Disclaimer: La última vez que me vi en el espejo no era Rowling

Gracias a Misila (gracias por estar, como quien dice, al pie del cañón), a samj (que andaba perdida y ha vuelto, gracias por volver siempre), a lui nott. Con ustedes el décimo octavo capítulo de Herederos. ¡Cuántos son ya!

Fred Weasley II

Y de repente ella aparece.

Ya no tienes pensamiento para alguien más.

Debes conocerla. Debes saber su nombre.

Ella te mira. Te ha pillado mirándola.

Te ruborizas. Ella también. Ella no baja la mirada.

Te acercas.

De repente ya no es la tierra la que te sujeta,

Es ella la fuerza de gravedad de tu existencia.

Autor de este fic

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- Una cerveza, por favor, Leah.

- ¿Mal día? - le preguntó la rubia dejando la cerveza en el mostrador.

- Qué va - dijo Fred tomando la botella y llevándosela a los labios. Tomó un sorbo. Luego se quedó mirando a la nada - Ha sido una mala semana.

- Vaya, ¿y eso?

- Es… complicado.

- Creo que puedo entenderte.

- Umm… ¿en serio? Seguro tienes mejores cosas que hacer que escucharme.

Ella se encogió de hombros.

- Iba a salir con un sanador. Pero tiene turno doble en San Mungo, así que estoy libre. Habla, Fred te hará sentir mejor.

Pero Fred no dijo nada. No es que no confiara en Leah. Es que no se sentía cómodo contando sus problemas, nunca lo había hecho, y no lo iba a empezar a hacer. Tal vez debió haber ido con Riley o con algunos de sus primos, ellos le darían una palmadita en la espalda y le dirían: mañana será mejor. Pero ellos estaban ocupados en sus propias vidas felices, y a Fred no le gustaba interrumpir la felicidad de los demás. Por eso había acudido a la única amiga que sabía estaba libre. Por eso estaba en el Caldero Chorreante. Por eso había pedido una cerveza de mantequilla.

Leah Longbottom suspiró.

- ¿Sabes cuántos vienen al bar?

- ¿Muchos?

- ¡Millones! ¿Sabes cuántos de ellos cargan sus problemas?

- ¿Algunos?

- ¡Casi todos! ¿Sabes cuántos salen de aquí sintiéndose más livianos, más tranquilos, un poco más felices?

- ¿Casi todos?

- Sí. Tú no vas a ser ni el primero ni el último al que tengo que escuchar, Fred Weasley.

- ¿Sabes? Podrías abrir un consultorio. Psicomaga Leah Longbottom, 400 galeones la hora. Sería todo un éxito.

- Muy agudo. Tal vez lo piense. No me evadas, Fred.

- No lo hago.

- Si lo haces. Ahora cuéntame.

Fred suspiró.

- ¿No vas a dejarlo correr?

- No.

- Bien.

Pasados unos minutos de silencio, Leah renunció a la paciencia.

- ¿Y bien?

- ¿Me sirves otra cerveza?

Sin moverse, Leah puso otra botella enfrente de su pelirrojo amigo.

- Estoy esperando, Fred.

- ¿Te han dicho lo linda que te ves cuando te enfadas?

- Sí, tú me lo has dicho siempre. Fred.

- Ya, tú ganas. Terminé con Alexia.

- Oh.

Alexia Montgomery era la novia que más le había durado a Fred, casi un año, un record. Ahora, felizmente, era su ex novia.

- Qué elocuente - se burló Fred.

- ¿Qué quieres que te diga? - preguntó con indiferencia.

- Leah, no te hagas. Yo sé que no tragabas a Alexia. Es más, la detestabas. - Fred suspiró -. No sé quién de las tres la detestaba más: si mi madre, Roxie, o tú.

- Bueno, no te voy a negar que quiero dar saltos por todo el Caldero ante esa noticia, pero sé que no sería una buena amiga. Sé que amabas a Alexia... debes estar hecho polvo, Fred - dijo de forma comprensiva.

- En lo absoluto.

Leah parpadeó sorprendida.

- ¿A qué te refieres?

- No estoy hecho polvo, Leah.

- Fred, estuviste con ella, ¿cuánto?, ¿un año?

- Un año y medio.

- Exacto. No es posible que estés tan tranquilo después de haber cortado con Alexia.

