Advertencia: Este fanfic es un ZADR = Un romance de Zim y Dib. Si el tema no es de tu agrado, no lo leas. DE VERDAD.
Todo lo relacionado con Invasor Zim no me pertenece ;w;
Clasificación: T, por escenas medio violentas pero nada del otro mundo xp
Género: Universo alternativo. Con un poco de angustia pero las cosas mejorarán… de alguna forma xp
Resumen: Después de una accidentada huida por el Universo, Zim encuentra un planeta habitable más allá de los confines del universo conocido, su última esperanza para sobrevivir y continuar con su misión. Lamentablemente, después de vagar por años huyendo del Imperio Irken, queda varado si posibilidad de salir de ese planeta primitivo. A partir de ahora, Zim deberá adaptarse a la vida en la Tierra, obligado a vivir bajo el techo del único humano capaz de entender su naturaleza y tecnología, el joven investigador paranormal, Dib Membrana. Por su parte, tras un error de calculo, Dib estará obligado a ayudar al irken a regresar al espacio.
¿He mencionado ya que deberán colaborar sin matarse entre ellos?
Comentario inicial de la autora:
En este capítulo me he tomado la libertad de colocar alguno que otro dato informativo respecto a las criaturas paranormales indicados en la historia (obviamente con ciertas adaptaciones) que se mencionarán más adelante.
Como les he estado adelantando desde el inicio de este fanfic, a partir de ahora volvemos en el tiempo al punto donde la historia ZADR se desenvuelve, irán apareciendo las respuestas a todas las interrogantes que he dejado en los capítulos anteriores cómo el papel de cada personaje en Remebranzas ha repercutido en lo ocurrido en los primeros cinco capítulos y las razones y circunstancias por las cuales Zim se vio obligado a abandonar la Tierra, dejando a Dib atrás.
Ahora, las notas extras que no necesitan saber pero se las pongo aquí:
1. - Plutón seguirá siendo un planeta para mí, así que nueve planetas de nuestro sistema solar serán en este fanfic.
2. - Bestias de Bladenboro: En 1954, en la población californiana de Bladenboro, EU, se suscitaron una serie de ataques a animales, estilo semejante al del Chupacabras. Los animales mostraban ruptura de mandíbula y drenación de sangre. Algunos testigos oculares describen a la criatura como un felino o lobo, incluso como un puma.
3. - El Hombre de Quives (para este fanfic, Duendes de Quive): Durante un reportaje en alrededor del poblado de Quive, Perú, un camarografo captó una extraña forma en el bosque que los medios llamaron el Hombre de Quives. Al realizar un análisis de las imágenes se concluyó que era una rama mal enfocada entre el camarografo y el narrador.
Weeeh! Por primera vez no me tardé medio año en colocar un nuevo capítulo X'D *Cheers for me*
Bueno, ya al final me pueden responder si se imaginaron que así sería el primer encuentro de los muchachos xD
En fin, ¡disfruten!
Remembranzas
Capítulo I - Gayane Ballet Suite
Muy lejos de la Tierra, solo a unos millares de kilómetros lejos del borde de un pequeño y relativamente joven sistema solar vagamente explorado por los seres humanos, existía un pequeño punto flotando a la deriva, sin un rumbo fijo como meta y un punto de partida a millones de años luz y galaxias de distancia.
A simple vista parecía un cuerpo sin vida perdido en la infinidad del Universo. Solo cuando te acercabas lo suficiente verías algo más interesante que un simple pedazo de roca o elementos congelados apelmazados. En vez de un área rocosa e irregular encontrarías una superficie rojiza, metálica y lustrosa cubriendo una pequeña nave espacial destinada para viajes cortos (lo que para los diseñadores de ese vehículo entendían por la distancia entre dos sistemas solares). Tal hallazgo resulta ser muy curiosos y peculiar más que interesante, no se deberían encontrar cosas así en un espacio tan poco conocido y prácticamente inexplorado por cualquiera de las civilizaciones más avanzadas y poderosas del Universo.
¿Cómo una nave tan pequeña había sobrevivido a un viaje de tal magnitud y estar aun viva por dentro?
Desde el centro del sistema solar llegó una pequeña sonda esférica y, cuidadosamente, se acopló a una entrada al costado de la nave. En el amplio panel de control de la cabina, una pequeña sección tintineó. Si el observador pudiera leer esa escritura extranjera entendería los resultados obtenidos por la recién llegada sonda al lado de la insistente advertencia parpadeante en rojo: 'Alerta: Energía Alterna - Nivel Crítico'. Esa era precisamente la razón por la cual la cabina, el estrecho pasillo y la estancia de servicio y almacén estaban completamente a oscuras, mientras el sistema de calefacción funcionaba solo lo suficiente para mantener a raya el frío del Universo. Para el único ocupante de la nave todo eso era una incomodidad menor. Sus implantes oculares le permitían ver perfectamente en la oscuridad total y esa baja temperatura aun le era soportable, su organismo estaba diseñado para sobrevivir a todo tipo de condiciones adversas.
Sus ojos rojizos brillaron con la débil luz del panel y una delgada mano enguantada movió de un lado a otro los datos sobre la superficie cristalina del panel, retirando la información inservible referente a los planetas donde no podría obtener el menor provecho. Su atención se centró en uno en particular: el tercero de los nueve planetas principales. Ahí había fuertes señales de vida, primitiva tal vez pero al fin había encontrado un lugar donde refugiarse por el momento y recargar su nave o por lo menos mantenerse vivo. Dada la situación, tal hallazgo era un verdadero milagro.
Una pequeña figura flotante miró por sobre su hombro la información de la pantalla y lanzó un suave chillido entusiasta.
El piloto, demasiado concentrado con sobrevivir, lo ignoró y soltando un suspiro de alivio se recargó sobre el asiento de pilotaje. Si no se hubiera perdido varias semanas atrás muy seguro se habría quedado varado en la infinidad del universo y moriría con la incertidumbre de saber si su exilio autoimpuesto habría servido de algo.
Inclinó la cabeza y miró hacia una pequeña forma inerte descansando en el suelo a su lado, con un puñado de cables uniéndolo a la parte baja del panel. Justo en ese momento se felicitó a sí mismo por haberse llevado a ese pequeño robot militar durante su desesperada huida. Cuando la energía de la nave se agotó, sin dudarlo canalizó la energía de robot hacia la nave, dándose así unos días más de vida. Lamentablemente no podía hacer lo mismo con su otro pequeño acompañante.
Tenía confianza que la nave llegaría a ese planeta, sin embargo veía difícil que soportara el aterrizaje. Miró de nuevo los datos y el simple movimiento de cabeza lo mareó. Estaba muy débil, no podía regatear la oferta que la fortuna presentaba ante él. Un momento de silencio después y con la cabeza despejada, fijó curso hacia su nuevo destino.
- Minimoose. Entra a mi pak, no quiero ningún accidente a estas alturas, mucho menos contigo. – Ordenó con voz cansada, alistando la nave hacia su nuevo rumbo. El pak se abrió tras un chasquido.
La pequeña criatura dudó un instante frente a la obertura del pak, inseguro por el estado mental de su amo. ¿Acaso le estaba ordenando entrar en la parte más vulnerable y delicada de su cuerpo? Minimoose no sabía ni entendía completamente su situación en aquel escenario imprevisible aunque tampoco era tonto, que un irken se expusiera así era preocupante.
- ¡Entra ya! - Gritó su amo. Sobresaltado, Minimoose soltó chillido, ingresó al pak y se acomodó en el fondo sin hacer ruido.
...
En general, los últimos seis días habían sido muy instructivos para él en la Convención Anual de lo Paranormal. No solo se había enterado de los últimos resultados y evidencias que sus colegas habían recolectado desde el año pasado (pobres en comparación a lo que él había logrado), sino también había recibido varias ofertas para integrarse a grupos renombrados de investigación independientes, aun sí había rechazado cada invitación. De momento quería seguir trabajando por su propia cuenta.
Aunque ese año había sido invitado para dar una conferencia sobre sus hallazgos en la parapsicología (telequinesia, telepatía, reencarnación, etc.) ciertamente había dejado una muy buena impresión en los círculos más altos de la Sociedad de Investigación Paranormal y de Criptozoología. Dib, con solo dieciocho años de edad ya era conocido por sus numerosos descubrimientos, investigaciones e inventos para el estudio de los fenómenos paranormales, especialmente en el extenso y peligroso campo de la criptozoología.
Su última investigación había desembocado al descubrimiento de una especie enana de dragón de agua dulce cuando realizaba pruebas submarinas en un río cercano al lago Ness. De momento se podía conformar con ese pequeño pariente lejano del monstruo de Loch Ness mientras planeaba los últimos detalles para otra expedición. En esa investigación había empleado un visor de espectro que había desarrollado unos meses atrás para estudiar el comportamiento de una pequeña colonia de bestias de Bladenboro que había descubierto días antes. Para no ser atacado por esas criaturas tan agresivas, instaló los visores en cámaras de video de alta resolución con un sistema anti-gravitatorio mejorado por él mismo. Esas bestias habían desarrollado un mecanismo de locomoción semi-espectral con lo cual difícilmente podía seguirles el rastro sin arriesgar el pellejo.
Si, definitivamente ese año había sido estupendo, especialmente por que había llegado a la mayoría de edad. A la media noche de su cumpleaños número dieciocho ya estaba en la puerta de la casa con sus pertenencias empacadas, listo para dejar atrás la continua y hostigosa presión que su padre siempre ejercía sobre él para que se olvidara de esas "tonterías paranormales" y dedicara su enorme potencial a "la verdadera ciencia".
Su padre estaba tan retraído en su trabajo que jamás notó la creciente atención de los medios sobre su hijo al publicar los sorprendentes y reveladores resultados de sus investigaciones, mucho menos detectó los ingresos que Dib recibía por ello.
Una amiga de la infancia le había dado asilo por unos días y no le tomó mucho tiempo encontrar un pequeño departamento. Era un lugar reducido, un detalle sin importancia, casi nunca estaba para notarlo. Y en los pocos días que estaba ahí casi siempre se la pasaba en la sala, ahora convertida en su centro de operación.
Mientras tuviera Internet y algo qué comer y beber, su mundo alrededor desaparecía de su realidad inmediata.
A pesar de su entusiasmo inicial al asistir a la convención, algunas exposiciones se le habían hecho absurdas y aburridas, principalmente por que daban información obsoleta o ridículamente estrafalaria, justo el tipo de cosas que desacreditaban los estudios paranormales frente a las demás ciencias establecidas, sin embargo había encontrado alguno que otro dato interesante entre los demás asistentes que corroboraría en cuanto llegara a casa.
