Los bandidos no tardaron en aparecer.

Venían de todas partes: flanco derecho, flanco izquierdo, por delante y por detrás. Los caballeros se habían esparcido entre el lugar del combate: Arthur peleaba en la izquierda junto con Elyan, Percival peleaba solo por detrás, Gwaine paraba a los que iban por la derecha y Leon, a los que iban por delante.

Todos tenían su lugar. Todos, excepto Merlín. Aunque Arthur lo había dejado quedarse con ellos, le había dicho que bajo ninguna circunstancia pelee, ya que conocía muy bien las habilidades de su amigo en el campo de batalla. Y el manejo de espada no era su fuerte.

Merlín miraba para todos los lados, y sabía que sí utilizaba su magia para ayudarlos, se delataría. Por lo que se quedó observando como sucedía todo, sintiéndose un completo idiota.

Sus amigos iban ganando, pero cada vez que veían la oportunidad de irse, mas bandidos aparecían por doquier.

En un momento, en el cual Arthur había dejado de pelear junto con Elyan, porque de su lado ya no venían más, tomo un respiro y observo la situación.

Frunciendo los labios, se unió a Leon, el cual ya se le notaba lo cansado que estaba.

Elyan se acercó a Merlín.

-¿Te encuentras bien? – preguntó en voz baja.

Merlín frunció las cejas.

-Soy yo el que debería preguntaros eso. – respondió, examinando el corte que tenía en el brazo.

-Se me pasara. No es nada. – aseguró, agarrando nuevamente la espada, y uniéndose a Percival.

Merlín negó con la cabeza. Sí Elyan no se miraba la herida, puede que se le infectase más tarde.

Para no sentirse un estorbo, se dirigió al lugar donde momentos antes estaban peleando sus dos amigos. Los cuerpos inertes de los hombres estaban esparcidos en el cuero, algunos con varios tajos.

Trato de no mirar aquello: nunca le habían gustado las luchas. Pero bueno, aquellos se habían buscado su muerte.

Observando concentrado en el suelo, no se dio cuenta de que Arthur le gritaba desde atrás.

-¡Merlín!

El mago seguía concentrado en los cuerpos del suelo.

-¡Merlín! – exclamó una vez más, cuando llego a su lado. Merlín no quito los ojos del suelo. No podía quitarlos. – Merlín…- susurro el rubio, al darse cuenta de aquello. Sabía los pensamientos y sentimientos de él respecto a aquella situación.

-Es extraño, ¿no crees? Nacemos con el propósito de vivir y aprender, pero morimos en el intento. La mitad abandona el camino cuando ya casi alcanza su objetivo.

Arthur lo miro, paciente. Por lo menos, su sirviente había conservado aquella parte que tanto apreciaba él.

-Es la ley de la vida. – murmuró.

Merlín alzó la cabeza y examino el rostro de su amigo.

-¿No te han dicho alguna vez, qué nunca abandones tus metas y sueños, porque nunca sabes que tan cerca estas de cumplirlos? – Arthur paseo la vista, para no tener contacto con Merlín al responder:

-No. Nunca.

-Mi madre me lo repetía siempre. – volvió la vista al suelo. – A veces pienso que aquello no tiene sentido. ¿Cómo se cumplirá tu sueño, sí se trata de algo que ya no está, y nunca volverá?

El rubio suspiro. ¿Por qué le decía aquello? ¿Acaso volvió a recordar otra cosa?

-Me gustaría conocer a mi padre. – dijo de pronto. – Nunca lo he conocido, ¿sabes? A no ser que sí, pero que no recuerde. ¿Lo he visto alguna vez, Sire?

Arthur no sabía que contestar a aquello. No, que él sepa, nunca lo había conocido. ¿Cómo no lastimar los sentimientos de su amigo?

-Yo…

-No digas nada. – Merlín se encogió de hombros.- Algún día lo conoceré.

Arthur le sonrió tristemente, sabiendo que no podía verlo. Puso una mano sobre su hombro y la apretó afectuosamente.

-Tenemos que marcharnos. – informó.

Merlín asintió levemente con la cabeza, al tiempo que se giraba y se dirigía con los caballeros.

En el camino, se encontraron con que los caballos habían sido desatados. Al parecer, los bandidos que pudieron huir se los habían robado, junto con todas sus pertenencias.

Nadie dijo nada, estaban lo suficientemente cansados para acotar palabra. Merlín fue a recoger un poco de agua, para aunque sea poder saciar la sed. Les dijo que tendrían que buscar un refugio y no avanzar más: no había prisa por seguir.

Aquello le gusto a Arthur. Un poco más de tiempo con su amigo no le vendría nada mal. No luego de saber que aún quedaba esperanzas para convencerlo.

Iban caminando por el medio del sendero, cuando de pronto comenzaron a oír voces. Se pusieron atentos, y quietos en el medio del lugar, pero cuando Arthur reaccionó y entendió que eran más enemigos, los hizo despabilar y movilizar.

Gwaine, Elyan, Percival y Leon se dirigieron al lado derecho del sendero, escondiéndose detrás de unas rocas y ramas. Merlín se quedó en el medio del camino, cuando ya Arthur se había dirigido a la izquierda. Cuando llegó y descubrió que todavía Merlín seguía inmóvil, se apuró a sacarlo de allí, arrastrándolo. Pero, como siempre las cosas con apuro salen mal, al soltar a Merlín y agacharse bajo los arbustos, su sirviente se tropezó y cayó encima de él.

Cómo la vez en la cueva. Exactamente igual. Salvo que ahora estaban sus amigos para ver aquello, y estaban tratando de no reírse.

-Merlín. – murmuró Arthur ofendido, tratando de sacárselo de encima. Pero Merlín le detuvo los brazos que lo estaban empujando y lo hizo callar, señalándole al hombre calvo que acababa de aparecer.

Por entre los huecos que dejaban las ramas pudo observar como los caballeros desaparecían tras la roca, escondiéndose.

Arthur hizo lo mismo, y obligo a su amigo a recostarse sobre su pecho, atrayéndolo de los hombros.

-No hables. – le susurró en el oído, haciéndole cosquillas.

Merlín puso los ojos en blanco. Era lo mismo que le dijo a él mediante señas segundos antes.

Con el hombre calvo aparecieron dos más, vestidos igualmente que los bandidos anteriores. Los habían seguido hasta allí, y sabían que estaban cerca. Si no, no se hubiesen detenido a observar.

-¿Jefe? – preguntó el más enano y regordete.

El "jefe" cerró los ojos e inhalo aire profundamente. Luego, cuando volvió a abrirlos, se le pusieron dorados y sonrió con malicia.

