Capítulo 20 : Repite conmigo: "Pa-pi".

Harry conducía en silencio, con la mirada fija en la oscura carretera tan sólo iluminada por los potentes faros de su coche; se mostraba pensativo. No le gustaba ni un pelo el cariz que había tomado la situación en una sola tarde: le encantaba estar con sus amigos, verlos a todos reunidos, pero no le apetecía nada realizar un nuevo viaje en ese momento, con la mitad de ellos enfadados con la otra mitad; y simplemente, era impensable estando Ginny enferma…

Aunque había callado para no volver a discutir con ella, en ningún modo estaba de acuerdo en que la cabezota pelirroja se empeñase en acompañar a los demás en aquel alocado viaje, fuese por el motivo que fuera; y ella lo sabía perfectamente, ya que se estaba manteniendo en absoluto mutismo durante todo el trayecto, seguramente para no tener que oír las objeciones de él, si le daba pie a que se las expusiera.

Se maldijo para sus adentros, porque la adoraba; pero ese no era motivo suficiente, ni mucho menos, como para permitirle sacrificar su propia salud con tal de ayudar a sus amigos a hacer las paces. Todos ellos ya eran mayorcitos para luchar sus propias batallas, y aunque él también deseaba con todas sus fuerzas poderles echar una mano de forma disimulada, no lo haría a costa de la salud de su mujer, pues Ginny era su mujer; así lo sentía, y así sería por siempre jamás.

Aún así, dulcificó su semblante con tan sólo pensar en su tozuda pelirroja. No tenía sentido machacarla con sermones, no aquella noche, en que ambos acababan de volver a tocar el cielo después de haberlo perdido; así que suspiró, rendido y más que dispuesto a razonar.

- ¿Qué estás pensando? – preguntó a Ginny en tono amistoso, para invitarla a entablar conversación.

Pero sólo obtuvo un total silencio como única respuesta.

- Vamos, Gin, no estés molesta conmigo. Yo sólo quiero lo mejor para ti, por mucho que eso a veces te moleste.

Esperó una sarta de argumentos disparados a bocajarro para desarmarle; no en vano ella era la mujer más firme y decidida que había conocido jamás, exceptuando a Hermione; y cuando alguna idea se le metía en la cabeza, él ya podía adoptar la actitud que quisiera, que sabía que iba a acabar claudicando, aunque sólo fuese por agotamiento.

Pero nada de ello llegó. Harry no notó ni un solo movimiento por parte de ella, ni un gesto, ni una palabra; nada…

Hablando mal y pronto, los cojones se le pusieron por corbata.

Desesperado, buscó un lugar en el arcén lo suficientemente amplio como para poder aparcar el coche sin temor a provocar ningún accidente de circulación, y cuando lo encontró, salió con rapidez de la carretera y apagó el motor apenas sin darse cuenta, para centrar toda su atención en la chica, quien dormía plácidamente en el asiento del acompañante, ajena a todos y a todo que no fuera su tranquilo sueño, a juzgar por la cara de satisfacción que Harry pudo observar en ella.

- Se ha dormido… - él apenas susurró, atónito e irritado.

Quería pensar que se había enfadado con ella, pero en el fondo sabía que era consigo mismo con quien estaba molesto, porque en aquel momento, se sentía un auténtico idiota paranoico. Él, acojonado como un chaval, mientras ella dormía el sueño de los justos, más tranquila que un soleado día de mar en calma. Por si aún no se había dado cuenta, sintió cuánto ella significaba para él, cómo el miedo le ahogaba cada vez que imaginaba siquiera la vida sin tenerla a su lado, aquel deseo infinito, más allá de la razón, de protegerla a toda costa de cualquier mal, fuera este el que fuera.

Precisamente en aras de aquel infinito amor, respiró hondo para serenarse, sabiendo que el único modo de hacer las cosas bien, no era, precisamente, llevado por la desesperación. Se regodeó en observarla: en aquel momento ella no parecía enferma, en absoluto, sino felizmente agotada y satisfecha; en paz. También él halló paz en aquella soñadora media sonrisa que ella mostraba en su rostro. Cuánto les quedaba por conocer el uno del otro… cuánto por aprender; iba a ser magnífico recorrer la vida a su lado, se dijo para sí, también con una sonrisa.

