Capítulo 12: Dolor en la oscuridad.

Harry James Potter estaba sentado, solo, en uno de los dos sofás de orejas situados estratégicamente a ambos lados de la chimenea, en la acogedora casa que Romilda Carlyle tan amablemente había cedido a Ginny y a él apenas hacía unos cuantos días; pero que, en aquel momento, a él le parecía toda una eternidad. Reposaba cual estatua de piedra, con los codos apoyados en las rodillas, lo que obligaba a su joven espalda a encorvarse, pues ambas manos parecían sostener su barbilla de forma pensativa. Su verde y astuta mirada se replegaba ahora fijamente sobre el fondo de la chimenea que, apagada por lo caluroso de las fechas que estaban viviendo, mostraba una negrura que acogía con tentadores brazos, silenciosa, a aquella que dominaba sus propios pensamientos.

Los demás se estaban preparando para tomar sus posiciones en la operación que estaba apunto de comenzar, amparada en el crepúsculo de aquella tarde, donde se suponía que las sombras serían sus más íntimas aliadas; aquellas sombras nada etéreas en el corazón del moreno, donde parecían estarse convirtiendo en gélida roca suspendida de forma peligrosa sobre su cabeza.

Él había diseñado la misión, él mismo la había planeado hasta en el más mínimo detalle, él había confiado ciegamente en el éxito que aquella misma mañana se auguraba más que probable, casi un hecho, pero que con el avance de las sombras hacia su reinado nocturno comenzaba a parecerle no más que una locura.

"Maldita sea – se reprendió en su fuero más interno. – Sólo te estás dejando dominar por los nervios, Potter. Todo va a salir bien, porque todo debe salir bien. Te estás jugando demasiado en ello… demasiado, como para permitirte el más mínimo fracaso."

Sabía que, en realidad, ese era el problema: se jugaba demasiado; no sólo la vida de aquella pareja de adolescentes tan enamorados y valientes – todo lo que él se negó a ser al alejar a Ginny de su lado, con el peso sobre los hombros de un futuro muy cierto para él, que atormentaba sus peores pesadillas noche tras noche… y que finalmente resultó ser nada más lejos de lo que realmente sucedió.

"No pienso fingir cortejarla – se había negado Snow firmemente cuando Harry les propuso, a él y a Abby, que hicieran de cebo para atraer a la gran bestia desatada, creyendo firmemente que la joven rubia tenía mucho que ver en el asunto de las chicas a quienes el descontrolado animal se había dedicado a acosar hasta el momento; aunque nada de esto él les había explicado por no poseer pruebas concluyentes que apoyaran aquella creencia firme, pero tan sólo creencia, al fin y al cabo; y de haberlas tenido, por pensar que no era a él a quien correspondía contar a la chica toda la verdad, sino a su propia madre. – No voy a fingir cortejarla – repitió – porque si lo hago, no será fingido. – Dicho esto, el chico se puso de rodillas ante la atónita Abby, y a Harry se le encogió el corazón en un puño, no tanto por el sacrificio que a ambos estaba pidiendo, pues entonces estaba seguro de poder protegerlos contra todo mal; sino porque vio en aquel gesto aquello que su propio corazón de diecisiete años se había muerto por hacer pero que fue frenado por su mente, mucho más racional y quizá, sólo quizá… cobarde. – Quiero que sepas que siempre te protegeré con mi vida – el chico afirmó aún de rodillas, tomando la mano de Abby entre las suyas con tanta devoción que el alma de todos los presentes brilló de ternura. – Si voy a hacer esto contigo, quiero pedirte antes que seas mi novia. Nunca hasta ahora te he confesado lo que siento porque pensaba que, como herrero, no tengo mucho que ofrecerte sino una vida sencilla y aburrida en esta pequeña villa, cuando tú mereces infinitamente más. Pero ahora me he dado cuenta de que sí tengo algo que darte: mi protección, mi adoración, una vida entera para guardarte de todo mal – sin darse cuenta y mientras hablaba, su rostro había enrojecido como un tomate maduro. – No tienes que decir que sí, Abby, igualmente siempre me tendrás a tu lado cuando me necesites, y mucho más ahora. Pero necesitaba que sepas lo que lleva años quemándome por dentro. Sólo quiero una respuesta, sea la que sea, y te juraré fidelidad eterna."

¿Por qué aquellas palabras habían removido algo tan profundo en las entrañas de Harry? ¿Por qué precisamente ahora, que su pelirroja adorable, que siempre había brillado en su corazón con la misma intensidad del rojo fuego de aquel cabello que él tanto adoraba, se había entregado a sus brazos con eternas promesas de amor? No necesitaba dar palabras a aquella respuesta, pues su corazón se empeñaba en tenerla bien presente en forma de agónica angustia, pero no pudo evitar hacerlo: porque había perdido ya demasiado tiempo en sacrificios basados en supuestas tragedias que nunca sucedieron, en temores e indecisiones que le llevaron por caminos llenos de soledad, en preguntas que nunca se hicieron y que abocaron a la mujer que tanto amaba a los brazos de un hombre que jamás fue capaz de hacerla feliz, no como ella merecía, atándola a un conformismo que día a día la estaba matando por dentro.