-Están aquí. – murmuró, dirigiendo la vista hacia los arbustos. – Tienen algo que queremos con vida.

-Hechicero. – Susurró Merlín, que tenía mayor vista que su Rey.- Mi lord, es un hechicero.

-¿Qué es lo que querrán con vida? – pregunto, con intriga.

Y Merlín sabía la respuesta: a él. ¿A quién, sino?

Sí él no se entregaba, los caballeros iban a correr grave peligro. ¿Qué querría un hechicero, con vida? Era obvio. Y la que lo buscaba era Morgana. Al parecer, ya no podía aguantar la espera.

Y Merlín le iba a satisfacer ese deseo, pero sólo para no poner en peligro a sus compañeros.

Cuando intento pararse, Arthur lo detuvo, cómo si hubiese leído su pensamiento.

-Morirán si no me entrego. – le murmuró, mirando al cielo nublado.

Sintió los dedos de Arthur aferrarse todavía en su muñeca.

-No, Merlín.

-Es un hechicero. – busco el final de su hombro y apoyo su cabeza en el suelo, para poder girarla y mirar a los ojos a Arthur. – No tienen oportunidad alguna.

-¿Y tú qué sabes?

Merlín tomo aire. Sabía muchas cosas.

-No hay que ser un genio para comprender la magia, Sire. – trató de explicar, sin ofenderlo.

Arthur lo miro desconcertado, pero encogiéndose de hombros como pudo, giro la cabeza y miro nuevamente al cielo. Merlín volvió a espiar nuevamente por los huecos de los arbustos, pero no veía gran cosa.

Ahora, el calvo seguía mirando para todas direcciones, y hablando con sus compañeros.

-¿Son más de uno? – pregunto el enano regordete, ansioso. Al parecer, el flaco no hablaba mucho. -¿No ha venido el muchacho solo?

-No, Nathaniel. Hay más de uno.

-¿El Rey? – trato de adivinar. Su boca era demasiado grande para su cara, sin hablar de la nariz en forma de pico. Pero por lo menos, este tenía un poco más de pelo que su jefe.

-Y los caballeros. – agregó el flaco, hablando por primera vez. Su voz era grave y siniestra, mientras que la del jefe era más suave.

-Esto le agradara a la señora…sí, sí, claro que le agradara. – Nathaniel comenzó a andar en círculos, con la cabeza gacha y retorciéndose las manos, como si estuviese planeando un plan. – Nos recompensara bien, ya lo verán…

-Calla, imbécil. – El flaco le dio un puñetazo en el brazo, para que no siguiera diciendo cosa delante de los caballeros.

-Son dos genios y un imbécil. ¿Qué puede salir mal, Merlín? – le murmuró el rubio, cuando su amigo volvió a recostarse sobre él. Dioses, si alguien veía eso….sería muy vergonzoso. Pero si se lo quitaba de encima, harían mucho ruido, dado que al lado suyo estaba lleno de hojas secas.

Peor suerte no podrían tener.

-¿Qué puede salir mal? Uno es un hechicero. – le recordó.

-¿Acaso le temes a la magia? – pregunto, con una sonrisa en el rostro. - ¿A eso también le temes? Bueno, la lista ya es bastante larga, asique una cosa más no cambiaría nada.

-No le temo a la magia, Sire. – apretó los dientes y se mordió la lengua para no soltar que él mismo la poseía. Pero no pudo contenerse a quedar como un completo estúpido. - ¿Y tú no le temes a la magia? Después de todo, la magia ha hecho que pierda la memoria y no te recuerde.

Quizás no debería haber dicho eso. Quizás solo tendría que haber sido más listo y pensar que eso afectaría y molestaría al Rey.

Arthur se acomodó bajo suyo y pudo sentir lo enfadado que estaba. En otras palabras: lo había estropeado todo.

-No fue mi intención decir eso… - reconoció Merlín, cuando ya el daño estuvo hecho. – A veces hablo sin pensar…

-¿A veces? Yo diría que siempre.

-Sire….

-Déjalo, Merlín. – lo hizo callar, para que no siguiera embarrando la situación. Pero no contento con su reacción, suavizo el tono y se disculpó: - También tienes que tener en cuenta que la magia fue la que te salvo.

Merlín sonrió para sus adentros y siguió observando a los bandidos.

Ahora, el Jefe estaba de espaldas, hablando seriamente con sus dos secuaces.

-…escapar. – llego a escuchar Merlín.

¿Escapar? ¿Dejar escapar o no dejar escapar? Maldición, ¿Por qué se había perdido de la conversación?

El jefe se dio la vuelta, y mirando en dirección al arbusto donde se encontraba escondido sirviente y Rey, levanto una mano. Luego, comenzó a murmurar palabras en lengua extraña; un hechizo. Merlín trato de no escucharlas, pero no pudo: cuando los ojos del druida se pusieron en dorados y el hechizo dio certero al blanco, Merlín comenzó a sentir un dolor insufrible.

Se agarró el costado izquierdo, donde tenía la cicatriz, y gimió bajito. No iba a gritar. No iba a delatarlos.

No…no iba… Con la mano derecha formo un puño y se lo llevo a la boca, donde se mordió fuertemente la piel, para poder dejar de sentir la sensación de ardor en la cicatriz. Pero aun así, sintió como un fierro volvía a traspasarle los músculos.

Cuando Arthur reaccionó, hizo lo único que se le vino a la mente: lo agarró por el pecho y lo atrajo hacia sí, murmurándole incoherencias en el oído, como aquella vez.

-Merlín…

El morocho seguía gimiendo, y su cara seguía desfigurada por el dolor. Tenía los ojos cerrados fuertemente y la mandíbula apretada, y rogaba que el dolor pase rápidamente.

Su pecho bajaba y subía rápidamente, tratando de conseguir todo el aire que podía.

-Arthur. – susurró, sin saber por qué. Aquel nombre le hacía sentir confianza y seguridad.

-Estoy aquí, Merlín. – respondió, con los labios pegados al oído.

Merlín se agarró del pantalón de Arthur, en el extremo de la rodilla, y comenzó a tironear de ella.

Mientras, el mago sonreía, sintiéndose victorioso al saber que su hechizo estaba tomando efecto.

-Siento tu dolor, muchacho. Ven, sal de donde te escondes y acércate a nosotros. Te aliviaremos el dolor. Sólo basta con unirte a nosotros.

-No lo escuches. – le susurró Arthur. Merlín asintió con la cabeza.

-Merlín… - siseó el druida. – Vamos, Merlín, sal de donde te escondes. El juego ha acabado. Ellos no son tus amigos. Ellos son tus enemigos. Únete a mí, Merlín, únete.

