Advertencia: Este fanfic es un ZADR = Un romance de Zim y Dib. Si el tema no es de tu agrado, no lo leas. DE VERDAD.

Todo lo relacionado con Invasor Zim no me pertenece ;w;

Clasificación: T, por escenas medio violentas pero nada del otro mundo xp

Género: Universo alternativo. Con un poco de angustia pero las cosas mejorarán… de alguna forma xp

Resumen: Zim prometió que no huiría más. Pelearía por aquello importante para él y regresaría aunque las cosas jamás pudieran ser lo mismo. Pero al regresar a la Tierra sabrá que el tiempo ha pasado demasiado rápido para poder, siquiera, decir adiós. Ahora deberá sobrevivir en un mundo irreconocible para él en un universo incierto, hasta que encuentra a una persona que le permitirá cumplir con su promesa.

Capítulo IV

Anger

Había algo en ese lugar que daba una muy mala espina, justo como se sentiría al entrar en una cripta abandonada a mitad de la noche. No era por la ausencia de cualquier fuente de iluminación, exceptuando por la débil luz carmesí emanada de un gran cilindro de vidrio polarizado, en el centro del amplio cuarto. No era la visión de vagas sombras humanoides flotando en su interior, inertes en un líquido espeso. Tampoco era el suave zumbido constante proveniente de las máquinas de sustento vital, que conservaban el interior del cilindro a una temperatura similar al del ser humano, con un nivel constante de oxigeno y nutrientes para mantener con vida lo que fuera que estuviera en el interior.

Se trataba de la perturbadora presencia de una joven adolescente de cabello ondulado purpura, parada frente al cilindro. Ella quería respuestas con desesperación y mientras más alterada se encontrara, la atmosfera se volvía más inquietante, al punto que incluso las sombras se negaban a acercársele.

Algo ocurría dentro de ese cilindro que ponía en juego décadas de trabajo y amenazaba contra el propio futuro de la joven pero hasta ese momento todo indicaba que, en realidad, no existía problema alguno. Todo debería funcionar correctamente y aun así, la condición de su pierna derecha demostraba lo contrario. Los últimos estudios médicos indicaban que los nervios de su pierna habían comenzado a degenerarse lentamente. Y en último año y medio se veía forzada a utilizar un bastón para caminar; sin apoyo cada paso se sentía como pisar un picahielos con el talón. Ni aun el tratamiento desarrollado específicamente para tratar su mal podía mitigar enteramente el dolor. Y definitivamente se negaba a permitir que los médicos le insertaran algún tipo de sistema electrónico en su cuerpo para asistirla en su andar y corregir las corrompidas señales neuronales.

Ella conocía perfectamente el desarrollo de ese proyecto mucho mejor que ninguno de los pocos ingenieros genetistas que sabían de la existencia de él; desde el origen de cada célula empleada inicialmente hasta los instrumentos que se usaron para desarrollar cada etapa. Ni siquiera ellos podían imaginarse el fin último de sus esfuerzos.

Estaba segura que su estado no era un simple y poco probable pero absurdo error en el proyecto. Aun si debía revisar gen por gen, encontraría la falla y se aseguraría que no se volviera a repetir jamás.

Abrumada por su creciente desesperación, sujetó firmemente la empuñadura del bastón, haciendo lo imposible por contener su furia y descargarla contra el vidrio. Ese cilindro era la fuente tanto de su poder como de sus problemas. Viendo hacia el futuro cercano y si las cosas seguían de mal en peor, se observaba enfrentando nuevamente la pesadilla que había pensado haber derrotado mucho tiempo atrás.

No tenía otra opción que agotar todas las posibilidades, por muy ridículas que parecieran. Pero, ¿tendría suficiente tiempo para reparar el escurridizo daño? ¿Por cuánto tiempo su cuerpo podría soportar el deterioro?

- Me impresiona su capacidad para desperdiciar el tiempo en este lugar, señorita. – Una voz, grave como un gruñido y mordaz, sonó desde un punto indefinido en la distancia, sumido en la oscuridad, fuera del alcance de la luminosidad roja. – ¿Gusta que le traiga una silla? Su pierna debe de molestarle mucho por estar tanto tiempo parada.

La joven mantuvo su vista en el cilindro, con su ira creciendo e hirviendo peligrosamente en silencio.

- Mi condición no es de tu incumbencia, extraño. – Renegó, sintiendo la presencia de la otra persona más cerca pero aun vaga en el espacio. – Tampoco te debe importar lo que yo haga con mi tiempo.

La presencia de la otra persona se fue haciendo más clara, a una distancia prudente detrás de ella. El sonido de una lengua chasqueando tres veces resonó en la habitación.

- Ya le he dicho que no hay forma de evitar que su estado se presente nuevamente la próxima vez que deba regresar. Mejor disfrute del tiempo que aun tiene como jamás lo ha hecho. Tómelo como un consejo, nada más. Sabe que estoy aquí para servirle.

- Nunca he escuchado tus consejos y no voy a empezar ahora. – La joven tuvo la tentación de girarse y enfrentarse a él, pero una fría y desgarradora sensación se extendió desde la pantorrilla, subiendo hasta la cadera. Ahogando un gemido, la joven se apoyó en el bastón tanto para conservar el equilibrio para sobre llevar la dolorosa experiencia. Cuando la molestia menguó, se irguió con la respiración agitada, sintiéndose aun más encolerizada, avergonzada e indignada por su estado.

La figura en las sombras observó la reacción sin preocupación ni ánimo de ayudar y una amplia sonrisa de afilados y grandes dientes brilló en las sombras.

- Veo que está muy ocupada lidiando con su propio cuerpo pero debo recordarle, señorita Gaz, que en media hora tiene una reunión con los directores de áreas. Por obvias razones, están muy inquietos por la seguridad de la empresa.

La joven era la última descendiente de una de las dos únicas líneas familiares de los Membrana. Y a pesar de tener quince años de edad, había probado ser capaz de tomar importantes decisiones para la empresa y, tal como lo había hecho cada miembro de su familia anteriormente, había conservado su influencia en la empresa a pesar de todas las tragedias familiares del pasado. Aun así, detestaba tener que ir esas las juntas arbitrarias que solo servían para distraerla de los asuntos de real importancia, como la de encontrar una cura para su enfermedad.

- Ayer preparé el sistema de seguridad de la empresa para nuestros visitantes. – Dijo, después de recobrar la compostura y la fría serenidad que la caracterizaba. - Quiero que realices algunas pruebas con la computadora principal. Los archivos corruptos deben permanecer ocultos todo el tiempo que sea necesario.

- Listo, señorita. – Entonces, una mujer de delicadas facciones y suave voz, vestida de traje sastre salió de la oscuridad y se paró a unos pasos detrás de la joven. – Los huecos en la seguridad de las instalaciones han pasado inadvertidos por cada sistema de memoria y monitoreo cruzado. Zim y el joven Dib no tendrá problemas en ingresar.

"Ya se acerca el día." Pensó Gaz. La joven tomó un profundo respiro y sintió el peso de años de espera caer sobre su debilitado cuerpo. Se giró con cuidado y caminó despacio hacia la salida, con el bastón repiqueteando sobre el frio piso de ónix a cada paso. – Me pregunto, ¿qué irá a pensar "él" cuando vea todo lo que ha ocurrido en su ausencia? – Susurró al pasar al lado de la mujer.

- "Él" solo tendrá tiempo pensar en una cosa, señorita. – La mujer rió burlescamente mostrando detrás de sus carnosos y rojos labios la amenazante hilera de dientes de las sombras, miró brevemente con curiosidad al cilindro y, con una sonrisa burlona, siguió a la adolescente de cerca. – Dib será el mismo de antes. Usted lo sabe de primera mano, ¿verdad?

La joven se detuvo y sonrió para sí misma.

- Sí, Mortos. Mucho mejor de lo que tú nunca lograrás entender.

Un acceso se abrió automáticamente dibujando un cegador rectángulo blanco en la pared. Ambas salieron del oscuro cuarto, el acceso se cerró y las sombras, al fin, pudieron relajarse.

...

Juna observó el edificio abandonado donde Zim se escondía desde la acera. Estaba por atardecer y las sombras en las ventanas le daban un aire lúgubre al lugar. No por eso Juna dudaba entrar, él temía lo que le esperaba en el interior. Hacía tres días que no veía a Zim, no desde la noche en que fueron atacados por el grupo de soldados irken y, conociendo a Zim, su humor seguramente estaría de los mil demonios.

Habían regresado a su escondite una hora después de perder a los guardias Membrana tras una larga persecución. Afortunadamente Zim pasó inadvertido el hecho que, en realidad, estaban detrás de Juna. A tropiezos habían llegado al subterráneo y, al abordarlo, Zim se tomó un momento para revisar brevemente sus heridas, retiró con cuidado su guante derecho, lanzando airadas maldiciones, desahogando así cualquier gemido de dolor. El holograma le impedía al humano ver la extensión del daño como la piel abierta o los moretones pero sabía que los ojos del irken podían ver más allá del disfraz. También percibió un olor dulzón sin saber que era el olor de la sangre del irken que impregnaba diversas zonas del uniforme.

Poco antes de llegar al escondite, Zim le había amenazado, so pena de muerte, a no ir por tres días. Y mientras Juna más ofreciera su ayuda, el irken más se oponía a que lo asistiera.

Tres días después, Juna aun no estaba seguro en qué condiciones estaría el irken, incluso temía que el extraterrestre hubiera muerto después de la golpiza que había recibido. Pero estaba seguro que Zim era lo suficientemente fuerte para soportar las heridas de la batalla.

- Esto es una mierda, ¿en qué me he metido? – Murmuró. – Si solo Zim me explicara qué está sucediendo… Digo, ¿qué pierde con eso? – El joven suspiró rendido y levantó la mirada. – Aunque, para eso, tendría que explicarle mucho sobre mí… Mi vida apesta.

Tragando duro, Juna entró en el edificio cuando nadie lo observaba en la calle. En el interior, escuchó unos ruidos provenientes de la planta superior y decidió subir a investigar.

Llegó sigilosamente a la quinta planta, donde él y Zim trabajaban regularmente en la nave. En uno de los tantos cuartos del edificio encontró al irken trabajando en una larga pieza tubular de metal con una abolladura en el medio, que reconoció como un segmento de una de las patas del extraño pak del irken que había quedado dañado en el enfrentamiento pasado. El segmento tenía un dispositivo burdamente armado a cada extremo y éstos estaban conectados entre sí.

Zim manipuló los dispositivos, ajustándolos a la pieza firmemente. Al encenderlos y colocarlos en el piso, emitieron un sonido agudo y constante. Cuando se cargaron de suficiente energía, una línea de luz rojiza se desplazó a todo lo largo del cilindro, interrumpiéndose en el área doblada. Poco a poco, la línea fue avanzando conforme el tubo volvía a recuperar su forma original. El metal gimió, se convulsionó y vibró al someterse al tratamiento pero, al cabo de unos minutos, la superficie adquirió su estilizada forma original.

Con un grito de júbilo, Zim liberó el cilindro y, sin demora, las patas del pak se desplegaron. Automáticamente, la pata cercenada se unió al cilindro metálico y quedó como nueva. Con ellas, Zim levantó su cuerpo tanto como era posible tres veces, contorsionó las juntas de las patas hasta su límite, se desplazó rápidamente por el suelo, la pared y el techo y desde esa altura se dejó caer, permitiendo que las patas soportaran la caída. Agitando la extremidad recién reparada como un látigo, la punta perforó el duro piso de concreto sin maltratarse por el esfuerzo.

- Listo, al fin. – Zim murmuró, complacido y aliviado con el resultado. Juna, cada vez más familiarizado con el irken, percibió la tranquilidad que esa reparación significaba para Zim, mas aun no podía comprender totalmente en cuanto la vida del irken dependía del pak.

Bueno, Zim parecía estar muy bien.

- ¿Zim? Mmm… Hola. – Dijo el muchacho suavemente desde el marco de la puerta apolillada, tratando de no alarmar al irken y evitar que lo despedazara con las filosas puntas metálicas, menos ahora que estaban completamente funcionales.

Zim se giró sobresaltado con las patas de araña en posición de ataque. Al reconocer a Juna, giró sus ojos exasperado y, al concluir que no representaba un peligro para él, se relajó y las patas regresaron a su lugar.

- Llegas temprano. Ponte a trabajar, estamos atrasados. – Contestó secamente. El humano asintió en silencio, inseguro de preguntar sobre su salud. – ¡¿Qué haces ahí parado como una sardina bronceada, mono-cerdo? ¡¿Estas esperando que te lo pida "por favor"? – Vociferó Zim, pronunciando las últimas dos palabras en un áspero tono. Tomó del suelo uno de los dispositivos que había empleado para reparar su pak y se dispuso a lanzarlo contra el humano.

- No. Ya voy. – Juna salió de ahí disparado, como un perro con la cola entre las patas. Sobre su cabeza voló el proyectil que impactó contra el muro a su lado sin llegarlo a golpear.

"¡¿Pero qué mierda pasa con este idiota? ¡No tenía por qué lanzarme eso!"

El muchacho se dirigió directamente a la habitación donde se encontraba la nave en construcción y, sin demora, comenzó a trabajar en él.

Zim movió su cabeza de un lado a otro, lamentándose su suerte con los subordinados: los dos que tenía eran unos idiotas. Por lo menos el humano no tenía la peligrosa tendencia de convertir una avellana y una liga en un dispositivo termonuclear de bolsillo.

"Olvídalo." Del pak salió un cable articulado que depositó en su mano una cajita negra. "El mono pulguiento ya llegó."

