Hola a todos. Antes que nada, disculpen la tardanza, espero subir el siguiente capítulo pronto.

NOTA: Revisado y corregido también owo; Bueno y, obviamente, subir el siguiente capítulo no ha sido tan pronto como pensé ¡Pero qué chava tan floja! Solo faltan algunos detalles el segundo capítulo y traducirlo para subirlo en los dos idiomas. Solo esperen un poco más T_T

Espero que les guste este capítulo. Cualquier comentario será bienvenido :3

De nuevo, gracias a AndaliteBandit – 6 ( www . fanfiction . net / u / 697436 / andalitebandit-6) por ayudarme con la traducción owo!

Todo lo relacionado con Invasor Zim no me pertenece, si así fuera la historia sería realmente diferente X'D

Capítulo I - Moondance

"… revolucionará el sistema de transporte internacional tal como lo conocemos. Los directivos de la empresa proyectan que la construcción de las rutas de transporte concluirá dieciocho meses a partir de este mismo día.

Los especialistas de todo el mundo concuerdan que esto traerá una nueva era en las relaciones entre las tres principales regiones mundiales; tal vez así el Tratado de…"

El reportero siguió entusiasmadamente alabando la importancia de lo que fuera que se tratara esa noticia, pero el muchacho que estaba enfrente del televisor continuaba comatosamente dormido, sobre un viejo y raido sofá. Pero aun si estuviera despierto, poco le habrían interesado los acontecimientos del mundo y, en especial, ese.

Luego, una algarabía estalló en la pantalla arrollando con el tranquilo sueño del muchacho. Perezosamente, se sentó gruñendo mirando el brillante y borroso origen de la interrupción, frotándose el ojo izquierdo mientras su mano derecha buscaba algo a tientas a su alrededor. Cuando lo localizó, colocó sobre el puente de su nariz unos lentes que se acoplaron perfectamente a su posición. Ahora podía ver, en la pantalla de una anticuada televisión de plasma, una inmensa multitud vitoreando alrededor de un alto e imponente edifico blanco en medio de una extensa ciudad. Todos los presentes gritaban jubilosos y, arriba de ellos, había un enjambre de cámaras flotantes posicionadas estratégicamente, apuntando sus lentes hacia una misma dirección, mientras la voz del reportero continuaba dando más detalles sobre la noticia. Justo en el momento que la toma cambió del gentío al estrado instalado en la amplia entrada principal del edificio, el muchacho agarró el control del televisor y lo apagó rápidamente. Todo mundo conocía a la persona que estaba parada ahí, a ella y a todos quienes la antecedieron. Para ese entonces, nadie podía prender el televisor, abrir una revista o, simplemente, salir a la calle sin que la influencia de cierta familia no estuviese presente en cada uno de los niveles sociales.

El muchacho revisó la hora en su reloj de muñeca, eran las 7:20 de la mañana. Aun tenía un poco de tiempo para bañarse, llegar al trabajo a tiempo y tal vez mordisquear algo como desayuno. ¿Por qué se había quedado dormido en el sofá? Ah, claro. El turno de la mañana-tarde en su primer trabajo en uno de los tantos servicios de mensajería 24/7 más el turno de la noche en un bar por tres días seguidos era mortal para cualquier humano normal pero así es como se las arreglaba en la vida porque, a fin de cuentas, no había muchas opciones con las cuales salir adelante, aunque fuera precariamente.

Soltando un bostezo, se levantó lentamente y se estiró. Varias coyunturas tronaron con el movimiento y, después de soltar otro bostezo, miró el espacio del sofá donde acabada de descansar su cuerpo unos instantes. Tuvo la recurrente sensación de haber olvidado algo pero lo ignoró.

Se dirigió al baño arrastrando los pies y, al entrar, el empañado y agrietado espejo del lavabo le regresó la imagen de un delgado muchacho de piel pálida, su cabello negro era una extraña maraña negra de líneas zigzagueantes cayendo hacia atrás hasta casi tocar sus hombros y encresparse en su nuca. Y, sobre el puente de su nariz, estaba montado un pequeño dispositivo negro del cual salían dos micas transparentes cubriendo sus ojos negros almendrados.

En esa época era extraño que alguien usara lentes. Por lo general, cuando alguien nacía o contraría algún problema ocular, iba a cualquier clínica y, en cuestión de una o dos horas, salía como si nada hubiera pasado. Pero en su caso, ninguna operación había servido, incluso su propio padre tenía el mismo problema; era una extraña marca genética con la cual tendría que vivir el resto de su vida y, probablemente, si llegaba a tener hijos, idea en la que no estaba muy entusiasmado, ellos también tendrían ese defecto.

El agua fría sobre su piel le ayudó a despejar su mente de la espesa neblina del cansancio que se negaba a retirarse. Alzó el rostro hacia la regadera, arreglada de forma muy improvisada con capas de cinta para superficies mojadas para mantenerla en su lugar. El agua bajaba sinuosamente en la piel de su espalda, brazos y pecho donde daba ligeros desvíos al toparse con algunas viejas cicatrices, producto de trabajos peor pagados y más peligrosos que se había visto forzado a hacer. Pero sentía suficiente respeto por su cuerpo como para exponerse a cosas peores que le habían ofrecido incontables veces.

Su vida estaba fuera de lo emocionante y él estaba empeñado en que así fuera. Trabajaba generalmente ocho horas al día en una empresa de mensajería como personal de entregas y ocho como mesero en un bar céntrico, ambos dándole un salario suficiente para ahorrar y a la vez no morir de inanición. Aunque en realidad, él no necesitaba mucho para subsistir. Lo menos que le importaba era el dinero, solo con estar lejos de las personas de su pasado bastaba y se las había ingeniado para borrar cada rastro de su existencia en los últimos años lo mejor que podía, cosa en lo cual había resultado asombrosa y relativamente fácil para alguien sumergido en una sociedad donde, para adquirir el más pequeño e insignificante bien, dejaba un rastro hacia la información personal.

