A la mañana siguiente, Arthur se despertó con un gran dolor de cabeza.
Se mantuvo en la cama durante algunos minutos, hasta que alguien toco la puerta, y lo obligo a levantarse.
-Adelante.
Estaba buscando la camisa cuando giro la cabeza, y vio a Gaius parado detrás de él, con las manos cruzadas delante del pecho y la cara seria.
-Intuyo que no traes buenas noticias.
Asintió con la cabeza.
-Y bien, ¿cuál es el problema? – se giró para hablar cara a cara.
Gaius parecía un tanto incómodo.
-Merlín. – soltó sin más. – Actúa…extraño. Quiero decir, ya sé que ha perdido la memoria, pero… temo que también haya perdido algo más, Sire.
Arthur frunció las cejas. ¿Qué más podía perder?
-¿Te refieres a que….?
-A que temo que Morgana haya hecho algo más que solo borrarle la memoria.
-Quieres decir, ¿qué temes que le haya sacado su personalidad, y que ahora Merlín sea un títere?
Esa hipótesis bien pensada tomo por sorpresa a Gaius.
-¿Ya lo había pensado, Sire? – pregunto, incrédulo.
-Era solo una sospecha, Gaius. Pero ahora que usted ha sospechado lo mismo, temo que sea verdad.
-No hay indicios claros, pero la verdad es que esta extraño. Sé que es difícil, pero… está mucho más sensible e irritado. Hace algunos instantes, cuando le pregunte sí había dormido bien, me contó de su encuentro ayer. Y la verdad es que no piensa bien de usted, Sire. – explico, lo mejor que pudo. Sería más conveniente que Arthur sepa eso.
El rubio se quedó pasmado, con la remera en la mano, sin saber que decir.
-A que recuerde, no he dicho nada para ofenderlo.
-Sire – dijo en un tono más serio Gaius. – Eso es lo que usted piensa, pero él, al escuchar que lo ha tratado un tanto…humillante e idiota, como me dijo él, al parecer, cree que es un tanto injusto. Sé que antes estaban acostumbrados a hacerse bromas de ese estilo y demás, pero ahora que ha perdido la memoria, creo que lo más conveniente sería tratarlo con propiedad.
Así que… ¿Merlín se había enfadado porque lo había llamado idiota la noche anterior? Dioses, sí solo se acordase de todo, eso no tendría que haber pasado.
-Gaius, yo… - empezó Arthur, pero luego quiso retirar aquellas palabras. – Haré lo mejor que pueda para que Merlín se sienta a gusto conmigo.
No quería que Merlín lo odiase. Sí nunca podría recuperar la memoria, tendría que empezar su relación desde cero, y para eso, no tendría que tratarlo mal. Y para él, eso iba a ser difícil. Pero, ¿lo iba a hacer? Sí, por Merlín, haría cualquier cosa.
-Será lo mejor. También lo mejor será que le hables, le permitas conocer a los caballeros y que les cuentes lo que ha sucedido. Aunque de esto último no esté seguro, creo que será mejor para Merlín recorrer la ciudad.
-Está bien – dijo sin más, y volvió a buscar su remera. Pero cuando la encontró, no supo cómo ponérsela. – Gaius. – llamo antes de que el viejo se retirase. - ¿Conoces a algún sirviente de confianza?
Gaius trato de reprimir una risa.
-El único es Merlín, Sire. Y no creo que quiera ser tu sirviente. Al menos, no por ahora.
El rubio pensó en aquello. Y ahora, ¿Quién iba a vestirlo y a atenderlo? No podía pedirle a Merlín, eso estaba claro.
Arthur suspiró, y dijo en un murmuró:
-Será conveniente que me busque a otro sirviente.
En el campo de entrenamiento, todos los caballeros estaban reunidos en un círculo, sin ejercer la espada. Pero para cuando Arthur llegó, todos ya se habían dispersado.
-¿Qué es lo que pasa aquí? – llego a preguntar.
Fue Gwaine el que tomo la palabra.
-Estábamos discutiendo acerca de la actitud de ayer con Merlín. Fue extraña.
A Arthur se le ocurrió seguir con la mentira. Era lo único que podía hacer. No quería que se enteren de lo que en verdad había sucedido. No quería que se preocupen.
-Se sentía mal, eso es todo.
Trato de que no le pregunten más cosas, por lo que empezó rápidamente con los ejercicios diarios. Los caballeros lo miraron atentamente, pero luego, comenzaron a seguirlo.
