Capítulo 18 : Encuntros y desencuentros.

Ginny sentía la adrenalina por las nubes. Nada más regresar de Hope Avery, se había acostado una vez más, con la intención de disfrutar de una pequeña siesta, muy pequeña, que al final había durado más de cuatro horas. Definitivamente, aquello no era normal, se dijo, comenzando a inquietarse.

¿Y aquel maldito calentón que había cogido al hablar con Harry y que aún ardía en todo su apogeo, casi medio día después? ¿Aquello era normal? Seguramente, tampoco. ¿Cómo podía sentirse tan condenadamente atraída por aquel hombre que se había burlado en su cara, la había amenazado y despreciado sin miramiento? Sabía que debía haberse vuelto loca, pero con tan solo recordar aquellos ojos verdes encendidos de furia como ascuas, aquel pelo negro que danzaba en su cabeza con tanta soltura, aquel cuerpo, sobre el que hasta un trapo raído parecía la más bella y cara de las prendas de alta costura; aquellos rasgos duros y varoniles, aquella arrogancia… sí… su cuerpo se estremecía de placer, de pies a cabeza, con sólo recordarlo.

Maldito, condenado e irresistible auror…

Pero al menos le había dejado bien claro que nadie, ni siquiera él, iba a poder subírsele a la chepa. Faltaría más…

Decidió que iba a poner orden en su vida, fuese como fuese, y el primer paso para lograrlo, sería quitarse de encima aquel extraño cansancio que frenaba todas sus intenciones, así que, ni corta ni perezosa, pidió cita en San Mungo para el día siguiente; por fin sabría qué narices le estaba pasando.

Aún habiendo tranquilizado su conciencia con la decisión que había tomado, pasó una noche agitada, llena de sueños donde unos fieros ojos verdes la hechizaban sin remedio, reteniéndola y haciéndole perder la cordura. Por la mañana se despertó sudada, frustrada e inmensamente satisfecha; retorció las sábanas con rabia. No, decididamente, aquello no podía seguir así.

Aún turbada, miró el reloj: las nueve de la mañana, y había quedado a las diez con el sanador que se encargaría de su caso. Nerviosa, se levantó de la cama, se duchó rápidamente y se vistió, cogió un montón de galletas de la cocina y las echó al bolso de forma desordenada, y se marchó.

Dos horas después, y enormemente cansada a pesar de que no había caminado prácticamente nada, salió de la consulta del sanador, con más preguntas de las que llevaba a cuestas cuando había entrado. El sanador no había sabido qué decirle: a simple vista parecía completamente sana y saludable, con el pulso normal, la tensión arterial perfecta, un peso ideal y unos reflejos envidiables, le había comentado. Pero sobre su desmesurado cansancio no tendría una respuesta hasta haber analizado todos los resultados de las minuciosas pruebas que acababa de realizarle. No menos preocupada, ella había pedido que le aventurase una posible causa, pero el hombre, molesto, le había ofrecido la dirección de un vidente, si estaba dispuesta a arriesgarse porque sí. Tras ello, con voz seca le anunció que una lechuza le llevaría un mensaje con la fecha de la próxima visita, y aún con retintín, le aconsejó que no pensase mucho en ello hasta entonces.

¿Cómo no iba a pensar en ello, si se estaba convirtiendo en el centro de su vida?

Tras negar con la cabeza, enfadada con aquel hombre tan poco empático y amable, caminó por los pasillos del hospital, en busca de una chimenea que la devolviese a Godric´s Hollow. Andaba absorta en sus pensamientos, cuando una voz que no esperaba escuchar nunca de nuevo, la saludó con cierta timidez.

- Hola, Ginny – aquella voz masculina se dirigió a ella amablemente, titubeante.

Inmensamente sorprendida, ella se detuvo y miró a todos lados, en busca de su origen. Al distinguir a varios metros al frente, al hombre que tan tímidamente la había saludado, pensó en pasar de largo, en fingir que no había reparado en él en absoluto. Pero algo muy dentro de ella la impulsó a pararse frente a él y a corresponder a aquel saludo.

