Lo acercó para besarle como él le había ordenado, quizá suplicado ¿Qué podía saber? No estaba en sus cabales en esos momentos.

Correspondió al beso, algo más fiero que la primera vez, dejando entrever al chico que verdaderamente estaba consiguiendo llevarle al límite. Aquella sensación tan placentera que comenzaba a emerger en sus adentros le había nublado completamente la razón y lo único que quería en esos instantes era sentir más al menor

Se desabrochó la camisa, despacio, buscando acabar piel contra piel, pues la ropa le resultaba increíblemente molesta. Jamás había sentido su cuerpo encenderse tan rápido.

El finlandés lo imitó, más sonrojado de lo que Oxenstierna jamás lo había visto. Pero sin embargo, bonito.
La camiseta no tardó demasiado en quedar desparramada por el suelo, junto con su vergüenza. A ella le siguió la impoluta ropa superior del sueco, al cual no pareció importarle que fuese a acabar en tan mal lugar y a arrugarse, para colmo.

VäinämoÏnen se sentó a horcadas sobre él, rozando perversamente su reciente erección contra el bulto del mayor consiguiendo que éste se replantease seriamente si sería indicado tomarlo o no tan rudamente hasta el punto de, quizá, hacerle daño. Aún quedaba algo dentro que le susurraba, preocupado, que no debía hacerlo dado que no quiere herirlo, pero a cada delirante roce esa voz se ahogaba poco a poco en el olvido.

-Berwald…-Tino gimió contra sus labios mientras continuaba aquel desquiciante movimiento de cadera que iba a acabar llevando a ambos al borde de la locura.

Tomándolo de la cadera y pegándolo más a él, Oxenstierna logró tomar sus labios y acallarlo por un breve lapso de tiempo. Los mordió y los succionó, despacio, y sus gemidos quedaron ahogados por unos instantes.

Se sentía deseoso de estar dentro del objeto de su perdición, de la persona por la que tantas veces había suspirado.

La imagen de Tino con la boca entreabierta, azorado y jadeante era lo único que necesitaba para que toda su cordura acabase cayendo del fino hilo del que segundos antes pendía.

-Métetelo…en la boca –jadeó, desabrochando su pantalón y tomando su miembro erecto entre las manos. Cumpliendo con aquello, Väinämoïnen se arrodilló ante su sexo y comenzó a lamerlo, desde la base hasta la enrojecida punta. Todo ello lentamente, buscando desquiciarlo. El menor no era tan inocente como Oxenstierna pensaba.

-D-dentro…-tomó el cabello del menor y lo empujó contra su erección- humedécelo, ayudará a…

Mordió el dorso de su mano, bastante excitado. El finlandés había introducido enteramente toda su extensión en la boca y ello había provocado que sus palabras se quedasen en el comienzo de su garganta.

-¿D-dónde está mi cartera?–preguntó, con un deje de inocencia fingido. Berwald alargó el brazo y tomó de la mesita, al lado del sofá, lo que le había pedido.

Con rapidez, cogió un preservativo de la billetera y lo rasgó. Oxenstierna echó la cabeza hacia atrás y suspiró, siempre había creído que Tino era alguien más pueril y recatado.


Arrodillado sobre el sofá, tomó ambos muslos del menor entre sus manos y lo introdujo lentamente en su interior. Pudo notar como sus adentros se contraían ante la intromisión, presionando poco a poco su miembro y excitándolo más de lo que ya estaba. El rostro del finlandés era ahora una mueca entre placer y dolor. Mordía su labio inferior con fuerza, intentando soportar aquello sin emitir quejido alguno.

-¿E-estás bien? –la voz, aquella que le decía de preocuparse, volvió a alzarse en su cabeza.

Nada más preguntarlo, sintió las piernas del menor entrelazarse en sus caderas, tirando de él contra sí e introduciendo todo su sexo de golpe en el interior. No quería hacerle daño, intentó apartarse pero en cada intento, lo apretaba más contra su cuerpo.

Un gemido rompió entre sus dientes nada más sentir de golpe todo aquel calor que, poco a poco, envolvía su extensión y lo instaba a terminar dentro de sus entrañas.

Se movía despacio, embistiendo a Väinämoïnen con miedo de poder herirlo si aumentaba la intensidad. Los adentros del finlandés aún se resentían.

-B-berwald…-volvió a gemir, como aquella vez. El susodicho apretó los labios, intentando que aquel gemido que el escuchar su nombre tan sensualmente hubiera conseguido que emanase, no saliese de su boca.

Oxenstierna comenzó a moverse algo más rápido y a medida que oía gemir al menor, sus caderas se topaban contra él de forma cada vez más frenética.

El finlandés se retorcía debajo, presa del placer. Entreabría la boca, jadeante, sin evitar que un par de hilillos de saliva cayesen juguetones de entre sus labios. Deseoso de probarlos, el sueco se adelantó y lo besó, con pasión, jugueteando con la lengua en su interior sin dejar hueco alguno sin probar.

Le excitó tanto sentir los gemidos del menor contra sus labios que, a cada uno de éstos, su sangre parecía hervirle por completo.

Aún embistiéndolo, tomó el miembro de Tino entre sus manos y comenzó a masturbarlo. El finlandés sintió, a cada movimiento, que algo en su interior podía estallar si las medianamente expertas manos de Berwald seguían así.

Cada toque en aquel punto dentro de él conseguía que una corriente eléctrica le recorriera la espina dorsal, haciéndole arquear la espalda y aumentar el contacto, con la esperanza de volver a rozarlo.

El sueco sintió su orgasmo cerca. Tomó con fuerza las piernas de Väinämoïnen y le embistió aún con más fiereza, deseoso de descargarse de una vez, dada la sensación de ardor en su erección.

Estaba en el punto álgido, ya no había vuelta atrás.

Tino arqueó la espalda una vez más y de un gemido bronco se descargó contra su pecho y parte de la mano de Berwald. Segundos después, tras un par de embestidas, era la simiente del mayor la que golpeaba la goma.