Práctico todo lo que recordaba, quería mantener la mente ocupada y no pensar en los problemas que tenía. Pero a veces se mostraba algo distraído, y el caballero que estaba de turno le proporcionaba algunos cuantos golpes.
Había pasado el mediodía, cuando, ya algo cansado, diviso a Merlín caminando entre la gente. Llevaba un papel que no dejaba de leer, mientras que en la otra mano, tenía unos cuantos frasquitos.
Se paró en medio de la multitud, y comenzó a girar la cabeza como un loco. Seguramente, no tenía idea de dónde se encontraba.
Arthur lo observaba con tristeza, y volvió a tierra cuando un golpe desprevenido de Gwaine lo hizo caer al suelo.
-¡Arthur! – gritaron a la par.
Lo ayudaron a levantarse, y cuando ya lo había conseguido, Gwaine le pregunto:
-¿Tú también te sientes mal? ¿A que estabas mirando tan atentamente?
Siguieron la dirección hacia donde se encontraba clavaba fijamente la mirada del rubio, y cuando encontraron a Merlín, lo observaron en silencio.
Seguía en el mismo estado, o peor, ya que al pasar la gente, le preguntaba y señalaba para que lo ayudasen.
-Parece….perdido. – comento Percival.
Gwaine desvió la mirada y observo atentamente a Arthur.
-¿Qué está pasando? – preguntó, sin un eje de disimulo de que sospechaba algo.
Todos volvieron para observarlo.
-Ojala supiera yo que le pasa. – respondió, apenado.
Dejo la espada a un lado y se dirigió a él. Sentía que la cota de malla le estaba oprimiendo el pecho, pero en verdad, lo que lo hacía sentir así, eran los nervios.
Alcanzó a Merlín rápidamente, y lo hizo alejarse de la multitud, dirigiéndolo hacia una callejuela.
-Merlín, ¿qué haces aquí? – la respuesta era obvia, pero quería escuchar la voz dulce de su amigo.
Merlín tardo en responder. Se había quedado observando atentamente el rostro de Arthur, haciendo fuerzas para poder recordar algo más, pero nada acudió a su mente.
-Gaius me ha pedido que entregue las pócimas, y así, de paso, conozco la ciudad.
Arthur asintió, recordando lo que le había dicho Gaius acerca de que vuelva a pasearse por las calles conocidas de Camelot.
-¿Necesitas ayuda? – pregunto, tratando de parecer amable.
-¿Acaso te interesa? – respondió Merlín, un tanto desconfiado. Bien, estaba claro que no le caía nada bien.
Arthur suspiro, y se pasó las manos por el pelo, exasperado.
-Escucha, Merlín. Sé que ayer te he tratado mal, ¿está bien? Lo reconozco, pero lo he dicho porque ambos nos tratábamos así antes. Me he confundido, he olvidado que has perdido la memoria. – susurro, para que nadie más lo escuchase.
Merlín se encogió de hombros, como si aquella disculpa no le interesara en lo más mínimo.
-Lo hecho, hecho esta, y nada puede revertirlo.
-Estoy pidiéndote perdón, ¡por el amor a Camelot! ¿Sabes lo duro que es eso para mí?
Oh, genial. No tendría que haber dicho eso.
El morocho lo miro con más odio esta vez. ¿Cómo podía decirle que pedirle perdón le costaba tanto? En serio, ¿era tan odiable, siempre?
Iba a responderle, pero pensó que no valía la pena, y volviendo a lo que estaba haciendo antes, empezó a caminar, pero pronto paro.
Una punzada…. Una punzada en el costado izquierdo. Allí, donde tenía la cicatriz.
Maldición, ¿por qué le dolía? ¿Acaso no le había dicho el druida que no debería dolerle?
Diviso una columna blanca, que era de las barandas de las escaleras de entradas, y sin pensarlo dos veces, se encamino a ella.
Se apretó el costado izquierdo, y respirando con dificultad, se apoyó en el cemento. Dejo las pócimas en el suelo, y dándose la vuelta lentamente, observo como Arthur venía corriendo en su ayuda.
-¿Merlín, que os pasa? – pregunto nada más al llegar.
Merlín intento hablar, pero pensó que sí lo hacía, el dolor se le multiplicaría, por lo que señalo su costado izquierdo, rogando que sepa cómo hacer para calmar el dolor.
Arthur miro cómo Merlín se apretaba la cicatriz, y siendo más razonable que él, poso su mano en la del morocho, tratando de calmarlo.
