Capítulo 16 : Cuatro puntos cardinales.

Ginny abrió los ojos lentamente, mientras Aroa aún comprobaba las pulsaciones de la chica, mediante dos dedos apoyados ligeramente en su cuello. Avergonzada por haber mostrado tal debilidad en público, la pelirroja intentó incorporarse, pero la auror se lo impidió, apoyando la mano en uno de sus hombros, suave pero firmemente.

- Ya estoy bien – Ginny aseguró, intentando no fijarse en las caras de preocupación de los demás, todas sus miradas fijas en ella.

- ¿Estás segura? – Aroa intensificó su mirada en ella, suspicaz, para averiguar si en el fondo estaba o no diciendo la verdad.

- Estoy segura, no me pasa nada; es sólo que aquí hace demasiada calor; el aire está viciado – dio como excusa lo primero que se le ocurrió, con voz tranquilizadora.

- Yo no soy tu médico, Ginny, así que no voy a contradecirte. Pero no estaría de más que cuando regreses a Godric´s Hollow visites a un sanador para confirmar que estás bien.

Por un instante, Ginny no pudo ocultar que se había sobresaltado al escucharla. Era cierto, todas sus pertenencias estaban aún en Godric´s Hollow, en el hogar de Harry, y no tenía más remedio que regresar a por ellas, como él le había "ordenado con tanta delicadeza"… pero no lo deseaba. Reconoció, enfureciéndose aún más de lo que lo había hecho al leer la ofensiva nota que le había dejado el maldito auror, que no deseaba abandonar aquella casa donde, por ser una ilusa, se había sentido como si fuese su auténtico hogar, al lado del hombre que podría haberse convertido en el hombre de su vida… si él hubiese querido, que no lo había hecho.

- No hace falta, ¿vale? Y no hay más que hablar – respondió a la otra tan secamente, que vio cómo ella hacía una mueca de reproche. – Lo siento, no pretendía ofenderte. Ya sé que sólo estás intentando ayudarme; pero de verdad, no lo necesito – añadió, suavizando el tono de su voz.

- Tranquila, no me has ofendido.

Pero Aroa miró a David de forma disimulada, y al encontrarse con la mirada de su esposo, vio que también él seguía preocupado, aunque en silencio.

Ginny se incorporó para quedar sentada en el sofá, antes de decidir ponerse en pie. Fue entonces cuando su hermano se agachó frente a ella y le preguntó, mientras la traspasaba con una mirada de reproche:

- ¿Qué le has hecho a Harry?

Ginny abrió los ojos de forma desmesurada, sintiendo indignación.

- ¿Que qué he hecho a Harry? ¡Dirás qué me ha hecho él a mí!

- Bueno, ya va siendo hora de que nosotros nos marchemos – David anunció, tomando a su esposa de la mano y tirando de ella para que le acompañase. – Veo que tenéis asuntos familiares que tratar.

- ¿Familiares? ¡Já! ¡Harry no es mi familia, y nunca lo será! – ella gritó, con furia desatada.

- Sea como sea, Harry es nuestro jefe, y también un buen amigo. Así que no nos concierne lo que vayas a decir – Aroa apoyó a su marido con firmeza. – No lo tomes a mal. Ha sido un placer compartir estos días con vosotros. Nos veremos a la vuelta – dijo a Ron a modo de despedida, y David y ella se marcharon escaleras arriba en pos de sus maletas, para poner fin a la estancia en aquel lugar.

Ginny no pudo responder, estupefacta, pero cuando el matrimonio ya desaparecía en el piso de arriba, ella no pudo evitar llamar la atención de David:

- ¡David!

- ¿Sí? – se oyó la amable voz del hombre desde lo alto de las escaleras.

- Harry… ¿está bien? – quiso saber, preocupada por sus heridas, aún convalecientes.

- Harry está todo lo bien que puede estar – él respondió, dirigiéndole una sonrisa triste, y se marchó en pos de Aroa.

Ella bajó la cabeza, abatida, y tardó en volver a hablar.