- Hola, Dean – dijo, indiferente.

- ¿Tienes tiempo para un café? – él le ofreció, casi suplicó, con una sonrisa tan atormentada que una vez más, ella no pudo negarse a acompañarle.

- Está bien, uno rapidito, que estoy muy ocupada – aceptó, no sin poner sus propias condiciones.

- Gracias.

Cada uno sumido en sus propios pesamientos, ambos se dirigieron al restaurante del hospital, donde tomaron asiento en una de las mesas que había libres.

- ¿Un café cargadito, como siempre? – él le preguntó amablemente.

- El médico me lo ha prohibido por precaución, así que mejor un vaso de leche – Ginny objetó secamente.

- ¿Q-qué es lo que tienes? – la mirada de él era de profunda y genuina preocupación al preguntarle.

- Eso quisiera saber yo – ella rezongó, nuevamente molesta al recordar a aquel sanador que en vez de médico, parecía más bien un abogado con malas pulgas. – Será la tontería que Harry me habrá pegado… - añadió sin pensar.

Dean le devolvió una sonrisa melancólica y ella se cortó de pronto, azorada. Estuvo apunto de decirle "lo siento", pero realmente no tenía nada que sentir, no ante él, así que permaneció en silencio.

- No pasa nada, Ginny. Sé que estás con Harry; realmente, siempre has estado con Harry. Y no imaginas la suerte que tienes. El modo en que él te ama es increíble.

- ¿A qué te refieres? – ella enarcó una ceja, suspicaz.

- Al asunto de tu piso, por supuesto.

La pelirroja abrió los ojos como platos.

- ¿Qué sabes tú sobre eso?

- ¿Cómo que qué se yo? Yo fui quien intentó comprar tu piso y echarte de él, y Harry, quien no sé cómo narices se enteró, pujó por él sin parar hasta lograr dejarme fuera de juego – explicó – Y menos mal, porque si yo hubiese gastado todo lo que tengo y lo que no, en vengarme de ti, ahora no sé cómo podría hacer frente a la enfermedad de Giselle.

Ginny seguía mirándolo totalmente paralizada, con los ojos desorbitados por la sorpresa.

- No te lo había contado… muy propio de él – declaró con una sonrisa amable. – No sé lo que te habrá contado, pero el muy idiota ha pagado más del triple de lo que realmente cuesta tu piso, para que no lo perdieses. Y que conste que yo no intenté quitártelo por la paliza que él me había dado esa misma mañana, sino porque te odié al escuchar cómo hablabas a Giselle, cuando nos encontraste a ambos en… bueno, ya sabes. La quiero de verdad, Ginny.

- ¿Pa-paliza?

- Eso tampoco te lo ha contado – constató, con una mirada divertida, dentro de la profunda tristeza que mostraba su rostro.

Ginny refunfuñó por lo bajo. Sin duda, Harry no iba a librarse de una buena conversación, lo quisiera o no lo quisiera, se dijo para sí.

- ¿Y tú qué haces aquí? – ella preguntó, intentando tomar las riendas de aquella extraña situación.

- Ya te lo he dicho. Giselle, mi novia, está ingresada en este hospital. Aunque la enfermedad que padece no la retendrá aquí por mucho tiempo. Los muggles están mucho más preparados para combatirla, y he decidido ponerla en sus manos para que la salven, como hizo Harry con tu madre.

Ginny ahogó un grito tapándose la boca con las manos, desolada.

- Tu novia tiene… - no pudo terminar, pues su mente fue golpeada con la fuerza de todos los recuerdos llenos de miedo, de frustración, indefensión y tristeza que yacían enterrados en lo más hondo de su alma, por los días de agonía que había vivido su madre.

- Tiene cáncer, sí.

Por un momento, él desvió la mirada hacia el suelo y cuando volvió a mirarla, había tanta súplica en sus ojos, que a Ginny le cayó el alma a los pies.

