Capítulo 5 : La bestia.

Al salir del hostal, Ginny iba pensando que habían compartido una comida alegre y distendida, durante la cual, sin embargo, Harry se había empeñado en hacer a sus dos invitados infinidad de preguntas sobre las historias y leyendas locales, que los otros habían respondido con entusiasmo, seguramente porque no disponían de muchas ocasiones para ser escuchados por un público tan atento como él. Así, Ginny y él se habían enterado de la "existencia" de "El bosque de los prodigios", como llamaban al macizo de árboles adyacentes a la villa, y que tenía fama de curar las más raras enfermedades; o de la "Cueva de los lamentos", donde habitantes del pueblo decían haber escuchado durante un tiempo los gemidos de las almas en pena pertenecientes a los vecinos cuyas vidas Voldemort y sus secuaces habían segado; o de "la bestia custodia" , un aterrador lobo, encargado de velar por el eterno descanso de aquellas almas. También había leyendas más antiguas, pero fueron relatadas, sobre todo por Edward Snow, con mucho menor interés, aunque Harry se dedicó a escucharlas con la misma atención.

Después, todos los hombres se centraron en hablar de temas mucho más entretenidos y alegres para ella, como las tradicionales fiestas locales, el pequeño equipo de quidditch del pueblo– del que Edward era capitán -, la tranquilidad que brindaba el lugar al visitante dispuesto a descansar, y temas parecidos, que Ginny sí pudo disfrutar.

Una vez terminada la comida, y tras un café reparador, cada cual se marchó a sus quehaceres, despidiéndose con la promesa de continuar charlando en una próxima ocasión. Tan atento y conversador que Harry se había mostrando en compañía de los demás, ahora caminaba por la calle, mirando al frente con fijación, sin prestar atención a si Ginny realmente lo acompañaba o no; aunque ella se dedicaba a caminar a su lado, observándolo sorprendida. Cuando a él le dio la gana, se paró en medio de la calle que en aquel momento ambos recorrían, y preguntó a la chica, con una mirada que no pudo ocultar el enfado que había detrás:

- Bien. ¿Qué quieres hacer?

Ginny se planteó seriamente si mandarlo a freír espárragos o no hacerlo, pero decidió que nada, ni siquiera el agriado carácter de su atractivo acompañante, le impediría disfrutar de aquellas vacaciones maravillosas junto a él. Así que le dedicó su sonrisa más adorable, antes de responder:

- ¿Qué tal si damos un paseo por el campo?

- Perfecto – él volvió a caminar mirando al frente, en silencio, con cara de pocos amigos. Y ella se vio obligada a apresurar el paso para seguirlo.

Ambos caminaron hasta alcanzar la campiña aledaña al bello pueblo. Al dejar atrás la última casa, Ginny respiró hondo, empapándose del fresco olor de la hierba, contemplando las azules y esponjosas nubes que discurrían, raudas, por el cielo, y que de vez en cuando cubrían el sol con su acuoso manto. Una fresca ráfaga de brisa la hizo estremecer, pero hasta aquello disfrutó, llena de paz.

Harta de que Harry continuase caminando como un autómata, como si ella no estuviera, se decidió a tomarle el pelo un rato para ver si reaccionaba.

- ¿Me has esperado mucho, mi amor? – imitó una voz exageradamente masculina, y después rió. Él la traspasó con una mirada de enfado, pero ella no hizo caso, y continuó – Menuda escenita has montado ahí dentro. Has hablado al pobre Snow como si fueses a echarle encima a todo el Cuartel General de Aurores para llevarle a Azkabán.

- Yo no he hecho eso, en absoluto – él respondió, cortante.

- Con palabras, no, pero el tono de tu voz era aterrador. Has disfrutado acojonando a un crío - volvió a reír.

En contra de lo que esperaba, no recibió respuesta alguna. Harry continuó caminando, serio y en silencio. Y ella comenzó a preocuparse de verdad. No era normal que él la tratase de aquel modo, algo le ocurría, y ella estaba dispuesta a averiguar qué era. Con firmeza, lo tomó de la mano, obligándolo a detenerse, y buscó su mirada para enfrentarla con inquietud.

- ¿Qué pasa? – preguntó, plantándose frente a él, dispuesta a no dar ni un paso más hasta haber recibido un respuesta satisfactoria.

- Nada – él respondió, cortante, devolviéndole la mirada con estoicismo, sin dar su brazo a torcer.

- En serio. ¿Por qué estás enfadado?

- No estoy enfadado.

- Ya…

Dándose cuenta de que no iba a obtener nada más de él, fue ella quien retomó su camino, dejándolo atrás. Al darle la espalda, pudo escuchar como Harry profería un hosco bufido de frustración.

