Advertencia: Este fanfic es un ZADR = Un romance de Zim y Dib. Si el tema no es de tu agrado, no lo leas. DE VERDAD.

Todo lo relacionado con Invasor Zim no me pertenece ;w;

Clasificación: T, por escenas medio violentas pero nada del otro mundo xp

Género: Universo alternativo. Con un poco de angustia pero las cosas mejorarán… de alguna forma xp

Resumen: Zim prometió que no huiría más. Pelearía por aquello importante para él y regresaría aunque las cosas jamás pudieran ser lo mismo. Pero al regresar a la Tierra sabrá que el tiempo ha pasado demasiado rápido para poder, siquiera, decir adiós. Ahora deberá sobrevivir en un mundo irreconocible para él en un universo incierto, hasta que encuentra a una persona que le permitirá cumplir con su promesa.

**Antes de continuar, necesito aclarar algo rápidamente. En éste capítulo, se maneja principalmente años irken. Para hacer la conversión más fácil, hagan que 1 año irken = 10 años terrestres, ya se darán cuenta en qué momentos hacerlo. Ok, eso era todo. Disfruten :p **

Capítulo III

Calm Before the Storm

Soltando un suspiro cansado, Juna pasó su brazo sobre su rostro, quitándose las gruesas gotas de sudor sobre su piel. Aun en la sombra, el calor de verano se estaba volviendo irremediablemente insoportable. Miró hacia el irken quien, al igual que él, se mantenía ocupado, sentado en el suelo, con la concentración enfocada en ensamblar el gigantesco rompecabezas metálico que esperaban se convirtiera en una nave espacial. Mientras tanto, los ojos de Juna se sentía pesados y sabía que su coordinación había abandonado el edificio sin él.

Había estado trabajando desde la mañana anterior en el ensamble sin descansar ni un momento. Si tenía hambre bien podía comer mientras continuaba juntando cables, revisando conexiones y diagramas, soldando aquí y allá. A pesar que Zim lo presionaba constantemente, Juna tenía permiso para uno que otro descanso al día. Pero si Zim no descansaba, él no lo haría. No le daría la oportunidad de humillarlo por su "lastimera eficiencia".

Después de años de ser sobreexplotado en un sinfín de trabajos mal pagados y peligrosos, Juna había llegado a pensar que conocía lo que era la verdadera extenuación. Pero trabajar al lado del irken antipático le había mostrado lo equivocado que estaba. Él había pensado que trabajar con él supondría solamente jaquear algunos programitas de seguridad y permitir que Zim tuviera la osadía de ingresar a esas fortalezas tecnológicas. Al irken no le faltaba agilidad, astucia y confianza para conseguir lo que quisiera y regresar sin un rasguño. Pero, en cuanto el irken notó que él no solo era capaz de comprender los complicados sistemas de control e instrumentación humanas, sino también su facilidad en aprender lo básico de la tecnología irken, rápidamente le había encargado una serie de tareas que consumían, virtualmente, el poco tiempo disponible con que contaba.

Llevaba un largo mes así, casi tres días sin dormir y sus ojos ya no podían enfocar, aun con los lentes encima. Para su desesperación, Zim apenas daba muestras de cansancio, solo una vez lo había encontrado bostezando. Todos los días, justo cuando llegaba al escondite de Zim, GIR entre balbuceos le contaba lo que habían hecho mientras no estaba y en ninguna ocasión le había mencionado que Zim descansara ¿acaso el irken no necesitaba dormir?

Miró al alienígena brevemente y volvió a lo suyo. Aun escondidos en ese abandonado edificio, Zim mantenía su disfraz holográfico encendido para decepción del humano. Juna no podía reprimir la curiosidad que sentía hacia todo lo relacionado con él. Era una mezcla entre intimidación y fascinación. ¿De dónde venía? ¿Cómo había llegado a la Tierra? ¿Cómo era estar ahí, en el espacio, y ver de cerca todas esas maravillosas supernovas, galaxias, planetas y sistemas solares de todas las formas y tamaños que los humanos habían captado con telescopios y satélites en los últimos siglos? y, especialmente, ¿cómo había conocido a Dib I? Pero el carácter agresivo, imprevisible y voluble del irken lo intimidaba para hacer cualquier pregunta.

Tal vez Zim se volvería lo suficientemente accesible con él para responder sus dudas, pero de momento parecía tan probable como encontrar las piezas faltantes tiradas en el basurero de la esquina.

Y el humano continuó con la tarea.

"Entonces…" pensó el humano "Si este cable rojo es el común, entonces este azul con el amarillo son de señales digitales. El blanco retroalimentación, el verde el repetidor y el negro alimentación. Momento, el rojo era la retroalimentación y el negro alimentación… No, al revés. Entonces el azul no es digital, ¿o si era el amarillo?" Temblorosas, las manos de Juna se detuvieron, ya no podía pensar correctamente y sus ojos luchaban por quedarse abiertos. Sabiamente, sopesó la situación: Si paraba, Zim le reprocharía su "patética debilidad humana" si no lo hacía papilla primero, pero si continuaba seguramente conectaría algo mal y la nave y sus ocupantes terminaría, en el mejor de los casos, como una bola de fuego en la estratosfera. Si bien el irken no era de su entero gusto, Juna no podría cargar con eso en su conciencia.

No, ya no podía seguir.

Antes de poder decir una palabra, Zim se giró repentinamente con una pieza gris entre las manos y sin levantar la vista dijo:

- Bestia humana, vete. Mañana continúas. – El irken estiró el brazo, su delgada mano alcanzó una fina herramienta del suelo y empezó a insertarla en la pieza.

Juna permaneció en silencio, incrédulo. No se esperaba que Zim fuera lo suficientemente comprensible para dejarlo ir sin más, sin gritos ni humillaciones. Receloso, el humano asintió, se levantó pesadamente de su lugar lo más rápido posible, haciendo que sus articulaciones tronaran y tomó su mochila. No quería enfadar a Zim por su tardanza, no abusaría de su suerte.

- Hasta mañana – Juna dijo antes de salir del cuarto sin esperar ni recibir respuesta, pero sonrió. A pesar de todo, no podía negar que esto era lo más emocionante e intelectualmente estimulante que había hecho en toda su vida. Pero necesitaba una cama urgentemente y un baño. - ¡Ah! Zim, voy a renunciar a mi trabajo en la mensajería. – Comentó, penosamente. - Aun tendré que ir tres días, por cuestiones del contrato. – Agregó para evitar cualquier mal entendido. Sabía que Zim le importaba un bledo sus problemas personales pero era mejor que supiera sobre el tiempo extra que tendría en unos días. - Pero después podré trabajar más en esto.

El irken lo miró sin real interés desde su lugar y alzó y bajó sus hombros. Si Juna esperaba un comentario venenoso de parte del irken, no lo recibió. Algo raro le estaba sucediendo, pero no tenía el valor para preguntarle.

- Entonces podrás venir más temprano. Llega desde las nueve de la mañana cuando dejes de ser un zángano de mensajería. – Con un gesto, Zim despidió al muchacho y continuó trabajando.

Estando ya en el terreno exterior, Juna no notó los ojos del irken sobre él. Zim observó como él asomaba cuidadosamente la cabeza a través de una sección derruida de la alta barda que rodeaba los terrenos del edificio, miró hacia ambos lados y rápidamente se perdió de vista.

Zim bostezó profundamente y observó brevemente a GIR quien jugaba con una pequeña pila de basura al pie de la construcción. Era desesperanzador saber que ese robot era el único ser existente en el universo en quien podía confiar.

De su pak salió un transmisor.

- GIR – Su voz salió cansada pero aun con firmeza. El SIR levantó la mirada hacia su dirección y lo saludó con una amplia sonrisa – No quiero que subas a esta planta ni abandones este lugar hasta que yo lo ordene. ¿Entendido? - A través del transmisor, la aguda y excitada voz de GIR respondió con un "Sí, señor" haciendo eco con el grito desde abajo – Si algún fisgón entra aquí, me avisas de inmediato por el trasmisor.

Dándose la vuelta, Zim caminó hacia la pared opuesta y estando a un metro de distancia, el muro de levantó, exponiendo un pequeño cuarto rojo. Al entrar, la pared se cerró detrás de él.

En una pared estaban ordenadas pantallas y paneles, en el centro había un amplio sillón rojo. Eso era lo único que había podido salvar de su vieja base, ni siquiera tenía instalado un cerebro de control básico pero con tan poco, salía sobrando. Se sentó en el sillón y, relajándose, cerró los ojos.

Zim sabía muy bien como disimular su cansancio, allá afuera era una cuestión de supervivencia y solo por estar en la Tierra no iba a cambiar sus costumbres.

Necesitaba descansar por mucho que lo odiara y eso implicaba tener al humano lejos; en realidad, a quien fuera alejado. No podía permitir tenerlo cerca estando él tan vulnerable, mucho menos que conociera de ese pequeño escondite. Su único refugio en todo el universo.

La puerta corrediza de acceso de su pequeño cajón se abrió con un agudo chillido, apenas lo suficiente para que Juna pudiera pasar arrastrando los pies. Soltó su mochila detrás de él, cayendo ésta estrepitosamente sobre las placas de circuitos y viejas revistas. Conociendo perfectamente el orden del caos dentro del reducido espacio, sorteó la infinidad de cajas, cables y pedacería electrónica sin tropezarse, completamente en oscuridad. Una vez llegado al fondo, se dejó caer sobre la estrecha cama, soltando un gruñido cansado. Girando ligeramente su rostro, sus ojos se fijaron en los brillantes números rojos del despertador. Seis de la tarde. Afortunadamente ese día no tenía turno en el bar así que disponía de toda la noche para descansar, solo ese pensamiento lo hizo sonreír y se acomodó mejor entre las sabanas.