- Yo no he dicho que estoy tranquilo.

- ¿Entonces?

- Estoy molesto. Muy molesto conmigo. Sabía que las cosas estaban malas entre nosotros. Sabía que ella empezaba a mostrarse cansada de mí, sabía que ya no respondía mis besos. Lo sabía, y aún así no hice nada. Me comporté como un cobarde.

- No eres un cobarde.

- Tienes razón, soy un idiota.

- ¡No! ¡Por supuesto que no! Escúchame bien, Fred. Eres Fred Weasley, el chico más bromista, divertido, comprensivo y adorable que he conocido. El chico que ama a sus padres, que ama y protege a su hermanita con locura, que ama al resto de su familia, que ama a sus amigos. Eres el chico por el que muchas tías suspiran, eres el ídolo que muchos quieren ser, y eres el mejor amigo que puede existir. No eres un cobarde y tampoco eres un idiota.

Entonces Fred explotó:

- ¡Se estaba acostando con otro en frente de mis narices!

- Baja la voz.

- Los vi, Leah. Fui a la casa de Alexia porque hace mucho tiempo que no la veía, quería verla, había reservado en Picadillis, le había comprado unas flores… Esperaba sorprenderla, ¡y el sorprendido fui yo! ¡Yo solito!

- He dicho que bajes la voz. No es tu culpa. Escúchame, por favor. No es tu culpa si ella no valorizó lo que tenía a su lado. No es tu culpa si ella quiso estar con otro. Es culpa de ella, Fred, es culpa de Alexia.

- No me importa quién tiene la culpa, Leah. No me importa. La amaba. ¡La sigo amando! ¿Me oyes, Alexia? ¡Aún te sigo amando!

- Fred, por favor. Ahí al lado hay un periodista del Profeta…

- Me iba a casar con ella.

- ¿Qué?

Fred sacó una cajita de terciopelo. La abrió. Leah cerró los ojos al ver el hermoso anillo que podría haber convertido a Alexia Montgomery en Alexia Weasley. Ella creía que la relación entre Alexia y Fred no llegaba a tan alto compromiso.

- Se lo iba a pedir anoche, en el restaurante - continuó Fred mientras miraba el anillo -. Había imaginado el escenario. Las lujosas paredes del Picadillis, las mesas engalanadas, las flores, las copas de vino tinto… Había imaginado incluso su reacción: su sonrisa, sus hoyuelos, su emoción cuando me diera el sí… Estaba seguro que me daría el sí, tan seguro de eso… Supongo que ya no importa, ¿cierto?

Dejó el anillo en la mesa.

- Aléjalo de mi vista.

- ¿Qué?

- No quiero verlo. No quiero verlo y saber que fui un reverendo tonto. No quiero verlo y saber que todo fue una puta broma. Aléjalo de mí, Leah.

Leah tomó el anillo. Fred miró hacia un lado. Leah dudó y al final se lo guardó en el bolsillo de sus vaqueros.

- Sírveme otra cerveza, Leah.

Lo hizo. Fred se la tomó de un solo sorbo. El líquido le quemo la garganta y le ayudó a concentrar el dolor en esa parte del cuerpo.

- Dame otra.

- Fred, llevas tres cervezas de mantequilla.

- Quiero otra - dijo con voz ronca.

- Fred, por favor.

- Otra cerveza, Leah - bramó.

De reojo, Leah vio como el periodista del Profeta tomaba notas. Le sirvió otra cerveza a Fred. Fred se la tomó en dos tragos. Miró la botella.

- Detesto mi vida.

- No deberías. Tienes una vida maravillosa. Tienes una familia que te ama y que daría la vida por ti, tienes unos amigos magnífico y… y me tienes a mí...

Fred esbozó una sonrisa triste.

- Tal parece que eres la única chica, aparte de las de mi familia, que he podido conservar por más tiempo - dijo con voz ronca.

Fred apoyó la cabeza en la mesa de la barra.

- Fred, mi madre todavía ha limpiado esa parte.

- No importa.

- Fred…

- El amor es una mierda.

Entonces cerró los ojos y pareció dormir. Leah lanzó un gemido. Se inclinó y le acarició los cabellos, con cautela, con cuidado para que no se despierte. Dormido parecía realmente adorable, un ángel. Un ángel de tez oscura que parecía atormentado por el amor. Sonrió y besó la nuca de Fred.

