35. La bella durmiente

El sábado del baile, Harry se levantó temprano, como si fuese un día normal de clase, lo había hecho durante los últimos días. Fue a las duchas y se mantuvo debajo del agua al menos un cuarto de hora, necesitaba sentirse fresco. El cansancio de toda la semana se empezaba apoderar de él, demasiadas horas despierto, nervioso y sin apenas comer. Hermione tenía razón, ese cansancio era provocado por la falta de alimento así que, antes de ir a la enfermería, bajaría a desayunar.

Se vistió con sus vaqueros nuevos, un polo azul marino y unas zapatillas deportivas. Recordó, frente al espejo, el día que había comprado la ropa con Emy. Era una tienda frente al mar y su tía se empeñó en aquel polo, porque decía que estaba guapísimo con él, resaltaba con sus ojos y con su fantástico moreno. Cuando se lo probó ahora, no estaba moreno y no sonreía como aquel día, pensó que siempre podía haber una versión peor de sí mismo. Intentó peinarse pero era prácticamente imposible, así que desistió, si veía a Emy le diría que le diera un toque, aquel pelo cada vez era más rebelde y ella era a la única que hacía caso. Cuando entró en el Gran Comedor, se quedó pasmado, no había ningún alumno, nadie parecía estar allí hasta que se fijó en la mesa de profesores y vio a Dumbledore y a Emy que mantenían una conversación muy animada y no se habían dado cuenta de su presencia.

- Buenos días – dijo acercándose a ellos

- ¿Harry? ¿Qué haces levantado tan temprano? – Preguntó su tía

- No es tan temprano, son las ocho y media y quiero estar con Ginny

- ¿Las ocho y media? – Preguntó Dumbledore sacando su reloj de bolsillo – No, Harry, son las siete y media

- ¿Qué? Este reloj me la ha vuelto a jugar – Harry dio unos toquecitos a su reloj de pulsera pero al ver que ninguna aguja se movía decidió quitárselo y guardarlo en el bolsillo

- Estás muy guapo esta mañana – dijo Emy viendo la ropa que se había puesto - ¿A qué se debe?

- Hoy Ginny se va a despertar ¿Me puedes arreglar el pelo? – dijo mientras se acercaba a ella

- ¿Y cómo lo sabes? – Dumbledore estaba asombrado de la seguridad con la que lo había dicho

- Porque tiene una cita conmigo, hoy es el baile

Harry contestó sonriente, como si lo que estuviese diciendo fuese lo más normal del mundo, si no fuera porque ella llevaba más de una semana inconsciente en una cama de la enfermería, herida por un hechizo de magia negra, la frase no hubiese alarmado a los dos adultos. Harry disfrutaba de las caricias de su tía en el pelo, tenía los ojos cerrados y no vio la mirada cruzada entre Albus y Emy.

- Déjame ver – Emy miraba a su sobrino con todo el amor del mundo - ¿Cuándo es la última vez que te he cortado el pelo?

- En Semana Santa

- ¡Válgame Dios! Te lo tengo que cortar sin falta antes de la boda – Emy le acercó para si y le dio un beso en la frente, muy cerca de la cicatriz – Siéntate aquí con nosotros un momento – Emy apartó la silla para que él se sentara con ellos y luego miró a Albus para que le ayudara con aquella situación

- ¿Y si viene alguien y me ve aquí sentado?

- ¿Quién va a ser el insensato que se levante a estas horas? – dijo sonriendo el director – Harry, no debes albergar esa esperanza, no sabes cuándo despertará

- Despertará hoy

- ¡Harry, por favor, no me asustes! ¿Es que estás perdiendo la razón? – Emy tenía los ojos brillando por las lágrimas contenidas

- No te preocupes, lo sé porque lo siento... - Harry hizo una pausa para mirarlos a los dos – Cuando tú desapareciste el día de La Ceremonia, Ginny me enseñó que si te concentras lo suficiente, puedes sentir lo que le pasa a la otra persona. Nosotros cinco tenemos ese poder entre nosotros. Sólo lo he utilizado para saber cuándo estaba ella preparada para despertar y me contestó que hoy, porque tenemos una cita, una muy importante para los dos...