- Sé que no tengo derecho a pedirte esto, Ginny, y mucho menos a él, pero estoy desesperado por salvarla. Habla con Harry – le rogó, casi postrándose de rodillas. – Pídele la dirección del centro donde internaron a tu madre, algún contacto con el que poder hablar. No pido caridad, ni ayuda, tan sólo que me indiquéis el camino que debo seguir para intentar salvarla, pues yo no se absolutamente nada sobre el mundo de los muggles, jamás me había interesado hasta el momento.

Ginny le mantuvo la mirada, pensativa.

- Tienes mi palabra de que hablaré con Harry. Pero a cambio quiero que me cuentes la verdad. ¿Desde cuándo ella y tú estáis juntos?

El desvió la mirada, avergonzado, antes de atreverse siquiera a responderle.

- Todo comenzó hace más o menos un año, como una noche de tristeza y nada más – Ginny lo traspasó con la mirada, sintiéndose profundamente ofendida. - Tú y yo pasábamos horas enteras sin hablarnos, no porque estuviésemos enfadados el uno con el otro, sino porque ya no teníamos nada que decirnos, aunque nos empeñásemos en negarlo – explicó con amargura. – Yo aún te amaba con locura, Ginny, pero era más obvio que lo había sido nunca, que tú no sentías absolutamente nada por mí, tan obvio, que ni siquiera engañándome a mí mismo era capaz de continuar negándolo. Vivía amargado, y a tus espaldas comencé a flirtear con el alcohol. Empecé a frecuentar bares nocturnos de todo tipo, cuando tú no estabas conmigo, y noche tras noche volvía a mi casa, borracho como una cuba y humillado; pero aún quería más, necesitaba más, algo que me librara definitivamente de aquella miseria que había anidado en mi alma – ella escuchó en silencio, apenada. – Una de esas noches de autodestrucción en las que me había empeñado en hundirme, una mujer se sentó a mi lado, aún más borracha que yo, y más autodestructiva también. En un principio ella no reparó en mí; comenzó a despotricar, hablándole a la nada, diciendo que deseaba morir, que por favor alguien la matara, que la vida era una mierda y no valía la pena vivirla en absoluto. Al ver que nadie le hacía caso, cogió con una mano la botella que casi había vaciado dentro de su estómago, la estrelló contra la barra, e intentó cortarse las venas con ella.

- Dios mío… - Ginny no pudo evitar susurrar, impresionada.

- Yo también quería morir, pero no podía soportar que nadie se quitara la vida delante de mí. Sin pensarlo, la obligué a deshacerse de los cristales rotos que aún llevaba en la mano, la tomé en brazos y salí con ella del bar. A base de paciencia, le sonsaqué dónde vivía y la llevé a su casa. Aquella noche no me despegué de su lado por miedo a que intentase suicidarse de nuevo; y ese mismo miedo me llevó a frecuentarla a menudo, para hacerle compañía y poder asegurarme de que no iba a intentar cometer una nueva tontería.

Ginny indicó que continuase, con un leve asentimiento de cabeza.

- Al principio ella no soltaba prenda, incluso le molestaba mi presencia, pero yo no me rendí; total, sentía que no tenía nada mejor que hacer con mi vida– hubo reproche en su voz, al que Ginny no quiso responder. – Con el tiempo me enteré de que sus padres habían muerto en un accidente de tráfico el día anterior al día en que ella y yo nos conocimos. Y bueno… Ella necesitaba alguien que la ayudase a seguir caminando día a día, yo necesitaba alguien que dependiese de mí, alguien para quien yo llegase a ser importante… Sin darnos cuenta, aquella mutua dependencia, aquella decadente compasión, fue convirtiéndose en algo cálido y bonito, lleno de luz y alegría, que nos dio un nuevo motivo para seguir viviendo. Sin quererlo, una noche nos besamos, una cosas llevó a otra, y a otra… Y aquí me tienes hoy, desesperado por ella, mucho más de lo que jamás pude estarlo por ti; porque para ella yo significo lo mismo que ella significa para mí.

