Perdón por la demora.
Sintió la mano de Gwaine apretándole el hombro, mientras que él seguía mirándolo tristemente, sin dar crédito a sus oídos.
Podía notar el nerviosismo de Merlín. Podía notar lo incomodo que estaba, sabiendo que él era la única causa por la que estaba así.
Lentamente, dio unos pasos hacia atrás, y Merlín se despegó de la pared, inhalando profundamente. Mientras, Gwaine los miraba, confundido.
-¿En verdad piensas eso? – susurró Arthur, con la voz conmocionada.
El mago no respondió, y mirando fijamente a los ojos a Gwaine, inclino la cabeza y comenzó a caminar, dándole la espalda a su Rey.
Pasaron unos minutos antes de que su leal caballero le haga hablar.
-¿Arthur?
-Merlín ha perdido la memoria. – dijo sin más. ¿Para qué comenzare a mentir nuevamente? Era mejor que, al menos, un amigo cargue también con eso.
-Se sentía de maravillas cuando llegaron, ¿no es así?
Arthur asintió.
-¿Por qué no os dijiste, Sire? – en su voz, una cierta tristeza y dolor asomo.
El rubio solo se encogió de hombros.
-No quería preocuparos. Bastante tengo yo ya sabiéndolo.
-¿Alguien más lo sabe? – inquirió.
-Gaius. – hizo una pausa y pensó en contarle todo, desde la herida hasta el druida que lo salvo. – Gwaine…hay algo más. – dijo en un susurró.
-¿Piensas contármelo?
Una ráfaga de viento les despeino el cabello, y les calo hasta los huesos. Aquel era una primera señal en que el invierno se estaba acercando.
-Por ahora, no. – contesto, al cabo de un rato.
Gwaine lo miro atentamente, y sonriendo débilmente, palmeo el hombro de su Rey y se dirigió a sus aposentos. Pero antes, le informo:
-Sí no quieres que hable con nadie, lo haré. El secreto está a salvo conmigo.
Arthur le hubiese contestado, pero siguió observando el pasillo por donde se había retirado su viejo amigo. Lo había arruinado todo. Lo sabía. Sabía que Merlín lo odiaba mucho más de lo que él se odio a si mismo cuando pensó que no podía salvarlo.
Dioses, esto era un infierno. Se había descontrolado, y la situación se le había ido de las manos. Y ahora, ¿cómo iba a hacer para que el morocho recupere su confianza? ¿Cómo iba a ser para que volviera a hacer el mismo?
Sólo había una solución: era hora de acudir a la magia.
Merlín llego a los aposentos del viejo hecho una furia, y ni bien entró, se dirigió a su habitación, dispuesto a armar su mochila y marcharse.
¿Qué le pasaba al Rey? Y mucho peor, ¿qué le pasaba a él?
Esa no era su forma de actuar, él siempre había sido tolerante, comprensible y bondadoso. Sabía que el Rey estaba pasando por un momento no muy bueno, por lo que tendría que haberlo tratado mejor, pero no pudo.
¿Por qué? Simple: el Rey podía sacarlo de sus estribos al instante.
Sintió la presencia de Gaius en su espalda, pero eso no impidió que dejara su trabajo.
-Merlín, ¿está todo bien?
-No, no lo está. – contesto a instante que se daba la vuelta para verlo.
El viejo pudo ver la mochila, pero no se sorprendió de lo que estaba haciendo. Sabía que de un momento a otro, su aprendiz iba a decidir marcharse. ¿Cómo, sino, él iba a soportar todo lo que soportaba antes?
-Merlín, escucha…
-¿Qué quieres que escuche? – pregunto interrumpiendo. No quería que le cuente nuevamente toda la historia de que no podía decirle todo al instante, de que sería mejor que recuerde por sí solo, que Arthur y él eran amigos inseparables…
Para Merlín, todo aquello ya se estaba tornando en puras mentiras.
-Merlín, hay un propósito por el cual seas el sirviente del Rey. – Dijo Gaius decidido, tenía que evitar que Merlín se marchara.
-Sí, y lo sé.
-¿Lo sabes? – Eso no se lo esperaba. Sí sabía, ¿Por qué se iba a marchar?
-El propósito es que he sido muy idiota; ese es el propósito.
Y dándole nuevamente la espalda, continuo cargando con las pocas camisas que poseía. Lo tenía decidido, iba a marcharse, iba a irse nuevamente con su madre, donde estaba su verdadero hogar.