Veinte minutos después, ya estaba listo para salir. Con playera de mangas largas azul oscuro, cuyo material mantenía al usuario a una temperatura decentemente agradable, pantalones de mezclilla, bufanda rojo intenso al cuello y con un Mega Pan Tostado en la boca, salió al mundo exterior. Sus lentes habían desaparecido, atraían demasiada atención indeseada por lo que ahora veía el mundo a través de unos lentes de contacto extremadamente delgados, haciéndolos menos visibles que los normales pero terriblemente difíciles de cuidar, cualquier empujón en el transporte o tropezón podían salir disparados para no ser encontrados jamás, cosa que había vivido repetidas veces a lo largo de los años.

Abrió la puerta y a escasos metros había un grueso pilar de concreto que se alzaba varios metros, sosteniendo una amplia línea de tráfico donde automóviles, que parecían pequeños aviones con alas diminutas levitaban a unos centímetros del suelo, pasando a no menos de doscientos cincuenta kilómetros por hora, en perfecta sincronía gracias a las computadoras de abordo y una alta y gruesa reja de contención delimitaba el trafico y cualquier accidente que pudiera ocurrir.

Al alzar más la vista, altos edificios blancos, coronados por oscuras manchas vegetales verdes, rodeaban la zona como parte de un programa ecológico permanente, pero él no podría evitar relacionarla vista como una extraña y masiva cosecha de brócolis. Una bandada de aves cruzaba el cielo al lado de largas filas formadas por vehículos aéreos, alrededor de una perpetua galaxia de luces brillantes de una infinita gama de colores, anunciando un sinfín de productos, noticias y demás y, en el cielo, había una aurora boreal creada por los generadores de energía por campo magnético de la ciudad. El sol de medio día brillaba intensamente pero, a ese nivel tan bajo de la ciudad, solo llegaban unos cuantos rayos perdidos de luz natural.

Cerró la puerta de su casa con un fuerte jalón, mandando una sacudida a la derruida construcción y a unos escasos centímetros de sus pies, un pedazo de ladrillo se estrelló contra el suelo. Cualquiera se preguntaría como una casa tan pequeña e insignificante como esa, que al paso del tiempo se iba desquebrajando como un bollo seco, había podido sobrevivir años de cambios y remodelaciones urbanas. Pero nadie preguntaba, a nadie en ese lugar le importaba ni le gustaban que se hicieran preguntas por muy casuales que fueran. Mientras nadie se metiera en los asuntos ajenos todo marchaba sobre ruedas; un lugar que él había encontrado perfecto.

Se hacía tarde, debía apurarse si no quería toparse con la primera hora pico del día en el subterráneo.

...

¡Hey! ¡Juna! – Escuchó el muchacho detrás de sí al llegar al área de descarga en su trabajo. Al voltearse tuvo enfrente a una muchacha morena, de mirada bonachona y alegre, vestida con un overol azul oscuro con una gran bolsa mensajera colgada a su lado con un amplio "Paloma Mensajera" impreso en un costado y atiborrada de paquetes oscuros y delgados cilindros blancos con el logo de la empresa. Se veía graciosamente desproporcionado con respecto a su dueña, daba la sensación que cualquier tropezón mandaría estrepitosamente a la joven al suelo. – Sobreviviste, como siempre – Comentó la muchacha con una amplia sonrisa. – Pensé que esta vez te quedarías dormido. – Dijo, dándole una palmada en el hombro.

Yo también. Me desperté a tiempo por que dejé el televisor prendido, Freed. – Dijo Juna mientras avanzaba por un pasillo acompañado por ella para recibir los encargos del día.

Oye, ¿viste las noticias? – Preguntó entusiasmada – ¡Wow! ¡Un sistema de redes internacional! No pensé que fuera a ser algo más que un mito. Me preguntó que habrá tenido que hacer la empresa Membrana para convencer a todos de construirla.

'A estas alturas, ¿quién se atrevería a contradecirla?' Pensó agriamente. Juna continuó caminando por un largo pasillo escuchando a medias a su compañera. Aunque sabía muy bien la importancia de ese sistema de transporte, prefería que las personas a su alrededor no causaran tanto barullo. En el subterráneo y las calles, la gente no paraba de hacer comentarios.

Al ver la impasibilidad de su compañero de trabajo, Freed cruzó los brazos sobre su pecho y puso mala cara. – Podría venir Dios a la Tierra y no te importaría un carajo.

Juna rió ante el comentario – Sabes que no me importa mucho lo que pase a mi alrededor. Mientras tenga comida y un techo sobre mí, estoy feliz.

- Por eso no llegarás a nada – Comentó la joven, sonriendo maliciosamente hacia un Juna brevemente caído en la desesperanza.

Al final del pasillo estaba un amplio mostrador atiborrado de papeles por un lado, el otro de paquetes y debajo estaba una abertura a la cual Freed se acercó y sin ceremonia vació el contenido de su bolsa en ella con el mínimo cuidado. Juna claramente escuchó algo romperse dentro de los paquetes pero ese no era su problema.

Martin – Llamó Juna desde el mostrador a una figura moviéndose detrás de una gruesa cascada de tubos trasparentes de mensajería que transportaban a velocidades vertiginosas decenas de capsulas rojas y azules – ¿Qué hay para hoy? – La figura detrás de los tubos resultó ser un hombre barbado de mediana edad, llevando en su mano derecha un guante con una línea de botones a lo largo.

Eh! Juna, continuas entre los vivos como puedo ver. – Dijo jocosamente el hombre detrás del mostrador – Dame un segundo – Agregó encontrando sin demora un par de tabletas electrónicas de apuntes, las cuales entregó a cada uno de ellos. – Estarás joven, pero ¿cómo diablos le haces para seguir parado?

A base de una dieta rigurosa de cafés expresos dobles, donas y sodas. – Bromeó el muchacho tomando su respectiva tableta.

Freed leyó la pantalla del suyo y un momento después soltó un quejido.