No podía perder más tiempo, en cualquier momento los soldados irken podrían encontrarlo. Zim necesitaba una semana más para recuperarse sustancialmente pero su situación lo hacía imposible. A partir de ese momento no habría descanso para él, aunque su cuerpo doliera con cada movimiento y su muñeca derecha aun siguiera inflamada.

Y marchando, con las manos cruzadas detrás de la espalda, se dirigió hacia el donde se encontraba el humano pero una pequeña figura gris llegó saltando campantemente hacia él.

Juna observó la nave aun sin terminar pero sintió asombro por el avance que había logrado en las últimas semanas, aunque evidentemente Zim había adelantado parte del trabajo en los últimos días. La nave había adquirido al fin una forma definida, como un cometa rojo: Redonda por el frente, con cuatro puntas atrás, dos de ellas servían de apoyo. Solo hacían falta piezas menores que podían conseguirse fácilmente. Pero había una sin la cual la nave jamás podría despegar y esa solo se encontraba en un solo lugar de la Tierra, en la torre insignia de la empresa Membrana. El secuenciador de patrones aleatorios.

El secuenciador apenas tenía el tamaño de un tenedor común pero ese pequeño dispositivo era la versión compacta de un superprocesador. Con él, el piloto tendría un pleno control sobre la nave y cada uno de las variables presentes en los vuelos espaciales.

Habían algunos aparatos aun desmontados de la cabina, Juna esperaba instalarlos para el amanecer. Faltaba por hacer algunas placas del recubrimiento externo y, en general, solo se necesitaba tiempo para conectar varios cables del panel de control.

Con trabajo y dedicación, en pocos días el irken tendría su nave lista para largarse a donde quisiera y él podría accesar al registro principal, con el cual podría iniciar toda una vida nueva.

"Solo un poco más."

- Animo. – Se dijo a sí mismo. Retiró las lentillas de sus ojos y se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz.

Juna ya se había acomodado en el suelo para reanudar sus actividades cuando escuchó la voz chillona y excitada voz el SIR desde el corredor.

- ¡Amo! ¡Mire, mire lo que traje! – ¿GIR? ¿Dónde se había metido hasta ahora? El muchacho escuchó algo pesado caer al suelo y reprimió la curiosidad de asomarse al corredor. - Un patito de gelatina brillante y un hurón enlatado y un zapato sabor a azul y una alcachofa incendiaria y… y… y también estas cositas que giran en el suelo y luego estas otras que se parten y… y éste es malo, no comparte papas fritas a nadie. ¡Vergüenza debería darte!

- GIR ¿dónde está el catalizador que te pedí?

"¿Qué diablos?" ¿Qué era lo que GIR había traído? Juna localizó una placa azulada en el suelo y comenzó a medirla para dibujar el contorno de la pieza que necesitaba terminar.

- Mmm… - El SIR rebuscó rápidamente entre las cosas y dio con él. - A este gorrioncito lo enfrascaron y agitaron.

- Muy bien, GIR. Lleva todo esto arriba ¡Y ni se te ocurra comer ni jugar con nada! Más tarde subiré.

- ¡Sí, amo! – Gritó el SIR y con un carcajeo desenfrenado, se perdió entre los muros y pisos superiores del edificio. Después, Juna escuchó al irken caminar hacia la habitación donde estaba trabajando. Nervioso, el humano tomó una herramienta del tamaño de un lápiz y con ella comenzó a cortar la placa de poliuretano de alta densidad con solo rozarla.

Zim entró al cuarto, mirando críticamente el avance de la nave. Si seguían el mismo ritmo, tardarían poco más de una semana para concluir. Todo dependía de la pieza faltante.

"Aun no es suficiente." Pensó Zim. "Tendré que apresurar las cosas." Su mano se cerró firmemente alrededor de la cajita y reanudó su camino.

- Espero que hayas descansado estos últimos días, gusano terrícola. – Casualmente, el irken se paseó alrededor de la nave, inspeccionando distraídamente la estructura. – Tendremos que recuperar el tiempo perdido. - Aun con las manos detrás de la espalda, Zim caminó por el cuarto, rodeando los materiales y el equipo ordenado en el suelo y en viejas mesas pequeñas. – A partir de hoy, Zim espera absoluta diligencia de tu parte porque aun hay un trato en pie. – Sigilosamente, tomó del suelo una pesada llave con su mano libre y la escondió detrás de él, junto con la caja.

"Carajo ¿quién lo entiende?" Se preguntó Juna. Zim tenía unos atroces cambios de humor, parecía tan calmado ahora pero el humano presintió un hilo de peligro en toda esa situación. Con Zim no se podía estar seguro de nada.

- Lo recuerdo, Zim. De otra manera no estaría aquí. – Contestó Juna, separando la placa cortada del material remanente.

- Llegué a pensar que te arrepentirías después de lo ocurrido aquella noche. – Y, aun así, Zim sabía que el humano no podía huir de su compromiso con él, Juna aun tenía un "collar" que el irken no temería usar si sus intereses se veían comprometidos. – Cualquiera se sentiría afortunado de sobrevivir a una emboscada irken, aun sin estar directamente implicado.

- Ni me lo recuerdes. – Juna se levantó y caminó hacia la nave. Metió la placa dentro de un compartimento debajo de la nave y se acomodó para colocarla en lugar. Al salir, contempló la nave con satisfacción, sentado en el suelo. Jamás volvería a construir algo como eso en su vida y, de alguna forma, eso lo entristeció. – Ya solo falta montar los controles de navegación, conectar el sistema antigravitatorio, la red warp de impactos, el flujo niocétrico secundario y parte de la carcasa interior. - Pero Juna estaba consciente de la preocupación bien disimulada del irken, Zim debía sentirse atrapado como en un agujero de conejo, con chacales en la entrada, esperando su oportunidad para capturarlo. Para la mente de Zim, ¿qué tan grande podía ser en realidad la Tierra cuando él había viajado incontables veces distancias más largas que el mismo diámetro de esa galaxia? – Creo que terminaremos en diez días.

- ¡No tenemos tanto tiempo! – Replicó Zim. – Esto tiene que estar listo en menos de una semana. Entraremos a la empresa Membrana en cuatro días. Así que, en cuanto termines con esa parte, empezaremos a planear nuestra incursión.

- ¡¿Qué? ¿En cuatro días? – Juna se levantó y encaró al irken. - Zim, eso es imposible. ¿Quieres que descifre todo el sistema de vigilancia de los Membrana en menos de cuatro días? Ya he investigado al respecto, Zim, y no hay forma que pueda reducir ese tiempo.

- ¡Zim no te pidió excusas!

- ¡No puedo hacer más! – Era de esperarse. El humano había entregado todo su esfuerzo en la construcción de la nave, incluso había hecho muchos sacrificios personales. Era completamente consciente de sus propios límites. Zim sería un verdadero idiota si no entendía las diferencias entre Juna y él. - Te puedo garantizar el acceso a la empresa, pero sin mayor preparación jamás saldremos de ahí. Además, Zim, no sé cómo logres mantenerte con vida pero yo necesito tiempo para comer y descansar.

- ¡Humanos débiles! ¿Tú crees que nimiedades como esas van a retenerme en esta bola de fango por más tiempo?

- Esto es todo lo que puedo hacer, Zim. Tómalo o déjalo. – La atención del muchacho se centró en un pequeño panel, a un costado de la nave y comenzó a introducir instrucciones en la computadora interna. – Me encantaría poder cumplir con tu plazo. Haré lo que pueda pero tendremos que buscar alguna otra solución que no sea matarme de cansancio o hambre.

En la habitación solo se escucharon bips por cada instrucción ingresada por el muchacho en el pequeño panel de la nave. Zim permaneció en silencio y, sigilosamente, se desplazó detrás el humano. Zim no permitiría que el humano tuviera ese comportamiento con él.

- Entonces, te propongo otra opción. - El irken susurró detrás de él, haciendo que el cabello de su nuca se encrespara. El muchacho sintió claramente una amenaza en la voz de Zim y Juna trató de voltearse pero todo ocurrió demasiado rápido. Un golpe seco en la cabeza lo derrumbó y el mundo se sumergió en un torbellino de luces que se extinguieron para dejarlo flotando en la nada.

Los lentes del humano cayeron rodando a los pies de Zim sin llegar a quebrarse. Parado junto a humano, el irken sostenía la pesada llave de metal con la cual había golpeado a Juna como a una pelota de golf. Tiró la llave a un lado y, sin remordimientos, colocó al muchacho boca abajo bruscamente, puso la caja negra que había mantenido oculta hasta entonces a un lado y se inclinó sobre Juna. Se quitó los guantes al tiempo que un flexible cable salió de su pak e iluminó la figura del humano, abrió la caja y de ella extrajo un par de guantes quirúrgicos y un filoso bisturí.

Con paciencia, limpió la nuca del humano con un antiséptico, sujetó el filoso instrumento con firmeza contra la piel expuesta e hizo el primer corte, rápido y preciso.

.

Al abrir los ojos, las pupilas de Juna se contrajeron al percibir una fuerte fuente de luz sobre él. Juna tenía una sensación pulsante pero soportable en la nuca aunque un dolor incipiente en la cabeza comenzó a llamar su atención. A sus ojos, el mundo era un grupo de manchas inidentificables y, por costumbre, tanteó a su alrededor buscando sus lentes. Lo primero que notó fue que estaba sobre el suelo polvoriento. Recordó entonces se encontraba en la guarida de Zim pero no entendía qué había ocurrido con él. No recordaba nada.

Con grandes esfuerzos y una jaqueca creciente, se apoyó sobre los codos. Cuando al fin recuperó sus lentes y se los puso, encontró a Zim guardando en la pequeña caja una serie de instrumentos manchados de sangre que, al colocarlos en el interior, la superficie metálica burbujeaba y al cabo de unos instantes se higienizaba por completo. El irken se quitó los guantes ensangrentados, los colocó en la caja y estos se disolvieron sin dejar rastro. Fue entonces cuando la primera y preocupante alarma aulló en su mente.

¡¿Qué había hecho el irken con él?

Torpemente, se alejó del irken arrastrándose en el suelo y, al chocar con la pared, se paró apoyándose del muro, temeroso de Zim.

- ¿Qué me hiciste, Zim? – Su respiración agitada apenas podía ocultar el fuerte palpitar de su corazón. Tocó su nuca, en busca de alguna herida pero su piel, excepto por estar sensible, estaba intacta.

Con tranquilidad, Zim se colocó sus propios guantes negros, con cuidado de no apretar demasiado su muñeca lastimada, sin prestar atención al humano y guardó la caja en su pak.

- Zim instaló en tu masa cerebral un chip de interface. Es una herramienta que nos va a ayudar a entrar a la empresa Membrana. En términos simples, mono retrasado, te da la capacidad de sincronizar tu mente a cualquier computadora que desees y manipular la información con una rapidez y precisión que, en condiciones normales, jamás podrías lograr.

- ¡Sácamelo, Zim! Estás yendo demasiado lejos con esto. – Desesperado, Juna buscó cualquier anormalidad debajo de la piel, cualquier cosa, para quitarlo aun si tuviera que cortarla con un pedazo de vidrio para llegar a él. - ¡Diablos! ¡¿Dónde está?

- Si quieres quitártelo, pero vas a tener que buscar a alguien que te haga un trasplante de gelatina cerebral completa. Para este momento las conexiones del chip ya se debieron haber expandido a todo tu cerebro y ni pienses que te lo voy a quitar. No vuelvo a meter mano a tus carnes cerebrales hasta que terminemos con nuestro trabajo.

- ¡Es suficiente! ¡No pienso seguir con esto!

Zim se levantó, amenazador. A pesar que Juna le sacaba al menos una cabeza de altura, la presencia de Zim hacía que el humano se sintiera más pequeño.

- ¿Te atreves a dar órdenes a Zim?

Aun cuando Juna ya había vislumbrado la ira de Zim, su propio enojo lo cegó de los peligros de su rebeldía.

- ¡Eres un bastardo! ¡Ahora! ¡Quítamelo ahora!

La última vez que alguien le había gritado así, Zim se había encargado de destrozado. La única diferencia entre aquella situación y la actual era que él necesitaba del humano, sobre todo ahora que tenía a los soldados irken sobre él. No tenía tiempo para escuchar el berrinche de un cerdo-humano estúpido. Mentalmente, Zim envió una orden a través de su pak y se deleitó al observar la reacción del humano.

Juna gritó sobresaltado, sujetándose la cabeza. Entonces el muchacho entendió por qué Zim le había llamado correa al artefacto que Zim le había colocado en un inicio. Zim estaba jalando de una cadena de castigo sujeta a su propio cerebro.

- ¿Acaso no recuerdas que Zim tiene tu miserable vida en sus manos? ¿Qué puede darte una muerte tan lenta y dolorosa como lo desee? – Y esa idea le resultaba muy atractiva pero Zim debía controlarse, de momento tendría que contentarse con eso. Mentalmente aumentó la intensidad. - Si estás aquí ha sido por decisión propia y es muy tarde para cambiar de opinión.

- ¡Detente! – Juna cayó de rodillas, cerró los ojos fuertemente y sus manos se aferraban a los costados de su cabeza.

- No hasta que hayas aprendido tu lección, esclavo inmundo. – Por un breve instante Zim aumentó la intensidad del dolor y, al disminuirla, continuó exclamando. - ¡Yo, ZIM, haré lo que quiera contigo, te guste o no! – Volvió a aumentar y disminuir el dolor, haciendo que Juna se retorciera en el suelo y gritara desesperadamente. - ¡Estás aquí para obedecerme, asquerosa larva!

- ¡BASTA! – Aulló el muchacho, sintiendo su cabeza a punto de explotar.