Porque sentía que todo lo relacionado con ella era su propia responsabilidad, y ahora que por fin se había jurado a sí mismo no negarle jamás todo lo que siempre había merecido, y mucho más, lo único que se le había ocurrido era ponerla en peligro colaborando en una misión que tal y como la había planeado, parecía muy sencilla; pero que su corazón no dejaba de advertirle que podría estar cometiendo el mayor de los errores de su vida. Y no sólo con ella, sino también con Hermione, a quien también había pedido su colaboración en la protección en la sombra de Abby y de Edward, en un decidido intento de garantizar la seguridad de la pareja a toda costa. Y no digamos con los dos adolescentes, que se habían confiado a su criterio ciegamente, tan sólo por ser quien era.

Cierto es que la posición de las dos mujeres sería la más alejada de la escena donde se había preparado la trampa que pretendía atrapar al maldito hombre lobo, lobo hombre, o lo que demonios fuera, que andaba por ahí descontrolado aterrorizando a chicas inocentes; que nada más pretendía cubrir un punto ciego y que, por descontado, ellas dos se habían mostrado totalmente entusiasmadas cuando aquella mañana a primera hora, durante la secreta reunión en la que él había explicado sus planes a todos los demás, incluidos los dos protagonistas, les había pedido a regañadientes que formaran parte del cuerpo de protección de la pareja. Para ellas, por fin él volvía a reconocerlas en toda su valía. Para él, a medida que pasaba el día, todo aquello no era más que una maldita locura, un cheque en blanco que su condenado ego había firmado y que luego él se vería incapaz de pagar.

Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás: la inocente y adorable Abby había aceptado su papel en la representación sin dudarlo ni un solo momento, siempre ávida de ayudar a los demás, por muy descabelladas que fuesen sus necesidades, o sus… peticiones. Harry había argumentado ante la chica, que ella cumplía de sobra los requisitos que el lobo apreciaba en una jovenzuela a la que aterrorizar – era alta, esbelta, rubia, bien proporcionada y de rostro más que dulce – y que por ello, el "animal" no se resistiría a intentar acaparar sus encantos en la noche, aunque estuviese acompañada. Y tanto que los cumplía de sobra; hacía tiempo que él estaba convencido de que aquella bestia de ojos tan parecidos a los de la chica, acosaba a todas las demás buscando en ellas lo que sólo ella podía darle; buscándola precisamente a ella en todas las demás. Y que toda aquella pesadilla nunca terminaría hasta que poseyera realmente lo único que estaba buscando.

De ahí que Harry hubiese decidido incluir a Snow en el asunto: un joven que la doraba tanto o más que aquella bestia, pero sin retorcidas y enfermizas intenciones, y al que ella, no tan secretamente para el moreno, había decidido corresponder – de hecho, él no se había equivocado: en cuanto Edward se declaró ante la chica, ella no perdió tiempo en confesarle todo aquello que sentía por él, y que tampoco se había atrevido a decirle hasta el momento; le dio un "Sí" tan rotundo como lloroso y lleno de emoción. – Y que por ello mismo, suponía el mayor obstáculo para que el monstruo consiguiera sus propósitos, lo cual lo enloquecería, obligándole a actuar. Y el motivo aún más potente para el joven auror, el que le había decidido finalmente a llevar adelante toda aquella locura, era saber que el chico daría por ella todo en el mundo, incluso su propia vida para protegerla. Si todo lo demás fallaba, algo que en ningún modo Harry se iba a permitir que sucediera, él sería su única barrera entre la seguridad y las pretensiones de la bestia desquiciada.

Sentado en aquel sillón, sintió que nadie como él sabía de emociones, de ansias de morir y de vivir por la depositaria de un amor que podía elevar un espíritu haciéndole sentir bendito, que consumía las entrañas de un hombre en la avidez de una protección desproporcionada. Si existía un poder en el mundo capaz de proteger de todo mal, sabía que ese poder no provenía de la fuerza física, de la mente o de la magia, sino del corazón. De aquel corazón que, en su caso, guardaba un secreto que debía ser desvelado, y no halló mejor momento que ese mismo para hacerlo. Si todos iban a correr peligro, por más mínimo que este fuera, debían estar en paz con sus mentes y sus corazones; al menos para él, era crucial hacerlo. No podía obligar a los demás a confesar sus secretos a sus seres queridos, pero su propio corazón le instaba a revelar el suyo, y también a aclarar el tema por el que Ginny, aquella misma tarde, no se había opuesto en absoluto a que él se retirase alejado de todos, amparado tan sólo por sus propios pensamientos. Él sabía que Ginny había presenciado mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir, sobre lo sucedido en el hostal entre él y la última mujer que había esperado encontrar allí, la única mujer con la que había estado apunto de comprometerse hacía años, si ella misma no lo hubiera rescatado de su propio error: Christine Adknow. Estaba seguro de que Ginny lo había visto todo, pero no había escuchado; ahora ella debía también escuchar.

