Capítulo 8 : Trampa mortal.

Harry se sentía inquieto. La inesperada llegada de Hermione a la casa la tarde anterior, había dado un giro rotundo a la situación, tanto a nivel de la misión que los aurores se llevaban entre manos, como a nivel personal de todos los ocupantes de la casa, incluida ella misma. A pesar de que la bellísima pelirroja había apaciguado su enfado con tanto arte, que él aún no dejaba de asombrarse, su corazón no había podido ser apaciguado del mismo modo, y tampoco su mente, que no paraba de dar vueltas al asunto de la bestia que acechaba a los habitantes de la villa, y a la "otra bestia" que se había revelado en su propia casa, y que le preocupaba tanto, o más, que la que se había comprometido a atrapar.

El joven moreno esperó a que Ginny, que hasta el momento yacía profundamente dormida en sus brazos, se acomodase en su sueño en otra postura, para ponerse en pie con sigilo, vestirse y salir de la habitación, pues sabía que, si permanecía a su lado por más tiempo estando despierto, acabaría por despertarla a ella también; y apenas había comenzado a amanecer, no había motivo alguno para hacerla despertar tan pronto.

Se desperezó mientras bajaba las escaleras con parsimonia, intentando despejarse por completo; caminó hacia la cocina, con un buen vaso de leche con galletas en mente, pero al entrar en ella, lo único que ocupó sus pensamientos, de hecho bastantes sombríos desde entonces, fue la triste estampa de un hombre que yacía abandonado - más que sentado - en una de las sillas, con ambos codos apoyados en la mesa, sujetándose la cabeza como si en cualquier momento pudiese llegar a perderla.

Al escucharle entrar, el joven alzó el rostro, y su semblante se mostró culpable y atormentado, cuando le reconoció.

- Te ves penoso – Harry le dijo sin contemplaciones; aunque el tono de su voz estuvo lleno de complicidad.

Ron hizo mueca de sonreír con ironía, pero lo pensó mejor, y evitó que la herida del labio se le abriese de nuevo.

- Lo estoy. Llevo tres noches sin dormir – en cambio afirmó, en el mismo tono.

Harry lo miró a los ojos, sorprendido; no había imaginado que llegase tan lejos el alcance de las consecuencias del sufrimiento de su mejor amigo.

- Esto no puede seguir así, debes descansar, sea como sea – cogió una silla y se sentó a su lado, haciendo que los ojos de ambos se enfrentasen a la misma altura.

- Tranquilo. No voy a permitir que mi patética vida personal se inmiscuya en mi trabajo. He venido a ayudarte, y eso haré.

- ¡Olvídate del trabajo! – el moreno gritó con indignación - Los chicos y yo lo haremos.

- De ningún modo. Dices eso porque eres mi mejor amigo, - objetó el otro, rendido - pero no olvides que también eres mi jefe. ¿Quieres que todavía me sienta peor, un bueno para nada? – le mantuvo la mirada con estoicismo.

- ¡Sabes que eso no es así! ¡Todos tenemos malos momentos! Y los compañeros estamos para cubrirnos las espaldas unos a otros, además de para dar el callo.

El pelirrojo mostró un amago de sonrisa, lleno de agradecimiento y adoración por el hombre que tenía frente a él.

- Harry… anoche perdí la razón; dije cosas sobre ti y sobre Hermione que… - intentó disculparse torpemente, sin saber con exactitud cómo decir todo aquello que le abrasaba las entrañas.

- ¿Que ya no crees? – Harry le ayudó tranquilamente.

- Nunca las he creído, en realidad – Ron respondió, cabizbajo – No sé qué demonios me pasó.

- Entonces, no hay nada de qué hablar, todo está bien – le dio una palmada de ánimo en la espalda - Siento haberte roto la mandíbula.

- Y yo siento haberte roto la nariz, aunque no debería – Harry alzó una ceja, suspicaz – por tu culpa, no podré ni siquiera sonreír en una semana; también me partiste el labio, y eso no es un hueso que se cure con tanta facilidad. Aunque para lo que voy a necesitar reír…

- ¡Serás capullo! – Harry gritó con pasión.

Ambos simularon desafiarse con las miradas, pero pronto Ron desvió la suya, melancólico; permaneció un tiempo en silencio, - mientras, Harry le observaba, preocupado - y al volver a mirarle de nuevo, parecía emocionado.

- Harry…

- Dime.

- ¿Tú crees en el destino? Quiero decir… ¿Tú crees que Hermione fue hecha para mí?

El moreno se tomó su tiempo para responder, buscando las palabras adecuadas.

- Sí, y no – el chico respondió sencillamente.

- ¿Qué quieres decir?

- Quiero decir que ella fue hecha a tu medida, para que sólo tú te esfuerces en merecerla, al igual que tú fuiste hecho a la suya, para que sólo ella se esfuerce en merecerte a ti. El destino es un camino "personalizado" que cada cual debe recorrer, con ciertas… "características" en él, para que, supuestamente, a cada uno le resulte más atractivo recorrer el suyo que lo sería para cualquier otro; tan sólo supuestamente – sonrió con melancolía. - Sí, estoy convencido de que ambos sois el destino del otro, y que sería toda una pena que no decidáis esforzaros en recorrer ese camino, pues fue hecho para vosotros; ya sabéis qué hay al final, sólo debéis decidir si vale la pena caminar para alcanzarlo. Hay destinos que valen la pena, hay destinos que no – suspiró. - ¿Cuál es vuestro caso? Quizá, después de todo, otros destinos os estén aguardando.