- ¿Por qué narices a todos os da por pensar que he sido yo quien ha dañado a Harry, y no él quien me ha dañado a mí? – acusó a su hermano, sintiendo que aquella era la situación más surrealista que había vivido jamás.

- Porque eso no puede ser – Ron afirmó, sin sentirse culpable.

- ¡Ah, no puede ser! ¿Y cómo llamas tú a que él me haya robado mi piso, echándome de él?

- ¿Él te ha dicho eso? – ahora el atónito era el pelirrojo.

- ¡Me ha dicho que lo ha comprado! – tras ello, hizo un gesto de obviedad. - ¡Lo ha hecho para manipularme! ¡Para que yo no tuviese opción de rechazarle! – añadió, indignada. - ¡Dos y dos son cuatro, Ron! ¿Qué más necesito que me diga?

- ¿Acaso te has vuelto loca? ¡Claro que tenías opción de rechazarle! – su hermano objetó, contagiándose del cabreo de la chica. - ¡Siempre la has tenido! ¡Podrías haber vuelto a La Madriguera, con papá y mamá! ¡O haber alquilado otro puto piso! ¡O haberte mudado a un hotel, aunque fuese el más barato y cochambroso del mundo! ¡En cambio te fuiste con Harry, cuando él, hasta una noche antes, no tenía ninguna esperanza de estar contigo! ¡En absoluto! ¿Eso es culpa suya?

- ¡Claro que lo es! ¡Tú mismo me estás dando la razón! ¡Él vio su oportunidad y fingió que me estaba ayudando, que me tendía una mano amiga! ¡Y yo caí en la trampa como la simple que soy!

- ¿Trampa? ¿De qué trampa hablas? – él preguntó, alucinado. - ¿Tan importante te crees, que él sería capaz de perder la cabeza por lograr estar contigo?

- No me negarás que lo que Harry ha hecho tiene muy difícil disculpa – Hermione se inmiscuyó, con aquella pose aleccionadora que muy pocas veces la abandonaba.

- Esto es flipante… - Ron se lamentó, sin dar crédito a sus oídos, y sobre todo viniendo de Hermione. – Harry le arrebata tu piso a otro tío para que tú no lo pierdas, lo pone a tu nombre inmediatamente después, encima lo guarda en secreto para que no te sientas obligada a agradecérselo, y a ti sólo se te ocurre decir que lo ha hecho para conquistarte con malas artes – acusó a su hermana con desprecio, a pesar que se había dado perfecta cuenta de que ella no sabía toda la verdad.

Hermione enarcó una ceja, sorprendida y pensativa. Desde luego, le parecía mucho más propio de Harry que se hubiese comportado como Ron acababa de contar; él siempre había sido una persona altruista, ya desde bien niño, quien no daba valor a la inmensa fortuna que poseía, si no era para darla a los demás. Pero por otro lado, le parecía una extraña coincidencia que alguien se hubiese interesado por el piso de Ginny intentando echarla de inmediato, precisamente justo después de que ella hubiese ido en busca de Harry. Y sabía por experiencia que los hombres podían llegar a ser tan obtusos y simples, que eran capaces de justificar por "amor" cualquier acto que no podía calificarse más que de egoísmo por su parte. Si este era el caso, el hecho de que Harry hubiese puesto el piso a nombre de Ginny, no quitaba culpa al dolor que había causado a la chica con ello, y con la posterior mentira.

En cambio, Ginny se atrincheró tras la absoluta indignación que sentía y obligó a callar, sin contemplaciones, al corazón que le pedía a gritos creer a su hermano mayor.

- Mientes; o miente Harry, si te ha contado eso.

Realmente agobiado por aquella situación, que sentía como una auténtica basura y que lo superaba por completo, Ron bufó con desprecio.