Retomó su camino, ya más relajado, y poco le costó alcanzar aquella casa que siempre, en secreto, había soñado compartir con ella: su hogar. Por un momento fue asaltado por una sensación extraña al regresar a su propio refugio, que en cambio hacía nada había abandonado, poniendo pies en polvorosa, para no tener que compartirlo con ella. Analizando en ese momento lo sucedido, sintió que se había comportado de un modo contradictorio y exaltado, demasiado radical; pero al volver la vista atrás, tan sólo por un segundo, recordó a su bella pelirroja echándole de su vida, acusándole sin piedad de engaño y traición y haciendo oídos sordos a cualquier explicación que él hubiese querido ofrecerle. ¿Qué otra cosa podía haber hecho en aquel momento? Ahora se le ocurrían muchas cosas que hacer, pero hubo de admitir que siendo Harry Potter, testarudo como nadie, acostumbrado a mandar… poca cosa, se dijo con una sonrisa de resignación, pensando que Ginny y él eran tal para cual. Sí, iba a resultar interesante su vida en común.

Una vez hubo aparcado el coche en el patio trasero de la casa, se apeó de él y lo rodeó para abrir la puerta del acompañante.

- Ginny, despierta; ya hemos llegado – llamó la atención de su novia, mientras le acariciaba una mejilla suavemente, besándola después.

- Déjame dormir un rato más… - ella refunfuñó, adormilada, y se sumió de nuevo en su profundo sueño.

- No puedes quedarte a dormir en el coche – insistió, sin dejar de acariciarle la mejilla.

- Sí que puedo; no seas malo… - se dio la vuelta, dándole la espalda para continuar durmiendo.

- ¿Malo yo? – él protestó, alzando una ceja, sorprendido. – No vas a dormir en el coche, digas lo que digas.

Tomándola en brazos delicadamente, la alzó y la sacó del coche, cerró la puerta y se encaminó hacia la casa. Ginny, inconscientemente, rodeó su cuello con ambos brazos y se acomodó pegada a su pecho; Harry alucinaba. ¿Cómo era posible que la chica se hubiese sumido en un sueño tan profundo, si había pasado un día tranquilo y relajado de vacaciones? No pudo evitar que el temor lo atrapara de nuevo en sus agónicas redes.

Abrió la puerta de la casa con un ágil movimiento de la mano, sin dejar de sostenerla, e hizo que esta se cerrase tras ellos; subió las escaleras que conducían al piso superior, donde estaban ubicados los dormitorios, abrió la puerta del suyo propio, retiró la colcha y las sábanas de un lado de la cama con sumo cuidado, y depositó a Ginny con mimo dentro de ella, cubriéndola con las sábanas después. Nada más hacerlo, ella se tumbó boca arriba, complacida, sin despertarse en ningún momento. El ni siquiera quiso intentar cambiarla de ropa para que se sintiese más cómoda, pues vio que descansaba tan tranquila, que no quiso arriesgarse a despertarla. Pensativo, él se deshizo de los zapatos y de la camisa y se tumbó al otro lado, situando los brazos detrás de su cabeza en busca de una postura cómoda; pasó mucho tiempo mirando al techo, hasta que también se vio vencido por el sueño.

Aún conservaba la misma postura cuando sintió un contacto cálido y suave que recorría su barbilla con sensual lentitud, hasta posarse finalmente sobre sus labios. Saboreó aquella caricia con deleite, y al abrir los párpados, la dulce mirada de Ginny lo estaba aguardando con dulzura, y tras ella, unos alegres y tempranos rayos de sol se colaban por la ventana, llenando el cuarto de vida.

- Buenos días, dormilón – ella lo saludó con voz cariñosa, volviéndole a besar en los labios.

- Buenos días, preciosa.

Sonriente, la estrechó contra su cuerpo, sintiendo que si todos los despertares del resto de su vida iban a ser como aquel, deseaba no morir nunca. Mas de pronto, Ginny se revolvió en su abrazo, zafándose de él y levantándose de la cama como si le hubiese picado una avispa.

- ¿Qué pasa? – Harry quiso saber, cogido por sorpresa.

- ¡Tengo que ir al baño! – ella respondió, mientras se dirigía al cuarto de aseo a la carrera.

Poco después, y bajo la atenta y aún sorprendida mirada de Harry, la chica salió del baño tranquilamente, y lo miró con una sonrisa.

- Tenía una necesidad urgente de hacer pis – se disculpó, con cara de niña traviesa.

- ¿Tan urgente?

- Oh, sí, te lo juro. Desde hace unos días, cada vez que siento esa necesidad, y te prometo que es a dos por tres, o voy corriendo al aseo, o podría llegar a hacérmelo encima – ella aseguró con fastidio. – No entiendo cómo puedo estar reteniendo tanto líquido en los pechos – añadió, incrédula. – si me paso todo el día orinando. Pero la verdad es que se me han puesto como los de una vaca, y me duelen.

- ¿Te han crecido los pechos y te duelen? – él preguntó, con una voz extraña que a ella llamó la atención.