Merlín volvió a inhalar hondamente y dejo de apretar la rodilla de su Rey. Aunque el dolor no disminuía, sentía algo dentro de él que hacía que no tuviera las ganas y el deseo de estar cerca de Arthur.

¿Acaso el hechizo tenía otro punto? ¿Uno emocional? ¿Por qué de pronto sentía eso, cuando minutos antes estaba susurrando su nombre?

-Merlín. – dijo en voz firme Arthur. Él sabía lo que estaba haciendo el mago. Lo querían a Merlín con vida, y a ellos muertos.

El morocho trato de levantar la cabeza y mirarlo, pero Arthur le facilito el trabajo. Agarro la barbilla de su amigo entre los dedos y le alzo al cabeza.

-El mago… - trato de explicar Merlín, señalándose el pecho con la mano derecha.

Arthur asintió sin entender, pero cuando comprendió, cerró los ojos y maldijo por lo bajo.

-No escuches.

-¿Cómo? – alzó las cejas, y cerró los ojos nuevamente.

Mientras, el mago seguía susurrando por lo bajo:

-Ven, ven, sí el dolor quieres parar. Te daremos la solución, pero antes, un pacto tendrás que sellar.

Merlín soltó por fin la cicatriz y se tapó los oídos con las manos. Arthur lo obligo a recostarse nuevamente sobre él, apretándole los hombros.

-Vamos, Merlín. Solo un rato más.

Arthur trato de observar por los huecos nuevamente, pero no pudo observar más allá que al mago entonando esas estúpidas palabras. Sus amigos estaban escondidos bien, ya que el calvo no les prestaba atención a ese lugar.

Cuando Merlín pensó que el dolor iba a pasársele, una serie de imágenes le asaltaron la memoria. Recuerdos.

-¿Por qué me besaste?

-¿Por qué no me paraste?

No, no…. ¿que…que era aquello?

Lágrimas. Arthur estaba llorando. Porque él le había dicho que acabe con el sufrimiento. Pero no lo hizo. En cambio, lo beso. Cómo había recordado. Sí, pero había más.

Los labios de Arthur se amoldaban perfectamente a los de Merlín, y mientras que él deseaba que aquel beso no terminase jamás, Arthur ya se había sentado a horcajadas de él, descendiendo por el cuello.

Merlín había susurrado su nombre, y en respuesta, Arthur había vuelto a sus labios, mientras que el morocho se aferraba a su pelo.

No….no… Basta. Era…suficiente. ¡Basta!

Dejo caer las manos de sus oídos para apretarse la sien, cómo sí con esto pudiera borrar los recuerdos que acababa de vivir.

¿Por qué Arthur no le había contado aquello? ¿Por qué cuando se lo pidió, no lo había hecho? ¿Qué era lo que sentía por él? Y mucho peor, ¿Qué era lo que pensaba? ¿Tenía miedo acaso?

Cuando alzo la cabeza, se encontró con que estaba sentado, apoyado con la espalda en el arbusto, y ya no había ninguna voz, ni ningún mago. Pero el dolor seguía presente, sin poder calmarlo.

Y fue ese dolor el que le hizo darse cuenta de que Arthur lo estaba observando.

-¿Merlín? – pregunto, confuso y desconfiado.

Merlín levanto la mirada y lo miro con odio. ¿Lo llamaba por su nombre como si no hubiese pasado nada entre ellos? ¿Acababan de estar tirados, él encima del Rey, como si fuese una situación normal?

Seguramente, antes le había gustado que se encontraran así.

-No… - murmuró, extendiendo la mano y tratando de poner distancia entre ellos.

Se llevó las manos al cuello y trato de volver a sentir esa sensación. Pero no pudo. Había sido un recuerdo de lo que había pasado, y de lo que nunca volverá a pasar.

Se paró como pudo, tambaleándose de un lugar a otro, y cuando quiso dar un paso, se cayó de bruces al suelo.

Arthur lo ayudo enseguida, obviamente.

Sí se preocupa tanto por mí. – Pensó sarcásticamente Merlín.- Tanto que ni siquiera me cuenta las cosas que son realmente de importancia. Las cosas que dice que es mejor que las olvide por completo y no recuerde. Claro, así haría de cuenta de que ese momento no existió y no manchaba su orgullo y honor. Que patético.

-Merlín, ¿Qué has recordado? – pregunto con dureza.

Oh, que inteligente es, Mi Lord.

-No…déjame. – camino hacia atrás y se tropezó, cayéndose nuevamente.

El costado no dejaba de dolerle, por lo que volvió a gemir y a gritar, ahora sin contenerse.

A propósito, ¿A dónde se había dirigido el mago?

-Merlín, Merlín. – llamo Gwaine. En seguida, todos los caballeros lo rodearon.

El morocho no tenía las fuerzas suficientes para responderle, pero sí para que en su mente, miles de recuerdos vuelvan a invadirla.

Una pelea. Gritos. Órdenes. Una palabra clave: mío.

El rubio acorralándolo en sus cámaras. El rubio diciéndole que no iría con un tal viejo. El rubio confesándole lo que sentía. Solo Mío. ¿Esas dos palabras bastaban para hacer que él se quedara?

Al parecer, no, ya que se había marchado de todos modos.

No, no, no. ¿Así había empezado todo? ¿Así fue como lo había arruinado del todo? Esto era imposible de sobrellevar. Necesitaba respuestas. Y esta vez, iba a hacer lo que fuera necesario para conseguirlo. Lo que sea.

Volvió a abrir los ojos, y se encontró con todas las cabezas inclinadas sobre él. Pero cuando notaron que necesitaba espacio, volvieron a ver la herida.

-Era verdad. – escucho que le decía Leon.

Elyan y Percival miraban la herida con demasiado miedo.

-¿Qué es lo que quería conseguir? Con dolor nadie hará lo que te digan.

-La magia es…. Peligrosa. – murmuró Percival.

-No, los hechiceros son los peligrosos. – corrigió Arthur.

Oh, genial, esto es el colmo.

Merlín ahogo una risa falsa, que todos comprendieron como un grito de dolor. Sí solo supiera lo peligroso que podría llegar a ser…

Cómo sabía que esto iba a tardar mucho, y nadie iba a poder calmar el dolor, pronto se le ocurrió una idea para despistarlos.

Inclino la cabeza hacia arriba y, conjurando un rápido hechizo, la herida dejo de dolerle. Los caballeros, sin ser torpes, notaron eso y comenzaron a preguntar de donde había venido.

Sí estaban solos…Oh, mierda.

Vamos, Merlín, piensa en algo.

-Allí. – murmuró roncamente. Levanto el brazo como pudo y señalo hacia el otro extremo del camino– Entre los arbustos, alguien acaba de desaparecer.

