Capítulo 3 : Tormenta emocional.

Aquella misma tarde, Harry se hallaba sentado en el despacho de Borrows y Burkes Asociados, una empresa muggle encargada de dar fe notarial de transacciones inmobiliarias. Tenía ante sí todo un dossier de documentos, que había rubricado uno a uno, tras haberlos revisado concienzudamente. Después de haber estampado su compleja firma en el último de ellos, los devolvió al hombre que tenía ante él, esperando con paciencia.

- Señor Potter, ya hemos terminado – afirmó el hombre, tomando los documentos de la mano del joven - Desde esta misma tarde, la señorita Ginevra Molly Weasley pasa a ser la nueva propietaria del piso que usted ha adquirido. No obstante, dígale a dicha señorita que necesitaré su firma en los documentos de propiedad para poder dar el trámite por finalizado.

- ¿Es muy urgente esa firma? – Harry preguntó, pensativo.

- No. Como acabo de informarle, la señorita Weasley ya es propietaria del piso, aunque su firma todavía no figure en la escritura de propiedad – el otro respondió con ceremonia.

- Perfecto. Se lo diré, pero no será antes de dos semanas cuando ella pueda pasar a firmar, ya que ambos vamos a ausentarnos durante ese tiempo.

- No supone ningún problema. Cuando regresen, hagan el favor de visitarme para cerrar el trámite, y listo.

- Muchísimas gracias por todo, Sr. Borrows – le tendió la mano, que el hombre estrechó con amabilidad – Estaremos en contacto.

- De nada, Sr. Potter. Ha sido un placer hacer negocios con usted.

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Ron y Hermione llegaron a La Madriguera, en silencio. Habían decidido dar juntos la noticia de su distanciamiento temporal – más bien Ron había aceptado por fin la obligación de hacerlo - , para que entre la familia Weasley no hubiese ningún mal entendido que condujese a situaciones incómodas o embarazosas para nadie. La chica apoyaba su actitud, aparentemente serena, en la firme convicción de que ambos estaban haciendo lo correcto en cuanto a su separación; pero en cambio el pelirrojo caminaba cabizbajo, con ademán rendido, cual un condenado que camina hacia la hoguera.

- Hola, mamá – el chico saludó a su madre con desgana, al encontrarse con ella en el salón. No se acercó para besarla, como solía hacer siempre al regresar del trabajo.

- Buenas tardes, Molly – Hermione saludó también, con semblante serio. Ella sí depositó un fugaz beso en la mejilla de la mujer a quien tanto había aprendido a querer, casi como a una madre.

La mujer los miró de hito en hito, observando, preocupada, que ambos guardaban una distancia extrañamente "respetuosa" el uno del otro, y que sus rostros eran la viva imagen de la tristeza. Después de lo que Ginny acababa de contarles a Arthur y a ella, un extraño cansancio la tenía dominada, acentuado ahora por el presentimiento de que, al igual que las alegrías, las penan nunca vienen solas.

- Hijos, ¿qué pasa? – preguntó con la firmeza de los años y experiencias que acarreaba a su espalda.

- Ven, siéntate – Ron la tomó de la mano suavemente y la atrajo hacia el sofá, donde le indicó que se acomodase, y él se sentó frente a ella, acariciándole la mano de un modo extraño. Hermione se sentó al otro lado del chico - ¿Y papá?

- Papá está manteniendo con tu hermana una seria conversación en el cuarto de las herramientas. Yo ya le he dicho todo lo que tenía que decirle.

- ¿Y eso? - la miró con extrañeza, olvidando por un momento sus propias preocupaciones.

- Eso vendrá después, hijo. Intuyo que habéis venido a contarnos algo importante. Decídmelo a mí, si queréis. Luego pondremos a Arthur al día del asunto.

Ron tragó con fuerza, a sabiendas de que, una vez dicho a su madre lo que tenían que decirle, ya nada impediría que la separación entre Hermione y él fuese un hecho consumado.