- Sí… - lo observó, confusa también por la rara mirada que él tenía clavada en sus ojos, observándola como si la estuviese viendo por primera vez.

- ¿Y dices que tienes ganas de hacer pis a todas horas? – él añadió, como queriendo constatar un dato que le parecía sumamente importante.

- Ya te he dicho que sí. Supongo que cuando me den los resultados de las pruebas médicas, por fin sabré a qué se debe todo esto tan extraño. Un enfriamiento de orina, tal vez. ¿Qué te pasa, Harry?

La actitud de él le parecía más extravagante por momentos, pero casi se quedó sin habla cuando él prácticamente se lanzó de la cama, se puso los zapatos y la camisa a la carrera, de un modo desaliñado, se plantó ante ella en dos zancadas, la besó con tanta pasión como si aquel hubiese sido su primer beso, y corrió fuera de la habitación como alma que lleva el diablo.

- ¡No te muevas de ahí! – le gritó mientras bajaba las escaleras de dos en dos. - ¡Volveré enseguida! ¡Te amo!

Se oyó un portazo que no hizo más que confirmar que Harry se había marchado cual si estuviese siendo perseguido por un batallón de colacuernos húngaros.

Ginny continuó observando el hueco de la puerta, estática, mientras intentaba asimilar aquello que acababa de suceder. Finalmente y sin hallar explicación lógica posible, decidió volver a acostarse un ratito más; no estaría mal continuar durmiendo, pensó. Y cuando él regresase, ya habría tiempo para interrogarle por su singular reacción. Total, ¿qué podía tener de interesante hacerse pis a todas horas y sentir que los pechos iban a estallar en cualquier momento? Sonrió, pensando que Harry había sufrido un ataque de estrés, se acomodó entre las suaves sábanas, y continuó durmiendo; se dijo para sí que aquella cama era la más confortable que había conocido en su vida, y además conservaba el aroma del hombre al que amaba. ¿Qué más podía pedir?

Cuando despertó, se dio cuenta de que había transcurrido casi una hora; la casa se hallaba en silencio. ¿Qué demonios estaría haciendo Harry? – se preguntó, llena de curiosidad. Un hondo rugido en su estómago la alertó de que era hora de desayunar, pero antes, cómo no… tenía que hacer pis. Se levantó de la cama, resignada a ser esclava de su vejiga, y aprovechó el inevitable viaje al cuarto de baño para darse una ducha reparadora, que le sentó de maravilla. Después se vistió con una gran camiseta, muy ligera y apropiada para el intenso calor que se respiraba durante aquel verano, y bajó a la cocina, a dar buena cuenta de todo aquello que se le pusiera por delante.

Con un gran vaso de zumo de naranja, acompañado de tostadas con un montón de mantequilla y mermelada frente a ella, se dedicó a desayunar tranquilamente. Se sentía la mujer más dichosa del mundo porque Harry se había quedado a dormir a su lado y no se había marchado, como quizá hubiera podido suceder porque, aunque aquel era su hogar, no podía olvidar que en la actualidad el moreno se encontraba pasando el resto de sus vacaciones en casa de Neville, y para todos sus amigos, ella y él continuaban separados irremediablemente. Algo en lo más hondo de su corazón le dijo que Neville podía ir olvidándose de su inquilino, cosa que, egoístamente, a ella no desagradaba en absoluto. ¿Cómo sería vivir con Harry? ¿Cómo sería levantarse a su lado, día tras día, siendo su varonil rostro lo primero que viera, sintiendo su calor, acaparando su sonrisa? Aún no habían hablado nada sobre vivir juntos, pero conociéndolo como lo conocía, no creía que él le permitiera marcharse de su casa nunca más, de su hogar, el hogar de ambos. Jamás la palabra "hogar" había sabido tan dulce para ella, tan acogedora, excepto cuando era niña y La Madriguera había sido su idílica morada; después llegó la boda de Bill, la independencia de Percy y de Charlie, la trágica muerte de Fred; la desbandada general… y aquella acogedora casa, aunque seguía siendo la misma en cierto modo, ya no lo era. Ahora también había llegado el tiempo para ella de crear su propio refugio, su propia madriguera junto a Harry, y no sólo física.

El sonido de la puerta de la casa al abrirse la sacó de sus más profundos pensamientos, y dando un descomunal bocado a una de las tostadas, se puso en pie y marchó al encuentro de Harry, pues quién sino él podía haber entrado en la casa sin llamar al timbre. Cuando se encontró con el chico, él ya iba en su busca hacia la cocina con paso desesperado por hablar con ella – sabía dónde estaba por el atractivo olor de tostadas recién horneadas y envueltas en mantequilla y mermelada, que se había adueñado de gran parte de la planta baja.

