Hey, hey, ya estoy aquí. Muchas gracias por los reviews del capítulo anterior y espero que este os guste tanto o más. No tengo nada más que decir salvo que, el humor que tengo encima me viene de perlas, pero vamos, como anillo al dedo para escribir este capítulo. Nos vemos abajo.

Y, como siempre, iCarly no me pertenece.


Las palabras que salieron de la boca de Carly hicieron que palideciera, sentí que me mareaba, como si hubiera bebido el doble de lo que había tomado, pero estaba segura de que todo el alcohol que podía tener en la sangre se había esfumado en ese mismo instante. Debí de irme para atrás, pues noté la mano de Freddie en mi espalda.

-¿Qué ha pasado con Finny?

-Spencer me ha llamado. Dice que ha pasado por delante de casa de Finny y estaba la policía y una ambulancia.

-¿¡Pero que le ha pasado?

-¡Le ha dado un infarto! ¡Está en el hospital!

-Tengo que ir – De mi garganta no salió más que un débil hilo de voz cargado de desesperación y de miedo – Tengo que ir.

No pasaron ni dos segundos antes de que saliera corriendo como alma que lleva el diablo, y no me importaba si tardaba horas en llegar, si me atropellaban o si me violaban; me daba todo igual, solo quería salir de allí y llegar al hospital cuanto antes.

-¡Sam! ¡Sam espera!

-¡No puedo! ¡Tengo que ir al hospital!

-Si vas corriendo llegarás allí por la mañana. Cogeremos la moto de Cameron. ¡Carly! ¡Entra y dile a Cameron que he cogido su moto para una urgencia! ¡CORRE!

Sin dejar de correr, fuimos hasta la moto, por suerte, Cameron tenía manía de dejar las llaves de la moto puestas cuando estaba en el puerto. Nos encasquetamos los cascos y montamos:

-¿Sabes conducirla? – Le pregunté.

-No. Pero para todo hay una primera vez ¿no? – Respondió mirándome por encima de su hombro. Y sin previo aviso arrancó y aceleró al máximo.

El aire frío me daba en la cara, y el hecho de estar empapada no ayudaba mucho. A eso hay que añadir el hecho de que Freddie nunca había llevado una moto hasta la fecha y que iba rompiendo todos los límites de velocidad. Me agarré a él con todas mis fuerzas, temí incluso hacerle daño, pero en ese momento de daba todo igual.

Freddie esquivaba los coches, se metía en dirección contraria y cada vez que veía los faros de un coche acercarse a nosotros, sentía que era la última cosa que iba a ver en mi vida. No obstante, tras los diez minutos más aterradores de mi vida, llegamos a la puerta del hospital y entramos corriendo, asustando a varias personas que estaban sentadas en la sala de espera.

-¡Queremos ver a Finny Marx!

-¿Son parientes suyos?

-¡No, pero necesitamos entrar a verle, le acaba de dar un infarto y yo soy lo único que tiene!

-Lo siento, si no es un pariente no pueden pasar.

-¡Necesito verle, por favor!

-Lo siento, son las normas del hospital.

Le di un puñetazo al mostrador y me aparté, sintiéndome impotente.


-Escúchame con mucha atención – Le susurré para asegurarme de que la recepcionista no escuchaba nada – No te asustes, solo corre, busca el número de habitación en el registro y vete a toda velocidad allí. Cuando llegues me mandas el número por mensaje, me reuniré contigo en cuanto me los quité de encima.

-¿Cómo?

-Hazme caso. Solo… corre.

Me aparté un poco de ella y me dejé caer al suelo de espaldas, como si me hubiera desmayado. Eso llamó la atención de varias personas, incluida la recepcionista, que se vio obligada a abandonar su puesto, dejando vía libre a Sam quien, todavía chocada por lo que acababa de hacer, obedeció lo que había dicho segundos antes y salió corriendo.

A los dos minutos sentí que mi móvil vibraba en mi bolsillo y abrí los ojos lentamente.

-¿Estás bien, chico? – Me preguntó la recepcionista – Te has dado un buen golpe.

-Estoy bien, ha sido solo un bajón de tensión. Voy a ir a comprarme algo a la máquina expendedora para que se me pase.

Fingiendo estar grogui todavía, me levanté tambaleándome y me acerqué a la máquina. Saqué el teléfono del bolsillo y vi en la pantalla un número: 366. La habitación de Finny. Me aseguré de que nadie me veía y corrí tan rápido como mis piernas me lo permitían hasta las escaleras. Subí los escalones de tres en tres y volví a correr por el pasillo hasta llegar a la puerta 366. Dentro estaba Sam, sentada junto a un anciano conectado a mil aparatos. Ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba en la habitación.

-Finny, me mentiste. Me dijiste que estabas bien y mira cómo estás ahora. No puedes dejarme, no puedes irte Finny, sabes que eres lo único que me queda, por favor. Tienes que ser fuerte y aguantar. Hoy hemos hecho la Vendetta, deberías haberlo visto, esos deportistas nunca volverán a molestarnos.