Ya era tarde de noche y el muchacho manejaba por una carretera desierta, serpenteando a través de un denso bosque de pinos, varios kilómetros lejos de la población más cercana. Tuvo la oportunidad de quedarse un día más en el hotel para descansar después de la apretada y ajetreada agenda de la convención, no obstante en casa le esperaban más investigaciones que continuar y su curiosidad innata por lo desconocido lo incitaba a analizar toda esa información y sacar sus conclusiones y teorías.
Un bip lo sacó de su concentración y, con cuidado, se orilló en la estrecha carretera rural. Enterrado bajo una gruesa capa de revistas, carpetas, discos de datos, panfletos y papeles sobre el asiento del copiloto, extrajo una pequeña tableta electrónica que sonaba incesantemente.
Extrañado, Dib manipuló la pantalla y encontró una pequeña notificación que había esperado tanto por años que llegó a pensar que jamás ocurriría.
- ¿Qué… qué es esto?
Años atrás, Dib se las había apañado para colar en uno de los transbordadores espaciales de prueba de su padre una pequeña sonda de monitoreo de la atmósfera terrestre. El monitor tenía la mejor tecnología que había conseguido más unas mejoras que había desarrollado a sus doce años en el pequeño laboratorio que su padre tenía en el sótano de su casa. Sin duda, ser el hijo del famoso Profesor Membrana tenía sus beneficios.
En la pantalla había un recuadro se mostraba en tiempo real la imagen que captaba la sonda espacial, se veía una pequeña forma semiesférica entrando a la atmósfera con un manto de llamas cubriéndolo por completo. Cualquier ojo inexperto podría concluir que se trataba de un meteorito o basura espacial común y corriente. Aun así, a Dib no se le escapaba la trayectoria ligeramente irregular del objeto, como si se rehusara a ser dominado por la gravedad terrestre.
- Debo ajustar los parámetros, la imagen no se ve bien. - Las condiciones extremas del espacio estaban trabajando afanosamente en su contra, distorsionando la información. - Esto no está sirviendo. - Susurró decepcionado. - Espero poder calcular su trayectoria. Tal vez pueda predecir dónde caerá. – De repente, el objeto dio un giro abrupto y la imagen se congeló. - ¡Mierda! Se ha trabado. – Exclamó el muchacho, tratando desesperadamente de hacer reaccionar a la sonda. Desde la tableta poco podía hacer.
Típico, pensó Dib agriamente dándose un cabezazo con la tableta. ¿Acaso los investigadores paranormales tenían algún tipo de maldición que entorpecía todo aparato electrónico justo en el momento de la verdad?
- Ya estoy acostumbrado. - De lo contrario, tendría el doble de investigaciones conclusas en su larga lista de éxitos. Soltando un suspiro resignado, dejó la tableta en el asiento contiguo y salió del vehículo para tomar un poco de aire.
No había duda, el comportamiento de esa cosa era bastante errático para ser un objeto natural y sin una grabación clara, eso parecía una pérdida de tiempo. Vería la grabación nuevamente en casa, tal vez encontraría algo que podía haber desatendido antes. Odiaba quedarse con las dudas. Afortunadamente, la imagen había sido tan poco clara que no le quitaría el sueño preguntándose si realmente había algo extraño en él.
Una brisa sopló agitando su mechón de cabello zigzagueante y, abrigándose con su saco negro, se recargó en el vehículo.
- Que lastima. - Dijo al mirar al cielo. Si había algún área de lo paranormal que le fascinaba especialmente era el enigma de vida extraterrestre. Tristemente, en todos sus años de búsqueda jamás había hallado evidencia plausible de su existencia, ni una pista con cual empezar. - ¿Cuándo llegará el día? - Dijo esperanzado, Dib había aprendido a ser paciente. Las cosas llegarían a su debido tiempo.
Y por el rabillo del ojo, Dib vio una delgada y larga línea de luz, muy lejos en el horizonte que se acercaba a una velocidad exorbitante.
Incrédulo, no apartó la vista del cielo. El objeto luminoso dio una amplia curva en su dirección, aminorando significativamente su velocidad pero no lo suficiente. Boquiabierto, Dib observó la bola de fuego pasar sobre él con un sonido ensordecedor. Unos kilómetros más adelante, sobre un cerro cercano, el objeto se estrelló, dejando un camino de árboles derrumbados y humo. Sorprendentemente, el fuego se apago con rapidez sin causar ningún incendio mayor.
Sin pensársela dos veces, Dib se abalanzó hacia la cajuela y sacó la mejor cámara que tenía.
Y aun así, la paciencia no era todo, siempre se debía estar preparado para lo inesperado y cada improbable golpe de suerte.
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Zim trataba de controlar manualmente la nave y era difícil cuando solo había energía para mantener los motores de emergencia encendidos. La computadora de abordo estaba fuera de línea por lo que, básicamente, piloteaba a ciegas. Para completar el terrible cuadro, los motores también estaban fallando, apagándose por instantes.
Zim jamás admitiría no ser bueno en algo tan básico para un soldado irken como lo era la navegación. Sin embargo, en esos momentos deseaba haber practicado más durante su entrenamiento y haber leído el manual de aterrizajes forzados. No lograba sincronizar los controles manuales y el suelo se acercaba con mortal rapidez. En un intento de supervivencia desesperado, apretó todos los comandos de aterrizaje que pudo, alguno tenía que funcionar. La nave giró y, cuando se recobró del vértigo, el suelo y él estaban solo a unos cuantos metros de distancia. En un acto involuntario, su cuerpo saltó hacia el panel de control y accionó un comando. Una burbuja cubrió la nave al instante y, absorbiendo gran parte de la energía, se rompió dejando a la nave a su suerte en un encuentro menos violento con la Tierra.
Zim se despertó unos minutos después, tendido en el suelo dentro de la cabina. Al levantarse, se dirigió tambaleante al panel de control. Nada respondió a sus instrucciones, todo estaba muerto tal como el SIR que había caído justo sobre el sillón del piloto, como si hubiera estado conduciendo la nave todo este tiempo.
Con el cuerpo adolorido, un molesto zumbido en sus antenas y una sensación enfermiza en su squeedle spooch, Zim se dirigió hacia la pantalla protectora rota de la nave. Un momento después estaba fuera y el aire fresco y frío golpeó su rostro.
La cabina era la parte más protegida de una nave irken y, por lo tanto, lo único que había quedado de ella, lo demás estaba hecho trizas, desperdigada por todos lados. Una molestia más que una preocupación. La nave podía reconstruirse por si sola en menos de un día, cada pieza se ensamblaría perfectamente en su lugar atraído a la capsula como un imán. Sin toda las demás partes, la cabina era realmente pequeña. En ella solo debía estar el piloto y la computadora de abordo, todo lo demás era comodidad.
Zim estaba demasiado aturdido como para pensar en el apuro en que estaba metido, su nave estaba hecha un cutre, no tenía energía para accionar ni las lámparas de emergencia, incluso con energía su SIR era prácticamente inútil, no sabía dónde estaba ni con qué podía toparse. Mientras la nave se reconstruía por sí misma, tenía que buscar algún refugió temporal.
En ese punto, cualquier dirección era igual de buena.
Sin mucho pensarlo, trató de empujar la cabina hacia un lugar seguro y cercano; aun siendo bastante ligera, el esfuerzo era demasiado para su debilitado cuerpo. Había tratado de mantenerse con vida con un mínimo de energía y una dieta restringida por semanas, lo único que le quedaba de alimento era una pequeña caja de skeets guardados en un compartimiento de la cabina.
Un fuerte mareo casi lo tira al suelo y, de nuevo, las nauseas volvieron a revolver su squeedle spooch. Necesitaba un descanso urgentemente. ¿Ahí y ahora? Y como respuesta su cuerpo se sintió pesado y lento.
Recargándose en la cabina, tomó fuerzas, respiró profundamente y caminó fuera del cráter, esperando reconocer un poco el área antes de tomar una decisión. No pasó mucho tiempo antes que su cuerpo se diera por vencido. Primero fue un mareo y sin demora, las luces se apagaron para él, dejándolo inconsciente escondido entre la tupida maleza.
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Con precaución, Dib se acercó al punto de colisión, afinando su oído y su vista. ¡¿Un ovni de verdad? No podía creer su suerte. Mil pensamientos y preguntas llenaron su cabeza mientras corría entre los árboles ¿Cómo sería el visitante? ¿Habría sobrevivido? ¿Veía en paz o tendría que correr por su vida? Lo más importante era tomar un buen video para probar de una vez por todas a la comunidad científica que las investigaciones paranormales era una verdadera ciencia por derecho ¡Su nombre sería recordado por siempre!
- Estoy a unos metros del punto donde un objeto volador no identificado se estrelló minutos atrás. – Susurró, mientras la cámara grababa su avance. – Me acercaré con cuidado a ese lugar. Hay poca visibilidad así que cambiaré a visión nocturna. No sé con qué me pueda encontrar más adelante. – Dib se detuvo y manipuló la cámara para cambiar a visión nocturna.
Pocos minutos después, el bosque se abrió en un amplio círculo, donde los árboles se encontraban derribados o parcialmente carbonizados y, en el centro, estaba un cuerpo semiesférico rojo. Utilizando la visión de la cámara, buscó atentamente a su alrededor señales de vida extraña. Todo el bosque se encontraba en una tensa calma.
- Parece ser que nadie ha salido de OVNI o tal vez se han ido, deberían estar muy cerca. La colisión debió haber dejado al menos un herido. – Rodeando el perímetro con la cámara como guía, encontró el acceso de la nave.
Sigilosamente, Dib se alejó unos pasos para tener un mejor ángulo de la nave y observó su deteriorado estado.
- Se veía más grande por la sonda. Y no parece capaz de volar, se ve como un huevo rojo. – Dijo Dib mirando alrededor, esperando encontrar algo más que ramas rotas y cenizas. A sus pies había pequeños pedazos de aspecto metálico que, al pisarlos, se desintegraba en fino polvo. De su abrigo sacó un frasco y tomo una muestra de ese extraño material. – Y ahora, ¿qué hago? – Se preguntó observando la cabina.
La pantalla de protección estaba cuarteada y abierta. Dib se arrastró silenciosamente y se encogió debajo de la entrada, brevemente asomó la lente de la cámara por el acceso, dejó que grabara el interior unos segundos y, tal por donde había llegado, se alejó a una distancia prudente. Rebobinó el video y la toma mostró la sombra de un pequeño ocupante inerte sobre el asiento de navegación.
¿Se atrevería a correr el riesgo de ingresar a la cápsula? Si, al carajo la prudencia. Era ahora o nunca. Prendió la luz de la cámara e iluminó el interior.
La cabina tenía un diseño muy simple, tanto que casi lo decepcionó. Las paredes eran igual de rojizas que el exterior, en el centro había un amplio sillón detrás de una superficie curveada y lisa. Sobre el asiento estaba un pequeño robot desactivado y de su cabeza salía un racimo de cables que lo interconectaba con la estructura de la nave. Del interior de su saco, Dib tomó una pluma y tentativamente picó la frente del robot esperando alguna reacción.