Al verla, él le alargó con impaciencia lo que le parecieron un montón de originales palitos, y ella los cogió con extrañeza, sin dejar de observarlos, curiosa; buscó sus ojos con la mirada.

- ¿Qué es esto, y qué se supone que tengo que hacer con ellos? – quiso saber, a la expectativa.

- Tienes que hacer pis en ellos – él respondió con seriedad, sin dejar de mirarla, presa de aquel nerviosismo que estaba comenzando a incomodarla.

Ella soltó una risotada, sin poder contenerse.

- ¿Qué pasa, que son absorbe pis de viaje, para que no tenga que ir al baño cada vez? ¿O es que te has vuelto loco y pretendes que te ponga la casa perdida? – no pudo evitar burlarse de él con cariño, bromeando.

- Tienes que ir al baño a hacer pis normalmente, ¡por amor de Merlín!, pero además, hacerlo sobre ellos – él dijo sin más, poniendo cara de estar intentando explicar algo totalmente obvio a una niña pequeña.

- ¿Para qué? – ella preguntó una vez más, atónita, sin dejar de observarlos.

- ¡Tú hazlo! – Harry le ordenó a voz en grito.

Inmediatamente, él se dio cuenta de que había perdido los nervios; tomó los extraños artilugios de manos de la enfurruñada chica, que lo miraba con cara de ofendida, la envolvió en un dulce abrazo y besó su frente, cariñoso.

- Perdona, princesa, es que estoy que no me toca la ropa en el cuerpo. Son tests de embarazo muggles – le explicó, un poco más calmado, mientras ella lo miraba con ojos desorbitados por la sorpresa. – No sé cual es su equivalente en el mundo mágico, joder – intentó disculparse lo mejor que pudo. – Si Sloughorn nos mostró alguna vez algún tipo de pócima, poción, ungüento o lo que fuera, que lograra el mismo resultado que estas pruebas, estoy seguro de que yo no le presté ni la más mínima atención; y estoy seguro de que Snape jamás lo hizo, ni de coña. He tenido que ir en coche al pueblo muggle más cercano, a una farmacia, para conseguirlas; por eso he tardado tanto en regresar.

- ¿Quieres decir que…? – Ginny apenas susurró, no saliendo de su asombro. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea tan obvia que había tenido él, quizá porque en ningún modo la había concebido hasta aquel mismo momento.

- Bueno… blanco y en botella… lo más lógico es que sea leche, ¿no? – argumentó torpemente, mirándola a los ojos, nervioso.

- Vaya… ¿Y hay que hacer pis aquí, sin más, para saberlo?

- Eso me han dicho en la farmacia – le alargó un gran prospecto que le había facilitado la amable farmacéutica – Aquí vienen las instrucciones.

Ginny tomó el papel en sus manos temblorosas, lo desplegó con lentitud y se dedicó a leerlo, concentrada. Cuando hubo terminado, volvió a mirar a su novio con una dulce sonrisa.

- Aquí pone que con una sola prueba de embarazo se obtiene un noventa y nueve por ciento de fiabilidad en los resultados. Según esto, con dos habría bastando para estar totalmente seguro… pero tú has traído diez.

- Y-yo qué sé; la farmacéutica me ha dicho lo mismo que tú, p-pero necesito estar seguro.

- ¿Por qué? – temió una respuesta que quizá ella también quisiera pronunciar; aunque se dio cuenta de que, si la temía, era porque realmente ni deseaba pronunciarla, ni escucharla tampoco.

- P-porque si me hago ilusiones y luego resulta que no es verdad, me pegaré un hostiazo de cojones – en aquel momento se sentía el hombre más vulnerable del mundo, y no podía hacer nada por evitarlo, excepto no parar de soltar tacos al hablar.

Una lágrima rodó por la mejilla de ella y él se la secó con mimo.

- Háztelas, Ginny, por favor – le suplicó.

Ella asintió, sintiendo que las mariposas de su estómago amenazaban con llevársela volando a una nube de inconsciencia, tan nerviosa como estaba.

De nuevo impaciente, él la tomó en brazos, subió las escaleras con ella hasta conducirla al aseo privado de su habitación, tras lo cual le dejó la intimidad suficiente para que procediera sin sentirse presionada, y él se dedicó a pasear por la habitación retorciéndose ambas manos casi hasta lograr hacerse daño.

Ginny tardó varios minutos en decidirse a comenzar, no por resultarle difícil tener que hacer pis inmediatamente – en eso estaba convirtiéndose en toda una maestra – sino por temor a los resultados. Jamás se había planteado en serio la idea de tener hijos, pero tampoco nunca había tenido al hombre de su vida a su lado para poder desearlos tanto como se sorprendió a sí misma deseándolos en ese momento.

