Hey, hey, ya estoy aquí. Dudo que suba este capítulo hoy, pero no tengo ningún libro para leer y voy camino de Valencia en el tren así que… A falta de libro, buena es la escritura jajajaja. No tengo mucho más que decir aquí, así que, nos vemos abajo.
Y, como siempre, iCarly no me pertenece.
Desde la noche del sábado que apenas iba por casa, no me sentía bien recibida allí. Después de clase iba a casa de Carly y ayudaba a Spencer con sus esculturas o hacía deberes con Carly o estudiaba y luego me iba a ensayar. Cuando terminaban los ensayos, que para mi no tenían hora límite, iba a casa, cogía lo primero que pillaba de la cocina y me metía en mi habitación a practicar un poco con mi vieja guitarra o a ensayar para la fiesta de Halloween que tendría lugar en 3 días.
También hacía video llamadas con el Skype y hablaba con los chicos. Siempre había algo que contar, todos los días, nunca fallaba. Freddie me contaba como avanzaba Gibby en el gimnasio, Brison hablaba de su ligue del día y comentaba que se había fijado en una chica. Ninguno sabía quién era la jovencita que iba a sacar a Brison de sus mundos mujeriegos, ni siquiera Brad lo sabía. Al menos podía tener la mente tranquila porque me había asegurado que no era yo la chica misteriosa.
-Una cosa – Brad cortó de raíz la charla de Brison sobre por qué no nos iba a decir quien era la chica misteriosa – para la fiesta del sábado… ¿cómo nos vamos a disfrazar? Vamos a tocar la canción de Sam, así que… tratándose de Halloween, podríamos disfrazarnos acorde al mensaje de la canción.
-Digamos que por lo que sea todos nos sintamos identificados con la canción. ¿Cómo os sentís al escucharla? ¿Cómo os sentís cada día para que al escuchar esa canción os identifiquéis con ella?
-Yo me siento como si me hubieran dado una paliza – Dije –. Es decir, a mis sentimientos, no sé como explicarlo.
-Creo que te entiendo. Es como si te dieran golpes pero por dentro – Dijo Cameron.
-Exacto.
-Nos podríamos vestir más o menos arreglados, ya sabéis, camisas, corbatas, chalecos… pero todo roto y sucio, como si nos hubieran pegado.
-Y podemos utilizar sangre artificial y vendas para darle más realismo.
-De la sangre artificial nos podemos encargar nosotros, – Avisó Brad – tenemos bastante guardada del Halloween del año pasado y está en perfectas condiciones.
-Mi madre es enfermera así que vendas tengo para dar y regalar – Dijo Freddie.
-A Carly el maquillaje se le da genial así que podría caracterizarnos un poco antes de la fiesta y luego yo puedo encargarme de retocar algunos detalles.
-Entonces decidido. Nos disfrazaremos de gente noqueada.
Todos asintieron y empezaron a comentar lo que iban a ponerse. Pero… ¿qué iba a ponerme yo? Mañana por la noche rebuscaré por el desván a ver si hay algo que me pueda valer. Por ahora… me voy a dormir.
-Chicos, una que se va. Mañana hablaré con Carly sobre lo del maquillaje y os diré qué le parece ¿vale?
-Ferpecto.
-Hasta mañana.
-Hasta mañana Rubia.
-Adiós.
-Que duermas bien Pitufa.
Cerré el Skype, apagué el ordenador y me metí en la cama, donde me esperaba mi gato Espumita hecho un ovillo.
A la mañana siguiente, Cameron llegó al instituto con las gafas de sol puestas. Cosa rara dado que el sol brillaba por su ausencia.
-¿Y esas gafas? – Le pregunté divertido cuando se sentó a mi lado.
-El capullo. El imbécil del novio de mi madre se metió anoche en la habitación de Lilly, por eso me fui de repente. Le di y él me la devolvió.
-¿Otra vez? Cam, no puedes seguir viviendo en esa casa, ni tú ni Lilly, no es seguro para ninguno de los dos.
-¿Qué otra opción tengo Freddie? No puedo pagar un apartamento ni una habitación de hotel. He hecho lo único que está en mi mano por el momento. He cogido la cama de Lilly y la he metido en mi habitación. En cuanto terminemos las clases me voy a la ferretería a comprar dos pestillos y los pondré en mi puerta y en la suya. Por el día puede estar en su habitación, por las noches no. No pienso dejar que ese bastardo le ponga una mano encima a mi hermana.
-Sabes que podéis quedaron en mi casa.
-Sí pero ¿por cuánto tiempo? No puedo mudarme contigo y dejar a mi hermana, y conociendo a tu madre no dejará que nos mudemos los dos allí – Suspiró –. Freddie, créeme cuando te digo que quiero irme de esa casa y llevarme a mi hermana, pero hasta que encuentra algo mejor, hasta que no tenga dinero, estoy atrapado allí. Pero juro que mientras esté allí, haré todo lo posible porque mi hermana está segura.