- Oye, despierta. ¿Estás vivo? - La cabeza del robot se inclinó y su cuerpo cayó sobre un costado. Luego, arrastrado por el peso de los cables, cayó al suelo ruidosamente. - No me esperaba esto como mi primer contacto alienígena. - Comentó, midiendo la estrecha entrada de la nave.
Dib trató de ingresar a la cabina pero su cuerpo era muy grande para el reducido espacio y la poca luz de la cámara era una molestia más que una ayuda.
Exasperado, dio un salto hacia el suelo.
- No voy a perder el tiempo aquí. – Con la emoción se le había olvidado que estaba en medio de la nada pasada la media noche. Fuera de superstición, por experiencia propia sabía que era peligroso estar a ciertas horas en un bosque. - Mejor lo llevo a casa. – Y ahí podría examinarlo con todas sus herramientas y equipos de análisis sin ser atacado por algún jodido clan de duendes de Quive.
La camioneta estaba, por lo menos a seis kilómetros de distancia. – Y no creo poder arrastrarlo. – Se dijo a sí mismo, dándole un ligero empujón. Para su sorpresa, la cabina se inclinó y se desplazó unos centímetros. Dib dio otro empujón mesurado y la cabina volvió a moverse sin dificultad.
Con la emoción al punto, sin dudarlo Dib se quitó el saco y lo tiró al interior de la nave junto con la cámara, estiró sus brazos y dio un buen empujón a la nave.
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Al abrir los ojos, Zim notó un escozor en su piel. Confundido y algo atontado, se apoyó sobre sus codos y quedó deslumbrado por la intensa luz solar irradiada desde el punto más alto del cielo. No le sorprendía despertarse en ese estado, había llevado su cuerpo al límite por días y el aterrizaje había terminado con todo rastro de sus fuerzas; tenía que agradecer estar aun vivo.
Con un gruñido, se levantó y notó sobre su piel la red de escamas transparentes provenientes de su pak. Su pak había detectado la luz solar y había desplegado esos minúsculos paneles solares para recargar su desgastada batería interna, una función que indicaba lo desesperado que se encontraba su organismo por energía. Sintió una línea de dolor en el rostro, indicando las zonas no cubiertas por las escamas dejando la piel expuesta a la luz. Las escamas se retrajeron en su pak, estirando lacerantemente la piel.
No importaba, podía soportar la molestia hasta que su piel sanara en unas horas. Lo único que le preocupaba ahora era conocer su posición y estatus.
- Que pocilga. - Dijo, menospreciando el ambiente salvaje y agreste donde se hallaba. Con pesadez se levantó y se quitó algunas ramitas que habían quedado pegadas a su rostro. Su pak solo había recargado un pequeño porcentaje de sus reservas de energía y pese haber dormido unas horas, Zim tenía mucha hambre y sueño. Necesitaría varios días para recobrarse completamente. De momento, comería un skeet y luego se pondría manos a la obra. No quería estar ni un minuto más del necesario en ese horrible cenagal.
Tambaleante, caminó de regreso al punto de impacto. Después de tanto tiempo inconsciente seguramente la auto reconstrucción de la nave había avanzado significativamente.
Pero el cráter estaba vacío.
- ¡¿DÓNDE ESTÁ? - Gritó como si le hubiera caído un balde de aceite hirviente encima, con tanta ira y fuerza que espantó a todos los animales alrededor. Fue entonces que notó pequeños objetos en el suelo y, al bajar la vista, encontró fragmentos de su nave desmoronándose como un puñado de harina compacta. El polvo había perdido su color rojizo y se veía claramente las uniones incompletas y fallidas entre los grumos al perder la vital guía de la cabina.
En un acto de proteger los secretos de la tecnología irken, el material había iniciado un ciclo de degradación irreversible al perder la guía de la cápsula central. Ahora, lo único que existía de la nave estaba perdido de vista.
Examinando el terreno con angustia, encontró un claro rastro. La cápsula había sido arrastrada fuera del cráter y las pisadas indicaban que había un solo ladrón al qué dar caza.
- Que aun funcione, que aun funcione. – Susurró aferrándose a la última esperanza que el sistema de localización de la cápsula tuviese un resto de energía para mantenerse activo. Una pantalla salió del pak y después de unos tortuosos segundos una flecha se dirigió hacia el noreste con el objetivo a ciento cincuenta kilómetros de distancia.
¿Ciento cincuenta kilómetros? ¿Alguien había llevado su nave hasta allá?
- ¡ALGUIEN VA A MORIR POR ÉSTO!
...
A esas altas horas de la noche las calles ya estaban solitarias, aun así todavía era temprano para el reloj interno del joven investigador paranormal. Desde que tuviera uso de razón se sentía más activo en la noche que en el día y ese desfase nunca se había corregido; de niño no hubo nadie para hacerlo dormir temprano, mucho menos cuando había pasado a la adolescencia.
Llevaba tres días inspeccionando la nave espacial alienígena sin descanso, con las herramientas más avanzadas a la mano y ni con eso había extraído ni el más pequeño de los secretos que encerraba. También había analizado la muestra que había recogido del suelo, había encontrado un puñado de varios elementos raros que examinaría a fondo más tarde.
Tenía tantas cosas por hacer y tan poco tiempo.
Había sido relativamente fácil meter la pequeña, ligera y estilizada cápsula a su departamento, sin embargo había quedado un rayón en el marco de la puerta que su casero le cobraría con creces en cuanto se diera cuenta. Coincidentemente, uno de sus vecinos salía al corredor y se detuvo a preguntar qué era eso.
- Ahora todo el edificio piensa que soy un esnobista con una bañera japonesa. – Pensó en voz alta y, a lo lejos, un perro comenzó a ladrar.
Iba bebiendo un slush y meciendo distraídamente una bolsa, unas calles atrás había comprado un poco de comida china que devoraría al llegar a casa, tomaría un baño y dormiría. Había perdido por completo la noción del tiempo y apenas notó los amaneceres, al menos quería descansar un poco. Además, el pequeño robot navegante estaba igual de inerte que al inicio. Y de momento no sabía cómo despertarlo.
Sorbió sonoramente su bebida hasta dejar solo un puñado de hielo insípido.
Otra de las razones por la que no había salido de su departamento era lo que había encontrado en un video de su sistema de seguridad particular instalado en la entrada de su departamento. Alguien había tratado de entrar días atrás cuando estuvo ausente, las defensas habían mantenido a raya al desconocido. Si uno de sus vecinos no se hubiese asomado al pasillo por el alboroto, seguramente el intruso habría logrado ingresar.
Con un chillido lastimero, los ladridos se callaron abruptamente. Dib estaba tan perdido en sus pensamientos para notar nada.
Lamentablemente, el rostro del atacante se había mantenido oculto por la capucha de su sudadera y un par de goggles. Si hacía la denuncia, simplemente descartarían su caso, lo tenían fichado como un paranoico por varios incidentes en el pasado. Sería una perdida de tiempo.
Al doblar una esquina, tuvo la fuerte sensación de ser observado. En una profesión en la que se enfrentaba cara a cara con antiguos mitos de la humanidad era imposible no desarrollar un fino sentido de supervivencia y, en ese preciso momento, estaba bastante alerta.
- Mejor ya regreso a casa. – Susurró, mirando sobre su hombro. – Ha de ser solo un vago. – Y apresuró el paso. No era la primera vez que un vagabundo trataba de asaltarlo y de momento no quería problemas. Afortunadamente el bloque de departamentos ya estaba cerca.
Al pasar por una calle estrecha una mano aferró su saco y, con sorprendente fuerza y rapidez, fue lanzado a un costado. De la sorpresa, Dib logró aferrar su vaso desechable en alto sin verter una gota, si bien no pudo decir lo mismo de su comida.
Con la comida derramada a su lado, Dib logró apoyarse sobre los codos soltando un quejido.
- Tú, maldita babosa rastrera. Zim te hará pagar por lo que hiciste. ¿Tienes la menos idea del desastre que ocasionaste? ¡¿La amenaza que eso significa?
Dib levantó la mirada y se encontró a los pies de un muchacho delgado, de unos dieciséis años tal vez, no era muy alto. La calle estaba demasiado oscura para ver todos los detalles. La capucha de su sudadera varias tallas más grande para él cubría parte de su rostro y sus ojos estaban tapados por un par de goggles. ¡El intruso del video!
Evitando hacer movimientos bruscos, Dib se levantó lentamente.
- Mira, mantengamos la calma, ¿vale? – Debía ir con cuidado con este tipo de gente, si no estaban drogados estaban dementes y este sujeto tenía bastante fuerza. – Si tienes algún problema, podemos solucionarlo. Todo va a estar bien.
- ¡No, no va a estar bien! ¡Lo arruinaste todo! ¡Tú tienes la culpa de todo! - Zim dio unos pasos al frente, los mismos que Dib tomó para alejarse de él.
Estrategia Uno: Negocia
Dib ignoró la acusación del desconocido, quién sabe qué clase de locura estaría abrumando su mente.
- Puedo ayudarte. Dime ¿qué necesitas?
- Zim no necesita nada de tí. - Gruñó con una ira casi palpable. - Ni muerto podrías compensar el daño. ¡Te voy a matar! - Dib comenzó a preocuparse realmente, este tipo iba en serio.
- Ok… Si necesitas dinero, ten. - Sacó de su pantalón su billetera y tomó el dinero del interior. Dib no era un cobarde, ni un buscapleitos o idiota, era lo suficientemente sensato como para lanzarse a una pelea callejera sin sentido.
El atacante miró el dinero por un segundo y con un manotazo lo arrojó al suelo.
- ¡¿Intentas humillarme, mono terrícola? - "Que raro se expresa" pensó Dib en un momento de sobreanálisis. - Despedazaré tus tripas lentamente, arrancaré tus globos oculares, cercenaré tus manos y cuando me aburra de tus gritos y tu larga agonía reclamaré lo que me pertenece.
De su espalda se alzaron mortalmente cuatro largos miembros metálicos, dos de ellos manchados de sangre. Dib no sabía que eran y por mucho que una vocecilla le pidiese investigarlo, realmente no quería averiguarlo.
Estrategia Dos: Huye
Los filosos miembros cayeron sonoramente sobre su victima, perforando el pavimento aunque el humano se había desplazado varios metros de distancia, corriendo a toda velocidad.
El muchacho, en repetidas ocasiones había corrido por su vida por mansiones embrujadas, bosques oscuros e, incluso, en las cloacas de la ciudad. Y a pesar de su gran rapidez y resistencia era imposible quitarse a su atacante de encima.
- ¡Regresa aquí, miserable!
"Como si fuera tan idiota." Pensó Dib sin detenerse. Podía escuchar claramente un rápido y letal movimiento metálico perforando el suelo justo detrás de él.