- Sabes que últimamente Hermione y yo hemos tenido… discrepancias – comenzó, buscando en la mirada de la mujer la comprensión que necesitaba, para intentar no tener que pronunciar las palabras que quemaban en su garganta; lo que vio en los ojos de su madre fue una triste certeza disfrazada de vana esperanza; suspiró. – Todos sabéis que, constantemente, no hacemos más que discutir; incluso os habéis visto implicados en nuestras peleas en varias ocasiones. Vosotros no merecéis eso…

- Molly, - Hermione tomó el relevo del que aún era su novio, harta de tanto rodeo por parte del chico – lo que Ron intenta decirle es que, por nuestro propio bien y por el de todos a quienes queremos, hemos decidido darnos un tiempo de reflexión – él exhaló un suspiro de derrota, que la chica tomó con cara de reproche – Esto no significa que en un futuro decidamos reanudar nuestra relación, pero por el momento, creemos que la distancia es lo mejor para nosotros.

Con rabia contenida, Ron desvió su mirada hacia la chica.

- Te has mentido a ti misma y me has mentido a mí, – él la enfrentó, cuando toda la frustración que sentía se hubo convertido en furia al escucharla esgrimir un argumento tan absurdo para él, una vez más – pero haz el favor de no mentir también a mi madre. Sabes perfectamente que lo nuestro nunca volverá. Parece mentira que no sepas que los problemas de pareja se resuelven en pareja, y no en la distancia. Asume de una vez que todo se acabó, nos harás menos daño a todos – haciendo caso omiso de las espontáneas e incipientes lágrimas que acababan de aparecer en los ojos de ella, se puso en pie – Estaré fuera – dijo, y se marchó sin más.

Hermione lo siguió con la mirada empañada en aquellas lágrimas que no había esperado, intentando reprimirlas, pero no hizo nada por alcanzarlo. Cuando la figura de él hubo desaparecido de la vista de ambas mujeres, durante unos momentos las dos se miraron a los ojos, sin palabras.

- ¿Es esto lo que realmente ambos queréis? – Molly preguntó amablemente.

- No lo sé… - la otra respondió, apenas con un hilo de voz.

Había esperado sentirse liberada, más segura y firme, al tomar distancia de Ron por un tiempo. Pero ni siquiera había imaginado que el chico le diese un ultimátum como aquél que acababa de darle, y en absoluto estaba preparada para asimilarlo. ¿Por qué él había esperado hasta entonces para hablarle de aquel modo? ¡Se sentía acorralada, sin opciones, sin decisión! ¡Y odiaba sentirse así! ¿Las palabras pronunciadas por Ron significaban que él había dejado de quererla, que ya no había nada que pensar? ¿Y por qué sentía como si le hubiesen vuelto las entrañas del revés?

- No te ofendas, hija, pero yo diría que no – se puso en pie lentamente y la miró con cariño. – Siempre serás bienvenida en esta casa. ¿Me acompañas a la cocina? Necesito ayuda para preparar la cena.

La joven castaña observó a Molly con suspicacia. ¿Desde cuándo aquella mujer, que había criado a siete hijos de un modo impecable, necesitaba ayuda en la cocina? Se dio cuenta de que le estaba brindando una ocasión para conversar, algo que supo que realmente necesitaba; y no estaba dispuesta a desperdiciar aquella oportunidad, así que la siguió.

Ron caminaba por el jardín, ensimismado. Aún no era capaz de creer la parrafada que acababa de soltar ante Hermione, a pesar de que sus palabras habían expresado a la perfección aquello que estaba sintiendo. Ahora se encontraba allí, solo, asustado y cabreado como jamás había recordado haber llegado a estarlo antes. Necesitaba romper algo, patear algo, o se volvería loco; así que dio una rabiosa patada a un montículo de tierra que encontró, haciendo que un gnomo de jardín saliese de detrás de él y pusiese los pies en polvorosa, espantado.