- ¿Quién sabe, Emy? Quizás tenga razón – dijo Albus mirando fijamente a Emy

- Tienes que estar convencido de ello... te has puesto muy guapo y te has perfumado – Emy le sonreía cariñosamente

- He oído a una chica de séptimo que le volvían loca los hombres bien perfumados

La frase de Harry sonó a pura inocencia y provocó las risas de los dos adultos. Su tía le agarró para darle un abrazo y otro beso.

- Lo que daría porque tuvieras esa inocencia cada minuto de tu joven vida – Emy le revolvió el pelo como solía hacer y luego se fue a por el desayuno de su sobrino – Me gustas más con el pelo revuelto ¿Desayunas lo de siempre?

- Sí ¿Cómo sabe ella qué es lo de siempre? – preguntó confuso Harry dándose cuenta que no solía desayunar con ella

- Porque no te quita ni un ojo de encima en todo el día – Albus sonrió a su joven amigo – Te acompañaré a la enfermería cuando acabes, Emy tiene muchas cosas que hacer e irá después

- Vale

El desayuno fue muy tranquilo, estuvieron hablando de la boda y de las futuras vacaciones. Luego Albus se levantó indicando que era el momento de irse a la enfermería. Harry se despidió de su tía prometiendo que comería, aunque fuese en la enfermería. Durante el trayecto por los pasillos ninguno de los dos dijo nada pero, justo antes de entrar, Dumbledore paró y habló a Harry.

- A veces las personas necesitamos un motivo para seguir adelante con nuestras vidas. El motivo principal es el amor... Siempre mueve montañas y hace milagros. He de confesar que siento una especial debilidad por Ginny Weasley y que perdí un poco los papeles con todo este asunto pero es que yo sé que ella es una persona muy especial ¿Sabes? Alguien capaz de parar lo peor con sólo una sonrisa...

- Sí, ella es capaz de parar mi corazón... entiendo lo que me dice... gracias

- Siempre has sido igual de espabilado que tu padre

Ambos entraron en la enfermería, allí solo estaba Ginny y la Señora Pomfrey, que la estaba introduciendo un brebaje.

- Buenos días – dijo ella

- Buenos días – respondió Harry - ¿Cómo ha pasado la noche?

- Mucho mejor, se la ve más tranquila y ha estado murmurando en sueños – Una gran sonrisa se posó en la cara de la enfermera – Te ha estado llamando, Harry

- ¿Sí? Eso es genial, seguro que se despierta hoy – dijo muy animado el muchacho

- Bueno, yo he de irme, luego pasaré por aquí – Se fue hacia la puerta seguido por Poppy – Si hay alguna novedad me avisas

- No te quepa duda, hasta luego

Harry permaneció toda la mañana allí, sentado en la misma silla y haciendo lo de todos los días. Se levantaba a darle vuelta a la almohada para que estuviese más fresca, peinaba sus cabellos suavemente, acariciaba su brazo y le leía el libro de mesa que ella tenía a medio terminar. Él nunca había leído poesía hasta ahora y no sabía que a Ginny le gustara, aunque tampoco le extrañaba.

A la hora de la comida Hermione le relevó para que él bajara a comer con Ron pero no duró más que un cuarto de hora, no quería que ella despertara y él no estuviese allí. Como normalmente, las visitas las recibió por la tarde, aunque estaban restringidas sólo a los hermanos, a Hermione y a los profesores. Harry contestaba a las preguntas que hacía la gente como si se tratara de la Señora Pomfrey. A las siete de la tarde, cuando ya no había nadie más que ellos dos, vino Emy, ya estaba vestida para el baile y lucía preciosa.