- No me gusta que me disputen lo que es mío – él dijo sin más.

Al escuchar sus palabras, Ginny se detuvo en seco y se giró rauda para mirarle, pero ya él la había adelantado de nuevo y andaba con grandes zancadas que denotaban su irritación.

- ¿Vas a venir? La idea del paseo ha sido tuya – él le pidió, girándose por un momento.

Ya repuesta de su inmensa sorpresa, Ginny corrió para alcanzarlo, pero no contenta con eso, se abrazó a él por la cintura, e hizo que los pasos de ambos se acompasaran, para continuar caminando juntos. Por un momento, Harry clavó los ojos en ella, lleno de sorpresa, pero inmediatamente después también él la rodeó con su fuerte brazo, y unidos de aquel modo, continuaron su paseo.

- No puedo creerlo. Estás celoso… - el corazón de la pelirroja danzaba alegremente en su pecho, desbocado.

- Si tú lo dices… - Harry respondió con sarcasmo, intentando aparentar indiferencia. Pero ella pudo sentir cómo se intensificaba la fuerza de su abrazo.

- ¿Qué tal si nos sentamos bajo aquel árbol solitario? – ella propuso, señalando un inmenso arce que presidía, majestuoso, sobre una leve colina – debes estar cansado.

- Cansado de no hacer nada… - de nuevo aquel sarcasmo tras el que él había decidido atrincherarse, pero dirigió sus pasos hacia el lugar que ella había indicado.

Una vez lo hubieron alcanzado, Harry se sentó con la espalda apoyada en el generoso tronco, e hizo que Ginny se sentase entre sus piernas, con la espalda apoyada en su pecho. La rodeó con sus brazos suavemente, y se dedicó a observar el cielo, en silencio.

Ginny apenas podía creer lo que estaba sucediendo; su sangre corría por sus venas, trotaba, bombeada rápidamente por aquel corazón que golpeaba su pecho, enloquecido. Recostó la cabeza en el hombro de él y emitió un largo suspiro de satisfacción. Cerró los ojos, dejándose acunar por aquel abrazo que la hacía sentir a salvo del mundo. Aún más sorprendida, sintió cómo él depositaba un dulce beso en su cabello.

- Harry… - sintió la urgente necesidad de preguntarle algo, pero temió cómo él reaccionaría.

- Dime.

- Quisiera saber…

- Vamos, dime, no lo pienses más. ¿Qué es lo que quieres saber? – volvió a besar su cabello, animándola a continuar.

- Me gustaría saber… porqué siempre se te ve con una chica distinta, y jamás has formalizado una relación seria con ninguna de ellas.

Por un momento no recibió respuesta, y temió que, seguramente, nunca lo haría, pero al menos él no parecía haberse enfadado, o no más de lo que ya lo estaba. Pero pronto, la seria y profunda voz masculina se hizo escuchar.

- Podría darte una respuesta vulgar y quizá de mal gusto, al decirte que lo hago porque soy un hombre, y que de vez en cuando tengo que cubrir ciertas… necesidades. Pero es que esa es la única verdad. Lo hago porque muy de vez en cuando, necesito… compañía.

- Pero existen otras opciones… ¿Qué hay del amor?

Él rió con tristeza.

- Te equivocas, Ginny. Desde hace tiempo, a mí no se me ha ofrecido ninguna otra opción. Eso es lo que tengo, porque eso es lo único que hay.

- ¡No lo puedo creer! – se giró para mirarlo, incrédula - ¿Ninguna de ellas ha querido formalizar una relación seria contigo?

- Sí, alguna de ellas lo ha hecho – él respondió con tranquilidad - aunque normalmente me relaciono con mujeres que tienen perfectamente claro que tan sólo desean lo mismo que yo. Pero para mí, esa no es una opción.

- ¿Porque no eres capaz de amar? – sintió sus ojos acuosos, desesperados.

- En absoluto – él pareció indignarse por aquella apreciación de la chica, abandonó la mirada que había posado en sus ojos y la dirigió a lo lejos - Porque tan sólo puedo amar a una única mujer en este mundo, y lo haré hasta que muera. Y si no puedo compartirlo con ella, el amor no significa nada para mí.

Una lágrima se escapó de los ojos de Ginny y corrió rauda por su mejilla, la chica no pudo saber si de alegría, o de temor. Se la secó rápidamente con disimulo, intentando que no se hiciese notar.

- Hermione ya me advirtió que tú estás enamorado, y no quise creerla – él volvió a mirarla, sorprendido - ¿En serio amas a una mujer?

- Como un desesperado – sonrió con infinita ternura; lentamente, acercó sus labios a su cuello, y lo besó con suavidad, para después susurrarle al oído - ¿No quieres saber quién es ella?