"Esto está muy mal, muy muy mal. ¿Qué hago?"
Súbitamente, el ruido desapareció. Sin embargo Dib no se detuvo hasta varias cuadras después.
Sin aliento y con cada músculo del cuerpo ardiendo, el muchacho se detuvo. Miró a su alrededor buscando al psicópata y, por primera vez en toda la persecución, notó el vaso del slush en su mano.
- ¿Qué carajo?
Entonces, tuvo una sensación alarmante sobre su cabeza y por reflejo saltó a un lado. El extraño cayó sobre sus miembros metálicos destrozando el suelo en la caída, justo donde Dib estuvo un instante antes.
El muchacho trastabilló por la sorpresa y soltó el vaso, éste voló por el aire y cayó sobre el atacante.
El irken notó las gruesas gotas de agua fría resbalar sobre la piel expuesta de su rostro y escurrirse por el cuello hasta el pecho, gruño al humano y se preparó para atacar nuevamente pero algo extraño ocurrió.
- Oye, tu cara está humeando. – Indicó Dib tirado en el suelo, confundido.
Su rival se percató del vapor sobre su rostro y, rápidamente, del penetrante dolor.
- ¡¿Qué es esto? ¡Mi cara! – Gritó. Se cubrió el rostro con las manos, dio unos pasos hacia atrás hasta chocar con pared y las patas del pak se retrajeron. No solo su rostro estaba resintiendo el dolor, su pecho y manos también se estaban quemando. El dolor se hacía terriblemente insoportable y estaba medio cegado por el vapor de su piel quemada.
Sin dudarlo, Zim intentó huir, se encontraba en una terrible desventaja pero el humano no le permitiría escapar tan fácilmente.
- ¡Oye, ven para acá! – Con un salto, Dib se levantó e intentó sujetarlo, su oponente que aturdido por el dolor y el cansancio eludió su agarre por suerte, los dedos del humano quedaron entrelazados con el tirante de los goggles y, con un tirón, éstos saltaron al aire.
Dib aprovechó la confusión y debilitamiento de su atacante, sujetó firmemente sus hombros, lo aprisionó con su cuerpo contra la pared y lo miró a la cara. La capucha permanecía en su lugar ocultando parte de su rostro y los ojos, ya sin goggles, quedaron al descubierto. Por un momento sus miradas se encontraron y Dib quedó petrificado por la sorpresa, por primera vez en su vida no supo qué hacer.
Antes de notar el color verde de su tersa piel o la delgada antena negra asomándose por la capucha, antes de poder identificarlo como un extraterrestre, esos ojos lo capturaron, ese tono rojizo tan vivo, esa chispa interna tan intensa e indomable. ¿Qué diablos tenía realmente frente a él?
Sus pensamientos se hicieron más claros y consiguió más control sobre su debilitado cuerpo. Zim se reprochó por ese momento de decaimiento. Si el humano no estuviera tan sorprendido por su apariencia, seguramente ya lo habría machacado a golpes, lo habría destrozado.
Su pak le lanzó una angustiosa alerta. Su nivel de energía estaba demasiado bajo, no podía desplegar nuevamente las patas metálicas y así no podría confrontar al humano, no en ese estado. Había sobrevivido día a día a base de breves periodos de recarga con luz solar y la persecución había consumido casi todo lo que le quedaba.
Tendría que retirarse y planear mejor su táctica para la próxima vez. ¡Sentía su piel en llamas!
- ¡Quita tus sebosas pezuñas de Zim! – El irken, aprovechando el desconcierto del humano, le lanzó una patada al abdomen, haciéndolo caer de rodillas.
El joven humano tomó bocanadas de aire con los brazos cruzados sobre el estomago. Sus lentes habían caído al suelo sumergiéndolo en un mundo opaco, solo logró ver la forma borrosa de su atacante tomar los goggles del suelo y desaparecer entre las sombras.
...
Dib revisó por enésima ocasión la grabación de seguridad, escudriñando cualquier detalle oculto, lo que fuera para entender más a ese alien y saber cómo defenderse de él. Le inquietaba la idea de enfrentarse de nuevo a las armas que había desplegado en su contra tres noches atrás.
El joven investigador se había aventurado fuera de la casa por breves periodos a plena luz del día, esperando que el extraterrestre no se atreviera a agredirlo con tanta gente alrededor. El alienígena se había limitado a seguirlo de lejos, algunas veces Dib trataba de darle caza y a pesar de sus esfuerzos, el extraterrestre se escabullía entre la marea de gente o los edificios y desaparecía sin dejar rastro. Zim había dejado en claro que lo destrozaría en cuanto tuviera la oportunidad, sin embargo no había repetido su ataque.
Su ojo experto había detectado un comportamiento errático en el alien, cada día parecía más confundido y desorientado. ¿El ambiente terrestre le estaría afectando o era una consecuencia del violento aterrizaje?
- No lo voy a averiguar si sigo aquí escondido. – Se dijo. – Aunque… ha de odiarme por robar su nave. – Lo entendía perfectamente, él se sentiría igual en su lugar. - ¡Pero no tenía por qué atacarme! ¿Cómo iba a saber? Debo arreglar este problema lo antes posible.
Saldría al atardecer para encararlo y terminar con eso de una vez. Odiaba sentirse tan intimidado, nadie le iba a ayudar para afrontar esa amenaza y la única persona que podría apoyarlo estaba a un océano de distancia sin una fecha cercana para su regreso.
...
En medio del mayor parque público de la ciudad, Dib esperó sentado en un banco pacientemente. Había elegido ese lugar por varias razones que le darían la ventaja. Había zonas poco concurridas y el alien aprovecharía su aparente soledad para atacar. Dispersos por el parque había pequeños estanques, el extraterrestre había demostrado una reacción perjudicial contra el agua que aprovecharía para su propia protección. También sería menos probable involucrar a algún tercero en la batalla que se avecinada. Un viento frío sopló y una oscura nube ocultó el sol.
- Espero que el alien esté tan desesperado por su nave para venir con este clima o solo habré perdido la tarde.
Pasaron algunas horas sin señales del extraterrestre hasta caer la noche. Sobre él se prendió un farol, dejándolo en una isla de luz en medio del oscuro follaje.
Justo cuando su aburrimiento tocó fondo, sus sentidos volvieron a afinarse. El extraterrestre estaba cerca. Con movimientos suaves, revisó que el taser estuviera preparado debajo del saco.
Actuando con normalidad, Dib caminó hacia un pequeño prado. El cielo estaba bastante nublado y vio un pequeño relámpago a lo lejos. Ese momento de distracción bastó para que el irken apareciera desde la copa de los árboles y se abalanzara contra él a una insólita velocidad.
- ¡Espera! - Gritó Dib, sus reflejos lo salvaron del ataque y se preparó para contraatacar si el irken arremetía. - Te llamas Zim, ¿cierto? Escucha, no vine a pelear. Se que estás furioso conmigo por robar tu nave. Lo siento, no sabía.
- ¡¿Tu crees que es tan fácil? ¿Crees que con una disculpa todo se va a solucionar? ¡Eres un idiota, maldito gusano terrestre! ¡Te odio! ¡Te odio, saco de tripas! ¡Zim disfrutará desviscerándote!
"De verdad está enojado. Tal vez la diplomacia no es mi fuerte." Pensó Dib, tratando de encontrar alguna salida pacifica a esa pelea. De la espalda del irken, salió una pata metálica y atacó.
"Está usando solo una, ¿por qué? Si usara las cuatro podría herirme con facilidad." En un fluido movimiento, Dib sacó su arma de choques y golpeó con ella el miembro metálico.
Zim lanzó un gritó de dolor, automáticamente su pak reaccionó y la extremidad se clavó en la tierra, desviando gran parte de la corriente fuera de su cuerpo.
Dib se apartó, esperando que el irken cayera paralizado, pero Zim no se veía tan afectado por la descarga.
- ¿Piensas que es suficiente para vencerme, cerdo terrícola? - Zim murmuró, recuperándose del ataque. ¡Maldita sea! Su pak estaba muy descargado, no podía usar todos sus miembros a la vez y el fétido humano se estaba aprovechando de eso.
La pata se plegó dentro del pak. Zim tendría que pelear cuerpo a cuerpo sin asistencia de sus otras extremidades. Tendría que racionar su energía interna para alguna emergencia, aunque tal vez no tendría ni siquiera para eso. Hacía días que apenas podría mantenerse despierto, ¿cómo podía recargar su pak si debía mantenerse oculto en las sombras todo el tiempo? Estaba famélico, hacía días que no comía nada y solo por que ese desgraciado mono porcino le había robado todo. Y para reafirmar su estado, su mente se nubló por un instante, dejándolo mareado.
El tambaleo y la repentina palidez del irken no pasaron desapercibidos por el humano.
Dib arremetió. Sin darle tiempo, el irken se recuperó en el momento justo para defenderse. Con un empujón preciso, tiró al humano y se arrojó sobre él. Por mucho que lo intentara, sus movimientos eran torpes y débiles, lo suficiente para que el humano atrapara sus manos, conteniendo su menguante fuerza.
- ¡Haré una autopsia en cuando termino contigo! - Dib fanfarroneó. Zim estaba débil y distraído, incluso así le costaba bastante mantenerlo a raya. "Seguro esto cuenta como golpe bajo." No era momento para cortesías ¡Estaba peleando por su vida! Dib tomó aire y le escupió en la cara.
Sobresaltado por imprevisto ataque y la dolorosa quemadura, Zim soltó al humano. Dib lanzó un puñetazo mal dirigido que apenas rozó su rostro.
Iracundo por atrevimiento, Zim dirigió toda su fuerza y sus garras rasguñaron uno de los brazos de Dib.
El muchacho sintió un frío dolor a lo largo de su brazo y un torrente de adrenalina lo impulsó al ataque.
- ¡De ninguna manera! - Dib se quitó al irken de encima con una patada. Zim cayó aparatosamente sin aliento sobre su pak y su espalda dibujó un doloroso arco.
Tosiendo, Zim logró arrodillarse, su cuerpo ya no estaba respondiendo. Debía destruir al humano mantecoso de inmediato o no tendría las energías suficientes para hacerlo después, ya estaba rozando los límites de su resistencia.
Los dos combatientes se levantaron recuperando el aliento, desafiándose mutuamente con la mirada a dar el primer golpe.
Zim se lanzó al ataque con un grito, tratando de desplegar las patas metálicas del pak y el mecanismo falló ante la falta de energía. Trastabilló al no encontrar el impulso de sus miembros metálicos y el irken cayó sin gracia a los pies del humano.