Su errático caminar le llevó al lado del cuarto de herramientas y, sin pretenderlo, escuchó las agitadas voces de su padre y de su hermana, que se filtraban desde dentro, y recordó las extrañas palabras de su madre. Al parecer, llevaban ya un buen rato hablando, a juzgar por lo acalorado del tono que ambos estaban empleando. Por un momento pensó en marcharse, pero después, intrigado, decidió escuchar la conversación; total, nada podía hacerle sentir peor de cómo se estaba sintiendo ya, así que ser un fisgón tampoco lo haría. Y en el fondo, estaba preocupado; no era normal que ambos se encerrasen lejos del resto de la familia para mantener una simple conversación.

- Hija, te lo repito – decía Arthur, empleando un tono de voz insistente – No estás haciendo bien. Acabas de separarte de Dean – Ron abrió la boca de forma desmesurada, pero calló para no ser descubierto – y minutos después te echas en brazos de Harry. No, no estás haciendo bien, y vas a causarle mucho daño. Él no lo merece.

La expresión de Ron fue completamente atónita, tras la pared que le separaba de los otros dos.

- Yo no me he echado en brazos de Harry, y él lo sabe – Ginny replicó, airada.

- Por supuesto que lo has hecho. Llámalo como quieras, pero has pasado la noche con él, en su propia casa – el hombre volvió a la carga, sin dar su brazo a torcer.

El joven pelirrojo alucinó en colores, y una mezcla de desconcierto e indignación se apoderó de sus sentimientos.

- ¡No pasó nada, papá! ¡No pasó nada! – perdió los nervios, sintiéndose acorralada por su padre - ¡Ojalá hubiese sucedido! ¡Ojalá Harry me hubiese querido! ¡Aunque fuese tan sólo por una noche! – Arthur, indignado, la cogió por los hombros y la sacudió por un brevísimo momento, pero ella no se amedrentó - ¿Qué, te escandaliza oírme hablar así? ¡Pues a mí no! ¡No he hecho más que vivir una mentira! ¡Le quiero, papá! ¡Le quiero! – gritó, destrozada - ¡Pero él jamás me querrá a mí! ¡Anoche se comportó como un perfecto caballero! ¡Como siempre lo hará! ¡No te preocupes por eso! ¡Él jamás me tocará un pelo de la cabeza siquiera! – se abrazó a su padre, sollozando de impotencia. El hombre le devolvió el abrazo con todas sus fuerzas.

- Diez años – Ron tuvo que esforzarse para escuchar las palabras de su padre, que pronunció apenas en un susurro – Diez años me ha costado oírte decirme la verdad. Y he tenido que llevarte a una situación extrema para que lo hicieses – ella alzó la cabeza que había enterrado en el pecho del hombre, sorprendida, para encontrarse con los cariñosos ojos de él.

Tomó a su hija de la mano e hizo que se sentara en una de las cajas que había esparcidas por el cuarto. Después le acarició el rostro con mimo.

- Por fin la has aceptado – ella suspiró, derrotada, aunque aún perpleja – Pero si quieres marcharte con Harry de vacaciones, debes también conocer y aceptar el resto. Tu madre y yo, tan sólo queremos que le acompañes sabiendo dónde te metes, y que lo aceptes. Pero mamá no ha sabido decírtelo sin regañarte primero por lo que has hecho.

- ¿De qué estás hablando? – le interrogó también con la mirada.

- Él te ama, hija; Harry te ama. Debes acompañarle conociendo este hecho; debes tener bien claro lo que quieres para no hacerle daño ni hacértelo a ti misma, para no cometer un error que no tenga vuelta atrás; - buscó su mirada, con tristeza - para no perderte de nuevo, para no perderlo y después tener que lamentarte una vez más.

Ella bufó con desdén.

- Te equivocas.