¡Diablos! No, Martín. Casi todas mis entregas están a cada esquina de la ciudad.

Lo siento, Freed. – Contestó el hombre tomando un par de paquetes del tamaño de adobes. – Pero ya sabes cómo se organiza esto: "Todas las direcciones son ordenadas según la computadora mejor le parezca" – Dijeron Martin y Freed al unisono.

Si, ya se. Estúpida computadora – Murmuró Freed entre dientes - Aww… Que mal. A ti, niño rayos, ¿dónde te tocó? – Preguntó Freed mirando por sobre el hombro de Juna.

Juna desplegó la lista de direcciones y, al leerlas, sonrió ampliamente. 'Ha! ¡Qué suerte!' Casi todas las direcciones estaban muy cerca de ahí. Eso significaba solo una cosa, ese día podría irse temprano. 'Suertudo bastardo' Escuchó Juna detrás de él.

Juna, ¡te cambio la ruta! Y el próximo lunes te cubro el segundo turno, por favor. – Imploró Freed.

No, ni hablar. Yo necesito descansar y estoy seguro que alguno de tus novios podrá esperar un rato más. – Dijo ya caminando hacia el modulo de envíos sonriendo engreídamente mientras Freed lo miraba asesinamente.

Tal vez era pesada y muchas veces incierta pero esa era la vida que él quería y por nada iba a desprenderse de ella.

...

El atardecer se cerraba más en la noche mientras Juna miraba las muy familiares grietas del techo encima del sofá. Siempre estaban ahí, creciendo y alargándose en todas direcciones y no parecían tenerle compasión a la mísera capa de yeso. Tal vez, algún día, un pedazo caería letalmente sobre él mientras dormía pero en esos momentos poco le importaba, solo quería estar ahí acostado en ese viejo mueble. Aunque no solamente era un viejo sofá raido, era también su cama cuando llegaba extenuado del trabajo (lo cual era la mayoría de las veces), su comedor, su estación favorita de jaqueo, y sobre todo, su sofá raido. Ese mueble era lo único que realmente había comprado (de segunda mano) para ese lugar, todo lo demás había estado abandonado desde que sus antiguos dueños murieran mucho tiempo atrás.

En la mañana, Freed sin saberlo le había hecho recordar la razón por la cual había regresado a Ciudad Capital, culposamente se había permitido caer en el relajamiento. Realmente no había hecho gran cosa desde su regreso. En aquel entonces no había podido costearse el más barato de los cuartos disponibles sin sacrificar algo de sus ahorros, así que al recordar esa pequeña casa perdida en medio de la urbe decidió probar suerte. Al entrar a ese lugar, no se imaginó que tuviera instalado un sistema de seguridad, especialmente que aun estuviera activo, pero no representó un obstáculo en particular engañar los sensores. Seguían activos pero mientras no ocurriera algo fuera de lo normal, no tenía por que preocuparse.

Se dio la vuelta y la oscura pantalla del televisor lo enfrentó. 'Piensa, Juna. Piensa. Ahora es un buen momento para que tus habilidades salgan a flote'. Murmuró mirando su vago reflejo en la pantalla. En su momento había tratado de entrar a la central de información principal y crear toda una nueva identidad pero, incluso para él, la tarea era tan complicada como derribar una muralla de granito con un mazo de goma. Cerró los ojos permitiéndose escuchar el silencio del lugar. Tal vez podría buscar en la red más tarde, debía haber algo útil ahí.

El silencio en la casa era absoluto, salvo el bajo ruido constante de la autopista. Pero, por sobre eso, surgió un sonido agudo desde un punto indefinido, como el silbido constante de una olla exprés que fue aumentando preocupantemente a cada momento. Juna abrió los ojos y levantándose del sillón, buscó la fuente del ruido agudizando su oído. Justo cuando el sonido se hizo más grave y aparentemente más cercano, algo explotó encima de su casa haciéndola temblar desde los cimientos. Placas de yeso cayeron del techo y una capa de polvo llenó el aire, forzándolo a salir a tientas del edificio, tosiendo fuertemente, cubriéndose la cabeza con los brazos.

Aun ahogado por el polvo, una vez afuera alzó la vista hacia la cima de la casa, se veía una línea de humo descender desde un punto indefinido en el cielo hasta justo el centro de la azotea.

Mi computadora!' Gritó su mente. Sin dudarlo, entró y rápida y ágilmente subió a la primera planta sin siquiera importarle si la casa se caía sobre él. Si la perdía, se iría con ella su mejor arma contra el mundo.

El aire seguía cargado de polvo gris saliendo densamente desde la habitación más lejana en el pasillo superior. Soltó un suspiro, lo que fuera que hubiera caído, no había sido en la recamara donde estaba sus pertenencias importantes. Antes de atreverse a asomarse a la habitación destruida, esperó percibir cualquier ruido sospechoso pero solo lograba escuchar escombros aun cayendo del techo sobre una superficie metálica. No parecía haber indicios de peligro, así que precavidamente miró hacia el interior de la habitación. El polvo estaba más condensado que en el pasillo, la luz del cuarto tintineaba fantasmagóricamente y en el centro, justo debajo de un aparatoso agujero en el techo, estaba una capsula blanca del tamaño de un refrigerador postrada silenciosa e inmóvil en el suelo.

"¿Qué carajo es eso?" Susurró para sí mismo. No recordaba haber visto algo así antes y él estaba muy bien informado de esas cosas. ¿Y cómo diablos había caído desde tan alto? ¿Habría caído desde algún vehículo de carga? No, el cielo estaba libre, excepto por la línea de humo.

La parte racional de su mente le pedía a gritos deshacerse de lo que fuera esa cosa. Pero los instintos y la curiosidad del muchacho hicieron oídos sordos a las exigencias de su razón y avanzó hacia la extraña capsula.

Acercando la mano, tanteó el aire sobre la superficie y sin sentir calor, se atrevió a colocar la palma en la capsula. Estaba fría para su sorpresa y tras examinarla más de cerca, encontró que estaba intacta, completamente lisa, sin ningún rasguño o hendidura que atestiguara el violento aterrizaje.