Desde luego, aquel día estaba siendo bastante surrealista e intenso para él; tan sólo esperaba que su final se limitase a ser el previsto, algo más que suficiente, dadas las circunstancias.

Tan sólo la decisión que acababa de tomar apaciguó levemente sus más hondos temores y, ya más sereno, respiró hondo y se puso en movimiento. No caminó hasta la cocina, donde sabía que Ron, y Hermione aguardaban su orden para ponerse en marcha, sino a su habitación, donde Ginny creía estar librando su propia batalla interior, en una guerra que ella se había empeñado una y otra vez en negar, aparentando ser una novia abierta y comprensiva, y que debía saber que en ningún modo existía; que no se trataba de comprender, ni de aceptar, sino de algo mucho más sencillo: simplemente, de no permitir que la imaginación desbocada nublase el corazón.

Mientras subía las escaleras, recordó la extraña escena que Christine y él habían protagonizado.

"Era casi la hora de comer. Hermione, Ron y Ginny esperaban a Harry en el hostal de Romilda, acomodados en una de las mesas más discretas del hogareño comedor. El moreno se había retrasado en la casa que los cuatro ahora ocupaban, enfrascado en el envío de una lechuza al Ministerio, con las últimas noticias del caso que se llevaban entre manos y un pequeño resumen de lo que él se proponía hacer aquella misma noche. No le quitó demasiado tiempo componer el mensaje y enviarla, tras lo que se apresuró a reunirse con sus mejores amigos y su novia.

Minutos después, Harry entró en el hostal con paso distraído, con la mente absorta en cavilaciones sobre la misión de aquella noche; por ello, no reparó en que una menuda y pizpireta mujer se había interpuesto en su camino hasta que casi la había derribado, siguiendo sus propios pasos. A pesar de ello, sus rápidos reflejos de auror impidieron que la hermosa mujer cayese de espaldas: la tomó ágilmente por un brazo y por la cintura, ayudándola a estabilizarse.

- Créame que lo siento – se disculpó de un modo amable, avergonzado por su torpeza.

Una risa alegre y desenfadada hizo que su mente distraída abandonase por completo sus cábalas y obligase a sus atónitos oídos a prestarle toda su atención. Alzó los ojos para encontrarse con unos atractivos orbes grises que lo contemplaban, divertidos.

- Harry James Potter, nunca cambiarás – la mujer afirmó con convicción, mostrándole la más alegre de las sonrisas.

Por un instante, él no supo qué responder; tal era el estupor que lo embargaba de la cabeza a los pies.

- Christine… - apenas pudo susurrar; sus labios se ensancharon automáticamente en una alegre sonrisa. - ¿Qué haces tú aquí?

- ¿Eso es lo único que se te ocurre preguntarme después de seis años sin vernos, Potter?

La voz de enfado de la chica estaba ribeteada por una gran dosis de comedia, que a él no pasó desapercibido en ningún momento. No en vano, aquella menuda, hermosa y pizpireta mujer llena de carácter había sido la única en su vida capaz de hacerle creer, aunque fuese tan sólo por un instante lleno de autoengaño, que él sería capaz de olvidar a la única mujer que amaría durante toda su vida. Sin pararse a pensar en lo que hacía, la agarró por la cintura, la alzó y giró con ella, sinceramente encantado. Ella coreó su risa. Para entonces, ya medio hostal tenía la mirada pendiente en su conversación; también Ginny, pero ninguno de ambos se dio cuenta en absoluto, tan emocionados como estaban con aquel fortuito encuentro. Tras ello se abrazaron de forma cariñosa y cuando por fin se soltaron, ambos se dedicaron a observar al otro, llenos de curiosidad.

- ¡Por Merlín, Chris! ¿Qué ha sido de tu vida? – él quiso saber, cada vez más intrigado.

- Me he convertido en toda una dama respetable – la morena le guiñó un ojo con picardía.

- Tú siempre lo has sido.

- Sí, jeje. Pues ha resultado que, hace un tiempo, me enamoré como una loca.

- ¿Otra vez? – aquella pregunta se escapó de los labios del moreno sin pensar; inmediatamente, Harry se los mordió, apesadumbrado. – Lo siento.