- Me parece, cariño, que deberíamos llevarlo a su casa.

Leah volteó. Hanan Longbottom la miraba comprensivamente. Leah se preguntó cuánto había escuchado su madre.

- Eh… sí, supongo que sí.

- Te acompaño.

Entre las dos llevaron a Fred a la trastienda del bar. Hanan cerró los ojos, se concentró y los llevó a la puerta de la casa de Fred. Leah tocó la puerta. Abrió una adormilada Angelina Weasley, que se despertó totalmente al ver a su hijo entre los brazos de las dos mueres. Entre las tres llevaron a Fred adentro. Luego Leah cerró la puerta.

- Gracias por traerlo.

- No hay de qué, Angie - dijo Hanan.

- Tomó algunos tragos, cuatro cervezas que yo le di y quién sabe si tomó antes de ir al Caldero. Probablemente mañana amanezca con resaca.

- Lo más seguro. ¿Qué fue lo que pasó?

- Terminó con Alexia.

- Enhorabuena. Aunque ahora esté así, espero que pronto se dé cuenta que con esa chica nunca hubiera tenido futuro. Son como el agua y el aceite. Él es divertido, bromista y despreocupado, ella es la madre de los conflictos y problemas. Fred necesita una chica que le ponga los pies en la tierra de vez en cuando, no que lo abrume con tonterías. Así que me alegro que hayan terminado.

- Yo también - dijo Leah, y al instante se dio cuenta del error que había cometido.

Las dos mujeres la miraron con una sonrisa de complicidad.

- Espera sólo un poco más, pronto se dará cuenta que eres la mujer de su vida - dijo Angie.

- Creo… creo que ya nos tenemos que ir.

- Ajá - dijo Hanan.

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A la mañana siguiente, Leah se despertó por el picoteo de la lechuza. Adormilada, se levantó y abrió la ventana. Luego pagó a la lechuza y tomó el periódico. Acto seguido abrió mucho los ojos. El titular rezaba:

Fred Weasley al fin encuentra el amor

Y debajo de este, había una foto de Frred acostado sobre la barra y ella inclinada sobre él.

La foto se veía tan tierna, tan hermosa, tan llena de sentimientos… A Leah se le salieron las lágrimas. Ella sentía muchas cosas por él, pero jamás se lo había dicho, al menos para quitarse la duda. Leah estaba segura que Fred jamás le correspondería. Decidió leer la noticia:

Leanne Russell. Luego de varias relaciones fallidas, Fred Weasley al fin encuentra el amor. La afortunada es nada menos que su amiga de toda la vida, Leah Longbbottom. Leah es la hija de Neville y Hanan Longbottom, ambos héroes de guerra y amigos de la familia Weasley.

Hace dos días, Fred terminó con Alexia Montgomery, una chica que aunque no es linda - y sí muy presuntuosa - , se las arregló para atrapar al soltero de oro. Había planes de boda, pero la chica se volvió miope, y en lugar de agasajar a su futuro prometido, prefirió una incómoda y altamente preocupante sesión de besos en el asiento trasero de un coche azul marino. Dicho coche es propiedad de Liam Nesson, alias el amante de Alexia Montgomery.

Humillado, Fred Weasley acudió ayer en la noche, al Caldero Chorreante, propiedad de Hanan Longbottom, madre de la dichosa Leah Longbottom. Después de un par de cervezas, Leah acompañó a Fred a su casa, en donde permaneció hasta casi el amanecer de este día. Curiosamente, Leah Longbottom no es una bruja propiamente dicha, es una squib. ¿Qué dices a eso, Alexia Montgmery?

Al terminar de leer, Leah no tenía ganas de salir, ni ese día, ni mañana… o mejor aún, no quería salir en toda la semana. Gimió y se volvió a acostar.

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Unos toques en la puerta la despertaron. Parpadeó confundida y fue a abrir.

- Ya voy. Ya voy.

En la puerta le esperaba nada menos que Fred Weasley. Estaba duchado, afeitado, y lucía un inmejorable aspecto. Leah se esforzó en no suspirar.

- Hola, Leah.

- Hola… ¿Qué haces aquí?

- Ahora estoy herido.

- Lo siento. No quise sonar tan brusca.