- Me importa una mierda lo que pienses – respondió con dignidad. – Te dije que haría por ti lo que fuera, pero que no le dañases, y tú has hecho lo único que no debías hacer. Harry debió haberte contado que te había regalado el piso nada más haberlo comprado, pero él no es demasiado bueno hablando de sentimientos; ese es su único delito. El resto no es más que una mentira piadosa, y mucho mejor que la mía – confesó sin darse cuenta de las implicaciones que iban a tener aquellas palabras en Hermione, siempre al acecho del completo sentido de todas las frases pronunciadas por cualquier persona. - ¿Sabes qué te digo? Que me alegro por él de que le hayas dejado; nunca debió quererte. Paso de ti y de tus rollos raros de señoritinga "no me hace falta nadie". ¿Nos vamos también, Hermione? – preguntó a su novia, aún sin saber la que se le venía encima, mientras se ponía en pie para marcharse.

- ¿Qué es eso de tu mentira, Ron Weasley? – la castaña lo acorraló, poniéndole un dedo en el pecho. - ¿Quieres decir que tú me has mentido a mí, al igual que Harry ha mentido a Ginny?

- Harry no ha mentido a Ginny; sólo le ha ocultado una pequeña verdad, que luego le habría confesado tal y como es, si ella le hubiese dado la oportunidad – él rebatió, enfadado. –Me juego el cuello a que, si mi hermana no sabe todo lo que ha sucedido, es porque ni siquiera le ha dado oportunidad a él de que se lo contara, con ese carácter del demonio que tiene.

- No intentes desviar la conversación – ella le ordenó, tajante. ¿Me has mentido?

- A ti y a todos. Al principio fue sin intención de hacerlo, sólo un pequeño impulso, pero la verdad es que no me arrepiento de haberlo hecho, en absoluto, porque eso le ha dado una nueva oportunidad a nuestra relación.

Hermione lo observó con la cara pálida como la cera.

- ¿Cuál ha sido esa mentira? – exigió saber, armándose de valor para escuchar lo que el chico tuviese que decirle, fuese lo que fuese.

- Yo jamás he perdido la memoria, sobre ninguna etapa de mi vida – él confesó finalmente, aún sosteniéndole la mirada con orgullo. – Si os dije lo que os dije, fue con la esperanza de hacerte entender que habías tomado una mala decisión, dando lo nuestro por muerto y enterrado. Y tú misma me has demostrado con tus actos que yo tenía razón, que aún la tengo, de hecho. Estos últimos días, tú y yo hemos vuelto a ser felices, y juntos, no cada cual a tomar viento, como tú pretendías. ¿Es así o no lo es? – la retó a que le contradijese, cruzándose de brazos frente a ella.

Muerta de indignación, Hermione boqueó varias veces, incapaz de poner una palabra en sus labios. No podía contradecir las palabras de su novio; realmente había llegado a creer de nuevo, y profundamente, en el futuro de su relación como pareja. Necesitaba calmarse para poder razonar su respuesta sin darle una razón que sentía que aquel traidor no merecía en absoluto.

- ¿Eso es lo único que se te ocurrió, mentirme para salvar nuestro noviazgo? – cuando se vio preparada para hablar, su voz destilaba tanto desprecio, que podría haber envenenado al chico si hubiese sido un ungüento. – Me inclino ante tal derroche de inteligencia – terminó, sarcástica y acusadora.

- Al menos he luchado por aquello que más amo en esta vida. ¿Qué has hecho tú? – él respondió del mismo modo. – Me largo de aquí. Realmente, el aire está viciado; no quiero que se me pegue vuestro derroche de orgullo.

Ron dejó a ambas con un palmo de narices y subió también las escaleras, en busca de su propia maleta. Poco después, ambas escucharon el pequeño fogonazo provocado por un traslador, al ser usado en el piso de arriba.

Ginny y Hermione quedaron mirándose, alucinadas, sintiendo que todo aquello las había golpeado con demasiada fuerza como para permitirles analizarlo con total objetividad. A pesar de ello, ambas se mantuvieron firmes en sus posturas.

- Será mejor que nosotras nos vayamos también – Ginny declaró, sintiéndose agotada. – Voy a Godric´s Hollow para recogerlo todo y poder largarme de allí cuanto antes – intentó que aquellas palabras sonasen con un tono de desprecio que no estaba tan segura de estar sintiendo.

- Sí, será mejor – Hermione se sumó a la propuesta, concisa. – Si necesitas un sito donde quedarte, cuenta conmigo.