- ¿Por qué no me lo dijiste?

- Porque me llevó mucho tiempo reconocérmelo siquiera a mí mismo, tanto que cuando lo hice, ella y yo llevábamos meses liados, y ya no había excusa posible que ofrecerte, ni ningún razonamiento para justificar la profunda traición que yo había cometido. Cuando tú nos descubriste, habíamos decidido por fin contarte la verdad, pasase lo que pasase. Pero jamás deseé que te enterases del modo en que lo hiciste, te lo juro.

- Sé lo que es engañarse a uno mismo hasta el punto de dañar con ello a quienes más se quiere – ella afirmó, amargamente.

- Siento que ella está viviendo ahora su penitencia – él añadió, taciturno - por haber intentado quitarse la vida; es como una especie de castigo… que ambos debemos superar juntos.

Apenada, Ginny se puso en pie, dispuesta a marcharse, pero antes de emprender su camino, dedicó una última mirada a Dean, cargada de esperanza.

- Hablaré con Harry, y tendrás lo que deseas – prometió, resuelta. – Lo siento – liberó aquellas palabras, que realmente le salieron del alma.

- Yo también lo siento – él musitó, mientras la observaba marchar desde la solitaria mesa que ambos habían ocupado.

~~O&o&O~~

Ginny volvió a la casa totalmente desolada, con el corazón en la garganta y unas infinitas ganas de llorar; por Giselle, por Dean, por Harry y por ella misma. Se sentía culpable por haber avocado a su ex novio a un tipo de vida evasivo, basado en la autodestrucción; aunque, por otro lado, aquello le había permitido conocer al amor de su vida, a quien había dado un motivo por el que luchar, tan sólo para que una maldita enfermedad intentase arrebatárselo todo de un plumazo. Decir que la vida era injusta le parecía una burla, en aquel momento.

Y por otro lado estaba Harry, su propio motivo de existencia, quien la había amado en silencio durante años y años, para tenerla y perderla en tan sólo unos días, por el silencio, la incomprensión, la intolerancia… ahora sabía que no sólo por parte de él, sino de ambos. ¿Podía existir una vida más cruel?

Se dejó caer en un sofá, rompiendo en llanto. Acababa de recordar que, cuando Molly luchó también por su vida, en aquel hospital muggle donde tan bien la trataron, ella había escuchado cómo un doctor comentaba a Harry que el cáncer no es tan sólo una enfermedad en muchos casos mortal, sino también genética, algo así como "hereditaria". ¿Y si ella estaba sufriendo del mismo mal? ¿Y si era aquello lo que la atormentaba? Lloró y lloró, a veces en silencio, en otros momentos gritando como una demente, hasta quedarse sin lágrimas.

Entonces recordó que tenía dos promesas que cumplir, y para hacerlo, en ambas necesitaba al mismo hombre: Harry. Pero no quería enfrentarlo con aquellos temores surcando su alma, no quería mirarlo temiendo que fuese la última vez que los dos se encontraran… Aquello le destrozaría el alma. Aunque tampoco podía esperar a conocer los resultados de sus pruebas de salud, pues en parte, la vida de Giselle dependía de que él diese a Dean los datos que este necesitaba.

Aquella misma tarde buscaría a Harry, y si no podía encontrarle, le enviaría una lechuza rogándole que ambos se encontrasen donde fuera, suplicándole, si hacía falta, pues una vida estaba en juego, y no era tiempo de remilgos.