A Dib le tomó un momento entender su inesperada ventaja en la pelea. Se lanzó sobre el irken en un intento por contenerlo, sorprendentemente su atacante aun tenía fuerza y agilidad. Zim logró girarse con gran esfuerzo, derribando al humano. En su mente, el pak le informaba insistentemente sobre la creciente lista de funciones desactivadas para conservarlo con vida pero comenzaba a rozar peligrosamente algunas de vital importancia. Empezó a sentir su mente nublada y su cuerpo más pesado, sabía que en cualquier momento caería inconsciente.
Entonces, el pánico se adueñó de él. Su prioridad no era vencer al mugroso humano ni conservar intacta su orgullo como soldado del imperio Irken, si debía escapar vergonzosamente del patético simio por su misión lo haría sin chistar.
Dib esperaba un contraataque del irken, en vez de eso Zim se dio la vuelta y huyó. Furioso e indignado por la cobardía del irken, el investigador paranormal se lanzó detrás de Zim, con la única idea de capturarlo en mente.
- ¡No volveré a tener esta oportunidad ni en mil años!
No encontraron muchos transeúntes en el parque a esa hora y nadie les prestó atención. Había zonas con maleza alta, otras con juegos infantiles, también áreas con denso follaje donde las ramas golpeaban sus rostros.
Para la mala suerte de Zim empezaron a caer diminutas gotas de lluvia sobre él; si no se apuraba en deshacerse de su perseguidor y encontrar refugio no habría un mañana para él, habría fallado a esa importante misión para el imperio. Estaba desesperado por escapar del humano, ni los golpes y arañazos que le había propinado lo refrenaba y le estaba ganando terreno. Ese día el humano estaba totalmente empeñado en capturarlo, lo veía en su rostro.
Por su parte, el aliento de Zim comenzó a acabársele. Su cuerpo ya no podía con más exigencias, si esto se iba a acabar ahora, él lo haría dando batalla. Inesperadamente Zim se dio media vuelta y arremetió contra el humano, se lanzó directamente contra su pecho, tirándolo confusamente al suelo.
Tan rápido como dio la vuelta, Zim se levantó sobre él para acometer a golpes y arañazos, entonces no pudo levantar sus brazos, ya no tenía fuerzas. Antes de poder reaccionar el humano estaba encima de él apresando sus manos contra el suelo mirándolo fijamente a los ojos, ambos tratando de recobrar sonoramente el aliento. Zim retorcía su cuerpo gruñendo, tratando desesperadamente de escapar. Invertiría el último rastro de energía del pak en desplegar sus patas y atravesaría a su contrincante como un escarabajo; si iba a morir, por lo menos se llevaría al engorroso cerdo terrícola con él.
Entonces, su cuerpo perdió todo rastro de energía y fuerza. Había perdido.
'Deja que termine esto.' Dijo una voz en su interior, indicando el simple hecho evidente. 'Él puede hacerlo. Destruirá tu pak, todo lo que hay en él y, con algo de suerte, echará a andar a Minimoose. No más cacería, no más batallas perdidas.'
¿Rendirse a esas alturas? Los irken jamás se rendían, Zim jamás se rendía, iba en contra de todo lo que él era y representaba. Nadie podía vencerlo en habilidades, destrezas, malicia. Eso, todo, ya no era una prueba ni una competencia, ni siquiera ante el humano que lo tenía apresado contra el suelo, ya no era una forma de justificar su existencia ante su gente ni para engrandecer al Imperio, tenía que reconocer que su mundo terminaría beneficiándose con su muerte. ¿Debía seguir viviendo tal como lo había hecho en los últimos años? ¿Estar todos los días consiente que cualquier descuido podría ocasionar la destrucción de su civilización? Tal vez… Tal vez ya era tiempo...
Dib sintió como el cuerpo del irken se relajó a través de sus manos. No soltó su firme agarre, algo estaba planeando el alien. Debía estar preparado para cualquier sorpresa, debía ser alguna treta, debía estar subestimándolo. Unos minutos después Zim siguió sin reaccionar ni forcejear, poniendo nervioso al humano.
Sin poder evitarlo, el investigador paranormal aprovechó la cercanía para observar los delicados y suaves rasgos del irken, le costaba creer que esa criatura aparentemente frágil pudiera ser tan violenta y fuerte. Aun con los goggles puestos, Dib se sintió consternado al ver a través de las micas los ojos de su enemigo.
Los ojos del irken se veían tan apagados, casi muertos, como si esa chispa retadora que había visto antes se hubiese extinguido. Su confusión se convirtió en ira y sobre todo desilusión, ¿Esto era lo había al final de esa batalla? ¿Y ahora? Las persecuciones, heridas, los juramentos de venganza, ¿no valía nada? Debía estar burlándose de él, de una forma que no entendía debía ser eso.
¡¿Dónde estaba el desafío?
- ¡Pelea! – Demandó Dib levantándolo por el cuello de su sudadera como una muñeca de trapo, Zim no respondió ni hizo el esfuerzo por defenderse. - ¡Vamos, pelea! Esto no es gracioso. – Volvió a exigirle a sacudidas. Zim solo desvió su mirada sin decir palabra dejando que el humano hiciera con él lo que quisiera ¿cuál era el caso?
Dib respiró profundamente tratando de calmarse y soltó al alien, dejándolo caer al suelo.
- No juegues conmigo, Zim. Si te ibas a rendir, ¿por que tenías que dejármelo tan fácil? – Dib lo cuestionó y con esa pregunta la mente del irken empezó a trabajar nuevamente.
'¿Por qué ahora?' Zim se preguntó, mirando la humano como si él tuviera la respuesta o con la vaga esperanza que así fuera.
Cierto, pudo haberlo hecho desde un inicio cuando se vio privado de cualquier posibilidad de escapar de ese planeta o mucho antes, cuando salió al exilio con el ejercito del Imperio tras su cabeza, maldiciendo eternamente su nombre, pero su orgullo como irken se lo había impedido férreamente, era lo único que le quedaba. Soltando un suspiro sintió en cada fibra de su cuerpo la penetrante y familiar fatiga que lo había acompañado desde hacía tanto tiempo. Si, ahora veía la razón, era sorprendentemente fácil.
- Estoy cansado – Fue lo único que logró decir casi en un murmullo. Antes que Dib pudiera cuestionarlo, las gotas de lluvia empezaron a caer más gruesas. El irken aun no se perturbaba por su precaria situación, ni siquiera se quejó cuando algunas gotas cayeron en su rostro, quemando y marcando su piel.
Sabiendo lo que el agua le ocasionaba al alienígena y viendo que éste no hacía nada por protegerse, el humano soltó un suspiro resignado. Después de pararse, levantó al irken sujetándolo firmemente por un brazo.
- Ni siquiera se que estoy haciendo. – Murmuró el joven humano.
Zim, que no se esperaba ese movimiento, se dejó levantar apenas cooperando torpemente en el movimiento. Lo siguiente que supo fue que una capa negra lo cubría casi por entero, sintió a través de ella el brazo del humano sujetándolo sobre los hombros y, sin oponer resistencia, se dejó llevar por él.
Minutos más tarde, cuando la lluvia había arreciado y un intenso frío lo calaba, Zim escuchó un sonido metálico y tras sentir un ligero empujó hacia enfrente, oyó una puerta cerrarse detrás, dejando lejos el sonido de la lluvia y los truenos.
Tanto la cobertura negra como la capucha de la sudadera fueron retiradas de su rostro con cuidado y vio al fin donde estaba. Era el interior de un pequeño departamento impecablemente ordenado para estándares humanos.
Había un breve corredor donde el primer cuarto a la izquierda estaba atiborrado de pantallas, documentos, cables y demás dispositivos electrónicos. Frente a él estaba Dib completamente empapado, su extraño mechón zigzagueante de cabello negro colgaba tristemente sobre su frente. Del corte en su brazo brotaban todavía algunas delgadas gotas de sangre, la tela de su playera, manchada y desgarrada, estaba pegada a su piel dejando ver la complexión de su cuerpo, atlética y delgada y sus lentes tenían gruesas gotas de agua condensándose y escurriendo sobre la superficie cristalina.
Dib observó los ojos del irken, estaban tan apagados y sin vida... ¿Dónde había quedado esa vitalidad? ¿Qué le ocurría a ese extraterrestre?
- No te has mojado mucho – Comentó el humano decepcionado e inspeccionó atentamente la piel expuesta de su rostro. Aparte de la marca de su saliva en la mejilla y las gotas de lluvia, solo había unas cuantas manchas circulares y lineales ligeramente oscuras sobre la piel, tal vez era agua que se había logrado filtrar a través de las costuras del saco, realmente no había daños. – Ahora, ven aquí. – Le ordenó sujetándolo por los hombros y llevándolo hacia su cuarto de trabajo. – Quédate aquí y… solo no hagas nada estúpido. – Concluyó retirándole por completo el saco y la sudadera.
Cuando removió la sudadera y vio el ropaje del alienígena, no esperaba encontrar una pieza similar a una falda roja sobre mallones negros. Dib se preguntó qué tipo de material sería aquel. Tendría que ser bastante flexible si Zim era capaz de moverse con esa agilidad y destreza.
"No creo que intente nada si lo dejo solo o ya lo habría hecho al entrar a la habitación. Seguramente ya vio la nave." A solo dos metros estaba la cápsula, tal como la había dejado en la tarde. Al retirarse, Dib observó si el irken hacía algo, cualquier cosa, para su decepción Zim se limitó a sujetar sus brazos en silencio.
- En un momento regreso. - Dejó al irken para atender sus propias heridas.
Un irken vencido era solo un cascarón vacío. La mente de Zim se había quedado varado en un limbo glacial, se sentía completamente alienado de su realidad. Aun estando solo en ese cuarto extraño no tenía la más mínima necesidad de luchar por su vida aun teniendo la cápsula robada frente a él, tampoco quería curiosear, gritar, lamentarse, destruir ni matar. Todo había perdido sentido e importancia.
Lejos de preocuparse por lo que haría el humano con él ahora que era su prisionero (ni siquiera esa palabra tan degradante le incomodaba), esperaba que todo acabara pronto. Ya no podía soportarlo más.
Un momento después escuchó unos pasos y Dib entró a la habitación, se había cambiado de ropa, secado el cabello y vendado el brazo.
- ¿Estás bien? - El humano preguntó vacilante. Zim apenas dio muestras de escucharlo ni se molestó en contestar, no precisamente por orgullo, el suyo estaba destrozado.
Agobiado por la nula reacción del irken, Dib se rascó la cabeza completamente confundido. ¿Qué le estaba pasando? ¿Había hecho él algo para ponerlo en ese estado?
- Ven, siéntate. - Dib le indicó una silla, aun así Zim permaneció parado en medio del cuarto. - Por Dios. - Refunfuñó soltando una exhalación. Tomó al irken por los hombros y le hizo sentar. El humano tomó otra silla y se sentó frente a él. Esperaba que el irken protestara o al menos le lanzara algun gruñido. En cambio, Zim recogió las piernas contra su pecho y se encogió como un ovillo.