- Gracias, pero no será necesario.

Minutos después, cada cual se había marchado por su lado, dejando la casa completamente vacía.

~~O&o&O~~

A bastantes millas de distancia de Hope Avery, el nuevo y flamante profesor de Herbología del prestigioso Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, Neville Longbottom, llevaba horas intentando terminar, sin demasiado éxito, el listado de todo el material que iba a necesitar adquirir lo antes posible en el Callejón Diagon, si quería estar realmente preparado para afrontar con garantías de victoria su primer año como docente. Por milésima vez releyó aquella lista, donde figuraban ya: montañas de libros con los que "completar" la biblioteca de su nuevo despacho, hierbas de todo tipo (separadas pulcramente entre medicinales y no medicinales, comunes y raras, autóctonas y alóctonas, de usos muggles y mágicos, incluso entre caras y baratas de conseguir), una maleta donde llevar sus austeras pertenencias (era capaz de presentarse en Hogwarts con lo puesto, con esa memoria de gnomo de jardín que últimamente era su mayor castigo, a nivel académico hablando); un animal de compañía (quizá una lechuza mensajera, muy útil en un lugar tan apartado del mundo como aquel al que iba a dirigirse) y, por supuesto, una túnica acorde con su nuevo rango (discretita, eso sí, como su famoso dueño). Neville sonrió ante ese irónico pensamiento; jamás le había gustado ser famoso, pero tampoco iba a hacer nada por amargarse con algo que no había podido evitar, desde que, durante la Segunda Guerra, se convirtió en un de los "exterminadores de horrocruxes", como las nuevas generaciones se empeñaban en llamar a Harry, a Hermione, a Ron y a él, de un modo que a la profesora McGonagall le parecía "irreverente", pero que él prefería, sinceramente, a que le llamasen "héroe". No tenía madera de héroe, nunca la había tenido; simplemente, no podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo gente malvada hacía sufrir a buenas personas, que era muy distinto; al menos para él. Y sabía que Harry estaría completamente de acuerdo con ello, si en aquel momento le acompañara.

Al recordar al que, posiblemente, era su mejor amigo, no pudo evitar que le saliese una sonrisa torcida; el muy capullo debía estar, en aquel mismo momento, contemplando el mar a la sombra de un moai y disfrutando de unas paradisíacas vacaciones. Él estaba de viaje, Luna también… "No, - pensó con acidez – Luna no está de viaje, más bien, te ha dado el viaje, te ha dado puerta, para ser exactos, y nunca más regresará. Ya va siendo hora de que lo asimiles – se ordenó a sí mismo con enfado, - tonto del haba".

Otra vez había sucedido lo mismo; otra vez, hubiese comenzado como hubiese comenzado el hilo de sus pensamientos, había acabado en ella. Ojalá Newt Scamander la hiciera feliz a toda costa, más le valía, después de habérsela arrebatado con sus "espectaculares dotes de machote explorador". Sintió que, como él se enterase, sólo se enterase siquiera, de que ese rubiales arrogante le había hecho daño, se las iba a hacer pagar todas juntas; un millón de veces.

No pudo evitar pensar que, definitivamente, debería haber aceptado marcharse con Harry de vacaciones a donde Merlín perdió el gorro de mago, cuando este se lo propuso hace un mes; pero ya era demasiado tarde para lamentarse. Seguramente, Harry aquella misma tarde disfrutaría de una relajada copa en paradisíaco hotel de Hanga Roa, tumbado a la bartola en una cómoda hamaca, acompañado de una hermosísima chilena de ojos adorables. Pero a él, tan solo le quedaba completar aquella lista del demonio y largarse al Callejón Diagon a intentar ahogar sus penas de un modo lamentable, adquiriendo todas aquellas bobadas. Un día más solo, o un día menos, según se mirara.