Con los ojos hinchados, se puso en pie con la intención de encaminarse hacia la cocina para prepararse algo de comer, aunque su estómago se había cerrado en banda por todos los acontecimientos vividos aquella mañana. Aún así, debía obligarse a comer algo; seguro que con el estómago lleno se sentiría un poco mejor, y más positiva. Estaba entrando en la cocina cuando el sonido del timbre la hizo retroceder hacia la puerta de entrada. ¿Y si fuese Harry? Imposible, él estaba en su casa, jamás tocaría el timbre para entrar en ella, y mucho menos con una "intrusa" a la que echar, como le había prometido. ¿Y si fuesen sus padres, o sus hermanos? No se necesitaba ser un lumbrera para saber que Ron ya les habría contado todo lo sucedido, a aquellas alturas. Ojalá no lo fuesen, no en aquel momento; no tenía ganas de discutir, ni siquiera con ellos. Abrió la puerta con rapidez, pues era mejor que estar elucubrando como una tonta tras ella, y al hacerlo, su sorpresa fue monumental.

- ¿Luna? – preguntó lo obvio, nada más que para confirmar lo que estaban viendo sus ojos irritados.

- Por Merlin, Ginny, ¿qué te ha pasado? – la dulce y serena voz de su mejor amiga la acarició, preocupada, mientras la chica mudaba su alegre sonrisa por otra de alarma.

Sin palabras, Ginny se abalanzó sobre la rubia y la abrazó con todas sus fuerzas, emocionada. Inmediatamente, Luna le devolvió el cálido abrazo, y ambas pasaron dentro de la casa. Ginny guió a Luna hasta la cocina, aunque esta conocía perfectamente el camino, pues había estado en aquella casa infinidad de veces, como amiga de Harry que era, y como novia de uno de sus mejores amigos, que había sido; la hizo sentarse en una de las sillas, la tomó por una mano y sonrió, encantada de verla.

- Te hacía a miles de kilómetros de aquí, peleándote con la jungla africana, de la mano de tu príncipe de las bestias – Ginny afirmó con una sonrisa nerviosa por la emoción.

- Ya no hay príncipe de las bestias, Ginny. Eso tan sólo fue un espejismo – la otra aclaró, a su vez. – Pero dime, ¿por qué estás así? ¿Dónde está Harry?

- No sé dónde está Harry – Ginny negó, melancólica; y Luna enarcó una ceja, suspicaz - aunque muy pronto tendré que averiguarlo. - ¿Cómo sabías dónde encontrarme?

- He ido a buscarte a La Madriguera, después de enterarme de que ya no vives en tu piso, y tus padres me han dado la dirección de Harry.

- ¿Y no te han contado nada más?

- No; he venido a que me lo cuentes tú – Luna sonrió con picardía. – Y no sólo a eso. He regresado a Inglaterra por algo muy concreto: para recuperar a Neville – Ginny la observó, incrédula. - Vamos, no desvíes la conversación: ¿qué está pasando aquí?

Mientras ambas preparaban la comida, Ginny contó a Luna todo lo que había sucedido durante aquellas últimas semanas. La rubia no salía de su asombro al escucharla, pues se había marchado dejándola casi apunto de casarse, y al regresar la hallaba no compuesta y sin novio, sino compuesta y sin dos novios, nada más y nada menos; y uno de ellos Harry, a quien Ginny había amado durante toda su vida y creyó jamás llegar a conseguir.

- Tienes que hablar con él, sin duda – Luna afirmó, convencida. – Conozco a Harry y te conozco a ti; vuestra pelea no tiene fundamento, Ginny, al menos no un fundamento real. Tenéis que dejar de basar vuestras vidas en fantasmas del pasado y empezar a construir una nueva vida juntos. Después de lo que me has contado, esa es la única salida posible que os queda para ser felices. Y sobre tu enfermedad, no te preocupes, será indigestión, o falta de vitaminas, o alguna tontería por el estilo.

- ¿Tú crees? – la pelirroja preguntó, esperanzada.

- ¿Cómo que si lo creo? Estoy convencida de ello.

- Pero quizá Harry no quiera darme una segunda oportunidad; ya te he contado cómo se comportó ayer, sin ir más lejos.