- Está bien. Umm… ¿me dejas pasar? Hace frío.

- ¡NO! Eh… Sí, claro, por supuesto. Pasa.

Estaba malditamente nerviosa. Y no sabía el porqué. ¿Cuántas veces la había visitado Fred? Muchísimas y ella siempre lograba mantener la compostura.

- Lindo pijama.

Leah se ruborizó. Su pijama consistía en una vieja remera de uno de sus novios - ya no recordaba cuál - y unos desgastados shorts que le llegaban por encima de la rodilla. Fred se rió al ver su expresión.

- ¿Qué…? ¿Qué haces aquí?

- Creía que te gustaría que estuviese aquí. Somos amigos, ¿no?

- Riley también es tu amigo y no veo que lo visites a las diez de la noche. ¡Diez de la noche, Fred! ¿Qué haces aquí, y es serio?

- Detesto ser serio. Lo sabes.

- Fred.

- No vas a dejarlo correr, ¿verdad?

- No.

Fred suspiró. Se sentó en un sillón.

- Quería verte. Necesitaba verte - La miró. Leah se sentó en frente - Anoche estaba muy borracho, tienes razón en lo que le dijiste a mi madre, tomé otros tragos antes de ir al Caldero Chorreante. Necesitaba verte anoche y necesitaba verte hoy.

- ¿Por qué? - preguntó Leah en un susurro.

- No recuerdo nada de lo que dije anoche. Pero hay una cosa que no deja de darme vueltas.

- ¿Qué cosa?

- ¿Sabes que la paciencia es una virtud? - preguntó mientras esbozaba una sonrisa torcida.

- ¿Sabes que es de mala educación responder una pregunta con ora pregunta?

- ¿Sabes que realmente no me importa?

- ¿Sabes que sé que me estás haciendo hablar a mí para evadirte de lo que sea que tengas que decir?

- Touché.

- ¿Entonces?

- Anoche me di cuenta que siempre has sido mi amiga. Desde que éramos niños. ¿Recuerdas? Tú y tu hermana visitaban a menudo La Madriguera, tú jugabas cualquier cosa con nosotros mientras tu hermana se quedaba al lado de tu madre y se negaba a tratarnos. James te halaba las coletas, tú llorabas y yo siempre estaba ahí para consolarte y escucharte decir: James es un niño malo, o no Juego más con James. Pero siempre jugabas, incluso aunque no quisieras y estuvieras muy cansada, yo te decía que quería jugar contigo y tú ibas y me seguías.

Se quedaron en silencio recordando esos dulces momentos. Habían sido unos niños muy felices, muy unidos. Seguían siéndolo, a pesar de que Leah pensara que algo había cambiado en su relación.

- Luego entramos a Hogwarts. Tú estabas preocupada por no ir a Hufflepuff o a Gryffindor, y yo te tranquilice y te dije que todo estaría bien. Y en efecto, así fue, ¿no? Todo estuvo bien…

- Luego tú empezaste a salir con muchas chicas, y para no quedarme atrás yo también - intentó bromear.

- ¿Saliste con chicas?

- No, por supuesto que no. Tonto.

Fred se rió. Leah lo acompañó.

- A lo que me refiero es que siempre estuviste ahí para mí y yo siempre estuve ahí para ti. Tú eres la única chica que conservo después de tantos años. Tú, a diferencia de las demás, no me has abandonado, no me has traicionado…

Y nunca lo haré, pensó Leah.

- Yo al principio creí que serías una amiga tipo mi tía Hermione con mi tío Harry. Ella nunca lo abandonó, ella nunca lo traicionó, ella siempre lo apoyó. Creí que tú serías lo mismo…

- ¿Y? ¿Qué pasó?

Fred la miró directamente a los ojos. Leah se quedó encerrada en esos orbes azules.

- Me equivoqué - susurró.

Leah se dio cuenta que Fred estaba a sólo centímetros de su rostro.

- ¿Puedo besarte, Leah?

- ¿Por qué? - preguntó en un hilo de voz.

Fred sonrió.

- Quiero probar algo.

Leah no contestó. Asintió.

Primero fue un simple roce de labios. Un roce que hizo suspirar a Leah. Un roce que hizo que las tripas de Fred se pusieran a bailar el chachachá. Luego Leah abrió tímidamente los labios y el beso empezó de verdad.