- Y Zim hará lo que tenga que hacer para irse de esta pocilga. Solo porque me eres útil no convierto tu cerebro en una pasta gelatinosa. - Zim detuvo la tortura y Juna quedó inerte en el suelo, con la respiración agitada y la piel enrojecida y sudorosa por el esfuerzo.

Inclinándose sobre el humano debilitado, Zim lo giró boca arriba con el pie para atraer su atención. - Ahora, gusano, continua con esa sección de la nave y cuando termines, Zim te enseñará a utilizar el chip de interface.

Juna se tomó un momento para recuperarse, sintiéndose indefenso en el suelo. Fue solo entonces, cuando el humano comprendió enteramente el precio demoniaco del pacto que había hecho con el irken.

...

Una de las salas más importantes dentro de una base militar irken era el centro de información fuente, donde se almacenaban datos importantes sobre el Imperio Irken como su historia, sociedad, biología, milicia, etc. Estratégicamente, la información de esa sala resultaba ser crucial para los soldados al momento de tomar decisiones lejos de la civilización irken. Un trío de cerebros de control trabajaban con una fracción de la inmensa y siempre creciente conciencia creada en base a las memorias de incontable generaciones de irken que habían servido y muerto por su planeta.

Resulta claro entonces que si la base estaba en peligro de ser tomada por fuerzas enemigas, esa sala sería la primera en ser eliminada por el sistema de autodestrucción. No había forma que los enemigos del imperio se apropiaran de la invaluable información y la usaran en su contra.

Hacía cinco días desde el fallido intento de atrapar a Zim y los soldados irken aun sufrían las secuelas de la explosión que había permitido al fugitivo escaparse de sus manos.

Skoodge tenía un insistente dolor de cabeza y su pak tuvo que recibir un mantenimiento general para recuperar todas sus funciones. El día anterior, los huesos rotos en el brazo derecho de Russ se había fusionado aunque aun tenía restringida su movilidad y las quemaduras de su rostro habían sanado casi por completo.

Los más afectados en la explosión habían sido Montroot y Drainden, el primero a consecuencia del segundo. La explosión había creado un error en la comunicación entre mente orgánica, la artificial y el cuerpo de Drainden, desencadenando una serie de fallas a su cuerpo. Afortunadamente, todas las partes se reconectaron rápidamente a un nivel básico, evitando un colapso mortal. En las últimas horas, Drainden ya era capaz de comunicarse a través de su pak, conectándose a la computadora de la base pero aun esperaban que su mente global retomara pleno el control de su cuerpo. Por esa razón se encontraba sentado sobre el regazo de Montroot.

Mrot se había mantenido en un estado de confusión que aminoraba conforme el estado de Drainden mejoraba. Ahora que el irken volvía a tener su mente despejada, se esperaba que en cualquier momento Drainden volviera a moverse.

Skoodge aun no podía entender cómo era posible que un irken pudiera afectar de esa manera el estado de otro. Jamás había escuchado de ese fenómeno entre la población irken. Tal vez, de regreso a Irk, le sugeriría al Alto estudiar a esos dos.

Los cuatro estaban sentados alrededor de una pequeña plataforma redonda, rodeados por la estructura física de la computadora y los contenedores de los cerebros de control. Con Drainden en comunicación y Mrot al fin concentrado podía hacer el análisis del asalto fallido y detectar los terribles errores que se cometieron, debían planear lo antes posible el siguiente movimiento. El tiempo era vital en la misión.

- Les mostraré – Indicó Drainden, su voz llegó claro desde el sistema de audio del salón. Aun sin poder usar su propia boca para hablar, el irken podía hacer uso del sistema de interface pak-computadora para interactuar con su alrededor por lo que en realidad no llegaba a sentirse completamente desprotegido e inútil. El cable de comunicación de los tres paks restantes se conectaron a la base de la plataforma y un torrente de información entró directamente a sus mentes.

Los datos hablaban de un frio cortante y agobiante paralizando sus cuerpos sin realmente sentir el dolor en sus propias entidades y se vieron sobre un terreno desértico azulado de hielo y nieve. Los datos les indicaban un cansancio extremo y un estado de salud crítico. Frente a ellos, visiblemente en las mismas condiciones lamentables estaba Zim, a una distancia prudente, en la espera del ataque que definiría el resultado de la batalla.

- ¡Todo esto es tu culpa! – Los cuatro soldados percibieron la vibración de sus gargantas, el odio en cada palabra y la tensión e incertidumbre en cada instante que pasaba. - El imperio se está desmoronando, en tu traición nos has condenado a la desgracia. Y por eso, ¡vas a morir! – Sintieron como sus cuerpos daban un gran salto, empleando sus últimas energías en el ataque. Ninguno de los dos irken tenían armas para pelear y, desde su punto de vista compartida, los soldados irken sabían sobre la pérdida de la mayor parte de las funciones motoras del pak, sin las patas el contrincante de Zim estaba forzado a emplear lo único que tenía. El individuo, cuyas memorias estaban reviviendo, pretendía provocar un profundo corte a su contrincante con sus garras, más largas y filosas que los de un irken masculino, cualquier herida que debilitara aun más a Zim pero sus garras solo llegaron a desgarrar la ropa de Zim y la imagen y todos los datos de ese instante se detuvieron. Los cuatro sabían el desenlace de esa batalla, similar a las muchas ocurridas antes y después de ese momento.

La imagen se amplió y realizó un rápido análisis visual sobre Zim.

- Como ven, se puede apreciar que la estructura de la ropa corresponde a la empleada comúnmente en el ejercito irken en los años que Zim escapara. – La conciencia de Drainden movió la información a un lado y reprodujo un extracto de su propia memoria. Drainden se enfrentaba a Zim directamente, podían percibir los músculos tensarse con cada movimiento lleno de energía y control, la agitada respiración y, en cada espacio abierto, los golpes del fugitivo contra su cuerpo.

La imagen se detuvo y se centró de nuevo en las fibras de la ropa de Zim.

- El material encontrado en el ropaje de Zim no puede ser comparada a ninguna desarrollada por el Imperio. – Nuevos cortos de memoria se abrieron, en cada una Zim recibía algún tipo de daño sin que éste llegara a afectar la integridad del traje. – En la primera comparación de memoria realizada ayer se pueden observar diferentes ataques que Zim recibió. Armas blancas y de fuego, aun no podemos concluir el tipo de daños que puede bloquear, pero… - Las imágenes avanzaron un poco más y en cada una se observó a Zim reaccionar con algún gesto de dolor con cada golpe recibido. - …el traje puede detener el mayor daño pero parte de él se transfiere a su propia integridad.

- Si no podemos romperlo, entonces tendremos que cansarlo o simplemente golpearlo con la suficiente fuerza para matarlo. – Comentó Russ.

- Ninguna de las dos es factible. Para atraparlo debemos actuar rápido, Zim es muy escurridizo y no hay forma de conseguir sus memorias más que matándolo. Mientras más tiempo tardemos en someterlo, más probabilidades hay que encuentre alguna forma de escapar. En base a los datos recopilados por Drainden, la fuerza necesaria para matarlo con el mínimo de golpes comprometerá la integridad del pak y eso queda fuera de discusión. – Concluyó Skoodge. Normalmente, los soldados habrían optado por dar un disparo certero a la cabeza del fugitivo pero incluso eso podría dañar parte de la vital información que ellos pretendían obtener de Zim.

- Y aun tenemos el asunto del SIR. Claramente ese robot está defectuoso. – Comentó Mrot. – Un SIR ordinario representa, sin duda, un obstáculo infranqueable si pelea al lado de su amo. Pero optaron por una distracción antes de enfrentarnos.

- Sin tomar en cuenta cierto comportamiento errático que percibimos de él. En las memorias de Tak no se encuentran la más mínima mención del SIR de Zim.

- Esto es un factor que no habíamos contemplado antes. Supusimos que Zim había perdido al robot para ese entonces. Ni siquiera sospechamos la posibilidad que siguiera funcional.

Sus mentes compartieron los recuerdos sobre el SIR de Zim, desde el momento que lo habían acorralado, pensando que era Zim hasta la confusa explosión. Compararon datos para obtener una mejor visión de la situación y evaluar hasta qué punto el robot era una amenaza.

En teoría, ese SIR podría ser fácilmente destruido dada su tecnología obsoleta, pero tratar de controlarlo estaba fuera de sus posibilidades tecnológicas. El robot pertenecía a una versión anterior al levantamiento de la Fuerza Roja, su programación lo hacía completamente fiel a su amo irken, y en aquel entonces se tomaba como un hecho la lealtad del irken en cuestión hacia el Imperio. Los nuevos SIR tenían una programación diferente que les permitía detectar traidores al Imperio y al Alto Purple. Ese cambio había dado sus resultados favorables, muchos soldados de altos rangos habían sido asesinados por sus propios SIR. Tras una investigación se había comprobado su simpatía y apoyo clandestino hacia el degenerado irken Red.

- No esperábamos más de un SIR de desperdicio. – Agregó Drainden.

Al concluir la transferencia de información, Skoodge, Russ y Drainden esperaron a que Montroot concluyera con la reunión. Al inicio había pedido hablar al último, el comandante y Russ esperaban pacientemente la información que el soldador 9B tenía preparado. Drainden conocía en términos generales sobre los hallazgos de Mrot y, aun estando preparado mentalmente, le resultaba desagradable, en muchos niveles, conocer los detalles que Mrot estaba por exponer. No podía creer que tan bajo podía caer un irken.

- Mrot, es momento que expliques por qué tus ataques fueron inservibles con Zim. – Skoodge había visto como Mrot aniquilaba escuadrones completos de soldados rojos con su coctel de venenos, un irken común y corriente no tendría que ser un problema, más si había recibido los ataques directamente.

Reacio, Mrot organizó la información para exponerla aunque trataba a la vez de hacer tiempo. La noticia era demasiado desagradable para siquiera pensar en ella.

- Observen. – Se limitó a contestar.

En la parte superior de la plataforma baja se desplegó un holograma que mostraba un delgado y estilizado dardo. Con una orden de Mrot, la imagen se centró en la punta. El metal estaba completamente liso salvo la punta que se había doblado ligeramente tras el impacto contra el cuerpo de una víctima.

- Y ésta es uno de los dardos que empleo comúnmente en mis ataques contra las fuerzas rojas. - El holograma mostró un dardo similar al primero pero al centrar la imagen a la punta, la superficie estaba corroída, como si la hubieran sumergido en ácido. Esto llamó la atención del comandante y Russ. – Y este es uno que empleé en el ataque contra Zim. – La imagen de nueve puntas más se mostró frente a ellos, cada una se encontraba en la misma condición degradada que la primera.

- ¿Qué significa esto? – Indagó Skoodge, analizando los datos de las muestras biológicas que Montroot obtenido de las puntas.

– Como saben, las toxinas que empleo en las misiones las diseño específicamente para cierto tipo de enemigo. El veneno que empleé en nuestra última incursión estaba hecho para paralizar temporalmente a un irken en segundos. – Desde su regazo, Drainden llegó a controlar algunos músculos y giró su rostro hacia la imagen holográfica de los dardos. - He realizado exámenes a los residuos orgánicos remanentes en los dardos, tanto de su química como de su origen genético. Básicamente se trata de un ADN irken pero adaptado específicamente a las condiciones de este planeta. Eso significa que…

Mrot guardó silencio mientras medía sus palabras antes de concluir con su explicación. Incluso las palabras sin pronunciar le sabían agrias.

- ¡Escúpelo de una vez! – Skoodge exclamó pero, realmente no quería escuchar el resultado. Su propia mente escandalizada trataban de evitar la única respuesta más lógica, la información estaba frente de él y, más detalladamente, la descargada en su mente.

La sociedad del imperio se establecía en una jerarquía estricta donde la altura era esencial para obtener privilegios sociales. Los cerebros de control eran los grandes e indudables dirigentes de la sociedad y esperaban que cada irken asumiera su lugar en esa escala sin objetar su suerte, mientras los Altos eran el máximo símbolo del poder y la magnificencia del imperio, los grandes guías que mantenían a la sociedad encaminada hacia un mismo objetivo: Conquistar el universo. Pero la verdadera fortaleza de la identidad irken y del imperio mismo residía en la perfección del cuerpo irken como una máquina de guerra e instrumento para expandir su poder y dominación. Todo lo que representaba el imperio se llevaba en cada célula del cuerpo, perfectamente diseñada para servir y arrasar en su nombre.

El cuerpo orgánico era el medio que un irken poseía para llevar gloria al imperio y el pak era la herencia invaluable de un individuo hacia la conciencia colectiva del Imperio. Ultrajar esa identidad y, por ende, negar deliberadamente esa información al sistema era, sin duda, la mayor falta que un irken podía hacer.

- No sé que hizo Zim pero… su cuerpo ya no es irken.

Un incomodo silencio los embargó, tales palabras estaban dentro de la muy corta lista irken de ideas tabú. Ninguno de ellos podía imaginarse algún crimen que pudiera compararse con eso. Ni siquiera la traición. Sabían que Zim era capaz de muchas cosas pero jamás creyeron que llegara tan lejos. Ahora ya no se trataba simplemente de un arresto de alta prioridad, sino de un crimen cuya vileza no tenía límites que debía ser castigado en nombre de la misma raza irken.

...

Debía soldar un cable. Tomó el cautín y soldó el cable. Había que atornillas unas piezas. Tomó el destornillador y unos tornillos en el piso y comenzó a unir un grupo de piezas. Debía calibrar un sensor. Tomó un dispositivo que el irken le había dado y empezó a ajustar los valores. Desde la mañana Juna había llegado al escondite de Zim, escuchó lo que debía hacer y empezó a trabajar. Desde esa hora ninguno había hablado, excepto cuando el humano tenía una duda pero eran un breve intercambio de preguntas concisas y respuestas breves.