-Sé que quieres irte, estoy más que seguro. Espero que Lilly se dé cuenta del hermano que tiene, porque creo que todavía no es consciente del todo de lo que te preocupas por ella.
-Yo creo que sí que es consciente. Solo me tiene a mí y yo solo la tengo a ella.
-A nosotros también nos tienes.
-Lo sé, pero… es diferente, ni siquiera sabría explicarlo.
-Creo que sé lo que quieres decir, pero yo tampoco sé definirlo con palabras. Pero puedo decirte con palabras que estoy aquí, a tu lado, y lo estaré siempre. Pase lo que pase, igual que tú estuviste a mi lado cuando te necesitaba. Somos brothers of blood ¿recuerdas?
-Como para olvidarme – Dijo con una risita.
Era cierto, Cameron y yo éramos hermanos de sangre, aunque no literalmente claro. Hace unos años en el taller de tecnología, mientras trabajábamos con la madera, me hice un corte en la palma de la mano, él lo vio, se acercó a mí, me dio un fuerte apretón de manos y dijo:
-Ahora somos hermanos de sangre. Brothers of blood.
-Gracias – Susurró justo antes de que empezara la clase.
-No me las des, sabes que te lo debo.
Finny entró en clase y noté que estaba un poco pálido, aunque no le di importancia. Supongo que yo tampoco tenía el mejor color del mundo pues, cuando pasó mi lado para darme el examen me preguntó si quería ir a la enfermería. Me negué. Mi dolor no lo curaban las medicinas. Me quedé en la clase e hice el examen que, por cierto, me salió muy bien. Supongo que el hecho de que mi madre no me hablara me ayudaba a concentrarme.
-Sam – Me llamó Finny cuando terminó la clase. – ¿Te apetece que nos tomemos un chocolate caliente?
-Claro. Se han acabado las clases así que… no tengo nada mejor que hacer.
Se dirigió a la mesa y comenzó a tambalearse. Automáticamente me apresuré a agarrarlo.
-¿Estás bien? – Le pregunté preocupada ayudándole a sentarse.
-Sí, sí, tranquila. Es la edad y que no he comido mucho en todo el día, no tienes por qué preocuparte. Tú dirás – Dijo tranquilamente poniendo chocolate en la taza.
-Basta.
-Está bien. Bueno, ¿tienes algo que contarme?
-Pues… ¿recuerdas que me dijiste que demostrara a Ted lo mal que nos trataban los deportistas? – Asintió – Pues, hace poco entré a formar parte de un grupo y el 5 de Noviembre vamos a vengarnos de los deportistas, para que se den cuenta de lo mal que lo pasamos nosotros cada día.
-Me parece una buena idea siempre y cuando no haya heridos.
-Nunca te metas con una masa enfurecida. No aseguro nada.
-Bueno… Me alegro de que estés en una banda, siempre has sido una jovencita con mucho talento. Me recuerdas mucho a mi hija.
-¿Tienes una hija?
-Tenía. Por desgracia falleció ya hace muchos años. Una enfermedad se la llevó cuando tenía tu edad más o menos. Me recuerdas mucho a ella, pequeña pero matona, fuerte y débil al mismo tiempo, aunque esto último no deje que se vea mucho. Luchas por lo que quieres y por hacer lo que te gusta y te apasiona. Eres como ella. Su viva imagen. Puede que por eso te tengo tanto cariño.
Noté como una pequeña lágrima me recorría la mejilla. Finny era en estos momentos, lo más parecido a un padre que podía tener. No tenía a mi madre, pues parecía ser que para ella yo estaba muerta y enterrada, tampoco tenía a mi padre. Estaba Spencer que siempre había sido como un hermano mayor para mí, pero Finny era de las pocas personas que siempre había tenido fe en mí.
-No sé… qué decir – Dije saliendo de mi trance y tratando de ocultar mi lágrima traicionera.
-Tranquila, es la edad, hace que me ponga nostálgico.
-Su hija fue muy afortunada de tener un padre como usted. Debió ser muy feliz.
-No me trates de usted, ya no estamos en horario lectivo. Anda dime, ¿actuaréis en la fiesta de pasado mañana?
-Sí, pero todavía no sé que voy a ponerme. Supongo que rebuscaré por las cajas del desván o del garaje – De todas formas no tengo dinero para comprarme un disfraz y la ropa de Carly no me viene.
-Estoy deseando verlo, todavía no te he visto en acción sobre un escenario.
-Tú ven el sábado y verás de lo que soy capaz. Bueno, será mejor que me vaya, me espera una larga sesión de busca y captura del atuendo perfecto.
-Sí, además, tú madre debe estar preocupada.
-No lo creo – Susurré antes de salir de la clase.