- Se comportó igual que tú, como un testarudo cabeza hueca. Eso es muy propio de Harry, y también muy propio de ti. Así que ya estáis bajando esos humos, que no hay fuego por ninguna parte – le ordenó, tajante. – Oh, lo siento, Ginny, no pretendía ser brusca, pero es que estoy de los nervios… He venido a suplicar a Neville que me perdone por un error garrafal que he cometido, y aún así me atrevo a dar consejos de amor…

- Ahora cuéntame tú qué ha pasado con Newt. Hace tan sólo unos meses él era el gran descubrimiento, el "hombre" que iba a dar a tu vida un giro de ciento ochenta grados… y ahora vuelves con el rabo entre las piernas, llorando por "un hombre soso, acomodado y demasiado previsible", palabras textuales tuyas, todo sea dicho – la chinchó.

- Me he dado cuenta de que Neville no es un hombre soso, sino sencillo; no es acomodado, sino familiar; y adoro que sea tan previsible, porque esas previsiones en gran medida, siempre iban dirigidas a hacerme feliz. Lo que ha pasado es que le hecho de menos como una desesperada, a todo él: a su sonrisa y sus chistes fáciles, a sus libros desperdigados por todos lados, a esas gafas de lectura que le dan aspecto de ratoncillo de biblioteca, a sus plantas malolientes y gritonas, a sus brazos fuertes y cariñosos, a su sonrisa, sus ojos amables, su cuerpo sexy y musculoso, que nada tiene que ver con ese trabajo sedentario que tiene; a su fuerza de carácter, su determinación…

- Me hago una idea – Ginny la atajó, con una sonrisa pícara, mientras devoraba su comida. – O sea, que has dado puerta al rubiales don perfecto, y te has dado cuenta de que el bombón de profesor que suspiraba por ti, a pesar de todos sus defectos, es el único que logra que todo tu mundo se ponga patas arriba.

- Dicho muy a tu estilo, pero sí – Luna le devolvió la sonrisa con tristeza. - ¿Sabes algo de él?

- Últimamente, no. Yo he estado muy desconectada del mundo, primero con los preparativos de esa boda fantasma que jamás se hubiese celebrado, y después viviendo mi sueño con Harry, ese sueño que ha acabado explotando en mis narices.

- Vamos, Ginny, no pienses así…

- Yo no suelo ser tan negativa, pero estos días lo veo todo cuesta arriba, supongo que por este terrible cansancio que me mata… ¡Un momento! – apretó el brazo de su amiga, excitada. – Se me ocurre una idea. ¿Por qué no vamos las dos a visitar a Neville? Puedo acompañarte con la excusa de que hace mucho tiempo que no sé nada de él, así nos aseguramos de que te reciba; y luego tú te encargas del resto.

- No sé yo si es una buena idea.

- ¿Acaso se te ocurre una mejor? ¿Tenías pensado presentarte en su casa, sin más, y esperar que te reciba con los brazos abiertos?

- Supongo que no… La verdad es que había decidido pensar en ello cuando llegase a Inglaterra.

- Pues aquí estás. ¿Qué hacemos?

- Tienes razón; será el modo menos traumático de hacerlo.

- Decidido, entonces. Y de paso, a ver si él puede decirme dónde demonios se está hospedando Harry.

Las dos chicas terminaron de comer, mientras conversaban de temas menos serios y trascendentales, algo que a ambas les hacía muchísima falta.

~~O&o&O~~

Aquella misma tarde, Ron llamó a la puerta de Nevill con decisión, dispuesto a saber de una puñetera vez qué se estaban trayendo entre manos sus dos amigos. Deseaba negarlo, no sentirlo, pero la verdad es que desde que Harry le había confesado que estaba viviendo con Neville, unos celos absurdos habían hecho su aparición, dentro de su cabeza. Al parecer, ellos dos lo estaban pasando genial juntos, y él también necesitaba aquella alegría, aquella compañía.

Así que, cuando Harry abrió la puerta, haciéndole pasara después, alegremente, a la sala donde los dos chicos parecían haber vivido una auténtica batalla campal, por el desorden que allí había, se plantó ante ellos, con los brazos cruzados, y ordenó, muy serio:

- Quiero participar en lo que sea que os habéis montado aquí.