Juna hacía todo lo posible por avanzar con la nave en todo el tiempo libre que tenía, de alguna forma se distraían del hecho de estar metido en una situación tan peligrosa. Después de la amenaza del irken, darse la vuelta ya no era una opción.

Juna miró hacia la estructura semiesférica postrada en el centro de la habitación. La construcción de la nave estaba avanzando más rápido ahora que tenían casi todas las piezas. Aun faltaba montar la computadora de abordo, parte del mecanismo de aterrizaje y la pantalla de protección. Afortunadamente, Zim había logrado adaptar parte de la cápsula donde había llegado, por lo que les había ahorrado mucho tiempo y esfuerzo.

Solo faltaba una pieza. Y solo había un lugar donde podrían encontrarla. Juna no pudo evitar mirar de soslayo al irken, quien estaba instalando unas segmentos en la cabina. Se preguntó si Zim tendría algún remordimiento en ese momento o después de robar a la empresa Membrana. Juna no sabía que había existido exactamente entre él y Dib I pero el beso indicaba que lo suficiente para que el irken pensarían dos veces sus acciones, o eso esperaba aunque evidentemente vergüenza no estaba en la lista de atributos del irken. Ciertamente Juna si tenía un gran temor sobre lo que pronto debían hacer, entrar a la empresa de su familia y robar algo…

Tomando un profundo respiro, se relajó y apartó esos pensamientos de su mente, debía estar concentrado para programar la nave. Además, él había hecho todo lo posible para no verse siquiera forzado a escapar de su hogar, mucho menos a llegar a estos extremos. Si solo su padre lo hubiera escuchado…

De su bolsillo extrajo un pequeño cono con delgadas líneas rojas sobre la superficie metálica y lo introdujo a una pequeña entrada al lado del panel de control.

En el panel se dibujó un punto que, a cada segundo se redibujaba en un circulo y desaparecía. El punto nuevamente aparecía en el centro de la pantalla y el ciclo iniciaba nuevamente. Conforme la mente del humano lograba la sincronización con la computadora, la frecuencia de círculo aumentaba. Cinco minutos después de iniciar, la conciencia de Juna y del procesador de la computadora se unieron y el humano se sumergió en un veloz torrente de datos digitales, en parte de origen irken, en otro terrestres.

Como un tejedor, debía entrelazar cada dato, adaptando la naturaleza de uno con el otro, creando patrones complejos dentro de un espacio multivariable. Incluso se aventuró tomar ventaja de sus propios accesos que, como Membrana, tenía privilegio de conocer y seguramente volvería a emplear más adelante, como sus registros biométricos. Con eso se ahorraría horas de trabajo y podría atender detalles cruciales con mayor esmero.

Apenas consciente de sus propios movimientos, sus dedos se desplazaron ágilmente sobre el teclado táctil de la cabina. Al concluir con un segmento de programación, la pantalla cambiaba rápidamente y un nuevo segmento iniciaba, listo para acoplarse con los anteriores. Juna deseaba poder mover su cuerpo con mayor rapidez, en esa dimensión su cuerpo era una tortuosa barrera que impedía a su mente trabajar vertiginosamente en la información.

Comprimió toda la información y con ella, como si se tratara de un ariete, derribó un discreto acceso a la red primaria de información de la Empresa Membrana. De pronto, sintió cada apresurado flujo de información traspasar su mente sin que él opusiera la menor resistencia, simplemente la ignoraba, como los sonidos y voces de fondo en una cafetería concurrida. Digiriendo su mente como un barco velero, Juna navegó por la marea de datos y, en el trayecto, recogió información vital con la cual podrían ingresar a la empresa. Extrañamente, sintió que la incursión resultaba demasiado fácil, incluso con el chip. Era como si hubieran diseñado una portentosa fortaleza medieval con una pequeña puerta de servicio de madera barata a un costado de la muralla.

Más tarde, cuando acabara con eso, ingresaría nuevamente y eliminaría ese error. Si bien Juna no podía decir mucho por sí mismo, sabía que había personas que podrían ocasionar terribles daños a la empresa de su familia si llegaban a encontrar ese acceso y él haría lo que pudiera para compensar el problema que estaba por provocar.

Zim permanecía atento al progreso del humano. El pak del irken podía interactuar con las computadoras con una eficiencia inimaginable, pero algunas capacidades de su pak se habían arruinado después de los ajustes que se había visto forzado a hacer a su propio cuerpo para sobrevivir. Observó unos instantes más al humano, su velocidad de procesamiento había aumentado considerablemente en los tres días que llevaba el chip en el cerebro. Y, a decir verdad, no esperaba ese avance en tan poco tiempo.

Obviamente, ese humano podía manipular cualquier información del sistema que él lo deseara sin necesidad del chip y aun así, estaba a un grado de parecer un miserable vagabundo. Eso era demasiado raro por no decir sospechoso. Exactamente, ¿qué quería el humano con todo eso? Desde un inicio, el joven no había mostrado deseos de riqueza o poder, se mostraba muy humilde respecto a sus habilidades e ignoraba tajantemente su propio potencial. Zim incluso no sabía si sentir lástima o ira, deseaba incluso darle unas cuantas bofetadas hasta que el gusano terrestre reaccionara. Pero no era su problema, estaba haciendo mucho con tener al menos la intención de cumplir con su parte del trato al final. Pero si la situación se tornaba aun más peligrosa para su misión, no miraría atrás. Escaparía sin llegar a perturbar su conciencia.

Y aun así, con lo que Zim le había dado, el humano podría acceder al Registro Principal por si solo si lograba entender por completo la capacidad del chip de interface.

Zim miró el cielo nublado a través de una de las opacas y agrietadas ventanas. La temporada de lluvias había empezado. No podía evitar sentirse aliviado que la lluvia no seguía representando una amenaza para él. Con un poco de suerte, las lluvias le darían una ventaja sobre los soldados irken, se verían confinados en su guarida hasta que se toparan con la única sustancia que podía protegerlos de la nociva agua. Lástima que no estaría ahí para verlos descubrir la debilidad de los irken contra el agua.

El humano seguía ingresando comando tras comando en su computadora, sus dedos se movían incansablemente sobre la pantalla, tratando de seguirle el paso a su veloz tren de ideas.

Por encima del sonido constante de la computadora, Zim escuchó un débil gruñido. Sus antenas se alzaron en alerta, ocultas por el holograma y, unos instantes después percibió otro gruñido más fuerte que el anterior. El gruñido claramente venía del humano.

Zim tuvo un fuerte sentimiento de desagrado hacia el humano, detestaba las constantes necesidades que los humanos debían satisfacer diariamente. Un irken podía realizar muchas más actividades con una fracción de los recursos que los humanos requerían.

Escuchó nuevamente otro gruñido, uno pequeño y apagado, pero el humano estaba completamente absorto en su labor que hasta que su estomago tuviera una gran ulcera sanguinolenta su cuerpo podría llamar su atención y sacarlo del trance. Y probablemente caería muerto.

Zim no creía que el humano llegara a esos extremos pero si llegaba a enfermarse, afectaría su desempeño y eso era lo menos que el irken deseaba.

El irken se paró junto al humano, con mirada exasperada. Realmente quería que el humano continuara trabajando pero despertarlo era solo un mal necesario. Resignado, un cable de su pak se conectó al panel y entró.

Los datos llegaban a la mente de Juna como el flujo de un potente río pero lejos de sentirse abrumado por la cantidad de información que debía procesar, su mente se había adaptado a las circunstancias. Aun estaba lejos de ser tan eficiente como deseaba pero podía crear complejos patrones y arreglos, entrelazarlos y adaptarlos al lenguaje de programación alienígena con el cual se iba familiarizando cada vez más. Jamás su mente había trabajado a esa velocidad vertiginosa. De momento tenía acumulado una gran cantidad de información sobre el diseño estructural, eléctrico y electrónico del Edificio Membrana para trabajar el resto de la noche.

Juna salió de la red tranquilamente y descargó la información en la computadora de la nave. Entonces, sintió una fuerza sujetar firmemente su mente y la voz de Zim llegó a él claramente.

- Suficiente por el momento, gusano terrestre. – La consciencia del irken lo arrastró fuera de la computadora con un fuerte jalón contra su voluntad. ¡Maldito sea Zim, sabía perfectamente lo mucho que odiaba salir abruptamente del sistema!

Una fuerte pero breve punzada de dolor le indicó su salida forzada. Soltando un gruñido, Juna se apoyó sobre el asiento del piloto y, unos instantes después, el dolor y el malestar desaparecieron.

- Diablos, ¿qué quieres, Zim? – Desgraciado irken sádico, tenía que elegir la forma brusca y dolorosa para sacarlo del sistema, ¿verdad?

- Deja de gimotear, es hora que ingreses nutrientes a tu sistema.

Juna solo necesitó un instante para entender lo que el irken quería decirle.

- Puedo comer luego, Zim. – Solo entonces sintió el vacío en su interior y su estómago pudo al fin hacerse notar. Pero el estomago debía luchar contra el deseo de Juna de ingresar nuevamente al plano digital y liberar su mente de sus restricciones normales. Si, podría comer más tarde. - Ahora, si me disculpas, volveré a…

- No digas estupideces. Si tu cuerpo humano no recibe alimentos cada cierto intervalo de tiempo se convierte en una masa sin capacidades cognitivas y no hay margen de error en esto. Levanta tu trasero y vámonos.

Juna quiso protestar pero ya sabía las consecuencias de su negativa, Zim lo odiaba y recurriría a métodos dolorosos para hacerse obedecer.

Hey, un momento… ¿"vámonos"?

.

- Em… Zim, no es que me queje pero ¿qué estamos haciendo aquí? ¿Esto es alguna clase de prueba o truco?

- Zim no tiene por que recurrir a tales recursos. – Contestó Zim distraídamente, desde el otro lado de la mesa.

"No, como va a ser. Sobre todo viniendo de un bastardo, mitómano, ego maniaco, narcisista, bipolar alienígena que conozco." Pensó Juna aun sin creer que Zim se estuviera comportando civilizadamente, sentado correctamente, con una servilleta de tela colocada debidamente sobre su regazo, hojeando plácidamente el menú plastificado en un viejo pero pulcro restaurante de comida europea, de una región que antiguamente se llamaba Italia, si mal Juna no recordaba.

- Zim decidió venir aquí para comer tranquilamente mientras hablamos de los últimos detalles del trabajo pendiente, no quiero perder tiempo más tarde.

Para Juna, su idea de ir a comer consistía en comprar algunos paquetes en algún almacén cercano, tal vez mordisquear alguno en el trayecto de regreso y terminar con el resto más tarde. Incluso Zim seguía con el mismo patrón, así que no pudo sentirse menos que estupefacto cuando entraron al restaurante.

Al inicio no tenía idea por que Zim había insistido que lo acompañara. Pero después de ordenar, Zim comenzó a discutir sobre los últimos avances de la nave. Juna respondía con todos los detalles técnicos que Zim necesitaba conocer, Zim estaba ahorrándose el mayor tiempo posible. Más tarde, cuando regresaran al edificio, Zim estaría enterado de todo y podrían avanzar con los últimos detalles de la nave. Aunque el irken sabía que Juna no entendería enteramente la información, decidió explicarle a grandes rasgos las estratégicas militares básicas de su mundo, esperando que así el humano tuviera una idea sobre cómo actuar la próxima vez que se enfrentaran a grupo de asalto estacionados en la Tierra.

Mientras tanto, GIR estaba escondido debajo de la mesa, jugando con una servilleta y el humano y el irken lo ignoraron. Si no quemaba o rompía nada, el SIR podía hacer lo que quisiera.

- Entonces, ¿me estas diciendo que, si te quisieran muerto, habrían destruido la Tierra desde un inicio? – Preguntó Juna, receloso. ¿De verdad un grupo tan reducido podía destruir un planeta entero sin mayor problema?

- Lo harían o lo harán si me llegan a capturar. No correrían el riesgo de dejar atrás cualquier evidencia que pueda conducir a algún grupo militar enemigo a mí o a otras cosas comprometedoras.

"¿A qué cosas comprometedoras se referirá el irken?" Se preguntó el muchacho.

El mesero llegó con el espagueti de Juna y la crema de zanahorita de Zim y la conversación se detuvo momentáneamente. Entonces, ambos sintieron el cansancio de días ajetreados de trabajo y cortos periodos de descanso. Comer tranquilamente comida caliente y bien preparada parecía un oasis en esos días tan turbios.

- ¿Te gusta esta comida? – Preguntó Juna, tratando de hacer algo de plática. Aunque, después de su conversación, cada bocado sabía amargo.

- Si no le gustara a Zim, no estaría aquí. – Contestó Zim y agregó con una rara nota de nostalgia. – Después de mañana no tendremos tiempo para esto. Esta es la última vez que Zim comerá algo debidamente preparada… ¡GIR, deja ahí! – Una de las manitas del SIR se había asomado escurridizamente para tomar la canasta de pan de la mesa. Con su cuchara, Zim golpeo la mano del SIR y ésta se ocultó nuevamente. Juna le asombraba la capacidad del irken para estar siempre al pendiente de los actos del SIR, se comportaba incluso como la figura paterna del robot.

De reojo, Juna miró al irken, aun disfrazado de humano, se colocó su respectiva servilleta de tela sobre su regazo, tomó su tenedor y comenzó con su espagueti.

- ¿Qué? – Dijo Zim al notar la mirada del humano sobre él.