Se separaron por falta de aire.

- Eso fue… - empezó Fred.

Leah le puso un dedo en los labios.

- No, no lo digas.

- Está bien. Siempre lo supe, ¿sabes? O lo intuí, al menos.

- ¿Qué intuiste?

- Que besarte sería algo mágico.

- ¿Pensabas en besarme?

- Sí. ¿Por qué piensas que no?

- Fred, yo… Yo no soy… Yo no soy la clase de chica con la que sales habitualmente.

- Lo sé.

- Yo…

- También lo sé.

- Pero…

- No te preocupes, eso también lo sé.

- ¡Fred!

- ¿Qué pasa, amor?

- ¿Amor?

- Pues sí. ¿Te gusta?

Leah asintió. Fred sonrió ampliamente.

- Yo también quería besarte - confesó ruborizada.

- Me alegra que lo hicieras.

- Creo que yo también.

- ¿Leah?

- ¿Sí?

- Mírame.

Leah lo hizo.

- ¿Quieres casarte conmigo?

- ¿Qué?

- Quie-res-ca-sar-te-con-mi-go?

- Pero… Pero… ¡Pero si ni siquiera somos novios, Fred!

- ¡Qué no! Somos novios desde la cuna, Leah. ¿No te has dado cuenta? Nos conocemos muy bien, nos comprendemos perfectamente, nos compenetramos… Tú sabes que yo jamás dejaré de ser lo que soy…

- Bromista, gamberro, idiota.

- Te faltó guapo. Y tú jamás dejarás de ser lo que eres…

- Linda, inteligente, dulce, adorable, comprensiva…

- También terca, no lo olvides.

- Fred - protestó.

- A lo que refiero es que no cambiaremos al otro, no tendríamos recelos sobre el pasado del otro, y no tendríamos problemas en adaptarnos a la familia del otro. Tal vez yo un poco en la tuya, pero no creo que sea para tanto.

- Yo… No… Yo no sé qué decir.

- Di que sí.

- ¡Fred!

- Vale, tal vez debo esforzarme un poco más. Leah Longbottom, eres una chica hermosa, cariñosa, compresiva, amable, divertida, quisquillosa cuando quieres serlo, atrevida y sexy. Te quiero. ¿Me harías el inmenso placer de convertirte en mi esposa?

A Leah se le escaparon lágrimas de la emoción.

- Sí… ¡Sí! - gritó más segura de la decisión que tomaba.

Fred sonrió. La abrazó y la besó. Besarla era magnífico, especial, único. Nunca se cansaría de su boca. ¿Por qué nunca había besado a Leah? Por miedo tal vez. Pero ahora ella sería su esposa y él podría besarla cuando quisiera. Sonrió en medio del beso.

- ¿Y esa sonrisa?

- Soy el hombre más feliz del mundo.

- Vaya.

- Sí, ayer era el más desgraciado y hoy soy el más feliz, que bien, ¿no?

- Por supuesto.

- El problema es que ya no tengo el anillo.

Fred hizo un mohín. Leah frunció el ceño.

- ¿El anillo? ¿El anillo que le darías a Alexia?

- ¿Te hago una confesión?

- Eh… claro.

- Compré el anillo pensando en ti.

- ¿Qué?

- Ya sé, es estúpido. Miré anillo tras anillo. Sabía lo que tenía que comprar para que Alexia estuviera satisfecha. Ya tenía el anillo perfecto para ella en la cajita. Entonces miré este, el anillo que te mostré, y no pude apartar mis ojos de él. Era tan hermoso, no era ostentoso, pero era único y especial, como tú. Era el anillo perfecto para ti.

- Gracias…

- Pero ahora no está - y volvió a hacer el mohín.

Leah sonrió. Buscó rápidamente y encontró lo que buscaba.

- ¿Te refieres a este anillo, verdad?

- Sí, ese, claro. Pero… ¿Cómo…?

- Cuando no veías, lo guardé.

Leah se lo puso en la palma. Fred negó con la cabeza y lo puso en el dedo anular de la chica rubia. Leah sonrió y miró su nuevo anillo.

- ¿Por qué? - preguntó Fred.

- Era un anillo muy lindo como para botarlo.

Fred sonrió y besó a su prometida.


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