Por un momento, Harry y Neville compartieron una mirada alucinada, y luego rompieron a reír a carcajada limpia, mientras el pelirrojo los miraba con cara de reproche.

- ¿Es que he dicho algo gracioso?

- Mucho – Neville respondió, aun riendo, y sujetándose el estómago con una mano.

Harry le palmeó la espalda, continuando con la broma que el pelirrojo no era capaz de entender.

- Está bien… Te llamarás… "Señorito" – el moreno lo bautizó, con solemnidad.

- ¿A qué viene eso, capullo? – Ron buscó su mirada, indignado.

- Eh, perdona, pero "Capullo" soy yo; él es "Indigente" – Neville objetó, igual de solemne.

- ¿Pero de qué demonios estáis hablando? ¿Se os ha ido el caldero, o qué? – Ron estaba apunto de perder la paciencia, sintiendo que ambos estaban riéndose de él en su propia cara.

- No te enfades, tío. Es que nos ha dado por ver pelis muggles todas las noches, y anoche tocó el turno de ver "Los tres mosqueteros". Ahora que has llegado tú, ya tenemos el trío completo.

- ¿Y a qué viene eso de "Señorito"?

- Si te hubieses visto cuando has llegado esgrimiendo toda tu dignidad y lleno de exigencias… Eres el típico señorito, un Malfoy, para ser exactos.

- No te pases ni un puñetero pelo.

- Vamos, Ron, que estamos de broma – Harry posó una mano en su hombro, amistoso. - Anímate un poco.

- Estáis tarados, tíos – Ron declaró, mostrando ya una distendida sonrisa. - ¿Quiénes son los moscardones esos, de los que habláis?

- Moscardones no, mosqueteros – le corrigió Neville. - Son unos espadachines del siglo XVII, al servicio del rey de Francia, Luis XIII. ¿Qué te parece, Harry? ¿Le ponemos la peli para que entre en el papel de una vez?

- Por mí, vale. Yo la vería de nuevo. Pero hoy no la echan en la tele… así que… "Señorito", si quieres formar parte de esto, como tú dices, te toca ir al video club a alquilarla – ordenó a su mejor amigo, con una sonrisa de oreja a oreja.

- Por fin una palabra que sí puedo entender… Hermione es muy fanática de ese tipo de sitios. Suele alquilar películas súper ñoñas y lacrimógenas, que a mí me dan mucha risa – Ron recordó, melancólico. - Está bien, iré a alquilar esa película muggle que os ha fundido las neuronas, y la veremos mientras cenamos.

- ¡Genial! ¡Uno para todos…!

- ¡Y todos para uno!

- Definitivamente, vosotros estáis fatal.

Contagiado por la complicidad que allí se respiraba, y mucho más animado, Ron salió en busca de la película que sus dos compañeros le habían pedido.

- Es genial, reunirnos los tres y echarnos unas risas – Neville afirmó, más seriamente de lo que revelaban sus palabras. - ¿Cuánto hacía que no lo habíamos hecho?

- ¿Y yo qué sé…? Desde que empezó a salirnos barba, quizá.

- Pues hay que empezar a tomarse la vida de otra manera – se tumbó en el sofá, con los pies apoyados en el respaldo y la cabeza apoyada en el asiento.

- ¿Qué haces? – Harry preguntó, riendo mientras lo observaba mirándole al revés.

- Pues ver la vida de otra manera – Neville respondió del mismo modo.

- ¡Mola! – Harry gritó, entusiasmado, mientras lo imitaba.

Y ambos hombres quedaron en el sofá, patas arriba, haciendo el tonto y riendo como unos críos.

Un segundo después, el sonido del timbre les cortó el rollo de risas que se llevaban entre manos.

- Yo abriré – Neville se ofreció, como buen anfitrión; bajó del sofá, algo mareado, y caminó hasta la puerta, que abrió con una radiante sonrisa en el rostro, que sin embargo se esfumó de golpe nada más ver quién estaba esperando ante ella.

