Capitulo 6 (tercera parte) Pov Renesmee

El resto del vuelo ya no dormí tenía miedo de que la pesadilla volviera, de vez en cuando los celos me ganaron al ver que le estaban coqueteando a MI Alec el es solo mío, MIO, ¿desde cuándo soy tan posesiva y celosa? Desde que lo conocí de eso estoy segura. Alec se divertía por ver mi expresión de enfado, pero yo no me quede atrás, también disfrute de su expresión al ver como los demás chicos que viajaban con nosotros se me quedaban viendo.

-estimado pasajeros, estamos a punto de aterrizar por favor abróchense sus cinturones- dijo una voz ronca, y así lo hicimos.

El aterrizaje fue un poco brusco, bajamos del avión, por suerte llegamos en la noche y nos dirigimos a buscar nuestras maletas, por suerte no tuvimos que pasar por la aduana.

Nos encontrábamos buscando las miles de maletas que Alice me empaco, cuando una mano fría detuvo la mía, me estremeció bastante y al voltear a ver el dueño de esa mano quede sorprendida.

-jane- susurre.

-Jane, hermana ¿Qué haces aquí?-dijo Alec

-el amo Aro me mando por ustedes-dijo Jane, raro, yo nunca había escuchado su voz, era tan dulce y melodiosa.

-si vuelves a decir que mi voz es dulce te arranco la cabeza- dijo Jane un poco irritada mientras Alec reía.

-lo siento

-no importa, Aro ya nos explico tu don… cuñadita-dijo para darnos una mirada ¿divertida? A mí y a Alec, yo solo abrí mis ojos como platos.

-Jane- le reprocho Alec

-no te hagas el idiota Alec, se que estas enamorado de ella y ella de ti- dijo Jane como si nada

-¿Cómo lo sabes?-pregunte

-Chelsea- dijimos Alec y yo al mismo tiempo

-si fue ella-dijo Jane en tono burlón- se que nos llevaremos bien- dijo viéndome.

-eso espero- conteste siendo sincera

-bueno vámonos- dijo Jane

-espera ¿y mis maletas?-pregunte ya que Jane me arrastraba fuera del aeropuerto y Alec se reía por la escena mientras nos seguía.

-Félix ya se las llevo, nos está esperando en el carro- dijo y note como sus ojos brillaban por el solo hecho de pronunciar su nombre.

"¿te gusta Félix?" pregunte o mejor dicho pensé

"no me gusta, estoy enamorada de él, pero no sé como reaccione Alec" contesto mentalmente Jane

"lo tomara bien estoy segura, y ¿Félix está enamorado de ti?"Pregunte

"si, somos novios desde hace tiempo, si no fuera porque estas con mi hermano te odiaría" contesto

"¿Por qué?"

"porque tendría miedo de que te fijes en él"

"oh"

"me alegro que Alec te encontrara, ha estado mucho tiempo solo"

"no es cierto, lo que he oído de Alec es que es un mujerero y que se acuesta con todas las mujeres que hay" dije con tristeza y Jane solo bufo.

"baaaa, esas son puras mentiras que Alec hizo, el y yo prometimos nunca enamorarnos y se provoco esa reputación y para ser sincera yo rompí mi promesa casi inmediatamente, apenas conocí a Félix me enamore de él" contesto

"me alegro que me tengas confianza" me sincere

"y a mí que hagas feliz a mi hermano" dijo y me dirigió una mirada cómplice.

No sé como rayos llegue al carro, pero cuando dejamos de conversar telepáticamente Jane y yo, ya estábamos en el carro rumbo al castillo.

Me alegraba al menos tener una amiga y quién diría que sería Jane Volturi, la mujer más sádica y fría del mundo.

Recorrimos las calles de Volterra hasta que se detuvo el auto frente a un callejón.

-Yo me llevare las maletas, Jane Alec guíen a nuestra invitada al castillo.-dijo Félix y después desapareció entre la penumbra.