- Em… Nada. – La mirada que le lanzó Zim traía el claro mensaje de "Cuando Zim pregunta, debes responder. Por tu propia bien". – Bueno, solamente noté que sabes comportarte en la mesa. Como nunca te había visto comer nada que no estuviera empaquetado, no había pensado en si sabías.

- A Zim le enseñaron bien. – Respondí cortantemente.

- ¿Quién? - Mecánicamente, Juna preguntó sin pensar. Una fracción de segundo después se preparó para huir, ya debía saber para ese entonces a no preguntarle nada personal.

Zim lo miró escépticamente pero contestó.

- Callie.

Callie, Callie, Callie, ¿dónde había escuchado ese nombre? Cierto, ella había sido la esposa de Dib I. A pesar que su nombre no brillaba tanto en la historia como la de su esposo, ella era recordada por sus estudios en parapsicología y espiritismo. De las pocas fotografías que había visto de ella, se había hecho la idea que era una mujer bastante despreocupada pero simpática. Y con una tremenda paciencia si debió soportar al irken en el pasado.

No había pensado si ella había conocido o no a Zim. Si sus sospechas eran ciertas sobre alguna posible relación romántica entre Dib y Zim, ¿Callie sabía al respecto? De haber sabido, ¿qué había pensado al respecto?

- ¡Ah! Si, ya se. – Se limitó a contestar y dejaron que el silencio quedara flotando vagamente en el aire.

- Amo, amo, ¿me da uno, por favor? – Dijo el SIR, cambiando de estrategia para obtener un bollo de la mesa.

- Ten – Dijo el irken y tomó un bollo. – Callado y no molestes más. – Y se lo dio al robot.

Callado, Juna observó al irken mientras éste le daba el pequeño bollo a su robot. Indistintamente al tono de las palabras del irken, Juna notó algo cálido en el gesto, era una sensación tan rara proviniendo de Zim que Juna lo descartó completamente. Zim no era así. Antes que el irken notara su mirada, el humano regresó su atención al plato de pasta frente a él.

Nuevamente, preguntas sin respuesta reaparecieron en su mente. Juna aun tenía curiosidad por saber más sobre Dib I pero Zim no contestaría, ya se había convencido de ello. Con desánimo, Juna debía aceptar que viviría sin jamás conocer las respuestas.

- Zim, necesito regresar a mi cajón a recoger algunas cosas. No me tardaré. A esta hora el transporte público está muy despejado. – Lo que realmente quería recoger eran las pocas pertenencias que había acumulado en los últimos cuatro años de desaparición. Después de entrar a la empresa, Juna debía estar al pendiente del irken permanentemente para que éste no traicionara el acuerdo. Pero la mirada asesina del irken lo cohibió - Tal vez… tal vez no. Digo, realmente necesito ir, Zim.

- Solo no hagas perder el tiempo de Zim. – Respondió Zim, visiblemente molesto pero no tanto como Juna habría esperado. - Ve rápido, esto debe estar listo para la media noche. Ahora, calla y termina tu pasta.

Al salir, el cielo estaba densamente nublado, a lo lejos caían cortos relámpagos y algunas gotas gruesas empezaban a caer sobre ellos. Parecía que en breve caería una tormenta sobre ese distrito.

Zim miró hacia el oeste, donde tendrían que actuar en veinticuatro horas y luego al este. Sopesó brevemente la situación y tomó una decisión. Aun si se mojaba, no tendría problemas más tarde. Su ropa se secaría antes de media noche y estaría listo para culminar el plan. Pero antes, debía terminar un asunto pendiente, tal vez de esa forma encontraría algo de tranquilidad en su interior.

- Espera aquí. Zim tiene algo que hacer. – Ordenó Zim, sorprendiendo a Juna. – GIR, quédate con el gusano-Juna.

Juna lo miró, sin poder desobedecer su orden, mientras Zim se alejaba sosegadamente por la calle, ignorando la fuerza que iba cobrando la lluvia.

- Ven, GIR. Vamos a esperar a tu amo un rato. Compórtate. ¿Está bien? – Juna tomó a GIR en brazos y se refugió bajo un tenderete.

Juna se preguntó a dónde habría ido Zim a hacer qué con ese clima, pensaba que el irken detestaba esos fenómenos climáticos terrestres (entre otras muchas cosas). Muchas veces le era difícil seguir las acciones del irken pero conforme más lo conocía, más convencido estaba que no valía la pena especular lo que él tuviera rondando en la cabeza.

Ahora que lo pensaba, su antigua morada estaba en esa dirección y no pudo evitar sentir una punzada de nostalgia. Desde el día que había llegado a esa casa hasta el último, siempre se había sentido tranquilo ahí dentro, aun cuando no era la zona más segura para vivir tenía la idea que nada podía lastimarlo ahí, como si al entrar todos sus problemas se quedaran en la puerta de entrada. Le habría gustado permanecer más tiempo ahí pero en el estado que quedó después del caótico aterrizaje del irken, dudaba mucho que aun estuviera en pie.

Juna regresó a la realidad cuando sintió algo húmedo y frío recorriendo su cara. Al distraerse, el SIR había aprovechado para pintar su cara con un plumón rojo.

- ¡Oye! ¡Te dije que portado! – El SIR solo se rió y empezó a pintar su propio rostro.

GIR rió inocentemente y se agito, haciendo que Juna lo soltara. Estruendosamente GIR cayó al suelo, se sentó en el suelo y empezó a rayonear la banqueta con dibujos indescifrables. Juna miró con cierta curiosidad al pequeño robot. Parecía completamente ajeno a la seria situación en la que se encontraban. Para él, el mundo debía ser una gran caja de sorpresas de las cuales la mayoría era comestible y potencialmente explosivo, y para el SIR eso era sinónimo de divertido. El humano se sentó de cuclillas, observando al SIR trazar largas líneas a su alrededor, tatareando una vieja canción infantil.

- La felicidad de los tontos. – Susurró para sí mismo, ojala él también pudiera olvidarse de todo.

.

Zim recorrió las calles con calma, observando cada edificio, cada árbol, el nombre de las calles pero todo era diferente. Nada del pasado parecía haber sobrevivido la expansión urbana y al tiempo, pero continuó adelante sin dudar en el camino que recordaba perfectamente gracias a la memoria electrónica de su pak. La lluvia estaba cayendo persistentemente sobre la ciudad, sentía toda su ropa empapada y al pasar frente a un aparador, vio su imagen humana reflejada. Su cabello estaba escurriendo gruesas gotas de agua sobre su rostro y cuello, su ropa estaba pegada a su cuerpo y sus ojos dejaban entrever su verdadero brillo natural. Este holograma hacía un mejor trabajo del que esperaba para ser tecnología no irken.

Varias calles más adelante, encontró un terreno y en el centro había un gran montículo de escombros y parte de un muro y techo aun de pie, lo único que quedaba de la casa de Dib. Sobre una sección derruida, había una figura sentada debajo del despojo de techo, y al verla, Zim no pudo evitar sonreír brevemente. Hoy tenía suerte.

- ¡Hey! – Zim estaba al lado de ella y ésta, al reconocerlo, se hizo más nítida. Era una mujer de cabello ondulado oscuro, vestía a la Charleston y tenía una sonrisa triste en el rostro. Aun con la lluvia sobre ellos, la mujer parecía inmune al agua o al viento, como si lo único importante hasta entonces fuera la llegada del irken.

Zim se sentó a su lado y miró el cielo nublado, algunos relámpagos cruzaron, los truenos retumbaron y ninguno de los dos quiso arruinar ese momento de silencio pero Zim aun estaba en un mundo donde el tiempo era vital. No podía quedarse ahí mucho tiempo y sabía que la mujer lo entendía.

- Hacía mucho que no me sentía tan abandonada. No pude hacer nada para proteger mi hogar. – La voz de la mujer era calma y lenta, como si la arrastrara en cada palabra. - Dijeron que ya no era seguro, así que lo derrumbaron.

La misma voz, el mismo rostro, la misma ropa. E lla era lo único que podría haberse quedado estática en un universo cambiante, para ella no había más tiempo que la eternidad. Zim no podía ignorar el hecho que él también había cambiado, solo esperaba poder ser más fuerte de lo que era antes, de lo contrario no podría tolerarlo, no con el sacrificio que había hecho.

- No creí realmente encontrarte todavía. Callie siempre decía que un fantasma continuaría con su viaje si su hogar era destruido.

La mujer miró a su alrededor sin real atención.

- Tuve la vaga esperanza que regresarías. No te quedaste antes pero estás aquí ahora. Gracias, incluso para alguien como yo ha pasado mucho tiempo. Los he extrañado, a los cuatro.

Siguió otro silencio necesario para los dos. Antes, las palabras eran sencillas para Zim, no herían, no tenían sabor, no pesaban pero en la Tierra había aprendido mucho de sus sutiles significados, incluso de aquellas que no se pronuncian, y de esas que era mejor escupirlas antes que se engancharan en la garganta y no te dejaran respirar.

- Rose, vine a preguntarte algo. – La fantasma no dio muestras de escucharlo, pero aun así Zim hizo la pregunta, temeroso de la respuesta. - ¿Dib… tuvo una buena vida?

La fantasma asintió serenamente, con la mirada en el cielo. Aun recordaba la sensación de la lluvia sobre ella cuando aun tenía un cuerpo, como si se tratara de un sueño casi olvidado.

- Era fuerte. Pudo levantarse y seguir adelante.

Zim había leído cientos de veces la biografía de Dib de diferentes autores pero no le decían lo que quería, ese tipo de cosas no se podían escribir si no se conocía a la persona. Ahora, escuchar esas palabras había sido lo único que lo había tranquilizado desde su regreso. Zim no esperaba menos de Dib, no por nada había ganado un lugar tan cerca de él.

- ¿Callie le dijo porqué me fui?

La mujer volvió a asentir. Un minuto después continuó.

- Reaccionó justo como pensaste. Habría estado enojada con ella si no fuera por que estaba muriendo.

Zim recordó ese momento. Cuando él se vio forzado a contarle a Callie su historia y la verdadera razón por la que tendría que irse. Estaba asustada y él al borde de un ataque de pánico, desorientado y, por segunda vez en su vida, sentía un profundo miedo sobre el futuro. En esa ocasión, Rose estaba en el piso inferior y había escuchado toda la discusión.

- Se pudo levantar… - Susurró Zim, tratando de apresar en su mente esas palabras. Había un ligero sabor agrio en ellas.

Pocas veces Zim se sentía avergonzado de sus pensamientos pero no podía evitar pensar que si Dib se había recuperado era porque no había sido tan importante para él, pero sabía que simplemente era parte de su naturaleza territorial haciéndose escuchar ¿Cuántas veces Dib le había demostrado sus sentimientos sinceros sin pedir nada a cambio? Era un pedazo del Zim insensato y egoísta que había llegado a la Tierra hacía tanto tiempo, preparado para morir sin oponer mucha resistencia.

- ¿Qué vas a hacer ahora? – Preguntó Rose, por primera vez con autentica curiosidad en la conversación.

- Me quedé sin nave así que tengo que arreglármelas para hacer una con lo que pueda. – Sonrió engreídamente, asegurando que la mujer quedara tranquila. - Regresé solo para ver a Dib otra vez, aunque fuera un momento. Debía asegurarme que estaba bien pero llegué muy tarde. – Suspiró y se relajó en su lugar. - Aun me están persiguiendo así que debo seguir adelante. Es lo único que me queda.

Rose miró atentamente sus ojos y volvió a mirar al cielo. Esos ojos rojos que Rose veía claramente a través el holograma no tenían la misma chispa hambrienta y abrazadora de antes, ahora había una llama plácida fuertemente arraigada en una base de dolor y fortaleza. Ella no podía determinar con exactitud qué tan bueno podría ser para el irken pero estaba segura que ya nada podría doblegarlo nuevamente.

- Oye, el vago que estaba aquí hace unos meses ¿por qué no lo ahuyentaste? – Zim se sentía verdaderamente curioso al respecto. - Lo hiciste con cinco familias en dos años antes que Dib comprara esta casa. Un muchacho como él no debió ser difícil.

La fantasma rió, sorprendida con la pregunta; ya ni siquiera pensaba en eso. Era cierto que ella era bastante fastidiosa cuando estaba de malas, más cuando recordaba porqué había muerto. Realmente había tenido suerte al haber conocido a Dib o seguiría pensando que esa casa era la peor de las prisiones. Su propio infierno.

El irken seguía mirándola esperando una respuesta. Un débil viento desvió la lluvia y el pedazo de techo les brindó un mejor abrigo.

- Lo siento. – Dijo tan avergonzada como lo puede estar un fantasma. A Zim no le gustaría la respuesta. - Me pidieron que cuidara de él.

- ¿Qué? ¿Quién? ¿Por qué? - Zim había pensado que Rose solo se había sentido sola y lo había dejado entrar.

- Una persona muy rara. No sé explicarte claramente pero tenía una naturaleza similar a la de Dib. – Otra vez con eso, pensó Zim. Días después de empezar a vivir en ese lugar, la fantasma había seguido a Dib a todas partes, incluso en el exterior. Había explicado que él era fascinantemente raro pero parecía que hasta el momento seguía sin entender qué era exactamente. - Aun no estoy segura de quien era. Un día vino y dijo que alguien llegaría a vivir aquí. No me esforcé en saber que era ese muchacho en cuanto lo vi. – Y volvió a guardar silencio. - Muy agradable, muy cálido. Me agrada.