Los caballeros se miraron entre sí. Nadie había visto y escuchado nada. Y Merlín comenzó a sentir miedo. ¿Lo habían descubierto?

-¡Rápido! ¿A que esperan? Un mago suelto es muy peligroso. – los apuro, diciendo lo último con voz sarcástica, pero sin que ellos se dieran cuenta.

Arthur asintió con la cabeza e hizo que los demás vayan en su búsqueda, mientras que él se quedaba con Merlín. Justo como quería que pase.

Cuando sus amigos desaparecieron por la maleza del bosque, Arthur miro a Merlín, fulminándolo con la mirada.

-¿Qué ha sido lo de recién?

¿Se refería a la magia? No, era muy idiota para saber aquello. Seguro se refería a su actitud.

Merlín emitió un gruñido y se puso de rodillas como pudo. Arthur estaba entre ayudarlo o no, y prefirió la última. Cuando vio que su sirviente se encontraba mejor, volvió a preguntar, pero el morocho lo interrumpió:

-Cállate de una vez.

Oh, no. No debería haber dicho aquello. Quizás podría ser su amigo y algo más, sí, pero no debía olvidar que era su Rey.

-¿Cómo has dicho? No te he escuchado bien. – murmuró, apretando los dientes.

Merlín sonrió irónicamente y volvió a decir:

-¿Es que su orgullo también tapa a sus orejas?

-Merlín, te lo advierto, soy tu Rey.

-¿Sí? Bien, ¿y yo que soy?

Dioses, esto no tenía ningún sentido. Cuando el rubio observo que era inútil seguir aquella conversación, se calló rápidamente y no dijo más. Se sentó como indio a esperar que los caballeros regresasen.

Pero eso molesto a Merlín.

-Eso es lo que siempre haces tú: callarte. Guardas silencio cuando más son necesarias las palabras.

Arthur se encogió de hombros, ignorándolo.

Merlín se mordió los labios en señal de desesperación y, sin aguantar más, se abalanzó sobre el desprevenido Rey.

Rodaron por el suelo unos dos metros, y cuando Arthur se lo quitó de encima, Merlín rápidamente agarro su espada.

Ya no sabía que estaba haciendo. Ya no sabía si aquel acto era por influencia del mago o por sí mismo. Ya no entendía nada.

Arthur se quedó estático en el lugar, sentado, mientras que Merlín se paraba lentamente y se acercaba a él, con la espada en mano, y apuntándolo.

-Merlín, baja la espada. – murmuro lentamente, cómo si le hablase a un animal herido.

-Antes contestaras a mis preguntas. – decidió él, sin quitarle la mirada de encima, mostrándose seguro de lo que hacía. Pero en realidad, no estaba seguro respecto a nada.- De pie. – ordenó, moviendo la hoja. – Vamos, ¡he dicho de pie! – gritó, exaltado.

Arthur asintió con la cabeza y se incorporó lentamente, mostrándole que no haría nada.

-¿Al menos puedes decirme que es lo que te ha llevado a hacer esta locura?

-Los recuerdos. Y tú estúpida actitud. – respondió, con la adrenalina a flor de pie.

-¿Qué has recordado? – volvió a inquirir.

-Yo soy el que tiene la espada. Yo hago las preguntas. – recordó el mago. Arthur negó con al cabeza, sonriente.

Aquella situación le daba risa.

-Tú con la espada eres más inútil que un caballo con vestido.

¿Es que nunca iba a poder dejar de insultarlo?

Merlín se le unió a su sonrisa, pero falsamente, y se acercó a él. Arthur no desperdició la oportunidad y trato de quitarle la espada, pero, misteriosamente, Merlín vio venir aquello y se agacho, y cuando Arthur quedo a su merced, le paso la hoja afilada por el cuello, amenazándolo.

-Merlín, ¿Qué estáis haciendo? – inquirió realmente con miedo. ¿Dónde estaba el Merlín con el que acababa de bromear? ¿Dónde estaba el Merlín con el que acababa de hablar amistosamente? ¿Dónde?

-Intentado que respondas.

-No me has hecho ninguna pregunta. – se quejó.

-¿La cabeza solo la tienes ocupadas con armas que no puedes saber a qué quiero que respondas?

El rubio cerró los ojos y trato de pensar en ello. De seguro que su amigo quería hablar de sus recuerdos. Pero, ¿qué más había recordado?

-¿Qué paso en la cueva? – aventuro el rubio.

Merlín sonrió y le murmuro al oído.

-¿Lo ves? No sois tan idiota.

-¿Qué quieres que responda, Merlín? – pregunto, dispuesto a decirle la verdad.

-Me he acordado de todo lo que ha sucedido allí. – dijo sin más, aguantándose las lágrimas. No iba a llorar. No esta vez. – Me he acordado de como intentaste salvarme, de cómo limpiaste mi herida, de cómo cargaste conmigo. Y también…- hizo una pausa y tomo aire. – También me he acordado del beso, y con eso me refiero también al cuello.

Delante suyo, Arthur tenía los ojos cerrados y trataba de que no le afecte el relato de Merlín. Pero no pudo. Cada situación que describía, era como una puñalada para él.

-¿Es verdad, Sire? Lo que le digo, ¿es verdad?

Tardo unos minutos antes de responder.

-Es verdad. Todo es verdad.

Merlín apretó el mango de la espada y tuvo deseos de cortarle la cabeza allí mismo.

-¿Por qué no me lo ha dicho cuando se lo pregunte? – susurró, con la voz dolida.

-Era mejor que olvides aquella parte. – reconoció el Rey, intimado.

-¿Por qué?

Arthur suspiró.

-¿De qué servía que tú te acuerdes de eso? Era mejor que no lo recordaras, así te aliviaría gran parte del dolor y confusión.

-¿Quién hablo de que estoy dolido? – pregunto con asco. Aunque en verdad lo estuviese, no lo iba a dar a conocer.

El rubio volvió a cerrar los ojos.

-¿Confuso?

-Sí, y enfadado.

-¿Por qué has de estar enfadado, Merlín? – Arthur estiro el cuello y lo apoyo en el hombro de Merlín, para verlo a los ojos.

El mago no quito la espada de su cuello, al igual que sus ojos de los de él.

-Porque me mentiste.

-Nunca te he mentido.

-No, me has ocultado la verdad.

-Para que no te sintieras mal al recordar. – acotó rápidamente.

-¿Qué te importan a ti mis sentimientos? Después de todo, ya no somos nada, ¿Verdad? – inquirió con voz dura y mortífera.

-Nunca lo fuimos. – contesto con el mismo tono. Sí Merlín quería jugar este juego, pues, que jugara. Él mismo ya lo había jugado antes.

Merlín parpadeo varias veces, sorprendido.

