He vuelto! Sí!! Bajón de inspiración pero aquí estoy again!! y con un capi con el que he salido, cuanto menos, satisfecha.
Gracias a mis lectorcillas y lector! Nacho, Drehn, Queen Daenerys, Shiorita y Joanne Distte!!! A ver qué os parece este capitulillo!! Ya tengo un par de ideas más para la tabla!! así que espero no tardar tanto en actualizar la próxima vez!!!
Un bechito!!
"Escuchad, pues, mi canto y conoceréis la canción,
Más allá del muro de hielo donde los gigantes moran y lo salvajes danzan al fuego
Hubo una vez una niña sin voz, cautiva del Tiempo y la Soledad,
Sus ojos eran del color del rocío de la mañana y su piel tostada como el estío,
Contaba una vieja canción que quien consiguiera atrapar su corazón se alzaría dueño y señor de todas las Tierras Salvajes,
Pero ningún hombre nunca pudo hacerse con tan valioso tesoro…"
-Sansa, ven aquí –la niña suspiró.
Con un rápido movimiento, la loba se levantó de la silla que estaba ocupando y se acercó al trono.
-Mi madre me ha dicho que eres una experta en bardos –escupió Joffrey como si aquello fuera lo más estúpido que había escuchado en su vida. –Supongo que en ese montón de hielo tuyo era lo único que podríais hacer para distraeros.
Un par de risas falsas y maliciosas se elevaron en el silencio de la sala. Si había algo que nunca faltaba en toda buena corte, eran nobles venidos a menos que trataban de congraciarse con su señor, por muy estúpida y cruel que fuera la rata que se sentaba en el trono.
Sansa se mordió con furia la lengua para evitar así soltar un par de verdades que seguramente no le gustarían demasiado a Su Alteza. Como que Invernalia no era ningún montón de hielo sino un castillo más imponente y maravilloso que su fortaleza en Desembarco del Rey o que los bardos que visitaban a su madre, Lady Catelyn, no tenían ni punto de comparación con las sanguijuelas descoloridas y sucias que osaban presentarse en presencia de la reina Cersei.
-Habla, estúpida –le gritó el muchacho. -¿Es que se te ha comido la lengua el gato?
-No –respondió ella al cabo de un momento.
-¿No?
-No, Alteza.
-Eso está mejor. –Él volvió a girarse hacia la corte que le acompañaba, compuesta por no menos de treinta nobles y sus esposas, y continuó: -Ahora, dime, ¿es cierto que sabes canciones de bardos?
Ella dudó. En el poco tiempo que llevaba en Desembarco del Rey había aprendido a diferenciar los distintos tonos de voz de Jeoffrey. Así sabía que estaba, por ejemplo, el tono sumiso y aflautado con el que se dirigía a su madre que, en la opinión de Sansa, acompañado de las miradas que a veces le dedicaba, podía resultar bastante preocupante y enfermizo. También estaba la voz cantaría con la que recibía a la mayoría de sus súbditos y que solían acabar en ahorcamientos o visitas prolongadas al calabozo. Luego se presentaba el frenético y ansioso, ese que solía usar cuando obligaba a sus guardias a darle una paliza, a torturarla… esa voz infantil con la que solía recrearle una y otra vez la decapitación de su padre e invitaba a pesadillas horribles que alteraban sus nervios y la desvelaban en mitad de la noche.
¡Maldito fuera!
Diferentes tonos para un niño mimado cuyo deseo era ley divina. Peligrosos e impredecibles, lastimosos y crueles.
-¿Sansa…?
El tono que utilizaba ahora era calmado y falto de ansias. Cualquier extraño podría confundirlo fácilmente con la actitud serena y sensata de un buen monarca. Justo y juicioso, bondadoso… todo lo contrario a lo que era Jeoffrey. Para Sansa, aquella paz ilusoria no era más que la calma que precede a la tempestad.
Y eso la aterraba.
-Si la pregunta es si conozco canciones de bardos, la respuesta es afirmativa, mi señor –comenzó, haciéndole una pequeña reverencia a medida que hablaba. –Pero en cambio, si lo que Su Alteza quiere saber es si podría recrearlas ahora mismo frente a su excelencia y su corte, no estoy demasiado segura. La Madre, en su inmensa sabiduría, no me otorgó el preciado don de la canción. Así que sería un despropósito bochornoso y desagradable intentar representar aquí, para el rey y todos estos nobles caballeros y damas, algunas de las hermosas canciones que los bardos norteños me enseñaron.
El rostro de Jeoffrey se contrajo ante la contrariedad de que le desafiaran y se negaran a cumplir sus deseos. La muchacha lo observó atentamente, aquel rostro blanquecino y maligno no trataba de disimular de ninguna de las maneras las intenciones que su lengua estaba a punto de sentenciar.
Sansa no supo lo que la instó a volver a hablar. Instinto de supervivencia quizás. El caso es que lo hizo y las facciones pálidas de Jeoffrey se suavizaron.