- No, no me equivoco. ¿Acaso tú alguna vez nos habías confesado a tu madre y a mí, ni siquiera a ti misma, que amabas a Harry, y no a Dean? – ella quedó en silencio, a la defensiva – Pero en cambio siempre lo hemos sabido – él suspiró con tristeza - Llevamos años contemplando en silencio la calidez de su mirada cuando te observa en la distancia; su melancolía, cada vez que se ha visto obligado a coincidir aquí con Dean y contigo… ¿Por qué crees que jamás ha sentado la cabeza con ninguna de esas bellezas, algunas ricas y muy inteligentes, de las que suele rodearse?

- Porque se ha vuelto un libertino.

Él negó con la cabeza.

- No, porque te ama, a ti, y sólo a ti – por un momento, tan sólo por un instante, pudo ver un brillo especial en la mirada de su hija – Si te vas con él y no tienes bien claro lo que quieres, lo que él desea, a pesar de que jamás te lo haya confesado, lo perderás para siempre; también como amigo.

La joven pelirroja se puso en pie lentamente. Arthur la contempló, expectante, deseando con todas sus fuerzas haber sido capaz de traspasar la dura coraza de la que ella se había rodeado desde que asumió que el hombre de su vida jamás llegaría a amarla. Y por un momento creyó haberlo conseguido, pero un segundo después, su hija lo traspasó con una mirada más dura que la roca.

- Lo siento, pero no puedo creerte.

- ¿Por qué?

- Porque no debo hacerlo.

- ¿Y por qué te vas con él de vacaciones, entonces? ¿Qué esperas de él, hija?

- Tan sólo lo que él quiera darme, nada más. Aunque sé que eso va a ser bien poco. Quiero soñar, engañarme durante dos semanas, creyendo que soy el centro de su vida. Quizá eso sea suficiente para no volver a enredarme, por imbécil, con alguien a quien realmente no quiero.

- ¿Y qué harás cuando él te diga que te ama? – le preguntó, tozudo – Ya no existe nada que le anime a ocultarlo. Tú misma le estás dando pie a que lo demuestre.

- ¿Que qué haré? – rió con ironía – Despertar y darme una ducha bien fría. Eso no va a pasar, pero al menos ya no me miento a mí misma diciéndome que no deseo que pase. Tranquilo, papá, las mentiras se han terminado para mí - lo desafió con la mirada una vez más y lo abandonó, dejándolo consternado.

Ron tuvo el tiempo justo para ocultarse, antes de ser descubierto por los rápidos pasos de su hermana, que la dirigieron hacia la casa; se sentía totalmente traumatizado, incapaz de pensar, sin palabras. Luchaba por entender todas aquellas frases que no tenían ningún sentido para él. ¿Ginny enamorada de Harry desde siempre, y no de Dean, con quien acababa de romper su compromiso? ¿Qué demonios significaba aquello? ¿Y qué narices había estado viviendo entonces, haciéndoles creer toda aquella mierda de su noviazgo con él? ¿Por qué, sencillamente, no había pasado su vida con Harry, un hombre que suspiraba por ella día y noche, si era cierto que tanto lo amaba? ¿Y por qué se empeñaba en negar la verdad con tanto ímpetu? Y a todo aquello, ¿qué demonios tenía que decir Dean al respecto? ¡Estaban a dos pasos de casarse! ¡Por Merlín! ¿Y qué era lo que Harry tenía que decir? Nada de todo aquello tenía lógica alguna. Lo único claro que había sacado de todo lo que había oído, era que Harry y ella habían pasado la noche juntos en Godric´s Hollow, y que se iban juntos de vacaciones. Parecía una locura, pero Harry no estaba loco, al menos no todavía; era el hombre más cabal y responsable que jamás podría echarse a la cara. O esperaba que aún no lo estuviese, dado lo que acababa de escuchar. Se acarició la barbilla, encaminándose él también hacia la casa. Necesitaba hablar con Harry. Hasta entonces, creía que tan sólo su mundo personal se había vuelto del revés, pero ahora sentía que todo el mundo hacía aguas a su alrededor, y que él era una simple brizna de hierba flotando a la deriva.