Pero Gaius no se iba a dar por vencido. Aquel, claramente, no era el propósito.
-Tu destino esta aliado con el de Arthur, Merlín. El propósito de que llegues a un Reino donde la magia está prohibida es simple: revertir esa vieja y estúpida ley. Siempre fue tu destino, Kilgharrah mismo te lo dijo.
Merlín cerró la mochila y ató los nudos fuertemente, escuchando apenas lo que le estaba relatando su antiguo maestro.
-Merlín escucha atentamente. – el viejo se acercó al mago, apoyando una mano en su hombro. – No puedes marcharte. Mucha gente desea la muerte del Rey, pero, al igual que ellos, otra cree que él será el que devuelva la libertad de la magia en Camelot. Y esa es tu misión: ayudarlo.
-Ni siquiera sabe que yo tengo magia. Y sí él es el indicado, ¿Por qué me he callado todos estos años? Tranquilamente puedo ir y demostrarle lo que soy; y luego veremos que hace con ello. – murmuro en un tono frío y despectivo.
Gaius alzo su ceja, como habitualmente hacía. Sus temores, lamentablemente, se estaban volviendo realidad: el Merlín que él conocía seguramente no hubiera icho eso; sabría que la situación era peligrosa para hacerlo, y hubiese pensado dos veces antes de hablarle así.
Sólo había una forma de comprobar que Morgana no había alterado más que sus recuerdos.
-Merlín, mírame.
El mago obedeció sin importancia.
Gaius agarro la mandíbula del chico e hizo alzarle la cabeza, para que el sol le pegue en los ojos y pueda observarlos. El iris estaba bien, seguía manteniendo su color azul. Susurró unas palabras, que se convirtieron en ojos amarillos en el rostro de Gaius, y espero. Y, gracias al cielo, el iris de Merlín seguía intacto.
Soltó la mano de la mandíbula y sonrió triunfante.
-¿Qué ha sido eso? – Pregunto Merlín, desconfiado. ¿Gaius practicaba la magia, y nunca se lo había dicho?
-Comprobé sí Morgana estaba manipulándote, pero según observo sólo eres un niño asustado y caprichoso, enfadado por no recordar.
-Eso no fue gracioso.
El médico suspiro. Convencerlo iba a ser más difícil de lo que él creía.
-¿No quieres poner la magia en libertad nuevamente?
Merlín lo pensó, y al cabo de unos minutos, dijo:
-Sí no pude hacerlo cuando tenía mi memoria sana, ¿Qué va a lograr ahora que lo haga? Además, aquel destino era para el Merlín que tenía su memoria, no para este que la ha perdido.
-El destino nunca cambia.
-No, sólo empeora. Y cada minuto que estoy aquí, me voy sintiendo cada vez más y más como un animal atrapado en una jaula.
-Es tu destino. – insistió Gaius.
-Era, querrás decir. Gaius, esto no es para mí. No puedo ayudar a alguien que me humilla y odia mi estupidez, que claramente no poseo. Sí sólo supiese que le he salvado el trasero muchas veces, como dices tú…
-Algún día lo sabrá. – prometió Gaius, aunque no sabía si eso era verdad. Pero Merlín no era tonto, ¿Por qué estar cautivo en un reino, cuando podía ser libre y practicar toda la magia que se le antojase? ¿Por qué estar al lado de alguien que no recordaba, y que por lo que empezaba a sentir, odiaba?
-Partiré mañana por la tarde. – informó. Sabía que era mejor partir por la mañana, pero se quería tomar aquellas horas para despedirse de todos, aunque no recordaba a nadie. Quería tomarse el tiempo de despedirse de Arthur, y darle los motivos por los que se iba.
-El invierno empieza mañana. – informo Gaius, tristemente, sabiendo que no podía hacer nada. – Será mejor que lleves abrigo y muchas provisiones.
Merlín le sonrió.
-Lo tendré en cuenta. Sabía que usted me entendería.
El viejo le devolvió la sonrisa, pero cuando se dio vuelta para marcharse, la borro por completo.
Arthur había circulado el bosque más de cuatro veces, y en eso, no había rastro de que el druida lo hubiese visitado.
Maldición, ¿y si el druida lo había engañado? ¿Y si en verdad él era el responsable de que Merlín haya perdido la memoria?