El sonido del timbre le sacó de su ensimismamiento de golpe, sorprendiéndole por ser completamente inesperado. Nada más oírlo pensó que, como fuese la señora Duncan, su ancianita vecina, quien estaba esperándole tras la puerta para regalarle otra más de sus sabrosísimas pero totalmente engordantes tartas, esta vez no pensaba resistirse a comérsela enterita, ni mucho menos, por mucho que después volviese a sentirse tan culpable, que se pasase el resto de la semana haciendo footing como un desesperado; se la merecía – se dijo con total convicción, – y punto.

Lleno de energía por aquel pensamiento positivo, se encaminó hacia la puerta y la abrió, dispuesto a recibir a la pequeña y vetusta mujer y a sus tartas con los brazos abiertos. Pero lo que halló, en cambio, fue la triste estampa de Harry Potter, esperando con impaciencia, quien a su vez le devolvió la mirada de un modo tan serio y profundo, que de no haberlo conocido tan bien como lo conocía, se habría acojonado por pensar que tenía ante sí a un muerto viviente.

- ¡Harry! – sonrió a su amigo con alegría, encantado de verle. - Te hacía a miles de kilómetros de aquí; como me dijiste que quizá te marcharías a visitar la isla de Pascua durante tus vacaciones…

- Para "Pascuas" estoy yo – el moreno rezongó, amargado. - Vengo a mendigarte que me acojas durante dos semanas, si no es demasiada molestia. Ahora mismo, no tengo ganas de viajar, ni de irme a un hotel, ni de de nada. Sólo quiero una cara amiga a mi lado, nada más – le pidió de forma lastimera, sin pretenderlo, algo que impactó de lleno en Neville, pues Harry odiaba inspirar compasión.

- ¿Ha pasado algo con tu casa? – el más alto quiso saber, preocupado.

- No.

- ¿Entonces? – al no recibir respuesta, insistió. - Tío… ¿Qué ha pasado? Todo tú estás hecho una piltrafa humana… y no me refiero sólo a ese brazo en cabestrillo que llevas - declaró con sencillez.

Harry rezongó algo por lo bajo, que el chico no fue capaz de entender, y por un instante, desvió la mirada, avergonzado. Neville suspiró con tristeza.

- Si te quedas, estarás al lado de un amargado profundo, que lo sepas – anunció a Harry, apenado. - Últimamente no soy capaz ni de reírme de mí mismo.

- Puedes reírte de mí, si lo deseas. Soy el tipo más patético que ha pisado la Tierra.

- ¿De qué narices estás hablando? – se sorprendió, cada vez más y más intrigado. - Pero pasa, no te quedes ahí. Será un placer tenerte como invitado durante todo el tiempo que desees, si eso es lo que realmente quieres.

- Gracias.

- En serio. ¿Qué ha sucedido, Harry? – el más alto quiso saber, muy preocupado, clavando su mirada en los ojos del auror.

- Que el mundo es una mierda.

- ¿Y más… concretamente? – insistió, intuyendo que ese "mi mundo", añadido a la expresión de animal apaleado que Harry mostraba, significaba una debacle emocional.

- No quiero hablar de ello – el moreno se cerró en banda, tozudo.

- Pues lo siento, pero la única condición que te pongo para que te quedes, es que compartamos nuestras penas – declaró, sin darle oportunidad de una negativa. - Si decides quedarte, pienso darte la tabarra hablando de Luna hasta que me caiga de culo, por mucho daño que me haga regodeándome en mi propia miseria; y espero lo mismo de ti, sea lo que sea lo que te está pasando.

La mirada de Harry, llena de derrota, lo sorprendió todavía más.

- Luna, siempre Luna… - Harry se lamentó con tristeza. - Somos un par de gilipollas.

Neville enarcó una ceja; ya empezaba a comprender por dónde andaban los tiros. Aunque las lesiones físicas del chico le tenían más que desconcertado.

- Yo soy el primero que lo sabe, pero la querré hasta que muera – confesó, en cambio.

- Eso me suena demasiado. ¡Mierda! – el moreno estalló en ira, de pronto. - ¡Me niego a seguir pensando así! ¡Ella jamás volverá a dirigir mi vida como a una marioneta!