-Saca tu mano, lo empeoras. – le murmuró.
Merlín negó con la cabeza. ¡Por Dios! Esto se parecía aquella noche en la cueva.
-Merlín, escúchame, sé lo que te digo: retira tu mano. Apretar la cicatriz no hace más que generar más dolor.
A regañadientes, Merlín dejo de ejercer tanta fuerza, pero no la retiro. Suspirando, Arthur se la aparto lentamente, intentando que no le doliera más.
-Iremos con Gaius, ¿de acuerdo? – fue lo primero que se le ocurrió; al menos, ahora se encontraban en Camelot.
Merlín volvió a negar con la cabeza.
-Tengo que…las pócimas. – trato de explicar.
¿Qué tenía que llevar las pócimas? Eso se podía resolver fácilmente, sin preocuparse.
-Luego las llevo yo, Merlín.
El morocho levanto la cabeza y fijo la mirada en la de Arthur. ¿Acaso el Rey de Camelot estaba insinuando hacer su trabajo? Oh, bueno, eso sí que era sorpresivo.
-¿Qué..?
En el momento que iba a continuar la oración, aparecieron todos los caballeros. ¡Genial! Y Arthur empezaba a preguntarse porque no los habían molestado antes…
-¿Merlín, te encuentras bien? – pregunto apurado y preocupado Gwaine.
-Gwaine, ve a avisarle a Gaius que prepare algo para atender a Merlín, que se siente mal nuevamente. – Arthur intento que la incompetencia de Gwaine los dejaran a solas, pero eso no iba a ser tan fácil.
-Pero, ¿Qué es lo que tiene?
Merlín no podía soportar aquello, la cicatriz le ardía como mil infiernos, y las voces desesperantes de sus compañeros no hacían más que empeorar la situación. ¿Por qué Arthur no lo sacaba de allí rápidamente? Que haga algo útil, al menos.
Posó sus dedos sobre sus parpados y apretó fuertemente, para tratar de sacarse de la vista los pequeños destellos blancos que estaban comenzado a aparecerle.
Una picazón comenzó a brotarle por la garganta, y sintiendo como si unas manos heladas se le posaban sobre su cuello, y lo apretaban hasta quedar sin aire, se deslizo hacia abajo, hasta sentarse en el suelo frío.
La toz no tardó en llegar, junto con la sensación de que se estaba ahogando. Allí, en el suelo, tosiendo hasta sentir que iba a escupir sus pulmones, volvieron a prestarle atención.
-Maldición, Merlín. – murmuro Arthur. Su voz sonada preocupada, ahora podía notarlo.
-No puedo… - trato de decir Merlín, entre tosidos graves y profundos.
-Relájate, Merlín. – lo tranquilizo Arthur, y entiendo a lo que se refería, guio su cabeza entre las rodillas. – Permite que el aire ingrese a tus pulmones. – le aconsejo.
Merlín inhalo profundamente, sintiendo aliviar su sistema respiratorio. Aunque la cicatriz seguía ardiéndole, ahora, por lo menos podía respirar.
¿Qué había sido aquello? ¿Por qué, de repente, la cicatriz le había empezado a doler? ¿Y porque se había desencadenado todo aquello?
Antes de poder encontrar alguna respuesta a sus preguntas, Arthur lo ayudo a pararse lentamente. Pasó el brazo de Merlín sobre su cuello, y sosteniéndolo de la cintura, volvió a hablarle a Gwaine.
-Haz algo útil y avisa a Gaius.
Gwaine lo miro durante unos segundos, desafiándolo, y al final, respondió:
-Que vaya Leon, yo me quedo con Merlín.
El caballero espero la respuesta de Arthur, y cuando este asintió apurado con la cabeza, se fue corriendo a los aposentos del viejo.
Elyan y Percival se miraron entre los dos, y luego de eso, concordaron mentalmente en que era mejor darles algo de espacio, y siguieron a Leon.
-¿Qué es lo que pasa aquí? – preguntó Gwaine, ni bien se fueron los demás.
Arthur suspiro, y sin darle importancia a lo que acababa de preguntarle su compañero, pregunto a Merlín:
-¿Te sientes mejor?
Merlín asintió con la cabeza, sin ánimos.
El rubio sabía que si quería llegar a los aposentos del viejo, con Merlín caminando, iba a resultar peor, por lo que se lo ubico entre brazos.