Soltó una risilla amarga.

-No puedes dejarme, no ahora. No tengo a nadie más.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Sam me recordaba tanto a mí el día que mi madre trató de suicidarse… Podía sentir su dolor, sabía lo que estaba experimentando en su interior por que yo también lo había vivido. Sin embargo, me sentí incapaz de acercarme a ella. Sobraba en aquella habitación, pero no podía irme ni tampoco acercarme.

-¿Sam? - La voz débil del anciano hizo que, tanto ella como yo, levantáramos la cabeza.

-Estás despierto. Tienes que seguir adelante Finny, por favor. Eres fuerte, mucho más fuerte que una persona de mi edad, no dejes que te venzan.

-Sam, puede que mi cuerpo sea fuerte, pero mi corazón ha decidido que es el momento de irme. Ya no quiere al viejo Finny en este mundo.

-No digas eso, vas a estar bien. Vas a salir de aquí y todo seguirá como antes, ya lo verás.

-Voy a contarte algo. Mi mujer, falleció cuando dio a luz a mi hija. En ese momento, sentí que el mundo se me venía encima y apenas le presté atención a mi pequeña. No fue hasta que ella cumplió cuatro años, cuando reuní el valor y la fuerza para acercarme a ella y preguntarle si le gustaría que fuera su padre, ya que hasta la fecha no lo había sido. Ella solo se acercó a mí, me abrazó y empezó a llorar. Me recordaba tanto a su madre… era como una copia de ella, por eso me dolía tanto verla. Conseguí recomponerme, al fin, pero… justo cuando las cosas empezaban a marchar, ella murió en mis brazos víctima de una enfermedad. El mundo se me vino encima, había perdido la esperanza en todo. Hasta el día que… una joven rubia… entró en mi clase.

-¿Yo?

-Exacto. Ya te lo dije hace un tiempo, eres igual que mi hija. Fuiste la encargada de devolverle la luz y la esperanza a mi vida. Me has hecho feliz durante mucho tiempo, pero ahora he de marcharme. Ha llegado mi momento.

-No, no ha llegado. No es tu momento.

-Sam, quiero pedir mis últimos deseos, y quiero que los cumplas.

-Está bien.


-Acércate chico.

Me di la vuelta y vi a Freddie apoyado en la pared con algunas lágrimas en las mejillas. No me había dado cuenta hasta ese momento de que estaba allí, pero la verdad es que lo agradecía. No quería estar sola en ese momento.

-Vamos, no tengas vergüenza, acércate. – El obedeció aunque un poco dubitativo - ¿Eres amigo de Sam?

-Sí, no hace mucho. Pero sí, lo soy.

-Quiero hacerte una pregunta. ¿La quieres?

-Claro, no habría cometido la locura de venir hasta aquí hace unos minutos si no lo hiciera.

No tardó ni un segundo en responder a esa pregunta, no se lo pensó, y lo dijo que tanta sinceridad…

-Sam, quiero pedirte tres cosas. Coge mi cartera, está en mi chaqueta – Metí la mano en la chaqueta de traje marrón de Finny y saqué su vieja cartera – dentro hay un papel doblado, cógelo.

Al abrir la pequeña cartera pude ver una foto de su mujer, él y su hija juntos, era muy vieja y estaba desgastada por los años, pero se podía apreciar perfectamente en sus caras que eran felices.

-Poco después de que muriera mi esposa, le escribí una canción a mi hija y se la cantaba todos los días para que se durmiera. Mi primer favor es… que le pongas música y, el día de mi entierro, la cantes y se la dediques a ella. Mi segundo favor es que toques mi canción favorita para mí ese mismo día.

-Eso va a ser en mucho tiempo – Solo con oír la palabra entierro, se me rompía el corazón y la carne se me ponía de gallina.

-Y por último – Sacó la mano de debajo de la sábana y yo me acerqué, casi corriendo, para agarrarla con todas mis fuerzas – quiero que cumplas esto al pie de la letra. Vive. Quiero que vivas, que mires adelante y que sigas haciendo las cosas como hasta ahora las has hecho. No les des el gusto de que te vean fracasar, sé tu misma. Eres la mejor persona que jamás he conocido Sam, y no quiero que te pase nada malo cuando yo esté. Prométeme que vivirás, sonreirás y serás feliz. Chico, cuida de ella, no dejes que le pase nada malo.

-Lo prometo – Freddie lloraba, su voz estaba rota.

-¿Puedo darte un abrazo?

Asintió y yo le abracé como pude. No me podía creer, no quería creer que esa fuera a ser la última vez que iba a poder abrazar a Finny. No quería creer que se estaba muriendo por segundos.

-Gracias – Susurré de forma que solo él pudiera oírme.

Entonces pasó. La máquina que marcaba el pulso del anciano nos avisó de que su corazón se había parado, inundando la habitación con un monótono pitido.