Quedó sin palabras.

- No me digas que es el Señorito, que se ha perdido o algo peor: ha vuelto con las manos vacías porque no tiene ni puñetera idea de cómo se alquila una peli – Harry dijo con voz burlona, mientras la camiseta le resbalaba hacia la cabeza, por la fuerza de la gravedad, y dejando su peccho al descubierto, así como parte de las vendas que protegían su hombro izquierdo. - ¿Neville? – preguntó, intrigado, mientras se apartaba la camiseta de la cara y miraba hacia la puerta, lleno de curiosidad.

Mientras, Neville había logrado recomponerse del shock, a duras penas.

- Hola, Ginny. H-hola, Luna – el más alto saludó con un ademán forzado a las dos chicas que esperaban con expectación, mientras observaban a Harry, cogidas totalmente por sorpresa.

Igual de afectado que su amigo, Harry hizo un movimiento brusco, lo que provocó que se desequilibrase y diese con todos sus huesos en el suelo.

- ¡Auch! – se quejó, e inmediatamente se puso en pie, también algo mareado. – Hola, chicas – las saludó con un ademán torpe y alegre.

- Pasad, no os quedéis ahí – Neville les ofreció, recuperando su más exquisita educación.

Ginny, instintivamente, caminó hasta Harry, preocupada.

- ¿Estás bien? – le preguntó, muy seria.

- ¿Y por qué no iba a estarlo? – él respondió, despreocupado y aún afectado por el mareo que le había producido la sangre concentrada en la cabeza por la postura del revés. – Veo dos pelirrojas, pero pronto pasará.

- ¿Qué demonios estabas haciendo?

- Ver la vida de otra manera – él declaró, sonriente.

- Cielos… ¿has bebido? – ella quiso saber, aún sorprendida.

- Sabes que yo no suelo beber. Hola, Luna – ya repuesto, caminó hasta su amiga y le besó en la mejilla con cariño. - ¿Cómo tú por aquí?

- Hola, Harry. He decidido regresar a Inglaterra… por unos asuntos que he de resolver aquí – dijo, concisa, mientras su rostro enrojecía como la grana, al mirar de reojo a Neville, quien la observaba, muy serio, a una distancia prudencial.

- Comprendo – el moreno dijo sin más; regresó al lado de Ginny, la cogió de la mano alegremente y tiró de ella hacia la entrada. - ¿Qué tal si tú y yo nos vamos a comprar la cena, pelirroja? Porque ya que nos habéis hecho esta visita tan amable, os quedaréis a cenar, supongo.

Ginny, aturdida, no supo qué responder, mientras él casi la arrastraba fuera, insistente. Poco después, ambos se habían marchado del piso, dejando a solas a unos incómodos Neville y Luna.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

¡Bueno! ¡Estoy alucinada! He escrito este capítulo durante todo el día de hoy, robando tiempo al tiempo para hacerlo, tan sólo porque él me lo pedía como un canto de sirena... "O lo haces, o lo haces", jeje. Hacía muchísimo tiempo que no me había sucedido esto pero, sinceramente, si he adelantado tanto este capítulo es porque el próximo lo llevo en la mente desde hace unos días... ¡Y me muero por escribirlo! No os digo más :P

Al final, el capítulo ha resultado ser más dramático de lo que yo esperaba; ojalá la última escena, que he disfrutado como una enena escribiendo, compense un poco tanta tristeza. Y vuelvo a repetir lo mismo: "No llegará la sangre al río". Prometido.

Agradezco en el alma toda las muestras de cariño recibidas, tanto a través de reviews, como al formar parte de los favoritos de gente que ha tenido el detallazo de convertirla en uno de ellos.

Un abrazo muy fuerte, y nos vemos en el próximo capítulo (que a mí me encantará, y creo que también a algunas personitas que yo me sé; ya me contaréis).

Con cariño.

Rose.