-¿Qué haces? – inquirió Merlín, pero no trato de bajarse. Se sentía…a gusto allí. Le hacía recordar a algo, pero no sabía muy bien qué.
-Pienso llevarte con Gaius. – respondió, como si fuera lo más obvio y natural del mundo
-Puedo caminar por mi cuenta.
-Lo sé, pero no quiero que te lastimes más.
Y comenzó a subir los escalones, uno por uno, seguido por el callado de Gwaine.
-No voy a morirme. – Merlín estiro al cabeza, para poder observar el rostro de aquel fiel caballero que los seguía. – No te preocupes… - Trato de recordar su nombre, pero no lo logro.
-Gwaine. – susurró Arthur, para ayudarlo.
-…Gwaine. – y le regalo una sonrisa.
El caballero frunció las cejas, pero le devolvió la sonrisa.
-No soy tan idiota, ¿saben? – Ahora Merlín sabía que aquella sonrisa era sarcástica.
-Nunca he afirmado lo contrario.
El caballero hizo una mueca, y prefirió no contestar. Cuando estuvieron dentro del castillo, Arthur se encontró con sus demás amigos.
-Vayan a arreglar el campo. No más entrenamientos por hoy.
Y acto seguido, continuo avanzando, dejando sorprendidos a los cuatro, incluyendo Merlín.
-No hace falta, de verdad…- comenzó nuevamente el morocho, pero el rubio lo corto.
-Cierra la boca, Merlín. Al parecer, esa parte tuya tú memoria la ha preservado.
Merlín se calló. Si su Rey prefería que no dijera más nada…así lo haría.
Pero el no escuchar la voz tediosa de su sirviente ponía de los nervios al Rey; ya había pasado unos cuantos días sin sus idioteces.
-Era una broma, Merlín.
Pero, siendo broma o no, Merlín se mantuvo callado. No le gustaban aquellos tipos de broma.
En los aposentos de Gaius, Merlín él contó cómo se había sentido, y todo lo que experimento, y al finalizar, Gaius dijo con seguridad:
-Son los síntomas que quedan después de tal grave herida. Fue curada con magia, no lo olvides. Y fuiste salvada de una muy poderosa. Tal vez, el hechizo de Morgana tenía otros fines, pero al estar la presencia del druida, desvió sus intenciones. Pero aún no sabemos con firmeza que se traía en manos, y me extraña que el druida no haya venido, a decir verdad.
Arthur y Merlín se miraron, sin comprender una palabra de lo que acababa de decir.
La cicatriz ya no le dolía, y todo el malestar se le había pasado. Al parecer, fue por solo un momento.
-¿Por qué querría alguien borrarme la memoria?
-Eras muy aliado a Arthur, Merlín, y por lo consiguiente, una molestia en los planes para llegar hasta él. – explicó Gaius.
Merlín miro a Arthur, quien estaba sumido en sus pensamientos.
-¿No hay noticias del druida? – pregunto, decepcionado.
-¿Quieres que las hayan? – inquirió el viejo, un tanto sorprendido.
-¿Por qué no querría? – Eso no tenía lógica, obviamente que sí quería que las hayan. Quería recuperar su memoria….¿o no?
-¿Quieres recordar, Merlín? – pregunto con voz tierna el viejo, y esta vez, Arthur levanto la cabeza, preparado para escuchar.
Merlín medito la respuesta. Por un lado, sí quería: quería volverá vivir su vida, a tener sus recuerdos, a entender porque la gente lo apreciaba tanto. Pero por otro….¿en verdad quería volver a ser un sirviente, y a ser tratado mal? ¿En verdad quería volver a ser alguien…insignificante? No quería eso estaba claro. Pero, ¿Cómo decirlo en un modo que no pareciera desagradecido?
-A decir verdad, hay algunas cosas que prefiero no recordar.
Aquello tomo por sorpresa a ambos. Arthur se acercó a él, sin pensarlo dos veces.
-¿De que estas hablando, Merlín? – pregunto con dureza.
-¿Ves? ¡Ahí está lo que no quiero recordar! ¿En verdad me tratabas tan mal?
-¿Tratarte mal? ¿Eso piensas? – Aquello Arthur no lo podía creer. ¿eso era lo único por lo que no quería recordar?
-Lo lamento, ¿piensas que decirme inútil y humillarme es tratarme bien? – Merlín sintió como la rabia comenzaba a fluir nuevamente por sus venas.
-¿Y crees que es tratarte mal?