- Tú jamás has creído en otro destino que no sea Ginny.

- Cierto, Ron; pero ese es mi destino, ese es mi único camino por recorrer; mi elección. Quizá tú tengas abiertas otras sendas esperándote, y no sólo la que te lleva a Hermione. ¿Tú qué crees?

- Hermione es mi único destino – aseguró, totalmente convencido.

- Pues si tan claro lo tienes, te aconsejo que, mientras puedas, mientras nada te lo impida, y aún en ese caso, luches con todas tus fuerzas por llegar a él.

Ron asintió, decidido.

- Así lo haré.

- Y yo te apoyaré.

- ¡Pero aún te debo una! – Ron exclamó, casi sonriente - ¡Por lo del labio! – intentó atrapar a Harry para fingir que iba a golpearle, pero este fue más rápido y corrió hacia el comedor como alma que lleva el diablo, mientras gritaba también.

- ¡Eres un imbécil! – respondió entre risas, contento de que el otro olvidase por un momento el drama que estaba viviendo.

En su carrera, Harry estuvo apunto de atropellar a Ginny y a Hermione, que acababan de levantarse y se disponían a ir a la cocina para desayunar. Para no arrollarlas, hizo un viraje forzado, se desequilibró, y acabó tumbado boca arriba en uno de los sofás de la sala de estar. Ron tuvo que imitar su maniobra, y apunto estuvo de aplastar a su mejor amigo.

- ¿Q-qué hacéis? – Hermione les preguntó, mirándoles tan sorprendida como Ginny, que los estaba observando, ambas plantadas frente a ellos.

Harry intentó incorporarse, y al hacerlo, trabó uno de sus pies con los de Ron, haciendo que este perdiese pie y cayese sobre él en el sofá, cuan largo era.

- ¡Auch! – gritó el moreno, pues el chico acababa de clavarle la rodilla en las heridas, que aún terminaban de sanar en su costado.

- Lo siento – Ron enrojeció como una colegiala, intentando ponerse en pie torpemente, mientras las chicas seguían observándolos sin dar crédito a sus ojos.

- ¿No lo veis? Estamos ligando – Harry respondió con seriedad, mirándolas fijamente a los ojos, despatarrado en el sofá, aún con su mejor amigo sobre él.

De pronto, Ron estalló en carcajadas que no pudo evitar - a pesar de que puso todo su empeño en hacerlo para que el labio no volviese a sangrarle, cosa que tampoco consiguió, pero no importó en absoluto - y Harry lo hizo también. El pelirrojo se levantó con cuidado de no rozar las heridas cicatrizantes de Harry, para no volver a dañarle, y el otro se incorporó a su vez, aún riendo.

- Sois unos críos – aseguró Ginny, sonriente.

Ya sentados, ambos se encogieron de hombros, encantados.

Hermione traspasó a ambos con una mirada de indignación, y se marchó a la cocina, dándoles la espalda. Ginny fue tras ella, para intentar calmarla, y los dos chicos se miraron el uno al otro, preocupados, pero no dijeron nada; tan sólo se dispusieron a seguirlas, pues aún no habían desayunado, a pesar del tiempo que llevaban pululando por la casa.

Ginny intentó apoyar a Hermione moralmente, intentando permanecer alejada de Harry lo máximo posible, ya que, para sorpresa de ambas, él mostraba tanta complicidad con Ron aquella mañana; sabía que no era justo tener que tomar partido por la chica o por su propio hermano, pues ella los quería a ambos – al igual que le estaba sucediendo a Harry – pero era consciente también de que la castaña necesitaba sentir un apoyo "incondicional" más que nunca, para no venirse abajo. Estaba segura de que Harry lo entendería, aunque él, mientras desayunaba, se mostraba tan serio y pensativo, que le preocupaba que hubiese tomado a mal su postura.

Poco después comprendió que no era ese el motivo de la preocupación del chico, cuando él se puso en pie, hizo sentar a Hermione y a Ron, uno a cada lado de la mesa, y les habló con voz solemne.

- Os lo dejo bien claro ahora, porque cualquiera de ambos que pretenda trabajar conmigo en esta misión, va a acatar mis órdenes sin rechistar – declaró, autoritario. - Así como la tapadera de los otros dos aurores que han venido a ayudarme, es que son pareja y están en viaje de placer, la vuestra va a ser absolutamente la misma: sois una pareja de novios que se adora, nuestra familia, y nos estáis acompañando a Ginny y a mí en nuestras vacaciones. ¿Entendido?

Hermione y Ron se le quedaron mirando, atónitos, con ojos como platos.