- Otra vez, Potter. Pero en este caso, de alguien que está tan loco por mí como yo por él – en ningún momento abandonó aquella desinhibida sonrisa que a él tanto le había cautivado en otro tiempo. – No te disculpes, es cierto que yo estuve loca por ti durante años; te amaba de verdad. Pero sabía perfectamente que tú jamás llegarías a sentir lo mismo por mí. Lo nuestro nunca habría funcionado.

- Lo sé, pero aún así, siento lo que sucedió.

- ¿Por qué? – ella preguntó, sorprendida. – Los meses que pasé a tu lado fueron de los mejores de mi vida.

Harry mostró una melancólica sonrisa, llena de cariño.

- Bueno, sea como sea; te anuncio que me he casado, como lo oyes. Él es de un pueblecito cercano a este, y me está mostrando estos parajes tan apacibles y hermosos.

El chico abrió los ojos como platos.

- ¿Con quién?

- Ahora mismo lo conocerás. ¡Clay! – llamó la atención de un hombre que, sentado en una de las mesas del comedor, los contemplaba con una amable sonrisa.

Aquel hombre se puso en pie y se acercó a ellos con paso tranquilo. Inmediatamente, ofreció una mano amistosa a Harry, que estrechó la del auror con un firme apretón.

- Mucho gusto, Harry – sonrió – Me permitirás que te llame Harry. Christine me ha hablado tanto de ti que es como si te conociera de toda la vida.

Harry se llevó la mano a la cicatriz de la frente, de forma nerviosa, uno de sus hábitos reflejos que mostraban la incomodidad que lo embargaba.

- Mucho gusto, Clay. Perdona por la escenita, pero es que me he alegrado mucho de ver a tu esposa. Debes saber que te has casado con una de las mujeres más increíbles y maravillosas de este mundo.

- Oh, lo sé, no te quepa la menor duda – abrazó a la mujer por la cintura, y esta se acomodó entre sus brazos con inmenso placer.

- ¿Y hace mucho que os habéis casado?

- Esta es nuestra luna de miel – ella anunció, encantada.

- ¡Muchas felicidades! - Harry dijo, de todo corazón. - Bueno… yo también estoy… prometido. En parte, ese es el motivo por el que estoy aquí. Es largo y complicado de contar.

- ¡No me digas que por fin tú y ella…! – Christine lo observó, alucinada, y él asintió con una sonrisa satisfecha. – Preséntamela, quiero conocerla.

- Mejor no. Ginny y yo llevamos poco tiempo juntos, y aún no sabe nada sobre ti… Yo no sabría por dónde empezar a contarle, así de pronto, y tampoco creo que este sea el mejor momento para comenzar a hacerlo.

- Nada, entonces. Pero algún día me lo contarás todo con pelos y señales. No puedo perderme esta historia; pues es como si, en parte, hubiese sido mía a través de aquellos sentimientos que tú me contabas, de aquellas palabras.

- Ya habrá tiempo para eso. Ahora, disfrutad de vuestra luna de miel y sed felices. Para vosotros, tan sólo vuestro amor debe importar en estos maravillosos momentos – estrechó de nuevo la mano de Clay; aquel hombre le había caído mucho más que bien. Y el hombre hizo lo propio con la suya, antes de retirarse de nuevo a la comodidad que el salón le ofrecía.

Antes de marcharse también, Christine acarició con ternura la mejilla de Harry y depositó un dulce y fugaz beso en sus labios, que él no rechazó. Con ella todo había sido siempre tan sencillo…

- Hubiéramos formado una buena pareja – susurró por un segundo, con voz repentinamente melancólica. Pero inmediatamente después, su sonrisa encantadora se adueñó de nuevo de su bello rostro.

- Sabes que sí; en otras circunstancias.

- Quizá en otra vida, donde Ginny Weasley no acapare lo mejor de ti.

- Quizá – él asintió con todo su cariño; sabía que aquella era una nueva despedida. Pero no sintió pena ni dolor. – Que seáis muy felices.

- Lo amo de verdad, Harry, con toda mi alma – ella se vio en la necesidad de confesar.

- Ya lo sé. ¿Acaso podrías compartir tu vida con alguien a quien no amases a rabiar, ni que pudiese corresponderte con la misma entrega?- ahora fue él quien guiñó un ojo de forma cómplice.

- Ya sabes que no.

Una última mirada cariñosa los separó definitivamente.

Cuando Harry se sentó a la mesa que iba a compartir con Ginny y sus amigos, la actitud forzada y mecánica de la chica, aquella sonrisa fingida y vacía, le hizo entender más que si ella hubiese explotado de indignación".