Encontrar en mi armario un traje apropiado para el sábado no fue problema. Soy Freddie Benson, mi madre me compra un traje cada vez que tiene oportunidad. Pero el problema de tener tantos trajes de tantos colores era elegir uno. Ahora mismo tenía tres modelos sobre la cama y yo los miraba concentradísimo. Uno de esos trajes iba a pasar a mejor vida en dos días, lo iba a romper, cortar, manchar y ensangrentar.
¡Era tan difícil escoger uno para deshacerme de él! ¡Todos eran horribles!
Bueno, no horribles, pero no soy la clase de chico que adora vestirse de traje. A la última boda que nos invitaron iba a ir en vaqueros y deportivas, pero mi madre se las ingenió para meterme dentro del traje.
Me llevé la mano al bolsillo, saqué mi teléfono y marqué el número de Cam.
-Momento feminidad – Le dije en cuanto respondió. – No sé qué ponerme para el sábado.
-Momento feminidad, yo tampoco. ¿Qué opciones tienes?
-Algunas de las cosas que me compra mi madre.
-Los pantalones esos negros que te pusiste en el último concierto antes de que entrara Sam y esas deportivas tan súper geniales que tienes pueden estar bien.
-¿Sigues teniendo esos vaqueros grises?
-Por supuesto.
-Póntelos.
-Me parece buena idea. Oye, mi hermana acaba de llegar de sus clases de Judo. Voy a ver si quiere echarme una mano. Te llamo luego.
-No, espera… ¿Y a mí quién me ayuda a elegir?
Tras pensármelo dos segundos, agarré todo lo que había en la cama y los zapatos y me fui al apartamento de los Shay.
-¡Spencer! – Grité cuando conseguí abrir la puerta.
-¿Qué pasa Freddo?
-Necesito que me ayudes a elegir la ropa para el sábado.
-¿Alguna señorita a la que quieras impresionar?
-¡No!
-Entonces soy tu hombre, vamos a mi habitación.
Perdí la cuenta de cuántas veces me cambié de ropa en las dos horas que estuve con Spencer. Me ponía y me quitaba ropa y zapatos, cuando estaba a mitad de camino desabrochando botones, el mayor de los Shay cambiaba de opinión y hacía que me quitara los pantalones y me pusiera otros. Incluso se ofreció a dejarme ropa suya que sabía que me iría a la perfección, pero cuando le explicaba el destino que les deparaba a estas pobres prendas de ropa, se negaba en redondo a abrirme su armario.
Finalmente, encontramos la combinación perfecta. Unos pantalones negros, una camisa del mismo color a rayas y unas deportivas blancas. Sí, estuve dos horas y media para acabar con esa ropa. Solo faltaba que Carly hiciera su magia el sábado.
En cuánto llegué a casa escuché a mi madre gritar a los cuatro vientos una vieja canción que no conocía ni ella mientras levantaba animada una botella de vodka. Corrí escaleras arriba para que no me viera y me metí en el desván. La cantidad de polvo que había en aquella pequeña habitación, me hizo estornudar y toser hasta que me acostumbré y pude ponerme a buscar. Me senté en el suelo y miré en todas las cajas que tenían mi nombre escrito y no encontré nada apropiado. Todo eran trastos y ropa de cuando tenía dos años. Derrotada me dejé caer hacia atrás y, como consecuencia me di un fuerte golpe en la cabeza.
-Joder, ¿quién ha dejado algo ahí? Mierda, que daño.
Me giré bruscamente para ver con qué me había dado el golpe. Esperaba ver una caja o algo por el estilo, pero me equivocaba… No era una caja. Era un baúl. Y tenía mi nombre escrito con letras negras. Me extraña que hubiera pasado desapercibido durante… a saber cuánto tiempo… aunque teniendo en cuenta que apenas subíamos al desván.
Acaricié la tapa del baúl para quitarle el polvo y mi nombre se vio con mucha más claridad. Lo abrí cuidadosamente, por algún motivo que no llegaba a comprender, tenía un miedo tremendo a que aquel cofre se rompiera. Lo primero que vi dentro de este fue un sobre amarillento, debido al paso de los años, con mi nombre escrito. Lo tomé en mis manos y lo abrí.
No había terminado de leer la primera palabra y mis ojos ya estaban llenos de lágrimas.
Hola Sam.
Me resulta increíble que ya tengas 18 años, si parece que fue hace unos minutos cuando te tuve en mis brazos por primera vez. Lo recuerdo perfectamente. Me ofrecí a cogerte el primero y cuando te vi por fin cara a cara, sin ningún monitor de por medio, supe que era el hombre más feliz de toda la faz de la tierra y también estaba seguro de que en mis brazos, tenía una de las cosas más bellas que había visto.