Normalmente a Zim le desagradaba el silencio improductivo pero para el espirito humano a su lado, la realidad no funcionaba de la misma manera que la suya. Por lo que sabía, Rose podría estar recordando cosas de su vida o estar en otro lado o universo a la vez, mientras mantenía esa conversación. Solo esperaba que volviera a hablar pronto, en una ocasión debió esperar tres días para que le contestara.

- ¿Sabes? – Solo fueron cinco minutos. No había problema. - Sin mí, esta casa se habría derrumbado hace mucho tiempo… – Y pasó su mirada por la extensión del terreno y acarició el muro a su lado, tal vez recordando cómo era hacía unas semanas o, tal vez, hacía un par de siglos atrás. - …y el pobre no habría tenido lugar a donde ir, ninguno donde estuviera segura que estaría bien. No podía negarme.

- Aun no entiendo porque lo aceptaste. – Zim también podía recordar bien como eran las cosas al marcharse. Justo donde estaban sentados se encontraba la cocina, y encima de ellos debía estar su cuarto. Ahora lo único que tenían eran escombros expuestos a los elementos. Nada era reconocible. – No importa, no hay nada que hacer.

Otro largo silencio se extendió entre ellos unos minutos.

- Zim, si llegas a encontrártelo, trátalo bien. No sabes todo lo que hay atrás y alrededor de él.

Zim no dio signos de haberla escuchado. Él le había dicho a Dib que no lo entendería por no ser irken, Dib le había dicho a su vez que no lo entendería por no ser humano, y ambos estaban de acuerdo que no entenderían a Rose por no ser fantasmas. Tal vez Rose le había tomado cariño al humano, concluyó el irken, de otra forma no entendía la petición.

- Debo irme. – Zim se levantó y escurrió el borde de su ropa. Cruzó los brazos sobre su pecho y observó el cielo aclarándose, pero estaba oscureciendo. No podía entretenerse más ahí. - Te alegrará saber que él me encontró hace unas semanas. Ahora está trabajando para mí en construir una nave. Pero lo trato como el gusano que es. – Agregó, jactanciosamente, como si Juna fuera un perro callejero con sarna que le hubiera pedido asilo.

- No has cambiado. – Y ella sonrió hacia el cielo. - Ahora me puedo ir tranquilamente. Zim, te deseo suerte, a ti y al muchacho. – Zim se reusó a mirarla. Sabía lo que venía ahora. - Gracias, Zim. Fue divertido haberlos conocido. Estoy segura que estarás bien. – La fantasma suspiró y sonrió ampliamente. – A fin de cuentas ha terminado igual, pero ¿me harías el favor de saludar a Dib de mi parte? – Y Zim se giró, sorprendido por la última petición.

La figura se había desvanecido. Rose había cruzado al fin al otro lado para seguir el camino natural de los espíritus, dejándolo solo en el mundo terrenal. Ahora, lo único que rodeaba a Zim era lo que el futuro había hecho con el pasado y los recuerdos de su vida, tanto sus decisiones como sus consecuencias.

La lluvia aminoró, las luces de la ciudad se despertaron temprano y, en el centro de la ciudad, cobraron más fuerza conforme la clausura del festival Membrana se acercaba. Podía ver a algunas personas caminar tranquilamente en las cuadras cercanas con sombrillas después de la tormenta y Zim se fue de ahí sin mirar atrás.

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Juna seguía en el mismo lugar. Tenía frio, había olvidado su chaqueta pero su ropa seguía seca prácticamente. GIR se le había escapado de las manos y ahora jugaba en un charco de lodo a unos metros de él. Esperaba que Zim no se molestara mucho con él cuando viera al SIR en ese estado.

Miró de nuevo hacia su reflejo en el vidrio a su lado y buscó alguna mancha remanente de la travesura del robot. Había aprovechado el agua de lluvia para limpiarse la cara pero sentía que el SIR había pintado más de lo que podía ver.

Suspiró y se dio por vencido. Tendría tiempo para limpiarse debidamente más tarde. Por el reflejo observó una figura acercarse al SIR y después miró fijamente hacia él. Zim.

Zim miró al SIR que hacía bolitas de lodo y las acomodaba en una pirámide sin interés aparente por un rato.

- Juna-mono. Limpia a GIR, no podremos hacer nada si él está así. - Juna asintió y se dirigió al SIR para sujetarlo. - ¡Ah! Por cierto, te desean suerte.

- ¿Mmm…? ¿Quién? – Juna tuvo una ligera sensación de alarma. ¿Dónde y con quien estuvo el irken?

Pero Zim no respondió, estaba demasiado ensimismado con la conversación con Rose para prestarle atención. El humano no lo entendería nada y no estaba de humor para darle explicaciones.

De reojo miró al muchacho sujetar al SIR con dificultar, manteniéndolo a cierta distancia para no ensuciarse. GIR se sacudía, tratando de regresar al suelo pero Juna lo tenía firmemente agarrado y empezó a agitar sus bracitos como si estuviera volando.

¿Quién era en realidad este humano? ¿Quién había hablado con Rose? Pensó Zim. Había algo en todo eso que no le gustaba y con más razón desconfió en el humano detrás de él. Pero, por mutua necesidad, debían seguir juntos.

Un garabato medio despintado en la nuca del humano llamó la atención del irken. "El eztA akih" rezaba el trazo con tinta roja, luego observó al SIR dándole mordiscos a un plumón rojo con singular alegría, manchándose la boca con la tinte derramada. Estúpido SIR.

- No. Lo puedo. Creer. – Musitó Juna, incrédulo.

- Calla, cerdo-humano. – Respondió Zim delante de él, molesto por la falta de fe por parte del humano.

El joven humano no sabía si partirse de la risa, tal vez hasta quedarse sin aliento o echarse a llorar como una nenaza. ¡Seguía sin creer que nadie se diera cuenta! El holograma era un perfecto disfraz que el irken usaba para mimetizarse sin problema entre la población humana, aunque ese día Zim había planeado usar otro disfraz más "acorde a las necesidades", pero… ¡¿Qué carajo era esa peluca y esos lentes de contacto? Las facciones estilizadas del irken, su piel verde y su rostro sin nariz y orejas estaban prácticamente al descubierto. Y para terminar el cuadro, estaban en la concurrida entrada principal de la empresa Membrana, donde supuestamente las mentes más brillantes de al menos ese hemisferio terrestre se congregaban para impulsar la ciencia en todos los campos conocidos. Y NADIE SE DABA CUENTA. ¡¿Cómo podían estar tan ciegos?

"La genialidad de Zim sobre pasa tus limitadas capacidades, humano. Pasaré inadvertido como una lata de sardinas en verano. Ustedes los humanos son tan estúpidos." El plan consistía en entrar al área de investigación, Zim como un joven humano con una desdichada condición cutánea y Juna pasaría como el joven investigador de una universidad foránea que buscaba la cura de su mal en el centro de investigación de la empresa. Una vez en el interior, se harían pasar por personal de mantenimiento y, entonces, iniciaría la acción.

El plan parecía sencillo, pero Juna no contaba que Zim se arriesgara a usar un disfraz tan pobre y simple pero funcionaba mucho más allá de sus expectativas. Pocos fueron los transeúntes que se fijaron brevemente en Zim, no por sospechar de su origen no terrestre sino impulsados por su propia curiosidad por enfermedades extrañas pero estaban tan ensimismados en sus propios proyectos que pasaron de largo sin decir una palabra.

Mucho más relajado que al inicio, Juna se dirigió a la recepción, listo para interpretar su papel. En la recepción se encontró con una pequeña sorpresa. Desde hacía años la empresa Membrana había colocado robots humanoides en varios puestos en la empresa, si bien eran muy avanzados con la interacción humana, en diseño aun resultaban ser algo toscos pero en la recepción les aguardaba una robot de apariencia prácticamente humana. El único detalle delatador era un suave sonido que producía al moverse pero tanto sus gestos, voz y movimientos eran naturales y fluidos. Habían otros nueve robots, de rasgos casi perfectos, indicándole a los visitantes el lugar al cual dirigirse. Seguramente los habían colocado ahí para presumirle al mundo lo que la empresa había logrado. Aun así, Zim no le dio la mayor importancia. Juna sabía que la tecnología de punta en la Tierra debía parecerle un aburrido recorrido por la prehistoria.

Después de identificarse con información falsa y tras una breve charla, la recepcionista-robot les entregó una tarjeta a cada uno con el cual tendrían acceso a la unidad de enfermedades genéticas. En la delgada tarjeta había un pequeño mapa que los iría guiando hasta su destino. Sin ella no podrían pasar ni siquiera al elevador.

Antes de entrar al elevador, disimuladamente, uno de los cables del pak de Zim salió y, al escanear las tarjetas, modificó los datos, dándoles acceso a todas las instalaciones instantáneamente.

Varios pisos más arriba y sin intercambiar palabra, juntos salieron del elevador y se dirigieron a un pasillo poco concurrido. Juna presionó un botón en su reloj y un holograma del uniforme del personal de mantenimiento lo cubrió. Zim por su lado encendió su propio holograma y retomó su apariencia humana, vestido con el mismo uniforme que Juna. Oculto por el disfraz, Zim retiró sus lentes de contacto y su peluca y los guardó en su pak.

Mientras tanto, Juna revisó el mapa en la tarjeta y ajustó la ruta planeada para llegar al área de investigación espacial.

- Debemos pasar por el área de investigación genética. Casi nadie se pasea por esa zona, los investigadores nunca salen de sus salas esterilizadas, así que casi nadie nos estorbará. Y aquí, antes de llegar a centro espacial… – Dijo, mostrándole al irken un punto marcado en el mapa.- tendremos que separarnos.

El irken estuvo de acuerdo con la ruta.

- Adelante. – Ordenó.

Los pasillos parecían largamente interminables aunque desde un inicio se habían mentalizado para trasladarse entre elevadores, pequeños eletrotrenes, escaleras y pisos eléctricos solo para cruzar el área de genética. Las instalaciones de la empresa Membrana eran tan grandes que, literalmente, semejaba una ciudad dentro de Ciudad Central.

En el trayecto, Zim llegó a murmurar maldiciones por la extensión del edificio, aunque en parte era su desesperación por obtener la última pieza que necesitaba para huir de la Tierra.

Una hora después, Juna consultó nuevamente el mapa y encontró una pequeña inconsistencia en él. En el pasillo donde estaban existía un acceso que no figuraba en el mapa. Era una simple puerta deslizante blanca con una ranura de acceso a un lado. Seguramente el mapa no estaba actualizado, había tantos lugares ahí que un cuarto más pasaría inadvertido por años.

Antes de retirarse y seguir a Zim, algo llamó su atención. Juna observó la entrada detenidamente y mientras más la contemplaba, mas necesitaba saber que había ahí dentro, casi con desesperación; aunque por un momento se preguntó si la entrada lo estaba llamando o era algo dentro de él que lo estaba empujando. El muchacho sujetó la tarjeta de acceso firmemente con un creciente deseo de utilizarla. Sabía que no tenía tiempo para eso pero había algo en ese acceso que le inquietaba de sobremanera. Casi en un acto involuntario, estiró el brazo con la tarjeta de acceso en mano y antes de introducirla a la ranura un golpe abrupto en la cabeza, seguido de una mano firme sujetando su muñeca, llevándolo lejos de la puerta lo trajeron de vuelta.

- Gusano-humano, ¡no te pongas a curiosear! – Zim lo arrastró por el pasillo, lanzando aun más maldiciones al aire. – Si quería distracciones como esta, habría traído a GIR.

Juna se dejó guiar, confundido por la experiencia. ¿Qué acababa de pasar con él? ¿En qué momento se abstrajo tanto del mundo? Se estaba volviendo loco. "Es solo la tensión, nada más." Concluyó, tratando de olvidarse del tema.

Diez minutos después, llegaron a un cruce. Juna debía tomar un túnel angosto y Zim debía seguir por un pasillo principal.

- Aquí es donde nos separamos, humano. – Zim soltó a Juna y revisó nuevamente el mapa. - Recuerda que no podremos comunicarnos como antes. No sabemos si hay soldados irken en las cercanías. – La amenaza seguía latente. El hecho que los irkens los hayan encontrado días atrás significaba que conocían sus intenciones.

El área de investigación espacial estaba algo retirado pero le daría tiempo a Juna para llegar a su propia posición mientras Zim tomaba la suya y actuarían en conjunto. Juna asintió a cada indicación del irken y, antes de retirarse, Zim dijo. – Mono-cerdo, sabes perfectamente que hacer. No lo arruines. – Amenazó y se fue de ahí, dejándolo solo.

Juna lo vio alejarse y perderse en la lejanía. "Puedes hacer esto." Murmuró para sí mismo, apesadumbrado. El muchacho tomó valor y, sigilosamente, caminó hacia el final del túnel. Cerciorándose que nadie andaba cerca, introdujo la tarjeta en la ranura de acceso y la puerta se abrió.

La entrada se cerró detrás de él y, frente a él, se extendió un largo, estrecho y lóbrego pasadizo. Sin vacilar, dio el primer paso dentro de la descomunal prolongación subterránea de la empresa.

Cada cien metros había un lector biométrico, donde debía detenerse y colocar su mano, aunque sabía que había más sensores que lo analizaban sin que él fuera enteramente consciente. La base de datos reconoció su identidad en un registro de diez años de antigüedad. En una ocasión, teniendo él doce años, su padre había creado su registro personal que, afortunadamente, seguía activa. Para evitar que su ingreso quedara registrado, solo había desactivado esa función por ese intervalo de tiempo, en esa área en particular. No se lo había mencionado a Zim, temiendo que éste se tornada violento por toda la información que le había ocultado hasta entonces y, a decir verdad, no sabía qué le había Zim si se llegaba a enterar de su relación tan estrecha con los Membrana.