Armándose de esperanza, se hizo una prueba tras otra: exactamente las diez; las puso en fila sobre la bañera y salió del cuarto, con el estómago en la garganta.

- Dice que hay que esperar cinco minutos para poder leer los resultados – susurró, tragando con fuerza para no atragantarse por la emoción.

Él asintió, conforme, y volvió a abrazarla, buscando que ambos se tranquilizasen lo suficiente como para poder soportar la espera.

- El papel dice que si pasados cinco minutos se pueden ver dos rayas verticales en el test, estaré embarazada – Ginny musitó, mimosa.

- Ajá. ¿Y si sale una, o tres?

Ginny soltó una risita nerviosa.

- No pueden salir tres.

- Ah… Entonces, ¿qué pasa si sale una?

- Que no lo estaré.

- ¿y si en cinco test salen dos y en los otros cinco sale una? – él intentó bromear, sonriente.

- ¡No trates de ponerme más histérica de lo que estoy, Potter! – le dio una palmada en el culo, fingiendo enfurruñarse.

- No creo que puedas ponerte más histérica de lo que lo estoy yo, en este momento. Todo saldrá bien, ya lo verás… y si no, tenemos toda la vida por delante para engendrar montones de hijos, miles, millones.

- Entonces… ¿te haría ilusión ser padre en este momento?

- ¿Tú qué crees? Contigo, en este momento y en cualquier otro – besó su frente con adoración, y ella se refregó contra su cuerpo como si fuese un gatito zalamero.

- Ya… pero esto está siendo tan inesperado, tan especial…

- Bueno, no tiremos la toalla todavía. ¿Ya han pasado los puñeteros cinco minutos?

- Sí… - tomó la mano de él entre las suyas, con temor. – Por favor, ve tú delante.

- Ah ah… no pretendas que sea yo quien se desmaye; aquí la embarazada, eres tú.

- Eres malo… - Ginny protestó con un mohín mimoso, que a él le resultó adorable; empezaba a adorar cuándo ella le decía aquellas palabras, buscando lograr toda su atención y sus cuidados.

- ¿Los dos a la vez, entonces?

- Vale.

Cogidos fuertemente de la mano, ambos volvieron a entrar en el cuarto de aseo. En contra de lo que había dicho hacía nada más unos segundos, Ginny corrió a ver los resultados, con Harry más nervioso tras ella. Los dos pasearon su mirada por todos los test de embarazo, una y otra vez, de un modo incansable, en absoluto silencio.

- Diez pruebas de embarazo, diez positivos – él rompió el silencio finalmente, con voz que pretendía ser serena, pero que delataba a las claras toda la emoción que lo embargaba. – A eso yo le llamo un éxito rotundo.

- Sí…

De pronto, ella se abalanzó sobre él, saltando y colgándose de su cuerpo, abrazada al chico con manos y piernas.

- ¡Vas a ser papi! – y comenzó a llorar a lágrima viva.

- Nena, mi vida, cariño… ¿no te alegras? – la tomó por la barbilla y alzó su rostro, buscando su mirada.

- ¡Claro que me alegro! No tengo palabras, Harry; esto es muy grande, muy grande – repitió, desbordada por las lágrimas.

- Lo sé – asintió, alucinado.

- ¡Es lo más grande que me ha pasado en la vida!

- Lo sé.

- ¿Tú no te alegras? – Ginny quiso saber, mirándolo fijamente a los ojos.

- Lo sé. Digo… Es que aún no me puedo creer todo lo que nos está pasando. Durante muchos años creí que jamás podría tenerte a mi lado, y mucho menos tener hijos contigo. Me había resignado a vivir solo y a morir del mismo modo. Esto me desborda, es tan grande lo que siento que no me cabe en el cuerpo.

Ahora fue el turno de ella de decir "lo sé", con una amplísima sonrisa.

- Vamos a San Mungo a que nos lo confirmen – Ginny propuso, decidida, - y creámoslo de una vez y para siempre.

- Sí, será lo mejor. Tendremos que preparar la habitación de bebé, comprarle ropita, un carro, una cuna, un montón de juguetes…

- Echa el freno, Potter el rápido – le acaricio la mejilla con adoración. – Vas a tener nueve meses para poder hacer todo eso.

- ¿Tanto?

- ¿Qué esperabas? – ella rió, divertida.

- No sé… ya que sus papis lo han hecho todo a la carrera…

- Los bebés no entienden de carreras – lo besó y tiró de su mano para conducirlo hacia el aseo. – Anda, date una ducha que te despeje. Mientras, yo me arreglaré para salir.