-En cambio, mi señor, la Doncella fue más bondadosa y me otorgó el don de la oratoria. Sé muchos cuentos que sin duda amenizarán esta tarde calurosa de verano.
El gritito de júbilo de Myrcella los distrajo a todos durante un instante. Cuando el rey se volvió de nuevo a Sansa, en sus ojos brillaba la condescendencia de un monarca que sabía que estaba a punto de ofrecerle a sus señores menores más diversión que la que pudiera darles una simple historia de cuna.
-Bien –fue en cambio lo que dijo. –No será lo mismo, ni mucho menos, pero tendremos que contentarlo con uno de tus estúpidos cuentos. Habla pues, lady Sansa de la Casa Stark, y procura no hacerme bostezar más de lo estrictamente necesario.
La niña volvió a presentar sus respetos ante el rey y a echar un vistazo rápido a la sala. Decenas de pares de ojos se concentraban en ella. Atentos, ansiosos, rabiosos porque cometiera algún error que Jeoffrey pudiera estrujar y dar así la diversión tan esperada para el resto del día.
-Dejadme que os relate pues, mi querido señor, la trágica historia de Lady Aleyna. Abrid vuestra mente y remontar el recuerdo a un tiempo lejano. Un tiempo donde el ser humano danzaba libremente entre el credo del hombre y el salvajismo de los animales. Seres de dos condiciones, de cuerpos adversos y de necesidades más allá del entendimiento. Ahora volad también hasta el muero de hielo, allí en el norte, dejad atrás los bosques de arcianos y las cuevas de los salvajes y llegaréis a un lago.
Sansa tomó aire y observó con cierto temor los rostros de cuantos la escuchaban.
-Supongo que habréis visitados muchos lagos, Alteza.
-Suponéis bien. He visitado tantos lagos como pelos hay en esta sala –Jeoffrey tamborileó sus dedos, impaciente, sobre el trono de hierro. Se cortó. Más irritado aún, se llevó el dedo herido a la boca y aún con él entre sus labios fue capaz de articular: -Seguid niña, no habéis empezado y ya me estáis aburriendo.
-Sabed señor, que este lago no era como ningún otro que hubierais visitado o visto jamás. De él se decía que otorgaría la vida eterna a quién consiguiera hacerse con el corazón de su guardiana. Lady Aleyna llevaba cuidando de aquel tesoro desde el primer aliento que dio la mañana, desde la primera estrella que alumbró el firmamento.
Muchos fueron los que intentaron conquistarla. Muchos caballeros deseosos de poder se adentraron en la espesura del bosque salvaje buscando a la mujer de las leyendas. Aquella que corrían entre los árboles y aullaba a la luna llena. Algunos tuvieron la fortuna de encontrarla, otros ni siquiera pasaron la primera prueba de fuego y azufre. Los otros, los que sí sobrevivieron y volvieron con una negativa amable en sus labios, contaron que Aleyna era la mujer más bella que hubieran visto jamás. Una belleza triste que cautivaba cualquier corazón, puro o impuro que osara mirarla.
Una noche en la que la luna estaba en su máximo apogeo y Lady Aleyna había decidido dejar salir al lobo a pasear, un rey y su criado llegaron hasta las lindes del lago, demandando ante su presencia a aquella que había nacido de la lágrima de la antigua Diosa Mirmella. Aún en su forma animal, Aleyna se acercó hasta ellos y los incitó a que le dieran alcance. "Estoy cansada de seguir sola, dijo, la Soledad me consume desde mucho tiempo más del que puedo recordar. Sois un rey y lo que os ofrezco es una eternidad de prosperidad y conquistas sin parangón. A cambio, no pido más que un hijo a quien amar y que me ame". Y con esa petición aún caliente entre los labios, volvió al resguardo de los árboles centenarios.
Los suspiros anhelantes de las damas instigaron a Sansa a continuar.
El rey aceptó el reto y le ordenó a su fiel sirviente que lo siguiera. Ambos adoptaron su forma animal, el rey la de un hermoso león dorado y su criado un nervudo perro de caza, y se lanzaron en pos de la loba. Durante aquella noche, en todos los siete reinos no se escuchó más que el batir de las hojas de los árboles corazón y los jadeos de aquellas tres bestias que convergían unidas en una vorágine de danza salvaje y aspiraciones eternas. Sin embargo, lo que en un primer momento pareció una tarea fácil, se tornó una broma cruel cuando volvieron a tomar su forma humana y Aleyna descubrió que el brillo que la había cautivado hasta llevarla a un éxtasis espiritual fue el del criado y no el del hermoso rey.
El brillo ahora se había trasladado hasta los ojos del rey Jeoffrey. La sala se había sumido en un silencio sepulcral, expectante por el desenlace de aquella historia cuya narradora había conseguido trasladarla hasta un plano más allá de la simple cortesía. La había trasformado en ansia, intriga y un sentimiento de horror. Pues aunque no mucha gente hubiera oído jamás aquel viejo cuento, todos sabían que aquella clase de historia sólo puede soportar un final.