- ¿Ginny te ha hecho eso, lo del hombro? – Neville señaló, atónito, las vendas que se insinuaban desde el cuello de la camisa de Harry, que este llevaba desabrochado (además de que hacía descansar su antebrazo izquierdo en otro discreto vendaje que lo mantenía en posición horizontal).

- ¿Cómo demonios va a herirme así? – el auror objetó, con enfado, e inmediatamente después miró a su amigo con los ojos como platos. - ¡Un momento! ¿Y cómo sabes que ella está involucrada en esto?

- Es obvio, ¿no? ¿Quién demonios iba a ser capaz de lograr que pongas esa cara de desahuciado, sino Ginevra Weasley? – Neville explicó, divertido y con sonrisa de evidencia.

- ¡Yo no pongo cara de desahuciado!

- Ve al baño y mírate al espejo – le ordenó, jocoso. Había decidido que, aunque fuese por un ínfimo segundo, haría sentirse mejor a aquel cabezota, aunque tuviese que tomarle un poco el pelo para lograrlo.

- ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierdaaaaaaa! – Harry no dejó de lamentarse.

- No te la hagas aquí – el otro le ordenó, solemne.

Por un momento, Harry lo traspasó con una mirada de indignación; pero pronto lo pensó mejor, cogió a su amigo por un brazo y lo arrastró hacia la entrada.

- Vámonos a tomar unas cervezas, anda – parecía una orden, más que una proposición.

- Vale, pero tú pagas. Y de paso, me acompañarás a comprar todo lo que necesito para mi primer curso como profesor en Hogwarts.

- Está bieeeeeen – el moreno arrastró la última palabra, vencido.

- ¡Genial! Por cierto, ¿y tu maleta? – preguntó, buscándola por todos lados, con la mirada.

- No he traído nada; déjame ropa.

- ¡Ja! ¡Si te perderías dentro de ella! – se burló de la evidente diferencia de estatura entre ambos chicos, intentando parecer ofendido. - ¡Si no quieres ir a tu casa a cogerla, al menos cómprate tu propia ropa, pedazo de indigente! ¡No quiero que me la encojas con tu mala leche!

- ¿Serás capullo?

Al instante, una loca idea se perfiló en la mente de Neville, y sonrió nada más imaginarla.

- Vamos… - palmeó la espalda del otro con descaro. - Será divertido. Vamos de tiendas en plan "tías orgullosososas y modennnas", como hacen ellas – imitó una remilgada voz femenina y luego rió.

- Sí… ¿Por qué no? ¿Por qué ellas pueden comportarse como si fuesen las reinas del mundo y nosotros no?

- Porque somos un par de desgraciados, tío; damos pena – Neville concluyó alegremente.

- Ni me lo recuerdes. Vámonos; al menos no nos quitarán una buena cerveza.

Los dos salieron por la puerta, dispuestos a olvidar sus penas a toda costa, pasando el día en el Callejón Diagon.

- Pero te compras tu ropa, en serio – Neville advirtió a Harry, con cómica seriedad.

- Capullo – Harry contraatacó.

- Indigente – Neville replicó con descaro, sin dejarse acobardar.

Por fin ambos se marcharon, sonrientes.

~~O&o&O~~

Varias horas después, los dos hombres habían acabado de realizar todas sus compras, tanto las que figuraban en la inacabable lista de Neville, como un montón de ropa para Harry, quien seguía empeñado en no aparecer por su casa ni en pintura, pero no quería explicar el porqué, y se mostraba como un niño enfurruñado cada vez que el otro sacaba el tema a colación, algo en lo que Neville encontró una fuente inagotable de diversión, haciendo bromas sobre el tema.

- ¿Se puede saber para qué narices necesito yo tantos zapatos? – Harry se quejó, caminando con una pequeña bolsa cargada en una mano, cuyo fondo mágico contenía una cantidad increíble de ropa, la mayoría que Neville le había insistido en comprar. Se había quitado la venda en la que había apoyado el otro brazo, para no llamar la atención entre los numerosos magos que pululaban por el Callejón Diagon, y evitarse constantes preguntas que no quería responder, ni siquiera de un modo cortés y evasivo.

El alto rió, divertido.