En vez de soltarle la mano, Harry tiró de ella, arrastrando a al chica hacia su cuerpo; la rodeó en un dulce y posesivo abrazo e hizo que los labios de ambos comenzasen una sensual danza de cortejo.

- Deja – jadeo, - que me vista – ella consiguió articular, entre beso y beso apasionado.

- Te amo – volvió a atraparla en sus brazos, acaparador, besándola ardientemente una vez más.

- Si continuamos así, no podremos salir de aquí en todo el día – ella insistió, mimosa.

- Genial, no lo hagamos – tomó su femenino cuello al asalto, colmándola de caricias y de besos.

- Pero yo necesito saber con seguridad si estoy embarazada o no lo estoy – ella protestó, nerviosa.

Al escucharla, Harry la abrazó con tanto amor, que la hizo sentir la mujer más especial del mundo.

- Tienes razón, pequeña. Yo también necesito saberlo. Dame diez minutos para que me duche y me vista, y enseguida tendré el coche preparado para que salgamos.

- ¿Cómo sabes que hoy también querré ir en coche?

- No lo sé. Pero no pienso permitir que uses la red flu ni la desaparición y aparición, hasta asegurarme de que hacerlo no os pondrá en peligro ni a ti ni al bebé – él aseguró, con voz que no admitía réplica.

Ella lo abrazó con todas sus fuerzas, agradecida.

- Vístete, princesa – besó su cabello suavemente y le permitió que saliera del cuarto.

Una hora después, Harry y Ginny traspasaron las puertas de San Mungo – hospital que no sólo se ocupaba de enfermedades mágicas, aunque por ello era famoso, sino que también tenía una planta dedicada a tratar enfermedades comunes, aunque, eso sí, únicamente habilitada para magos. Ambos caminaron cogidos de la mano, con paso rápido, intentando que, sobre todo Harry, pasase desapercibido. Aunque estaban seguros de que por los pasillos, aquí y allá, algunos magos y brujas se habían dado perfecta cuenta de quién estaba "honrando" el hospital con su presencia; pero ellos hicieron ver que no se habían dado cuenta de que estaban siendo observados.

Pronto llegaron a la planta de "Enfermedades comunes para magos y brujas", situada en el piso superior del edificio, y se encaminaron hacia el mostrador de recepción, en busca de obtener una cita con el médico que se estaba encargando del caso de Ginny, para que les hiciese el favor, si era posible, de hacer un hueco a la pelirroja en algún momento de la mañana. Para su infinita sorpresa, la chica ya figuraba en la lista de pacientes citados, y aunque ambos creyeron que debía ser un error, decidieron aprovecharlo.

Dieron un amable "gracias" a la recepcionista, quien no dejó de observarlos por la espalda mientras se alejaban hacia la consulta, alucinada. Antes de llegar a su destino, una de las puertas del pasillo que recorrían, sin duda perteneciente a la consulta de otro doctor, se abrió repentinamente, y de ella salió un hombre que, al verlos, enrojeció como un tomate, sin poder evitarlo. Inmediatamente, Harry apretó con fuerza la mano de Ginny, aunque permaneció en silencio, a la defensiva, como si fuese el guardaespaldas de la chica, además de su novio.

- Hola – el otro saludó educadamente, aunque con evidente incomodidad.

- Hola, Dean – Ginny respondió, mientras apretaba también la mano de Harry con fuerza, intentando tranquilizarlo, por lo que pudiera pasar.

Pero Harry no hizo más que continuar con su absoluto silencio, su mirada peligrosamente fija en los ojos de Thomas.

- ¿Cómo se encuentra Giselle? - ella quiso saber, con sincera preocupación.

- Va a días; un día se encuentra mejor, otro peor… - negó con la cabeza, deprimido. – Pero los médicos me han dejado bien claro que aquí ya no pueden hacer nada por ella. Al tratarse esta enfermedad de una dolencia muy poco corriente entre los magos, no disponen de los avances necesarios como para poder combatirla con muchas esperanzas de éxito.

Conmovida, Ginny se soltó de la mano de Harry y dio un abrazo cariñoso al que había sido su novio durante diez años. Él le respondió con una sonrisa llena de gratitud.

- Bueno, tenemos que marcharnos – ella dijo, mientras se separaba del chico para continuar a lo largo del pasillo. – No perdáis la esperanza, por favor.

Dean no pudo responder, pues la emoción impedía que las palabras surgieran de su garganta.

- Harry, ¿vamos? – ella pidió al moreno, con voz casi suplicante.

- Un momento – él negó con voz seca.

Harry caminó hasta quedar a un par de pasos de Thomas y se llevó la mano al interior de su chaqueta. El otro lo miró a la expectativa, temiendo lo peor pero incapaz de seguir peleando, pues se sentía hundido. Pero el auror, para sorpresa de todos, extrajo un teléfono móvil de uno de sus bolsillos y se lo tendió al que había sido su mayor rival, quien lo tomó con una mano temblorosa, aún dubitativo.