-Por supuesto –rompió Jeoffrey el silencio. –que esa estúpida de Aleyna eligió al rey. ¿No es así?
Sansa dudó. ¿Qué ocurriría si se atreviera a decirle la verdad?
-Sí, mi señor. Por supuesto que eligió al bello león, al monarca.
-¿Y qué ocurrió luego? –insistió.
La muchacha desvió momentáneamente la mirada y luego la volvió a concentrar en el rey, aunque nunca mirándolo directamente a los ojos.
-Ella le dio de beber las aguas del lago y reinaron durante siglos un viejo reino olvidado tiempo ha.
Aquella rápida explicación pareció satisfacer al joven rey, no así al resto de sus acompañantes que le dedicaron a la loba miradas airadas y descorazonadas. Los nobles murmuraron sus ofensivas opiniones sobre la "estúpida" y "malavenida" historia, lo suficientemente alto como para que Sansa pudiera oírlas sin miedo a perderse un solo detalle.
Jeoffrey se puso en pie, agravó su voz y anunció a la sala que el banquete de almuerzo ya estaba servido en el comedor. Sin esperar réplica alguna, el niño abandonó la sala del trono con la barbilla indecorosamente alzada y con un desdén insultante al pasar al lado de Sansa.
Ella se quedó allí de pie, impertérrita, dando gracias a la Madre por haberle dado la sabiduría y la templanza suficiente como para no haber terminado la historia correctamente.
-No eligió al rey –Sansa elevó el rostro y la vista sobre la mole de músculo y acero que se erguía ante ella. La mitad quemada del rostro del Perro le dedicó una mirada burlona. –Mientes muy mal, pajarito. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
Ella le devolvió una mirada ausente, vacía de expresión y dolor. ¿Que metía mal? No. En eso, Sansa, se había convertido en toda una experta.
-De hecho, no. Sí que eligió al rey. –aquello pilló por sorpresa al caballero. –Se casaron y ella le dio de beber el agua del lago. Cuando el monarca, que en realidad era un tirano y un dictador, descubrió la atracción entre su esposa y su criado, mandó degollarlo en presencia de la propia Aleyna.
-¿Y qué hizo ella?
Sansa lo miró en silencio, preguntándose por el reciente interés que ofrecía aquel asesino.
La simple charla la repugnaba y la aterrorizaba a partes iguales.
-Poco después, estalló una guerra contra los países vecinos del rey, donde comprobó que, efectivamente, las aguas de aquel lago lo habían vuelto inmortal. Así que, henchido por el orgullo y guiado por la arrogancia masculina, decidió que ya no necesitaba a Aleyna nunca más. Mientras la nueva reina dormía gestando un bebé en su vientre, el león le partió el corazón, literalmente, con su propia espada.
-Creo que esa versión hubiera satisfecho mucho más al rey que ese final feliz e insulso que has creado para él.
Sansa inclinó la cabeza hacia un lado, analizando con cautela las reacciones y los cambios casi imperceptibles en el rostro de aquel criado fiel, el perrito faldero de Jeoffrey. La niña no pudo evitar estremecerse al darse cuenta de la paradójica semejanza entre la historia de Aleyna y la suya propia.
-Aleyna era hija de dioses. ¿Qué creéis que le pasó al rey cuando aquellos dos corazones dejaron de latir?
-Supongo que nada bueno.
-Supone usted bien, Sir Sandor. Si me disculpáis…
-La culpa fue de ella, por elegir la riqueza al corazón –soltó una carcajada atronadora. -¡Vaya mierda sentimental!
Sansa hizo una leve reverencia. Cuando ya estaba a punto de abandonar la estancia, la voz cascada de Clegane la hizo volverse de nuevo leventemente.
-Partid con cautela, Lady Aleyna. Y tened cuidado en el banquete del león –Sansa vio con sorpresa cómo Sandor se inclina ante ella en una reverencia demasiado profunda como para parecer seria.
Ella le miró con odio, adivinando en aquellos ojos burlones y en su sonrisa desfigurada por el fuego, la broma cruel que aquel comentario le estaba gastando.
-Este león ya ha cortado la cabeza de un lobo –susurró, ahogando en un grito silencioso el dolor por el recuerdo de su padre asesinado. –Y le aseguro, sir, que antes me clavaría yo misma una daga en el corazón que dejar que vuelva a repetir tal atrocidad.
Clegane lanzó otra carcajada.
-Mi pequeño pajarito –le dijo mientras se acercaba lentamente a ella. –No olvidéis que un perro al que no ha matado el fuego, es un hueso difícil de matar. Si alguien debe hacer que vuestro corazón deje de latir, deberéis concederme a mí tal honor. Cumpliré de buena gana el cometido… de una forma o de otra. Eso ya lo veremos.
-Sí, mi señor.