Ginny llevaba sentada encima de la cama horas, retorciéndose las manos nerviosamente de forma compulsiva, con la mirada perdida al frente. Su mente se empeñaba en dar forma una y otra vez a un simple beso, a un beso casi infantil, y a un coqueteo apenas existente. Le entraban ganas de burlarse de sí misma a carcajadas; pero en cambio, algo muy dentro de su cuerpo se había roto. Se había repetido una y otra vez que, si un simple y casi casto beso y un tonto guiño podían alterarla de aquel modo, su cordura se estaba viniendo abajo; no podía ser, no podía permitirlo. Pero allí estaba, turbada y confusa, dando vueltas en la cabeza, hora tras hora. Y en el fondo sabía porqué: no hacía nada que había sido engañada por un hombre que le había jurado millones de veces su amor eterno; no podría ser engañada también por el hombre que amaba, quien le había jurado el mismo amor, casi con las mismas palabras. Simplemente, no podría, aquello la superaba, pues tras ello, ya no le quedaría nada: ni sueños, ni consuelo al que aferrarse… nada. Sentía tanto miedo sólo de pensar siquiera en la posibilidad de ser engañada de nuevo, y por Harry, que su corazón estaba construyendo una barrera a su alrededor, tan alta y profunda, que muy poco podría quebrarla; y lo estaba haciendo a marchas forzadas, sin ser consciente de ello.

Había tirado diez años de su vida por la borda alimentando una ilusión, una mentira… y así se lo habían pagado. No estaba dispuesta a hacerlo una vez más. A Ginny Weasley nadie iba a volver a engañarla, nunca. Y mucho menos Harry Potter.

Su corazón, aún demasiado herido por el pasado, luchaba a brazo partido con él mismo y con su razón, que le instaba una y otra vez a calmarse, a escuchar. ¿Quién de los dos estaba ganando, el dolor o la confianza? Hasta el momento, ambos parecían mantenerse en un más que endeble equilibrio.

El golpe de unos nudillos en la puerta le anunció que alguien estaba apunto de entrar en el cuarto. Habría esperado ver a Ron o a Hermione, pero no a Harry; él no necesitaba tocar a la puerta para entrar en su propio cuarto, pues había la suficiente confianza entre ambos como para no hacerlo. ¿O no la había? Pues fue él quien entró seguidamente, eso sí, sin esperar respuesta por su parte. Pero a pesar de ello, no era la situación que ella esperaba. Aquello puso en alerta todas sus defensas.

- Ginny, tenemos que hablar – la dulzura que estaba empleando en el tono de sus palabras no pudo mitigar su seriedad, no para ella, que observó aquel semblante que tanto amaba con una suspicacia desatada por el dolor y las dudas.

- ¿De la señorita fogosa? – ella preguntó, queriendo aparentar un desdén apenas conseguido.

- De Christine hay muy poco que hablar; pero también lo haremos. Quiero hablarte de algo que te he estado ocultando, por temor a cómo reaccionarías cuando te lo confesara – se arrodilló frente a ella lentamente, sin dejar de mirarle a los ojos.

- Ah, ¿algo más que tu querida… Christine? ¡No lo puedo creer! – afirmó con todo el sarcasmo que pudo reunir; aquel nombre pronunciado en los labios de él le había sabido a hiel. Aún así, algo muy dentro de sí le reprochaba estar siendo tan hiriente con él. Las heridas de su alma hicieron oídos sordos a aquel reproche con que su mente no hacía más que martillear en su cerebro, cada vez más confuso. - ¿Temor el gran Harry Potter? ¡Ja!

- ¡Por Dios, Ginny! – él respondió a voz en grito, sintiéndose atacado sin razón. - ¡Ella forma parte de mi pasado, que no tiene porqué molestarte! ¡De ese pasado donde tú revolcabas con un hombre que no era yo, precisamente! – le reprochó, antes de que su razón pusiese freno a aquellas hirientes palabras.

Pero escuchar aquellas palabras fue todo lo que el ardor guerrero de la chica necesitaba para explotar. Ofuscada por la ofensa, se agarró a ella como a un clavo ardiendo, abrasando en su fuego toda duda o raciocinio que pudiera haberle quedado en aquel momento.

- Y del que no he aprendido nada, al parecer. Ese hombre me engañó, y tú dices que lo has hecho también. ¿En qué te convierte eso, Potter? – fue su respuesta, en nada menos ofensiva que aquella que había recibido.

Por un momento, él la observó con ojos desorbitados por la sorpresa. No podía creer lo que acababa de escuchar. Una puñalada certera en el corazón no le habría hecho mayor destrozo. Aún así, decidió contener aquella furia que amenazaba con ahogarle.

- Está visto que mucho antes de que yo entrara en esta habitación, tú ya me habías juzgado y condenado. Quieres pelea sea como sea, y te juro que estoy a un paso de aceptar tu decisión. Así que no juegues con mi paciencia, Ginny; he venido a confesarte algo muy importante y eso pienso hacer.