- El mejor médico del mundo especializado en el tratamiento contra el cáncer, se pondrá en contacto contigo hoy mismo – Harry anunció con sencillez. – Es un móvil de prepago, podrás recargar su saldo de llamadas en cualquier quiosco o estanco muggle; con dinero muggle, por supuesto – dijo secamente. – No dudes ni por un segundo en poner a tu mujer en sus manos, no lo lamentarás. No puedo garantizarte que pueda salvarla, pero te juro que luchará por su vida como si de un familiar muy cercano a él se tratara; por Molly lo hizo. Soy consciente de que el hospital al que os envío es muy caro; si tuvieses algún problema para afrontar sus honorarios, ponte en contacto conmigo y veremos qué podemos hacer para solucionarlo.

Dean se vio obligado a tragar con fuerza, antes de poder musitar un quedo "gracias" salido de lo más hondo de su alma.

Harry asintió con la cabeza, y tomando a Ginny de la mano nuevamente, hizo que ambos continuaran su camino.

- ¿Cuándo has comprado ese teléfono móvil muggle y has hablado con el hospital de Estados Unidos? – Ginny quiso saber, aún sorprendida y observando a Harry con admiración.

- En el pueblo donde he comprado también las pruebas de embarazo – él admitió, ruborizándose. – Estas cosas hay que hacerlas rápido, Ginny; la vida de una persona está en juego.

- He de admitir que por un momento he creído que ibas a sacar tu varita y a atacarle; pero en cambio, le has ayudado – le hizo detenerse por un segundo, que aprovechó para besarle la mejilla con adoración.

- Ganas no me han faltado de darle una buena lección; pero su novia no tiene porqué pagar por las estupideces que él haya cometido. Te lo he dicho muchísimas veces: yo no soy como él.

- Eso lo sé perfectamente; por eso te quiero. Es aquí – dijo, señalando una puerta cerrada ante ellos.

Hizo chocar sus nudillos contra la puerta, y al escuchar un "adelante" atenuado por la estancia cerrada la abrió, decidiéndose a entrar.

- ¿Se puede? – preguntó al doctor, quien la observó desde el sillón situado tras la mesa de despacho.

- Ah, señorita Weasley… pase, pase. ¡Qué pronto ha recibido mi lechuza!

- ¿Lechuza? – ella inquirió, extrañada, mientras pasaba dentro de la consulta, con Harry detrás suyo. – No hemos recibido ninguna lechuza; venimos porque quizá hemos descubierto la causa de mi mal estar, y queremos que nos la confirme.

El hombre, al reconocer a Harry tras ella, quedó en silencio por unos segundos, pensativo. Cuando se decidió a hablar, se dirigió a Ginny con demasiada seriedad.

- Perdone, señorita, pero… - no sabía cómo exponer su sugerencia. – Voy a tratar con usted un tema muy… íntimo. Quizá preferiría que el señor Potter la espere fuera, con todos mis respetos hacia usted – dijo a Harry, quien había comenzado a mirarlo con cara de pocos amigos. – Al no estar él implicado directamente en el asunto…

- Oh, sí lo está – ella respondió con una amplísima sonrisa, - si de lo que usted va a hablarme es lo mismo que lo que pienso comentarle yo.

El hombre enarcó una ceja, escéptico.

- Vamos, doctor… Estoy embarazada, ¿no es así?

Atónito, miró a Ginny y a Harry alternativamente antes de de decidirse a abrir la boca siquiera. En modo alguno había llegado a sus oídos la noticia de que Harry Potter y Ginevra Weasley, amigos de toda la vida, actualmente formaban pareja; ni a los suyos, ni a los de nadie perteneciente a la comunidad mágica, a pesar de ser ambos sumamente famosos; que él supiera.

- Disculpen mi torpeza y siéntense, por favor – les pidió, mientras sacaba un pañuelo de uno de sus bolsillos y se secaba el sudor que había comenzado a perlar su madura frente.

Ya un poco más sereno, pero aún avergonzado por el error cometido, decidió entrar en materia.

- ¿C-cuándo fue su última regla? – preguntó a la pelirroja, sin dejar de observar a Harry de reojo para asegurarse de que no se le ocurriría convertirlo en un gnomo de jardín, o algo peor.

- Ayer hizo cinco semanas; pero yo no me había dado cuenta de ello hasta hoy. Tenía otros asuntos mucho más importantes en qué pensar – ella comentó, tras lo que acarició a Harry en la mejilla, haciéndole entender sus palabras.