- Pero Harry, Aroa y David están casados realmente – protestó Ron, intentando hacer ver a Harry la locura que estaba cometiendo al equiparar la situación de Aroa Lockhart y David Skood, sus compañeros, con la que él y Hermione estaban viviendo actualmente.

- ¿Y? – el otro respondió, sin inmutarse. - Mientras están de servicio, Aroa y David no son más que compañeros; su vida personal queda totalmente al margen del trabajo. Si estás intentando decirme que a ellos les va a costar menos fingir que a vosotros, pues lo siento; esto es lo que hay. ¿O acaso se os ocurre una tapadera mejor en vuestro caso? – Ron no supo qué responder, y Hermione no fue capaz de apoyarle, pues también se había quedado en blanco; así que Harry continuó con su explicación. - Mirad vosotros por dónde, yo no tenía una coartada suficientemente sólida para disculpar tu presencia en esta villa, Ron; y Hermione acaba de dármela, pues todo el mundo mágico piensa que aún sois pareja, así que no sospecharán. En esta misión mando yo – recalcó, dejándolo bien claro, harto de discutir algo que, para él – y al parecer también para los otros dos -, no tenía ninguna otra salida - así que o lo tomáis, o lo dejáis, pero no continuaréis aquí, ninguno de los dos, si no aceptáis mis órdenes; y eso significa todas mis órdenes, no sólo las que os agraden.

- Pero… - la castaña miraba a su mejor amigo, sintiéndose acorralada, aunque continuaba sin saber cómo defender su negativa.

- Pero nada – Harry suspiró, frustrado - ¡Por Merlín, Hermione! ¡No os estoy pidiendo que os acostéis juntos por las noches, sólo que finjáis un poco de cariño en público! ¡El justo! ¡Nada más! ¿Tanto puede costaros eso? – Ron y Hermione se miraron, avergonzados - ¿Ni siquiera pensáis mantener un trato cordial, aunque sea por Ginny y por mí, para no hacernos sufrir aún más?

- No te preocupes, Harry. Por mí, será como tú desees – Ron aseguró, decidido.

- Y por mí también – le apoyó Hermione. – Tienes toda la razón: ni Ginny, ni tú, ni siquiera la misión que llevamos entre manos, tenéis porqué pagar por nuestros problemas personales.

- Bien. Seamos profesionales, entonces. Subid todos a vestiros para salir, porque los cuatro vamos a dejarnos ver por el pueblo como dos parejas de enamorados en viaje de vacaciones. A partir de este momento, todos aquí estamos en misión oficial para el Ministerio de Magia. Espero que a nadie se le olvide – Harry concluyó, poniendo fin a la reunión.

- ¿Acabas de reclutarme para el Ministerio, Jefazo? – Ginny se abrazó a él con picardía, una vez los otros dos los hubieron dejado solos por un momento.

Él la miró con cara de reproche.

- En serio, Ginny; no pienso exponerte a ningún peligro en todo esto; ni tampoco a Hermione, por mucho que ella intente hacernos ver que las cosas no han cambiado – añadió después, intranquilo. – Ya sé que vosotras dos sois una expertas con la varita – continuó, para acallar la incipiente réplica de su novia – pero los aurores, los que han sido entrenados para afrontar peligros, somos nosotros.

- Pues no lo hicimos tan mal durante la Segunda Guerra – ella objetó por fin, sintiéndose infravalorada.

- Todos hicimos lo que pudimos durante la Segunda Guerra; aquello era matar, o ver morir a los que queremo, para finalmente acabar muriendo – él recordó, sombrío. – Nunca intentaré impedirte que luches por tu propia vida, y por la de aquellos a quienes amas; cuando yo mismo lo haré hasta la muerte si tengo que hacerlo. Pero algo muy distinto es que esté de acuerdo en que la expongas sin necesidad. Tú elegiste ser jugadora de quidditch, y Hermione eligió ser funcionaria de despacho; dejad que cada cual haga su propio trabajo.

La besó en los labios, pero ella recibió el beso estática, mirándolo a los ojos fijamente, impactada por la cruda dureza de sus palabras, a pesar de que en el fondo sabía que tan sólo le había recordado la pura realidad. Pero Harry no se dejó impresionar, pues tenía bien claras las ideas en ese aspecto.

- Voy a vestirme. ¿Me acompañas? – él preguntó, aparentando mostrarse más sereno de lo que estaba en realidad, pues odiaba discutir con ella.

Ginny lo tomó de la mano e hizo que la siguiera hacia su habitación, pero mantuvo el mutismo en que la indignación la había encerrado. Había algo en las palabras que él le había dicho, que no era capaz aún de asimilar, pero aquel momento no era tiempo para pararse a analizarlo; y en absoluto pretendía enfrentarse a él ni hacerle enfadar, por algo que intuía que era su propio problema, y no de él. Harry la siguió, respetando su silencio.

