Llegamos al capítulo 30. Gracias por sus reviews a Misila, a Escristora y a Lui Nott

James Potter

- Tenía miedo.

- ¿De verdad?

- Ajá.

- Pero…

Él sonrió.

- Todo el mundo tiene miedo, James. Todos.

- Es horrible el miedo.

- Pero a veces es bueno.

- No me gusta sentir miedo.

- Lo sé. A mí tampoco.

- Un compañero del colegio, Lucian, dice que los que tienen miedo son unas nenitas.

- Para la próxima dile que él la más nenita de todas.

James rió.

- ¿De verdad?

Él suspiró.

- James, aquel que tiene más miedo es que se esfuerza en ocultarlo.

- ¿En serio?

- Sí. Nunca olvides eso.

- No lo haré.

- Lo sé.

- ¿Lo sabes?

- Ajá.

- Tú siempre sabes todo, Ted.

Ted rió.

- Ted, tengo miedo.

- Es normal.

- Pero…

- Todos tienen miedo, James.

- Ted, voy a ser padre.

- Lo sé.

- Yo… No sólo tengo miedo, Ted. Estoy cagado del…

- Me hago una idea, gracias.

- Pero…

Ted suspiró.

- James, no te va a gustar lo que te voy a decir, pero igual lo haré. Tú solito te buscaste esta situación.

- Lo sé.

- Si no querías tener hijos, debías cuidarte. Con pociones anticonceptivas, con pastillas, y hasta con el condón, que es uno de los mejores inventos muggles. Y si no, pues debías mantener tu polla dentro de tus pantalones.

- Lo sé - admitió.

Ted cerró los ojos y contó mentalmente.

- Y si lo sabes, si realmente lo sabes, ¿por qué carajos estamos en la sala de espera de San Mungo aguardando a que esa chica tenga a tu hijo? ¿Mencioné ya que ella apenas se ha hecho mayor de edad?

- Sí, ya lo hiciste.

- Sigo sin entender cómo pasó.

James suspiró y miró la hora.

- ¿Para qué te voy a contar, Ted?

- Hazlo - insistió con los dientes apretados.

- Ella era una fan. Siempre iba a todos mis partidos. Me enviaba cartas.

- ¿Qué decían esas cartas?

- En ellas me declaraba su amor eterno. ¿Oye, esto es un interrogatorio?

- Podría serlo. Continúa. ¿Le creíste su amor eterno?

- No, por supuesto que no. Era una fan más. Una chiquilla que no sabía nada sobre lo que era el amor.

- Tú tampoco sabes nada de eso. Parece que tampoco sabes sobre sentimientos.

- ¿Qué quieres decir?

- Sabes lo que quiero decir. Sigue. Era una fan más, una chica en medio de la multitud que va a verte jugar, alguien que supuestamente te amaba.

- Se coló en una fiesta. Nos topamos…

- ¿Y?

- Puede que la haya invitado a unas cuantas copas.

- ¡Rayos! ¿Cómo… cómo pudiste, James? ¡Ella era menor de edad!

- ¿Y qué? Creía que ella ya sabía lo que es tomar. ¡Nosotros tomamos por primera vez a los trece años!

- ¡No es lo mismo! No la conocías de nada, no sabías si ella ya había tomado antes, no sabías si podía aguantar el alcohol de todas formas. ¡Maldita sea, James! ¿Por qué?

- ¡Porque sí! ¡Simplemente porque sí! ¿"Porqué sí" te parece una buena respuesta?

- No.

- Lo imaginaba.

James dejó caer la cabeza. Ted lo miró. No pudo evitar que un sentimiento de decepción hacia su casi hermano floreciera en su pecho.

- Eres despreciable.

- Lo sé.

Ted suspiró. Obligándose a no gritar, obligándose a no insultar al hijo de su padrino.

- ¿Al menos hiciste que su primera vez fuera especial?

- ¿Qué te hace pensar que fue su primera vez?

- Lo supongo. ¿Y bien?

- Sí, era su primera vez.

- ¿Y?

- No sé, supongo que sí. O tal vez no. No lo sé, Ted. No soy una chica para saberlo. Intenté ser lo más cuidadoso posible. A ella le quedaba sobriedad para decirme que era virgen. Y también le quedaba pericia para mantenerme sobre ella luego de esa noticia. No quería estar con una virgen, Ted. No quería.

- ¿Y no pudiste protegerla? ¿No pudiste evitar un embarazo no deseado?

- No.

Ted apretó los puños.

- Voy a dar un paseo.

- Ted…

- No me sigas.

James se quedó solo. Se apretó las sienes con sus manos. Se sentía jodido, completamente jodido.

