Cap. II Simplemente, amor
— Estás demasiado nervioso, ya lo hago yo —y decidió, pues, ocuparse de su propia camisa. Desnudos, completamente. — ¿Aún quieres seguir?
— No veo que tu pene opine lo contrario —sonrió.
— ¿Qué sabrás tú?
— Te sorprenderías —recalcó, bajando hasta él e introduciéndoselo parcialmente en la boca. Mycroft clamó al cielo por más y más recibió. Cuando el detective vio conveniente, ascendió por su pecho, besando cada músculo, cada pliegue, cada atisbo de sexualidad. Pero, no obstante, paró en el pezón derecho para jugar un rato con su lengua.
— ¿Seguro que no has hecho esto antes? —preguntó tomando una bocanada de aire.
— No, sólo bromeaba. Nunca le había visto la necesidad —y rozó sus miembros toscamente—ni la gracia; hasta hace poco —se pasó la lengua por el labio inferior mirándole fijamente, poniéndole algo nervioso. — ¿Y tú qué? ¿Perderás hoy tu virginidad?
— Engreído —respondió.
— Lo que tú digas, pero yo no aguanto más —le levantó las piernas hasta sus hombros y se dispuso a...
— ¡Espera! ¡No puedes ser tan directo, insensato! —gritó.
— ¿Qué? ¿Por qué no? —preguntó dubitativo.
— Esto requiere un proceso..., sí, soy virgen, Sherlock. ¿Más contento? ¿Podemos pasar ahora a la idea de no partirme en dos? Gracias.
— Haber empezado por ahí, en el porno de Internet se ve mucho más fácil.
— Porque son profesionales, Sherlock. Bueno, ¿estamos a lo que estamos o no? —frunció el ceño.
— Sí, claro —asintió. — Meto un dedo, ¿no?
— Exacto. Con..., ¡ay! ¡Con cuidado!
— Qué sensible —protestó.
— Ya me gustaría verte a ti en mi lugar. Lubrícate el dedo.
— Eh, ¿te vale con preseminal?
— Sí, me vale con preseminal —resopló. Sherlock aprovechó entonces y se lubricó toda la mano. Mycroft sonrió: economía del sexo, pensó.
El detective prosiguió con la dinámica que ya había visto en multitud de páginas visitadas. Un dedo, movimiento adentro, afuera y en círculos, dos dedos, tijeras, tres dedos..., explotaría de un momento a otro. Mycroft estaba tan lubricado y excitado y no en ese orden que lo llamaba a gritos, literalmente. Había llegado la hora. — Todo tuyo, Sherlock —sonrió.
Se posicionó con cuidado y se introdujo lentamente en él, generando eróticos gemidos no sólo de su garganta. Se quedó ahí, quieto, esperando la señal para continuar. — Vamos —y comenzó el baile. El calor era inhumano, el sudor molesto, pero el placer en ese momento lo compensaba todo; todo.
— No aguantas mal —rio el detective.
— Puedo decir lo mismo —cerró los ojos para disfrutar más aún de la sensación. — Más rápido —sonrió. — Demuéstrame lo rápido que puedes llegar a ser—. Y Sherlock no tuvo ningún problema en demostrárselo. Estaban casi al límite, más allá de él. Un ligero toque y la paz más absoluta. Sincronizados, extasiados, en otro mundo; y cubiertos de sexo. Sonó entonces la puerta principal abriéndose.
— ¡John! —exclamó el detective. — Vístete, no puede verte así —y comenzó a vestirse más rápido que nunca.
— Vamos, no seas ridículo —rio sin hacerle caso. El detective le tiró entonces toda su ropa a la cara.
— ¡Que te vistas! —bramó. Y Mycroft obedeció esta vez sin protestar. Cuando su hermano se ponía cabezota era mejor dejarlo estar.
Con Mycroft poniéndose el pantalón y Sherlock recolocándose la camisa de pie junto al sofá hizo el doctor su entrada. Ninguno dijo nada, salvo John.
— Tranquilos, no vengo a molestar, sólo estoy de paso hacia mi cama, pero parece que me he equivocado de planta —contó en un estado de embriaguez más que evidente. — Dios, ¡cómo apestáis a sexo!