No, eso era una locura. Él confiaba en el druida, sabía que no le quedaba opción. Pero si él estaba mintiendo….
Un silbido penetrante recorrió las hojas tiradas del bosque, esparcidas por los fuertes vientos que provenían de todas direcciones.
-¿Quién va? – pregunto, cubriéndose la vista.
-Arthur Pendragon. – llamo una voz, que reconocería en cualquier lugar: la del viejo.
Espoleo su caballo en dirección norte, persiguiendo el silbido. Unos fuertes vientos no iban a impedir encontrar con él.
-¿Dónde estáis? – imploro. Llego al lugar rápidamente, pero allí no había nadie. Estaba solo, engañado por su imaginación. O eso hubiese creído, sí el viejo no se le hubiera aparecido mágicamente.
-No tenemos mucho tiempo. – informo, antes de que el Rey pudiera abrir la boca. – Tengo malas noticias: el hechizo pasara debido un tiempo, no hay cura más que el mismo tiempo.
Arthur sintió un alivio invadiéndole todo el cuerpo. ¿Mala noticia? Aquello no era una mala noticia.
-¿Eso es todo? – pregunto, sarcástico. ¿De verdad que eso era malo?
Sintió la mirada del viejo consumiéndolo.
-No lo pierdas de vista. – agregó, sombrío. – Sí Morgana le ha borrado la memoria con un hechizo que solo se cura con el tiempo, fue para conseguir beneficio.
-¿Y cómo iría Morgana a conseguir beneficio?
-Secuestrándolo, y convenciéndolo de que se una a él. ¿Qué mejor aliado que un sirviente sin memoria, humillado por su Rey? El plan es lógico, Mi Lord, y me apena que no se haya dado cuenta. Pero esa es la verdad: lo quiere solo como su títere.
Oh, eso sí que era una mala noticia. Pero no todo estaba perdido. Sí Merlín nunca se iba, nada malo pasaría, ¿verdad? Morgana no podía entrar en Camelot.
-Nada pasara sí Merlín no se marcha.
-¿Y usted está seguro de que no lo ha pensado? A cómo vi que lo tratabas con anterioridad, diría que si lo has tratado así sin que recuerde nada, a estas alturas estaría dispuesto con placer a traicionarlo.
Arthur apretó la mandíbula, disgustado. Eso ya lo sabía, por la manera como lo había tratado y mirado su amigo, sabía que lo odiaba. Y ahora sabía que podía marcharse en cualquier momento.
-¿Cuánto tiempo? – pregunto, acomodándose mejor para partir inmediatamente.
-Depende de cuán grande sea el deseo de recordar.
Arthur asintió con la cabeza y se marchó rápidamente. No quería perder un minuto más.
Cuando traspaso la puerta de su Reino, muchos caballeros le preguntaron si algo había ocurrido, pero no contestó a ninguna pregunta. Se dirigía rápidamente al aposento de Gaius.
Al llegar, no se molestó en tocar la puerta: entro directamente.
-¡MERLÍN! – grito, haciéndole acordar a los momentos de desesperación que le agarraba cuando su criado no aparecía para ayudarlo.
Y Merlín apareció de la nada, contestándole suavemente:
-¿Qué os pasa, Sire?
Arthur sintió unas ganas descontrolarles de correr hacia él y abrazarlo. Pero no lo hizo. Se mantuvo en su lugar, observándolo detenidamente.
Merlín comenzó a sentirse incomodo, por lo que pregunto con desconfianza:
-¿Se siente bien?
Arthur sonrió y negó con la cabeza.
-No sé ni lo que siento, Merlín.
El morocho se quedó callado, sin saber que decir y hacer, salvo seguir respirando y desviar la mirada de la del rubio. ¿Por qué lo miraba así? Así no se miraban los Reyes y criados…así no se miraban dos hombres, y punto.
-¿Quiere que le diga a Gaius sobre algo?
Arthur negó con la cabeza, sin sacar su mirada de él. Bueno, está bien, esto ya era demasiado.
Merlín le sonrió incómodamente y dio media vuelta, para encerrase en la habitación. Pero antes, agregó:
-¿Has hablado con el druida?
Esta vez, el Rey retiro su mirada de Merlín, sin saber que contestarle. Sí se lo decía, ¿cambiaba algo? Porque, si en verdad lo deseaba, ya se tendría que haber resuelto todo ese problema.