Se preguntó si el irken le permitiría quedarse en su escondite, ahorrándose el tiempo de viaje de un lugar a otro, el bar estaba muy cerca de ahí y si iba a renunciar a la mensajería, le convenía mucho más. Pero conforme iba conociendo mejor a Zim, más improbable parecía que aceptara; el extraterrestre era muy celoso con su espacio, pero lo mismo que había pensado hacia un mes cuando le pidió colaborar con él.

Juna estaba planeando renunciar a sus dos trabajos pero aun no confiaba del todo en la sinceridad del irken ¿Qué pasaría si Zim decidía en el último momento traicionarlo y lo dejaba sin nada en las manos? Debía conservar el trabajo del bar, era menos cansado atender a clientes que solo pedían bebidas y mientras los sirviera, estarían contentos. Si había una pelea, no era trabajo de los meseros encargarse del problema.

Suspiró sobre la almohada, cerró los ojos y el sueño llegó por él rápidamente.

Si miraba al cielo, vería claramente la particular franja de estrellas en el cielo terrestre. Una suave briza sopló entre la densa copa de los árboles y, entre ellas, había dos personas escondidas sobres las ramas más gruesas y altas.

Esa ocasión era una de las tantas que Dib llevaba al irken a investigaciones de campo. Al principio, Dib no tenía confianza suficiente para dejarlo en casa sin supervisión por tantos días así que Zim era, prácticamente, arrastrado hacia el carro o al avión. A partir de entonces Dib tenía que hacer acopio de toda su paciencia para soportarlo el resto del viaje hasta que el irken se cansara de quejarse.

A un año de conocerse, el irken se había resignado a ser llevado y traído como un peso muerto. Era contra su naturaleza ser una carga y, sobre todo, aceptar órdenes de un ser no irken y, por lo tanto, inferior pero en este caso, si tenía alguna forma de exasperar al humano, la iba a aprovechar aunque a la larga también se había aburrido de gritar y quejarse al salir de viaje. El humano ya no le hacía caso y, sin eso, Zim no se divertía.

Zim observó el débil reflejo de la pantalla de la computadora en los lentes del humano y trató de acomodarse en la dura rama donde descansaba. Hacía varios días que el humano buscaba un "uz-mea-dor". Un tipo de zorro que, según las historias, solo aparecía de noche y dejaba una franja de fuego cuando era sorprendido pero hasta el momento no había encontrado ni una señal de su existencia. Había cámaras, micrófonos, sensores de movimientos y temperatura y escáneres instalados en toda la zona visible a su alrededor y simplemente no aparecía ni una chispa.

Si bien el irken desaprobaba las tácticas de exploración del humano, no podía negar que de alguna manera improbable funcionaban y que en el área que Dib elegía siempre encontraba lo que iba a buscar en cuestión de pocos días, lo cual era un misterio para Zim. Pero él se reusaba a preguntar y demostrar ignorancia o curiosidad sobre los primitivos métodos humanos.

Ambos estaban encima de un árbol ya que, de acuerdo con el humano, debían evitar que su olor fuera percibido por cualquier criatura que habitara ese apestoso tiradero orgánico de coníferas que Dib llamaba bosque. Por lo que sabía, el husmeador no era agresivo pero había unas cosas llamadas "ho-zos" que el humano quería evitar a cualquier costa. Zim tenía la idea que Dib ya se había topado con uno de ellos antes, terminando en un desafortunado y urgente ingreso al hospital.

Zim trató de acomodarse nuevamente pero el ángulo de la rama no se lo permitía sin arquear dolorosamente su espalda para dar espacio a su pak. No se quejaría, él era un orgulloso miembro de la mayor y más poderosa fuerza militar jamás conocida en el universo, un soldado condecorado, un brillante élite, ¡un invasor reconocido…! Un irken que merecía morir por darle la espalda a la más importante misión de su existencia: Dar su vida por el imperio y obedecer ciegamente los mandatos del Alto. Cualquiera que haya sido la circunstancia, eso jamás se lo perdonaría y, estando ahí, sentía estar pagando por eso. Ya ni siquiera podía consolarse con portar su dignificante uniforme militar irken.

Volvió a intentar acomodarse pero solo logró aferrarse a la rama para evitar caerse. Con un gruñido exasperado, comenzó a rasguñar la corteza, maldiciendo al insolente árbol.

- Zim, regresemos al campamento. – Susurró Dib desde su lugar, colocando su computadora sobre un soporte empotrado en la rama al lado. Se quitó los lentes y masajeó el puente de su nariz – Parece que hoy tampoco tuvimos suerte.

Cansado, Dib tomó una bolsa colgada en una rama rota a un brazo de distancia y comenzó a guardar sus pertenencias.

- ¿Te rindes, humano? ¡Ja! Predecible, terrícola pretencioso. No me sorprende tu falta de resistencia. – El irken se burló, aparentando aburrimiento y completo control de su precaria posición en el árbol.

Dib solo le lanzó una mirada indignada y continuó guardando algunas cosas que había instalado en las ramas como pequeñas fuentes de energía, mapas, antenas de comunicación y un soporte de vaso.

Zim percibía la frustración de su compañero, era la primera vez que en una semana no tenían nada, ni una fotografía borrosa. Pero si Dib decía que debían regresar, mejor para él. Todo su cuerpo estaba adolorido, en especial su espalda.

Justo antes que Zim se preparara para descender, notó que el humano se detenía, guardando silencio.

- Mono-cerdo, vamos. No quiero llegar al campamento para encontrar a un grupo de mapaches anidando en la tienda, otra vez.

Dib soltó un suspiro cuando, decididamente y sorprendiendo al irken, sacó todas las cosas y las volvió a colocar en su lugar.

- ¡¿Qué… qué estás haciendo?

- Zim, adelántate. Yo me quedo un rato más.

- ¿Q… qué? De verdad simio-humano ¿crees que solo por quedarte aquí hasta que amanezca, esa tontería de uzmeador va a aparecerse cuando no lo ha hecho en siete días?

- Zim, te he dicho muchas veces que puedes quedarte en el campamento. Por lo menos ahí no tendrás que preocuparte por caerte de un árbol. – El irken, indignado, aparentó no saber sobre que estaba hablando. Resignado, Dib continuó – Si te sirve de algo, si al amanecer no encuentro nada, nos vamos. ¿Está bien?

- Bien – Respondió el irken, regresó a su sitio en la rama y trató de acomodarse nuevamente.

- ¿No vas a regresar? – Preguntó Dib intrigado, tras un instante de silencio.

- Arrastraste a Zim a este basural, olvidaste su skitte y he pasado las últimas ciento sesenta horas terrestres aplastado en esta primitiva estructura vegetal. Zim no va a permitir que le restriegues en la cara ni un momento de debilidad. ¿Entendido? ¡Jamás! – Zim asintió, reafirmando sus palabras.

- Como quieras. – Contestó, sin ánimo de continuar con la discusión.

¿Por qué había encontrado a ese alienígena tan engreído e irracional? ¿Todos serían así? Esperaba que no, pero entonces eso solo demostraba lo mucho que el universo disfrutaba reírse de él.

Pasó media hora, la computadora seguía sin detectar nada. Del bosque llegaban ruidos de animales y bichos rastreros y Zim estaba más aburrido que antes. Miró hacia el humano, que tenía su concentración de nuevo en los equipos, luego al bosque y de nuevo al humano.

Esto era demasiado fastidioso.

- ¿Por qué quieres encontrar ese animal mugriento? – Preguntó el irken, casualmente. Si iba a estar ahí, por lo menos quería saber para qué. Seguro el humano podría hacer algo menos incomodo con su vida. - ¿Sabes que podrías hacer otras cosas más útiles para tu planeta que estar aquí perdiendo el tiempo buscando algo que igual y no existe?

- No te imaginas cuantas veces he escuchado eso. – Respondió el humano, sin apartar la mirada de la pantalla. En ese entonces, Zim aun no era capaz de percibir cierta pesadumbre en las palabras. Llevaba casi un año en ese planeta pero todavía no lograba entender las sutilezas del lenguaje humano y tal vez nunca lo haría. Tampoco tenía mucho interés de hacer el esfuerzo.

- ¿Entonces? ¡¿Por qué no haces caso? – Zim reconocía que Dib era mucho más inteligente que cualquiera humano molesto que le había tocado conocer. Pero sería un completo imbécil si no veía algo tan obvio. – Claramente, esa cabezota tuya solo está acaparando espacio.

- ¡Si crees que solo…! – Las palabras salieron demasiado fuertes y Dib cerró su boca. Debía controlar el volumen de su voz o podría asustar a cualquier husmeador cercano.

¡No podía ser, incluso Zim le hacía la pregunta! Dib se sintió frustrado y trató de dar una respuesta pero ¿cómo podía explicarle a Zim su situación sin hondar en sus problemas familiares más privados y que le resultara fácil entender las motivaciones humanas? Conocía lo suficientemente a Zim para saber que no permitiría dejar esa pregunta al aire. Lo presionaría y haría un indeseable escándalo hasta conseguir respuestas. No tenía más opción que darle una, aunque fuera parcialmente la verdad. No le debía nada para darle un atisbo de sus propias inseguridades.

Dib se tomó un momento y contestó.

- Porque de otra forma, no me siento libre.

"¿'Libre'? ¿De qué está hablando el humano?" Zim pensó confuso y ligeramente irritado, ¿qué tenía que ver eso con esa búsqueda ridícula?

- Aquí no hay nada que me juzgue, me presione o trate de influir en mi vida y mi trabajo.