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Las dos parejas pasaron el resto de la mañana dejándose ver descaradamente por la villa, como unos turistas cualquiera. Ya la noticia de que Harry y Ginny se hospedaban en el pueblo había corrido como la pólvora entre sus habitantes, pero la mayoría de ellos lo habían tomado como un simple rumor, derivado de la "excesiva" tranquilidad que allí se respiraba. Al verles en persona, y no sólo a ellos, sino también a Ron y a Hermione, los aldeanos los contemplaron maravillados, como si estuviesen ante un auténtico milagro. Para sorpresa de Harry, ninguno de ellos, en cambio, osó importunarles en su paseo; se limitaron a sonreírles con cariño y respeto, una vez repuestos de su estupor. Para alegría e incomodidad del joven moreno – pues aún no tenía muy claro cómo pagarles - , este sintió que cada vez debía más a esa gente sencilla y abnegada, y que lo daría todo de sí mismo para intentar saldar esa deuda de gratitud.

A la hora de la comida, los cuatro llegaron al hostal de Romilda y se acomodaron en la que les pareció la mesa más tranquila del local, ocupado hasta aquel momento, tan sólo por una pareja más y varios hombres charlando y riendo alrededor de otra mesa, mientras tomaban un tentempié antes de marchar a sus hogares para comer. Todos los presentes los observaron con sorpresa, aunque fue el hombre de la joven pareja – sin duda visitantes también, pues los otros hombres se limitaron a reproducir con exactitud la conducta que habían mostrado sus conciudadanos – el único que se atrevió a dirigirse a ellos. Olvidando la charla con su bella acompañante, el hombre – más entrado en años que la chica, pero no por ello desentonando con la exquisita belleza de esta – se levantó de su silla, caminó hasta Harry alegremente y, antes de permitir que este tomase asiento, ya estaba estrechándole la mano de forma efusiva.

- ¡Señor Potter! ¡Qué inesperada y extraordinaria coincidencia! – su tono maravillado hacía juego con una inmensa sonrisa de satisfacción - ¡No imagina cuánto tiempo he estado deseando conocerle!

Romilda Carlyle, que acababa de salir de la cocina seguida por Oswal Carmichael, observó al hombre con descontento, temerosa de que el joven auror tomase a mal tantas atenciones; se preparó para intervenir poniendo paz en caso de que se crease un mal ambiente entre los dos. Pero no hubo de preocuparse durante mucho tiempo, ya que Harry estrechó la mano del jovial caballero con cortesía.

- ¿Y usted es? – el moreno preguntó, curioso.

- David Skood, para servirle a usted y a sus heroicos amigos – fingió darle un abrazo, emocionado.

- Estás disfrutando con esto, cabronazo – el hombre escuchó a Harry susurrarle entre dientes de forma jovial, aprovechando la situación.

- Y que lo digas – respondió del mismo modo, sin dejar de sonreír. - ¿Nos harán el honor de compartir nuestra mesa para comer? – David le ofreció, solícito.

- Mejor que usted y su encantadora acompañante nos honren con su compañía sentándose a la nuestra – el auror objetó, - ya que es más fácil trasladar a dos personas que a cuatro, y la mesa que ustedes ocupan es un poco estrecha para todos.

- Por supuesto, por supuesto… - hizo un amable ademán a la mujer y esta se reunió con ellos, ofreciéndoles una amable sonrisa.

- Ella es Aroa Lockhart, mi encantadora esposa.

- Es un placer – ella les saludó.

Todos respondieron del mismo modo, y hechas las pertinentes presentaciones, los seis se acomodaron en la mesa.

- Vamos, acompáñennos – Harry pidió a Romilda y a Oswal, que los habían saludado con un ademán – y tú también, Abby, por favor – solicitó a la hija de la hostalera, que acababa de entrar en el comedor, acompañada por un radiante Edward Snow.

Ambos jóvenes asintieron, encantados, y se apresuraron a sentarse a la mesa también; así que los dos mayores no tuvieron más remedio que acompañarles para no quedar mal.

- ¿Puedo acompañarles yo también? – la voz de Ben Campbell se hizo escuchar desde la puerta.

- Como siempre, usted tan oportuno – Harry le ofreció una alegre sonrisa, y le indicó que se sentase.

La pintoresca comida comenzó con presentaciones, sonrisas a discreción y palabras amables, y pronto tomó derroteros festivos, pues la mayoría de los allí presentes estaba de vacaciones en el pueblo.

- ¿Y qué más se puede visitar por aquí, aparte de tan bella localidad? – Harry preguntó amablemente.

- ¿Algo que les pueda interesar? Absolutamente nada – Oswal se apresuró a responder, con cierto desdén – Aquí tan sólo hay paz para quien venga dispuesto a disfrutarla, y nada más.

- Quizá a Harry le interese visitar alguna de nuestras leyendas "vivas" – Ben añadió con amabilidad – El otro día se mostró muy interesado en ellas; pues bien, existen algunas visitables – sonrió con picardía.

Harry lo miró con enorme interés, animándole a continuar.

- ¿A qué leyendas vivas te refieres? No existen tales leyendas, Ben – el otro hombre mayor le rebatió, visiblemente molesto.

El joven auror simplemente dejó que la conversación continuase por sí misma, limitándose a no perderse detalle de todo lo que en la mesa acontecía, mientras dedicaba miradas de cortés interés cuando la situación así lo requería. Pudo observar muchas cosas durante aquella comida, y todas ellas a cual más interesante.

