar la jeringa que contenía el virus y la inyectara en su brazo izquierdo. El líquido se movía lentamente por la aguja y provocaba un inmenso dolor al ser introducido de esa forma al cuerpo.

No pasó ni un minuto y los síntomas del virus ya habían comenzado a ser visibles en su piel rosada. Así que rápidamente tomó la otra inyección y la aplicó de la misma manera. Esta no se sentía igual que la anterior pero tampoco causó un efecto en su condición, excepto fatiga. La princesa trato de mantenerse despierta lo más que pudo pero terminó por desplomarse en su cama. 'Tal vez si duermo un poco, el antídoto hará lo suyo' pensó antes de perder el conocimiento por completo, evitando así que pudiera ver las manchas negras propagándose en todo su cuerpo.