"¡Ah! Eso. Sí, eso es importante." Incluso Zim reconocía lo mucho que había disfrutado de la libertad de acción del que había gozado durante sus trabajos en las instalaciones de investigación en Vort, poco antes que todas sus desdichas comenzaran.

- Y sobre todo, estoy convencido que en algún lado… – Y Dib hizo un ademán, señalando el bosque. – …hay algo que nadie nunca ha capturado antes. Quiero saber… No, necesito saber qué es, de donde viene, por qué ha evolucionado de forma tan extraña, por qué hasta ahora se ha podido mantener oculto. Quiero ser yo quien encuentre las respuestas. Les demostraré que la ciencia los muchos caminos inexplorados que tiene enfrente, tantas posibilidades ocultas ante sus propios ojos y los beneficios que el mundo puede obtener de todo este conocimiento. Además… – Y Dib sonrió, con su mirada determinada fija en el bosque. - …aquí está toda la tranquilidad que necesito.

Zim miró hacia el bosque también, rumiando las palabras del humano por varios minutos y poco a poco les fue encontrando sentido en un concepto más familiar para el irken.

Viéndolo desde su particular punto de vista, todo era más claro. Dib era un cazador, sus cacerías no involucraban sangre y muerte, como en las que Zim había participado anteriormente cuando estaba en el ejército irken, pero igual requerían de astucia y habilidades para obtener evidencias incuestionables, sus trofeos y el reconocimiento que buscaba.

Zim entendió entonces que él también había sido una presa que Dib se había encontrado herida. Pero este cazador no lo había expuesto al mundo para vanagloriarse de su triunfo, lo había conservado para él solo, considerándolo demasiado valioso y único para dárselo a nadie. Todavía más, le había dado un refugio donde lamerse las heridas, tiempo para recuperarse y la paciencia para soportarlo.

La palabra "único" hizo ecos en su mente pero, de momento, era demasiado pesada y vana para mantenerse a flote y quedó en el olvido.

Un cazador y una presa. La analogía hirió su lastimado orgullo pero, mirando la determinación del humano, no podía culparlo. A fin de cuentas, Zim fue quien se había rendido.

Pensando mejor sobre la situación, tal vez no estaría mal si participaba en eso. Solo un poco. No tenía nada que perder y mientras su nave estuviera en esas deplorables condiciones, tampoco podía marcharse.

Parecía que había encontrado algo que lo mantendría distraído mientras estaba en ese fétido planeta. Las cosas ya no se veían TAN mal. El irken concluyó entonces que este asunto de lo PA-RA-NOR-MAL prometía algo para él, salvo algunos detalles. Zim se recostó y trató de acomodarse de nuevo en su lugar.

- ¡Zim! Mira, creo que hay al…

El frio de la mañana desapareció al igual que la dura rama, las hojas, el viento, el rostro entusiasta de Dib y Zim despertó confundido con las palabras del humano resonando como un eco en su mente.

Estaba acostado sobre el asiento de su cuarto secreto en el viejo y abandonado edificio, ciento cincuenta años adelante, donde el husmeador y otras criaturas legendarias se habían vuelto mascotas exóticas y Dib estaba muerto.

Regresar a la realidad siempre suponía ajustar sus ideas de forma temporal y algunas veces luchar contra esos pensamientos y sensaciones revividas para encerrarlos donde deberían estar. No se atrevió a levantarse, dejó que el silencio continuara reinando en ese espacio por varios minutos, permitiendo que diluyera esa voz y trató de enfocarse en su realidad inmediata.

No había palabras para expresar cuánto odiaba dormir.

- ¡No! ¡No te vayas! ¿Tienes una jodida idea del trabajo extra que voy a tener? – Imploró Freed, aferrándose al dorso de su amigo.

Juna había anunciado su renuncia hacía tres días y ahora tendría que abandonar su puesto. A pesar de darles ese tiempo, en tres días aun no habían encontrado un sustituto para él que cubriera el perfil necesario. La ciudad era muy grande, la empresa necesitaba a alguien que la conociera detalladamente y supiera por donde desplazarse.

Antes de regresar a Ciudad Capital, Juna se había memorizado el mapa de la ciudad y las rutas de todos los servicios de transporte. Si tenía que correr, debía saber hacia dónde y cómo huir. Afortunadamente, justo al llegar, se había abierto un puesto como mensajero y no dudó en tomarlo.

- Vas a estar bien, Freed. En cualquier momento habrá alguien que tome mi puesto. - El muchacho trató de consolarla.

- ¡No seas tonto, sabes lo que quiero decir! – La tristeza de la joven fue evidente y su conciencia comenzó a carcomerlo. Juna sentía un cariño genuino hacia ella, era su mejor y única amiga. Realmente lamentaba tener que hacerle eso.

- Tengo unos asuntos familiares que debo atender fuera de la ciudad, no puedo posponerlos más tiempo. - Juna no pudo evitar sentirse avergonzado por mentirle nuevamente, aun así no podía arrepentirse por su decisión, debía darle prioridad a su trabajo secreto si deseaba tener una vida normal y tranquila. El muchacho tenía la vaga esperanza de, algún día, decirle toda la verdad a su amiga pero de momento su origen debía seguir oculto.

- Pero, ¿regresarás pronto? ¿Por qué no pides tus vacaciones adelantadas? No te vayas.

- Lo siento. No sé cuánto tiempo vaya a estar fuera. Pero cuando regrese, tú serás la primera en saberlo y podremos salir a algún lado, a donde quieras ¿está bien? - Prometió su amigo, de corazón. Era lo menos y lo único que podía hacer por ella.

- Muy bien, pero iremos a un buen lugar y tú vas a pagar la cuenta, ¿entendido? – Freed dijo conteniendo las lágrimas de tristeza, mostrando una sonrisa forzada.

- Vale – El muchacho sonrió, tratando de afirmar sus palabras. Con suerte, Juna tendría una mejor situación financiera para entonces. Sin tener que ocultarse, usar su dinero sería mucho más seguro. De verdad le entristecía separarse de su amiga. - Nos vemos, Martin. – Dijo hacia el encargado de la mensajería, quien había visto la escena sin entrometerse.

- Cuídate, muchacho. Suerte. Descansa y come bien. – Respondió el encargado en tono paternal.

Martín reconocía lo amable, responsable y educado que Juna era, jamás había recibido alguna queja por su trabajo o su trato con los clientes. Lamentablemente, Martín no podía asegurarle el puesto a su regreso, en cualquier momento vendría alguien para tomarlo.

Martín y la joven se quedaron en silencio mientras Juna, antes de marcharse, retiraba alguna pertenencia personal de su casillero, al final del corredor.

- Freed, ya verás que regresará pronto. Si te alegra, hoy no hay mucho trabajo. Podrás ir a casa temprano. – La joven asintió tristemente. Martín siguió con su trabajo, ordenando las entregas del día, detrás del mostrador y Juna se fue.

- Diablos, este niño ya empezó a darme más trabajo. - Murmuró Freed a nadie en particular. Miró hacia la solitaria entrada del edificio por donde Juna acababa de irse, Martín estaba distraído y el pasillo estaba vacío. Bien, nadie la estaba observando. - Bueno, ya terminé aquí. También me voy.

Martin estaba ocupado recogiendo unas cajas del piso cuando el timbre de servicio sonó desde el mostrador. Al voltearse vio un hombre corpulento, sonriendo hacia él, de largo cabello negro y lacio, vestido en una versión moderna del clásico traje de ejecutivo negro, la última moda de ese momento.

- Hola, ¿se le ofrece algo? - Preguntó Martin, extrañado.

El hombre sonrió. Martín no pudo evitar notar la fila de dientes afilados y, observándolo con mayor detenimiento, sus ojos eran rojos, sus orejas ligeramente puntiagudas, su piel tenía un extraño tono grisáceo y sus uñas eran afiladas.

- Yo también lo siento, Martin. Pero hay cosas que no puedo dejar atrás. Te prometo que si debo hacer un envió, utilizaré este servicio. - Dijo el hombre, inclinándose sobre el mostrador.

Desde que Dib I demostrara la existencia de grupos no humanos en las ciudades y ayudara a su inserción pacifica en la sociedad humana, no era raro que un extraño, como se les llegaba a llamar comúnmente, deambulara por las calles. Afortunadamente, raras veces ocasionaban problemas. Pero la presencia de esta persona hacía sentir a Martin inquieto, especialmente al mirarlo a los ojos.

Martín sintió un ligero mareo, pero la sensación desapareció un instante después, dejándolo confundido. Miró alrededor sin encontrar nada ni a nadie. Estaba convencido que alguien estaba ahí hacia un segundo frente a él pero no había nadie ¿de verdad había sucedido? Debía ser su imaginación y descartó sus sospechas. No tenía tiempo que perder, tenía mucho trabajo que hacer.

Al mirar hacia la tableta de órdenes, se sorprendió al encontrar varias órdenes sin un repartidor asignado ¿La computadora se había equivocado? ¡¿Cómo? En todos sus años en ese lugar, jamás había pasado algo así ¡Era como si dos repartidores hubieran desaparecido!

Conectó la tableta a la computadora, buscando alguna respuesta. Todos los repartidores habían llegado pero, algo no cuadraba, había dos puesto desocupado desde hacía un par de años. ¿Cómo habían sacado el trabajo hasta ese momento? Esto era muy extraño.

En un alto edificio, había un joven muchacho absorto en lo que acababa de ocurrir mientras observaba críticamente la ciudad. Aun sentía un molesto hormigueo en el cuerpo por la descarga eléctrica que había recibido y necesitaría unos minutos más para que su cuerpo recuperara completamente su movilidad.