- ¿Y qué me dices de la Gruta de la Muerte? – el párroco retó a su interlocutor, con voz triunfal.

- ¡Por favor! – el auror local bufó con indignación, a modo de respuesta - ¡Eso tan sólo es una burda patraña! ¡Alguien tan culto como lo son estas damas y caballeros no pueden dar crédito a semejantes tonterías!

- No buscamos dar crédito a nada en concreto, sino algo de diversión – Harry volvió a entrar en la conversación, con una sonrisa cándida y desenfadada. – La propuesta del reverendo parece interesante. ¿La Gruta de la Muerte, dice? – el otro asintió, satisfecho - ¿Se puede visitar en cualquier momento?

- Esta misma tarde, si queréis. Yo no podré acompañaros, pues debo atender a un enfermo en la villa de al lado. Pero seguramente Oswal os pueda guiar. ¿No es así, Jefe?

- No es así. Ni Milton ni yo estamos en este pueblo para hacer de guías para turistas ociosos – negó categóricamente, incluyendo a su ayudante en el paquete.

- Vamos, no seas así…- sonrió al hombre de forma alegre - ¿Y quizá tú, joven Snow? – giró su mirada hacia el jovencito, que no tenía ojos nada más que para Abby, y que al reparar en que el otro llamaba su atención, negó tristemente con la cabeza.

- Lo siento, reverendo, pero mi padre tiene otros planes para mí, esta tarde – se excusó, mientras no dejaba de mirar a la chica por el rabillo del ojo, lo cual complacía claramente a la joven dama.

Así como la respuesta de Carmichael no había molestado al reverendo en absoluto, sí lo hizo la de Snow; el hombre lo traspasó con una mirada asesina, que no duró más que un escaso segundo, pero que a Harry no pasó desapercibida.

- No será necesaria la compañía de ninguno de ustedes – el auror afirmó amablemente. – Tan sólo facilítennos un mapa.

- Eso está hecho – se entusiasmó Ben, mientras Oswal negaba con la cabeza, abatido.

- ¿Quién se apunta a la aventura? – Harry preguntó, jovial.

David y su esposa se ofrecieron, entusiasmados, así como Ron, Ginny y Hermione. Pero no así todos los habitantes del pueblo, que por uno u otro motivo, no pudieron acompañarlos.

Así que las tres parejas, tras recibir un magnífico mapa de situación de la Gruta por cortesía de Ben, emprendieron la excursión, nada más terminar la comida.

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- Harry, ¿te das cuenta de que esta podría ser la misma cueva que aparece en mis informes? – Hermione preguntó a su mejor amigo, mientras le obligaba a detenerse justo a la entrada de la Gruta, que gracias al mapa de Campbell, no habían tardado en hallar, tras un ameno paseo que duró no más de media hora.

- Premio a la señorita – el auror afirmó, con una sonrisa irónica – Por eso, ni Ginny ni tú vendréis con nosotros.

- ¿Qué? – las dos chicas lo miraron de forma amenazadora, aunque cogidas totalmente por sorpresa.

Ron apoyó al joven Jefe con un ademán de obviedad, mientras David y Aroa decidieron mantenerse al margen de la inminente disputa. Pero no hubo tal, pues Harry no lo permitió.

- Decidiste acatar mis órdenes, fuesen las que fuesen; esta es una de ellas.

- ¡Pero Harry! ¡Esto es totalmente injusto! ¡Yo también soy miembro del Ministerio de Magia, si lo dices por eso! ¡Y Ginny no puede quedarse sola aquí fuera!

- No, no lo digo por eso. Y la discusión se acaba aquí. Esperadnos o volved a casa. Vosotras mismas – dicho esto, le dio la espalda, hizo una señal a sus hombres, y los cuatro se adentraron en la Gruta, enarbolando sus varitas para lograr iluminación.

- ¡Harry, espera! ¡Harry! – pero nada se escuchó; los aurores ya habían sido incorporados a la negrura de la cueva. - ¡Por Merlín, Ginny! ¿Cómo no me has apoyado? ¿Cómo se lo has permitido sin siquiera oponerte a su locura? – reprochó a la otra chica, indignada.

- Porque de nada habría servido. Ven, siéntate conmigo sobre esa roca. Tenemos mucho de qué hablar – la pelirroja ofreció a su amiga, quien la siguió sin convicción, aunque no tenía otra opción, si no quería enfrentarse a la ira del Subdirector del Departamento de Seguridad Mágica.

En otro momento, la castaña no habría dudado en enfrentarse a él, pero consideró que no debía hacerlo delante de sus compañeros, porque aunque ellos dos pudiesen decirse cualquier cosa, sabía que Harry no le perdonaría que cuestionase su autoridad, y al final todo acabaría del mismo modo que ahora, pero con un buen problema de por medio; y sentía que con Ron ya tenía suficientes problemas como para copar toda una vida, en absoluto necesitaba más, ni habría podido soportarlos.