¿Cómo se abre esto? - Juna examinó cada delgada y casi imperceptible línea entre las placas de metal, hasta dar con una pequeña lámina con símbolos extraños en relieve en uno de los extremos de la capsula. Justo debajo de la línea de símbolos estaba una pequeña pantalla no más amplia que la superficie de su pulgar. Pasando la yema de sus dedos sobre él, la pantalla se iluminó en un tono rosado oscuro, unos símbolos se desplegaron y de repente la capsula se abrió lentamente con el sonido de descompresión.

Dando un paso hacia atrás, Juna observó que en el interior, tan blanca como la parte exterior, había alguien.

Acostada sobre su lado izquierdo había una delgada y esbelta figura, casi en posición fetal, completamente desnuda. Su piel era uniformemente verde claro, tenía tres largos dedos en cada mano los cuales terminaban en cortas garras negras visiblemente afiladas, recogidas cerca de su rostro sin nariz, cejas, cabello u orejas. De su cabeza salían dos delgadas antenas negras descansando sobre su cráneo. El muchacho se acercó cuidadosamente, sin pararse a pensar en las implicaciones de ese hallazgo por que las preguntas se apiñaban en desorden, exigiendo respuestas y, de momento, no había forma de contestarlas.

Juna observó las facciones finas y delicadas del ser sin poder establecer su género. En su espalda estaba instalada un extraño dispositivo plateado semiesférico conectada a la capsula por medio de varios cables de metal. Mirando a un lado del dispositivo encontró una larga cicatriz muy marcada que iba desde el hombro sobre el cual estaba recostado hasta la cadera. Juna se imaginó que habría sido una herida desastrosa y definitivamente dolorosa.

Pasaron unos momentos y la criatura no parecía dar indicios de despertar. La curiosidad lo empujó a estirar el brazo y tocó el hombro extraño. Quedó sorprendido, no recordaba haber tocado algo tan suave y terso en su vida; aunque estaba ligeramente frio, era una sensación muy agradable. Luego su atención regresó a las delgadas antenas y su mano tocó con cuidado la punta de estas. Retiró la mano rápidamente cuando criatura soltó una risita y cambió de posición; ahora estaba ligeramente recostado sobre su espalda, tanto como el dispositivo y los cables en su espalda se lo permitían.

Unos segundos después, los parpados de esa criatura se perturbaron y luego sus ojos se abrieron lentamente. Eran superficies completamente lisas, de un rojo claro que, con cierta luz, parecía rosa. Juna se sintió nervioso, no sabía exactamente hacia donde el alien estaba mirando ¿o tal vez era como los insectos terrícolas que tenían una visión periférica? De alguna forma cuando los ojos parpadearon un par de veces, supo de inmediato que la mirada de la criatura estaba concentrada en él. Los ojos carmesí lo miraron unos instantes y una ligera sonrisa se dibujó en su rostro.

Juna calló hipnotizado rápidamente ante los ojos del alien y la sonrisa que este tenía en sus labios, había algo cálido en ellos, así que no se percató cuando los delgados brazos del recién llegado se extendieron sobre sus hombros, cruzándose detrás en su nuca. Se paralizó cuando sintió un ligero jalón hacia abajo mientras el alien acercaba incómodamente su rostro hacia el de él, violando su espacio personal.

- Dib – Susurraron los labios verde. '¿Dib? ¡¿Pero cómo…?' En la confusión, Juna entreabrió la boca para protestar pero solo logró emitir un chillido lastimero; un instante después se arrepintió cuando la boca del alien se juntó con la suya en un delicado beso, permitiendo así que la lengua extraña empezara a buscar la suya. El cerebro del humano cayó en corto circuito, su primera reacción mediamente consiente fue empujar al otro cuerpo pero sus brazos se habían quedado congelados apoyándolo sobre el borde de la capsula y se rehusaban a reaccionar.

"Error en el sistema. Recarga de memoria" Se escuchó una voz metálica y seria desde algún lado de la capsula, escuchándose después un sonido tipo descarga eléctrica. El alien interrumpió el beso con una profunda inhalación arqueando la espalda, cerrando fuertemente los ojos aun con los brazos cruzados detrás del cuello humano al recibir un torrente de datos desde la capsula hacia su pak.

Tras la violenta descarga de información, el alien respiró agitadamente y lentamente su mente comenzó a analizar su posición actual. ¿Qué fue eso? ¿No debería estar acostado dentro de la capsula? Estaba apoyado sobre algo… algo tibio y… ¿que respiraba? Levantó el rostro y miró al otro aun en shock con los ojos clavados en él. El rostro del visitante se torció en un gesto de odio y repugnancia y sin que Juna pudiera evitarlo, fue empujado violentamente cayendo estrepitosamente al suelo sobre los escombros del techo.

Los cables conectados a la espalda de alien se liberaron rápidamente. De un salto, el extraño salió de la capsula y se irguió amenazantemente enfrente del humano que estaba paralizado en el piso, sin siquiera reparar en su propia desnudes. Se agachó y lo jaló por la playera, con una fuerza que a primera vista el alien no parecía tener, lo levantando y azotó contra la pared.

- Desgraciado gusano terrícola, ¡¿cómo te atreves a tocar a Zim? – Gritó, escupiendo venenosamente cada palabra sobre la cara del humano.

- Yo… yo solo, no quería… - Juna no pudo evitar balbucear, ¿qué diablos podría decir? Él no había hecho nada. Hacía solo unos instantes, el alien era el mismo reflejo de la tranquilidad y ternura pero lo que tenía enfrente ahora era un demonio con claras intensiones de matarlo dolorosamente con lo primero que tuviera a la mano y esas garras no lo hacían sentir menos preocupado.

Un bip llamó la atención de ambos y Juna claramente pudo escuchar de nuevo la misma voz metálica de hacía unos segundos.