De momento, no había grandes expectativas para cumplir con su misión ahí o en ningún otro lado de ese planeta. Desde el espacio no habían encontrado los rastros característicos que un fugitivo de su mundo dejaba detrás de sí. Pero estaban tratando con alguien especialmente escurridizo que se había ocultado del poder del imperio por años. Ni siquiera sabían con qué se enfrentarían.

Por su estatura, su apariencia adoptó la de un humano adolescente humano de cabello corto y oscuro, de piel tostada y ojos negros.

Se volteó y miró la estructura rojiza de arquitectura familiar enclavada en la cima del edificio. Las viejas bases militares debían ser instaladas directamente en la superficie del planeta pero las creadas en años recientes podían ser colocadas casi en cualquier superficie, siempre y cuando hubiera una fuente de energía cercana. Gracias a la tecnología de su planeta de origen, solamente él y sus acompañantes eran capaces de verla y accesar a ella. Considerando la escaza inteligencia de los terrestres, hacía poca falta. No se darían cuenta aun si la instalaban en el centro de la ciudad decorada con luces de neón.

Él, como miembro del grupo élite de su mundo, debía cumplir la misión asignada por su líder, aun cuando el comportamiento de sus subordinados le resultara tan irritante. Debía mantener la calma, pensar objetivamente en sus acciones. El resultado de la guerra irken y el futuro del imperio dependían de esto.

Escuchó los pasos de dos personas salir de la base y acercarse a él. Seguramente los dos locos que tenía bajo su cargo se habían enterado de su trasmisión con el Alto. Dada la situación actual, debía tomaba las precauciones necesarias para evitar que la comunicación fuese intervenida por el enemigo, pero esos dos siempre encontraban una forma de enterarse de todo y se negaban a revelar sus secretos.

Aun cuando los odiara profundamente no podía negar que, para ser un par de errores en el sistema de reproducción de su especie, hasta este momento habían demostrado ser demasiado listos y capaces. No por nada habían obtenido victorias importantes para el imperio con solo un pequeño y despreciable escuadrón de soldados tipo 9B.

- ¿Qué tal, comandante Skoodge? ¿El Alto ya no le da palmaditas de ánimo?– Dijo una voz, ni tan grave ni tan aguda para saber su género, un tipo de voz cada vez más común entre los irken. Para su sociedad, ese tipo de cosas eran superfluas. Las responsabilidades y logros de los individuos dependían mucho del esfuerzo y, principalmente, de la estatura. Los géneros eran solo el remanente de lo que, miles de años atrás, había sido la forma instintiva, descontrolada y sin supervisar de la reproducción irken.

- Creo que ésta es la tercera vez que el Alto le envía una descarga eléctrica a distancia, ¿cierto, comandante? – Respondió alguien más, de voz más grave.

"No permitas que te provoquen los desgraciados." Skoodge se aferraba a ese pensamiento cada que tenía que lidiar con ellos. ¿Por qué no le había tocado soldados normales y psicológicamente estables que respetaran su rango?

- Éramos más útiles para el imperio al frente de batalla que aquí, en esta pocilga.

Renuentemente, Skoodge se volteó. La primera persona que había hablado parecía una fémina humana de cabello rubio lacio y corto, de piel sonrojada y ojos verde intenso.

Skoodge sabía que, debajo de esa apariencia engañosamente delicada, existía una mortífera colección de armas blancas que su dueño, Drainden, sabía usar perfectamente. Incluso él, debajo del disfraz y oculto en su armadura de soldado élite, tenía armas y municiones de gran calibre, suficientes para desatar una revuelta en toda Ciudad Central y poblados alrededor.

El otro irken, llamado Montroot, parecía un joven humano masculino de cabello oscuro con amplios goggles sobre los ojos.

- Puedo suponer que saben de los cambios que hubo en la misión. – Respondió el líder, ignorando sus palabras.

- Cada detalle. – Respondió Drainden, sin mostrar remordimiento por intervenir en la comunicación privada del comandante. – Le informamos a Russ en el sala de control, tu perro ojiazul estaba esperando ordenes.

Entonces, un adolescente de ojos azules y cabello café oscuro salió de la base y realizó un breve saludo marcial frente a Skoodge.

- Comandante, me han informado que el Alto a cambiado las condiciones de la misión ¿es eso cierto?

Skoodge asintió, agradecido que alguien en el grupo respetara su posición.

– No importa si capturamos a Zim vivo o muerto. El Alto Purple quiere el pak a toda costa, aun si debe sacrificar su potencial y habilidades.

Todos estuvieron de acuerdo con la decisión. Atrapar este fugitivo en particular vivo era demasiado complicado y arriesgado, ninguno deseaba ingresar a la larga lista de soldados morados muertos en el intento. Por primera vez desde su persecución, Zim se enfrentaría a un equipo que no se abstendría para conseguir lo que pertenecía al imperio por derecho.

Skoodge miró preocupado la enorme extensión de la Ciudad Capital. La misión que tenía en manos era demasiado delicada y vital, con la cual se terminaría de una vez por todas con la guerra que estaba despedazando al imperio irken, desmembrando su poderío y progresos que, por milenios, había alcanzado.

- Vayan – Ordenó Skoodge. – Debemos detener esta guerra a cualquier costo. No hay tiempo que perder.

En un momento, Drainden, Montrot y Russ estaban en a su lado y, con un gesto suyo, los dos primeros desaparecieron sin decir palabra, con extraordinaria facilidad y sigilo llegaron al pie del edificio. Brevemente, Skoodge pudo seguirlos con la vista pero su rapidez les permitían disolverse entre la población aborigen con la misma facilidad que un hilo de humo entre la densa niebla.

Russ se rezagó por unos segundos para inclinarse respetuoso y sumiso hacia él, luego siguió a sus compañeros de misión. Russ prefería desplazarse entre las sombras y callejones de los edificios, sin llamar la atención, evitando dejar rastros de su presencia.

Hasta perder a los tres de vista, Skoodge se sumó a la búsqueda. Invisible por el holograma, una máscara cubrió su boca y una visera cubrió sus ojos, donde seguía la posición y estatus de sus compañeros. Montroot se había desplazado hacia el norte, Drainden al este y Russ al oeste. Así que solo había una dirección restante que tomar.

Montroot estiró el brazo y ocultó, en un rincón oscuro detrás de un edificio, una esfera rojo oscuro. Presionó un punto en su muñeca, la esfera se activó y se hizo indetectable por cualquier equipo de rastreo irken. En cuanto se diera la orden, varios de esos dispositivos barrerían la ciudad en busca de un tipo de energía particular que emitían los paks. El equipo no lo había logrado desde el espacio, forzándolos a aterrizar. Si había un irken fuera de la base cuando fueran activados, no solo sería ubicado sino también recibiría una señal aturdidora que lo mantendría paralizado el tiempo suficiente para que ellos pudieran capturarlo.

Antes de retirarse a seguir con su tarea, Montroot debía revisar la información que acababa de recibir, a través de un subprograma oculto en la computadora de la base cuya existencia solo conocía él y Drainden.

Presionó un costado de sus goggles. Un torrente de información se desplegó en su mente desde su pak y con solo pensarlo, manipuló, filtró, desechó y clasificó la información hasta darse por satisfecho. Sonrió, complacido por el hallazgo.

Ya casi había terminado de instalar los escáneres en esa zona de la ciudad, pero era más seguro informarle a Drainden desde su posición sobre el resultado de su pequeña investigación privada que hacerlo en la base. Las luces de las calles y comercios empezaron a prenderse conforme el cielo se oscurecía. Pronto tendría que regresar a la base, había pasado demasiado tiempo separado de Drainden y eso podría ser peligroso para ambos.

- Drainden, ¿has terminado? – Montroot preguntó, recargado contra el muro de un edificio, sin necesidad de desplegar el transmisor de su pak. Con solo unos ajustes mentales en el pak podían transferir mensajes completos exclusivamente a su compañero. Estaban seguros que nadie más que ellos dos, en toda la especie irken, eran capaces de realizar una comunicación tal sutil y precisa sin ningún dispositivo de por medio. Esa capacidad les había permitido sobrevivir más allá de la corta esperanza de vida de soldados como ellos.

- Hace solo unos minutos. - Respondió su compañero. - ¿Qué pasa? - Por su lado, Drainden caminaba por una avenida concurrida.

- Zim está aquí.

Tras un instante de sorpresa, Drainden contestó, listo para procesar la información que Montroot tenía para él.

- Dame un breve informe. – Montroot escuchó y metió las manos en los bolsillos de su saco.

- Justo lo que supusimos. Zim ha estado robando a empresas de tecnología en esta ciudad en las últimas catorce semanas terrestres. El listado de objetos robados es bastante extenso, incluye estabilizadores antigravitacionales, propulsores a base de gases inertes, materiales diseñados para naves de exploración espacial, por mencionar algunos. Te envío el resto de la lista, las piezas faltantes posibles y la ubicación de cada empresa terrícola que las poseen.

- Sigue. – No era difícil imaginarse que estaba pasando. Parecía que Zim estaba, por lo menos, arreglando su nave. La información que la invasora Tak había dejado atrás dejaba muy en claro que la nave de Zim tenía fallas importantes y que ya no podría soportar el estrés de viajes tan largos como los que se veía obligado a realizar. No podían desaprovechar la oportunidad de atraparlo, ahora que estaba estancado por tiempo indefinido en ese planeta.

- El patrón que observo en los últimos robos me hacen pensar que está trabajando con alguien más pero de momento no me es posible determinar si es o no humano.

- Si, también lo noté. Por lo menos sabemos que si Zim continua robando las piezas faltantes con esta frecuencia, no podrá salir de aquí por unas semanas más. Mmm… Tak reportó que iba solo, ¿no es así?