- Adelante, amo – ella aceptó con cinismo.

Pero Harry fingió no haberlo notado, o en aquel mismo momento la habría enviado a donde ni siquiera quería pensar.

- He sido yo quien ha comprado tu piso – confesó a bocajarro. Sabía que sin más explicaciones, el primer pensamiento de la chica, tan predispuesta a creer que él, - al igual que Dean - también iba a hacerle daño como lo estaba aquella tarde, sería que pensase que lo había hecho para atraparla en su juego, o por algo mucho peor: para utilizarla. Pero él se sentía tan furioso, que se permitió el lujo de dejárselo pensar durante un momento, a modo de pequeña venganza, dispuesto a confesarle luego toda la verdad. Aquello le serviría de lección.

El rostro de Ginny palideció como la cera.

- Tú me echaste, tú me lo quitaste, sabiendo cuánto significaba para mí… - no pudo evitar afirmar con voz lastimera y dolida.

- Ginny, deja que te explique – comenzaba a arrepentirse de haber querido castigarla, pues el sufrimiento de la chica era tanto, que nada valía la pena haberle hecho pasar por aquel mal trago.

Pero ella negó con la cabeza con tanta fuerza, que él quedó sorprendido, pues no esperaba aquella reacción.

- No quiero más de tus mentiras, Potter, ni más de tus engaños. ¿Te ha resultado divertido, verdad? - soltó una risa seca, llena de irónica amargura - Jugar con la pequeña Weasley, esa cabezota arrogante que siempre hace las cosas a su manera, que está acostumbrada a ganar… pero no contra El Salvador, contra él, todos pierden, antes o después; que se presentó en tu casa hundida, vulnerable… Era una ocasión demasiado tentadora como para dejarla escapar.

- ¿Pero de qué estás hablando? ¿Acaso te has vuelto loca? ¡Yo nunca he querido vengarme de ti! ¡Ni tampoco dañarte! – intentó tomarla de las manos, suavizando de nuevo el tono de su voz. – Siento lo que te he dicho al principio. Por favor, déjame explicártelo todo y te darás cuenta de…

- ¡No! – ella gritó sin contemplaciones, alejándose de él con desprecio.

- Ginny, escúchame, te lo ruego.

- ¡No más palabras llenas de mentiras!

- Ginny, mi amor, te lo suplico. Esto ya ha llegado demasiado lejos. No lo estropeemos más.

- ¿El gran Potter suplicando a alguien? ¿Qué es esto, otra más de tus patrañas? ¡Se acabó! ¡La pequeña Weasley ha crecido! ¡A la tonta Weasley ya no se le puede engañar con caramelos!

- Maldita sea, Ginny. Estás herida y puedo comprenderlo. Después de tu mala experiencia con Dean, es normal que desconfíes de los hombres, pero no todos los hombres somos como él. Por favor, tan sólo escúchame; me equivoqué, pero no en lo que tú crees.

- Lo que yo creo es que tú no has sido para mí más que un simple error. Pero los errores pueden repararse – para Harry, la puñalada estaba completa: le había atravesado el corazón de parte a parte, saliendo por la espalda. Y del otro lado, yacía ensartada también su propia alma.

- El mío, no. Ginny Weasley – declaró, lleno de dolor. - Quererte ha sido el error más grande de mi vida. Ingenuo de mí… - se puso en pie, sin dejar notar en sus pasos aquel corazón tambaleante que agonizaba en su pecho. - Ha llegado la hora de resolver lo que nos ha retenido en este lugar. Cuando esta misión termine, volveré a pedirte que me escuches, y si no lo haces, saldré de tu vida para siempre.

- Por supuesto que lo harás.

- Así sea, entonces. Ginevra Weasley: ya no significas nada para mí.

Le dio la espalda y salió de la habitación en amargo silencio.

Harry apunto estuvo de bajar rodando las escaleras, pues caminaba como un autómata, sin ser consciente de nada que no fuera su agonía, pero un traspiés que podría haber resultado fatal le obligó a intentar serenarse. Por Abby, por Edward, por sus amigos y compañeros del Ministerio que, una vez más, estaban dispuestos a darlo todo confiando en él y en su criterio.

Cuando entró en la cocina en pos de los demás, parecía como si su cuerpo hubiese regresado de haber permanecido entre los muertos durante eones; tan pálido, tan torpe.

- ¿Qué eran todos esos gritos, Harry? – quiso saber Ron observándole, preocupado.

- Ahora no. Tenemos una misión que cumplir, y por mi vida que lo haremos. Para que otros tengan la oportunidad de disfrutar de esa alegría, que yo jamás podré conseguir – terminó en un susurro que su mejor amigo no pudo descifrar.