El irken estaba tan retraído y ausente que si Dib no percibiera el leve movimiento de su respiración pensaría que era un muñeco de tamaño natural. Al menos confiaba en poder entablar alguna conversación con él.
- ¿Te llamas Zim, cierto? - Preguntó con suavidad. Tenía que probar si reaccionaba a su nombre. En respuesta, el irken apenas alzó el rostro. – Zim, ¿sabes dónde estás? - El irken hizo un leve gesto negativo. - Estás en mi departamento, aquí vivo. Estuviste aquí hace unas noches.
Al irken no pareció importarle el comentario ni la acusación latente en él.
Perfecto, si Zim no iba a tomarse la molestia de hablar, entonces Dib llevaría la iniciativa. El muchacho quería saber más sobre él y la razón que estuviera ahí.
- ¿De donde vienes? – Zim murmuró con desgana algo imposible de entender. - ¿Qué dijiste?
- Irk. - El irken se repitió, extenuado.
Irk. Aparte de su nombre, era el primer dato relevante que había obtenido de él. A partir de entonces, desplegó una libreta mental para anotar cualquier información que Zim le soltara.
- ¿Qué tan lejos queda de la Tierra? - ¿Qué tanto había viajado por el Universo?
- Ni siquiera yo lo se. Me perdí hace tiempo.
Con razón se veía tan debilitado, debió racionar sus recursos al extremo para ganarse cada día de vida. Seguramente Zim había encontrado en la Tierra un milagroso oasis en medio de la vacuidad del espacio exterior. Aunque las cosas no habían salido tan bien.
- ¿Cuál era el objetivo de tu viaje? - Dib continuó.
Zim se tomó un momento antes de contestar y a Dib le pareció incomodo con la pregunta.
- Huyo. – Susurró encogiéndose en el asiento. - Estoy huyendo.
¿Tenía ante él a algún delincuente? ¿Algún refugiado? ¿Estaba desterrado? ¿Qué lo habría orillado a realizar un viaje tan arriesgado? ¿O habría alguna otra razón más siniestra?
- ¿De qué estas huyendo?
Zim volvió a guardar silencio, esta vez evidentemente perturbado. El irken midió sus palabras antes de contestar. El humano no tenía por qué conocer todo, no tenía que saber la naturaleza de su carga, era una cuestión de seguridad del Imperio Irken. Lo único que importaba ahora era asegurar que la sanguijuela humana destruyera el pak y su contenido.
- Una guerra. - Susurró. - Mi planeta está en guerra, así que huí.
Dib se tomó un momento para sopesar la revelación. ¿Qué clase de conflicto podría expulsar a un individuo de su sociedad a buscar refugio en el espacio de forma tan desesperada y arriesgada?
- ¿Qué provocó esa guerra?
- Ese maldito traidor. El desgraciado de Red. - Zim gruñó iracundo por el mero recuerdo. El irken debía odiar a esa persona tanto para alterarlo de esa manera, inmerso en ese estado tan desanimado y apático. - El maldito se levantó contra el Alto. Corrompió al Imperio desde la raíz, lo dividió en dos. Robó nuestros secretos y los usó en nuestra contra. Muchos soldados de mi escuadrón volvieron sus armas contra nosotros, los de su propia clase, nos apuñalaron por la espalda. Arruinó la gloria del Imperio Irken.
Entonces, se podría inferir que Zim era un soldado caído en desgracia, ¿significaba que estuvo en el bando perdedor y se vio en la necesidad de huir al concluir esa guerra? ¿O la guerra lo había abrumado hasta el extremo de huir de ella? El humano solo podía imaginarse la devastación que una revuelta de esa magnitud implicaba para toda una civilización, para cualquier imperio, pensando que se limitara a un solo planeta. Como soldado y habitante de Irk, la experiencia debió ser terrible.
Tampoco era de sorprender su desconfianza y agresividad, la llegada de Zim a la Tierra le había provocado más problemas. ¿Todo ese estrés lo habría desmoralizado al punto de quebrarlo así?
"El Alto" Dib se enfocó en ese dato ¿Así llamaba los irken a su líder? ¿Qué significaba ese título, podría ser algún tipo de mote? "Que va, no creo que por ser el más alto entre la población se pueda hacer del poder. Sería un estándar bastante estúpido y arbitrario para liderar todo un mundo."
- Entonces eres un soldado y llegaste a la Tierra por mero accidente. – Era más una afirmación que una pregunta, en cualquier caso Zim volvió a replegarse en sí mismo. – Tengo tu nave, así que podría serte útil, ¿cierto?
- Era un soldado del Imperio Irken. – Aclaró con cierto brío un instante de silencio, Zim prosiguió. - Puedes hacer con ella lo que quieras. Está inservible. No hay nada que pueda hacer en este lodazal putrefacto para arreglarla. – Zim le dedicó un gesto vago y volvió a aletargarse.
- ¿Inservible? ¿Te refieres a que no podrá volar nuevamente? - Para Dib la nave parecía estar en buenas condiciones pero, ¿qué sabía él sobre esa tecnología? - ¿Ya no tienes forma de regresar al espacio?
- He visto lo que haces. – Zim cambió el tema. Sabía que estaba justo en los límites del plano que las civilizaciones conocidas habían trazado del universo, posiblemente más allá en el vacío. No obstante, por muy pequeña que fuera existía la posibilidad que el brazo del Imperio Irken o el ejército rebelde rojo lo alcanzara hasta ese rincón aislado. - Investigué sobre ti antes de atacarte. Se que tienes una especial fascinación por algo como yo, por eso me haz traído aquí, como un trofeo. – Debía apresurar su muerte, la erradicación de todo rastro de su existencia. - Ya me haz dicho que es lo que quieres hacer conmigo. ¿Por qué no lo haces de una vez?
"¿A qué hora dije qué?" Dib hizo un esfuerzo por comprender al irken, genuinamente anodadado. Entonces, recordó de golpe el parque y el forcejeo en el suelo.
"¡Haré una autopsia en cuando termino contigo!"
Ah… a eso se refería. Sus mejillas se ruborizaron, ahora Dib se sentía bastante culpable por lo ese despliegue de bravuconería.
Dib carraspeó, ganándose unos instantes para recuperar un poco de pudor consigo mismo. Dejando esa culpa a un lado, reconoce que lo más preocupante en manos era la resignación del irken ante su suerte. Se había rendido consiente de no iba a salir vivo de eso, ¡¿cuál era su problema?
"No. Esto es demasiado para mí. No soy psicólogo, menos de extraterrestres, peor aun de extraterrestres suicidas."
- Te advierto una cosa, humano. - Zim interrumpió sus pensamientos como una guillotina. - No me importa el dolor al que me sometas pero mi pak reaccionará para defenderme, taladrará tu cabeza inflamada para salvar mi vida. Si quieres diseccionarme tendrás que destruirlo antes, justo después de desmontarlo de mí. – Dijo, señalando hacia el objeto metálico en su espalda. – También debes saber que solo puedo sobrevivir diez minutos sin el pak. Así que planea bien lo que vayas a hacer. – Y tal vez, con un poco de suerte, tendría la oportunidad de ver el poder de Minimoose.
Dib notó con gran desconcierto como las garras del irken se clavan en sus brazos sin comprender, imaginarse o sospechar lo difícil que era para Zim darle esa información, lo que implica para él poner en sus manos su valioso pak y renunciar a la oportunidad de vaciar su vida al torrente de conocimiento en los Grandes Cerebros de Control.
- ¿De verdad no te importa lo que ocurra contigo?
- Solo cállate y empieza. – Zim hundió su rostro entre las rodillas y cayó.
"Esto se está yendo a la mierda. Esto no puede estar pasando." Dib se quitó los lentes y se masajeó el puente de la nariz. "Ni siquiera se si todavía quiero diseccionarlo."
Dib se levantó, pensativo. "Por el momento se debe quedar aquí." El muchacho tomó al irken, dejándose llevar dócilmente al único cuarto que Dib rara vez usaba.
- Quédate aquí. Si quieres, puedes descansar de mientras. - Dib lo dejó en medio de su habitación. - Regreso más tarde.
Dib salió del cuarto, perplejo. Zim se veía... tan roto. Regresó a su cuarto de trabajo y observó el teléfono sobre el escritorio.
De verdad no quería hacer eso, pero no sabía qué hacer, se sentía perdido. En todos sus años de experiencia jamás había tenido que lidiar con algo parecido. No podía enfrentar eso solo. Tomó el teléfono y marcó un número.
- ¿Callie? Soy Dib. Se que estás en Escocia, pero necesito tu ayuda. Necesito que vengas.
...
Una línea delgada de luz se dibujó entre las penumbras, dos siluetas de asomaron furtivamente sin hacer el menor ruido y observaron hacia el interior por unos segundos. Sobre las sabanas, Zim se había vuelto a encoger como ovillo, ignorando la presencia de los dos humanos. Unos segundos después, la puerta se cerró con cuidado.
- Sigo sin creerlo. - Susurró Callie. Había llegado a la ciudad en un viaje de treinta horas. Estaba desarreglada y cansada, sin embargo esa situación requería de su atención inmediata. Además, Dib no la habría llamado sin una buena razón y lo comprendía, esto era enorme. - Dib, ni siquiera se qué decir. ¿Qué piensas hacer con él?
- No tengo ni una jodida idea. - Habían pasado dos días desde la captura del irken y se sentía perdido con el siguiente paso.
Dib podía hacer muchas cosas con Zim, podría lograr muchas cosas con él. Si lo revelaba al mundo, causaría una conmoción que revolucionaría todo en la Tierra, TODO. El alcance era incalculable. No solo tenía al extraterrestre entre las manos, sino también una nave espacial y un robot. Si lograba comprender esa tecnología quién sabe hasta donde llegaría la humanidad.
Le causaba especial curiosidad el dispositivo que Zim tenía en la espalda, ¿qué tantas maravillas descubriría ahí dentro? ¿Cuál era su función? Y, sobre todo, ¿por qué el irken se había rendido con la condición de que lo destruyera? Esa cosa parecía más importante de lo obvio. De cualquier forma, al ver a Zim tan derrotado y mísero, cualquier posibilidad no parecía la adecuada, mucho menos justa. Sentía que se estaba aprovechando de un gatito escuálido y abandonado a su suerte. Un gatito que había perdido toda esperanza y deseo de vivir.
- Y la verdad no sé que le esté pasando. Desde que lo traje no reacciona y no ha hecho ni el mínimo esfuerzo por escapar. Siento que se está apagando.
"Si solo Zim se levantara."
- Si, él no parece estar bien. - Las pulseras de madera, hueso y metales de la joven tintinearon como un racimo de cascabeles. - ¿Te ha pedido comida o algo? - El muchacho negó con la cabeza. Callie soltó un gruñido, ¿en qué locura se había embarcado su amigo? A ella tampoco le parecía moral aprovecharse del alienígena, se veía tan indefenso que le costaba creer lo que Dib le había contado sobre su agresividad y fuerza. - Dib, vamos a pensar en el peor de los casos ¿qué vamos a hacer si muere?