~~ooo00O00ooo~~

Los cuatro compañeros caminaron con la única luz de sus varitas por toda iluminación, adentrándose en la Gruta sin descanso. Harry y Ron encabezaban la marcha, y los otros dos los seguían, sin perderse detalle de los lugares que atravesaban. Las mejores cualidades de David eran la animagia, así como la orientación; por ello su principal tarea en aquel momento era quedarse con el modo de salir; las de Aroa eran la puntería a larga distancia, además de la sanación – no en vano, su tarea allí sería la de cuidar por la salud de todo ellos, en caso de ser necesario. Harry y Ron eran aurores de "combate cuerpo a cuerpo", como se empeñaban en llamarlos en el Cuartel; su sola presencia intimidaba y disuadía a los posibles agresores. Juntos formaban un equipo difícilmente doblegable, y no era la primera vez que se agrupaban para erigirse en un tándem casi invencible.

Caminaron durante un buen rato, dispuestos a todo, pero los misterios de la Gruta de la Muerte, si es que realmente parecía haber alguno oculto en ella, parecían resistírseles. Aún así, Harry presentía, sabía, que había un gran secreto que destapar allí – las distintas actitudes de los comensales en el hostal, así se lo habían revelado - , y no estaba dispuesto a marcharse con las manos vacías. Aunque también era totalmente consciente de que iba a resultar muy complicado desvelarlo, ya que, si no, no se les habría permitido ir a aquel lugar con tanta facilidad. Quien conociese tal misterio, estaba seguro de que no iban a poder hallarlo; pero no contaba con la pericia y la astucia de los aurores más experimentados del Ministerio.

¿O sí?

Nada más todos hubieron penetrado en una gran caverna interior, que se ensanchaba de forma inmensa, tanto a lo ancho como a lo alto, el joven Subdirector detuvo el paso de forma abrupta, y un profundo temor hizo que su estómago y su pecho se encogiesen en un espasmo de aviso.

- ¿Qué es ese ruido? – preguntó David, mirando hacia todos lados, inquieto.

- ¿Ruido? – Ron se extrañó, sin captar nada.

- Yo también lo escucho – Harry apoyó al auror, mientras con una mano, les señalaba a los otros tres que guardasen silencio. – Parece como… - quedó pensativo durante un momento más, totalmente concentrado - ¡Todos a cubierto! ¡Derrumbe! - de pronto gritó como un descosido. - ¡Alejaos de las estalactitas y manteneos pegados a las paredes!

David y Aroa, aún sorprendidos pero habiendo captado perfectamente la situación, se apresuraron a obedecer a su jefe; corrieron hacia las paredes y se pegaron a ellas, bien pendientes del techo, por si se desprendía alguna roca en su dirección. Mientras, el sonido que antes los había inquietado, se convirtió en un ruido sordo, cada vez más atronador, cual el de una inmensa cascada de agua que se precipitaba hacia el vacío, y muchos metros más abajo chocaba estruendosamente contra las rocas del fondo.

Ron, al parecer aún desconcertado y más lento de reacciones, se giró a su alrededor, mirando al techo, sin intentar cubrirse.

- ¿No deberíamos correr hacia la salida? – preguntó a Harry, dubitativo, mientras lo localizaba con la mirada.

- ¿Correr hacia dónde, Ron? El eco proveniente de estas cavernas hace parecer que el ruido proceda de todas direcciones. Lo mejor es que nos…

No pudo terminar la frase, pues el techo de la cueva comenzó a retumbar justo encima de sus propias cabezas; varias estalagtitas se balancearon peligrosamente sobre ellos.

- ¡Ron! ¡Maldita sea! ¡Sal de ahí! – Harry le gritó, desesperado, y corrió hacia él como alma que lleva el diablo.

- ¿Eh? – el chico lo miró sin comprender, hasta que fue demasiado tarde.

Al reparar en que una de aquellas inmensas moles se le venía encima, sólo tuvo tiempo de verla venir con ojos desorbitados; se cubrió la cabeza con ambos brazos en un acto reflejo.

- ¡Aresto Momentum! – escuchó la voz de Harry cerca de él, y le pareció que las rocas caían a ritmo de moviola.

Rápidamente, Harry se abalanzó sobre él y lo derribó con todas sus fuerzas, haciendo que ambos rodaran por el suelo varios metros durante el placaje; casi inmediatamente después, las rocas recuperaron su vertiginoso ritmo de caída. Aroa y David quedaron pegados a la pared, pues sabían que si se arriesgaban a prestar ayuda a ambos hombres, podían empeorar la situación, poniéndose ellos también en peligro.

Aturdido por el golpe, Harry sacudió la cabeza varias veces, intentando aclarar su vista; un reguero de sangre que manaba desde su frente le cegó el ojo derecho temporalmente, y varios hilillos más de líquido rojo y espeso plagaban sus brazos y todo su cuerpo, allí donde las esquirlas de la gran roca, que se habían desgajado de ella al chocar esta con el suelo de forma estrepitosa, lo habían alcanzado; pero supo que eran tan sólo cortes superficiales, de los que no debía preocuparse. En cuanto localizó a Ron, gateó hasta él, aún tambaleante. Ron yacía tumbado boca arriba, sin mover ni un solo músculo.

- ¡Maldita sea, Ron! ¿En qué demonios estabas pensando? – cogió por los hombros a su mejor amigo y lo sacudió sin contemplaciones, furioso.