Los pasillos conectaban grandes cámaras con gigantescas maquinas y computadoras trabajando a diferentes intensidades. Cientos de luces tintineaban a intervalos irregulares, cilindros compactos se deslizaban a través en una compleja red de tubos transparentes. Asombrosamente, el lugar estaba muy callado, podía escuchar el eco de sus pisadas, el esporádico desplazamiento de los cilindros de mensaje y alguna ocasional activación de relevadores.

La débil luz guía en el centro de los pasillos era su única referencia para no perderse. Trataba de no distraerse pero en su camino observó grandes estructuras metálicas en las cuales se concentraban y analizaban la gran cantidad de datos que los científicos de la empresa ingresaban a cada instante. Algunas secciones de las supercomputadoras parecían lámparas de lava y cada globo que ascendía y descendía contenía millones de circuitos amorfos que trasladaban las enormes cantidades de información de un lado a otro.

Repentinamente, escuchó unos pasos silenciosos detrás de él y se volteó. Afinando su oído, no oyó ningún otro ruido pero una sensación de pánico se arrastró por su pecho, paralizándolo.

- No fue nada. – Se dijo a sí mismo en un vago intento por calmarse. – Solo estoy imaginando cosas.

Apresuró el paso aunque, ocasionalmente, miraba rápidamente por sobre su hombro. Sabía que debía estar tranquilo, ahí no debía haber nadie. Ese túnel era una de las zonas más restringidas de la empresa, apenas un puñado de personas entraban al año, y normalmente eso ocurría cuando su padre lo permitía directamente.

Después de colocar cierta distancia, Juna se permitió respirar con tranquilidad. Una risa nerviosa escapó de sus labios pero su calma de disolvió cuando vio una sombra difusa, a una distancia demasiado cercana para sus nervios. Sin pensarlo dos veces, se echó a correr por los pasillos.

"No te pierdas, ¡no te pierdas!" se repetía mentalmente, teniendo aun en mente el mapa del laberinto subterráneo pero lo que sentía no era normal, sin fundamentos racionales sus instintos le urgían desesperadamente huir y evitarse la pena de averiguar que estaba siguiéndolo.

Al doblar una esquina chocó contra un bulto y cayó de espaldas. Recuperándose del golpe, miró hacia arriba e, incrédulo, observó frente a él a una criatura negra, mucho más grande que él. Parecía una cabra demoniaca con una máscara de hierro pulido y, a lo largo de toda su espalda hasta la cola, se dibujaba una línea de fuego azul. Cuando la criatura bufó, de sus fosas nasales salió un denso vapor.

Para cuando el joven Membrana se dio cuenta de lo sucedido, ya había corrido varios metros a una velocidad que solo un fuerte golpe de adrenalina podía provocar. Si pensaba que las cosas no podían ponerse peor, a cada momento, de los pasillos laterales salían más de esas cosas a su encuentro pero él las dejó atrás en la carrera.

Juna solo se detuvo cuando perdió el aliento y, por poco, la conciencia. Se escondió en el estrecho espacio entre dos supercomputadoras y si bien esas cosas lo alcanzaban, por lo menos no podrían entrar en el reducido espacio.

¡¿Qué carajo hacían esas… COSAS en la empresa? ¡¿Por qué no estaba mencionado en los documentos? ¿Por qué nadie se lo había mencionado antes?

- ¡¿Y AHORA COMO MIERDAS VOY A SALIR?

Estaba atrapado y no tenía ni una jodida idea sobre como escapar. Pero tampoco se podía quedar ahí por siempre. Si esas criaturas no lo mataban, seguramente Zim lo haría si se llegaba a atrasar en el plan.

Reuniendo el poco valor que le quedaba, se asomó implorando protección a cualquier entidad superior que estuviera lo suficientemente aburrido como para tomarse la molestia de ayudarlo.

Una manada de doce criaturas se mantenía reunida a una distancia prudente, con los ojos fijos en él. No se les veía intensiones de acercarse más pero tampoco de retirarse. Juna sintió una genuina curiosidad en sus miradas, como si él fuera un bicho exótico que tenían prohibido tocar y eso no tranquilizó en lo absoluto.

- ¿Que hago ahora? - Se pregunto, rebanándose la cabeza. - Piensa claro. Piensa, piensa. - Ninguna idea más inteligente que la de quedarse a salvo, donde estaba, se formuló. - Muy bien. Muy bien. ¿Cuáles son los hechos? No sé que son ni que pueden hacer esas criaturas. Aun estoy en el departamento de ingeniería, puede que esas criaturas las hayan creado aquí pero, parecen demonios. ¿Cuantas más de esas criaturas estaban rondando por ahí? Me tienen rodeado. Podrían atacarme en cualquier momento pero no se han acercado... Creo que... creo que debo hacer una prueba.

Juna volvió a asomarse y encontró que el grupo de criaturas había crecido a veinte, golpeando sus pezuñas contra el suelo y bufando, olisqueando el aire. Tragando duro, el muchacho salió de su escondite lentamente, sin dejar de observarlos. Despacio, se retiró de ahí. Aunque las criaturas no se le acercaban, lo seguían a la misma velocidad al que él caminaba. Nervioso, Juna se dirigió al punto donde encontraría el módulo que debía controlar.

Ahora solo quedaba una pregunta: ¿Esas criaturas le permitirían salir o ese era un viaje sin retorno?

Algunos minutos más tarde encontró el módulo de control del área espacial y, con ciertos reparos, ingresó a la computadora, con la esperanza que las criaturas no lo mataran mientras él estaba en trance.

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Era de conocimiento público que el departamento de estudios espaciales ocupaba la mayor parte de las instalaciones de la empresa. Las pruebas de vuelo requerían enormes espacios y, por confidencialidad, no se podían realizar en áreas libres. La enorme cúpula se alzaba como un cielo blanco con brillantes estrellas ordenadas en rejilla.

Desde un alto punto, Zim observó por enésima vez las pruebas que le realizaban a una pequeña nave espacial experimental que levitaba a unos metros por encima del suelo. Con las pruebas, los científicos medían las fuerzas G producidas dentro del vehículo al realizar complicadas maniobras a través de un robot-piloto y, a su vez, calibraban los controles de la nave para mejorar su control.

Zim estaba cada vez más ansioso, en esa nave estaba la última pieza que necesitaba. Solo esperaba que esos humanos ineptos no provocaran algún accidente y destruyeran la pieza. Ahora más que nunca su poca paciencia se estaba agotando, y aun no tenía noticias de Juna. ¿Por qué se estaba atrasando tanto?

"En cualquier momento." Pensó, tratando de reconfortarse. Mientras el cerdo humano no se haya perdido...

La nave realizó algunas maniobras en el aire y regresó a su lugar. En varios módulos ubicados a las orillas del salón, los investigadores corregían los errores y el experimento se volvía a repetir.

Mientras esperaba con la monotonía de las pruebas frente a él (o debajo, cómo se quiera observar), Zim contemplo en lo que había evolucionado los viejos Laboratorios Membrana. Aun no entendía cómo Dib había terminado ahí y hacer que los Laboratorios Membrana crecieran a proporciones descomunales. Si bien Dib había roto el gran paradigma que existía entre la "ciencia real" y la paraciencia y se había atrevido a unirlos, literalmente, bajo el mismo techo, eso no aclaraba por qué había regresado al lugar que tanto odiaba, con la persona contra la cual tenía muchos resentimientos, aun cuando él mismo había superado todos los complejos que había arrastrado desde que tuvo uso de razón.

De acuerdo con las biografías, Dib comenzó a trabajar ahí tres años después que Zim se fuera, incluso algunos biógrafos se habían atrevido a opinar que de alguna manera, la enfermedad de su entonces prometida y los recursos que los laboratorios podían suministrarle para curarla fueron factores determinantes en su decisión de colaborar al lado de su padre. De ahí se podían enlistar un cuantioso número de descubrimientos e invenciones que, a la larga, condujeron a la aceptación de las paraciencias y, más tarde, en su estudio serio dentro de las instalaciones de los laboratorios. En cualquier caso, no se mencionaban las razones detrás de los hechos, todos daban por sentado que simplemente el hijo del profesor Membrana lo había superado con creces, nadie sabia todo lo que había de trasfondo en la relación entre el padre y el hijo y, por eso, Zim se sentía completamente desconcertado por las acciones de Dib.

¿Qué habría pasado si Zim jamás se hubiese ido? Zim no tenía las respuestas para esa y un centenar de preguntas más. Pero, gracias a Rose, ahora sabía una cosa que realmente era importante y era que Dib había seguido adelante.

De repente las alarmas sonaron y los ingenieros y científicos, confundidos se miraban entre ellos esperando que alguno tuviera alguna explicación para tal interrupción.

- SE SOLICITA A TODO EL PERSONAL Y VISITANTE RETIRARSE POR LAS RUTAS DE EVACUACIÓN. ESTO NO ES UN SIMULACRO. SE SOLICITA A TODO EL PERSONAL Y…

La señal.

Reacios, los investigadores ingresaron velozmente algunos comandos para hacer aterrizar a la nave y abandonaron sus lugares ordenadamente aunque confundidos, ¿a qué se debería tanto alboroto?

Una vez la sala estuvo vacía, Zim rápidamente descendió de su posición empleando el levitador de su pak. Aterrizó suavemente en el suelo y corrió hacia una de las computadoras de control. Ingresó al sistema y, a través de ella, hizo que la cabina de la nave se abriera.

Al llegar a la nave y antes de entrar a la cabina, sus sentidos, tanto orgánicos como electrónicos, percibieron el proyectil. Su cuerpo actuó inmediatamente gracias al condicionamiento militar de toda una vida pero por intuición, sabía que el proyectil no estaba dirigido hacia él y que, en ese breve instante de tiempo, simplemente no había nada que él pudiera hacer para desviarlo.

La nave explotó y la onda expansiva empujó a Zim varios metros de distancia. Con agilidad, Zim logró caer sin hacerse daño y se paró, tratando de dejar en segundo plano el hecho que la nave y su única esperanza para escapar del poder del Imperio Irken acababa de ser reducida a basura, más tarde podía preocuparse por esa pésima situación y buscar alguna solución, por ahora tenía que enfocarse en enfrentar a su enemigo.

Una silueta se abalanzó sobre él en un rápido y fluido movimiento. Al esquivarla, Zim sintió un corte en el costado. Por inercia, las extremidades de su pak salieron disparadas contra el agresor y colisionaron contra las del él en una lluvia de chispas y chillidos, dejando la lucha en un precario equilibrio. Zim reconoció al soldado de las dagas, aunque el irken volvía a enfrentarlo con el mismo estilo de pelea, las largas cuchillas parecían más robustas y toscas que las anteriores.

Entonces una sensación lacerante, dolorosa y tajante lo aturdió desde el costado. Era la cortada, Zim no sabía que tan profunda ni mortal era pero ese era el menor de sus problemas. Tenía que pasar por sobre su contrincante.

Las fibras de su traje se entrelazaron y constriñeron su lesión en un intento para evitar una hemorragia. Haciendo caso omiso a la herida, las extremidades metálicas de su pak se tensaron contra las de Drainden.

El transmisor de Zim salió para llamar a GIR como refuerzo pero, por el rabillo de ojo, Zim encontró otro soldado apuntándole con un arma de largo alcance decenas de metros a lo lejos. Con Drainden paralizando su pak y su propia posición, Zim realizó una maniobra peligrosa para su misión autoimpuesta y su propia vida. Desacopló el pak de su espalda, las patas resistieron en su lugar y las garras de Zim se llenaron de energía.

Las municiones de Russ destruyeron el transmisor, Zim cayó al suelo y saltó, lanzando un ataque directo a Drainden.

Drainden, desde su posición expuesta, activó sus cuchillas y éstas vibraron. Entonces, Zim reconoció esa tecnología y esquivó la ofensiva del soldado justo a tiempo. Aunque la cuchilla no lo tocó, el filo ultrasónico de las cuchillas alcanzó su carne, dejando otro corte en su brazo. Zim desvió su ataque y la dirigió al suelo, desfragmentándolo y haciéndolo inestable. La tensión entre los paks se liberó, lanzando a Drainden varios metros en el aire. El pak de Zim perdió el equilibrio pero rápidamente se acopló a su huésped.

Sus extremidades metálicas se alargaron en dirección de Russ, quien estaba recargando su arma y un potente rayo salió disparada de las puntas. Zim no pudo ver el resultado de su ataque, el siguiente agresor apareció desde su flanco derecho, sintió una punzada en la mejilla y se desvaneció de su vista.

Por el transmisor, Drainden informó el resultado de la maniobra de Mrot ya que éste, a partir de ese momento, necesitaba toda su concentración para culminar el asalto.

- Comandante, Mrot tiene la muestra. Necesita diez minutos para sintetizarla. – Drainden explicó, recuperándose del impacto.

Skoodge salió al campo de batalla para ganar tiempo. Con un gran salto, lanzó un puñado de discos que cayeron cerca de Zim. Al tocar el suelo, estas explotaron, impulsando su cuerpo liviano por el aire. Usando su levitador, Zim quedó suspendido pero tuvo que activar su campo de fuerza al detectar nuevos disparos dirigidos hacia él. El campo de fuerza soportó precariamente los impactos, Zim lo desactivó y disparó al suelo, creando una pantalla de polvo para ocultarse.

Con la distracción, Zim se refugió detrás de uno de los módulos de control, necesitaba un momento para pensar. Sin transmisor, él no podría comunicarse con el gusano-humano ni con su SIR. GIR se encontraba atado con una correa a las afueras del complejo, aguardando sus órdenes. Si GIR no recibía alguna orden en una hora más, lo cual parecía iba a ocurrir, tenía las órdenes de regresar a su base provisional y defender la nave en construcción hasta su regreso. Eso si no se distraía con alguna rata muerta en el camino.