- Tengo miedo de averiguarlo… - respondió, con voz temblorosa.

- No lo tengas – volvió a susurrarle, atrayente.

Buscó el rostro de la chica, atrayéndolo hacia el suyo con ternura, la besó con la mirada, y sus labios se unieron a los suyos, lenta, suavemente; su lengua se paseó con dulce deleite por la de ella una y otra vez, recorrió toda su boca con desbocada pasión. Mientras sus brazos se dedicaban a rodearla, a apresarla contra su cuerpo en un posesivo abrazo, al que ella se entregó sin condiciones, completamente rendida.

- Harry – ella gimió, entre sus besos, apasionada.

- Ginny – la besó de nuevo – Ginny, Ginny, Ginny… - se apoderó de su dulce boca una y otra vez, haciéndola suya.

De pronto, el estruendo de un trueno se escuchó, poderoso y estridente, y gruesas gotas de lluvia comenzaron a golpearles sin piedad. Ambos se pusieron en pie, rápidamente: Harry se quitó la chaqueta y cubrió a Ginny con ella, la tomó de la mano y comenzaron a correr de vuelta al pueblo.

- ¡Tan sólo es una tormenta de verano! – él gritó para hacerse oír - ¡Pero será mejor alejarnos del campo! ¡Los rayos son más frecuentes aquí!

Ella asintió con fuerza, y ambos no dejaron de correr hasta verse a salvo en la pequeña casa que ocupaban. Al traspasar la puerta y poder detenerse por fin, se dieron cuenta de que los dos estaban completamente empapados. Harry acarició el rostro de Ginny, cariñoso, dedicándole una mirada enamorada.

- Anda, ve, dúchate y ponte ropa seca, o te resfriarás.

- ¿Y tú?

- No te preocupes por mí. Yo lo haré después de ti.

- Pero Harry…

- Ve, princesa, y no te preocupes por nada – insistió.

Ella depositó un cálido beso en sus labios, asintió, y se marchó escaleras arriba, decidida a cumplir sus deseos.

Al quedarse a solas, por fin Harry pudo mostrar la inmensa emoción que lo embargaba. Las piernas le temblaban; ¿qué piernas? ¡todo el cuerpo se movía como si estuviese hecho de gelatina! Su mente reproducía locamente aquellos besos, aquel contacto… Ella le había correspondido, una y otra vez, con la misma pasión que él había desatado. Lo quería, no había duda, lo quería… Pero entonces, ¿qué había sido de lo que hasta hace nada ella sentía por Dean? Ese pensamiento lo traspasó como una lanza al rojo vivo, de arriba abajo, llenándole de dudas, de un miedo que se convertía en furia, de sólo pensarlo. Decidió que, en cuanto hallase el momento oportuno, sería su turno de hacer preguntas.

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Ginny bajó a la cocina media hora después, y se dedicó a preparar la cena alegremente hasta que Harry saliese de la ducha. Se sentía ligera, como si flotase en una de las esponjosas nubes que aquella tarde les habían acompañado en su paseo. Harry no se lo había confesado abiertamente todavía, pero era ella, debía ser ella de quien él estaba profundamente enamorado. No podía ser de otro modo, dado su comportamiento. ¿Cómo era posible? ¡Era increíble! ¡Maravilloso! Estaba tan emocionada, que casi no podía pensar con claridad, sólo sentir; sentirse la mujer más afortunada de este mundo.

Pasados unos minutos, escuchó los pasos de él bajando las escaleras, y gritó, entusiasmada:

- ¡La cena está lista!

Pronto Harry se hizo notar en la cocina, entrando en ella con semblante demasiado serio para el gusto de la chica, quien lo aguardaba de pie, ante una mesa perfectamente dispuesta para dos.

- He preparado la comida que más te gusta, la que siempre te cocina mamá cuando vas a visitarles a La Madriguera – anunció, solícita.

- Gracias, Ginny. Te lo agradezco mucho. Pero podías haberme esperado para que yo te hubiese ayudado. Estamos de vacaciones, y si hay que compartir trabajo, sea el que sea, debemos hacerlo a medias.

- Para mí no ha sido un trabajo – le sonrió, enamorada.

Él le devolvió también una sonrisa cariñosa, pero aún demasiado seria.

Ambos cenaron en silencio sin entablar conversación. Al parecer, no había por dónde coger a Harry, quien se mostraba taciturno, pensativo. Nada más terminar la cena, Harry se puso en pie, tomó a Ginny de la mano y caminó junto a ella hacia el jardín de la parte trasera de la casa. Con un ademán amable, indicó a la chica que se sentase en uno de los bancos anexos al edificio, pero él permaneció de pie, observándola con una mirada que a ella no agradó en absoluto.