Pero al darse cuenta de que este no reaccionaba, buscó el pulso en su cuello, aterrado, y al localizarlo, alzó al pelirrojo en brazos como mejor pudo y caminó penosamente en busca de los otros dos. Cuando estuvo suficientemente cerca de David, este se apresuró a ayudarle, y entre ambos depositaron al herido en el suelo, con sumo cuidado. Mientras, las inmensas moles seguían precipitándose hacia el suelo en todas direcciones. El lugar donde ellos habían intentado refugiarse parecía ser el más seguro, pues su techo era el único que antes del derrumbe, se había visto libre de las inmensas rocas colgantes, y por ello no había nada que les pudiese caer sobre la cabeza, a no ser que el propio techo se derrumbase, algo que parecía ser que, por el momento, no iba a suceder.

- ¡Ron! – Harry gritó, desesperado; las lágrimas surcaban su rostro, mezclándose con la sangre.

Aroa tomó al moreno por un hombro cariñosamente, e hizo que este se apartase lo suficiente como para que ella pudiese examinar al herido. Para ello, también tuvo que limpiarse del rostro restos de sangre, pues las esquirlas habían saltado en todas direcciones como grandes cuchillas afiladas, hiriéndolos superficialmente a David y a ella. De forma inesperada, el derrumbe cesó, tanto en la estancia donde ellos se encontraban como en el resto de la cueva, y un silencio mortal se adueñó de todo el lugar; incluso a los dos hombres les pareció que sus corazones habían dejado de latir, a la espera de las noticias de la mujer. Ella se tomó su tiempo para palpar cuidadosamente todos los puntos vitales del herido, mientras Harry y David se dedicaban a alumbrarle con dos hechizos "Lumos" procedentes de su varitas – las manos les temblaban debido a los nervios pasados, y al temor que anidaba en sus corazones -. La sangre de Ron manaba escandalosamente por un corte recibido en su cabeza, cuyo incesante brote ella se apresuró a detener con un "Episkey".

- Tiene una conmoción cerebral – anunció por fin – fruto del fuerte impacto recibido de una de las esquirlas mayores, procedentes de la estalactita que casi os aplasta – explicó a Harry, quien la miró con el miedo y la culpabilidad reflejados en el semblante. – Habría muerto bajo ella si tú no hubieses llegado a tiempo para salvarlo – intentó hacerle razonar. – No sé qué demonios le ha pasado, pero no es típico de él quedarse empanado de esta manera ante una amenaza tan clara.

- Mierda, no debí dejarle que viniera – Harry se lamentó, tomando entre las suyas la mano inerte de Ron – Él no está pasando por un buen momento.

Sus dos compañeros se miraron el uno al otro, sin comprender, pero no hicieron preguntas.

- Lo principal ahora es sacarle de aquí. Yo no puedo hacer nada más por él sin mi botiquín de sanación.

Harry asintió y se puso en pie con decisión. Intentó dar unos pasos y apunto estuvo de precipitarse de cabeza hacia el suelo, cuando la pierna izquierda le falló; cojeante, caminó en torno a él, con cuidado de no caer, e iluminando con su varita las dos salidas que, momentos antes, había en lados opuestos de la gruta; ambas estaban selladas por las rocas.

- ¿Qué hacemos? – David le preguntó, abatido; se había situado junto a él y le ayudaba a iluminar la destrozada caverna.

- Ni puta idea, pero nadie va a morir hoy aquí – Harry respondió con rabia, tajante – Así que pongámonos a pensar.

El moreno se humedeció el dedo índice de su mano derecha y lo alzó bien alto; pasados unos segundos, miró a su compañero, esperanzado.

- Noto una corriente de aire proveniente de ahí arriba – señaló una especie de rampa irregular, que el derrumbamiento había creado. Cuando ambos observaron el lugar con detenimiento, creyeron atisbar una tenue luz que apenas alcanzaba a iluminar unos pocos centímetros a su alrededor. Harry comenzó a trepar hacia la leve abertura, pero David lo detuvo cogiéndole del brazo.

- Yo lo haré.

El otro asintió, agradecido.

Pero el auror no pudo dar un paso siquiera, pues un nuevo estruendo puso en guardia a los dos hombres. En un principio, creyeron que otro derrumbe se estaba produciendo, pero pronto se dieron cuenta de que el ruido tan sólo procedía del lugar al que el hombre iba a disponerse a trepar: alguien o algo, del otro lado, se estaba tomando demasiadas molestias en abrirse paso hasta ellos. Inmediatamente, ambos enarbolaron sus varitas, dirigiéndolas al frente, y esperaron.

Una inmensa mole de piedra, que seguramente pesaría casi una tonelada, se precipitó hacia ellos por la rampa, y se vieron obligados a lanzarse uno hacia cada lado, para no ser aplastados por ella; pero ellos no se dejaron impresionar; rápidamente volvieron a ponerse en pie y apuntaron sus varitas hacia el origen del ruido, que acababa de cesar. Donde hacía nada la mole rocosa les cortaba el paso, ahora unos ojos animales, astutos y brillantes, los estudiaban con detenimiento.