Dib le estaba prestando atención pero la simple idea de tener a Zim al otro lado de la pared, tan sumiso y abatido, todo lo contrario al ser que había atentado contra su vida lo estaba carcomiendo de dudas.
"Si supiera qué hacer por él."
- Ni siquiera me ha insultado, nada. - Pensó en voz alta y Callie no pudo evitar alzar una ceja extrañada. Esos trenes de pensamientos simultáneos de su amigo la confundían en momentos. - Lo menos que podría hacer es diseccionarlo si muere. - En realidad le incomodaba la sola idea de perder la única e irrepetible oportunidad de estudiar vivo al irken.
Callie calló, conocía la preferencia del muchacho a conservar vivos a sus especimenes para estudiar sus comportamientos sin realizar exámenes invasivos. Dib no era algún tipo de psicópata destazador que le encantara desviscerar a cualquier bicho raro que se le pusiera enfrente. Si Dib ya estaba sopesando esa opción significaba que estaba dando por perdida esa causa.
La joven miró la hora y la fecha en su reloj de pulsera y como un destello, recordó algo.
- Dib, ¿no tienes pasado mañana esa presentación en la universidad nacional? – Últimamente, más académicos comenzaban a tomarse en serio su trabajo, algunos por mera curiosidad, unos por la extraña y misteriosa biodiversidad que Dib hallaba en sus expediciones y otros por sus inventos estrafalarios a los cuales se les habían hallado otras aplicaciones en varios campos de la ciencia. De momento, Dib no podía perder ese tipo de oportunidades de dejar una buena impresión y dar a conocer la veracidad de los estudios paranormales.
Dib la observó por un instante mientras en su mente ocurría una explosiva colisión de pensamientos.
- ¿Pasado mañana? – Observó su propio reloj, confirmando sus temores. - ¡Pasado mañana! ¡Callie, no he preparado nada! Tengo que organizar mis documentos, ni he ordenado mi información. ¡Aun no he ido por las muestras! ¡Debo ir a la siguiente ciudad por ellas!
"Se le olvidó por completo." Pensó la joven. "Qué raro, él nunca olvida nada." Tampoco era una sorpresa, ¿quién no se olvidaría de todo, teniendo un alienígena encerrado en casa?
Cuando Dib le lanzó esos ojos suplicantes supo lo que le iba a pedir. La expresión de su amigo le recordó al de un cachorro tratando de decidir entre cuál tazón de comida en cada extremo de la correa agarrar.
- Ni me digas, ya se. – Callie le interrumpió, resigna a su suerte. – Voy a cuidar de él hasta que regreses. Solo te irás por tres días, ¿verdad?
Dib sabía lo importante de la presentación para su carrera y cancelarla no era una opción. "Piensa, piensa" se dijo a si mismo. Tampoco quería dejarle esa responsabilidad a Callie, dejarla a merced de un alien salvaje; ese pensamiento no le dejaría concentrarse y le quitaría el sueño en todo el viaje.
- No, Callie. Yo debo…
Percibiendo el dilema de su amigo, Callie agregó.
- No me va a pasar nada. – Interrumpió tajantemente. - Sabes que me se defender. - Ambos habían sobrevivido a varias experiencias mortales así que, al menos, ella podría mantenerse a salvo si algo ocurría. - Me lo llevaré a mi casa.
Dib le dedicó una mirada recelosa y se puso a dar vueltas en el pasillo, aprehensivo por dejarla sola. También se negaba a perder al alienígena, estaba convencido que su estado era más mental que físico.
"Zim no necesita nada de ti. Ni muerto podrías compensarme." Le había exclamado el irken.
Dib recordó esas palabras, el tono y la fuerza que Zim proyectó en el momento.
"Era un soldado del Imperio Irken." Zim había reusado la mirada melancólicamente en esa ocasión, no obstante su voz estaba teñida de un profundo orgullo por lo que había sido.
Dib solo había sido la gota que derramó el vaso, él no lo había colmado. Ahora el irken esperaba que él hiciera el trabajo sucio y lo matara.
"¡Ah, no!"
- Eso si que no. - Dib tenía la dignidad suficiente como para permitir que ese maníaco depresivo lo manipulara así. No necesitaba que nadie le dijera qué hacer, su padre hacía un magnifico trabajo recordándole (sino exigiéndole) sus "responsabilidades" en la menor oportunidad y ni él lo había doblegado.
Dib pasó a su amiga caminando con paso firme hacia la entrada de la habitación.
- Dib, ¿qué vas a hacer? – El repentino enojo de su amigo la inquietó.
- Le voy a dejar claras algunas cosas a este idiota. - Gruñó, visiblemente enojado y entró al cuarto.
Zim había notado los susurros de los humanos desde el interior del cuarto sin prestarles especial atención, aparentemente no podían ponerse de acuerdo sobre qué hacer con él. ¿Lo descuartizarían primero o lo expondrían en alguna feria de rarezas antes? ¿Lo torturarían?
De imprevisto, el humano entró enérgico, sobresaltándolo por la sorpresa y se paró frente a él. Zim alzó la mirada, expectante.
"Ha llegado el momento." Pensó. No obstante, el humano tenía sus propios planes.
- No vas a jugar conmigo, Zim. - Sin previo aviso, Dib le lanzó una sonora bofetada.
- Te doy dos opciones, Zim. Si quieres morirte, está bien. Pero hazlo fuera de mi casa. – Dib gruñó. - No necesito a ningún bicho espacial suicida pudriéndose en el departamento. No se nada de ti ni me interesa, ridículo soldado irken, y no me voy a poner a curar viejas heridas. O también puedes hacer al menos el esfuerzo para quitarte esa cara de sufrido, levantar tu trasero y hacer algo para regresar de donde sea que vengas. Te ves tan patético, tan miserable, tan diminuto.
Una pequeña vena de rebeldía revivió en Zim con la dureza de sus palabras que cayeron como martillazos, había insultos que los irken jamás podrían pasar por alto. Mucho menos de un ser inferior como aquel.
- ¡Zim no es diminuto! - Respondió en un siseo, adoptando una postura defensiva en la cama. Aun respondiendo a la ofensa, no tuvo el coraje suficiente para levantar la vista. Se sentía completamente humillado.
Dib sonrió para sus adentros. Zim estaba lejos de su presencia y actitud pasada, pero al menos le había arrebatado una reacción.
- Voy a una exposición por el resto de la semana, Zim. - Dib le lanzó una mirada retadora, imprimiendo una actitud terminante en sus condiciones. - Si no decides qué hacer de tu vida, yo decidiré por tí. Al menos evítame la pena de sacarte a patadas de aquí. Eso si, Zim, yo me quedo con la cápsula, ¿entendido?
...
Desde la ventana de la cocina, en la casa de Callie, Dib observó al irken sentado e inmóvil en medio del jardín expuesto directamente a los rayos del sol como una lagartija. Una gran sección de su cuerpo, la expuesta directamente a la luz solar se encontraba cubierta por pequeñas escamas transparentes y justo la piel fuera de esa capa se veía oscura.
- Ha estado haciendo eso varias horas al día desde que lo traje. – Comentó Callie levemente impresionada. - Dice que, de momento, tendrá que emplear fuentes naturales de energía para recargar su pak. No tiene las herramientas para adaptar nuestro sistema eléctrico con su fuente de energía. – Hizo un gesto hacia la espalda, indicando la semiesfera metálica acoplada a la espalda del irken. – Aparte de eso, ha estado tranquilo. Ya no está encerrado en la habitación pero no ha querido salir de la casa.
- Entonces, ya tomó una decisión. – Dijo como una afirmación más que una pregunta sin apartar la vista del irken.
- Si, y no te va a gustar. – Contestó la joven, preparándose para el escándalo que estaba por desencadenarse.
Dib salió al encuentro del irken y se paró cautelosamente a unos pies de distancia. Observándolo de cerca, la piel del irken no solo se veía oscura sino también quebradiza, la luz del sol le estaba quemando las zonas desprotegidas. Conociendo la situación del irken y su reacción contraproducente al agua, sería peligroso intentar usar algún bloqueador solar humano en él y seguramente Zim no tenía nada parecido en la cápsula, de lo contrario ya lo habría utilizado.
"No tengo idea de cómo tratarlo ni de cómo reaccionará." Pensó antes de hablar, se sentía bastante nervioso. Aun no confiaba en el inestable alienígena, de momento tendría que tratarlo como un animal salvaje adolorido aun con garras para atacar.
- ¿Cómo te sientes? - Preguntó, tentativamente.
- Zim se siente como si un simio sobredesarrollado le hubiese golpeado y humillado como nunca antes de su vida. - Respondió el irken con los ojos cerrados. Mantuvo el rostro alzado, dejando que la red de paneles continuara realizando su vital función.
Dib no se amedrentó por la respuesta acusatoria del irken. Eso era bueno, eso era lo que buscaba. Sin evitarlo se sintió aliviado, al menos el irken estaba vivo a su regreso. De momento, lo único que quería saber era el plan de Zim ahora que se estaba recuperando tanto física como mentalmente, pero algo indeterminable en su actitud le molestaba.
¿Así era normalmente?
- Bien, Zim. Si ya has dejado de lamentarte como un niñato, sería bueno saber si puedo desarmar la cápsula o si las vas a ocupar.
El irken se levantó como si el humano le hubiese dado una bofetada. La red se retrajo y Zim lanzó un gemido ahogado. Las escamas en el perímetro habían jalado la piel sensible y quemada abruptamente, el irken hizo caso omiso del dolor y se paró frente al humano para encararlo.
- ¡De eso nada, grasienta pústula andante! - Exclamó iracundo. - Ni se te ocurra tocar la nave de Zim otra vez con esas salchichas fofas que llamas dedos. Zim no va a permitir que empeores su estado.
- ¿Entonces vas a arreglarla, Zim? Y seguramente ya sabrás cómo y con qué construirlo por que, hasta donde me has dado a entender, este "lodazal putrefacto" es demasiado primitivo para tus necesidades. - De verdad, el irken debía ser muy ingenuo para creer poder armar una nave espacial solo, en un mundo desconocido que estaba, al menos, a milenios de distancia en cuanto a tecnología.
- Dije que no te iba a permitir tocar mi nave, pero de ahora en adelante me ayudarás a conseguir los materiales que necesite para reconstruirla.
- ¡¿Qué? ¡¿Yo? No, nunca. - Rechazó el humano férreamente. El irken no era nadie para demandarle semejante disparate. ¡Era un disparate!