- Dime, Harry, ¿qué sucede? – ella preguntó preocupada. Aquella actitud no era precisamente la que había esperado por su parte. Y por un momento, temió que todo lo sucedido durante aquella tarde hubiese sido tan sólo una locura pasajera experimentada por el chico. Pero vio amor en sus ojos, nublado por otro sentimiento que no pudo definir, pero era amor, y también dolor; y al parecer, mucho, de ambos.

- ¿Qué pasa con Dean, Ginny? – él preguntó, con voz seca.

Ella observó su rostro, sorprendida. Aquel nombre era el último que había esperado escuchar de sus labios, y mucho menos desde esa tarde.

- ¿A qué narices viene nombrar a Dean ahora? – ella respondió, molesta - ¿Qué demonios pasa con Dean, Harry?

- Ah, no sé, tú dirás. Hace tan sólo dos días, me viniste con el cuento de que ibas a casarte con él, llena de emoción – explicó con sarcasmo - ¿Vas a decirme que hace dos días lo amabas con toda tu alma, lo suficiente como para entregarte a él de por vida, y que dos días después ya lo has olvidado, por mucho daño que él te haya causado durante ese tiempo? – preguntó de forma acusadora, haciéndola sentir como si fuese despreciable.

Ella enfrentó su mirada, indignada, sintiendo que la ira por cómo estaba siendo tratada, por él, que no tenía ni puñetera idea de cómo se sentía, hacía mella en su corazón.

- ¡Yo nunca lo he amado! ¡Tan sólo estaba con él por resignación! ¡Nada más! ¡Arrogante imbécil! – lo acusó, furiosa.

Él la miró con ojos desorbitados por la sorpresa, y no supo qué decir. Entonces, ella exhaló, intentando tranquilizarse, y al conseguirlo lo suficiente como para no abofetearlo con toda su rabia, volvió a encarar su mirada.

- Tan sólo te diré esto una vez, y espero que lo entiendas. Sí, amo a un hombre, lo llevo amando casi desde que tengo uso de razón, pero ese hombre no es Dean – él intentó decir algo más, pero ella no lo permitió – He dicho que te calles y escuches – le ordenó. - Cuando era una niña, incluso durante parte de mi adolescencia, mantuve la esperanza de que él se fijase en mí, de que sintiese por mí lo que yo siento por él desde lo más profundo de mi alma. Pero al parecer, eso no sucedió, o yo creí que no había sucedido; él me veía como su hermana pequeña, la hermana pequeña de su mejor amigo, y nada cambiaría eso, nunca – la sorpresa del chico no hallaba fin - Así que, harta de sufrir esperándole sin esperanza, decidí aceptar el amor de quien me prestó toda su atención y me trató como a una reina, como a alguien importante y necesario para él, y ese sí es Dean.

Harry clavó sus profundos ojos verdes en ella, sintiendo que todo temblaba a su alrededor, pero no osó volverla a interrumpir.

- Con los años, me engañé a mí misma, diciéndome que realmente era de Dean de quien estaba enamorada, y no de ese otro hombre, con quien creí ser capaz de poder mantener tan sólo una sana amistad. Pero no fue así, jamás ha sido así. Yo siempre he seguido amando a ese hombre, lo aceptase yo o no, me quisiera él o no, y el hecho de que Dean me haya puesto las cosas fáciles para poder deshacerme de la gran mentira que ha dominado mi vida, no ha hecho más que obligarme a admitir la única verdad – por un momento rió, como si fuese ella quien hubiese sido invadida por la locura - Y ahora estoy aquí, contigo, que no sé porqué demonios te empeñas en tratarme como si te importara y luego me haces sentir sucia y miserable; y sin embargo, es ahora cuando estoy viviendo realmente la vida que siempre he querido vivir, y no antes – admitió con orgullo – Así que no pasa absolutamente nada con Dean, y tú, menos que nadie, tienes porqué nombrarlo siquiera. ¿Está claro? – lo desafió.

Un duro silencio se hizo entre ambos, quienes no habían despegado sus miradas el uno del otro ni por un instante.

Inesperadamente, Harry comenzó a caminar por el césped del jardín como un tornado, de un lado a otro, a grandes zancadas, sin parar. Cuando se detuvo de nuevo frente a la joven pelirroja, había sorpresa, incredulidad, incluso rencor en su mirada.

- ¡Por Dios Santo! ¡Esto es de locos! – casi gritó - ¿Tienes la más mínima idea de lo que puedes haber estado haciendo sufrir a ese hombre durante todos estos diez años? – le reprochó, furioso.