- Parece ser que va a retrasarse un poco – le dijo posando su mano en el hombro de su sobrino

- Tía ¿No va a despertar? – Harry sentía un gran vacío en su interior – Necesito hablar con ella, tengo que decirle tantas cosas... Esta iba a ser nuestra noche especial... Lo tenía todo planeado... Después de bailar, saldríamos a dar un paseo por los terrenos y allí me declararía y la besaría por primera vez, si ella me aceptaba

- Pues creo que esta noche no va poder ser – le contestó con mucha pena

- No es justo, llevamos mucho tiempo esperando esto. Hemos seguido el juego del coqueteo para esperar el mejor momento e incluso decidí no decírselo en la lechucería por no ser un sitio romántico, aunque estaba apunto de besarla cuando apareció Ron

- ¿Y por qué no lo haces ahora? Yo voy a ir un momento a hablar con Poppy, en diez minutos vengo y decidimos qué hacer ¿Vale?

- Vale

Harry miró el inocente rostro de Gin, parecía dormir plácidamente y en cualquier momento podría despertar. Posó su cabeza en la almohada junto a la de ella. Notaba su débil respiración, le acarició la cara ladeada y le apartó el pelo.

- ¿Me vas a dejar plantado? ¿Tan mal candidato parezco? Sé que yo no soy uno de esos chicos de séptimo curso, grandes, atractivos y fuertes, que te suelen rondar pero mis sentimientos son verdaderos... Gin, yo... yo... te quiero – Harry se adelantó y le dio un inocente beso en los labios

Las sensaciones pasaban muy rápido por su mente. Un enorme escalofrío se deslizó por su cuerpo desde los pies hasta la cabeza. Los músculos de su rostro no podían evitar sonreír y un aroma lo envolvió, el suave olor de Gin, de su pelo, de su cuerpo, se apoderó de él. Necesitaba mirarla, como si la hubiese podido romper con sólo un beso. Ella seguía igual, sin abrir los ojos, sin decir nada pero hubo algo que cambió, poco a poco un rubor se posó en sus mejillas. Harry le tocó la frente y notó un cambio de temperatura en ella. Su rostro frío, hasta ese momento, estaba recuperando calor.

Llamó a la enfermera y a Emy, llegaron inmediatamente. La Señora Pomfrey le tomó el pulso, le puso el termómetro mágico, le observó los ojos y luego marchó a por una pócima. Incorporó a Ginny, con la ayuda de Harry, y se lo hizo tomar. Cuando aún estaba incorporada, para que bajara mejor el brebaje, Ginny entrelazó sus dedos con los de Harry, que casi se cae de culo por la impresión. Poco a poco la posaron de nuevo en la cama. Ella esbozó una pequeña sonrisa y comenzó a pestañear, gimió y Harry entendió que la luz la hacia daño, inmediatamente puso la estancia en penumbra.

- Gracias – musitó Ginny

- ¿Cómo te encuentras, cariño? – Preguntó Emy

- Como si hubiese dormido un año entero, me duele el cuerpo y la cabeza – la voz de Ginny era débil y lenta pero no soltaba la mano de Harry, ni dejaba de mirarlo

- Te traeré algo para remediar eso – dijo la enfermera

- Gin, yo...

- Harry... ¿Qué pasó ayer?

- Has estado inconsciente desde el viernes de la semana pasada. Hoy es sábado, el día del baile – Le explicó Emy

- ¿Baile? ¡Oh, no!

- No debes preocuparte, sólo es un baile y tendrás muchos en tu vida, lo primero es tu salud – La Señora Pomfrey le hizo tomar un líquido que parecía batido de fresa, incluso olía así – Si te portas bien, te dejaré cenar algo aquí sentada, aún estás muy débil

- Pero yo quería ir al baile... contigo...

- No te preocupes, Gin, si tú no vas al baile, él vendrá a ti – Se soltó suavemente de ella y la miró con todo el amor en sus ojos - ¿Me esperarás despierta? No me vuelvas a dejar solo

- Sí, aquí estaré – Ginny le sonrió

Harry salió como un rayo en dirección a las cocinas, se encontraba feliz y excitado. Cuando llegó allí, le encargó a Dobby lo que debía de hacer y dónde debía presentarlo. Se marchó dando mil gracias y se fue a su habitación, cogió la mini-cadena, que su padrino le había regalado por Navidad, y se fue para la enfermería. Allí seguía Ginny, en ese momento estaba tapada por un biombo, ya que la enfermera la estaba reconociendo.