- Pero ese reporte tiene más de tres años. Según testigos, Zim logró llevar consigo un SIR desmantelado, pero no se encuentra en las memorias de la invasora. Dudo mucho que exista alguien, mucho menos humano, que colabore con un irken prófugo. Pero si es uno de estos simios terrestres quien lo asiste, tal vez Zim tiene al pobre infeliz trabajando contra su voluntad.

Drainden guardó silencio, sin duda era una enorme ventaja saber que Zim si estaba en esa ciudad, eso les permitía enfocar sus esfuerzos en solo ese punto del planeta. Los escáneres habían sido muy útiles durante la guerra que se libraba en Irk, muchas batallas las habían ganado con esa última innovación tecnológica, pero tenía sus dudas si serían tan útiles en este caso. Un fugitivo como Zim debió haber encontrado la forma de ocultarse de ellos, más tras toparse con un soldado tan fuerte como Tak.

- Mrot, procederemos tal como lo planeamos y me encargaré de entregar esta información al comandante. – Montroot asintió, recordando el análisis que habían hecho sobre Zim antes de llegar a la Tierra. - Debemos dejar claro que conocemos sus plantes y, al final, Zim estará tan estresado que será más fácil derrotarlo en un enfrentamiento directo.

- Es la única ventaja que podemos sacar. – Entendían sus limitaciones en esa misión pero eso nunca los había detenido para salir victoriosos en el campo de batalla. Si deseaban ser algo más que soldados 9B, debían regresar con ese pak o morir en el intento. A pesar de todo, comprendían una gran y dura verdad sobre la misión. - Fue un grave error que Zim se topara con Tak.

- ¿Comandante? - Llamó Russ, entrando a salón de mandos de la base. – En cuando regresen Drainden y Montroot se iniciará el escaneo.

Skoodge estaba inmerso en la información que había reunido desde su llegada a la Tierra, desplegada en las múltiples pantallas de la sala de control. En un rincón se mostraba la localización de los soldados faltantes, lejos de la base.

"No va a servir de nada" pensó el líder.

- Completa el procedimiento como siempre. Después tendremos que salir a buscar por nuestra cuenta. – Contestó indiferente.

- Señor, ¿piensa que el escaneo no dará resultado?

- No, Russ. Estoy convencido. El hecho que Zim se haya topado con Tak nos pone en desventaja. Eso le permitió conocer los últimos avances en la tecnología militar e información crucial de nuestras fuerzas. Aunque han pasado tres años, nuestras armas no han cambiado sustancialmente. Sabe con qué atacaremos y estará preparado para enfrentarnos. – Más datos se mostraron en las pantallas pero nada que fuera útil.

- Entonces ¿Por qué nos molestamos con…?

- El Alto está supervisando la misión desde Irk. Se dará cuenta si no realizamos la búsqueda de acuerdo a su criterio. El Alto ha ordenado un escaneo y cumpliremos sus órdenes. – Skoodge miró los brillantes y raros ojos azules de Russ y se ajustó los brazaletes de su uniforme de soldado élite. – Prepárate. El imperio no se puede dar el lujo de perder más tiempo. – Revisó que sus armas estuvieran cargadas y listas. - ¿Sabes? Con un poco de suerte, Zim hasta podría haber regresado a esta ciudad. – Concentrado, miró un punto en la pantalla principal.

Russ siguió su mirada y observó una imagen muy peculiar en las pantallas. En ella había dos personas, uno de ellos fácilmente identificable si se tenía un conocimiento básico de la historia humana: A la derecha, estaba el mayor impulsador de la ciencia en todas la áreas conocidas de ese planeta de toda la historia, Dib Membrana I y a su lado, cubierto por el disfraz más deplorable que había visto en su vida, estaba el irken que buscaban.

- Dependiendo del escaneo, instalaremos algunos rastreadores Hasja en la zona.

Los rastreadores Hasja habían sido empleados por décadas, antes que la guerra en el imperio comenzara y habían caído en desuso después de la creación de los rastreadores-aturdidores. Russ comprendió que Zim no esperaría ser buscado con herramientas tan anticuadas y cualquier defensa que tuviera para los rastreadores-aturdidores recientes sería inútil.

La línea de comunicación se abrió, interrumpiendo con su conversación y la voz de Drainden resonó en la sala:

- ¡Hey, Skoodge! ¿Me oyes? Hemos encontrado algo, en un minuto llegaremos.

Una malteada doble de vainilla, emparedado de mermelada de moras, un par de barras de chocolate, una gaseosa fría, un paquete de galletas glaseadas y, por último, goma de mascar.

- Creo que voy a enfermar. – Susurró Juna, al ver la excesiva cantidad de azúcar que el irken era capaz de consumir en una comida. Reprimiendo una sensación empalagosa en su boca, tomó un bocado de su almuerzo.

- ¿Dijiste algo? – Preguntó el irken a su lado. Juna negó enérgicamente con la cabeza, aun masticando. – Termina pronto, en cualquier momento va a llegar.

Ni siquiera lo dejaba comer a gusto, pensó Juna.

El humano terminó rápidamente su almuerzo y tiró el empaque en un basurero cercano justo cuando el metro llegaba a la estación. Ambos abordaron y tomaron asiento.

El subterráneo se puso en marcha, dando una ligera sacudida a los usuarios en el interior. Avanzó por un oscuro túnel por varios minutos, subió por una pendiente y, al llegar a la cúspide, el túnel se abrió al aire libre, revelando una grandiosa vista del centro de la ciudad. Los rascacielos más altos y sofisticados se alzaban en el centro de la ciudad como un grupo de estalagmitas de concreto y aleaciones de acero, rodeando los imponentes edificios direccionales de la empresa Membrana: las instalaciones de los laboratorios de investigación biológica, tecnológica, físico-astronómica y espacial. Desde hacía días, los adornos del festival Membrana anual habían envuelto los edificios e inundado todos los rincones de la ciudad.

De repente, un juego de luces de frías tonalidades se desplegó en el cielo y se mantuvo ahí por varios minutos. El irken observó la aurora expandiéndose y fluctuando por encima de la ciudad, formando largas cortinas fantasmales que iban de norte a sur hasta desaparecer sin dejar rastros.

- Cuando viniste la primera vez, solo existían auroras en los polos de la Tierra, ¿cierto, Zim? - Zim no respondió pero asintió, distraído. - Desde niño siempre me ha gustado verlos. Los generadores de energía por campo magnético se instalaron poco antes que yo naciera. En la escuela nos explicaron a grandes rasgos como funcionan. La teoría detrás de eso fue desarrollada por Dib I, es realmente ingeniosa. Algunos hasta especulan que existía un poco de ayuda extraterrestre de por medio. Parece que no están tan equivocados.

- ¿De qué hablas? - Preguntó el irken, poniendo atención por primera vez al muchacho humano.

- Ya sabes. - Zim lo observó intrigado sin entenderle. Existían innumerables leyendas urbanas respecto a la familia Membrana y lo que ocurría dentro de los laboratorios. Juna siempre los ignoraba. De primera mano sabía que eran chismes de vecindario pero al saber que Zim, un extraterrestre con severo caso de neurosis y narcisismo, había conocido al tan aclamado Dib I comenzó a prestar más atención a los rumores. - Tú ayudaste a Dib I a crear eso.

- Por Irk. – Zim giró los ojos, irritado. - De verdad no sabes nada, humano idiota. De nada te sirvió ir a esos penosos centros de atrofio mental que llaman escuelas. - Respondió el irken indignado, volviendo la mirada hacia la ciudad. – Para tu información, mono roñoso, la mayoría de los planetas conocidos por mi gente tienen un campo magnético muy débil. No servirían ni para encender una bombilla, incluso la atmosfera y el clima se mantienen por medios artificiales. Es la primera vez que Zim ve algo así. – Le lanzó una mirada asesina a Juna aunque, por dentro, deseaba patearlo, pero no era el lugar ni el momento adecuado. - Dib hizo esto solo, así que no lo subestimes.

- Lo siento, se dicen tantas cosas sobre los Membrana que yo… - El muchacho trató de excusarse, pero sabía lo mucho que había metido la pata.

- ¡Cállate! – Interrumpió el irken – Lo menos que necesita Zim son las disculpas de un asqueroso cerdo-humano como tú. En vez de pensar tonterías históricas, deberías estar preparándote para el sábado. Aun hay mucho que hacer.

Definitivamente, jamás volvería a mencionar a su ancestro frente al irken. Era como caminar por un campo minado.

- Idiota – Susurraron ambos a la vez, sin que el otro lo escuchara y permanecieron callados.

Al llegar a la siguiente estación y desbordar, Zim sintió un ligero estremecimiento recorrer su cuerpo. Seguramente había una fría corriente de aire en ese lugar, pensó el irken. A través de su pak, ajustó la temperatura interna de su uniforme. Tenía muchas cosas en mente para reparar en eso.

Aun faltaba una hora para la media noche y Zim ya recorría los pasillos de un grupo de bodegas con el botín en las manos. Había sido muy sencillo, los guardias estaban distraídos con la trasmisión televisiva del festival y el irken esperaba que siguieran así hasta el final. La salida estaba todavía lejos, pero el plan se había apegado a lo planeado desde el inicio hasta ese punto.

- Avancen - Ordenó Skoodge cuando cada soldado tomó su lugar alrededor de las bodegas circulares. Los rastreadores-aturdidores habían fallado, tal como lo habían previsto, pero con la información de Drainden y Mrot y los rastreadores Hasja, habían encontrado al irken desertor.