"Objetivo a tres metros noroeste, siete metros negativos." Las delgadas antenas de Zim se levantaron en alerta. 'Seis metros…. Siete metros… Entonces, ese lugar… Parece que Calie lo escondió en ese chiquero' Soltando al humano despreocupadamente, quien cayó de bruces al suelo, caminó hacia la capsula. Dentro había un panel de control, tras ingresar unos comandos, dos gavetas ocultas se abrieron, dentro de una de ellas había tres paquetes negros envueltos en una fina cobertura transparente. Rasgando la envoltura del primero y dejándola caer dentro de la capsula, sacó el contenido y desplegó con una fuerte sacudida unos pantalones que procedió a ponérselos. Repitió el mismo movimiento con el otro paquete, el cual resultó ser una playera ceñida al cuerpo de manga larga y cuello alto y al final, el último paquete contenía un ropaje con detalles rojos que, al ponérselo, cubría todo su dorso y bajaba como una falta corta hasta las caderas. De la otra gaveta extrajo un par de altas botas negras y un par de largos guantes del mismo color que permitían a sus garras sobresalir de las puntas.

Juna había permaneció quieto y mudo mientras el alien se vestía, se sentía como un ratón esquinado, cualquier ruido o movimiento en falso que hiciera podría atraer la mortal atención del gato. Pero tampoco podía evitar seguir cada uno de los movimientos del extraño, había algo que lo atraía aunque dada su situación podría solo tratarse del pavor.

Al estar completamente vestido, Zim tomó un pequeño dispositivo de un rincón de la capsula con una pantallita en el centro y se acercó a la pequeña placa externa que Juna había tocado anteriormente pasando su pulgar sobre esta. La capsula se cerró y comenzó a plegarse rápidamente hasta tener asombrosamente la apariencia de un portafolio gris común y corriente, exceptuando por un símbolo negro en uno de sus lados, que Juna comparó con el rostro del irken.

Olvidándose completamente del humano, Zim tomó el portafolio y salió del cuarto guiándose por el localizador en su mano. En su mente, algo no estaba embonando. Ese lugar no se parecía, pero el pasillo, las escaleras, la disposición de los cuartos, incluso ese horrendo sofá le decían que ese era el lugar, pero no podía ser.

Un ruido lo sacó de sus cavilaciones y se dio la vuelta, el humano lo estaba siguiendo a una distancia prudente y, ahora que lo pensaba, no parecía muy intimidado. Por lo general los humanos salían corriendo en cuanto veían algo diferente a ellos, comprobado cientos de veces. Tal vez este humano era más estúpido de lo que aparentaba.

'Esto es muy parecido' Murmuró Zim observando los alrededores mientras seguía la dirección que le indicaba el localizador. Tras pasar una puerta de madera carcomida por las termitas, llegó hasta el oscuro sótano y encendió la luz. El lugar estaba completamente vacío, el piso estaba cubierto por una gruesa capa de polvo y trozos blancos del techo. Al ver la desmedida amplitud del espacio se convenció que ese era, o había sido, aun debía corroborarlo, la casa de Dib.

El localizador lo llevó hasta el mismo centro del sótano lanzando un breve mensaje: Objetivo localizado. En su pak guardó el localizador y de ahí extrajo un delgado cuadro azul del tamaño de su palma, con unas esferas cromadas en los extremos. Colocándolo sobre el punto indicado, presionó un botón sobre la tapa del mismo. Al activarse, cuatro ganchos salieron del cuadro, clavándose profundamente al suelo. Las cuatro esferas, levitando, se separaron del cuadrado y lanzaron potentes rayos laser en dirección al suelo, luego se desplazaron cortando el duro suelo de concreto en un cuadrado perfecto. Al finalizar, volvieron a su posición original y produciendo un leve zumbido, alzaron la capa de concreto y lo posicionaron al lado del espacio que habían dejado.

Sin titubear, Zim metió las manos y sacó una vieja caja del interior, de tamaño no más grande que una sandía. En el interior estaba un extraño termo plateado del que sobresalía una pequeña antena. Con unos rápido movimientos logró abrirlo, desplegando el cuerpo inerte de un pequeño robot.

Juna había observado todo el procedimiento en silencio, lleno de curiosidad por las extrañas acciones del irken. Pero cuando Zim sacó el robot de la caja se preguntó cómo sabía que estaría ahí. ¿Cómo había llegado ese robot ahí? ¿Quién lo había puesto ahí y por qué?

Zim tocó la antena metálica, pero el robot no se activó. Soltando un gruñido, se acomodó en el suelo para prender al SIR de forma manual.

- ¿Quién eres tú? ¿Por qué estás aquí? – Preguntó de repente Zim mirando a su alrededor mientras sus manos seguían ocupadas retirando una pequeña placa metálica del pecho del SIR.

- Eh… Juna, yo… yo solo vivo aquí. De paso. – Juna se sobresaltó al escuchar la voz del irken pero solo se limitó a contestar aunque fueran las mismas preguntas que él tenía. Alzó defensivamente los brazos y tensó los músculos de sus piernas por si debía emprender la huida.

Zim no le importaba mucho la presencia de ese humano, pero le molestaba era que estuviera en ese lugar. Aunque, si bien Calie había seguido sus indicaciones, eso no significaba que ese lugar siguiera siendo de él. Por cierto, ¿dónde estarían? Treinta años para los humanos era mucho y en ese periodo de tiempo solían hacer muchas cosas, en especial alguien como Dib.

- ¿Dónde está Dib? – Preguntó el irken hurgando entre la vieja circuitería del SIR. A grandes rasgos, el SIR estaba bien, pero no pensó que el deterioro fuera a ser tanto, incluso ese SIR podía estar en buenas condiciones por cincuenta en años humanos. Tal vez el loco robot había hecho algo indebido durante su ausencia.

- ¿Dib? Er… ¿cuál Dib? – Confundido respondió Juna. Fue fácil deducir que ese alien ya había estado en la Tierra pero, ¿cuándo?