En ese momento Zim sintió la extensa mancha húmeda dentro de su traje. ¿Cuánta sangre habría perdido hasta ese momento?

Zim escuchó el silbido de un explosivo acercándose velozmente y se alejó de ahí. El módulo detrás de él explotó y el comandante a cargo de la misión emergió de la cortina de humo, con aspecto triunfal.

.

En los pasillos subterráneos, Juna rompió su conexión con la inmensa infraestructura digital y despertó con la ya muy familiar pero efímera sensación nublosa. Agitó su cabeza para desperezarse, observó a su alrededor y, con asombro y alivio, se encontró sano y salvo. Aun seguía rodeado por esas criaturas intimidantes pero, ahora que veía las cosas con más calma, no parecían estar de ánimo de descuartizarlo o comerse su alma. En cualquier caso, si las cosas empeoraban, ya se las ingeniaría para salir ahí, no tenía de otra.

Juna extrajo de la computadora el circuito cónico y se paró entumido, atento al menor indicio de amenaza. Lentamente se alejó de ellas, mirando por sobre su hombro con recelo. Unos pasos después, las criaturas abrieron sus fauces tan grande cómo les fue posible, dejando expuesto todas sus filas de grandes dientes y el fondo de sus gargantas.

- Dib. – De las criaturas se escucharon voces humanas, tanto femeninas como masculinas repitiendo continuamente su nombre, en una escalofriante cacofonía.

Juna sintió cómo su rostro de drenaba de sangre, tanto por el miedo y la turbación de las acciones de las criaturas y, sobre todo, el sobresalto de escuchar su verdadero nombre en esas circunstancias, de boca de esas criaturas grotescas. Definitivamente no tenía la menor curiosidad por saber cómo lo conocían su nombre.

Las voces no pararon de repetir su nombre incansablemente, abruptamente se callaron y, al unísono, compartiendo una misma voz, clamaron.

- ¡Regresaste!

Ok… hora de partir.

Juna dio un tentativo paso hacia atrás, sin quitar los ojos de las criaturas. Las criaturas cerraron sus fauces con un chasquido y permanecieron en sus lugares sin seguirlo nuevamente. El muchacho dio otro paso hacia atrás, luego otro. Los seres no hicieron el esfuerzo de seguirlo esta vez y, aprovechando la oportunidad, Juna huyó de ahí como alma que lleva el Diablo.

Justo al salir del pasillo subterráneo, una explosión sacudió el suelo, gritos desesperados y alarmas inundaban la atmosfera de pánico y confusión y, a lo lejos, una pared se cuarteó. Otra explosión volvió a detonarse preocupantemente cerca. De alguna forma, Juna supo que Zim estaba relacionado con las explosiones pero el irken no se habría visto orillado a emplear un recurso tan violente a menos que… Su corazón dio un vuelco, Juna no sabía qué hacer ahora.

De los pasillos principales se desplegaron robots guardias que indicaban y guiaban al personal atrapado en el fuego cruzado a las rutas de escape sin prestar atención al foco del problema. Su programación no tenía contemplado un escenario tan violento y desastroso, justamente dentro de las principales instalaciones de la Empresa Membrana.

El muchacho se pegó a la pared, evitando así ser arrastrado por la fuerte marea humana que trataba de escapar. Entonces, en medio de una tercera explosión, un muro falso sucumbió y el cuerpo inerte del irken prófugo salió disparado, con las extremidades metálicas inactivas. El disfraz holográfico estaba fallando intermitentemente y Zim cayó rodando al suelo.

Empleando el último rastro de fuerza en su cuerpo, Zim logró incorporarse, su pak no paraba de informarle de los numerosos daños en su cuerpo y el dolor le drenaba la poca energía que tenía. Zim percibió el ataque enemigo mucho mejor coordinado que la primera vez, incluso más desesperado y agresivo de lo normal.

De repente, a causa del caos evidente y a la falta de un objetivo cual suprimir, se generó una falla generalizada en los robots guardias que los impulsó a atacar a los transeúntes y uno de ellos divisó a Juna, en su precario refugio.

El muchacho lo vio encaminarse sobre él y, por poco pudo escapar de su ataque. El grueso puño impactó contra la pared y, con movimientos pesados, el robot se incorporó y arremetió contra él.

Del muro derruido, entre las ruinas y el humo, Skoodge, Russ y Mrot ingresaron a esa área, cada vez más seguros de su victoria.

- ¿Está seguro, comandante? – Preguntó Mrot irresoluto, debatiéndose entre seguir las ordenes del líder de la emboscada o eliminar esa mancha vergonzosa en el orgullo irken de una vez por todas.

- Adormécelo. Quiero interrogarlo antes de matarlo. – Respondió Skoodge, severamente.

Montroot se lanzó al ataque, con las toxinas preparadas y listas para someter, en específico, el extraño organismo de Zim.

Zim pudo evadir los primeros ataques pero su estado lo hacía lento y torpe de movimiento. Entonces, un dardo llegó a su cuello y la anestesia comenzó a invadir su cuerpo rápidamente. Su pak intentó rechazar la toxina pero no a la suficiente velocidad.

Mareado, Zim se tambaleó y, con grandes esfuerzos, se paró a la defensiva, listo para luchar con dientes y garras de ser necesario. Al verlo debilitado, Russ se lanzó al ataque en un combate cuerpo a cuerpo.

El robot guardia embistió contra Juna pero el muchacho escurridizo esquivaba cada golpe por pura suerte. El robot era veloz al perseguirlo y atacarlo, aprendía de cada falla, ajustando sus patrones eficientemente. Los golpes fueron cerrando el margen de error hasta que una embestida parcialmente exitosa dislocó el hombro del muchacho con un chasquido estremecedor y otro ataque le golpeó el estómago.

Debilitado y paralizado por el dolor y la angustia, Juna se tropezó con los escombros y cayó

- ¡Alto! – Gritó Juna, cubriéndose la cabeza con los brazos y encogiéndose aterrado en el suelo. Por un instante eterno esperó el doloroso golpe del robot, la ruptura de huesos o, si tenía algo de suerte, la muerte súbita. Pero el golpe simplemente no llegó. Entre curiosidad e incredulidad, Juna se atrevió a mirar hacia el tanque automatizado ¿se habrá distraído con algún otro transeúnte? El robot se había detenido silenciosamente a unos centímetros de él y éste, al procesar la nueva información ingresada, se paró derecho.

- Registro de voz identificada. - ¿Uh? – Registro D1B-5. – Uh, oh. – Dib Membrana hijo. - ¿Pero qué…? ¡No! – Bienvenido, señor Membrana.

El caos flotaba en el aire, las alarmas sonaban desesperadamente y Juna no pudo pensar en nada más que en lo mucho que la había cagado. El robot lo había reconocido, el muchacho no había deshabilitado esa entrada de registros, ahora todos sabrían que él estaba ahí y, tal como estaban las cosas, simplemente no había forma de evitarlo.

Solo hasta que otra explosión sacudió los cimientos del edificio, Dib miró lo que quedaba de la zona.

Observó las llamas a su alrededor, los escombros, los objetos personales tirados en el suelo recordándole a las víctimas inocentes de esa batalla, mientras los robots auxiliares trataban de contener el caos en vano y los robots guardias seguían inseguros sobre el origen de la amenaza. Eso no es lo que quería, esta catástrofe había ido demasiado lejos y él era responsable de llevar esa calamidad ahí. Si solo hubiera, si solo él… ¡Mierda!

Su mente se estaba nublando, seguramente los golpes que había recibido habían hecho más daño de lo que pensaba. Estaba seguro que en cualquier momento se desvanecería, debía tomar una decisión ahora.

Una idea loca apareció en su mente, y en su desesperación se aferró a ella sin pensar enteramente en las consecuencias. No era perfecta, mucho menos se podía decir que era la adecuada pero si Juna iba a hacer algo para redimir sus errores, ese era el momento. Y, además, si los soldados capturaban a Zim, sería el fin de la Tierra.

Dib se dirigió hacia el robot guardia y, por primera vez en su vida, dio una orden con todos sus derechos como Membrana.

- Te orde… - Dib V balbuceó, le costaba respirar y su agitación empeoraba su situación. – Ordeno que todas las unidades protejan a Zim, al muchacho a allá. – Concluyó, señalando a Zim.

La orden se transmitió a cada unidad instantáneamente, los patrones y códigos de batalla se inicializaron y, con un objetivo claro, los robots acataron fielmente la orden del Membrana.

- Orden aceptada y transmitida. – Respondió el robot. Brevemente observó al muchacho y el robot continuó diciendo. – Señor Membrana, he encontrado daños potencialmente mortales en su cuerpo. Lo llevaré a un lugar seguro. – Dib no estaba seguro a qué se refería a un lugar seguro pero, definitivamente, no quería ir.

Antes de poder evitarlo, el dorso del robot se abrió como si le abrieran las costillas metálicas desde adentro y en un firme pero suave abrazo, sujetó al muchacho y lo introdujo en su interior.

Dib no tuvo fuerzas para resistirse a la fuerza del robot, el dolor y las hemorragias internas sobrepasaron el límite de lo tolerable y, abruptamente, se desmayó.

Un golpe en el rostro lo derribó y, al caer al suelo, Zim se sintió paralizado completamente, como si en el interior de su cuerpo cada musculo se hubiera petrificado en su última posición y él solo pudo respirar gracias a un mecanismo auxiliar en su pak que se activó al instante.

Russ se incorporó mirando con un profundo odio y repugnancia a la abominación irken en el suelo. Al fin, años de persecuciones y riesgos había llegado a su fin. Él no permitiría que el precario equilibrio en la guerra irken se inclinara hacia su enemigo, mucho menos a causa de… algo tan miserable y vergonzoso como esa parodia de irken a sus pies.

Sorpresivamente, Russ notó que Zim se estaba recuperando rápidamente de la parálisis y lo miraba desafiante desde el suelo; no tenía tiempo para saborear el momento. El guante derecho de su armadura se sintió pesada, la punta de sus dedos se afilaron y alargaron y el soldado tomó impulso.

Russ estaba por darle el golpe de gracia y así recuperar la valiosa información dentro del pak de Zim cuando un puñado de robots guardias se lanzaron al ataque. Con un ágil y rápido salto Russ se retiró, quedando una línea defensiva de robots entre él y Zim. Al notar esto, Drainden, Mrot, Skoodge y Russ se lanzaron decididamente al ataque y los gigantescos robots hicieron lo mismo.

Mientras una unidad se dedicaba repeler exitosamente el asalto irken por ventaja numérica, otra se concentró en proteger al irken caído, tal como las ordenes habían sido dictadas. Uno a uno los robots fueron cayendo pero los soldados irken, al cabo de unos minutos se vieron obligados a retirarse vergonzosamente por falta de municiones y un acelerado desgaste de sus armas. Carajo, las armaduras de los robots eran más resistentes de lo que aparentaban.

Uno de los robots guardias abrió su dorso y, de la misma manera que Juna había sido resguardado, el robot introdujo en su interior blindado al irken. Zim se resistió débilmente contra la máquina, nadie lo atraparía vivo y solo había una cosa que podría evitarlo.

El botón de autodestrucción sobresalió de la dermis de su antebrazo derecho pero las drogas al fin hicieron efecto y, sin dejar de luchar hasta el último momento, se desvaneció sin lograr activar su autodestrucción. Su cuerpo quedó inerte en el abrazo del robot, a merced de los acontecimientos, su suerte y su destino.

Comentario de la autora:

¡Tun! ¡Tun! ¡Tun!

Y nuevamente tendrán que aceptar mis disculpas por esta larga espera pero ocurrieron una serie de situaciones muy fuertes en mi familia y mi propia vida personal que, en pocas palabras, me dejaron sin mucho tiempo/animo/inspiración para escribir. No digo que me esté cansando de ésto, al contrario ¡estoy más emocionada por que estamos a un solo capítulo de llegar a Remembranzas!

Sobre el siguiente capítulo, no prometo nada, siempre que me impongo una fecha límite nunca lo cumplo, así que mejor pensemos que Raga ya tiene un cacho del capítulo V ya en el horno. No va a ser tan largo como los últimos y, en definitiva, habrá muchas más preguntas que responder pero al menos ya estaré soltando algunas respuestas.

No voy a negar que dejé muchas cosas al aire en este capítulo, hay muchas pistas que se harán obvias más adelante y, de alguna forma, lancé verdades a medias. Seguramente a partir de éste momento se preguntarán qué diablos está pasando realmente y justo mi amor por esta historia se basa en que es multifactorial. Diablos, incluso ya metí al cocktail a Mortos. Si bien no es mi personaje favorito, está más involucrado en todo el panorama de lo que pensarían inicialmente. Pero, a fin de cuentas, todos están bastante implicados en los hechos, tanto del pasado como del presente.

A decir verdad, son muchas cosas que irán quedando claras conforme avancemos en la historia. No se los voy a arruinar ahora, pero estén atentos a los pequeños detalles que he ido dejando atrás. Lo sé, sería más fácil seguirles la pista si escribiera más rápido pero… ¿qué se puede hacer?

Nuevamente, espero que no me odien por la forma que he tratado a Zim hasta ahora y, tristemente, su situación no va a mejorar mucho. Pero ¡Hey! ¿Sigue vivo y libre, no? Bueno… más o menos. Veamos qué pasará una vez que se despierte. Lo mismo va por Juna, el mundo anda barriendo el piso con el pobre.

owo;;;;;