David apuntó a la criatura, dispuesto a fulminarlo con un hechizo de ataque, pero la autoritaria voz de Harry se lo impidió.

- Detente – él le ordenó con firmeza – Es el mismo lobo que nos causó problemas a Ginny y a mí hace dos noches.

- Pues razón de más para eliminarlo de una vez por todas. ¿No estamos aquí para eso? – el otro preguntó, inquisitivo.

- No nos atacará – Harry aseguró, sin dar más explicaciones. – Ha venido a rescatarnos, no a agredirnos.

- ¿Cómo? – David miró de hito en hito, de Harry al extraordinario lobo, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.

El animal parecía esperar con paciencia la decisión de ambos, pero se notaba a la legua que estaba intranquilo; quizá intuía un nuevo derrumbe.

- Confía en mí – el moreno rogó a su compañero. – Además, lo más probable es que no consigamos salir con vida de aquí sin su ayuda; o que Ron haya muerto para cuando lo logremos. Es él quien conoce estas cuevas como si de su hogar se tratase.

- Tú mandas, Jefe. – Se dio media vuelta, caminó hasta alcanzar a Ron, a quien tomó en brazos, y se reunió con Harry. Aroa lo siguió en absoluto silencio, observando a la bestia, sin perder detalle. – Cuando quieras.

Al escuchar esas palabras, el gran lobo se giró y comenzó a andar hacia el hueco practicado en la roca, como si hubiesen sido dirigidas hacia él. Por un momento, pareció desaparecer en la distancia, pero pronto todos los aurores comprobaron que se tomaba su tiempo para esperarles.

Harry fue el primero en comenzar a caminar, subiendo la pendiente trabajosamente debido a la lesión de su pierna; aunque David, que cargaba a Ron suavemente sobre sus brazos, no pudo tomarle delantera, pues se dedicó a caminar con inmenso cuidado, para no dar un traspiés y caer. La mujer los siguió tomando la justa distancia del lobo como para fulminarlo de un solo rayo de su varita, si en algún momento la bestia se volviese contra ellos.

Los compañeros no pudieron saber durante cuánto tiempo caminaron bajo tierra, recorriendo lo que parecían estrechas grietas, en vez de auténticos pasadizos, que discurrían por la red de cavernas, siempre de forma ascendente. Fue esto último lo que llevó a Harry a confiar definitivamente en su inesperado rescatador: saber que con cada paso que daban, estaban más cerca de alcanzar la luz del día. Cuando ya, exhaustos por el esfuerzo, todos se arrastraban más bien que andaban, el estrecho pasaje comenzó a ampliarse, convirtiéndose en un auténtico camino poco después; y en cuestión de minutos, todos salieron a la superficie, justo por el lado opuesto al que habían usado para entrar en las cuevas.

Nada más salir, Harry usó su varita para pronunciar un potente "Expecto Patronum"; su ciervo apareció, majestuoso, a la vez que David se dejaba caer sobre la verde y mullida hierba, con Ron todavía entre sus brazos, y Aroa se sentaba junto a él para analizar de nuevo las constantes vitales del herido.

- Reuníos con nosotros al otro lado de la colina – Harry dijo apremiante, con voz concentrada y profunda, que pareció penetrar en la etérea figura. Cuando cesó su mandato, el ciervo emprendió una rauda carrera en busca de Ginny y de Hermione.

Incapaz de dar un paso más, el moreno cayó de rodillas.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

Saludos a todos. Estoy subiendo el capítulo con poco tiempo y desde fuera de mi hogar, así que debo ser breve en esta ocasión.

Tan sólo haceros notar que he presentado en este capítulo a dos viejos amigos de "Regresa a mí": Aroa Lockhart y David Skood. Me apetecía experimentar más con ellos, ya que en mi otro fic les cogí inmenso cariño casi sin darme cuenta. Espero que os guste.

También deciros que he incluido mucha información en este capítulo, pero me disculparé explicándoos que no deseo que haya muchos capítulos de relleno, primero, porque no dispongo de mucho tiempo para escribir y el fic avanzaría demasiado despacio para mi gusto; y segundo, porque soy "escritora de acción", ya me conocéis, demasiado concisa en muchas ocasiones, pero ese rasgo forma parte distintiva de mis fics.

Y como dedicatoria, aparte de a todos los que seguís el fic de un modo incondicional y me dejáis tan maravillosos reviews, a Angelzk, un lector de mis fics, a quien he conocido a través de mi nueva historia basada en el universo de Fairy Tail; para agradecerle sus maravillosas palabras, que no sé si merezco pero que han llenado mi corazón de alegria, y para animarle en su laborioso trabajo como escritor por estos lares (te debo lecturas y opiniones, jeje, tú sólo dame tiempo y verás). Y a una de mis mejores amigas e inigualable escritora, J0r, para darle todo mi cariño y apoyo con sus exámenes finales (tú puedes, eres la mejor de los mejores).

Si tenéis un ratillo libre por ahí, contadme qué os ha parecido. :)

Un abrazo muy fuerte y hasta pronto.

Rose.