Unos golpecitos en el brazo descorcentaron a Sam, que, a duras penas abrió sus ojos para encontrarse con la horrorizada cara de su hermano frente a él.

-¿Dean? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? -el grandullón miró a su hermano mayor, que parecía realmente asustado.

-Déjame dormir contigo. -pidió Dean, mirando a su Sammy, esperando a que accediese a su petición, pues sentía que cerca de él se olvidaría de esa horrible pesadilla que acaba de tener.

-¿Qué qué? ¿Estás en tu sano juicio Dean? -miró a su hermano a cuadros, hacia muchísimos años que habían dejado de dormir juntos, exactamente desde que Sam había dejado de creer que debajo de su cama había monstruos.

-Tú solo déjame. -volvió a inquirir el rubio.- Por favor.- Sam no se lo pensó dos veces y dejó que su hermano se metiera en la misma cama que él, si aquello iba a calmarle, ¿por qué no hacerlo?

Una vez ya en la cama, Dean se abrazó a su hermano, algo más tranquilo, solo por el hecho de estar cerca de él y volvió a dormirse,como cuando un pequeño bebé deja de llorar cuando está cerca de su madre. Sam no pudo volver a conciliar el sueño, pues esa situación le parecía muy extraña y no sabía que era el causante de la misma, pero tenía que averiguarlo.

Al día siguiente, Sam pudo notar como su hermano estaba muy distante con él y evitaba hablarle, sabía perfectamente que aquella situación de debilidad que había tenido aquella noche afectaba mucho a su hermano y, sobre todo, el haber tenido que dormir con él. O al menos, eso pensaba Sam.

Mientras, en la cabeza de Dean, no paraba de reproducirse la imagen de su pequeño Sammy durmiendo a su lado, tranquilo, tal como lo había visto nada más despertarse. Se asustó demasiado con aquella pesadilla en la que volvía al infierno y perdía a Sam de nuevo, simplemente no quería separarse de su hermano. Se moriría sin su pequeño Sammy. Hacía ya tiempo que se había dado cuenta que quería a su hermano de una manera diferente a la que Sam le quería a él. Lo sabía, pero no quería admitirlo, no podía gustarse de otro hombre, y mucho menos de su hermano pequeño, él siempre había sido un ligón con las chicas, pero, ¿con los hombres? Eso era impensable para él. Tras mucho tiempo atormentándose con estos pensamientos, Dean se había prometido a si mismo que lo olvidaría, y así había sido hasta que comenzó a tener estas pesadillas que lo perseguían desde que llegó a esta ciudad a investigar.

Comezó a maldecir por lo bajo y su hermano, que era de oído fino y encima estaba sentado de copiloto, le escuchó.

-¿Qué murmuras Dean? -preguntó Sam. Era de las primeras palabras que se cruzaban y el pequeño no sabía que encontrarse, no sabía si su hermano empezaría a gritarle, o le contestaría borde, o con más sarcasmo del habitual, o simplamente guardaría silencio.

Esta pregunta sacó de sus pensamientos al mayor, que mordió su labio inferior y guardó silencio, centrando su atención en la carretera.

-Dean, te he hecho una pregunta.-volvió a inquirir el moreno. Espero unos segundos, y tras ver que su hermano no estaba por la labor de responderle, empezó a hablar.

-Dean...¿esto es por lo de anoche? -Volvió a esperanzarse de que su hermano le conestaría, ya que le había mirado, por un mísero momento, pero su hermano seguía en sus quince.

-Vamos, que no tienes ocho años. No voy a decir nada, lo sabes Dean.

-Olvídalo, ¿vale? No tienes ni idea. -respondió en un tono demasiado borde para el que Sam estaba acostumbrado.

-¿Pero qué mierda te pasa Dean? De la noche a la mañana no me hablas por algo que no tengo la culpa y pretendes que lo olvide. -estalló Sam, molesto por el tono que su hermano había usado con él.

Dean guardó silencio en todo el trayecto hasta la biblioteca. Sabía perfectamente que su hermano no tenía la culpa, no tenía la culpa de hacerle desearle con toda su alma, de desear tenerle siempre cerca de él y para él, lo sabía.

-Bien Dean, si esto es lo que quieres, esto tendrás. -habló Sam, en un tono firme. Si Dean era cabezón, él lo era más.

Aquella tarde en la biblioteca iba a ser muy interesante, pero no del modo que el pequeño pensaba y tampoco del modo que el mayor creía imposible.