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Cuando Harry llegó a La Madriguera, la tensión en el ambiente podía cortarse a cuchillo; él mismo la llevaba dentro, dado lo que acababa de hacer a espaldas de Ginny. Pero había tomado una decisión, quizá arrastrado por la debacle emocional que Ginny había desatado en él; y acertada o no, la llevaría hasta el final. Iba a luchar por aquello que más amaba en el mundo, y tanto que iba a hacerlo, y nada ni nadie se lo impediría. Así que caminó adentro de la casa, intentando mostrarse lo más sereno y natural posible. Al encontrar la sala de estar vacía, se encaminó hacia la cocina, suponiendo que allí tendría más suerte, y así fue; halló a una llorosa Hermione, siendo consolada en brazos de Molly, quien la contemplaba llena de preocupación.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó muy serio, sin siquiera dar las buenas tardes.

Hermione lo miró, y empezó a llorar de nuevo, desconsolada.

- Ron le ha dicho que han terminado definitivamente, que no hay nada que pensar – la mujer respondió por la chica.

Ambas esperaban un arrebato de ira por parte del moreno, pero en cambio, el joven las traspasó con una furiosa mirada de "te lo advertí", nada más; se dio la vuelta y las dejó con la sorpresa pintada en los semblantes.

- ¡Hijo, espera! ¡Tenemos que hablar! – Molly intentó detenerlo.

- ¡Ah, no! – el negó rotundamente - ¡No hay nada de qué hablar! ¿De qué demonios está sirviendo tanto hablar? ¡Hablad todo lo que queráis! ¡Hasta que os caigáis de culo, si os da la gana! ¡Pero conmigo no contéis! ¡Yo voy a actuar! ¡Ginny! – gritó con todas sus fuerzas - ¡Ginny! – Ya iba a subir las escaleras en busca de la chica, cuando se topó con esta, que acababa de entrar en la casa; la tomó de la mano de forma impetuosa y la arrastró con él hacia la salida.

- ¿Qué haces? – la chica preguntó, sorprendida.

- ¡Me voy de vacaciones! ¿Vienes o te quedas? – se detuvo en seco para clavar en ella su furiosa mirada.

- Yo voy donde tú vayas – ella afirmó, convencida, y apretó con fuerza la mano que él le tenía tomada. Pudo ver cómo un brillo tan radiante como fugaz iluminaba sus ojos.

- No hay más que hablar – volvió a tirar de ella para que se marchasen bien lejos de allí.

- ¿Qué demonios estás haciendo, Harry? – la voz de su mejor amigo lo detuvo ya en la puerta; el chico acababa de llegar a la entrada.

- Lo que me da la gana, como todos vosotros aquí – Ron lo miró, más y más sorprendido por momentos, aunque intuyó el motivo de sus palabras – Cuando sepa dónde demonios estaremos, os enviaré una lechuza para poneros al corriente. Pero ni se os ocurra reuniros con nosotros, bajo ningún pretexto. Al menos tened la delicadeza de arreglar vuestros propios problemas antes de venir queriendo arreglar los nuestros.

Ginny y él salieron a la calle; el joven apretó aún con más fuerza la mano de la chica, y con un ademán de su mano libre, hizo que ambos desaparecieran.

Hermione y Molly, que habían salido en pos de Harry, y Ron, incluso Arthur, que acababa de incorporarse a la caótica reunión, quedaron con la boca abierta, sin tener tiempo siquiera de replicar.

Inesperadamente, Ron pateó con rabia una silla que tenía a un lado.

- Estaré en mi habitación – anunció de malos modos, y se marchó escaleras arriba.

Hermione se dejó caer sentada en uno de los sofás, volviendo a llorar de forma incontrolada. Mientras, Arthur y Molly se dedicaron una estática y triste mirada de desconcierto.