Espera, ¿y si Merlín no quería recordar? ¿Y sí Merlín se quería quedar sin aquellos recuerdos?
-¿Sire? – llamo Merlín.
Arthur levanto la mirada, y mintió:
-No ha aparecido.
Y dando media vuelta, volvió a sus aposentos.
En el camino, se cruzó con Gwaine, quien lo retuvo para preguntarle si había algún cambio, pero tristemente, Arthur le informaba que todo seguía igual.
O peor.
Al entrar en su habitación, la encontró desértica, como de costumbre desde que Merlín se había marchado. Y, cansado y harto de todo, se metió en la cama.
La noche había caído sobre Camelot, y con ella, adelantado, el invierno.
Las mantas y el fuego no servían para mantener el frio alejado; parecía como si este se infiltraba por cualquier hueco que encontraba, y se calaba hasta los huesos, haciendo despertar a cada rato al Rey.
-Maldición. – murmuraba.
En una primera vez, prendió el fuego por sí mismo, sabiendo de antemano como hacerlo. Pero, pasada una hora, volvió a despertarse, con el mismo frío que antes.
Añadió una, dos, tres, hasta cuatro mantas en su cama, compadeciendo a los que no tenían más que una.
Volvió a pararse para buscar otra, pero en su baúl y armario ya no quedaban más. ¡Cierto! Las había mandado a otra habitación cuando había empezado el otoño.
Frustrado por no poder dormir, agarro una camisa, una chaleco de cuero, y una capa de pieles y salió en busca de ora manta.
Los pasillos estaban más helados que su propia habitación, y cuando pasaba frente a los guardias, pensó que al volver les iba a proporcionar alguna que otra sabana, ya que el pequeño fuego que habían hecho no les alcanzaba.
Sabía que para ir a buscar la manta, tenía que pasar por los aposentos de Gaius, y eso implicaba también pasar por donde estaba durmiendo Merlín…
Se le ocurrió parar y tocar la puerta, pero ¿para qué? Solo el antiguo Merlín le abriría y lo dejaría pasar a su habitación, el "nuevo" solo le cerraría la puerta en la cara, y con razón.
Suspiro y se caló más la capa, y cuando paso, no pudo evitar sentir curiosidad: de debajo de la puerta, por el hueco, se filtraba la luz de un fuego.
Arthur se quedó parado como un idiota frente a la puerta, pero cuando recordó que era en vano, volvió a caminar, cuando alguien a sus espaldas dijo:
-¿Sire?
Era Merlín, su voz y su formalidad nueva era inconfundible.
Se dio vuelta lentamente, sin estar seguro sí aquello era lo correcto o no.
-¿Qué haces levantado? – inquirió. Merlín alzo las cejas.
-Podría preguntarle lo mismo.
Arthur asintió y sonrió: esa respuesta era digna de él.
-Voy en busca de otra manta. – Y pronto se percató de la vestimenta que llevaba su amigo: la de siempre. - ¿Qué haces que no estas abrigado? – le reprocho, sacándose la capa y poniéndosela en los hombros.
Merlín pareció avergonzado.
-No puedo dormir. – se acomodó la capa, y agradeció con un gesto.
Arthur cambio el peso hacia su otra pierna. Esto era incómodo.
-¿Pesadillas o recuerdos? – preguntó.
Merlín lo miro tristemente.
-¿Quiere entrar? – Abrió la puerta, remarcando la invitación.
El Rey lo miro durante unos cuantos minutos, pero sabiendo que si esperaba más, toda la habitación se congelaría, entro rápidamente.
Al cerrar, se encontró con que Gaius dormía con unas cuantas pieles y mantas encima de sí. Y reconoció que una era de su sirviente.
-La necesita más que yo, ¿no crees? – dijo Merlín, cuando se percató de que Arthur estaba mirando aquel gesto con bondad. Eso sí que era una acción de su antiguo amigo.
Sonrió al recodar.
-Algunas acciones tuyas no cambian, Merlín. – murmuro.
El mago lo miro atentamente, para luego reírse con complicidad. Al menos, había conservado algo que su Rey conocía.
-¿Quiere algo? Iba a prepararme algo caliente.
Quiero tantas cosas. – pensó con angustia. Pero no podía decirle aquello.
-Sí, un té de hierbas. – respondió, sentándose frente al fuego. - ¿Te ayudo?
Merlín volvió a reír bajito.