- Harry ¿Vas a organizar una cena aquí?

- Sí

- ¡Eso es muy romántico! Pero la pobre Ginny se queja de la pinta que tiene en camisón

- Pero si ella siempre está guapísima

- ¿Por qué no te presentas tú en pijama? Si me permites, te arreglo en un segundo el cambio

- Me parece bien – Harry volvió a mirarse después de que una luz le alcanzara – Genial, es muy bonito, gracias... tengo que pedirte un favor

- Dime

- ¿Puedes convencer a la Señora Pomfrey que nos deje solos durante la cena, separados por unos biombos?

- Claro, seguro que accede ¿Has traído velas?

- No, yo no tengo, ni sé dónde conseguirlas

- Aquí – Emy hizo un movimiento de mano y apareció una caja llena de vela – Va a quedarse de piedra, Harry... Déjame hablar con Poppy antes de que la digas nada, ve a hablar con ella de cualquier cosa – Emy se fue hacia la enfermera, la cogió por el brazo y se la llevó a parte, Harry veía como su cara cambiaba por momentos

- Ya estoy aquí ¿Qué tal te encuentras?

- Mucho mejor, más despejada

- Me alegro, me has tenido muy preocupado

- Lo sé, me lo han dicho y que no te has movido de mi lado, si no era obligado... Muchas gracias, Harry

- No hay porqué darlas, no lo he hecho por ti, lo he hecho porque no podía estar en ningún otro sitio que no fuese a tu lado

- ¡Harry! Yo...

- Me parece una idea genial... Espero que de mayor no cambies, los hombres os volvéis unos dejados cuando ya nos tenéis controladas – Después de decirlo le dio un achuchón y se alejó con Emy a su despacho

- Vas a tener que esperar cinco minutos más – dijo Harry sonriéndole

- No entiendo – contestó Ginny con cara de no comprender muy bien que tramaba Harry

- Ahora lo verás... cinco minutos

Harry salió para el fondo de la sala, colocó los biombos, dio un silbido y apareció Dobby con una mesa redonda con un mantel. El elfo estaba encantado de servir al joven señor y en cuanto hubo situado la mesa a una distancia correcta de las paredes, hizo aparecer dos sillas para colocarlas. Mientras, Harry sacaba las velas y las dispuso en el alféizar de las dos ventanas que tenían tras ellos, colocó una más grande en el centro de la mesa. Dobby volvió con la cubertería y los platos, Harry colocó la mini-cadena, buscó música apropiada y la dejó preparada. Miró al elfo y le hizo un gesto de que todo estaba correcto. Harry sonrió y salió de entre los biombos. Miró a Ginny que parecía divertida por algo.

- ¿Qué haces en pijama, Harry? – preguntó sonriendo la joven

- Para que estuviésemos en igualdad de oportunidades, no me voy a deleitar yo sólo con verte a ti en camisón – Harry sonrió al ver el rubor en ella - ¿Te sientes con energías de levantarte y sentarte en una silla?

- Creo que sí, si me ayudas

- Eso está hecho – Harry retiró las mantas de la cama y pasó un brazo por el pequeño cuerpo de su Gin – Vas a tener que cenar bien esta noche, señorita, hay que recuperar esas fuerzas – La ayudó a ponerse en pie

- ¡Uy!