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Cuando la pareja hubo regresado a Godric´s Hollow, ya las maletas los estaban esperando en el hall. Harry había hecho su equipaje, y Ginny había aprovechado la mudanza para llenar un pequeño baúl con todo lo que necesitaría para un viaje como aquél. Ya no había nada más por preparar, así que él extrajo de uno de los bolsillos de su chaqueta un viejo gorro de lana y se lo ofreció, para que ella lo tomase también.

- ¿A dónde? – preguntó con voz cortante.

- Quizá este no sea tan buen momento para marcharnos, después de todo – ella respondió tristemente.

- Claro que lo es – exhaló con fuerza intentando calmarse - Perdona, es que la tozudez de tu hermano y de Hermione, su cabezonería en todo este asunto del final de su noviazgo, me sacan de mis casillas – le explicó, suavizando el tono de su voz. - ¿Tú has cambiado de parecer? – una punzada de miedo le atenazó el corazón.

- No, pero creía que tú sí lo habías hecho.

- Eso es imposible. Por un lado, prefiero no ser testigo del hundimiento de una relación magnífica entre mis dos mejores amigos, nada más que por su propia cabezonería. Y por otro, con quien deseo estar en estos momentos, es contigo, y con nadie más.

Ella no esperaba aquellas palabras, y no pudo disimular su turbación.

- Bueno, ¿a dónde? – volvió a preguntar, decidido a marcharse bien lejos lo antes posible.

- A Hope Avery. ¿Te parece bien? – anunció con cierto azoramiento, temiendo una reacción de rechazo por parte del moreno.

Él se encogió de hombros; durante un instante, había sentido que aquel nombre tenía un significado especial para él, pero no supo decir porqué, así que confió en ella, como había prometido hacer, y no se preocupó más por el asunto.

- ¿Está lo suficientemente lejos de todo este drama?

- Lo está – ella sonrió, traviesa.

- A Hope Avery, entonces.

Con un hechizo Reducio redujeron su equipaje a un tamaño fácil de llevar, se agarraron con fuerza al raído gorro de lana, y Harry gritó:

- ¡Hope Avery!

Inmediatamente, la curiosa prenda, que había sido convertida anteriormente en traslador mediante un hechizo Portus, los hizo llegar a su destino.

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La noche se había cerrado ya sobre ellos cuando llegaron a las afueras de un pequeño y acogedor pueblo, de no más de cien habitantes, formado caprichosamente por coquetas casitas unifamiliares, que presidía una amplísima campiña, con un vetusto bosque a sus espaldas. Haciendo valer sus dotes como auror de forma automática, Harry inspeccionó el terreno con una silenciosa y concienzuda mirada, y asintió, aparentemente satisfecho. Ginny le cogió de la mano y tiró de él, comenzando a adentrarse en la tranquila villa.

- Tan sólo tiene un pequeño hostal, pero sé que te gustará – ella firmó, entusiasmada – No he reservado habitaciones en él, pero nunca se llenan las pocas que tiene, así que no tendremos problemas para alojarnos.

- ¿Por qué, Ginny? ¿Por qué has elegido este lugar en concreto? – él preguntó, circunspecto, mientras caminaba al lado de la chica.

Por toda respuesta, ella se puso un dedo en los labios y susurró un quedo "Shssssss", con un brillo de ilusión en la mirada, y volvió a tirar de su mano.

Caminaron en silencio durante un par de minutos, recorriendo una de las presumidas calles del pueblo, - que bien habría podido ser la calle principal, ya que todas ellas se parecían cual pintorescas gotas de agua, tan sólo diferenciadas aquí y allá por los particulares matices que los vecinos daban a sus viviendas – y pronto desembocaron en una redonda plazuela, exquisitamente acorde con todo lo demás.

Las tenues luces de los faroles que custodiaban las casas, y que escasamente servían para iluminar más allá de unos pocos metros desde donde estaba colocada cada una, no fueron suficientes para que Harry pudiese enfocar lo que parecía ser una estatua situada estratégicamente en el centro de la plaza. Curioso, se acercó a ella para ver de qué tipo de escultura se trataba, y al reducir la distancia lo suficiente como para poder distinguir los detalles, dio un respingo, acompañado de un rápido movimiento de sorpresa.