Juna dijo "Espera" y Zim se escondió en un rincón. Escuchó pasos acercarse, voces alegres y se alejaron segundos después. Escuchó "Adelante" y Zim continuó. "Derecha, en el tercer pasillo" Zim giró a la derecha y entró al pasillo indicado. "Por el techo. Entra a un ducto a tu izquierda" Zim desplegó las patas del pak y su superficie metálica brilló con las luces del exterior. Se desplazó por el techo y entró por el ducto indicado. "Al fondo está una salida. Llegarás a un pasillo, no hay nadie ahí." Zim tomó nota y avanzó sigilosamente.

- Por el ala noreste. – Indicó Russ.

Por su lado, Juna observaba al irken usando las cámaras de vigilancia como guía, escondido en una densa arboleda. Las bodegas eran enormes edificios circulares al lado del parque más grande de la ciudad, ésta con decenas de hectáreas de extensión. Juna estaba a cien metros de la entrada principal de las bodegas, dirigiendo la ruta del irken con sumo cuidado. El ruido de la apertura del festival Membrana llegaba fuertemente desde el otro lado del parque, fuegos artificiales explotaban en el aire en figuras complejas tratando de competir con las brillantes luces de la ciudad y los reflectores. La mezcla de música y el griterío caótico parecía llegar a su punto máximo.

Juna tomó un momento para estirarse y ver los edificios iluminados alrededor. Normalmente trabajaba en esa fecha por lo que nunca llegaba a involucrarse en la celebración, excepto por una vez. Recordó haber asistido a la apertura cuando era un niño de siete años. Uno de los asistentes personales de su padre lo había llevado al edificio principal de la empresa donde se tenía la mejor vista de la ciudad y la celebración.

Conocía muy poco a su guardián temporal, se llamaba Ryan Algo, una de las personas más allegadas de su padre y el encargado de la imagen pública de la empresa y la familia Membrana. Así que no era de sorprenderse que al entrar al gran salón de eventos fuese arrastrado entre los invitados para ser presentado con los más importantes. Juna no podía recordar ningún nombre ni rostro que tuvo enfrente esa noche pero tenía muy presente lo incomodo y malhumorado que se sentía al cabo de una hora de charlas superfluas, era demasiado para un niño de esa edad. Por un momento, su guardián se distrajo con un grupo de personas y el niño aprovechó para escabullirse entre las piernas de los asistentes hacia un amplio balcón.

El balcón se encontraba más concurrida que en el interior del edificio, aun así pudo sortear a los adultos, llegar hasta el barandal y, tras recuperarse del vértigo, observó detenidamente el ajetreo exterior. Las calles estaban atiborras de una mezcla confusa de personas, luces, sonidos, confetti y autos alegóricos.

El pequeño niño Membrana tardaría varios años en comprender completamente la sensación que tuvo en ese instante, pero no por eso lo ignoró. Las personas de ahí abajo, sin esfuerzo, se integraban unos con otros en un mismo sentimiento, había algo que los conectaba o que ellas se conectaban a él. Volteó hacia los adultos detrás de él, preguntándose si compartirían algo también.

El niño lo encontró. No era tan apasionado o explosivo como lo que había en la calle e, incluso, pudo percibir algo agrio y frío en él, pero se dejaban llevar por lo que sea que fuera eso. Y se contempló a sí mismo: solo en el barandal, esperando no ser encontrado por nadie, como siempre. Y por primera vez sintió una profunda soledad: Estar rodeado de personas que conocían su nombre, su familia, detalles de su vida pero nadie parecía interesarle nada más que eso. Información para tener algún tema de conversación con su padre y sacar algo de provecho en eso. Y cuando a él le tocara tomar la dirección de la empresa, se vería igualmente rodeado de personas como ellas.

No, él no iba a permitir volver a eso.

- Deja de pensar tonterías. – Se reprendió.

El Dib V de veintiún años volvió a concentrarse en la pantalla de su computadora, decidido a tomar el control de su vida, incluso si para eso debía soportar al alienígena desconsiderado.

- Zim, a partir de ahora sigue la ruta de evacuación. Al llegar a la puerta de salida, te daré las últimas instrucciones.

- Se dirige a una salida de emergencia, quince metros al norte. – Informó Drainden.

- Drainden, ve. – Ordenó el comandante - Montroot, apóyalo. No los quiero separados más de lo necesario.

Zim corrió por la red de pasillos sigilosamente. Sus sentidos afinados recopilaban toda la información de su entorno junto con la proporcionada por la computadora del humano. Al caminar podría incluso percibir cada pequeño detalle que pasaría por alto normalmente. El material de los muros, la temperatura cambiante, la resonancia de sus pasos, los puntos de acceso útiles tanto para pequeños bichos hasta maquinaria. Aun así, su grado de percepción debía mejorar, cada detalle podría ser una gran diferencia el día que tuviera que ingresar a las instalaciones de la empresa Membrana y Juna también debía entrar en esa red de información si deseaban tener completo control de la red de seguridad.

- Comandante, hay un humano en el exterior en comunicación con Zim. Está guiándolo hacia la salida y desactivando las alarmas de su camino. – Mrot tomó su posición, oculto entre las sombras.

- Russ, crea una interferencia en esa señal y crea confusión en el sistema de seguridad. Debemos distraer a los humanos guardias.

Juna realizó un último ajuste en el sistema de vigilancia y dejarle el camino libre a Zim, evitando cualquier demora. Pero de la nada, aparecieron cuatro personas en el mapa. Con un vistazo, Juna localizó a todos los guardias en sus posiciones, por lo tanto los cuatro desconocidos debían ser ladrones también y uno de ellos estaba peligrosamente cerca de Zim. Debía advertirle.

- ¡Zim! ¡A seis metros hay al…! – La comunicación se interrumpió bruscamente. El muchacho se aferró al flujo de datos remanente pero, violentamente, los valores se dispararon y la computadora se trabó. Juna no pudo evitar sentirse pasmado ¡Era la primera vez que perdía el control del sistema!

Zim percibió la fluctuación en la información como el destello de mil luces frente a sus ojos y se tambaleó.

- ¡Cerdo-humano! ¡¿Qué está pasando?

Sintió un escalofrío en la nuca e, instintivamente, se tiró al suelo, esquivando un proyectil que se incrustó en la pared. El objeto emitió una potente onda que impactó directamente en su cuerpo. Zim perdió fuerzas, soltó el paquete que llevaba y permaneció en el suelo, con el cuerpo entumido. Conocía ese ataque, no podía creer lo que estaba ocurriendo.

La computadora de Juna perdió la información de la red pero sabía que el contraataque no provenía de la seguridad de las bodegas. Las personas que había detectado antes debían ser las causantes pero, ¿cómo habían logrado ingresar a los edificios sin que él lo supiera? ¿Qué estaba pasando allá adentro? ¿Zim estaba bien? Esperaba que, de alguna forma, GIR fuera de ayuda.

Juna intentó repetidas veces reingresar en el sistema pero su computadora no respondía a sus esfuerzos. Derrotado, decidió moverse al punto de encuentro que habían fijado horas antes, al otro extremo del parque, por si ocurría alguna emergencia como esa.

En el suelo, Zim luchaba contra su propio cuerpo para levantarse, lo sentía pesado y hormigueante, incluso su vista y equilibro se habían visto afectados.

Del pasillo lateral, apareció una figura suspendida en el techo con las patas del pak. El individuo se posó en el piso suavemente, sacó dos cuchillos cortos de sus antebrazos y, prudentemente, se acercó.

"El Alto Purple lo quiere muerto." Recordó Drainden y alzó al cuchillo hacia Zim. Una apuñalada en el lugar indicado y sería el fin de esa cacería.

Sobresaltado, Zim forzó a su pak actuar. El pak realizó ajustes de emergencia y volvió a controlar su cuerpo. Con agilidad, se levantó, evadió el ataque y rápidamente las patas de su pak se desplegaron para atacar, sorprendiendo a Drainden.

- ¡Zim recobró su movilidad! – Exclamó Drainden, defendiéndose de los rápidos movimientos de Zim.

- ¡Imposible, han pasado solo once segundo! - Skoodge estaba seguro que ningún irken podía recobrarse con esa rapidez, el aturdidor debía haber fallado. Alguien iba a responder por ese error.

Zim empleó sus guantes para defenderse del filo de las navajas, repeliendo cada golpe o desviándolo mientras las patas de pak trataban de atravesar a su enemigo. Su cuerpo no recibió ningún corte pero sus brazos resentían cada uno de los impactos, sintió un intenso dolor en la muñeca y temió que se hubiera roto. Su pak inyectó en su torrente un analgésico, lo suficiente para atenuar el dolor sin disminuir sus habilidades cognitivas.

Dos gruesos cables salieron de su pak contra Drainden, él dio un paso hacia atrás eludiéndolos, desplegando las patas de su propio pak en defensa. Las patas chocaron y la presión ejercida entre los dos provocó que una de las patas de Zim se doblara. Impulsado por las patas metálicas restantes, Zim sujetó los cuchillos y lanzó una patada, golpeando el estomago de Drainden, quien soltó sus armas.

Zim sintió las manos rígidas y no pudo sostener las cuchillas. Rápidamente, las patas de su pak se enroscaron entre sí y soltaron un golpe al estomago de Drainden.

Al caer Drainden, Skoodge gritó:

- ¡Montroot, entra! – Pero el soldado ya se había lanzado a la batalla.

Drainden sintió la cercanía de Mrot, su armadura lo cubrió por completo y se preparó para la ofensiva de su compañero. Las armas de Mrot no distinguían entre el aliado y el enemigo.

Montroot tomó su lugar contra Zim, arrastrando tras de sí una estela de humo. Ágilmente, Mrot sorteó las filosas patas metálicas y colocó su mano sobre el rostro de Zim. Zim sintió el humo picante entrar por su boca, al alejarse sus patas realizaron un giro para alejar a atacante. Tosiendo, se colocó a la defensiva.