- No se trata de necesidad, sino de cantidad. ¿No te has fijado en las chicas? Cuando están deprimidas, cuanto más gastan en trapitos, más satisfechas se sienten – declaró con convicción, como si fuese un experto en el tema.

- ¡Deja de compararme con las tías! ¡Por Merlín! – el moreno le reprochó, indignado, girándose para traspasarle con una mirada de cabreo.

Después, continuó su camino a grandes zancadas sin mirar por dónde iba, lo que le llevó a topar de frente con otro mago que acababa de salir de la tienda de animales mágicos, y que al darse cuenta de quién era él, le dedicó una auténtica mirada de adoración. De pronto, se vio rodeado por unas manazas descomunales y apretado contra el otro cuerpo cual si de un niño se tratase.

- ¡Harry! – Hagrid gritó alegremente, enterrando al pobre Harry en aquel abrazo.

- Hola, Hagrid – el chico apenas pudo responder. – S-suéltame, por favor, no puedo respirar.

Inmediatamente el grandullón lo soltó, pero a cambio le dio una palmada e la espalda que pretendía ser cariñosa y amigable, pero que hizo que a Harry le temblasen todos los huesos del cuerpo.

- Perdona, pero es que hace tanto tiempo que no nos vemos… - Hagrid respondió con emoción.

- Porque tú no quieres. Te he pedido mil veces que vengas a visitarme, pero siempre estás demasiado ocupado para hacerlo, pro-fe-sor – le acusó con una sonrisa divertida.

- Tampoco tú vienes a Hogwarts – Hagrid intentó que sus palabras no sonasen a reproche, pero algo de ello había en su voz.

- Tranquilo, que de ahora en adelante, seguro que lo hará. Cuando pasen las dos próximas semanas y él deje de ocupar mi casa, quizá decida ocupar la tuya – una voz jocosa se escuchó tras ellos.

- Ya basta de tomarme el pelo, Neville – Harry reprochó a su amigo, con cara de tormento.

Mientras Hagrid, reconociendo al dueño de la voz, saludó al otro hombre con actitud reverencial.

- Profesor Longbottom, me alegro de volver a verle.

- ¿Qué es eso de "Profesor Longbottom? ¿Acaso tú y yo ya no somos amigos? – el alto le reprochó, enarcando una ceja.

- C-claro que lo somos. Pero ahora tú eres uno de los profesores del Colegio, el subdirector del mismo, de hecho, y yo he de mostrarte el respeto que te corresponde por tu rango.

- Entiendo, profesor Hagrid – él correspondió el trato del mismo modo, fingiendo estar de acuerdo con ello. - ¡No seas soso! – gritó después, de forma tan alegre, que cogió al grandullón totalmente por sorpresa. – Harry estaba apunto de invitarme a una buena comida acompañada de unas cuantas cervezas ¿te apuntas?

- He dicho que quería una cara amiga, no un amigo "cara" – Harry bromeó, hallando la ocasión perfecta para devolverle las constantes "atenciones" recibidas de él durante todo el día.

- Mira quién fue a hablar, el que se ha apalancado en mi casa y no piensa volver a la suya hasta dentro de dos semanas. No pensarás vivir de gorra, ¿no?

- Eso es distinto.

- ¿Por qué? – Neville adoptó una pose de irónica sorpresa.

Harry no respondió, pero había tanto dolor en su mirada, que al otro se le encogió el corazón con sólo notarlo.

- Acompáñanos, Hagrid, por favor – en cambio Harry pidió a Rubeus con amabilidad.

- Lo siento, pero la directora McGonagall está esperando a que le lleve el encargo que me ha pedido personalmente. No quiero hacerla esperar – el otro se disculpó, realmente apenado.

- Pues nada, otra vez será. Nos veremos en Hogwarts al final del verano, profesor – Neville se despidió del hombre con divertido retintín.

- Hasta entonces.

Hagrid estrechó las manos de ambos hombres entre una de sus manazas con efusividad y les dio la espalda, dispuesto a cumplir con sus tareas.