-Vaya, eso aclara mis dudas. – murmuro, retirando la espada del cuello del rubio y dejándolo en libertad.

-¿Sabes que amenazar a tu Rey trae severas consecuencias?

-No estamos en los dominios de Camelot. Y nunca volveré al reino. No hasta que recuerde, y cuando junte todo el valor para pisar nuevamente aquel lugar, habrá de pasar varios años. – respondió, algo triste y cabizbajo.

Al menos, ya tenía entendido porque el Rey no lo le había confesado. No había sido por su orgullo y honor, sino por la salud de su sirviente. O eso quería hacerle creer. Pero ya daba igual. Ya todo daba igual.

-No lo dices en serio. – Aunque estaban a unos centímetros de distancia, Merlín seguía conservando la espada entre sus manos.

-No quiero sufrir más. Cada recuerdo de aquel lugar es…. mortífero para mí, Arthur. – dijo más compasivo.

Arthur asintió lentamente, y cuando iba a contestar, vio entre las sombras de los arboles la silueta de un hombre, con un arco en mano.

Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, se lanzó sobre Merlín y lo tiro al suelo. La flecha paso zumbando por sus oídos y fue a clavarse en el tronco de un árbol.

Cuando Merlín quiso levantarse, Arthur lo reprimió:

-Deja tus inútiles recuerdos para otro momento, Merlín. Estamos en peligro.

¿Inútiles recuerdos? ¿En serio? Lo miro por entre las hojas esparcidas y trato de comprender porque había dicho eso, sí recién estaban hablando lo más tranquilo y compasivo posible.

Los cambios de actitud en ambos no coordinaban a la perfección; directamente, no coordinaban.

En la cabeza de Merlín todavía rondaba una pregunta que quería hacerle, que no se atrevió a hacer antes, pero que ahora la iba a plantear.

Levanto la cabeza para mirar por encima de su hombro, y no vio a nadie entre los árboles.

Cuando Arthur se paró y le extendió la mano, el morocho la tomo, pero cuando ya estuvo de pie, lo empujo fuertemente y, agarrándose entre ambos, cayeron del camino, rodando pendiente abajo.

Las hojas se le metían en la boca junto con el barro; rogando que fuera barro y no otra cosa.

Cuando por fin pararon de dar varias vueltas, entre quejidos e insultos, Arthur cayo boca arriba y Merlín a horcajadas de él, impidiéndole que se levantara.

-¡Pero Merlín, ¿Qué estáis haciendo?

Trato de buscar su espada, pero esta había caído unos metros más allá, por la culpa de Merlín, ya que se la había puesto en la cintura.

-Hay algo que no te he preguntado, que deseo mucho conocer. – respondió, intentando con mucho esfuerzo controlar, con las manos, los brazos de Arthur, y mientras que con las piernas, dejarlo improvisto de incorporarse nuevamente.

-¿Cuál es esa pregunta?

-¿Por qué nos llevamos tan mal? – Arthur clavo la vista en él y luego rompió a reír. Que pregunta ridícula.

-No nos llevamos mal, Merlín. Esa es nuestra relación.

-Pues qué relación rara. – remarco el mago, todavía insatisfecho.

-¿esa era tu pregunta, Merlín? ¿Ese era el motivo por el que nos arrojaste por una pendiente abajo? – pregunto, con la voz llena de enfado.

-Oh, no, Mi Lord. Le aseguro que tengo muy buenas razones para hacer esto.- respondió, con la voz llena de maldad.

-¿Sabes? El papel de malo no es tu fuerte, Merlín. – acotó frunciendo las cejas. – Nunca lo ha sido.

Eso porque no conoces lo "peligroso" que puedo llegar a ser.

-¿En serio? Y yo que pensaba que sí….

-Vamos Merlín, se me están acalambrando las piernas. ¿Cuál es la pregunta? ¿Tienes miedo acaso de formularla? – desafió, echando la situación a la suerte.

Merlín lo miro intensamente a los ojos, y luego de pensar con mayor claridad, decidió que ya estaba listo para preguntarle.

-¿Qué es lo que pasaría si yo…. – trato de encontrarle mayor coherencia, pero no pudo. Cerró los ojos buscando las palabras adecuadas. Mientras, Arthur o miraba divertido, con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Qué pasaría si tu…? – lo animo Arthur.

Merlín sonrió y volvió a abrir los ojos.

-Aquella vez no me detuviste cuando te bese…. Bueno, en realidad yo no te detuve, porque has sido tú el que se ha adelantado. – Rio al recordar. A Arthur se le había borrado la sonrisa de la cara. - ¿Qué pasaría si te besara ahora? ¿Me detendrías?

El tiempo pareció congelarse en aquel instante. Ambos se miraron sin pestañear, cómo si no quisieran perderse ni un movimiento que diera el otro.

Merlín esperaba paciente la respuesta de Arthur, y confiado, se levantó, dejándolo libre. Lo primero que hizo Arthur fue estirar las piernas, pero sin dejar de observarlo. Luego, aclarándose la garganta, intento decir algunas palabras, pero no sabía cuales elegir.

El mago se acercó lentamente a Arthur, quien todavía estaba estático en el lugar por lo que acababa de decirle. Aunque el rubio se encontraba arrodillado, Merlín seguía moviendo despacio, cómo si no quisiera poner en peligro toda la situación.

Ya había conseguido un avance: el Rey no había salido huyendo.

Arthur sabía las intenciones que tenía su amigo, pero aun así, no se movió. Siguió cada movimiento con sus ojos, hasta que se detuvo frente a él, a unos escasos centímetros. Tan escasos que podía sentir su respiración.

Sabía que Merlín tenía miedo, y también mucha confusión, por lo que no hizo ningún movimiento brusco cuando el morocho levanto el brazo y ubico su mano en su pómulo izquierdo. Es más, cerro sus ojos, anhelando ese contacto hacía mucho tiempo.

Pensó que iba a morir cuando Merlín descendió hasta su boca, y ubicándose en el labio inferior, lo acaricio con el pulgar.

Arthur sintió una descarga eléctrica en todo su cuerpo, y tuvo ganas de abalanzarse sobre la boca de su sirviente y decirle que no, que estaba equivocado: que nunca lo detendría.

Pero no, tenía que mantener la compostura, tenía que demostrar ser un hombre y un Rey. Y aquello no iba a suceder si andaba besando a su sirviente.

Merlín siguió con su lenta tortura, y mientras que Arthur se debatía si aquello era bueno o era malo, el mago lo estaba disfrutando realmente.

Sí solo Arthur pudiera ver su cara…. Todos darían por sentado que él le estaba permitiendo hacer cualquier cosa.