-No. No, no, No, no, No, NO, NO, ¡NO! ¡NO TE VAYAS, NO TE VAYAS FINNY! ¡NO TE VAYAS!

Sam comenzó a perder los estribos, a agitar la cama e incluso el cuerpo de Finny, y su voz era cada vez más aguda y alta. Pude oír cómo los médicos se acercaban corriendo a la habitación para ver si podían devolverle la vida al cuerpo inerte de Finny.

-Sam, tenemos que irnos o nos pillarán.

-¡NO PUEDO IRME, ME NECESITA!

-Sam… Por favor.

Ella no obedecía, por lo que me vi obligado a agarrarla de la cintura para apartarla de la cama. Automáticamente comenzó a patalear y a repartir puñetazos a diestro y siniestro mientras me suplicaba a gritos que la soltara y a Finny que no se fuera. Ambas cosas en vano. Me resultaba casi imposible mantener el equilibrio y al salir de la habitación unos de la habitación, uno de los médicos me apartó del camino, haciendo que tropezara y me diera de espaldas contra la pared y cayera al suelo todavía sin soltar a Sam.

No lo pensé ni dos segundos antes de abrazarla con todas mis fuerzas, más para evitar que se fuera que para calmarla. Cuando dejó de patalear empezó a temblar y a gemir, pero no soltaba palabra, ni tampoco lágrimas. Solo temblaba.

-Estas son sus cosas – Dijo la enfermera con una bolsa de plástico en la mano – No hemos podido hacer nada.

-No somos parientes suyos, solo unos amigos. En su cartera está su documentación, poneos en contacto con alguno de sus familiares – Dije.


Se había ido. Se había ido. Esa era la única cosa que rondaba mi mente en ese momento. Se había ido. Y los médicos también hacía un buen rato que se habían marchado, solo estábamos Freddie y yo. Seguía agarrándome con todas sus fuerzas y yo seguía temblando. Tenía ansiedad, sentía que me ahogaría si me quedaba un segundo más en ese lugar.

Me solté del agarre de Freddie y me fui hacia las escaleras seguida por este. El frío de la noche me abofeteó cuando salí del hospital.

-¿Te llevo a casa?

Negué con la cabeza. A donde sea menos a ese sitio.

-Está bien. Vamos.

Subimos de nuevo a la moto y Freddie nos llevó de nuevo hasta el puerto, pero no se metió en la zona de las naves, si no que fue hasta el faro. El trayecto hasta allí fue completamente silencioso y la media hora que estuvimos en lo alto de este también.

No podía creer que hubiera muerto. Para muchos era solo un profesor del montón que pone exámenes y corrige nuestros deberes, pero para mí era como mi padre. Era la única persona que confió en mí y ahora se había ido y no la iba a volver a ver nunca.

Se había ido para siempre.


Sam estaba de pie, apoyada en la barandilla y llevaba así más de media hora. No había dicho palabra desde que habíamos salido del hospital. Levanté la vista y me percaté de que estaba tiritando, algo normal puesto que la ropa que llevábamos no se había secado.

Me puse de pie, me quité mi chaqueta de cuero negro y, con sumo cuidado, se la puse. Entonces pasó algo que no me esperaba para nada, a pesar de que era lo más normal en esas situaciones.

Se dio la vuelta, me miró a los ojos durante un instante y empezó a llorar abrazada a mi torso. Me senté de nuevo en el suelo, con ella sobre mis piernas hecha un ovillo de lágrimas, hipidos, sollozos y temblores. La volví a abrazar, con la misma fuerza que hacía cosa de una hora, pero esta vez mi intención no era otra que consolarla y tranquilizarla, a pesar de saber que mis intentos serían en vano.

Una de las barreras que la oprimían estaba ahora mismo tan rota y derrumbada como la propia Sam. Sin embargo, hubiera querido que esta barrera protectora se viniera abajo en cualquier otra circunstancia o por un motivo completamente diferente. Y eso, junto con la tensión y con el dolor de escuchar a Sam llorar de aquella manera, provocó que las lágrimas inundaran mis propios ojos.


Hasta aquí. No sabría como definir este capítulo, aunque por lo general es triste, totalmente triste. Me he puesto a llorar mientras lo escribía por que la verdad, no estoy teniendo unos días muy… agradables que digamos y estoy algo bajada. Pero bueno, siento haber matado a Finny a pesar de que no haya tenido mucho protagonismo en el fic hasta el momento.

Cambiando de tema, ya son más de 200 reviews, MUCHAS GRACIAS A TODOS. He de advertir que estoy en la recta final del curso y voy a tope de trabajo así que, no seguiré con tanta frecuencia como me gustaría, pero no os preocupéis que no la voy a dejar parada y voy a seguir actualizando. Pero como os he dicho, no será demasiado seguido.

Nada más que decir salvo que dejéis vuestros reviews con lo que queráis, estamos en un mundo libre.

Nos vemos en el próximos capitulo.

Besos ^^