- ¡Por Merlín! ¿Qué boggarts es esta cosa? – alzó la voz, aún sorprendido y comenzando a irritarse.

Ginny acarició su mejilla suavemente, a la vez que soltaba una risita traviesa.

- Eres tú.

- ¡Ya veo que soy yo! ¿Pero qué demonios significa esto? – volvió a mirar con desagrado la inmensa estatua que reproducía su figura de un modo tan fiel, que al observarla por primera vez le había causado escalofríos.

- Hope Avery es el pueblo que más sufrió las atrocidades de Voldemort, por haber declarado abiertamente su fidelidad inquebrantable a ti y a tu causa, cuando tu luchaste contra él – ella explicó con naturalidad – Y cuando tú le venciste, este fue su tributo más… vistoso hacia tu victoria.

- Dios… ya lo recuerdo… Escuché, en la radio que Ron ponía incesantemente durante los meses que Hermione, él y yo pasamos fugados, noticias sobre las torturas, e incluso muertes, que Voldemort llevó a cabo aquí durante días y días, semanas enteras – respondió tristemente – De eso me sonaba… Pero yo no tenía ni idea de que sus habitantes hubiesen decidido "recordarme" de este modo. Además, yo no soy nadie que merezca ser recordado. Hice lo que tenía que hacer, y nada más. Cualquier otro hubiera hecho lo mismo en mi lugar. Y encima, casi la palmo en el intento.

Al escuchar su última frase, el rostro de Ginny adoptó una seriedad inusual en ella, y que inmediatamente la chica trató de ocultar.

- Bueno, ellos no piensan así. Sigamos caminando, el hostal está ahí enfrente – señaló una casa de época, un poco más grande que las que la rodeaban pero del mismo estilo, iluminada por una luz también más intensa.

Ambos caminaron hacia aquella luz, en absoluto silencio. Nada más llegar a la casa, Ginny abrió la puerta del hostal, que todavía no había cerrado, y la traspasó tranquilamente. Harry la siguió.

Lo primero que ambos pudieron contemplar y que inmediatamente llamó su atención, fue lo que parecía una acalorada discusión entre una mujer mayor, que movía un dedo de forma amenazadora tras una barra de recepcionista, a un orondo hombre aún más entrado en años que ella, que la miraba, indignado, con los brazos en jarras. Inmediatamente, la mujer desvió su atención del hombre en cuestión para dirigirla hacia la puerta, extrañada, pues nadie acostumbraba a entrar allí a aquellas horas de la noche. Un pequeño grito, lleno de sorpresa y en un principio de temor, salió de su garganta; mas enseguida se serenó; eso sí, no dejó de observar a Harry como si estuviese contemplando una divina aparición.

- Merlín bendito… - susurró – Por un momento he creído que la estatua de la plaza había cobrado vida – sonrió al chico abiertamente, encantada.

- Dígamelo a mí – él rezongó, aún molesto, recordando el susto que la maldita estatua le había dado.

El hombre que la acompañaba se giró hacia los recién llegados, curioso; pero su reacción fue bien distinta a la de la mujer, al reconocer al hombre que se hallaba frente a él y que ahora lo miraba enarcando una ceja, por haberse dado cuenta de que estaba siendo observado con profundo disgusto. Inmediatamente cambió su rechazo inicial por una inmensa sonrisa de amabilidad, que a Harry le pareció ciertamente forzada y poco sincera, pero no lo hizo notar.

- Señor Potter – la mujer salió rápidamente de detrás del mostrador, caminó al encuentro de Harry y lo tomó por ambas manos con descaro - ¡Qué alegría más grande tenerle entre nosotros! – escandalizó, profundamente encantada con tan inesperada situación.