Mrot frunció el ceño, algo raro estaba ocurriendo con su adversario. Sacudió su brazo y su muñequera lanzó delgados dardos hacia Zim. Uno se clavó en su cuello y unos cuantos dejaron finos rasguños en su piel.

"¡Veneno!" pensó Zim sorprendido pero aliviado que su actual condición lo hiciera inmune a las toxinas convencionales irken.

Con la garganta seca e irritada, Zim continuó con el ataque. Continuamente, Mrot intentaba envenenarlo pero Zim parecía simplemente molesto por el olor del gas e indiferente hacia los dardos.

Con las manos adoloridas, Zim empleó su pak para atacar y defenderse. Frustrado, Montroot tuvo que admitir que su táctica no estaba funcionando, no entendía que estaba ocurriendo. Desde el inicio Zim debía haber caído con los nervios destrozados por las neurotóxicas.

- Mrot, ambos – Expresó Drainden a través de su comunicación privada.

Detrás de Mrot, reapareció Drainden con dos juegos de largas hojas afiladas y una la tomó Mrot. Ambos coordinaron sus ataques con sorprendente precisión pero Zim los esquivaba con notable agilidad y eran incapaces de penetrar su uniforme. Aun así, la fuerza de los golpes traspasaba al cuerpo de Zim. Si no hacía algo pronto, lo destrozarían.

"¡Mierda!" Sus patas se extendieron totalmente, activando el escudo de fuerza a su alrededor. Aumentando la potencia instantáneamente, el escudo se amplió con fuerza, lanzando con el impacto a los otros dos irken. Las patas se replegaron, Zim tomó el paquete robado y corrió por la ruta de evacuación.

- ¡Russ, ahora! - ¡¿Cómo era posible que Montroot y Drainden, juntos, no pudieran detenerlo?

Zim comenzó a sentirse cansado, su nivel de energía había descendido drásticamente al emplear el escudo de fuerza, esperaba no tener que emplearlo nuevamente. Al doblar una esquina, sintió un agudo dolor en la espalda repetidas veces. Otro atacante corría hacia él, disparándole proyectiles brillantes. Nuevamente, su uniforme lo protegió de los daños más severos pero seguramente tendría una bonita colección de moretones en la espalda al llegar a su guarida.

Sin pistolas, Zim debía obligar a su atacante a pelear cuerpo a cuerpo.

Russ tenía enfrente a Zim y, en el siguiente, dos siluetas borrosas del irken se desplazaron a cada lado del pasillo hacia él. Russ comenzó a disparar pero no se detuvieron, sorpresivamente recibió un golpe en el rostro, lanzándolo hacia atrás. Zim había confundido su visión y se había desplazado en medio de las siluetas, un espacio que Russ no había atacado.

La protección en el rostro de Russ se despedazó y Zim advirtió el color de sus ojos. ¿Un irken de ojos azules? Pero ¿quién había sido tan estúpido para llevarlo hasta ahí?

Russ, sorprendido, recuperó el equilibrio y sacó otra arma de su cintura. Las garras de Zim se tornaron rojas, dirigiéndolas hacia el abdomen del soldado. La nueva arma de Russ golpeó la mano del prófugo, despedazándose al contacto. Si hubiera tocado a Russ, lo habría destrozado. El ojiazul esquivó el siguiente ataque y éste destrozó una pared. Una y otra vez tuvo que evitar las garras, mientras destrozaban los muros a su alrededor. Entonces, la estructura colapsó, obligando a Russ a retroceder, dándole la oportunidad a Zim de escapar.

- ¡Comandante, Zim se dirige a la salida! – Informó Russ.

- ¡Reagrúpense! – Ordenó el líder – Bloquearé la salida. Atacaremos los cuatro en esa zona.

Varios corredores después, Zim respiraba pesadamente, aferrándose al bulto entre sus brazos. Su cuerpo temblaba por la fatiga, la dosis de analgésico comenzaba a disiparse y, si no se apresuraba, tendría que lidiar con el paralizante dolor. Tosió, tratando de aclararse la garganta irritada.

- GIR, ven a mi posición inmediatamente. Vamos a crear una distracción. – Susurró por su transmisor.

- ¿Con las palomitas? ¡Si, amo! – Contestó alegremente el SIR.

Zim no podía asegurar el número de soldados irken pero el ataque había sido muy reducido. De ser un grupo más grande, habrían arrasado con el edificio en un instante. Gruñendo, Zim se reincorporó y siguió adelante. Sin Juna guiándolo, tendría que escapar por sus propios medios.

Antes de ingresar, Zim había analizado con el humano las mejores rutas de escape, la salida de emergencia era la más viable pero seguramente los guardias habían detectado el ajetreo, ya no era necesario ser cauteloso, era libre de elegir el camino de salida.

Skoodge había bloqueado la salida de emergencia, tenían que acorralar a Zim y atacar en grupo.

Al final del corredor apareció Zim, caminando tranquilamente.

- ¡Hola! – Soltó Zim, agitando su mano alegremente.

- Emmm… - Skoodge no supo cómo responder a eso. Esperaba un ataque frontal, no un amistoso saludo. Debía ser alguna táctica extraña para distraerlo. - Invasor Zim, por órdenes del Alto Purple, se te ordena entregarte a Imperio.

Zim soltó una alegre carcajada, irritando a Skoodge. "Se está burlando de mí." pensó el comandante, listo para dar batalla. Al otro lado del pasillo aparecieron los otros tres soldados, esperando la orden de atacar.

Zim volteó sorprendido pero volvió a sonreír, parecía feliz de estar en esa precaria situación.

- Tomen sus asientos, la película está por empezar. - Se abrazó el dorso y empezó a reír. Con un salto, abrió los brazos y salieron volando pequeños discos que cayeron al suelo desde su pecho.

La imagen de Zim se desvaneció, dejando al descubierto a GIR. Jubiloso, gritó "Adiós", los cohetes en sus piernas lo impulsaron hacia arriba, atravesando el techo.

- ¡Cúbranse! – Gritó Drainden. Al momento los discos estallaron.

Juna volteó sin detenerse, detrás de Zim. Un muro del edificio se estaba despedazando tras la explosión. No podía creer lo mal que habían salido las cosas.

- Zim, ¿estás seguro que GIR estará bien? – Preguntó Juna, jadeando.

- Claro que sí. GIR sabe qué hacer. Y tú sigue corriendo, aun están vivos. – Exclamó Zim.

- ¡¿Qué? Pero, ¿cómo? ¿No viste la explosión? – Replicó Juna, incrédulo.

- ¡Ja…! Humano iluso. Nosotros, los irken, somos más fuertes de lo que crees. Lo único que hizo GIR fue darnos un poco de tiempo. - El pak de Zim recibió las cuatro señales de los irken avanzando rápidamente hacia él.

Alcanzaron el borde del parque en segundos solo para toparse contra la multitud caótica sumergida en el ambiente festivo. Por un momento se sintieron atrapados contra el muro humano, extendido a todo lo largo de la avenida.

Juna observó que Zim sacaba tres pequeños cilindros de su pak y, sin advertencia, los lanzó sobre los espectadores. En el aire, los cilindros explotaron en una nube de humo, creando una violenta confusión a su alrededor.

Zim entró bruscamente entre la caótica aglomeración, esperando que los soldados irken se distrajeran con la multitud y a Juna le tomó un instante detectar el error provocado por la desesperación del irken. Si Zim se perdía sin un rumbo seguro entre la masa, sería un blanco fácil y con un poco de tiempo sus seguidores lo atraparían.

Juna conocía muy bien esa zona de la ciudad. Incluso con esa cantidad exorbitante de personas en el festival, él encontraría un camino donde escapar. No lo pensó dos veces, alcanzó al irken a empujones y sujetó su mano.

- ¡Zim, por aquí! – Juna lo arrastró entre la apretada multitud que, desesperados, trataban de huir del gas. Se fue abriendo paso, haciendo caso omiso al miedo colectivo a su alrededor, pero sentía en la nuca la presencia cada vez más cercana de sus seguidores.

Zim tampoco podía ver a los atacantes pero su pak le informaba que las energías irken estaban cerca. Pero gracias al escurridizo humano, poco a poco empezaron a ganar distancia.

Zim tenía dificultades para seguir el paso del humano. Justo cuando el humano se abría paso entre la multitud, ésta se cerraba contra él; muchas veces estuvieron a punto de soltarse pero Juna lo tenía firmemente agarrado.

Entre la muchedumbre se encontraban dispersos un gran número de agentes de seguridad de la empresa Membrana, listos para saltar con la menor señal de disturbio. Zedec había trabajado en esas mismas cuadrillas por años antes de ser colocado como el jefe de la mundialmente reconocida y afamada Guardia Membrana, el escuadrón encargado exclusivamente de la seguridad de la familia Membrana y su empresa. Afortunadamente, en todos sus años de servicio, jamás había ocurrido algún altercado fuera de lo normal durante la celebración que conmemoraba la histórica introducción oficial de los estudios paranormales en lo que fuera modestamente los Laboratorios Membrana.

Zedec nunca confiaba en el volátil e imprevisible factor humano. En cualquier momento, a algún chistoso se le ocurriría algo estúpido y él tendría que enfrentar el problema, con todos los elementos disponibles para que el festival concluyera satisfactoriamente. Él sabía perfectamente los peligros que suponía tener reunido a media ciudad en un mismo lugar, cada cinco minutos recibía el informe de sus ayudantes, él escuchaba atentamente y daba breves órdenes. Todo estaba en orden.