- El dueño de la casa, grandísimo idiota, ¡¿qué otro Dib? – Zim gritó, ofuscado.

Eso tampoco ayudaba mucho, hasta la fecha había más de una persona oficialmente con ese nombre y dueños de esa casa. Si el alien no sabía de los demás Dibs, entonces solo quedaba una opción.

- ¿Te refieres a Dib I? – Contestó tímidamente.

'¿Primero?' No le extrañaba del todo, era normal que Dib hubiera continuado con su vida. Soltó una risita al recordar una vieja conversación, parecía que Dib no había tenido una niña, pero el gusano terrícola seguía sin responderle.

- Lo que sea, ¿dónde está? – Volvió a preguntar. Zim logró ingresar su mano hasta el fondo del SIR y presionando el interruptor este se activó, brillando en el mismo azul cian de siempre.

- ¡Amo! - Gritó el SIR y sin permitirle defenderse, los pequeños pero fuertes brazos del robot lo rodearon en un abrazo mortal, cortándole la respiración. – ¡Lo extrañé mucho! – Y apretó más el esbelto pecho de su amo – La dama Callie me llevó a un muchos paseos, habían cámaras y comida, ¡muchas galletas! y luego fuimos muchas veces a la bodega a jugar con plastilina y legos y luego llegamos a un lugar grande y blanco que olía raro y había muchas personas descansando y que no despertaban y luego me dijo que debía dormir también y las libélulas se llevaron el picnic. – Terminó sacando la lengua con la mirada idiotizada sobre su amo. Si, ese era el mismo SIR de antes. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el irken logró liberarse del robot inhalando fuertemente, tratando de recuperar el aliento.

Juna se sintió nervioso al escuchar la risita del irken pero la tensión del aire se cortó ante la brusca muestra de afecto del pequeño robot y el maniático balbuceo del mismo. Aunque le llamaba la atención, Juna prefirió limitarse a responder en vez de preguntar sobre eso. De alguna forma, sabía que la respuesta no iba a ser bienvenida. - Er… el dueño de esta casa que mencionas murió hace mucho tiempo, alrededor de cien años.

Zim estaba tratando de controlar al SIR empujándolo contra el suelo cuando, entre la conmoción, logró escuchar las palabras de Juna y GIR se escapó de sus manos. Su cerebro tardó en entender las palabras más no el significado general '¿…qué?' Olvidándose del SIR, Zim se levantó amenazante, sosteniendo fuertemente el portafolio. Ese humano se estaba burlando de él. ¡Nadie se burlaba de él!

- ¿Qué dijiste? – Siseó, retando al otro a volver a engañarle.

Juna tragó saliva. Él conocía perfectamente ese tono, ese tono de vos que usaban los matones del barrio cuando alguien se pasaba de listo y el resultado era todo menos agradable. Fue entonces cuando lamentó no haber cambiado rutas de entrega con Freed cuando tuvo la oportunidad. "Te pudiste haber dormido en un callejón entre entrega y entrega. Pero no, querías venir aquí a descansar, ¿verdad?" Tragó saliva nuevamente y se repitió - El dueño de esta casa… murió hace cien años.

- ¡Mientes! – Exclamó el irken señalando acusatoriamente dando un paso hacia él.

- No tengo por que mentirte. Dib I vivió hasta el último año del siglo pasado y esta casa ha pertenecido a la familia Membrana desde entonces.

'¿El siglo pasado? Entonces, ¡¿cuánto tiempo había pasado?' Zim cerró los puños mientras una oleada de ira se iba acumulando en su pecho. Pero por sobre todo eso existía un gran temor que fuera verdad. ¡No, era una broma!

- ¡Mientes! – Gritó con todas sus fuerzas - ¡Y cuando de con Dib, vendré por ti para desgarrar tus entrañas con mis propias garras! – Salió corriendo del sótano, empujando violentamente al humano fuera de su camino y al llegar a la puerta principal, la abrió de golpe. Una fría ráfaga de viento lo golpeó pero imperturbable miró al frente: La autopista, los automóviles, los edificios, las personas, las luces, esa no era la Tierra que esperaba ver. Aun con el auge tecnológico en la Tierra, los humanos no avanzaban tan rápido. Un holograma cubrió inmediatamente su apariencia, disfrazándolo como un humano adolescente de piel clara, de ojos rojos, cabello ligeramente ondulado negro atado, vistiendo la misma ropa que se había puesto más un saco rojo y un largo collar del que colgaba el mismo símbolo del portafolio. Con un salto, las patas de su pak se desplegaron llevándolo hacia la azotea del edificio contiguo y de ahí se fue saltando de edificio en edificio.

Juna, quien apenas había tenido tiempo de observar el disfraz del irken, llegó sobándose el costado hasta el marco de la puerta sin saber que reacción tener, solo se limitó a ver al pequeño robot pasar a su lado. Las pequeñas piernas del SIR se convirtieron en cohetes, impulsándolo para seguir velozmente a su amo.

Justo cuando comenzó a razonar lo que acababa de suceder un gran trozo del techo cayó sobre el sofá y solo un segundo después la alarma de la casa se activó.

'...Joder' – Gruñó y otro pedazo calló a un metro de él.

...

- ¡Espéreme, amo! – Gritó GIR detrás de Zim, apenas capaz de seguir su paso. Mientras tanto Zim, como si al poner una distancia física entre él y esa casa pudiera dejar atrás la alarma que se revolvía en su pecho. Seguía adelante, saltando ágil e ininterrumpidamente de edificio en edificio, de balcón en balcón sin un rumbo fijo, simplemente quería estar lejos los más rápidamente posible de ese maldito Juna-bestia, de ese maldito humano que se había atrevido a tocarlo y mentirle.

Siguió adelante hasta que el pecho le dolió a falta de aliento y escuchó los pasos metálicos de su compañero llegar a su lado quedándose, extrañamente, quieto. Cuando recuperó fuerzas miró a su alrededor; estaba parado en la cima de un edificio de departamentos con un barandal de concreto que llegaba hasta su cadera.