Andábamos por un amplio recodo del callejón, que seguía cuesta abajo, por lo que no vi el final, terminado en chaflán, hasta que no llegamos a él y alcanzamos la pared de ladrillo lisa y sin ventanas.

Jane no vaciló y continuó caminando hacia la pared a grandes zancadas. Entonces, con su gracia natural, se deslizó por un agujero abierto en la calle.

Parecía una alcantarilla, hundida en el lugar más bajo del pavimento. No la vi hasta que Jane desapareció por el hueco, aunque la rejilla estaba retirada a un lado, descubriéndolo hasta la mitad. El agujero era pequeño y muy oscuro.

-Todo va bien, Nessie -me dijo Alec en voz baja-Jane te recogerá

Miré el orificio, dubitativa.

-¿Jane?-susurré con voz temblorosa.

-Estoy aquí debajo, Nessie-me aseguró. Su voz parecía provenir de muy abajo, demasiado abajo para que yo me sintiera bien.

Alec me tomó de las muñecas y me bajó hacia la oscuridad.

-¿Preparada?-preguntó él.

-Suéltala -gritó Jane.

Impelida por el puro pánico, cerré firmemente los ojos para no ver la oscuridad y los labios para no gritar, nunca me han gustado las alturas. Alec me dejó caer. Fue rápido y silencioso. El aire se agitó a mi paso durante una fracción de segundo; después, se me escapó un jadeo y me acogieron los brazos de Jane, tan duros que estuve segura de que me saldrían cardenales. Me puso de pie. El fondo de la alcantarilla estaba en penumbra, pero no a oscuras. La luz procedente del agujero de arriba suministraba un tenue resplandor que se reflejaba en la humedad de las piedras del suelo. La tenue claridad se desvaneció un segundo y Alec apareció a mi lado, con un resplandor suave.

Me rodeó con el brazo, me sujetó con fuerza a su costado y comenzó a arrastrarme velozmente hacia delante. Envolví su cintura fría con los dos brazos y tropecé y trastabillé a lo largo del irregular camino de piedra. El sonido de la pesada rejilla cerrando la alcantarilla a nuestras espaldas se oyó con metálica rotundidad.

Pronto, la luz tenue de la calle se desvaneció en la penumbra. El sonido de mis pasos tambaleantes levantaba eco en el espacio negro; parecía amplio, aunque no estaba segura. No se oía otro sonido que el latido frenético de mi corazón y el de mis pies en las piedras mojadas. Me sujetó con fuerza. Alzó la mano libre para acariciarme la cara y deslizó su pulgar suave por el contorno de mis labios. Una y otra vez sentí su rostro sobre mi pelo.

El camino que pisábamos continuó descendiendo, introduciéndonos cada vez más en la profundidad de la tierra y esto me hizo sentir claustrofobia.

No sabía de dónde procedía la luz, pero lentamente el negro fue transformándose en gris oscuro. Nos encontrábamos en un túnel bajo, con arcos. Las piedras cenicientas supuraban largas hileras de humedad del color del ébano, como si estuvieran sangrando tinta.

Nos apresuramos a través del túnel, o al menos a mí así me lo pareció.

Al final del túnel había otra reja cuyas barras de hierro estaban enmohecidas, pero eran tan gruesas como mi brazo. Había abierta una pequeña puerta de barras entrelazadas más finas. Alec agachó la cabeza para pasar y cruzó rápidamente a una habitación más grande e iluminada. La reja se cerró de golpe con estrépito, seguido del chasquido de un cerrojo.

Al otro lado de la gran habitación había una puerta de madera pesada y de escasa altura. Era muy gruesa, pude comprobarlo porque también estaba abierta.

Atravesamos la puerta y miré a mi alrededor sorprendida.

Nos hallábamos en un corredor de apariencia normal e intensamente iluminado. Las paredes eran de color hueso y el suelo estaba cubierto por alfombras de un gris artificial. Unas luces fluorescentes rectangulares de aspecto corriente jalonaban con regularidad el techo. Agradecí mucho que allí hiciera más calor. Aquel pasillo resultaba muy acogedor después de la penumbra de las siniestras alcantarillas de piedra.