Él la rodeó con un brazo por la espalda, cariñoso, pero continuó callado, pues sabía perfectamente que la absoluta protagonista de aquello tan maravilloso que estaba sucediendo, era ella.

- Bien… entonces, según esos cálculos, usted está embarazada de cinco semanas.

- ¿Está totalmente seguro de que lo estoy?

- Los análisis a los que la hemos sometido, así lo confirman. ¿Usted no lo está? ¿Por qué ha venido aquí, si no?

- Sí, sí que lo estoy, pero aún no lo podemos casi creer. Es una noticia tan maravillosa…

- Me alegro de que les haya hecho felices. Ahora, lo que tiene que hacer es llevar una vida normal y no preocuparse por nada. Evite hacer deporte que le exija demasiado esfuerzo y poco más, ya que por lo que usted me relató en su anterior visita, los únicos síntomas que muestra son el cansancio y la incontinencia urinaria, totalmente normales para una embarazada.

- ¿Y qué me dice de las desapariciones, y de la red flu? – Harry se inmiscuyó por primera vez en toda la conversación.

- Tiene razón, señor Potter; su…

- Mujer – él dejó bien claro, con voz rotunda.

- Bien… su mujer, debe evitar hacer uso de la red flu, así como del arte de la desaparición y aparición, que podría poner en riesgo tanto a ella como al bebé que se está gestando en su interior.

Él asintió, haciendo ver que había comprendido.

- ¿Y los viajes?

- Hombre, depende… ¿A dónde tenían previsto marcharse?

- A la Isla de Pascua, en Chile.

- Sinceramente, no le aconsejo que pase demasiadas horas en un avión, ahora que no puede hacer uso de ningún método de traslado instantáneo. No hay ningún problema en que la señora viaje, pero si puede evitar los trayectos demasiado largos, mejor que mejor.

Harry asintió de nuevo, totalmente de acuerdo con él.

- Pues por el momento, eso es todo. No me queda más que darles unos cuantos folletos informativos sobre el embarazo, recetarle a la futura mamá un complemento vitamínico que refuerce su correcto estado de salud, y felicitarles por su próxima paternidad. La semana que viene comenzaremos con las pruebas específicas a la mamá, para asegurar el desarrollo correcto del embarazo. Les enviaré una lechuza con las instrucciones al respecto.

- Gracias por todo, doctor – Ginny dijo, entusiasmada, mientras Harry estrechaba la mano del hombre con amabilidad, para su gran sorpresa.

Nada más salir de la consulta, Ginny se echó en brazos de su prometido, rompiendo a llorar por la emoción.

- Harry, estoy embarazada…

Él la besó con tanta ternura, que a todo aquel que pudo contemplar la escena desde el pasillo se le cayó la baba de envidia.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

Hola a todos, y feliz verano (o invierno, según el país desde donde leáis este fic), tanto para los que estáis de vacaciones como para quienes las cogerán más tarde (como yo, que hasta septiembre no tendré días libres) o los que ya las han disfrutado.

Podría decir que siento no haber publicado un capítulo antes, pero no sería sincera, porque llevo tres meses que no me apetece escribir, ni hacer nada que requiera concentración. En el trabajo lo llevo mejor, pero me está resultando más difícil concentrarme, y me he visto obligada a echar mano de la agenda a dos por tres, con lo poco que yo usaba esos trastos.

¿Que porqué? No es porque ya no me guste escribir, ni porque el calor veraniego que estamos "disfrutando" me esté fundiendo las neuronas. Se trata de que yo, al igual que Ginny, estoy embarazada, jeje. Así que es muy curioso, pero ha venido a coincidir el embarazdo de Ginny con el mío propio, sin tenerlo premeditado; a través de su experiencia os estoy contando un poquito de la mía, aunque mi peque ha sido muuuuy buscado y deseado, eso os lo puedo asegurar (^_ ^).

Ruego disculpéis que el capítulo esté dedicado por entero a Harry y a Ginny, pero no podía evitar explicar cada sensación, cada sentimiento que ambos han tenido, porque para mí todo está siendo nuevo y maravilloso, y me salía del alma plasmarlo así también para ellos. Ya tendremos tiempo para retomar las relaciones de las otras dos parejas un poco más adelante.

Por la etapa actual de mi vida que estoy atravesando, no puedo deciros cuándo actualizaré, ni este ni mis otros fics, ya que, como os contaba al principio de este comentario, me cuesta horrores concentrarme para escribir por culpa de las benditas hormonas. También creo que no respondí a todos los reviews que me enviásteis al anterior capítulo; desde aquí, os mando a todos mi mayor agradecimiento, un abrazo fortísimo y todo mi cariño.

Siempre vuestra.

Rose.