Cuando solo tenías unos pocos días, ya se notaba que ibas a dar guerra, por que no parabas de llorar y de patalear, a parte de tener un apetito voraz. Cuando llorabas, solamente quería que te durmieras para poder descansar un poco, pues tu madre nunca estaba por la labor de levantarse a darte el biberón; pero, cuando te dormías, esperaba impaciente que te volvieras a despertar, aunque solo fuera para poder mirarte a los ojos o para escucharte balbucear cosas que solo tú podías entender.
Conforme te ibas haciendo más mayor, me quedó claro lo peleona que ibas a ser, lo fuerte que ibas a ser. Y también me di cuenta de lo mucho que te gustaba la música. Cuando solo eras un bebé, solamente te dormías cuando te ponía una canción; cuando tenías tres años me pedías una y mil veces que te cantara una nana o te pusiera la música de dormir. Cuando cumpliste 5 te regalé tu primera guitarra y a día de hoy, se me llenan los ojos de lágrimas cuando recuerdo la chispa que brillaba a través de esos iris azules que tienes, cuando abriste el paquete y la viste. Te pasaste la tarde en tu cuarto cantando y haciendo un ruido insoportable con aquel instrumento. Estabas tan sumergida en tu música que no te dabas cuenta de que yo siempre estaba tras de ti, mirando sonriente como desarrollabas tu talento.
También recuerdo el primer día que fuiste al colegio. No querías soltarte de mi mano, no tenías miedo, te pasaste toda la noche anterior diciendo que si alguien se acercaba a ti le darías fuerte en los dientes; simplemente no querías que me fuera. Ese día te prometí que siempre iba a estar a tu lado, de una forma o de otra, pero siempre lo haría.
Sin ni siquiera darme cuenta, el primer día de instituto había llegado. Te levantaste más pronto de lo normal porque querías enseñarme lo que habías progresado con el piano y con la guitarra. Parecía ser que mis lecciones estaban surtiendo efecto. Antes de que te fueras, te volví a decir lo que te dije el primer día de colegio: Que siempre estaría a tu lado.
Y hoy cumples 18 años, no puedo esperar a ver la reacción que tendrás cuando leas esto, aunque para ello faltan todavía 4 años. Sí, tu padre siempre ha sido un loco que prepara los regalos con 4 años de antelación, pero más vale prevenir que curar.
El motivo por el que te escribo esta carta es para demostrarte, una vez más, que siempre estaré a tu lado, para recordarte que siempre serás mi chica perfecta, para animarte a que sigas esforzándote y luchando por cumplir tus sueños y para aconsejarte que no cambies nunca.
Te quiere.
Papá.
P.D.: Espero que te gusten los regalos.
Cuando terminé de leer la carta no sabía el sentimiento que desprendían las lágrimas que mojaban mis mejillas: rabia, tristeza, desprecio, ira, amor, felicidad, impotencia, desconfianza… Mi cuerpo se había convertido en un recipiente en el cual se mezclaban sensaciones y sentimientos contradictorios igual que se mezclan los ingredientes para hacer un pastel.
Rompió su promesa de estar siempre a mi lado, la rompió por completo, aunque no sé los motivos que pude tener para hacerlo. Sin embargo estaba viendo que él, al contrario que mi madre, me quería y me protegía.
Dejé a un lado la carta y me sequé las lágrimas con la manga de la sudadera. Miré de nuevo en el baúl y vi una pequeña cajita de terciopelo azul algo cubierta de polvo. La abrí y, de nuevo, las lágrimas se agolparon en mis ojos nublándome la vista. Dentro de la caja había un colgante de plata en forma de nota musical en la que habían gravado "Always". Saqué la cadenita con mucho cuidad, como si estuviera hecho de cristal, los sostuve en el aire unos segundos y después me lo puse. Aquello iba a estar colgando de mi cuello hasta el fin de los días.
Dirigí la vista, de nuevo, al viejo baúl de los recuerdos. Retiré el papel de seda que cubría el siguiente regalo, y al sacarlo, me quedé con la boca abierta. Era un vestido. Puede que no fuera el más caro del mundo, y puede que no estuviera hecho por un gran diseñador, pero para mí, era el mejor vestido del mundo, el vestido perfecto. Era el vestido que llevaría en la fiesta del sábado.
-Gracias papá – Susurré antes de guardar el vestido y la carta en el mi cofre del tesoro particular.
Hasta aquí. Llevo 3 días escribiendo esto y espero que esté a la altura de las circunstancias. Mañana empiezo las vacaciones, por fin, y podré centrarme un poco más en el fic. Si no es en el próximo capítulo, en el siguiente habrá canción. Y en breves llega… sí, por fin, tras tanta espera, llega la Vendetta.
No tengo nada más que decir salvo que dejéis vuestros reviews con lo que queráis, estamos en un mundo libre.
Nos vemos en el próximo capítulo.
Besos ^^