Y por ese mismo motivo fue por el que acerco aún más su cabeza, hasta rozar sus labios. Y antes de que se arrepintiera, al ver su cara de desconcierto, inclino el rostro y pego, por unos breves segundos, sus labios con los de él.

Si fuese por Merlín, el beso hubiese durado mucho más. Ahora entendía los deseos que habría sufrido en la cueva, al sentir el calor de los labios de Arthur. Pero no. El Rey se hizo para atrás, rompiendo cualquier vínculo y contacto que se pudo lograr.

-Merlín, no. – dijo con tono seguro, pero los labios le traicionaron. Ambos sabían que aquellos querían más.

Merlín se mantuvo distante, sin dejar de observarlo con odio. ¿Por qué lo detuvo?

-¿Te doy asco acaso? – pregunto, herido.

-¿Qué? No, Merlín… - suspiro, y refregándose los ojos, trato de explicar:- Escucha, Merlín…esto, esto está mal.

-Lo sé.

-Lo que hicimos…también estuvo mal. Y tiene que quedar como un secreto.

-Lo sé.- volvió a repetir.

-Y sí lo sabes, ¿Por qué me besaste? – preguntó, realmente enfadado. Hacía dos minutos antes lo estaba apuntando con una espada.

-Supongo que quería comprobar sí así vendrían nuevamente mis recuerdos. – se excusó, encogiéndose de hombros.

-Merlín, eres un inútil. Los recuerdos no vienen porque besas a alguien.

El mago se incorporó bruscamente, ofendido tras su reacción.

-Y tú un cobarde. – murmuró, negando con la cabeza, y dirigiéndose cuesta arriba, para emprender nuevamente la marcha.

-¿Cómo has dicho? – Arthur se incorporó también, y trato de alcanzarlo, pero antes quiso recoger su espada.

-¡Dije que eres un cobarde! – gritó, dándose vuelta. Y cuando comprendió la cara de espanto de Arthur no supo a que venía aquella. - ¿Y ahora qué?

Y tras decir aquello, escucho unos aplausos lentos y sarcásticos.

-¡Bravo, bravo! Una escena realmente conmovedora.

Merlín se dio la vuelta rápidamente y se encontró con el mago que, anteriormente, había conjurado el hechizo que hizo hacerlo sufrir. Más ensuciado que antes, se encontraba apoyado contra un árbol, con las armas guardadas y la mirada expectante.

-¿Por qué no vuelves a repetir aquello? Eso de "eres un cobarde". Repítelo, vamos, muero por volverlo a oír.

Merlín estaba tan concentrado que no había escuchado lo que paso detrás de su espalda.

-Arthur… - dijo, dándose medía vuelta, para tener una señal de que hacer.

Pero Arthur no podía hacer nada ahora, ya que se encontraba tomado por los brazos en la espalda por los dos bandidos anteriores. Estaba arrodillado a la fuerza, y su espada la tenía el hombre flaco e inteligente.

-¡Arthur! – exclamó Merlín, dirigiéndose a él. Pero el mago fue más rápido.

-No, no, no, Merlín. No compliques mi trabajo. – dijo, generando una barrera entre sirviente y Rey por unos segundos, para poder atraer a Merlín consigo.

-¿Qué quiere de mí? – pregunto, sin sacarle la vista a su Rey, quien lo miraba con profunda lastima y perdón.

-Yo no quiero nada, Merlín. La que quiere algo es mi Señora.

-¿Morgana, no es así? Tu señora tiene nombre, y creo que es mejor llamarlo por el cual.

El mago sonrió, astuto.

-No eres tan idiota como ella menciono. – reconoció.

-No soy tan idiota como muchos piensan. – contraatacó Merlín.

-Bueno, Merlín, de eso no puedo asegurarme. Sólo quiero que me acompañes, está bien. Mi trabajo es llevarte con ella…

-Para unirme a su lado. Sí, se cuál es tu trabajo.

-Los rumores son sólo rumores. – murmuró el jefe. – Tú crees que ella te quiere a su lado para complacer tus necesidades, y para hacer que la traición genere angustia a tu Rey. Esa última parte tiene algo de cierto, pero de todos modos, lo que en verdad quiere, es que cuando llegues donde ella habita, recuperes tu memoria, y con un hechizo le cuentes todo lo que sabes sobre Camelot.

-¿Y luego? ¿Cuándo no le sea de más utilidad?

EL jefe se encogió de hombros.

-Esa parte no es de mi importancia. Yo solo estoy aquí para asegurarme de que vayas con ella. Cueste lo que cueste.

-No iré a ninguna parte contigo. – le reprocho, alejándose y volviendo con Arthur.

-Niño, creo que no entiendes las cosas. – susurró el mago, con una sonrisa cruel.

Le puso una mano en el hombro y lo obligo a voltearse, y cuando lo hizo, desprevenido, el jefe le pego un puñetazo en la cara, haciéndolo caer del impacto.

-¡Merlín! – gritó Arthur, removiéndose en su sitio, tratando de librarse. Pero era inútil. Estaba amarrado más que con la fuerza de los hombres: también con magia.

El mago sintió un fino hilillo de sangre recorrerle la mejilla. Los anillos que tenía en los dedos le había abierto la ceja izquierda.

Como pudo, volvió a estar de pie, y llenando sus pulmones de aire, volvió a decir:

-Ella me quiere vivo, y si sigues golpeándome, dudo que le valga de algo.

Al principio, se sintió victorioso, pero luego lo lamento.

-Ella te quiere vivo, sí, pero nunca hablo de no golpearte. Dijo que te traiga por todos los medios posibles. Y a esto – levanto su mano convertida en puño- lo considero un medio.

Merlín borro la sonrisa de la cara y cerró los ojos.

-Tú decides, muchacho. O te hago sufrir o vienes sin rechistar.

-Nunca me iré con vosotros, aunque eso me cueste la vida. – defendió su palabra. Defendió su promesa. Él no iba a traicionar a sus amigos.

-Tu vida no, pero, ¿la de tu Rey? Puede morir aquí, o luego. En ti esta la decisión de alargar sus días. – desafió.

-Así ya no me necesitarían. – acotó.

-Es verdad, pero ¿Quién quiere una guerra aburrida? Morgana quiere matarlo personalmente, me dijo que solo te traiga a ti. Así que, muévete de una vez, y sígueme.

Se dio la vuelta, confiado en que el debilucho lo iba a seguir, pero se equivocó. Merlín camino hacia atrás, hacia Arthur.

-No, Merlín. – le susurró este, pero no le importo. Siguió caminando, y cuando estaba lo suficientemente cerca, los ojos del jefe se pusieron amarillos y Merlín salió volando por los aires, hasta aterrizar del otro lado.