Merlín lo fulmino con la mirada, y se levantó de su asiento.
-¿Nunca te preguntas porque eres tan idiota? – susurro Merlín.
Arthur apretó la mandíbula con fuerza, y miro a Gaius, quien, con los ojos como platos, negó con la cabeza rápidamente. Pero a Arthur ahora le importaba un bledo la memoria de Merlín, le estaba tomando el pelo alguien que no conocía, porque a decir verdad, aquel Merlín él ya no lo conocía.
-Sígueme. Ahora. – ordenó con voz real.
Salió de la habitación como un rayo, dispuesto a llegar a sus habitaciones y poder hablar mas tranquilo.
Y pensar que hacía unos pocos minutos, lo estaba cargando en brazos, ayudándolo a que no se descompensara…
Pero, ¿qué era lo que estaba pasando con él? ¿Por qué tenía esos arranques de cambiar de actitud? A veces estaba contento, y parecía que se acordara de todo, incluso de sus viajes y momentos juntos, pero luego, a los pocos minutos, volvía a cambiar de actitud, optando por una más agria y enojada, y peleándose, casi siempre, con Arthur.
El problema era él: él y sus actitudes. Él y como lo trataba. Él y… y….
Maldición, no podía hacer aquello. No podía dirigirse con paso enojado y serio a su habitación, para hablar con alguien que nunca lo entendería, con alguien que, si no recuperaba la memoria, seguramente lo odiaría.
¿Qué había pasado con él? ¿Dónde estaba el Merlín que conocía? Lo quería de vuelta, lo más pronto posible.
De pronto, se paró en medio del pasillo, obligando a Merlín a hacer lo mismo. Y de improviso, lo agarro por los hombros y lo arrastro hacia la pared.
-¿Qué diablos…? – dijo sorpresivo Merlín.
Arthur se acercó a él, como había hecho aquella noche, antes de que partiera con Frederick, antes de que fuera hacia su perdición de memoria. Antes de que se fuera de su lado.
Pronto recordó lo que era estar tan cerca de él, lo que era tenerlo en su poder, lo que era tenerlo a su merced.
-Vamos, Merlín, mírame a los ojos y dime que no me recuerdas. Mírame a los ojos y dime que has olvidado todo lo que vivimos juntos. Vamos, dímelo.
Merlín estaba ahora verdaderamente espantado. ¡Él no se acordaba de nada! ¡Él ahora no quería recordar nada! ¿Qué eran ellos dos? ¿Por qué estaba tan desesperado el Rey?
Y por sobre todas las cosas, ¿por qué estaba tan cerca suyo?
Intento decirle que se aleje, pero cada vez Arthur estaba más cerca. Ni siquiera podía mirar hacia otro lado que no fuera el rostro del Rey, contraído por la pena.
No iba a responder. No quería. Sabía que le hacía daño, y por alguna razón, eso también le dolía en parte a él.
-Arthur… - murmuro. – Déjame.
Pero Arthur no estaba dispuesto a soltarlo. No ahora.
-Vamos, Merlín. Dime que no te acuerdas de nuestras locuras, dime que no te acuerdas de los momentos en los que reímos juntos, de los momentos en que pensamos que todo se iba a acabar, en los momentos desesperantes. Dime que no te acuerdas de mí.
-¿Y que gano con decírtelo?- tenía sus manos rígidas al lado de su cuerpo, sin poder moverlas.
-Tú solo dilo.
-Déjame, Arthur. – Merlín ya se estaba hartando de aquello. Ya no quería saber más nada. Esta situación era verdaderamente extraña para él.
En ese momento, Gwaine apareció corriendo con su capa ondeándole detrás.
-¡Arthur! – gritó.
Lo tomo por la espalda, tratando de separarlo de Merlín, pero Arthur se resistía. No iba a dejarlo.
-Vamos, Merlín, solo dilo.
Gwaine consiguió despegar las manos de los hombros, pero, obviamente, el Rey tenía más fuerza que él, por lo que de un solo movimiento, se lo quitó de encima, y volvió a acercarse a su amigo perdido, quien exclamo con miedo:
-¡No te me acerques!
Arthur se quedó en la mitad del camino, aunque un poco cerca de Merlín.
-Di que no me recuerdas. – susurro, y sintió la mirada de Gwaine clavada en él.
Merlín fijo sus ojos azules en los suyos, y lentamente, murmuro:
-No te recuerdo, y por el momento, dudo que quiera hacerlo.