- Como quieras. De todas formas, no podemos entretenernos mucho más; David habrá tomado ya su posición en el pequeño bosque, justo detrás del manantial donde Abby y Edward van a montar la escena; y Aroa lo habrá hecho en la pequeña colina a su derecha. Y por la hora que es, Abby y Edward no tardarán en llegar allí. Nosotros debemos tomar posiciones también, antes de que ellos lo hagan.

- Lo sé. Yo he diseñado este plan.

- Harry… - Hermione no pudo evitar insistir. - ¿Qué ha sido tan importante entre Ginny y tú como para que te muestres tan afectado?

- Lo único importante aquí es que tenemos una misión que cumplir – él dejó claro con voz fría como el hielo. – Ron, como te dije, tú te situarás al pie de la colina, entre los matorrales, lo más cerda de la pareja que puedas sin que nadie sea capaz de descubrirte; cubrirás su flanco derecho junto con Aroa, que lo hará desde arriba, para que tenga el suficiente campo de visión como para poder disparar un hechizo a distancia, si este fuese necesario. Yo cubriré su flanco izquierdo, escondido entre las sombras que me proporcionen los últimos edificios de la calle que acaba en el manantial. David cubrirá su espalda convertido en animago, acechándoles desde los árboles. La bestia debería intentar huir por ahí, por donde habrá llegado, pues no se arriesgará a atravesar todo el pueblo, venga de donde venga, arriesgándose a crear revuelo que llame nuestra atención sobre ella; su misión es cortarle dicha retirada. Y finalmente, Hermione y Ginny cubrirán el otro lado de la calle, el más alejado de todo, donde la vía se bifurca en otras dos más pequeñas, por si los demás no pudiésemos acorralar al maldito animal lo suficientemente rápido como para impedir que intente alejarse por una de ellas.

- No puedo creer que un padre pueda hacer daño a su propia hija – Ron negó con la cabeza, apesadumbrado.

- Recordad que Oswal Carmichael no tiene ni idea de que Abby es su hija. Estoy convencido de que tan sólo la ve como un fiel reflejo, mucho más joven, de la mujer que ama y que, por alguna circunstancia, jamás ha vuelto a estar con él – Harry les aclaró. – El silencio de Romilda durante nuestra conversación en el hostal, resultó ser más elocuente que mil palabras. En cuanto todo esto termine, Romilda y Oswal nos tendrán que aclarar muchas cosas, sobre todo, cómo demonios él puede transformarse en una bestia tan desproporcionada y con una fuerza tan descomunal. Y cómo ella ha permitido durante tanto tiempo que él siembre el terror en la villa, sin ponerle fin alertando a las autoridades de lo que estaba sucediendo, en primer lugar, y después confesando al pobre hombre toda la verdad.

- ¿Pobre hombre? – Ginny protestó a su espalda, con voz incrédula. Acababa de incorporarse a la conversación y los miraba a todos con una máscara de dureza. La muralla alrededor de su corazón sangrante se había cerrado por completo en torno a él.

- Pobre hombre, sí – él respondió con firmeza, sin girarse para mirarla. – Recuerda que, hasta ahora, no ha cometido ninguna agresión física, excepto la mía. Y ni siquiera a mí quiso matarme. Y no digamos que fue él quien nos guió fuera de la cueva. Sin su ayuda, quizá ninguno de los cuatro aurores que entramos allí podríamos contarlo en este momento. Sed contundentes con él, pero no despiadados. Aunque no permitáis que se os acerque demasiado; si se siente acorralado, sus golpes serán mortales de necesidad. Así que emplead todos los hechizos necesarios para neutralizarlo a distancia – ordenó. – Al medir mis fuerzas con las suyas, noté en su cuerpo cierta inmunidad a los hechizos fuera de lo común; tened esto en cuenta para atacarle con la antelación suficiente como para poder neutralizarle antes de que pueda plantarse ante vuestras narices sin que podáis hacer nada por evitarlo. No quiero heroicidades ni que corráis riesgos innecesarios. ¿Alguna duda?

- No, Harry; está todo claro – Ron afirmó como portavoz de los tres.

- Perfecto. Hermione se trasladará con Ginny; tú usa tu traslador, pues si yo te llevase conmigo, te verías obligado a cruzar la calle para ocupar tu posición o yo me vería obligado a hacerlo, y no podemos arriesgarnos a que nos detecte antes de poder acorralarle. Yo me trasladaré a mi puesto. – Antes de ordenarles partir, cerró los ojos por un instante, y al volver a abrirlos, había una decisión en ellos que ninguno de los allí presentes había vuelto a ver en él desde los trágicos sucesos de la Segunda Guerra. - Voy a decíroslo una vez más, y espero que lo tengáis bien presente. - por fin continuó. - En este caso trabajáis para el Ministerio de Magia y para mí; el éxito tan sólo lo da la entrega y, por ello, espero que cada uno de vosotros deis lo mejor de vosotros mismos. Pero como mis subordinados, también espero que veléis por vuestras vidas como lo más valioso que tenéis, lo más valioso que yo tengo. No toleraré que expongáis vuestras vidas con una excusa que no sea la de salvar la vida de cualquiera de vuestros compañeros, y como me desobedezcáis en este sentido, cuando esto termine os patearé el culo sin contemplaciones; a todos y a todas. ¿Está claro?