La noticia de que Kate estaba embarazada había sido como un balde de agua fría. Desde el primer momento sabía que la noticia no le iba a gustar su familia. Primero, James no estaba casado con Katherine Morris, segundo, hacía sólo un mes que Kate había cumplido los diecisiete años. Ella era una niña, él era demasiado grande para ella. Kate era completamente inocente. Y él se había llevado parte de su inocencia. No hacía falta que su familia lo insultara (que lo habían hecho, y en todos los idiomas que conocían), él ya se insultaba bastante. Sabía que era un monstruo egoísta y despreciable. Sabía que no se merecía que Kate estuviera embarazada, sabía que no se merecía la alegría de la llegada de un hijo. Sabía que la había embarrado hasta el fondo.

En su vida todo iba cuesta abajo. No desde el embarazo de Katherine, ahora Potter, sino desde más allá. Desde que a los diecisiete años decidió que podía romper el corazón de una mujer. James cerró los ojos. Era un recurso inútil, sin importar cuanto se esforzara, siempre vería a Damaris Nott. Damaris fija, inmóvil en su retina, Damaris sonriente, cálida, Damaris con sus ojos tan verdes, tan brillantes, Damaris mirándolo, observándolo, analizándolo. Desde que la dejó, desde que le rompió el corazón sólo porque sí, desde que la alejó de su lado… Todo iba de mal en peor. El embarazo de Kate era el resultado de todo eso. Kate tan dulce, Kate tan sonriente, Kate tan entregada. Kate que se parecía tanto a Damaris con eso cabello castaño y esos ojos verdes. No había podido olvidar a Damaris, ni por un segundo lo había intentado, Damaris seguía allí, siempre allí, asida a su pecho. ¿Por qué la alejó? ¿Por qué?

Le temías. Temías lo que sentías a su lado. Temías sus sentimientos por ella.

James suspiró. Había sido un completo cobarde. La amaba. Amaba realmente a Damaris. Pero temía amarla. Oh, qué estupidez. Qué ridículo. Y seguía siendo un idiota. Se había enredado con una inocente, con una virgen, con una chica que no se merecía sus mierdas. Debería dejarla a ir. ¿Pero a dónde iría? La familia de Kate era muy conservadora, más que los Weasley, así que cuando se enteraron de que ella estaba embarazada sin haberse casado, la habían desterrado. Kate ya no pertenecía a la familia Morris. Estaría sola si no fuera por él. Kate dependía de James Potter.

James lanzó una maldición. Kate ya no lo amaba. Su amor se había marchitado de a poco. La culpa era de él, por supuesto. Él que le temía tanto al amor, él que era un cobarde, él que lastimaba a cualquier persona que lo amara. Kate no lo amaba. Ni siquiera lo odiaba. James se quería patear cada vez que miraba a los ojos de Kate. Aquellos ojos antes tan brillantes, ahora lucían cansados y sin vida. Y james sabía que era su culpa. Pero saber que era el culpable no era suficiente. Nada era suficiente.

Un carraspeo.

James dejó de vagar en sus recuerdos y levantó la vista. Era el señor Wilkens, el que había atendido a Kate. Se incorporó y se levantó de su asiento. El cuerpo le dolió cuando lo hizo. Tanto tiempo sentado le estaba pasando factura, su cuerpo estaba entumecido.

- ¿Sí, sanador?

- Felicidades, tiene una niña.

Una niña… Tenía una niña. Una niña que era de él y Kate. Una niña tan preciosa como su madre. Sonrió.

- Su esposa también se encuentra bien. Sólo está un poco cansada.

- Me alegro. ¿Puedo verla? Es decir, ¿puedo verlas?

- Sí, claro. Por aquí.

En la puerta de la habitación se encontraba Victoire Lupin, su prima. Tenía ojeras, su cabello no lucía tan prolijo como siempre, tenía una sonrisa cansada.

- Hola, James.

- Hola, Vic.

- Kate está bien. El parto fue algo complicado.

- Bueno, fue un embarazo de riesgo.

- Sí, es cierto. Pasa.

Vic apartó la cortina. James entró. En el centro de la habitación se encontraba Kate. No se había dado cuenta que él estaba allí. Su mirada estaba fija en el pequeño bulto que cargaba en sus brazos. James también miró ese bulto. Su niña… Se acercó lentamente. Kate levantó la vista y la fijó en él. James se paralizó ante esa intensa mirada. Kate parecía brillar. Luego ella suspiró y bajó la vista. James tomó ese gesto como el permiso para acercarse.

Era una niña preciosa. Tenía la piel blanca y salpicada de traviesas pecas. Abrió los párpados y distinguió dos gemas verdes. En la frente, tenía un remolino de color negro. James sonrió.

- La quiero llamar Stephanie.

- Stephanie Alison Potter. ¿Te parece bien?

- Sí.

James se sentó en el borde de la cama. Intercaló sus miradas, entre su pequeña hija y su esposa. Y fue ahí cuando lo decidió. Había hecho muchas estupideces en su vida. Pero tenía una oportunidad. Una última oportunidad para hacer las cosas bien. Y lo haría… de la mano de su hija, de su Stephanie.


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