- ¡Ahora sí la tengo! ¡Pero él no tiene derecho a reprocharme nada en absoluto! ¿O acaso alguna vez ha tenido el valor de confesarme la verdad? - se defendió, airada.

- ¿Y cómo iba a hacerlo, si tú te habías echado en brazos del primero que pasó por tu lado?- le gritó perdiendo los nervios.

Ginny se puso en pie, más que furiosa, y se plantó ante él, dispuesta a plantarle batalla.

- ¡No te atrevas a acusarme! ¡No te atrevas, o…! – ella gritó del mismo modo, amenazadora.

- ¿O qué? – la tomó en sus brazos con fuerza, reteniéndola sin contemplaciones mientras ella forcejeaba para liberarse, y al no conseguirlo rompió a llorar, llena de rabia. Fue entonces cuando él la abrazó con toda su ternura, pegándola a su cuerpo con desesperación. Ambos permanecieron abrazados en silencio, hasta que él se vio capaz de volver a hablar – Perdóname, por favor, perdóname.

La rabia que contenían las lágrimas de la chica se convirtió en inmenso amor, en cálida necesidad de que no terminase aquel abrazo con el que tantas veces había soñado.

- Abrázame, Harry, te lo ruego. Abrázame, no dejes de hacerlo nunca – suplicó. Un estremecimiento sacudió todo su cuerpo.

Al notar que ella estaba temblando, Harry buscó de nuevo su mirada, preocupado.

- Estás helada – constató, al acariciar su rostro con infinito amor – volvamos dentro, por favor.

- No, quedémonos aquí un rato más. La noche está tan bella después de la lluvia… - se acomodó entre aquellos brazos fuertes y protectores, y suspiró.

- Está bien, pero deja que al menos vaya dentro a traerte una chaqueta para que entres en calor – besó sus fríos labios con dulzura, intentando convencerla.

Ella hizo un mohín de disgusto, pero finalmente aceptó; él la sentó en el banco con cuidado, le acarició el rostro suavemente, y se marchó dentro a por la chaqueta prometida.

Ginny contempló el cielo, plagado de estrellas y coronado por una inmensa luna creciente, sintiéndose extraña. Le daba la impresión de que acababa de mantener una discusión de pareja con su esposo, en vez de haberlo hecho con el hombre del que jamás había esperado obtener nada, excepto cariño de hermano. Sentía que con Harry, incluso las discusiones eran naturales, lógicas, hasta correctas, como si todo lo que hiciese junto a él fuera lo que debe hacerse, porque tenía sentido, era real. Además, sentía que nada de todo lo vivido hasta entonces había tenido un porqué. Harry sufriendo por ella, soportando verla en brazos de alguien a quien no amaba; y ella sufriendo por él, creyéndolo un sinvergüenza incapaz de amar, cuando ella misma le estaba negando el amor sin saberlo… Sólo le venía una palabra a la mente una y otra vez: increíble; pero cierto.

De pronto, un extraño sonido le hizo mirar al frente; algo semejante a un gruñido, seguido de ruido de hierba pisada de forma firme, aunque cautelosa, la alertó de que ya no estaba sola. Entrecerró los párpados para enfocar mejor la vista, y lo que vio a tan sólo unos pocos metros frente a ella la dejó sin respiración: un lobo inmenso, de pelaje negro como la noche, la acechaba tras unos ojos candentes, mostrando dos hileras de afilados colmillos de forma amenazadora.

Las piernas comenzaron a temblarle, pero se puso en pie; la garganta le ardía con el terror de quien se sabe en peligro de muerte. No pudo dar ni un paso atrás, paralizada por el miedo.

- Detrás de mí, Ginny – escuchó la voz de Harry, fría y tajante. No le había escuchado volver a salir.

- Harry, no… - consiguió negar con voz lastimera, sabiendo que él iba a enfrentarse a la bestia para salvarla.

- Camina lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco, y ponte detrás de mí – su orden fue tan perentoria, que ella no pudo más que obedecerle.

Con renovadas fuerzas, rodeó el banco donde hasta hace unos segundos había permanecido sentada, siempre mirando al frente, sin perder de vista los ojos del cánido en ningún momento; tampoco él dejó de observarla, amenazador. Dio un paso atrás con infinita lentitud, otro, otro… hasta toparse con el cuerpo de Harry, quien, tras apretarle la mano intentando infundirle ánimos, tomó su lugar, comenzando a caminar hacia el animal con la misma parsimonia que ella había utilizado.

- Entra en casa – volvió a ordenarle, sin volverse para mirarla – Despacio.

- No voy a hacerlo. Te ayudaré.

- Te has dejado la varita dentro – le recordó – Hazlo.