Debía ser un error, debía serlo, él estaba hablando de otro Dib. ¡Una red! ¡Los humanos debían seguir usando redes inalámbricas! Sobre el piso colocó el portafolio y al abrirlo descubrió una pequeña computadora interna. Y sin perder tiempo encontró una red. Su primera búsqueda arrojó una impresionante lista de páginas dedicadas a Dib o en general, a los Membrana. Muchas eran recientes, todas tenían la misma fecha de nacimiento de Dib que él conocía, también tenían su fecha de muerte y un resumen de todos sus logros en vida.

Cerró fuertemente sus puños y apretó la quijada. ¡¿Cómo diablos había sucedido? ¡¿150 años? ¡Debían ser treinta, solo treinta, carajo! ¡¿Por qué? ¿Qué había salido mal? ¡¿Cómo diablos había perdido tanto tiempo? En su frustración, tomó una profunda inhalación y soltó un fuerte alarido desde el fondo de su pecho, clavando en el suelo sus garras, dejando finas líneas en el concreto. El grito se expandió hacia el aire y ahí se perdió. Exhausto y vencido ante la realidad Zim cayó en silencio. Y ahora… ¿qué había? Por primera vez se sentía tan vacío e inseguro de sí mismo, ni siquiera se había sentido así cuando había abandonado Irk o aquel día lejano cuando se había permitido capturar por Dib.

Levantó más la mirada y vio el cielo del atardecer teñido de intensas tonalidades rojas y amarillas. En dirección contraria al sol que brillaba con un particular tono dorado, el cielo se tronaba azul oscuro pasando por un sinfín de matices que solo había presenciado en ese planeta. Un fresco viento sopló a su alrededor agitando graciosamente su cabello y ropa holográfica, debajo sus antenas aceptaron agradecidos esa agradable sensación cerrando durante ese breve momento los ojos. Permaneció en silencio, sin concentrarse en algo en particular.

Se levantó y miró por sobre el barandal. Al bajar la mirada hacia la calle encontró pocas diferencias entre los humanos actuales y los de aquel otro tiempo. Todos iban y venían, cada uno ocupado en sus asuntos, completamente ajenos a su alrededor, haciendo lo mejor que podían para sobrevivir en la sociedad que ellos mismos habían creado. Podía darles un poco de crédito a los terrícolas, en su ausencia habían logrado crear una cuidad decente pero no quiso ponerse a pensar sobre la ciudad, en realidad no quería pensar en nada.

Zim se sentó contra el barandal en posición fetal, con los brazos abrazando sus rodillas y el rostro enterrado sobre sus brazos. "¿Para qué regresé?" Pensó Zim. Tal vez debería empezar por ahí. Sabía perfectamente que Dib no estaría esperándolo con los brazos abiertos en la entrada de su hogar, la vida que habían compartido juntos había desaparecido ese lejano día, era un escenario que estaba dispuesto a enfrentar. Pero las cosas resultaron peor que en el peor de los casos. Dib estaba muerto, jamás volvería a verlo, el tiempo se había tragado despiadadamente sus sueños y la misma razón que había encontrado para vivir. "¿Para qué regresé?" Volvió a preguntarse una y otra vez, susurrando la pregunta como un interminable mantra pero la respuesta lo eludía completamente y, a la larga, sus palabras perdieron sentido para él. Escuchó a su lado la aguda voz de GIR preguntarle "Amo, ¿vamos a dormir aquí?" pero Zim se negó a levantar el rostro e ignoró completamente al robot, no tenía las fuerzas para enojarse, gritar o hacer cualquiera de las tantas cosas que solía hacer.

"De cualquier forma, ¿qué estoy haciendo aquí?" Se preguntó mentalmente, mirando críticamente a su alrededor apenas alzando la vista sin encontrar algo que realmente pudiera ayudarlo. El barandal estaba ocupado por una densa franja de arbustos verdes de pequeñas flores rojas. En el centro del edificio había un acceso que, mirándolo mejor, tenía la cerradura ligeramente oxidada y el piso estaba cubierto de polvo y hojas muertas, concluyó que nadie o casi nadie había ido a ese lugar recientemente. Tal vez podría quedarse ahí a descansar durante esa noche sin que lo molestasen, no sería la primera vez que pasaba una noche así, si se movía de ahí podría encontrar cosas o lugares que le hicieran recordar y, en ese momento, no sería capaz de asimilarlo.

Al inclinar el rostro vio a GIR acurrucado cerca de él contra el barandal, chupándose uno de sus pequeños pulgares metálicos cubierto con una manta podrida y raída por el tiempo, una manta que en algún otro tiempo fuera rosa con un estampado de monos bailarines que el SIR generalmente guardaba en su cabeza junto con otra cantidad imprecisa de objetos. Zim soltó un profundo y nostálgico suspiro mirando hacia el cielo, sus parpados le pesaban más conforme el cielo se oscurecía. Hacía mucho que no se sentía tan exhausto.

Era un hecho que tendría que irse de nuevo; ya nada lo retenía aquí pero ¿cómo? La capsula en la que había viajado solo servía si era puesta en órbita y por lo que había notado, se había quedado sin energía. Se tardaría meses, tal vez un año completo, para recargarla y era una posibilidad nada atractiva. Debía buscar un lugar, uno donde nadie pudiera encontrarlo, un lugar apartado, de preferencia silencioso y poco concurrido, a las afueras de la ciudad estaría bien, un punto de referencia. Había que encontrar y conseguir solo un par de cosas antes, podría conseguir un mapa, comida también y debería… podría ir… tal vez si… y sin darse cuenta, cerró los ojos y quedó profundamente dormido.

...