- ¿Te duele? ¿Te mareas? ¿Qué te pasa? – Preguntó Harry asustado

- Que el suelo está frío y no llevo zapatillas – Después de decirlo no pudo evitar soltar una pequeña carcajada

- Muy simpática, sí, sí, vas a terminar con mi pobre corazón – dijo Harry mientras la mantenía sentada en la cama y buscaba dónde estaban las zapatillas

- No te preocupes me gusta andar descalza

- Está bien – Harry también se quitó sus zapatillas y las dejó allí – Es verdad, el suelo está fresquito, se agradece – La llevó hasta los biombos cogida por la cintura y con un brazo suyo por los hombros. Observó su cara al ver la sorpresa y se sintió muy orgulloso de sí mismo por la idea que había tenido

- Harry ¡Qué detalle más precioso! Gracias – exclamó Ginny ensimismada

- "Incendio" – Harry encendió todas las velas de un solo hechizo – "Accio" – la música comenzó a sonar suave, era una balada muy bonita – Si no podemos ir al baile, pues él viene a nosotros

- No sé qué decir, esto es... fantástico... Muchas gracias

- No hay de qué, todo desaparecerá si la dama no cena debidamente

- ¿Cenar? ¿Y la comida?

Harry silbó y Dobby apareció con varios platos flotando.

- ¡Qué aproveche! Avísenme cuando terminen para traer los postres

Y sin más, desapareció. Comenzaron a cenar y a hablar, era fácil cuando abandonaban el tema de los sentimientos. Comentaron los exámenes, la boda, las vacaciones, recordaron cuando se conocieron y ciertas anécdotas del colegio.

- En mi primer año me di cuenta del error que cometemos todos, al principio, contigo – dijo ella suavemente – Pensamos que por que seas un personaje famoso, por haber librado al mundo de aquel horror, debíamos verte y tratarte como un héroe o algo por el estilo. Yo también cometí ese error, me deslumbró tu nombre antes que tú, aunque desde hace mucho tiempo ya no es así

- Lo sé. Nunca antes habíamos hablado de la Cámara después de lo sucedido

- No suelo mencionarlo, fue muy duro para mí, aunque he de decir que yo no sería la misma de no haber pasado por aquello... Supongo que tú tampoco

- Emy tuvo razón cuando os dijo que yo nunca he deseado ser el niño que sobrevivió. Daría lo que fuese por haber tenido una vida normal, con mis padres a mi lado y con amigos como vosotros

- El tiempo me enseñó que, de no haber vivido las experiencias que se nos presentan, quizás nosotros no hubiésemos sido las mismas personas ¿Cambiarías lo que está pasando ahora mismo? – Ginny se sonrojó al preguntarlo

- Esto no lo cambiaría por nada del mundo, Gin

- Me alegro, porque yo tampoco

- ¿Un helado de chocolate? – Harry se acobardó de seguir con esa conversación y por un momento pudo ver la mirada decepcionada de Ginny

- Sí, claro

Harry silbó y de nuevo apareció Dobby trayendo dos copas con helado de chocolate y llevándose el resto de platos, para así dejar la mesa despejada. Se despidió de ellos con una gran sonrisa y desapareció. Comieron el helado en silencio, aunque a ninguno de los dos le pareció incómodo, oían las suaves melodías que provenían de la radio mágica y se miraban el uno al otro. Ginny no podía más y dejó el helado prácticamente entero. Harry sonrió al ver que tenía la mejilla manchada de helado, no sabía si debía decir algo, así que lo que hizo fue levantarse con su servilleta y ponerse de cuclillas junto a ella. Por la cara que puso Ginny, Harry decidió explicarse.

- Tienes una mancha de helado en la mejilla, te la voy a limpiar

Harry sacó una sutileza asombrosa en él y, con toda la dulzura del mundo, le limpió el rostro con la servilleta. Sus caras estaban muy juntas, era la segunda vez que estaban a esa distancia el uno del otro y Harry no aguantaba más las ganas de besarla. Se acercó despacio a su boca, ella no se movió, ambos sentían sus respiraciones entrecortadas por los nervios y sus labios se unieron en un beso cálido, tierno, suave como un susurro, lento como si el tiempo se hubiese parado, ingrávido como si estuviesen flotando en el aire y caliente como una tarde de verano. Se separaron, se miraron a los ojos y en ese mismo instante supieron que comenzaba una nueva vida para ambos.

- Gin, lo he deseado desde...

Las puertas se abrieron de golpe y una ráfaga de frío inundó la estancia. Harry escuchó los gritos de su madre en la cabeza y supo, en ese momento, que quien venía hacia ellos, era un dementor.