- Hace mucho que ya nadie le reprocha nada en absoluto, y sin embargo, Hagrid se sigue comportando como si tuviese una deuda que pagar a la sociedad, cuando lo único que ha hecho por ella es ayudar a salvarla – Neville dijo con cierta amargura, cuando el otro ya no era capaz de escucharle.

- Fueron muchos años en los que él tuvo que aguantar demasiadas afrentas e injusticias contra su persona; y demasiado duros. No es fácil superar eso – Harry respondió, pensativo. – Gracias, Nev – sorprendió a su amigo con aquella declaración tan repentina. – Gracias por todo, absolutamente todo. Me siento destrozado – el moreno declaró, solemne.

La sorpresa de su amigo fue tanta, que no supo qué responder, hasta que, con un ademán cariñoso y amable, palmeó el hombro sano del auror.

- Gracias a ti. Yo tampoco soy la alegría del huerto, precisamente. Anda, volvamos a casa y tomémonos allí esa comida y esas cervezas; y me cuentas de una maldita vez lo que realmente ha sucedido. Harry, no puedes seguir así.

Harry asintió, en silencio.

- Pero de camino, la comida la compras tú – añadió a última hora, retomando aquel cachondeo que no le había abandonado durante toda la mañana, y que no tenía más fin que animar al otro chico.

- Que sí, que la compro yo – Harry sonrió con cariño, en el fondo encantado con aquella situación, que había logrado mantener a raya las sombras que habitaban en su corazón desde que Ginny lo había echado de su vida.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

¡Hola hola!

Aquí llego, con el capitulo semanal, que a la vez va a servir de transición y de introducción al próximo arco argumental. Todavía habrá alguna escena más en Hope Avery, pero ya como parte secundaria del resto de la historia, y no como principal.

Notaréis que empiezan a formarse "equipos" de chicos y de chicas por separado. He hecho notar a Hermione y a Ginny bastante desconfiadas e intransigentes con los pensamientos y actides masculinos en general. Están atravesando una etapa en la que desconfían de la capacidad de los hombres para comprenderlas y hacerlas felices, que no tendrán más remedio que superar. No sé si en algún momento de nuestras vidas la pasamos todas las mujeres, pero yo la pasé, y mi marido se encargó de hacerme ver que me estaba equivocando. Cuando encuentras a la PERSONA de tu vida, con mayúsculas, todas esas tonterías dejan de tener sentido. Ellas tendrán que decidir si ellos son esas personas o no lo son, y si lo son, sobra esa desconfianza de género, en gran parte tan infundada.

Por otro lado, ellos están en plan "abandonados e indignados" y buscan lamerse las heridas bien lejos de ellas. Tampoco facilitan las cosas, precisamente.

Por supuesto, estoy tratando de enfocar el fic desde la perspectiva de los personajes teniendo veintipocos años, porque estas cosas cuando alcanzas cierta edad y cierto grado de madurez, son simplemente absurdas; los problemas se plantean claramente y lo que no interesa, pues fuera, así de fácil. Pero nada es tan fácil en determinadas épocas de la vida, o si lo es, no lo parece :P

Os he explicado un poco porqué he escrito lo que he escrito, para que nadie me diga luego "Ya le vale a nosequién, cómo se puede comportar así..." o "esto no puede ser...". Lo primero es que todo lo que escribo puede ser, porque simplemente, yo quiero que lo sea. Y sobre cómo se pueden comportar así... pues así los veo. Lo digo porque últimamente cada persona espera leer en este fic una cosa distinta, que suele chocar con lo que desean los demás. El único modo de leer exactamente lo que uno desea, es escribirlo uno mismo (para eso exactamente escribo yo, jeje). Podrá pareceros más bueno o menos bueno, más coherente o menos coherente, más realista o menos realista, mejor o peor; pero mientras sea mío, será exactamente como yo quiera que lo sea.

Gracias, infinitas gracias por todos los apoyos recibidos, tanto a través de los reviews como añadiedo este fic a los favoritos. Cada vez que se me notifica un review o un favorito, no me siento sola.

Un abrazo a todos y hasta el próximo.

Rose.