- ¿Con que esto activó la alarma? Lo que sea que haya sido, no creo que le haya parecido gracioso al joven amo – Dijo una joven mujer pelirroja de mirada severa al lado de un hombre fornido de mediana edad, de cabello gris peinado hacia atrás, ambos vestidos de uniforme y largo saco completamente negros, mientras un grupo de personas en trajes azules claro con un escudo coronado por una gran "M" plateada en la solapa entraban cargando distintos equipos de análisis, dispersándose en las habitaciones del inmueble que Juna había abandonado apresuradamente solo seis minutos antes - No pensé que esto fuera posible, ¿quién diría que se estaba escondiendo en la propiedad de su propia familia? – Concluyó, cruzó los brazos sobre su pecho y observó el extraño agujero en el techo. Era un milagro que la casa aun estuviera de pie; si el equipo de análisis lo veía apropiado se tomaría la decisión de derrumbar el lugar.

- Grave error, no subestimes la capacidad de los miembros de la familia Membrana. – Respondió el hombre escaneando con la vista el lugar en busca de la pista más pequeña que pudiera ayudarlos en su búsqueda - ¿Por qué crees que ha sido tan difícil hallarlo en estos últimos cuatro años? – Luego, su atención regresó al agujero.

Hacía veinte minutos el sistema de seguridad de la compañía Membrana había reportado un descenso espacial no permitido dentro de los límites de la ciudad, misteriosamente, sin poder calcular el punto de aterrizaje y solo diez minutos después la alarma en una de las más antiguas propiedades de la familia se activó. Una cámara de vigilancia oculta en el lugar se activó mostrando sorpresivamente la imagen del muchacho recogiendo apresuradamente sus pocas pertenencias y salir unos instantes después. Por fortuna él, jefe del escuadrón de seguridad general de la familia y la empresa Membrana, estaba por la zona junto con su asistente, Nazz, y al llegar, hacía tres minutos, ya había un grupo de investigación comenzando con los análisis según lo indicaba el procedimiento.

- Vamos a ver que más ha encontrado el equipo – Dijo el hombre saliendo del cuarto y yendo a la planta baja. Seguido por la mujer, observó las finas grietas de las paredes. Había indicios que una mano diligente había tratado de mantener el deterioro a raya. Hasta donde había observado, no había manchas de sangre en ese cuarto o en la sala (o lo que quedaba de ella). Lo que cayera sobre la casa no parecía haber lastimado al muchacho, eso ya le daba un respiro.

Alrededor del sillón aplastado, la joven observó a un trío de investigadores recoger muestras aparente triviales, como un pañuelo desechado en el piso, una botella de agua vacía o algunas fibras del sofá, tal como si se tratara de la escena de un crimen. Tal vez eran demasiado meticulosos pero encontrar al muchacho había sido la preocupación primordial del señor Membrana desde el momento que su hijo desapareciera. ¿Qué haría que un muchacho que lo tiene todo, dinero, prestigio, ese apellido y, sobre todo, inteligencia, abandonara su hogar de un día a otro sin dar una razón?

De uno de los cuartos adyacentes, aparentemente lo que era la cocina, salió un hombre del equipo con una pequeña caja transparente que contenía un montículo de restos calcinados completamente irreconocibles.

- Señor Zedec, los análisis indican que el joven Membrana estuvo aquí por algo más de un año – Dijo al mismo tiempo que tocó con sus dedos el centro de la tapa y esta se oscureció, adquiriendo una apariencia metálica. Zedec solo asintió levemente, permitiendo al otro continuar con su trabajo. '¿Un año? Esto no pintaba bien.'

- El señor Membrana va a estar emputado cuando se entere. – Comentó la mujer preocupada. Era sabido que el señor Membrana mantenía un frio control sobre sus emociones, pero todo lo concerniente a su hijo lo alteraba fácilmente.

Luego, de un oscuro pasillo salió otro investigador dirigiéndose a Zedec sosteniendo una pequeña pantalla entre las manos - Señor, en el sótano hay un agujero cuadrado en el piso, parece ser muy reciente. – Dijo mostrándole la información.

- ¿Hay pistas? – Dijo, mirando los resultados, hacia otro investigador que se había acercado a él.

- No, parece que el muchacho estaba preparado para algo así. – Respondió - No encontramos nada significante en la basura que dejó atrás. Pero hemos corrido algunos análisis para no pasar nada por alto.

En definitiva, el muchacho no estaba lejos, pero si él estaba preparado para cualquier incidente que comprometiera su posición, como ese, entonces las probabilidades de encontrarlo habían disminuido a casi nada, casi. Ahora solo restaba mantenerse vigilante ante cualquier pista.

En los últimos cuatro años habían pasado por su posición tres personas que habían hecho hasta lo imposible por encontrar el muchacho, pero nunca pudieron acercarse tanto como él, aunque fuera un incidente afortunado y aun así, no parecía que las cosas fueran a mejorar sustancialmente. El muchacho había burlado incontables veces cada uno de los sistemas de seguridad y vigilancia que la empresa tecnológicamente más avanzada de la historia tenía implementada en, prácticamente, todas las ciudades del mundo.

Tendría que infiltrar de incognito a un grupo en la zona y enviar otro a las estaciones de viaje por si el muchacho decidía cambiar de ciudad. Ahora que lo pensaba, ¿por qué el joven Dib se había quedado en la Ciudad Capital del Este? ¿O tal vez no se quedó, sino regresó? ¿Para qué? Soltó un suspiro y decidió poner en práctica su estrategia. Mientras menos tiempo perdieran, sería más fácil hallar pistas de su paradero.

'¿Dónde estás, Dib el Quinto?' Pensó Zedec, mientras trataba de imaginarse donde podría estar el nuevo escondrijo del muchacho.

Justo en ese momento, el muchacho corría apresuradamente entre la muchedumbre aglomerada en los estrechos pasillos del metro subterráneo, tratando de ingresar a la línea del metro que lo llevara lo más lejos de ahí posible, una pesada mochila colgaba de su espalda y una mano aferraba un cilindro azul oscuro.

Comentario de la autora:

Les advertí que iba a tratar mal a Zim. Ahora sí, ya pueden empezar a odiarme XD

Raga