Pero ella no se movió, tozuda.

Durante un segundo, hombre y bestia se observaron, estudiándose con la mirada; Harry pudo ver en aquellos ojos, una extraña inteligencia. Intentando no alertar al animal, el joven se llevó la mano al pecho y sacó su varita de un bolsillo interior de su chaqueta. De un modo inaudito, el gran lobo pareció reconocer el artilugio que el joven esgrimía ahora contra él, a pesar de que el chico no había hecho todavía movimiento agresivo alguno con este; un brillo de comprensión pudo verse en sus ojos, e inmediatamente después, se lanzó contra Harry, con un gruñido gutural.

- ¡Desmaius! – gritó con ímpetu el joven auror.

Pero el lobo ya se había abalanzado sobre él. Con una de sus zarpas lo hirió de refilón en el costado izquierdo, antes de derrumbarse, alcanzado por el fulminante hechizo. Harry pudo sentir cómo un dolor ardiente recorría todo su cuerpo, lacerándole sin piedad, pero no bajó la guardia, dispuesto a usar un segundo hechizo si fuese necesario. Mas no tuvo tiempo de hacerlo. De un modo increíble, casi irreal, la bestia se puso en pie, tambaleante, e inmediatamente comenzó una desenfrenada carrera alejándose de él, de Ginny y de la casa.

Fue entonces cuando Harry se llevó la mano al costado herido, y al mirarla, la halló completamente ensangrentada. Como pudo, y antes de que Ginny recuperase el control de sus nervios, se quitó la chaqueta e intentó cubrirse la herida con esta para que ella no la viese. Pero al volverse hacia ella, su mano llena de sangre lo delató. Comenzó a caminar hacia la casa, sin dar tiempo a la chica de que reaccionase, en un intento de que ambos se viesen al abrigo de los muros en el menor tiempo posible, y ella lo siguió inmediatamente, aterrada.

- ¡Harry! – nada más los dos hubieron entrado, Ginny se apresuró a obligarle a que se apoyase en ella para seguir caminando, y lo acomodó en una silla que halló cerca de allí.

Con infinito miedo, retiró la chaqueta del chico; él intentó que no lo hiciera, pero el dolor le impedía moverse con rapidez.

- ¡Oh, Dios Mío! – ella se puso en pie rápidamente - ¡Quédate ahí! ¡No te muevas! ¡Voy en busca de ayuda! – gritó, desesperada, y corrió como una flecha en dirección a la puerta principal.

- ¡Ginny, no! ¡Yo solo puedo curarme esto! ¡Detente! ¡No es nada! – gritó con todas sus fuerzas, pero ella no le hizo caso y continuó su carrera.

- ¡No tardaré! ¡Te lo juro!

- ¡Ginny! ¡No! ¡No! – volvió a gritar, como un loco. Pero un fuerte portazo le alertó de que se había quedado solo.

Maldiciendo para sus adentros, se puso en pie, y caminó con cuidado hacia las escaleras que le conducirían al cuarto de baño, con la fija idea de hacerse un vendaje improvisado y salir como un rayo en busca de Ginny. Sintió que si a ella le sucedía algo malo, si la maldita bestia conseguía por fin hacerle daño, el mundo se habría acabado.

El dolor era casi insoportable, pero no desistió. Subió las escaleras agarrado de la barandilla, apretando los dientes con todas sus fuerzas.

"Maldita sea, Potter, esto es un simple rasguño; no hay puntos vitales dañados, es sólo dolor, y tú sabes cómo controlar el dolor. Hazlo rápido, y ve en su busca" – se dijo una y otra vez, intentando sacar fuerzas de flaqueza. El tiempo que tardó en llegar al cuarto de aseo le parecieron siglos enteros, pero una vez alcanzado su destino, se dedicó de forma metódica a buscar todo lo necesario para hacerse una primera cura de urgencia.

Nada más había empezado a limpiarse la herida, un nuevo portazo le alertó de que alguien acababa de entrar en la casa. Haciendo tapón en las heridas con una gasa, caminó fuera del cuarto, dispuesto a presentar batalla si no era Ginny quien lo había pensado mejor, y había regresado. Deseó con toda su alma que fuese ella.

- ¡Harry! ¡Harry! ¿Dónde estás? – Ginny comenzó a gritar, desesperada – ¡Esto es un milagro! ¡He encontrado al reverendo Campbell muy cerca de aquí! ¡Oh, Merlín! ¡Harry! – recorrió habitación por habitación de la planta baja, temiendo lo peor al no encontrarle, y cuando ya iba a hacer lo mismo en el primer piso, vio al chico que comenzaba a descender por las escaleras, agarrado de la barandilla, y sujetándose con la otra mano un paño empapado de sangre sobre las heridas. – Oh, Harry!