- Tú, apestoso cerdo humano, moviste mi nave. Eres el culpable de que Zim esté atascado en este planeta. – Aparentemente el humano no captó la gravedad de la acusación por lo que Zim tuvo que explicar. - Si la hubieras dejado en su lugar, las piezas desperdigadas por el aterrizaje se habrían reensamblando por si solas y Zim habría tenido su nave otra vez. Y claro, tuviste la brillante idea de llevártela a ese chiquero de mala muerte que llamas departamento y ¿sabes lo que ocurrió con todo lo que quedó en el bosque? – La expresión del humano indicaba que estaba entendiendo su culpa en la desgracia del irken y estaba lejos de agradarle. - ¡Se degradó como polvo! ¡Se perdió para siempre en este ambiente inmundo! Sin la nave ¿cómo crees que Zim va a poder irse de aquí? – Señalándolo directamente a su rostro, lo acusó. - ¡Si Zim está atascado en esta bola de sucia suciedad es por toda la estupidez que tienes en esa cabeza gigantesca!
Tal vez en otras circunstancias, con alguien diferente, Dib habría aceptado su responsabilidad inmediatamente y estaría dispuesto a corregir su error en la medida de lo posible, sin embargo algo tenía el irken que sin poder evitarlo hervía su sangre y sintió como sus mejillas se coloraban.
- ¿Y qué esperas que haga? Yo qué iba a saber que la nave de un bichaco espacial no se debía tocar. ¿Por qué no pusiste un letrero diciendo "No mover" si era tan jodidamente importante? ¡¿Eh? – Dib sabía que estaba siendo un verdadero idiota, tarde o temprano se abochornaría de su propio comportamiento y de momento no quería permitir que el irken le señalara su falta.
Zim cruzó los brazos y, arrogantemente, se paró frente al muchacho a pesar que éste le sobrepasaba al menos una cabeza en altura.
- Zim no espera que puedas hacer nada. – Dijo con resentimiento. – Con tus despreciables conocimientos terranoides no entenderías ni la mitad de lo que se necesita para reconstruir la nave. – El irken puso los puños en sus caderas, desafiante. - Así que, mientras Zim esté atascado en esta herrumbrosa bola de tierra, se quedará en tu refugio hasta poder largarse de aquí para nunca más volver.
Incrédulo, Dib se quedó sin palabras. El muchacho estuvo a punto de protestar cuando su conciencia hizo acto de presencia.
Lo quisiera o no, la precaria situación del alienígena arrogante era su culpa y no podía culparlo por su comportamiento, lo único que trataba de hacer era sobrevivir. No había tenido la intención de causarle tantos problemas, lamentablemente el daño ya estaba hecho. Había destruido la nave de Zim, dejándolo estancado sin ninguna posibilidad de regresar al espacio para continuar su viaje por el infinito.
Tal vez Zim tenía razón al decir que él no podría serle de gran utilidad, ni siquiera la tecnología espacial más avanzada de la Tierra le sería de utilidad cuando los viajes estelares humanos se limitaban tristemente a Marte. Ruborizado por la culpa, Dib se tragó su orgullo.
- Muy bien, es justo. Quédate todo el tiempo que necesites y te ayudaré con lo que pueda. - Contestó cruzando los brazos, incapaz de ver a Zim por la vergüenza. – Y en cuanto tengas tu mugrosa nave, no quiero saber más de ti. ¿Oíste? - Arremetió el humano, tratando de mantener un poco de dignidad.
Su postura no pareció impresionar al irken. Sin ponerle atención, Zim entró a la casa con el rostro en alto.
- Estúpido alien. - Refunfuñó el joven humano, exasperado. Siguió al irken y, al pasar junto a Callie, gruñó algo parecido a "Gracias" y "Perdón". Si ella no lo conociera de años, se habría sentido ofendida por el pobre trato. Por esa misma razón estaba un poco preocupada por la conducta reciente de Dib, raras veces perdía los estribos y el irken lo hacía explotar con gran facilidad. Había escuchado toda la conversación y no se imaginaba a los dos en el mismo techo, no se podía imaginar que iba resultar de eso. Mientras no se mataran...
La joven se limitó a contestar con "Luego hablamos" y dejó que Dib se fuera con su nuevo extraño inquilino.
Dentro del automóvil se respiraba un ambiente tenso y potencialmente explosivo pero los dos ocupantes se mantuvieron callados todo el camino de regreso. Estaban demasiado iracundos que no había palabras para expresar lo mucho que detestaban al otro.
Dib observaba al irken de soslayo, aun fascinado por ese raro espécimen del espacio exterior con cientos de preguntas atiborradas en la punta de la lengua. Para su desconsuelo tendría que esperar a que los ánimos se calmaran. Podría sentirse avergonzado por el problema que había provocado y colérico por la personalidad tan ácida del irken, sin embargo seguía siendo un investigador de lo paranormal. Como tal, antepondría su espíritu objetivo de exploración e investigación, tendría cerca de él a un auténtico alienígena en su propia casa al cual estudiar de cerca y aprovecharía la oportunidad sin dudarlo.
Además, si el irken se creía tan inteligente y capaz, entonces lo dejaría estar mientras resolvían como reconstruir su nave, siempre y cuando eso no interfiriera con sus propias investigaciones, viajes o lo que quisiera hacer. Siendo realistas, Dib se preparó mentalmente para lo que sería una larga y horrible espera.
...
"Esto no va a funcionar." Se dijo a sí mismo. "Me va a golpear." Se lamentó anticipadamente. "Ni modo, si no quiere que alguien lo rebane en una mesa de autopsia (y no sea yo) tendrá que usarlo." Cauto, Dib entró en su departamento llevando una bolsa de papel en mano, agudizó su vista y oído, buscando cualquier indicio de la presencia del irken. "Además, si acepta no tendré que lidiar con él algunas horas." Trató de animarse.
Hacía solo dos semana que el irken y él habían hecho ese horrendo acuerdo y ya sentía la imperiosa necesidad de ahorcarlo. Durante toda su infancia se había topado con decenas de cretinos descerebrados en la escuela que le habían hecho la vida imposible y, sin duda alguna, Zim los sobrepasaba con creces. El irken había recobrado sus deseos por vivir, sacando a flote una personalidad tan destructiva y mezquina que iba a enloquecerlo tarde o temprano. Su sueño dorado de conocer al extraterrestre idealizado en sus sueños como un ser virtuoso y sabio con el cual compartir conocimientos se tornó en una terrible pesadilla que Zim había desencadenado sobre su pacifica vida.
Encontró al alienígena sentado dentro de la estrecha cápsula ensimismado con un bulto sobre su regazo, mordisqueando distraídamente una de esas barras nutrimentales que Zim llamaba skeets. Días atrás, el irken no hacía otra cosa más que revisar exhaustivamente cada parte del pequeño robot que había llevado con él, buscando cualquier componente dañado en el aterrizaje para repararlo antes de intentar recargar su batería interna. Hasta el momento, parecía que el robot estaba intacto.
De acuerdo con Zim, antes de iniciar su laborioso trabajo de restaurar la nave espacial, debía instalar una base provisional donde tenía todas las herramientas necesarias para la tarea, pero al igual que el robot, el irken había canalizado toda la energía de la base para mantenerse con vida en el espacio. De momento no habría base y sin el robot activo y funcional, tampoco podría emplearlo como apoyo para la instalación. En resumidas cuentas, el irken no se iría en ningún futuro cercano.
Zim notó su presencia y con un gruñido, ignoró al muchacho. Tomó un destornillador de un compartimiento y lo introdujo en una de las diminutas manos del SIR.
"Aparte que lo estoy ayudando, me trata como escoria." Pensó.
- Zim, ¿podrías venir un momento? – Dijo en muchacho lo más neutro posible, tratando de contener su disgusto. ¿Por qué el irken debía complicar las cosas?
El irken lo observó por unos instantes como si fuera una mosca fastidiosa.
- ¿Qué quieres? – Preguntó defensivamente. Para él, el humano aun era una amenaza latente del cual cuidarse constantemente. Si bien le había perdonado la vida, nada le garantizaba que jamás lo traicionaría o le hiciera alguna jugarreta. Y esa bolsa café se veía muy sospechosa.
- Solo ven, ¿quieres? No te estoy pidiendo nada complicado. – Respondió el muchacho.
Exasperado, el irken salió de la cápsula y caminó directo hacia humano.
- ¿Qué, bestia-Dib? – Gruñó, esperando a que la molestia humana terminara con esa insulsa interrupción.
Dib colocó la bolsa sobre una mesa cercana y buscó en su interior.
- Algún días vas a tener que salir de aquí, Zim. Y esa sudadera no te va a funcionar siempre, así que te traje ésto. – Sacó un pequeño estuche blanco al cual Zim no prestó mucha atención, al ver la siguiente cosa que extrajo el humano, el irken dio un salto en el aire y se alejó unos pasos de eso.
- ¡Aleja esa cosa de mí, repugnante cerdo terrestre! – Tomó un trapeador cercano como arma y se dispuso a pelear a muerte con el humano traicionero y su extraño artilugio. - ¡Un paso más y te partiré esa cabezota grotesca tuya como un melón podrido!
Lejos de atemorizarse por el peligroso arrebato del irken, el humano se contuvo con todo su autocontrol.
- ¡Si serás idiota, Zim! ¡Es solo una jodida peluca, por Júpiter! – Exclamó agitando la peluca frente al rostro del irken. - Finas hebras de material sintético arregladas para formar una cabellera humana postiza. Lo traje para que ocultes tus antenas por debajo, para que parezcas un poco más humano. Y con esto… - Dijo, sosteniendo el estuche de lentes de contacto. - ...tus ojos no se verán como los de una mosca mutante.
- ¡Zim no es una mosca, mono terrestre retrasado! – Exclamó el irken. – Y Zim jamás que pondrá ese animal muerto falso en su honrosa cabeza y no expondrá sus avanzados ojos biónicos a ningún material primitivo de dudosa procedencia.
- ¡Haz lo que quieras, Zim! Si alguien te atrapa por pasearte sin nada, mejor para mí. Tendré la capsula para mí solo. – Dib metió la peluca y los lentes dentro de la bolsa y de un empujón se le entregó, haciéndolo tambalear.
- ¡Zim jamás te dará ese gusto, mono cabezón! – Zim tiró el trapeador para sostener la bolsa y sus manos la estrujaron, imaginando que era el cuello del humano.
- ¡Bien! - Dib se retiró con fuertes pisotones refunfuñando "Esto es lo que me gano por comodino" y cerró la puerta de su habitación con un portazo.
Su odio por el humano crecía día con día y juró a sí mismo que en cuanto tuviera la oportunidad le reventaría a golpes esa cabezota nauseabunda con su mejor, más grande y cara cámara de video, le haría pagar caro cada humillación y disgusto.
Bajó la mirada hacia la bolsa estrujada y tomó de ella la peluca. La observó críticamente buscándole alguna forma sin ocultar su asco.
"¿Cuánto más me voy a rebajar?"