Parado sobre una tribuna, frente al edificio matriz de la empresa Membrana y punto focal del espectáculo, Zedec observaba detenidamente al público, sin distraerse en la algarabía anual. Nada podía desconcentrarlo ni perturbar su serenidad. El duro entrenamiento que había recibido y sus años de experiencia lo habían curtido para ese puesto y, con orgullo, realizaba su trabajo día a día.

Fue entonces cuando comenzó a recibir pedidos de ayuda de sus subordinados. Alguien había arrojado bombas de humo, no muy lejos de su posición. Vio una densa nube grisácea flotar entre la muchedumbre, la gente comenzó a correr en pánico, interrumpiendo el camino de los vehículos alegóricos y contagiando a los demás espectadores con histeria. Por alguna razón, su mirada se concentró sobre una persona entre la multitud. Antes de dar la primera orden observó, en ese breve lapso de tiempo, las facciones del muchacho y, sobre todo, ese distintivo cabello.

No podría ser, no daba crédito a sus ojos, ¿el joven Dib estaba ante sus propios ojos? Y, por primera vez en años, Zedec enmudeció.

Con torpeza, sostuvo su radio con manos temblorosas por la conmoción y sus palabras salieron atropelladas. Al fin, recuperó su postura y ordenó:

- ¡Grupo 45 y 8, al área U-18, ahora! ¡Controlen a la multitud, ya saben que hacer! ¡Equipo TER, conmigo! – Saltó de la tribuna y se mezcló entre la multitud, flanqueado por un puñado de agentes. Debía evitar que Dib se perdiera nuevamente. Zedec tenía plena confianza que sus fuerzas controlarían la situación pero tenía un deber que atender. A toda costa tenían que encontrar al muchacho.

Zim miró su mano sujeta por el humano, desconcertado. Hasta ese momento no se había dado formulado ni siquiera la posibilidad que alguien sostuviera su mano de nuevo después de enterarse sobre la muerte de Dib y su mente no lograba establecer el grado de violencia que debía emplear para responder tal ultraje. Pero la abrumadora posibilidad de separarse de su guía provisional, de ser descubierto o de tener que enfrentarse a esos soldados irken sin las armas necesarias, se vio obligado a ignorar su desconcierto y hastío. Mantuvo su mirada sobre su mano y dejó que el humano siguiera arrastrándolo entre la masa humana a su alrededor.

Varias cuadras después, Juna entró bruscamente a una calle estrecha, dejaron atrás callejuelas y mientras más avanzaban, más oscuras y solitarias se volvían. Cuando al humano le faltó el aliento, se detuvieron en una plazuela solitaria en penumbras, escondidos a la sombra de un portal. Juna soltó al irken y se apoyó en sus rodillas, con el corazón golpeando en su pecho.

- Si seguimos unas cuantas… - Y el humano tomó aire - …cuadras hacia allá podremos entrar… al subterráneo. – Observó cualquier movimiento sospechoso entre las sombras, no debía confiarse de la aparente quietud de la plazuela.

Parecía que habían perdido a sus perseguidores y, poco a poco, el cuerpo de Juna comenzó a relajarse. Sentía la garganta y los ojos ligeramente irritados. Durante el caos en la gran avenida, no pudo evitar que una bocanada llegara a sus pulmones. Pero estaba seguro que el gas realmente era inofensivo, aunque eso no significaba que estuviera de acuerdo con las acciones del irken. Seguramente alguien había salido lastimado en la confusión.

Zim miró al humano sin decir una palabra y luego a su mano. Mientras más trataba de acomodar sus pensamientos, un molesto zumbido lo mantenía abstraído del inminente peligro y prioridades.

- ¡Zim, te excediste con las bombas! ¿Sabes que eso puede…?

Zim sabía que el humano estaba hablando, pero los engranes su mente continuaban atascadas. Mientras más veía su mano, un pensamiento surgía como una montaña tormentosa, mitigando las demás ideas. "El humano había tomado su mano, ¡solo su Soporte podía hacer eso!" El zumbido se hizo cada vez más intenso hasta hacerlo explotar por dentro.

Intrigado por el silencio del irken, Juna se volteó. Lo único que el muchacho logró ver fue el puño de Zim dirigiéndose directamente hacia su rostro sin darle tiempo de reaccionar o cerrar los ojos. Luego, otro impacto golpeó su otra mejilla y la contusión lo tiró al suelo estrepitosamente.

- ¡¿Pero qué carajo, Zim? – Chilló el humano en el suelo.

- ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Apestoso humano repugnante! ¡Nunca! ¡Nunca vuelvas a tomar a Zim de la mano! ¡Si lo vuelves a hacer te juro que te desollaré con una pajilla! ¿Quién te dio permiso para tocar a Zim? ¡Nadie puede tomar mi mano, mucho menos un simio subdesarrollado como tú! ¡Especialmente tú! ¡Te voy a cercenar las manos la próxima vez! ¡Haré que ratas mutantes te coman empezando por los ojos y dejaré que GIR juegue con tus intestinos!

Juna permaneció inmóvil en el suelo, confundido por el repentino y violento despliegue de enojo. No sabía mucho sobre Zim, mucho menos sobre su gente pero parecía que había roto algún tipo de prohibición especialmente delicada respecto al contacto físico. Aun con ese pensamiento reconciliador, su sangre hirvió de rabia ¡¿Pero a él quien le daba el derecho de tratarlo así?

- ¡Polilla desgraciada! ¡Deberías darme las gracias, si es que conoces esa palabra! ¡De no ser por mí nos habrían atrapado! – Y se levantó de un salto. – ¡No, te habrían atrapado y gusto me habría dado! ¡No sé quiénes son esos tipos pero yo vuelvo a arriesgar el pellejo por tí!

- ¡Insolente babosa fétida! ¡¿Tú crees que te necesito para defenderme? ¡Ni tus abuelos habían nacido cuando yo estaba en campos de batalla, arrasando planetas enteros! ¡Zim no necesita a nadie! ¡A nadie!

- ¡Estás loco y, encima de eso, eres un completo imbécil! ¿Sabes algo, Zim? ¡Métete tu orgullo por donde mejor…!

Un bip distrajo a Zim de la discusión. Apresurado, empujó a Juna al fondo del portal y le tapó la boca. El humano forcejeó pero reparó en la creciente tensión del irken, instintivamente percibió el peligro y guardo silencio, al igual que Zim.

Los paneles móviles del pak de Zim comenzaron a brillar y, de repente, la luz de los faroles se volvió pulsante con extraños cambios en su color.

Al otro lado de la plazuela apareció una sombra, ésta permaneció un instante en su posición y comenzó a caminar sigilosamente, examinando los alrededores. Juna sabía que la oscuridad del portal no era suficiente para ocultarlos, pero en repetidas ocasiones el desconocido pasó su mirada hacia esa dirección sin dar muestras de advertirlos. Juna solo podía adivinar que el pak del irken estaba haciendo algo para ocultarlos.

Juna y Zim contuvieron la respiración hasta que la sombra se marchó tan sigilosamente como había llegado. Entonces, los dos soltaron un suspiro ahogado. Zim lo soltó y las luces recobraron su color normal.

Por medio de su pak, Zim comprobó que era seguro abandonar su escondite. Las firmas irken se estaban alejando hasta salir del rango de percepción.

- Vámonos – Ordenó y salió de ahí, prefiriendo olvidar el incidente anterior y concentrarse al fin en el peligro inmediato. Sin protestar, Juna lo siguió de cerca. – ¿Decías algo sobre un subterráneo? – Preguntó para que el humano lo guiara. Juna asintió.

Entonces un grupo tumultuoso entró a la plazuela por el lado contrario, alarmando nuevamente a los muchachos. Al frente del grupo iba Zedec. Juna y él se observaron un instante. Confuso, Zim notó la repentina palidez de Juna e intuyó acertadamente que la persecución aun no había terminado.

- ¡Ahí está! ¡Vayan! – Exclamó Zedec, señaló hacia Juna y los guardias a su alrededor obedecieron.

- ¡Corre! – Gritó el muchacho, en pánico y salió huyendo con extraordinaria velocidad de ahí, sorprendiendo a Zim.

Zim siguió al humano de cerca reparando en los uniformes. La Guardia Membrana. Zim los consideraba una molestia más que una amenaza. Aun así, no estaba en condiciones de enfrentarse a ellos.

El irken se olvidó del asunto mientras corría junto al humano, convencido que los perderían de vista y trató de enfocarse en los problemas más importantes.

La guerra al fin había alcanzado la Tierra.

*Se levanta desde las profundidades*

Antes que nada, muchas gracias por sus comentarios y a las personas que siguen la historia. Me dan muchos ánimos y me alegra continuar.

En el último capítulo había dicho que tendría más tiempo desde diciembre y, en realidad, el destino me demostró lo tan equivocada que estaba. Diciembre fue el peor mes que he tenido desde hace mucho tiempo. Pero bueno, al fin ya terminé con este capítulo y en una o dos semanas subiré la versión en inglés. Dios, ¡está realmente largo! ¡¿De dónde salieron las veintisiete páginas de word?

Hasta ahora éste ha sido mi capítulo favorito, ya voy revelando más información sobre los personajes. Espero que les haya gustado y se encuentren ansiosos de leer el siguiente capítulo :3

¡Ahora estamos a dos capítulos para empezar Remembranzas, perversiones allá voy! XD Me apresuraré con el cuarto capítulo pero no creo que esté listo hasta marzo-abril, antes debo resolver algunas cosas personales con los que me están presionando :s Por lo menos ya tengo una parte del siguiente para trabajar de aquí en adelante, lo único que necesito es tiempo y soledad, extraño vivir sola TwT

¡Nos vemos en primavera y pórtense bonito!

Raga :p