— Dr. Watson, yo ya me iba —dijo Mycroft levantándose y colocándose el cinturón en su sitio.
— Sí, sí, como veas. Yo sólo vengo a llevarme a este caballero —respondió tomando a Sherlock del brazo, aunque acabase acomodándose en él para no caerse. El moreno sonrió a su hermano.
— Todo suyo, doctor. Todo suyo —hizo un gesto con la mano y se marchó a seguir pensando en sus quehaceres, en sus penas, en Greg...
Sherlock quería hablar, pero no encontraba el momento y, cuando encontró el momento, John no le dejó.
— Cállate, Sherlock. Llevas hablando toda la noche en mi cabeza —y el moreno juntó sus labios de nuevo. — Escucha, no me importa que te hayas acostado con Mycroft, ni que lo hayas hecho con Irene o con yo qué sé quién más. Lo que me importa, y abre bien los oídos porque no lo diré dos veces, es que no vuelvas a hacerlo porque, de ser así, yo no podría permanecer a tu lado. Y ahora, llévame a esa cama que parece tan cómoda—. Sherlock no dijo nada, sólo obedeció. ¿Significaba eso que sentía algo por él o era el alcohol el que le hacía ver fantasmas?
La cama resultó ser más cómoda de lo que recordaba y se tumbó mientras John se quitaba la ropa. Pero éste desistió pronto y se tumbó también.
— ¿Te quedarás a dormir conmigo? —preguntó el doctor.
— En realidad es mi cama..., pero no te vayas —le tomó por el brazo cuando éste hizo por levantarse. — Por favor.
— Pues abrázame, que tengo frío —y se acurrucó a su lado. Sherlock iba a pasarle un brazo por encima cuando el doctor se incorporó. — Escríbelo para que no se te olvide.
— ¿Que escriba qué?
— Que sólo harás el amor conmigo. Que sólo me quieres a mí —el moreno no sabía si estaba hablando en serio. — ¡Hazlo, Sherlock, ahora!—. Ante la insistencia, decidió buscar un bolígrafo y un papel, pero sólo encontró un rotulador negro permanente. ¿Eso valdría? Cuando se dio la vuelta, John se encontraba ya durmiendo. Podía verse un halo de felicidad en su rostro. Sonrió por ello. Aun así, apuntó lo que le acababa de decir; así ninguno se echaría atrás.
...
John se despertó al día siguiente con un pequeño martilleo en el cerebro. No podía creer que otra vez hubiese bebido demasiado. Y mayor sorpresa fue encontrarse a Sherlock a su lado, durmiendo como un angelito. Pero no le dio más importancia, lo que hubiesen hecho ya estaba hecho. Aunque parecía que no habían hecho nada.
Decidió darse una ducha y tomarse un café muy cargado pero, cuando se lavó la cara en el lavabo, el espejo le regaló una sorpresa.
— ¡Sherlock! —gritó. Pero no le respondió. Fue entonces hasta la cama. — ¡Sherlock, despierta! —le agitó bruscamente.
— ¿Qué quieres, John? Quiero dormir —protestó bostezando.
— Y yo una explicación —exclamó señalando su cara.
— Tú me lo pediste.
— Lo dudo mucho.
— ¿Y no puedes dudar más bajito? Ayer me dormí tarde—. Se dio la vuelta y siguió durmiendo. John suspiró sin saber qué más podía hacer que no apareciese en el código penal. Y fue a mirar el escrito de su cara de nuevo, que se veía así:
En su frente: Sólo haré el amor contigo.
En su mejilla derecha: Sólo te quiero a ti.
En su mejilla izquierda: Sinceramente tuyo, Sherlock Holmes.
Volvió a suspirar. — ¿Tenías que escribir por toda la cara?
— Tienes una frente pequeña —se escuchó desde la habitación. — John rio para evitar hacer "detective en brochetas". Quién le mandaría enamorarse de él.
o.o.o
Bueno, si te gusta el Holmescest, aquí lo hay, si te gusta el Johnlock, también lo hay :D
Si no quedaron satisfechos o desean otras parejas, tranquilos, escribiré sobre ellas ^^
¡Muchas gracias por leer!
No, no se acostó con Irene ni con nadie más, sólo con Mycroft.
I-am-Momo, espero que haya cubierto tus expectativas :3
