Ya sabéis cómo me gusta esta pareja y cómo la shippeo to the death 33


LOBA HERIDA

No recuerda haber llegado a su habitación. Cuando cierra los ojos, lo único que nota es la piel callosa contra su mejilla, el ramalazo de dolor que empieza junto a sus labios y rebota durante minutos dentro de su cabeza, la humillación cuando sus rodillas chocan contra el suelo y oye las risas ahogadas de unos pocos en el silencio de muchos. Intenta no llorar cuando se mira en el espejo. Se prometió a sí misma la última vez que no lo haría. Las lobas son orgullosas, fuertes, poderosas… no el despojo cobarde y débil que le devuelve la mirada frente a sí.

Con furia, arremete contra los botes y candelabros que adornan la mesita y los estrella contra el suelo. El grito de dolor que viene a continuación no le pilla por sorpresa.

—¡Fuera! —grita cuando escucha la pesada puerta de madera moverse en sus goznes. —Fue… ra… —repite, derrotada, con los ojos cerrados y las pestañas mojadas.

La puerta vuelve a cerrarse, pero los pasos perezosos y pesados que resuenan a su espalda le indican que no está sola. Se agarra con fuerza a la mesita, temerosa de quien pueda estar allí con ella. Si al menos tuviera una doncella… No. La reina Cersei también le quitó eso.

—¿Habéis venido a terminar el trabajo? —pregunta aún sin volverse, en un hilillo de voz que no reconoce como propio.

Los pasos continúan, cada vez más próximos a ella. El caballero suelta algo sobre la cama y el colchón se hunde por el peso. Segundos que se hacen eternos y un miedo que la mantiene en el sitio. Por acto reflejo, se lame la sangre que aún le gotea del labio y tarda más de lo necesario en darse cuenta de que, lo que oye, es el tintineo de las cosas que ha tirado ella misma hace un momento. Sorprendida, mira al enorme hombretón que, en cuclillas, está recogiendo los trozos rotos de un par de botes de ungüento casi vacíos y unas velas consumidas. Cuando él le devuelve la mirada, el sentido común le obliga a retroceder un par de pasos para alejarse de él.

Sin decir nada, él se endereza y vuelve a dejar los objetos sobre la mesa.

—¿Os… os envía Jeoffrey?

Él sonríe de medio lado, otorgándole un aspecto aún más grotesco a su rostro quemado.

—¿Qué os hace pensar eso, mi señora? —Sansa nota el tono de burla en su voz y la rabia que le despierta es lo único que le da fuerzas para contestar.

—Un Perro sólo va allí donde le ordena su amo.

La sonrisa en la cara de Sandor desaparece y sin pensarlo dos veces se acerca a ella hasta que es capaz de oler la sangre, ya seca, que le adorna el rostro. La mira desde arriba, con esa mirada fiera que hace empequeñecer a Sansa y sentirse como una presa.

Un lobo jamás debería sentirse así.

—¿Y adónde van los pajarillos heridos para lamerse sus heridas?

Un aguijonazo de orgullo herido hace que Sansa se estremezca.

—No lo sé, preguntádselo vos a uno.

Él estira el brazo y coloca sus dedos bajo la barbilla de la muchacha. Con un movimiento suave, pero firme, la hace inclinar el rostro hacia él.

—¿Y adónde va una loba estúpida a lamerse sus heridas?

Ella le empuja con todas sus fuerzas mientras grita de rabia y se rinde al picor que las lágrimas tras sus párpados lleva minutos haciéndole. Pero ni con todas las fuerzas que le quedan, que tampoco son muchas, consigue que Sandor Clegane se mueva un ápice de donde está.

—¡Debisteis dejarme hacerlo! —le grita mientras trata, a duras penas, de recuperar el aliento. Se aparta, como si él mismo la quemase. —¡No debisteis detenerme! ¿Acaso os gusta verme así? ¿Disfrutáis cuando me humilla? ¿Cuando sangro?

—¿Es que preferirías que vuestra linda cabecita adornara el muro exterior, lady Sansa?

—¡No me llaméis así! —se derrumba y otra vez vuelve a estar a sus pies, igual que en la sala del trono, mientras el guardia la abofeteaba por orden de Jeoffrey y él no hacía nada. Nada. —Me lo han quitado todo. ¡TODO! Mi padre, mis hermanos, a Dama… Los antiguos Dioses le dieron a Robb una espada y el valor de clavarla en el corazón de sus enemigos. ¿Y qué tengo yo?

—Una cabecita, pajarito. Paciencia y un motivo. En la guarida del león, vas a tener que aprender a pasos agigantados. —Clegane se agacha para quedar a su altura. Sansa no sabe de dónde ha salido, pero de pronto tiene en las manos un pañuelo húmedo con el que empieza a limpiarle el rostro con una delicadeza impropia de él. —Lo que tenéis entre las piernas os servirá mejor que cualquier espada, pajarito. Sólo aseguraos de venderlo al postor adecuado.


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