-Merlín, Merlín, Merlín, ¿es que nunca aprendes? – pregunto con voz danzante, mientras se acercaba a él.

El morocho sentía un fuerte dolor en la nuca, y las cosas se movían cuando abrió los ojos. El golpe que había recibido era feo, y cuando trato de volver a paparse, no pudo coordinar los movimientos y cayo boca abajo.

Arthur trato de decirle algo al mago, pero los bandidos lo hicieron callar. Al parecer, sólo querían que sufra y que contenga las palabras dentro de la boca.

Todo lo que podía hacer era mirar el cuerpo de su sirviente rendido, tendido allí, vulnerable. Traro de gritarle que se parara, que hiciera algo, pero no pudo. Las palabras no salían de su boca.

De repente, Merlín se movió lentamente, y se incorporó tambaleándose.

-Yo sabía que te levantarías. – murmuró, confiado el jefe. – Sé que eres fuerte. Asique, vamos. Ya me estoy hartando de este jueguito.

-No. – volvió a repetir, temblando.

El mago sonrió ante ese sentimiento.

-¿Ya no estás tan seguro de tu decisión, verdad? Estas comenzando a dudar de tu lealtad.

No era eso lo que estaba ocurriendo. Merlín temblaba porque estaba conteniendo su magia, para no usarla y salvarlos. Aunque, sí seguía tornándose así….

-Nunca dudaría de mi lealtad.

-Hace un rato no decías aquello. Hace un rato decías que tu Rey era un cobarde.

-Y porque lo sea no lo voy a abandonar.

-¿En serio? ¿No te diriges a tu pueblo de nacimiento? ¿A tu hogar?

Merlín calló. Pero el mago siguió.

-Vamos, muchacho. Ambos sabemos que no quieres hacerlo, pero no tienes opción.

-¿Y que pasara cuando me marche? El Rey sabe el plan, estará preparado.

Arthur cerró los ojos, disgustado. ¿Y si Merlín cedía finalmente? ¿Y si llegaba a pasar lo que Elyan dijo? ¿Y si los traicionaba y actuaba bajo la influencia de Morgana? No podía dejar que eso pase.

-Lo pondré bajo un hechizo, que le hará olvidar aquella parte. Pero no antes de que vea tu traición, y sufra por ello. Esa parte la dejaremos latente. Un poco de sufrimiento adicional no le vendrá mal.

-¿Por qué? ¿Por qué mejor no vivir en armonía? – inquirió Merlín. Siempre había detestado las guerras.

-Él no puede vivir en armonía con un hechicero, Merlín. ¿Es que no lo ves? El malo en esta historia no somos nosotros, sino él. Él y su estúpido padre, junto con las estúpidas leyes de Camelot.

El jefe estaba tratando de convencerlo, pero no lo iba a lograr. Merlín sabía que eso no era así. Él podía cambiar el futuro.

-La magia no es peligrosa. – dijo, para que los presentes lo escuchasen.

-No, pero los magos sí. – murmuro Nathaniel, hablando por primera vez.

-No, he conocido a magos que eran buenos. – respondió Merlín. Arthur abrió los ojos, confundido. ¿Merlín sabía de magia, y nunca le había contado?

El jefe rompió a reír.

-¿Lo ve? Ya existía la traición en tu corazón antes de perder la memoria. ¡Contactabas con magia cuando en Camelot estaba prohibida!

-No. Yo no hablo estando en Camelot, sí no recuerdo anda. Le habló de antes.

Arthur reprimió una risa, pero no pudo contenerla durante mucho tiempo, por lo que se le escapó de entre los labios, y Merlín se le sumo, haciendo quedar como un inútil al Jefe, quien no tolero aquello e hizo que Nathaniel le pegara un puñetazo al rubio.

Arthur gimió y maldijo por lo bajo, mientras que Merlín ya se encontraba delante del mago.

-Para esta locura. – suplicó.

-Ven conmigo. – Sonrió, y le tendió la mano.

Merlín la miro durante unos breves momentos, y cuando giro para volver a ver a su amigo, se encontró con que este le estaba devolviendo la mirada, suplicando que no lo hiciera.

-Merlín, no… - susurró.

El morocho le sonrió tristemente, y cuando decidió tomarle la mano, ocurrió algo que no esperaba.

De la sombra de los árboles, aparecieron dos personas en caballo, que bajaron rápidamente y liberaron a Arthur, lanzándole su espada.

Mientras que Arthur y los dos misteriosos luchaban contra los bandidos, Merlín aprovecho para hacerle frente al enemigo, que estaba desconcertado ante aquello.

-Puedes decirle a Morgana que espere sentada mi unión, porque se cansará estando de pie.

El mago sonrió antes de que Merlín pudiera acotar otra cosa:

-Ella te encontrará. Ella siempre encuentra su objetivo. Ella ya fue avisada. Morgana viene a por ti, Merlín. Y no podrás esconderte.

Y cuando iba a utilizar la magia para remarcar aquello, Arthur apareció de atrás, agarrándolo del brazo.

-Vamos, Merlín. Súbete al caballo.

-Pero… ¿y ellos?

-No hay tiempo. – respondió, arrastrándolo fuera del campo de pelea, y obligándolo a subirse, dejando al jefe en pleno estado de desorientación.

Cuando Merlín dirigió la vista hacia los desconocidos, descubrió que los conocía. Eran los que se había encontrado ni bien había despertado. El druida y el ayudante.

Ambos le sonrieron cuando comenzó a galopar, sabiendo que existía una posibilidad de que no loes volviera a ver.

Arthur lo obligo a ir a la cabeza, y así estuvieron todo el día marchando, entre la sombra del bosque, sin buscar a sus amigos. Arthur lo había tranquilizado diciendo que seguramente se habían encontrado con que desaparecimos, pero que estando todos juntos, nada malo les puede haber pasado.

Cuando la noche volvió a caer, acamparon en un lugar apartado.

Arthur se bajó del caballo y se tiró al suelo, exhausto. Y luego de todo lo que habían pasado Merlín no sabía que decir.

Al final, fue Arthur el que empezó al charla.

-Pregunta lo que quieras. Luego de lo de hoy, creo que lo mínimo que mereces es saber lo que desees.

Desconcertado y animado ante aquella oferta, no la desperdicio.

Hizo un pequeño fuego mientras pensaba todas las preguntas que tenía para hacerle, mientras que Arthur se dedicaba a contemplarlo en silencio.

Luego de varios minutos que parecieron eternidades, Merlín se atrevió a hablar:

-Sólo tengo una pregunta que me apetece que contestes con sinceridad.

Arthur levanto las cejas, y lo miro con sus ojos celestes. Tenía una mano sosteniéndole la barbilla, por lo que los labios los tenía algo tapados.