- Está claro, gruñón – Hermione dio un abrazo cariñoso a su mejor amigo. – Estaremos bien, te lo prometo. – Él le devolvió el abrazo de forma fugaz, no queriendo dejarse llevar demasiado por unas emociones que podían nublar su claridad de pensamientos.

- Eso espero. ¡En marcha!

Uno a uno, todos se fueron marchando a desempeñar su papel en la contienda. Al quedar tan sólo Harry, el hombre se tomó un segundo para respirar hondo y se trasladó también, a cumplir con su cometido. Aquella era su misión, y acabase como acabase, también sería su responsabilidad.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

Hola a todos.

Después de tanto tiempo sin haber actualizado este fic, llevo muchas cosas en la cabeza que me gustaría compartir con quienes lo leéis. La primera, que jamás he pensado en dejarlo sin terminar; lo que sucede, es que a veces necesito tomar distancia de mis historias, para poder retomarlas desde una perspectiva más clara y llena de vida, con más chispa. Así que he tomado mis distancias de este fic, hasta que él mismo me ha reclamado el regreso, que ha sido ahora, durante los días en que he compartido unas maravillosas vacaciones con mi marido, y que mañana, lamentablemente, terminarán.

Otra de ellas, lamentaría que en estos momentos estéis pensando que Ginny es una niña idiota y mimada, que no ha sabido tratar a Harry como merece. Yo la he descrito en este capítulo desde mi propia perspectiva, desde la perspectiva de alguien que ha pasado demasiado tiempo haciendo algo que la convertía en alguien que realmente no era. Yo viví durante casi seis años la situación que Ginny pasó, por motivos que no vienen al caso, y cuando logré salir de ella, tenía heridas tan profundas, tantas cicatrices, que no me resultó nada fácil volver a encontrar mi camino, lejos de autoengaños, de falsos convencimientos, y de influencias externas. Os explico esto, porque Ginny está pasando una transición muy dura, que ni ella misma sabe que necesita, y mucho menos Harry (si ella no le pone un poco sobre la pista; tampoco tiene porqué saberlo, pues él, por mucho que la ame, ha vivido su propia vida, no la de ella). Se siente asustado, confundida, herida... De ahí esa extraña reacción que ha tenido, tan desproporcionada. Harry y Ginny, por mucho que se lleven años y años amando, han comenzado demasiado deprisa, se han lanzado uno en brazos del otro sin paracaídas, y eso a veces cuesta, por mucho que queramos luchar para que funcione. Pero no todo está perdido, eso jamás.

Una muy importante, dedico este capítulo a Sole713, quien me ha enviado un review justo el día en que estaba terminando la continuación del fic, y que me ha animado muchísimo a publicarlo, a renovar mis fuerzas para continuar. También lo dedico a susy snape, EmGin, Isla de Thera, paolac78, ginnypl3 y Cirze, quienes con sus amables reviews al anterior capítulo me han demostrado que este fic todavía importa a alguien, a pesar de que a veces me de la impresión de que no lo hace (y aunque si así fuera, eso no impediría que le diese fin siguiendo mis propias ideas y mis propios gustos, pues como siempre digo y diré, antes de nada, mis fics están hechos para mí). Porque es maravilloso saber que se tienen apoyos de gente tan genial como todos ellos.

Y poco me queda ya por decir, salvo que, aunque en este capítulo se ha adelantado un poquito de los misterios de la trama, quedan aún algunas sorpresas, y muchas cosas por explicar. La relación de Ron y Hermione se verá afectada por la "onda expansiva" de la debacle en la relacion de Harry y Ginny, y estos últimos van a sufrir aún mucho hasta que puedan volver a estar juntos (también Ron y Hermione van a sufrir). Pero a pesar de ello, no quedan muchos capítulos para que este fic termine. Enfilamos la recta final de los sucesos en la villa, y despúes comenzarán los sucesos que pondrán fin a la historia.

¡Ah! Y que el próximo capítulo no se demorará en aparecer tanto como lo ha hecho este. Ni mucho menos.

¡Comienza el drama! ¡Pasen y vean! :P

Un abrazo fortísimo a todos, e infinitas gracias por estar ahí.

Rose.