Rápidamente, ella y Campbell ayudaron al joven a tumbarse en uno de los sofás del comedor.

- Ginny, ¿estás bien? – él la cogió por un brazo, intentando hacer que ella le prestara atención.

- Harry, tus heridas… ¿Por qué has intentado curártelas tú solo? – lo miraba llena de miedo, casi llorosa.

- ¡Maldita sea! ¡Ginny, mi amor! ¿Estás bien? – él le gritó, apretándole el brazo con fuerza y comenzando a desesperarse.

Al escuchar sus palabras, la chica quedó paralizada, mirándolo fijamente, sin parpadear.

- S-sí, yo estoy bien – tartamudeó, cuando pudo reaccionar.

- ¡Ya iba a salir en tu busca! ¡Yo la mato! ¡Es que la mato! – el joven gritó, más que furioso - ¿Cómo se te ha ocurrido salir sola, después de lo que acaba de suceder? ¿En qué demonios estabas pensando?

- ¡En salvarte! ¡Sólo en salvarte! – ella lo enfrentó, decidida - ¡Y volveré a hacerlo, si es necesario!

Harry resopló, frustrado. Después miró al reverendo Campbell con indignación.

- ¿Qué haces tú aquí? ¡Por Merlín! ¡No me estoy muriendo! – le increpó.

- Dios nos libre de que mueras antes de cien años más, si eso es posible, muchacho – el hombre lo miró con afabilidad – Vengo en calidad de médico. Como dice ella – señaló a la chica, jovial – ha sido un milagro que yo me encontrase asistiendo a un enfermo, muy cerca de aquí. Justo salía de la casa del paciente cuando casi he chocado con ella, que corría desesperada hacia el hostal. Ginny, muéstrame esa herida – pidió a la joven con amabilidad.

La joven pelirroja retiró con sumo cuidado la gasa que Harry había apoyado en sus heridas, para mostrarle al doctor los desgarros allá donde la zarpa de la bestia había hecho impacto sobre su cuerpo. Una punzada de dolor traspasó al moreno en el costado izquierdo, algo que no impidió que siguiera mirando al pastor reconvertido a médico con ojos suspicaces, y a Ginny con renovada furia.

- Desde luego, tiene mala pinta, pero es fácil de curar – afirmó el otro hombre, complacido – Voy a untarte un ungüento, que la adorable señorita Weasley volverá a administrarte esta noche cada dos horas; y junto con la poción que vas a beberte ahora mismo, mañana a primera hora estarás prácticamente curado. ¿Qué te parece?

Los ojos de Ginny se llenaron de alivio al escuchar las palabras de Campbell.

- No te ofendas, pero, ¿sabes realmente lo que haces? – el chico volvió a centrar toda su atención en el párroco, con una mirada más que escéptica.

- ¿Sabías tú realmente lo que hacías cuando te has enfrentado a esa bestia para proteger a la mujer que amas?

Ginny miró al hombre, alarmada, temiendo que Harry se ofendiese por el comentario del párroco acerca de ella y él, pero en cambio, el chico asumió esas últimas palabras con total naturalidad.

- Tenía una ligera idea, la verdad – respondió con enfado e ironía – Asumo riesgos mucho peores día sí y día también. Es mi trabajo. Y si no hubiera sido porque ese bicho es más escurridizo que una anguila, ahora estaría enjaulado, camino del Ministerio de Magia para que lo estudien.

- Pues yo también sé perfectamente lo que hago, porque este también es mi trabajo. Que sea pastor de almas no me impide ejercer la profesión para la que me he formado durante años enteros: sanador. En un pueblo tan pequeño como este, es de lo más común dedicarse a dos profesiones. ¿Alguna pregunta más? – no hubo respuesta alguna por parte del chico, que había quedado estupefacto – Perfecto. Ahora vas a beberte esta poción sin rechistar, y mañana por la mañana vendrás a mi consulta a que te revise esos arañazos. ¿Entendido?

Buscó dentro de un maletín que había traído con él, extrajo de él una pequeña redoma con un líquido verde y algo espeso agitándose en su interior y se la ofreció; el chico la tomó con una mano obedientemente y decidió beberla lo antes posible, para que Ginny dejase de observarle con aquella inmensa preocupación en la mirada, que lo atormentaba. El sabor era tan espantoso como el color, pero la bebió de un trago y le devolvió el frasco vacío, desafiante.

- Maravilloso – Campbell rebuscó en su maletín, sacando esta vez un tarro que alargó hacia Ginny – Será mejor que el ungüento se lo administres tú – dijo a la chica con picardía – Ya veo que los ánimos aún están calientes por aquí. Menudo carácter se gasta nuestro héroe – guiñó un ojo a la chica, quien le respondió con una sonrisa cómplice.