-Dime.

-¿En verdad crees que te hubiera traicionado?

Arthur calló unos instantes, y luego contesto:

-¿Realmente esa es tu pregunta? ¿Gastas mi oferta en una pregunta que te puedo contestar cuando quiera?

-Tiene importancia para mí. – se excusó Merlín.

Arthur suspiro.

-No Merlín, creí que ibas a hacer algo idiota e ibas a poner tu vida en riesgo. En verdad deseaba que me traiciones. Por lo menos iba a saber que no corrías tanto peligro como ahora.

-Entonces….No te entiendo, Arthur. – dijo luego de pensarlo dos veces.

El rubio sonrió.

-Nadie me entiende a veces, Merlín. Ni yo mismo.

-Bien.

Se mantuvieron en silencio todo un rato, y antes de dormirse, Arthur le pregunto:

-¿No hay anda más que quieras saber?

-Probablemente, pero ahora no recuerdo.

-Yo si tengo una pregunta para ti, Merlín. – dijo el rubio, acostado en el frio suelo, de espaldas a la hoguera.

-¿Sí, cuál es? – respondió medio adormilado Merlín, sintiéndose seguro. Él estaba mirando la espalda del Rey, y cuando este se dio vuelta para preguntarle, lo hizo con voz extremadamente baja:

-¿Por qué no me traicionaste? ¿Por qué estabas dispuesto a dar tu vida por mí?

Merlín no lo pensó dos veces.

-Porque eres mi amigo, supongo.

Arthur sonrió, queriendo escuchar eso.

-Hay más en ti de lo que creo posible, Merlín. – Volvió a darse la vuelta y a acomodarse.- Buenas noches, mi amigo.

-Sí, Arthur. Hay más en mi de lo que crees posible. – Sonrió al cielo estrellado, rogando que el mañana le entregase mejores situaciones.

Era entrada la mañana cuando Merlín se despertó. No tenía más sueño. Había dormido de un tirón y ahora se sentía con ganas de andar y andar. Pero no sabía hacia dónde. Sí hacia su pueblo o hacia Camelot.

Sí irse con su madre o con su amigo.

Sí cumplir con su destino, o dejarlo tirado a la buena de Dios.

De pronto, le entró curiosidad por explorar el lugar, y sabiendo que su amigo no iba a despertarse muy pronto, comenzó la marcha, adentrándose en el bosque.

Los arboles eran más bajos que de costumbre, y siguiendo un sendero llegabas a un gran lago, de extensas orillas.

Merlín no sabía que lago era aquel. Nunca lo había recordado en sus múltiples exploraciones de cuando era niño.

Sin saber lo que le esperaba allí, se adentró. Y cuando lo hizo, un gran viento azoto las ramas de los árboles.

Merlín se cubrió la cabeza, pero siguió avanzando. ¿Qué había sido aquello?

Al llegar a la orilla, se encontró con algo que nunca hubiera esperado: una enorme criatura lo estaba esperando, sonriente. Un dragón.

-¿Tú…tú eres…? – tartamudeo Merlín, con el deseo de echar a correr.

-Así es, Merlín. Soy Kilgharrah. El portador de tu destino.

-¿Tú…tú fuiste el que me hablo de Arthur?

-Así es, Merlín.

El dragón hablaba como sí Merlín lo recordase enteramente, mientras que la verdad, no recordaba nada.

-¿Qué haces aquí?

-Me aseguró de que cumplas con tu destino. – respondió, con lo que parecía ser una sonrisa.

-¿Tú…me has estado vigilando todo este tiempo?

-Así es, Merlín. Yo avisé al druida de tu situación. Por mi es que aún están los dos con vida. Cometiste un error al marcharte de Camelot la primera vez, y cometes un segundo al hacerlo nuevamente. ¿No lo veis, Merlín? Tu destino esta con Arthur, y hoy lo has demostrado. Aunque a veces te exasperes, no te rindas jamás. Estas más cerca de lo que crees, Merlín.

-¿Más cerca de qué? –pregunto confuso.

-De cumplir con tu destino. De que la magia vuelva a reinar en Camelot. ¿No es eso lo que todos ser con magia quiere?

Merlín se mantuvo callado, pensando. Bueno, el dragón lo conocía bastante bien, al saber que hoy había demostrado su lealtad y ganas de seguir con su destino.

-No sé cómo hacerlo. No sé si hago lo correcto. – admitió al fin.

-Merlín, todos en algún momento de su vida sienten que las cosas no tienen rumbo, pero no por ello dejan de intentar. Imagínate un mundo donde todos, al primer error o desorientación que tengan, abandonen todo. ¿Qué sería del mundo entonces? Merlín, es normal temerle a lo desconocido, y es normal que te sientas inseguro. Pero, sí tú te rindes, ya no habrá esperanzas para Camelot. Piensa en eso.

Y extendiendo las alas, quiso remontar vuelo, pero Merlín lo retuvo:

-¡Espera! ¿A dónde vas? Todavía no has resuelto mis dudas. Tengo varias preguntas que hacerte. – dijo desesperado.

-Merlín, las dudas que tienes solamente las puedes resolver tú. No hay tiempo, alguien viene.

Y antes de echar a volar, le murmuro algo más:

-Tengo un regalo para ti. Escondido detrás de esos arbustos – los únicos que había a la derecha de donde se encontraban- hay un medallón mágico. Póntelo. Lo vas a necesitar.

Y dicho esto, desapareció en el cielo.

Merlín fue rápidamente a buscar en los arbustos, y cuando encontró el collar de bronce gastado, sin dudarlo, se lo puso en el cuello, escondido bajo su pañuelo.

Recordando las últimas palabras del dragón, se puso alerta. Y cuando entendió a lo que se refería, cuando junto las pistas que había reunido a lo largo de los días, cómo lo que le había dicho el jefe, se paró delante de la gran masa de agua, escuchando unos pasos detenerse detrás de él, mientras que también escucho un ruido proveniente de su izquierda, que llegaba justo a tiempo.

Merlín no sonrió, no pestañeo ni respiro cuando Arthur le comentó:

-Pero, ¡sí aquí estas! Te he estado buscando.

-No eres el único que me buscaba. – dijo sombríamente.

-¿A qué te refieres? – Arthur frunció el ceño.

-No estamos solos.

Y mirando hacia la izquierda, obligo con la mirada a que Morgana saliera de su escondite.

Bueno, gracias a todas/os por leer, y por mandar sus reviews. Me hacen muy feliz. Me rio mucho. Este es el penuntilmo capitulo. Espero que lo hayan disfrutado todo, desde principio a fin. Gracias por seguirlo. ¡Hasta nuevo aviso!