- Sí, eh…, bueno… - comenzó él, incómodo por tantas atenciones – Mi amiga y yo queremos alquilarle una habitación, si eso es posible.

El otro hombre enarcó una ceja, suspicaz, pero la mujer se mostró aún más encantada.

- ¡Pero claro que es posible! Aunque no va a ser necesario.

- ¿Cómo?

- ¡Por Merlín! ¡El gran Harry Potter no puede hospedarse en un simple hostal! ¿Cuánto tiempo piensan quedarse en este hermoso lugar?

- Teníamos previsto pasar aquí dos semanas, pero… - estaba comenzando a plantearse muy en serio la posibilidad de salir huyendo de aquel extraño lugar.

- ¡Pero nada! ¡Está decidido! ¡Usted y su bella novia se hospedarán en una hermosa casita que tengo muy cerca de aquí, y que ahora mismo no ocupa nadie, todo el tiempo que quieran! ¡Y por supuesto, gratis!

- Pero eso no puede ser… - él objetó, más y más incómodo por momentos.

Ginny sonrió abiertamente; estaba disfrutando como una niña de ver cómo él recibía tantas atenciones nada más llegar, y le divertía su comportamiento, tan tímido e inquieto gracias a ello. Además, escuchar que era su novia, le llenó el corazón de una calidez impagable.

- ¡Claro que puede ser! – la mujer mayor lo tomó del brazo y se encaminó junto a él hacia la puerta por donde la pareja había entrado - ¡Oswal, te veré mañana! – se giró de pronto hacia el hombre con quien antes había estado discutiendo y le miró de forma reprobadora - ¡Márchate a casa a dormir, y no vuelvas por aquí hasta que hayas puesto a raya ese carácter refunfuñón que tienes!

El hombre llamado Oswal, barajó la posibilidad de responder a la mujer con una grosería, pero lo pensó mejor y cerró la boca antes de comenzar a hablar. Con evidente enfado, pasó ante Harry, Ginny y la mujer, y enfiló con pasos airados por una de las calles que desembocaban en la plaza. Harry lo observó hacerlo, con el ceño fruncido: algo en él le creaba cierta inquietud.

- ¿Quién es? – preguntó a la mujer, intentando que ella se detuviese de su complacida marcha, pero sin conseguirlo.

- Es Oswal Carmichael, el alcalde del pueblo, y representante de la ley aquí.

- ¿Él es auror? – Harry miró a la mujer, enarcando una ceja.

- No como tú, mi querido joven, pero así es. Por cierto, yo soy Romilda Carlyle – dio dos efusivos besos al chico en las mejillas, antes de que él pudiese reaccionar siquiera, y continuó su camino, alegremente cogida aún del brazo del chico.

Harry buscó los ojos de Ginny y le dirigió una mirada de reproche, que ella correspondió con otra cariñosa y alegre. Y los tres siguieron caminando hacia su destino.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

Lo siento en el alma, pero hoy no va a haber comentarios, ni dedicatorias, ni nada.

Estoy subiendo esto desde el trabajo, durante un minúsculo descanso; anoche terminé el capítulo a toda mecha, casi sin dormir, porque sé que si no lo subo hoy, no voy a tener tiempo de hacerlo en muchos días; y debo irme corriendo. No lo he corregido, más hubiese querido yo, así que si os encontráis con monstruosas aberraciones, os ruego de antemano vuestro perdón. Me han ascendido en el trabajo de forma repentina, y gran parte de mi vida ha dado un vuelco. Eso afectará seguramente a mis actualizaciones; por ello os ruego un poquito de paciencia hasta que consiga estabilizarme con todo lo que se me viene encima.

Así que os dejo - pero con todos vosotros en mi corazón como impagable compañía - para seguir con el curre. Espero que el capítulo os guste, y os prometo que en el próximo escribiré todas esas dedicatorias que hoy no os he podido hacer.

Con todo mi cariño y agradecimiento.

Rose.