Alec lanzó una mirada fulminante y sombría hacia la menuda figura envuelta por un velo de oscuridad que permanecía al final del largo corredor, junto al ascensor.

Tiró de mí para hacerme avanzar y Jane caminó junto a mí, al otro lado. La puerta gruesa crujió al cerrarse de un portazo detrás de nosotros, y luego se oyó el ruido sordo de un cerrojo que se deslizaba de vuelta a su posición.

El viaje en ascensor fue breve. Salimos a una zona que tenía pinta de ser una recepción bastante pija. Las paredes estaban revestidas de madera y los suelos enmoquetados con gruesas alfombras de color verde oscuro. Cuadros enormes de la campiña de la Toscana intensamente iluminados reemplazaban a las ventanas inexistentes. Habían agrupado de forma muy conveniente sofás de cuero de color claro y mesas relucientes encima de las cuales había jarrones de cristal llenos de ramilletes de colores vívidos. El olor de las flores me recordó al de una casa de pompas fúnebres.

Había un mostrador alto de caoba pulida en el centro de la habitación. Miré atónita a la mujer que había detrás.

Era alta, de tez oscura y ojos verdes. Hubiera sido muy hermosa en cualquier otra compañía, pero no allí, ya que era tan humana de los pies a la cabeza.

No comprendía qué pintaba allí una mujer, rodeada de vampiros y a sus anchas.

Esbozó una amable sonrisa de bienvenida.

-Buenas tardes, Jane -dijo.

Jane asintió.

-Gianna.-dijo

Luego prosiguió hacia un conjunto de puertas de doble hoja situado en la parte posterior de la habitación, y la seguimos.

Nos aguardaba Félix en la recepción.

Félix y Jane se tomaron de la mano ignorando los gruñidos de Alec y abrieron el camino por otro corredor amplio y ornamentado... ¿Se acabarían alguna vez?

Ignoraron las puertas del fondo -totalmente revestidas de oro- y se detuvieron a mitad del pasillo para desplazar uno de los paneles y poner al descubierto una sencilla puerta de madera que no estaba cerrada con llave. Félix la mantuvo abierta para que la cruzara Jane.

Quise protestar cuando Alec me «ayudó» a pasar al otro lado de la puerta.

Se trataba de un lugar con la misma piedra antigua de la plaza, el callejón y las alcantarillas. Todo estaba frío y oscuro otra vez.

La antecámara de piedra no era grande. Enseguida desembocaba en una estancia enorme, tenebrosa -aunque más iluminada- y totalmente redonda, como la torreta de un gran castillo, que es lo que debía de ser con toda probabilidad. A dos niveles del suelo, las rendijas de un ventanal proyectaban en el piso de piedra haces de luminosidad diurna que dibujaban rectángulos de líneas finas. No había luz artificial. El único mobiliario de la habitación consistía en varios sitiales de madera maciza similares a tronos; estaban colocados de forma dispar, adaptándose a la curvatura de los muros de piedra. Había otro sumidero en el mismo centro del círculo, dentro de una zona ligeramente más baja. Me pregunté si lo usaban como salida, igual que el agujero de la calle.

La habitación no se encontraba vacía. Había un puñado de personas enfrascadas en lo que parecía una conversación informal. Hablaban en voz baja y con calma, originando un murmullo que parecía un zumbido flotando en el aire. Un par de mujeres pálidas vestidas con ropa de verano se detuvieron en una de las zonas iluminadas mientras las estaba observando, y su piel, como si fuera un prisma, arrojó un chisporroteo multicolor sobre las paredes de color siena.

Todos aquellos rostros agraciados se volvieron hacia nuestro grupo en cuanto entramos en la habitación. La mayoría de los inmortales vestía pantalones y camisas que no llamaban la atención, prendas que no hubieran desentonado ahí fuera, en las calles.

-¡Jane, Alec, Félix y Nessie llegaron!-grito Aro, juraría que si no fuera porque hay demasiados testigos ya se hubiera puesto a saltar.