-¿Ayudarme? Supongo que causara más problemas que cualquier otra cosa.
Arthur se quedó callado, sorpresivo. Bien, esto era raro. Primero, ¿invitarlo a entrar, y luego bromeando con él? ¿Y no estaba ofendido como antes?
-Merlín, ¿qué has recordado?. – era lo único que se le ocurría. De seguro, algún recuerdo había acudido a su mente.
El mago depósito los vasos delante suyo, y cuando Arthur agarro el suyo, noto como Merlín lo miraba impasible.
-Te sentiste fatal al saber que no podías salvarme, ¿Verdad? – pregunto, de pronto.
Arthur sostuvo a medio camino el vaso. Con que….se había acordado de aquello.
-Sí. – se limitó a responder.
-¿Bromee todo el camino hasta la cueva?
Volvió a responder con un sí apenas audible. Y sí…¿ se había acordado de lo que había pasado dentro de ella? Eso sería vergonzoso y humillante.
-¿Y una vez allí, trataste de parar el dolor, verdad?
-Sólo lo empeore. – agrego rápidamente. Había querido decirle eso desde hacía unos cuantos días. Había querido decirle que lo lamentaba, que ese no era su propósito. Había querido decirle tantas cosas.
La voz de Merlín seguía siendo firme y clara, pero cuando hizo la última pregunta, noto que se estaba quebrando por el llanto:
-¿Qué pasó allí?
Arthur levanto la mirada y se encontró con los ojos azules, acostumbrado a ver, que lo miraban llorosos. Otro rasgo más del antiguo Merlín que conocía.
-No pude salvarte. – susurró.
-No te hablo de la herida; te hablo de nuestra relación.
Arthur hizo silencio, y volvió a depositar el vaso en el suelo. No iba a contárselo, no podía. Y no era por su orgullo, sino, por la salud de su amigo.
-Puedes confiar en mí.
Y aquel comentario fue el que hizo que Arthur se levanta bruscamente, con la intención de abandonar la habitación e irse a su cama nuevamente. Pero Merlín fue más rápido, por lo que agarro su muñeca.
-Necesito saber, por favor.
-No, no necesitas. Estas mejor sin los recuerdos. – mintió, para poder escapar, mintió, para tratar de aliviar todo su dolor.
-Mientes. – las lágrimas comenzaron a resbalarle por las mejillas. – Arthur, ¡por favor!
No podía, no, no y no. Simplemente, no podía decirle que se habían besado. ¿Cómo lo tomaría?
Agarro el picaporte entre sus manos, y tiro de él, para irse rápidamente, sin antes decir:
-Sabes que puedes decirme cualquier cosa, pero no hagas que yo recuerde. Por favor, pide cualquier cosa menos eso.
Y salió.
A la mañana siguiente, Merlín seguía con la idea de marcharse. Y más con lo que había pasado. Necesitaba alejarse por un tiempo. Necesitaba poder recordar tranquilo, sin saber que tendría que ver a Arthur sin recordarlo.
Agarro la mochila lentamente, y sin hacer mucho ruido, se despidió del viejo, que aún dormitaba. No iba a poder hacerlo mientras estuviese consiente. Por eso se había despedido mientras dormía.
Recorrió los pasillos por última vez, sin recordar también.
Sabía que aquella mañana, el Rey se encontraba en el salón principal, reunido con sus caballeros, una opción ideal para decirle adiós.
Sintió las piernas más pesadas, y cuando se paró delante de la puerta, la abrió sin vacilar. No había marcha atrás, no podía arrepentirse ahora.
Cuando su presencia se hizo notoria, Arthur dejo de hablar, y lo miro, expectante, como un Rey lo hace.
-¿Merlín? – pregunto, para que hable.
Sintió las miradas de todos los presentes clavadas en él.
-Vengo a avisarle de que parto hacia mi hogar. – dijo sin más, en un murmuro, tomando todo el aire que sus pulmones le permitía.
-¿De qué hablas, Merlín? Tu hogar es este. - le respondió Arthur, sorprendido y asustado.
Merlín contuvo el aliento, y sintiendo el latir fuertemente de su corazón, volvió a susurrar:
-Abandonare Camelot.
Acuérdense, ¡Dejen sus reviews, que siempre me hacen feliz ! Acepto criticas también. Cualquier duda o algo que no les guste, díganme, que todo sirve.