- ¡Yo no soy ningún héroe! – él herido replicó, molesto, pero el otro hombre no le dedicó ni la más mínima atención.

- Recuerda, jovencita, adminístrale una dosis generosa sobre las heridas cada dos horas durante toda la noche, al menos en cuatro ocasiones. Y no le permitas que te refunfuñe.

Ella soltó una risita, divertida, mientras Harry lo traspasaba con la mirada.

- Hasta mañana, mis jóvenes amigos – se despidió, dando una suave palmada al joven en el hombro y un cariñoso abrazo a la chica. Y los dejó solos.

- ¿Me ayudas a llegar a la cama? Necesito descansar – Harry pidió con suavidad.

- Por supuesto – Ginny le ayudó a ponerse en pie, y le hizo de apoyo para que él caminase – ¿Ya no estás enfadado conmigo?

- ¿De qué serviría? Tú estás bien, eso es lo único que importa.

Ella lo miró, enternecida, adorándolo con los ojos.

- ¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho? Si te hubiese herido de gravedad, o incluso matado… - de pronto sollozó sin poder evitarlo.

- Lo he hecho porque, como le he dicho a Campbell, es mi trabajo; he hecho lo mismo un montón de veces antes –intentó hablar con dureza, para que ella dejase de preocuparse, pero no lo consiguió, ella seguía abatida, llena de tristeza y de dolor - Y porque no quiero imaginar siquiera la vida sin ti.

Los ojos de Ginny se posaron en los suyos, con tanto amor en la mirada, que él se sintió el hombre más afortunado del mundo.

- Estoy bien, Ginny. Por favor, deja de preocuparte – sonrió, mientras la chica le mullía el almohadón, una vez él se hubo tumbado en la cama.

- Claro que estás bien, y mejor que lo estarás. Por fin tengo una buena excusa para volver a dormir contigo, – bromeó - aunque no creo que de ahora en adelante la siga necesitando, ¿o sí? – no esperó respuesta, y se acomodó a su lado con descaro, mientras él la contemplaba, lleno de sorpresa, sin ser capaz de pronunciar palabra – Hazme el favor y duérmete ya, porque voy a despertarte dentro de dos horas, como ha dicho el reverendo – lo besó en los labios con total naturalidad y cerró los ojos tranquilamente, sin reparar, en apariencia, en la atónita mirada de Harry, que no podía dejar de observarla.

Finalmente, él se rindió al sueño, agotado.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

No sabía si subir el capítulo tan pronto, después de haber subido el anterior hace apenas cuatro días, y sabiendo que, en cuanto vuelva al trabajo después de estas mini vacaciones, no sé cuándo podré volver a actualizar. Pero necesitaba hacerlo; necesitaba compartir con todos vosotros este capítulo, porque para mí es muy especial.

Debo agradecer cómo ha quedado a dos personas: GinnyLilyPotter7 y J0r, quienes a través de vuestros reviews al capítulo anterior, me habéis insistido en que no demorase más la historia de amor entre Harry y Ginny. La verdad es que hasta entonces, yo tenía en la cabeza hacer que todo sucediese mucho más despacio, centrándome más en la historia de fondo que en su propia relación. Pero al leer vuestros reviews, estuve dándole a la cabeza y sentí que teníais razón, que ellos merecían que contara su historia lo antes posible, pues al fin y al cabo para eso estoy escribiendo el fic. Así que he decidido enfocar el asunto de un modo distinto, aunque el final va a ser el mismo, jeje.

Y lo dedico a las cuatro personas que me han dejado un review al capítulo anterior: ricitos de menta, lizlovegood12, GinnyLilyPotter7 y J0r.

También a quienes han añadido el fic a sus favoritos, desde la dedicatoria anterior: Noche2892 y lizlovegood12 (a ti se me pasó incluirte en la dedicatoria del capítulo anterior, sólo te puse en los reviews; lo siento).

Quiero hacer una mención especial a EmGin, a quien también dediqué el capítulo anterior para agradecerle su review, pero que esta página omitió porque su nick lleva un punto entre ambas palabras, y creo que lo toma como una dirección de mail que omitir. Así que ahí va tu nombre, sin punto :), para que se vea bien grande.

Para los que estéis disfrutando de vacaciones como yo (a mí tan sólo me queda un día ya, snif), os deseo que lo estéis pasando genial. Y para todos, absolutamente todos que leéis este fic, os mando una brazo muy fuerte y mi mayor agradecimiento.

Hasta muy pronto, espero.

Rose.